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domingo, 4 de octubre de 2015

De la validez de la cultura. (¿A quién le importa Gilgamesh?)

La película Ladri di biciclette (1948), de Vittorio de Sica es un pilar en la historia del cine. En España se tradujo como Ladrón (en singular) de bicicletas, y se censuró estúpidamente, cambiando del todo su intención y su sentido.


La película es cruel e implacable. No deja un solo resquicio a la esperanza y agobia hasta lo insoportable. No puede ser que la desgracia se cebe de esa manera con la gente más desvalida, con los más miserables y necesitados.
¿Quién podría hacer una historia así, sin ninguna piedad? En España eso no se toleró, y en la escena final, en la que el padre y el hijo van a la nada, una voz en off (que, por supuesto, no existe en el original) se deshace en melifluos y vergonzosos cantos de sirena y se permite contar el final que al censor le gustaba.
Bueno: Vivíamos en un país que tenía censuradas las ideas y mutilada la cultura. Pero muchos años después, en los noventa, cuando ya llevábamos décadas viviendo en un país libre, las cintas VHS de esa película seguían teniendo ese doblaje oprobioso. ¿Por qué? Pues porque ya estaba hecho y no era económico volver a hacerlo. (Ni siquiera había que volver a hacerlo. Tan sólo había que suprimir el último speech). Y además (y sobre todo), para cuatro piraos que iban a comprar esa película no merecía la pena perder el tiempo ni gastar dinero en retoques y cambios.
Esa película había dejado de estar censurada, pero ya aburría, lo que es muchísimo peor.

Hoy en España no hay censura, pero a nadie (o a casi nadie) le interesan esas películas ni esas visiones tristes y desasosegadoras. Y los cuatro piraos que vemos películas raras o leemos libros-pestiño ni contamos ni importamos.

Franco murió cuando yo tenía quince años, y mi adolescencia coincidió con la Transición. Además de que se acabó la censura sobre las fotos de desnudos justo cuando mi persona más se interesaba por ellas (feliz casualidad), también se habló mucho entonces de Víctor Jara, de Paco Ibáñez o de Quilapayún, cuyas cassettes traía a clase algún compañero casi con la misma delectación con que otro traía un Playboy.
En aquella época nadie reparaba en que tales cantantes y tales canciones tenían la misma chispa que un bocadillo de garbanzos, y que oír la cansina voz de Paco Ibáñez en el Olympia de París era tan divertido como contar granos de arena en la playa. Eran canciones con mensaje. Tenían el secreto de la verdad y de la vida. Había que entenderlas y aplicarlas. Eran la guía. Mostraban el camino.

-Tun tun.
-Quién es.
-Una rosa y un clavel.
-¡Abre la muralla!
-Tun tun.
-Quién es.
-El sable del coronel.
-¡Cierra la muralla!
-Tun tun.
-¿Quién es?
-La paloma y el laurel.
-¡Abre la muralla!

(Dior mío, Dior mío). (Había que estar atento para saber cuándo tenía que abrirse y cuándo cerrarse, sin equivocarse jamás, no fuera uno a quedar como un pardillo o, lo que era mil veces peor, como un facha).

A galopaaaar, a galopaaaar, hasta enterrarlos en el mar.
A galopaaaar, a galopaaaar, hasta enterrarlos en el mar.

(Por Dior, Don Pacoibáñez. Por Dior).

Poderó
socaballé
roesdondindó
dondiribidindó
es Don Dinero.

(Po zí. Pozezo, po vale, po dacuerdo).

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ornamento y distinción


Cuando yo era niño (en los remotos años sesenta y setenta) todo el mundo vestía igual, según su ambiente y profesión. Todo era gris o marrón, o azul marino. Los oficinistas vestían chaqueta de uno de esos tres colores y corbata igual, con rayas. (En corbatas se admitía también el rojo burdeos amarronado). Las mujeres podían añadir verdes no muy chillones y flores discretas.
Los chicos llevábamos jersey azul marino o verde oscuro, y pantalón de tergal.
Los zapatos sólo podían ser negros o marrones. (En niños se podía añadir el azul marino).
Los hombres iban afeitados o con bigote (mejor si era finito), y con el pelo corto, peinado a raya o con ondas (el que las tuviera) a lo Robert Taylor. (Según Jardiel Poncela, quien no las tuviera podía conseguirlas embadurnándose el pelo con fijador y estampándose repetidamente contra el cierre de algún comercio). Las mujeres se peinaban con mucha laca, construyéndose una especie de casco sobre la cabeza.

No había variedad, no había originalidad. Nadie pensaba en esas cosas. Sólo había una forma de ir por la calle: "Como Dios manda".
Una vez cometí el error de ponerme una camisa naranja de manga corta. Mi primo Carlos se burló de mí porque llevar camisa rosa era de maricas. Yo insistía en que era naranja, pero no hubo manera. (Hay que verle ahora a mi primo, con polos lilas, rosas o azul celestes. Cómo ha cambiado la vida).