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viernes, 19 de junio de 2026

El fracaso del cuerpo

La arquitectura estará dotada de todas las intenciones que queráis, será un "hecho intelectual" e incluso "espiritual"; tendrá propósitos, programas, manifiestos, ideas, potencias y lo que se os ocurra decirme, sí, naturalmente, pero es algo físico, material. Es un cuerpo.

No solo es un cuerpo como nosotros(1), sino que a menudo se inspira en nuestros cuerpos para tener unas proporciones bellas, armoniosas, divinas(2). (Si el cuerpo humano es la imagen de Dios, cómo no hacer que nuestros edificios sean la imagen del cuerpo humano)

(1). ¿Y el alma? ¿Dónde dejas el alma, criatura descreída y deleznable?
(2). ¿Qué cuerpo, el tuyo o el de Charlize Theron?

Plano de una iglesia modulado como cuerpo humano

martes, 24 de septiembre de 2024

La función son los padres

Dedicado doblemente a Jaume Prat,
por su tuit y por su artículo


El otro día, un poco provocativo, un poco en broma (como siempre), pero muy en serio (como siempre), mi amigo y maestro Jaume Prat ha publicado el siguiente tuit: "El gran secreto es que por mucho que nos hablen de función solo cuenta la forma. Antes y ahora".

Yo me he enganchado a parasitar ese tuit (es lo que estoy haciendo ahora) para extenderme aquí y de paso para recordar el último artículo de Jaume publicado hasta el momento: "La arquitectura son los padres".

Maldita sea. No me libro ni una vez de las tildes
que me pone el autocorrector del teléfono

Los arquitectos tenemos una especie de mala conciencia que nos lleva a justificarnos siempre en el sentido de que la forma es caprichosa, poco ética y bastante vana, y que por el contrario lo que nos redime y nos hace ciudadanos de bien y útiles a la sociedad es la función.

martes, 19 de marzo de 2024

Castañuelas

A Millán, y por extensión otra
vez a Eduardo y a Santiago.


Mis mejores amigos me han regañado mucho por la última entrada: Nevermore. Me dicen que lo que digo no es verdad, que juego a hacerme la víctima, que esta profesión me ha dado muchas alegrías y muchos éxitos, que he dado servicio a muchos clientes satisfechos, que he creado una red de afectos y que no tengo ningún derecho a hacerme la víctima ni a intentar dar penita.

Bueno, vale; si lo dicen ellos, que tienen un criterio probado y aquilatado, será verdad, pero os aseguro que no fue un relato triste ni quise dar penita. Al revés: Estaba contento y muy tranquilo al asumir mi realidad, y dispuesto a disfrutar mi apagamiento profesional.

Y justo entonces, estando así, me llega un motivo de celebración e incluso de envanecimiento. Estoy más contento que unas castañuelas, y lo voy a contar, si queréis, para compensar lo del otro día.

-Tampoco te vengas arriba, que no tienes medida y eres capaz de saltar de la miseria a la prepotencia; so bipolar.
-No, nada de eso. Si lo del otro día mencionaba de alguna manera el fracaso, era un fracaso muy liviano, así que ahora, del mismo modo, toca hablar de un éxito modestísimo. Esa es mi escala para mal y para bien.

Bueno, pues se trata de que he recibido un correo de Millán Garrido, un arquitecto fiel lector de este blog que me dice que comenta pocas veces, pero que lo lee siempre, y también que ahora anda de paseo por Helsinki y se ha acordado de mí y de ¿Arquitectamos locos? Me cuenta una historia y me adjunta cuatro fotos:

martes, 6 de febrero de 2024

El monje de la boina

He visto esta foto que me ha llamado muy poderosamente la atención: Le Corbusier visitando las obras del convento de La Tourette. Todos los monjes lo acompañan y lo escuchan.

¿Todos? ¡No! Un monje irreductible, tocado con una gran boina resiste todavía y siempre al arquitecto.

(Podéis clicar la foto para verla más grande, pero de todas formas os amplío al monje de la boina):

Está subido a un muro y mira desafiante a un punto, me da la impresión de que no tanto porque aquel punto le atraiga como para hacer ostentación de que no le interesan nada ni ese otro que todos miran ni el arquitecto a quien parecen respetar tantísimo. Ese monje solitario y testarudo, ágil y desafiante, parece decir: "Habla, chucho, que no te escucho" y "Ja; Lecorbusieritos a mí".

viernes, 6 de octubre de 2023

a Ronchamp

 (Continuación de "No te mueras" y "sin ir")


Por fin marchamos hacia Ronchamp. El día seguía lluvioso, como los anteriores, pero de vez en cuando amainaba. Además, una vez pasada la frontera en Basilea parecía que definitivamente nos íbamos a salvar. De vez en cuando tenía que dar los limpiaparabrisas del coche, pero a poca velocidad y poco tiempo.

