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lunes, 18 de junio de 2018

Bombones y betún de Judea

En la entrada anterior os prometí que os contaría la historia de un regalo ridículo y un episodio sórdido de mi vida profesional. Voy.

Mi socio Tomás y yo teníamos un buen amigo (viejo y querido compañero de la escuela, pero que no ejercía como arquitecto) al que apreciábamos mucho. Nos constaba sobradamente que él a nosotros también.

Una vez este amigo estuvo en condiciones de intermediar para que alguien nos encargara un proyecto muy bueno y muy jugoso. Y lo hizo. Parecía uno de tantos cuentos de la lechera en los que te prometen el oro y el moro, te haces más ilusiones de la cuenta y al final todo se va a la porra y se queda en nada. ¿Os suena? Pero esta vez la cosa salió bien. Nos encargaron el proyecto, lo hicimos y lo cobramos.

Estábamos a primeros de diciembre, y aunque no éramos de ese tipo de amigos que se hacen regalos de Navidad, esta vez la ocasión venía a huevo. Teníamos que regalarle algo a nuestro amigo. ¿Pero qué?

Como podéis suponer, dimos vueltas y vueltas a todo tipo de ideas, y también, como os podréis imaginar, acabamos decidiéndonos por la más tonta.

La mujer de Tomás era muy buena restaurando muebles y creando objetos muy interesantes de decoración. Conocía un montón de tiendas de antigüedades, almoneda y similares. Entre las docenas de opciones que barajamos se nos ocurrió ir a uno de estos sitios que ella nos recomendó. No sabíamos si íbamos buscando una mesita de noche, una lámpara o un espejo.

Una vez allí, miroteando y miroteando, a los dos nos sedujo una especie de cazuela cerámica con tapa. Era una preciosidad: La pieza inferior era monocroma, de un color marrón muy oscuro y una textura muy rugosa. La superior, sobre ese mismo marrón de fondo, tenía trazos esmaltados brillantes preciosos formando dibujos geométricos. Eran como esos verdes y azules metálicos de algunas moscas y le daban a la bastez marrón un toque elegantísimo y bellísimo.

Tomás me preguntó: "¿La compramos y la llenamos de bombones?" Y la idea me encantó. Qué bombonera más extraordinaria.


Dicho y hecho. La compramos (no era barata) y nos fuimos a una de las mejores chocolaterías de Madrid a comprar bombones. Nos felicitamos por el magnífico regalo que le íbamos a hacer a nuestro amigo.

Una vez en el estudio miramos y remiramos la bombonera, acariciábamos su textura áspera y nos gustaba mucho, pero... Pero era tal vez demasiado tosca, mate... Quizá algo deslucida. O sería que con la luz del estudio, más intensa y nítida que la de la tienda, se le veían más defectos.

Se la dimos a examinar a la mujer de Tomás y ella dijo: "Esto con betún de Judea queda precioso". Así que dicho y hecho. Lo compramos y lo extendimos con una muñequilla frotando una y otra vez, paciente y concienzudamente.

Ahora sí. Ahora sí que había quedado de lujo. Preciosísima. Sin llegar a ser brillante (uy, no, qué chabacano) sí que había adquirido un aspecto bruñido, lustroso, delectable, exquisito.

Era una preciosidad, pero ahora había otro problema: El betún de Judea había llenado la bombonera de un fuerte olor a barniz o a linimento, no desagradable en sí mismo, pero demasiado intenso, y por supuesto incompatible con los bombones.

Las personas inteligentes (e incluso los arquitectos) se caracterizan por saber adaptar sus proyectos y pretensiones a las circunstancias de cada momento, cambiando de plan si hace falta. Nosotros no: Habíamos dicho que bombonera y tenía que ser bombonera. La podríamos haber regalado vacía sin más, o llena de otras cosas. Pues no: Tenían que ser bombones.

La tuvimos varios días en el alféizar entre la ventana y la contraventana para que se orease con el aire frío de la calle, pero no fue posible. El olor bajó algo de intensidad, pero ahí seguía. Se acercaba la fecha y no teníamos tiempo para que el olor disminuyera más, así que sacamos los bombones de la caja de cartulina de la chocolatería y los pusimos en el interior del precioso y oloroso cacharro cerámico.

Tomás, que siempre ha sido un echao p'alante y un tragón, tomó un bombón y dijo eufórico: "Buedídimo". Y yo, más timorato pero igual de comilón, tomé otro y le di la razón: "Mu dico. Y el bedún ni de nota".

