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miércoles, 7 de abril de 2021

Mala praxis

Fray Coello de Portugal terminó la memoria de su proyecto del santuario de la Virgen del Camino así:

Que es como terminar con: "Y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho".

Santuario de la Virgen del Camino

La memoria tenía apenas diez páginas. Pero es que la del Club Náutico de San Sebastián, de Aizpúrua y Labayen, tenía solo tres, y la tercera era de peloteo:


Club Náutico de San Sebastián

La de Torres Blancas, de Sáenz de Oiza, mucho más compleja (y también de unos cuantos años después), ya tiene treinta páginas. Vamos, que solo con los cuadros de superficies ya las llenas.

Torres Blancas

Y sin embargo esos edificios no necesitaron más. Con esos proyectos que hoy nos parecen tan escasos se construyeron y ahí están para nuestra admiración. Pero eso fue porque aquellos proyectos eran solo eso: proyectos; es decir, documentos que diseñaban edificios e indicaban lo preciso para que un constructor buen conocedor de su oficio los pudiera construir. En ellos no se indicaba el punto de fusión del acero ni las propiedades organolépticas del mortero de cemento. Tampoco la historia geológica-geográfica del sitio ni el horario de los autobuses Madrid-Astorga. Solo eran proyectos. Ni más ni menos.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La tilde

Dedicado a mi amigo Francis,
mi asesor personal de euskera.

La semana pasada -el día 6 de septiembre- se conmemoró el octogésimo aniversario de la muerte de José Manuel Aizp... Aizp... Aizp... como se diga. Y como se escriba.

Retrato de J.M.A., por Juan Cabanas Erauskin

Yo siempre escuché y escribí Aizpua, como hace el autor de la reseña en la wikipedia. (Véase).

Aizpúrua y Labayen, Fachada de la sede de AGP, 1928.

El relato de su muerte -fue fusilado ante la tapia del cementerio de Polloe, en San Sebastián- aparece en mi libro Necrotéctonicas. (Sí, ya sé: De nuevo publicidad de esa magnífica colección de relatos).

Aizpúrua y Labayen, Fachada de la bisutería Pajarón y Castelví, 1930.

En la primera versión de mi texto yo había escrito Aizpurúa, con tilde en la última u para romper el diptongo y que se leyera como lo he oído siempre y como lo sigo pronunciando: Aizpua.

Aizpúrua y Labayen, Estudios para restaurante en Monte Ulía, 1927.

No obstante, en otro sitios he leído (y sigo leyendo) Aizpurua y -oh, no puede ser- Aizpúrua.

Labayen (1900-1995) y Aizpúrua (1902-1936)

Y, lo que me parece increíble con lo tiquismiquis que soy con las tildes, en la versión definitiva del libro (que os recomiendo) lo cambié a esa última opción aparentemente absurda: Aizpúrua.

El estudio de Labayen y Aizpúrua en C/. Prim, 32. San Sebastián

¿Por qué lo hice? Ahí voy. Os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la pienso pagar.
En primer lugar, el euskera no tiene tildes, de manera que lo correcto es escribir Aizpurua. Porque el apellido es puro euskera: Aitz quiere decir "roca", y burua es "cabeza" y también se extiende a "la parte que sobresale". Es decir, Aitzburua: La cabeza de una roca o la parte sobresaliente de una roca.

Jesús Olasagasti, José Manuel Aizpúrua, 1930

La pronunciación de este apellido en euskera sería algo así como Aispú-rú-á. Sí: tres acentos, tres golpes: pú-rú-á.

José Manuel Aizpúrua

Por lo tanto, tiene poco sentido decir Aizpua (como yo he hecho siempre y sigo haciendo en mi fuero interno), que recoge sólo uno de esos tres acentos, y no el más importante. El principal, el más sonoro, el que marca la cadencia de los otros, es el primero: Aizrua. Pero precisamente ese no lleva tilde en castellano, como no la lleva egio, abio, água. Es palabra llana -la última sílaba lleva diptongo- y termina en vocal. No se acentúa (o, mejor dicho, no se tilda).

Aizpúrua y Labayen, Restaurante en Monte Ulía, 1927 

De manera que lo lógico sería pronunciar Aizpurua y no poner tilde. Y sin embargo yo, absurdamente, desde hace poco tiempo escribo Aizpúrua, pero sigo pronunciando Aizpurúa, como he hecho siempre. No lo puedo evitar. Qué lío.