El viaje no tuvo nada digno de mención (excepto mi ininterrumpida sensación de que llevaba a mi familia a lo que iba a ser una epifanía para mí y un día incluso fastidioso para ella. Pero la suerte ya estaba echada y a lo hecho pecho).

Los últimos kilómetros los había hecho virtualmente unas cuantas veces con el Google Maps, y cuando los rótulos de carretera anunciaron el pueblo de Ronchamp iba anticipando a mis acompañantes algunas de las cosas que íbamos a ver.

-Un poco más adelante, a nuestra derecha, hay un arco y de ahí nace la carreterita que sube a la capilla, que queda bastante cerca del pueblo, a pocos kilómetros. ¡Mirad! ¡Ese es el arco!

Por supuesto que la ruta a la capilla estaba bien señalizada y no había pérdida. No sé si irá mucha gente a Ronchamp a ver otra cosa. Desde ese arco comenzamos la suave subida y yo iba ya en un estado de nervios, agitación, expectación y entusiasmo que preocuparían a cualquier cardiólogo. "A Ronchamp", "a Ronchamp", "a Ronchamp".

martes, 19 de septiembre de 2023

sin ir

(Esta entrada es continuación
de la anterior: "No te mueras")


Tuve unos días de pánico. Bueno, decir "de pánico" es muy exagerado, pero sí de intranquilidad. El proyecto que llevaba tanto tiempo acariciando se desviaba, y no sabía si para bien o para mal. Nada era como había previsto.

Horarios, precios, trayectos, fechas...
Meses de estrategia. Todo mal

Lo primero había sido cuadrar las vacaciones de todos. Lo segundo, y mucho más importante, era asegurarme de que lo que para mí era un sueño para los demás no fuera una pesadilla. No los podía tener esos pocos días de acá para allá viendo arquitectura, pero por otra parte mi única condición inicial de ver Ronchamp y dejarles mandar durante todo el resto del tiempo se contaminó con que ya que estábamos en Suiza e íbamos a alquilar un coche podríamos ver la Villa Le Lac, primera obra moderna de Le Corbusier (tras los chalecitos suizos que tanto le gustan a Colin Rowe), destinada nada menos que a sus padres y ubicada nada menos que en la orilla del lago Leman.

Otro pie forzado para mi familia. Me sentía bastante culpable y a la vez profundamente egoísta. Todos se portaron muy bien conmigo. Me dijeron que ese viaje era por mí y para mí y que iban a disfrutar mucho viéndolo todo, incluso arquitectura.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

No te mueras

A Ángela Hernández y Jesús Ángel Izquierdo
(hERiZO arquitectos), que están planeando también el viaje,
con mi deseo de que lo hagan cualquier año de estos



No sé desde cuándo soñaba con conocer Ronchamp; supongo que desde que con diecisiete años entré en la escuela de arquitectura y fui abducido por el entusiasmo.

Entonces era un sueño casi imposible, como otros cien mil. Pero hace unos siete u ocho años se convirtió en una idea realizable, o al menos acariciable. Lo que pasa es que en mi casa no solemos ser decididos. Todo se alarga incomprensiblemente (y porque mi mujer tira de mí, que si por mí fuera no movería un dedo nunca).

La primera idea fue ir en coche desde casa, llegar hasta Lyon, ver La Tourette (en Éveux, al lado de Lyon), seguir hasta Ronchamp y dar la vuelta. (Y, ya puestos, hacer esta por Marsella y ver la Unité).

Iba a ser una odisea de un montón de días, y mi mujer, muy sensata, me dijo: "Hernández, el coche está bastante cascado y puede que nos deje tirados en la campiña francesa, deliciosa cuando se recorre en un automóvil ágil y fiable y con la cabeza y el espíritu libres de preocupaciones, sí, pero amenazante e incluso procelosa cuando el anciano vehículo se niega a seguir jadeando".

jueves, 24 de agosto de 2023

Ganitas de tema (y 2)

El otro día pretendí provocaros un poco criticando (apenas nada) a Le Corbusier y a Gaudí y hoy voy a terminar de resultaros un patán por decir que el concepto estructural y espacial de las Bodegas Ysios de Santiago Calatrava, básicamente el mismo que el de las escuelas de la Sagrada Familia que vimos el otro día, es mucho más coherente y limpio que el del maestro catalán.