Atamos la tapa con un lazo de seda para que no se abriera.
Cuando le regalamos la bombonera a nuestro amigo, la miró y no hizo demasiado aprecio.
Tomás y yo nos quedamos preguntándonos qué harían su mujer y él con los bombones. ¿Sería tremendo el olor y los tirarían a la basura? Y ya de paso ¿tirarían la bombonera?
No; eso sí que no. De los bombones tal vez se deshicieran, pero seguro que el recipiente decoraría su casa durante muchos años.

martes, 15 de diciembre de 2015

Socius

Dedicado a mi (ex) socio Tomás Saura

He puesto el título en latín, socius, porque significa algo más que socio.
Según mi modesto diccionario Vox, socius se puede traducir por: asociado, en común, cómplice, aliado, compañero, socio y pariente.
Todo eso ha sido Tomás para mí (y yo para él). Incluso parientes, porque a su vez el diccionario embebe ese término en el concepto de ser de la misma traza, condición, etc.
Y sin embargo somos completamente diferentes.
He hablado aquí de él alguna vez, pero muy de pasada, y creo que ya es hora de dedicarle una entrada.
Los dos somos muy púdicos anímicamente, y muy poco dados a moñeces, carantoñas y demás expresiones de ese tipo. Me resulta raro hablar aquí de él y decir cuánto le aprecio.
Tomás y yo nos conocimos en Seseña (Toledo), mi pueblo, y durante una temporada competimos lealmente. (Ya sabéis en qué consiste esa lealtad: "Este cabronazo se ha llevado el encargo"). La verdad es que yo tenía más encargos que él, pero los suyos, aunque algo menos numerosos, eran bastante más suculentos.
Una virtud de Tomás es que va al grano y no se anda con tonterías. Un buen día, en 1990, me propuso que nos uniéramos. A mí me pareció bien. Uno de Seseña me vaticinó que no íbamos a resistir juntos ni un año. Resistimos veinte, y aún nos llevamos muy bien.
Él vivía en Madrid y yo en Seseña. ¿Dónde montar el estudio? Por aquella época en Seseña no había ni una mala papelería, y no digamos una casa de copias. Tampoco era fácil conseguir que viniera un delineante. Aquí era todo muy difícil.
Así que decidimos montar el chiringuito en Madrid (también con la secreta ambición de que allí nos saliera algo, cosa que no ocurrió), y nos instalamos en la calle del General Arrando, número 36, en un apartamento pequeñísimo, pero en un entorno muy agradable. Su suegro tuvo que avalarnos ante la inmobiliaria para que nos lo alquilara.
Allí empezamos, el uno de marzo de mil novecientos noventa, en esa lata de sardinas. Al año siguiente nos mudamos a uno más grande y a partir de ahí todo fue crecer.

Tomás y yo. Esa foto debe de ser de 1991, en nuestro segundo estudio

Hemos trabajado muchísimo, y esa era la gran virtud de nuestro estudio: que tenía muchísimo trabajo. Tomás ha sido siempre muy 'echao p'alante', y conseguía muy buenos encargos, y se metía en los charcos, y yo le apoyaba. A veces le he dicho con toda sinceridad que he sido un privilegiado teniéndole al lado, porque gracias a él he hecho trabajos (y he ganado dinero) que por mí mismo ni habría soñado. Él me ha dicho (generosamente) que también estaba muy contento conmigo, porque mientras él se lanzaba a picotearlo todo, le era de gran ayuda ver que yo le apoyaba y era un sólido compañero. Bueno, vale, dejémoslo así.
Aunque compartíamos el trabajo, él cada vez estaba más volcado con las relaciones públicas y yo más metido en el estudio. Pero él en el estudio también estaba en su salsa. Dibuja muy bien y, sobre todo, le encanta planificar. No puede vivir sin un gran panel de corcho donde clavar cosas, esquemas, programas, lo que sea. Y es el número uno haciendo tablas larguíííííísimas en papeles larguíííííísimos (papel continuo, A3 empalmados, papel de plotter...) con plannings, desarrollos de dinero, de tiempo, de partes de un trabajo... de lo que sea. Dadle a Tomás un papel muy largo -pero muy largo- y muchos rotuladores de colores -pero muchos- y os arregla lo del cambio climático, los horarios de autobuses de la EMT y los calendarios de vacunación de las diecisiete comunidades autónomas.
El estudio se fue dividiendo cada vez más nítidamente en dos secciones: urbanismo y edificación, que casi llegaron a formar dos departamentos estancos. Él es un gran urbanista, y a mí me gusta calcular estructuras y tal. De modo que en la época de mayor boom y desmadre cada uno nos dedicábamos a trabajos y clientes diferentes.
Pero también hubo mucho trabajo en común, que todavía no sé cómo pudimos hacer, porque los dos somos bastante cabezotas y testarudos, y, después de haber hecho tantos, aún sigo sin saber cómo se hace un proyecto a medias. Pero, como fuera, los hacíamos; al menos en las fases de planteamiento. Luego cada uno desarrollaba una cosa.


Los dos hemos sido siempre leales y generosos. Hemos discutido mucho, lo normal. Yo soy muy cabezota, y justo en el momento más inoportuno tengo un punto socarrón-pesimista-sarcástico para darme dos tortas. Y él es muy metomentodo y 'dispón' y a veces también las pedía. Pero por encima de todo estaba nuestro aprecio mutuo y nuestra amistad.