El otro día vimos "lo monstruoso" como criterio último y más eficaz para invalidar y descartar una obra de cualquier tipo: Si no responde a su naturaleza (o si algo de ella no lo hace), si no es coherente con su propia esencia, no nos sirve. No la queremos.
De acuerdo. Eso parece irrefutable, y probablemente lo es. (Vamos, que seguro que sí lo es). Pero sin embargo... Sin embargo lo monstruoso está en el centro de muchas obras de arte, e incluso, exagerando, podríamos llegar a decir que está en todo arte que no quiera cumplir lo establecido. (No me refiero ya a que no quiera cumplir los códigos -de eso ya escribí el otro día y lo di por legítimo-, sino a que no quiera cumplir con la forma de pensar, con la coherencia, con la inteligencia, con la bondad. Me refiero a un non serviam en toda la línea de flotación).
Lo monstruoso ha ejercido siempre una rara fascinación sobre muchos artistas, que han intentado explorar alguna de sus facetas.
Grandes escritores han penetrado en los abismos más siniestros del alma humana y nos los han mostrado para nuestro pasmo y horror, y grandes ilustradores, actores y directores han reaccionado intentando darles forma visual y tangible.