La idea es la misma: unas vigas que van formando un conoide manteniendo una generatriz recta horizontal en el centro del alabeo.


En este caso las vigas van juntas, adosadas una al lado de otra, sin espacio de entrevigado. Son vigas anchas de sección rectangular y su yuxtaposición no forma una cubierta de superficie alabeada continua, sino escalonada o estriada. (Esto es un capricho de diseño, porque se podían haber hecho de sección tal que dieran continuidad a la superficie, o bien se podrían haber rellenado las estrías). Son de un solo vano de veintitantos metros de luz y se apoyan solo en las fachadas delantera y trasera. De ese modo no hay ninguna viga recta horizontal en el centro ni tampoco pilares.

El espacio que queda es mucho más puro, y de paso le enmienda la plana a Gaudí eliminando la innecesaria viga central y los antipáticos soportes.

jueves, 17 de agosto de 2023

Ganitas de tema (1)

Por aquí cuando un niño pequeño está hostigoso y protestón, incómodo, aburrido (y encima con este calor) y se le ve que quiere liarla, se dice que tiene ganitas de tema. Eso me parece que tengo en estos momentos (será el calor), porque he hecho un comentario rápido y un poco provocativo en Twitter, he recibido rápidamente unas cuantas respuestas que no me dan la razón en absoluto y, en vez de dejarlo y olvidarme del asunto, o de reorientarlo drásticamente, insisto trayéndolo aquí para desarrollarlo más extensamente, ponerme aún más claramente en ridículo, e invitaros a que me manifestéis también vuestro desacuerdo y me bajéis aún dos o tres peldaños más en vuestra escala de apreciación.

Que conste que ni porfío por tener razón ni pretendo convenceros de nada, pero este blog es muy bueno para mi equilibrio mental y mi paz interior, y mi psicólogo me dice que lo cuente todo y me desahogue, así que allá voy. Tomadlo como una opinión, que intentaré explicar, pero que ni mucho menos pretende ser la verdad ni haceros verla.

Otro opinador, seguramente tan infundado como yo, pero con infinito mayor talento e infinita mayor intuición, Le Corbusier, estuvo por primera vez en Barcelona en 1928, apenas dos años después de la muerte de Gaudí, y quedó impresionado con la potencia espacial, estructural y plástica del arquitecto catalán ("una fuerza, una fe y una capacidad técnica extraordinarias"), pero indignado por la ridícula decoración de sus obras. De la Sagrada Familia dijo: "¡Hay que descubrirse ante esta maravilla constructiva! Es de lamentar, sin embargo, que el sentido decorativo ahogue el razonamiento matemático. Hay un contrasentido extraño en la obra de este genio".

Pero a los pies del templo encontró por fin la obra para él perfecta de Gaudí: las humildes escuelas. Porque no tenían decoración y porque con un gesto amplio y lúcido resolvían la forma, la función, el espacio y la estructura.

sábado, 28 de enero de 2023

Joaquín Sorolla y Alvar Aalto

Lo siento: He escrito una entrada sobre Joaquín
Sorolla y Alvar Aalto y, tras darle un montón de
vueltas al título, solo me sale "Joaquín Sorolla y
Alvar Aalto". ¿Seré soso?


Este año se cumple el centenario de la muerte del pintor español Joaquín Sorolla, y también el centenario de cuando el arquitecto finlandés Alvar Aalto tenía 25 años. Ante semejante casualidad no me ha quedado otra opción que compararlos, y allá voy.

Joaquín Sorolla es un pintor perfecto, capaz de unos fantásticos dibujos que se deshacen bajo la fuerza del color, que a su vez construye la luz y es construido por ella. Si la palabra fotografía significa etimológicamente algo así como "dibujo hecho con luz" entonces Sorolla es un fantástico fotógrafo.

¿Hay alguien a quien no le guste Sorolla? Sus cuadros son un puro placer, una pura alegría de vida bullente. Es apasionante intentar seguir sus trazos rápidos y seguros, y ver con cuánto dominio capta la vida y su color.

viernes, 16 de diciembre de 2022

Pura intención (puro teatro)

Una famosa imagen que cualquier buen conocedor de la arquitectura moderna sabe identificar es esta:

Pero si no has sabido no te preocupes. No pasa nada. Para eso estoy yo aquí. Este blog cumple una admirable (no es porque yo lo diga) función social, aunque hasta la fecha no haya sido reconocida por el gobierno, el parlamento europeo, la otan ni la academia sueca. Ya sabéis: las cosas. La vida injusta.

Esa foto pertenece a la casa que le hizo Le Corbusier en 1923 (la terminó en 1924) a su señora madre -Marie Charlotte-Amélie Perret (dite Jeanneret-Perret)- en Corseaux (Suiza), en la orilla del lago Léman.

Fue una de las primeras obras del arquitecto, quitando sus iniciales y afortunadamente muy escasos chaletones suizos -por más que Colin Rowe(1) se quiera emocionar con alguno de ellos-, y ese rincón de la fotografía es formidable: Una tapia de piedra que tiene un agujero rectangular por el que se ve el lago. Ante ese agujero hay una mesa de hormigón con una pata y dos bancos de estructura de acero y tablas de madera.

Un hueco casi monástico. Un rincón para mirar, pero también para charlar, comer o leer. La disposición de la mesa y los bancos permite todos esos usos deliciosos. Y siempre el lago.

viernes, 9 de diciembre de 2022

Un libro de arquitectura

El otro día una alumna ya de la segunda mitad del Grado de Fundamentos de la Arquitectura me dijo que hasta el momento había estado muy ocupada en ir aprobando las asignaturas y en ir avanzando con su carrera -lo que no es poco-, y que tenía la sensación de que no se había ocupado de pensar qué es la arquitectura, cómo la quiere entender, y no había reflexionado sobre las cuestiones principales.

Me pidió que le recomendara un libro de arquitectura -porque además ahora, con las vacaciones de Navidad y con los Reyes Magos, es un buen momento para comprar alguno e incluso para leerlo- y no le supe qué decir. Le di muchas vueltas evocando qué libros de arquitectura me habían sacudido a mí y en qué circunstancias.

Me hice una lista apresurada con la convicción de que eran libros que me gustaron mucho, pero no sé si a ella le interesarían, y me sentí perdido y desorientado. Si mi misión es dar alguna orientación o alguna idea soy (de nuevo) un fraude.

La foto que he puesto es un fragmento de mi biblioteca, formada por años de amor por los libros. ¿Pero en qué se podría resumir? ¿Qué tres o qué cinco libros podría seleccionar para pasárselos ahora a alguien que está empezando a leer y a mirar? ¿Cuál fue el primer libro de arquitectura que yo leí?

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Vértebra

Me acabo de enterar por este artículo(1) de un dato estremecedor de Le Corbusier. Qué personaje.

Ya conté aquí lo de cómo uso la piel de su perro para encuadernar sus dos tomos del Quijote, pero esto lo supera (o no lo sé; yo ya ni sé).

Me hacía cruces entonces de lo macabro que era, tomando como dato romántico y tierno lo que era pura necrofilia. Pero se ve que quien es de una manera es de esa manera y no puede evitarlo. Y a quien le gustan esas cosas le siguen gustando.

Pues bien: Cuando murió su esposa, su querida Yvonne, el 5 de octubre de 1957, la hizo incinerar. Pero el apenado viudo vio algo entre las cenizas, algo que seguía estando entero y no se había deshecho: una vértebra.

martes, 19 de abril de 2022

Buenos días lo primero

Todos hemos tenido a alguien que nos lo ha dicho: nuestros padres, nuestra abuela paterna o nuestra tía Herminia. Entrábamos corriendo, urgidos por una novedad o un hallazgo, donde estaban reunidos nuestros familiares, lo proclamábamos con entusiasmo y en vez de pasmarse ante nuestros asertos nos recriminaban: "Buenos días lo primero". No entendíamos nada: Lo que estábamos contando era emocionante, importante, divertido, y nos cortaban para exigirnos que cerráramos el chorro y diéramos los buenos días. ¿A quiénes les podían importar los buenos días? No obstante, al parecer era obligatorio darlos.

Imaginaos a Hitler o a Rommel mandando callar al espía que traía los datos del lugar y el momento exactos en que se iba a producir el desembarco en Normandía y gritándole: "¡Buenos días lo primero!" Imaginaos al excitadísimo espía intentando pese a todo decir cuántas tropas, cuántos barcos y con qué armamento iban a desembarcar y a sus superiores arrestándolo e incluso mandándolo fusilar por cabezota e indisciplinado, y no haciéndole caso por no haber dado los buenos días. (¿Os imagináis?)

Pues con lo de Normandía es casi seguro que no ocurrió, pero con la arquitectura ocurrió, ocurre y seguirá ocurriendo. Nos hemos creído portadores de nuevos conceptos de espacio, de nuevas y mejores eficiencias, de mayor lógica constructiva y de más avanzado régimen de confort, pero nos obstinamos en proclamarlo sin dar los buenos días (o, mejor dicho, los damos de una manera muy rara) y nos mandan al cuarto de los ratones sin escuchar ni apreciar nuestra buena nueva.

Vamos a hacer una prueba. Proponédsela a vuestros amigos cultos pero no en arquitectura ni especialmente interesados en ella. Mostradles estas cuatro parejas de edificios y pedidles que elijan el que más les guste de cada una.




(Se pueden clicar para verlas más grandes)

Yo lo he hecho y los resultados son prácticamente unánimes: derecha, izquierda, izquierda e izquierda.

martes, 28 de diciembre de 2021

El Quijote peludo

A lo mejor publicar esto un 28 de diciembre os hace pensar que es una broma y no os creéis nada, pero os aseguro que esta historia es real. Es tan real como pueden serlo las cosas reales, las manías de la gente, sus decisiones incomprensibles, sus rasgos morbosos de mal gusto y de sentimentalismo más kitsch y más siniestro.

(Si no os fiáis de mí os invito a navegar por internet y, sobre todo, a leer el artículo que enlazo en la nota final. Hay muchos testimonios de lo que sigue).

Le Corbusier tenía un perro al que llamó Pinceau (que podríamos traducir como "Pincel", "Brocha", o algo así, y que desde luego tiene relación con su pelaje).

Hay fotos en las que se le ve en actitud cariñosa con su perro, al que le tenía mucho cariño.



Aquí también está Yvonne, la esposa del arquitecto

Parece que hay un tipo bastante recurrente en la historia de la literatura que es el de "escritor con gato", y que no sé si implicará algún estilo o querencia en concreto. También podríamos establecer la de "arquitecto con perro", pero no es esta mi intención, al menos en este momento. Baste saber que Le Corbusier tenía perro y lo quería mucho.

De lo que va esta entrada es de que tal vez lo quería demasiado, o al menos de una forma desaforada.

Los perros viven bastante menos que las personas, y en este caso también fue así y el cariñoso Pinceau falleció el día 6 de noviembre de 1945. Père Corbu se sumió en la angustia y en la desesperación y no se resignó a separarse de él del todo y para siempre, así que se quedó con un recuerdo.

sábado, 23 de octubre de 2021

Madre de Dios

A David García-Asenjo y a todos los
que tienen su constructiva paciencia.


He visto en twitter este clip de vídeo (clicad aquí) y después este otro (aquí) y me he quedado bastante desazonado.

Por si no se ven los enlaces que acabo de poner, o se pierden, os cuento lo que dicen:

Un simpático presentador de televisión (de la televisión pública del estado español, que gozosa y orgullosamente sostenemos con nuestros impuestos), ataviado de camisa cocheada de colores y de sonrisa irresistible, guapo y potente él, pone una foto de un edificio estrafalario -una iglesia- y se escandaliza con sus alegres contertulios de semejante insulto a la inteligencia y a la sensibilidad humanas.

Y, como debe ser en todo programa televisivo desenfadado que se precie, hay un descojone cruzado, total, exuberante, ante semejante despropósito.

Primer clip:

-Vamos a Francia. Atentos a esta "capillita" de territorio francés. El arquitecto dijo: "Yo quiero diseñar algo que no haya diseñado nadie", y, oye, ha triunfado, porque nadie ha diseñado algo tan feo como eso.

Así dice el presentador, y su gallinero cacarea de risas y de comentarios sobreabundantes. (Uno protesta tímidamente y dice que no es feo, pero se queda solo). Se escuchan risas.

El líder, crecidito, añade:

-Yo creo que el cura cuando (no entiendo el verbo, porque le pisan) la iglesia dijo: "Al arquitecto esto no se lo perdona Dios ni con sesenta padrenuestros ni con ochenta avemarías".

Segundo clip:

-...el arquitecto que ha hecho esto, porque Madre de Dios.

lunes, 27 de septiembre de 2021

Muy verde

A ver: ¿Qué preferís: el hormigón o el césped; el asfalto o las flores? Creo que no necesito leer vuestras respuestas. Me las imagino unánimes. Pero como casi nunca hay unanimidad en nada, yo, como aquel dentista de cada diez que sí recomendaba chicles con azúcar, voy a pronunciarme hoy por el hormigón y por el asfalto y en contra de los vegetales.

Y es que el ABC nos cuenta con gozo la gran noticia de que la primera fábrica de FIAT, en Turín, se convierte en el jardín colgante más grande de Europa. ¡Bravo! (Si no te dicen nada más).

Ponen esta ilustración con algunas plantas en la cubierta

Pero para muchos de nosotros esa fábrica de la FIAT no es solo un mamotreto de hormigón con una capa de asfalto en la cubierta, al que hay que dignificar y suavizar con verde. Para muchos de nosotros ese mamotreto es una obra maestra de la arquitectura, de la tecnología y del espíritu humano de todos los tiempos.

En 1926 la casa FIAT creó en el barrio de Lingotto, de Turín, su primera fábrica. Era fábrica, eran oficinas y era ¡circuito de pruebas en la azotea!

El ingeniero Giacomo Mattè-Truco, empleado de la casa en la sección de talleres mecánicos y fundiciones, diseñó un edificio larguísimo con una pista de carreras de mil doscientos metros en la azotea.



viernes, 16 de octubre de 2020

Su mejor obra (peregrinación) (II)

A Eduardo Almalé
A todos los compañeros peregrinos de Ronchamp durante 2018


El año 2018 nos lo pasamos, entero, hablando de Ronchamp.

A finales de 2017 había aparecido este libro:

                                            QUETGLAS, Josep,
                                            Breviario de Ronchamp,
                                            Ediciones Asimétricas, Madrid, 2017, pp. 275.

Como su título indica, y la nota "al lector" remacha, se trata de un breviario al modo religioso, que está dividido en 52 entradas o ejercicios para ser leídas en cada una de las 52 semanas del año. Quiso la casualidad que en diciembre lo tuviéramos unos cuantos amigos y que nos animáramos por Twitter a afrontar el año nuevo leyendo una entrada a la semana y comentándola cada domingo a partir de las cinco de la tarde bajo la etiqueta #BreviarioRonchampN (siendo N el número de la semana y del capítulo). Podía entrar quien quisiera y contar lo que quisiera siempre y cuando enarbolara las palabras mágicas del #

Estas cosas se empiezan siempre con la mejor intención, pero se desinflan en seguida. En este caso no fue así. Desde el primer domingo del año (siete de enero) hasta el último (treinta de diciembre), sin fallar ni uno solo (incluso conectándose a veces alguien desde la playa, desde una boda o desde el cumpleaños de un hijo), hicimos tertulia a las cinco de la tarde.

Los habituales éramos más o menos fijos, pero también se sumaban (y restaban) unos cuantos cada semana.

El libro tenía un par de características endiabladas: Por una parte, había algunos capítulos de un solo párrafo (¿cómo puede dar eso materia para una semana de lectura y reflexión y una tertulia dominical de aproximadamente una hora?), y por otra, Quetglas se ponía muchas veces a divagar sobre el naufragio de María Magdalena, sobre los toros o sobre Maya Deren (¿y qué tiene que ver todo eso con la iglesia de Ronchamp?)(1). Pero los intervinientes eran tan cultos y tan penetrantes que documentaban cualquier sugerencia del autor con toneladas de material interesante, de modo que cada pase que Josep Quetglas había tirado tan inteligentemente al hueco era rematado con brillantez por estos compañeros sabios.

Y, sobre todos nosotros, el incansable Eduardo Almalé organizaba cada cita, recopilaba después todas nuestras intervenciones y las ordenaba y archivaba. Gracias a él todo este guirigay llegó a buen puerto.

De este libro aprendí que la iglesia de Notre Dame du Haut no es solo un buen edificio, un gran edificio, sino que es un destino, un sueño, una necesidad, un símbolo, una aspiración, un deseo, un canto, una emoción, y también que todo se puede argumentar con todo, todo se puede cruzar con todo y que las inteligencias se buscan y se comprenden, de modo que una sugerencia, un reto o una mera boutade del autor eran estímulos entendidos y contestados por mis compañeros. Y todo ello creaba una realidad narrativa paralela a la propia realidad del edificio y a la de su leyenda.

Cuando el proceso de lectura, análisis y comentario dominical del libro estaba ya muy avanzado (no recuerdo exactamente en qué momento), la editorial -Ediciones Asimétricas- hizo saber al autor lo que estábamos haciendo y este, divertido y perplejo, se llevó las manos a la cabeza de que gente tan estúpida hubiera seguido al pie de la letra las indicaciones (que no dejaban de ser una broma) de leer el breviario semana a semana durante un año. Cada uno tiene sus debilidades, y una de las de Quetglas era que llevaba muchos años coleccionando postales de Ronchamp (incluso postales antiguas que mostraban la vieja iglesia, anterior a la de Le Corbusier), y en un acto de generosidad se desprendió de ellas y nos las regaló a quienes veníamos participando asiduamente en estas tertulias, de modo que me tocó un pequeño tesoro que tengo enmarcado y colgado en mi estudio. Y además escribió un texto ex profeso para nosotros y nos lo hizo llegar junto con una foto de unos peregrinos llegando al santuario por el camino norte.


Si ya me entusiasmaba desde siempre esa capilla mágica, ¿cómo no voy a estar ahora deseando ir hacia ella?

Y sin embargo:

sábado, 10 de octubre de 2020

Su mejor obra (peregrinación) (I)

Hace unos días ha sido el cumpleaños de Le Corbusier (nació el 6 de octubre de 1887), y a cuento de la efeméride alguien ha lanzado la pregunta de cuál es nuestra obra favorita de entre las suyas.

Yo no he sabido qué contestar y no lo he hecho; pero como tengo un blog para explayarme voy a hacerlo aquí. (Los blogueros somos así de pesados). Por una parte no sabría cuál elegir, pero por otra estoy a punto de comprarme un coche por ir a ver una de ellas. Algo tendrá, cuando me está llamando desde hace años.


El personaje que interpreta Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase (1977) siente un obsesivo e inexplicable impulso de construir una forma que no sabe qué es. Empieza modelando febrilmente el puré de su plato, sin ni siquiera saber por qué lo hace, va a más y a más y acaba construyendo una enorme maqueta de una montaña en el salón de su casa. De repente, en una noticia de la tele, reconoce la montaña que lleva metida en su cabeza, se entera de dónde está y sale a su encuentro. En el viaje conoce a más gente a la que le ha pasado lo mismo, y que también va ciegamente hacia esa montaña sin saber a qué. No lo pueden evitar.

Es una verdadera peregrinación, y, de la misma manera, año tras año desde hace más de sesenta, muchas personas de todo el mundo nos proponemos hacer una similar. En mi caso llevo diciéndoselo a mi mujer desde hace tiempo, y ella me contesta:

-Hernández, con nuestro coche no podemos hacer un viaje tan largo. Imagínese que nos deja tirados allí, tan lejos. Lo haremos cuando tengamos uno nuevo.

Pero nuestro sufrido vehículo se obstina en sobrevivir. Tiene diecinueve años y cuatrocientos treinta y siete mil kilómetros y sigue tirando. Cascajeando y tosiendo, pero tirando.

Hace tres meses se escachifolló, y mientras llamaba a mi seguro en mitad del desolado campo y esperaba a la grúa bajo el sol inclemente, también lo fui yo y firmé su sentencia de muerte. Después, mientras el gruista bielorruso me contaba diversas anécdotas pintorescas de la vida en su país y de los contrastes con la de España, yo solo pensaba en escupir mi coche al taller y pedirles que se hicieran cargo de los trámites de su desguace y de su muerte civil.

Me sentía ingrato. Tantos años de servicio, y tan bueno, y se lo pagaba así. Pensé en un mundo idílico con residencias públicas para coches viejos, a los que pudiéramos ir a ver en domingos alternos, y a los que, aunque ya no anduvieran, cambiáramos el aceite por su cumpleaños. Pero no hay tal: Este mundo es cruel y despiadado y yo solo pensaba en darle la puntilla a mi otrora amado coche.

Sin embargo, al cabo de un par de días me llamaron del taller para decirme que mi cascajo tenía arreglo, y no disparatadamente caro, y accedí a ello pensando que lo necesitaría hasta que tuviera el coche nuevo.

Mi mujer y yo llevábamos años, ya digo, pensando en que nos teníamos que comprar un coche, pero ni habíamos decidido aún cuál, así que en los días que estuvo el viejo en el taller redujimos nuestras opciones a tres finalistas, y cuando finalmente nos lo dieron ya arreglado cometimos la felonía de hacer que sus tres primeras misiones fueran llevarnos a los tres concesionarios de nuestros candidatos.

Con qué amor y con qué lealtad nos llevó. Me siento un miserable. Con qué resignación supo asumir su final y con cuánta lealtad -la que no tuvimos con él- nos transportó confortable y puntualmente a lo que iba a ser su matadero.

Al cabo de unos días nos decidimos, y de nuevo nos llevó a concretar nuestro pedido. Y he de decir aquí que hay que ver cuánto tardan en entregarte el coche elegido. Qué barbaridad. Tanto es así que todavía no lo tenemos y aún nos servimos del coche viejo, que se está portando como un jabato, el muy cabrito.
(El otro día subiendo una larga y dura cuesta y notando cómo, aunque ya no tenía la potencia de cuando joven, aún poseía la suficiente para defenderse con solvencia, lloré. Lloré y le di unas palmaditas en el salpicadero. Y con voz trémula le dije: "Muy bien, guapo. Eres el número uno").

-¿Qué dice usted, Hernández?
-Nada, nada, querida. Tonterías mías.
-Oiga, Hernández. ¿No iba a escribir usted una entrada sobre Le Corbusier?
-¡Anda; es verdad! Pues se me ha vuelto a ir la pinza.
-Como de costumbre.
-Me he alargado ya mucho y no me va a caber lo que quería contar. Voy al menos a terminar esta primera parte de la entrada.
-Más le vale.

viernes, 7 de junio de 2019

L-C (o "porque lo digo yo")

Una figura puede servir para esquematizar los estratos áticos de Le Corbusier: la misma que se usa para trazar la cifra del "5". Una línea que, empezando a dibujarse como un cuadrado, acaba dibujando un círculo; que, empezando con una línea quebrada convexa, acaba en una ondulación cóncava; y viceversa, desde cualquier posición en que se la tome: es esa figura la que aparece cada vez que Le Corbusier firma con sus iniciales: "L-C", el cuadrado y el círculo, el ángulo recto y el arco.
Josep Quetglas
Les Heures Claires


Alguna vez ya lo he dicho, y las que volveré a decirlo: Creo fervientemente que la crítica es una actividad creativa. A mí me parece obvio. Seguro que a vosotros también y todo lo que sigue sobra. Pero aun así tengo ganas de escribirlo. Paciencia.

Una obra de arte permanece viva en tanto que nos toque la sensibilidad y el intelecto; en tanto que nos hable a nosotros, a cada uno de nosotros. Si no nos dice nada habrá muerto como obra de arte: Quedará como testimonio histórico, como objeto anecdótico o como yo qué sé, pero ya no será arte porque el arte está abierto al ser humano y de su interior sigue manando energía.

Por eso mismo, aunque ya se hayan escrito miles de tratados sobre tal pintor o sobre tal poeta o sobre tal obra, siempre es posible que yo aporte mi versión y pueda decir algo nuevo (si es que sé) y, sobre todo, que sea capaz de llevar la contraria al gran profesor Fulánez de Tal y sean válidos a la vez lo que dice él y lo que digo yo.

La crítica es interpretación y creación, y pueden ser una interpretación y una creación personales con una sola condición para que sean válidas: que sean interesantes. Que sean divertidas, o excitantes, o provocativas, o gamberras, o emotivas. Que construyan. Que nos construyan. Que me muevan a volver a ver esa obra con una nueva mirada. La obra no solo no se agota con cada nueva visita y con cada nuevo disfrute o con cada nueva diatriba, sino que eso la hace seguir viva y ser cada vez más rica.

La historia es otra cosa: El historiador tiene que dar el dato preciso. Tampoco la obra se agota; siempre se puede aportar un nuevo documento, o relacionar dos que hasta ahora no se habían relacionado. Eso da nuevos conocimientos sobre la obra. Son conocimientos ciertos.

La crítica, sin embargo, me parece que no aporta un nuevo conocimiento objetivo sobre la obra, sino una nueva opinión y una nueva interpretación por si nos puede servir. (Si me permitís la expresión, un nuevo "conocimiento dinámico") Porque la crítica, como queda dicho, es productiva y nos mueve a actuar.

De la historia valoro si es verdad o mentira. De la crítica si es útil o inútil.