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viernes, 11 de noviembre de 2022

Esclavitud

 A Ana Asensio


Ana "la Flaca" Asensio me ha dado a conocer un artículo de Alejandro Hernández Gálvez en Arquine (el artículo es este). No conocía esta historia, y me ha impresionado tanto que os la voy a contar y a comentar:

Los grandes arquitectos Herzog y De Meuron, de fama mundial y ganadores del Premio Pritzker (ya sabéis: "El Nobel de la Arquitectura") en 2001, han diseñado un lujoso edificio de 130 apartamentos en el centro de Beirut al que han bautizado como Beirut Terraces, que es una delicia blanca, soleada y elegante.

Como dice su nombre, el edificio está lleno de terrazas. Las viviendas son luminosas y amplias, y tienen unas calidades excepcionales. No podía ser menos, tratándose de tan eximios arquitectos y en un edificio de lujo.

Mirad la planta tipo: Seis viviendas estupendas que tienen de todo; hasta ratonera.

viernes, 2 de julio de 2021

¿Ver o ser visto?

A Carlos Irisarri, por su observación


Hace unas semanas, un grupo de amigos (Miguel Barahona, José María Echarte, María Fernández, David García-Asenjo, Carlos Irisarri y yo)(1) fuimos invitados por Amparo Martínez Vidal, de Vitra, a ver el showroom de la empresa en Madrid (debo mencionar en otra ocasión el "juego de las sillas" que hicimos allí) y luego a una visita guiada y privada a la exposición de Jean Prouvé en el CaixaForum (también debería comentarla: Se me amontona el trabajo. Pero hoy voy directamente al final).

Tras ver la exposición nos invitaron a la cafetería de la planta alta. La celosía de acero corten matizaba la luz de la tarde y yo me encontraba muy a gusto.

Pero Carlos Irisarri me hizo observar una cosa en la que yo no había reparado ninguna de las veces que había estado allí.

-Fíjate dónde estamos: En pleno Paseo del Prado, justo enfrente del Jardín Botánico. Las vistas desde esta cafetería serían una delicia si Herzog y De Meuron hubieran tenido a bien no impedírnoslas.

Es cierto. El ambiente en la cafetería es agradable, con la luz tamizada por la celosía, y consigue el efecto de que te sientas allí aislado. Eso está bien para que charles tranquilo con tus amigos y el exterior no te perturbe. Pero, jolines: Es que es uno de los exteriores más hermosos de Madrid y es imposible verlo. Imaginaos desde lo alto, tranquilos, tomando una cerveza con el Jardín Botánico a vuestros pies. Menudo espectáculo. Pues no: Se nos niega para que no salgamos mentalmente de ese acogedor nido.

(Estamos tan a gusto en el paraíso que no se nos permite ninguna perturbación del mundo vil y mortal).

El proyecto del CaixaForum es impresionante. Además cede a la ciudad la plaza de su emplazamiento y regala buena parte de la planta de acceso, puesto que deja en el aire el edificio para que paseemos por debajo. ¿Pero todo eso es verdaderamente un gesto cívico o mero alarde y chulería?

Para empezar, las naves de ladrillo estaban protegidas y la actuación debía conservarlas. Los suizos le dieron la vuelta al planteamiento y las conservaron cargándoselas. (No sé qué grado de protección tendrían. Desde luego integral no puede ser, pero es que ni siquiera ambiental o tipológico, puesto que el CaixaForum rompió cualquier vínculo que pudieran tener con el entorno y con la historia). Es cierto que tampoco eran una naves notorias y el CaixaForum sí lo es, y creo que es mejor edificio que lo que había, pero en todo caso eso no es conservar.

lunes, 26 de julio de 2010

No sé qué conservamos

El otro día vi que lo que tenía escrito ya alcanzaba la extensión que me parece adecuada para una píldora, y sentía que me quedaban cosas por decir. Por eso prometí seguir con ello. Pero visto ahora más fríamente, creo que no doy más de mí.
Iba a hablar de la peineta de encaje de acero (cortén, of course), de la escalera de esquinas blandas, de los techos de neones y de los de chapas… pero no. Lo resumo todo diciendo que cada ambiente, cada detalle, cada truco, tiene el material “adecuado”. O sea: demasiados trucos, demasiados detalles y demasiados materiales, pero eso es propio de nuestro tiempo, que no busca la unidad ni la coherencia en las obras, sino la diversidad, la capacidad de responder a cada pregunta en un idioma distinto.
Prefiero dejarlo ahí, repitiendo una vez más que Herzog y de Meuron siempre saben escoger los materiales, las respuestas y los idiomas. Plas, plas, aplausos y yatá.
Me voy a la Central Eléctrica de Mediodía, en Madrid, edificio que, efectivamente, estaba protegido. Es una correcta nave doble, de ladrillo, con estructura de… yanotá (fundición de hierro, a base de piezas roblonadas). Una nave de las de entonces, sin nada especial, con el esmerado trabajo de albañilería que se hacía en su tiempo, y que hoy nos produce cierta ternura.

La nave no tiene más valor que el tipológico, curiosa clasificación dentro de los bienes a proteger, y que quiere decir más o menos que no es una obra valiosa en sí misma, pero que remite a una época, a una sociedad y a unas circunstancias que merecen tener ese botón de muestra como testigo histórico. Según eso, habrá que proteger las chabolas y también los barrios marginales, pues tienen un alto valor tipológico, sociológico e histórico, y seguramente a algún historiador de dentro de unos siglos le gustaría ver todo eso.
Si es así, esta nave de ladrillo ya no podrá verla ningún historiador. ¿Dónde están sus demenciales generadores eléctricos, dónde su cubierta, dónde sus cimientos? ¿Dónde está el sabor de la época a la que remite?
He leído por ahí (Arquitectura Viva, nº 116, p. 86) que se cargaron el zócalo porque no tenía valor. Verdaderamente, las excusas que se escriben a veces son increíbles. Al final va a resultar que dejaron la nave levitando a la fuerza. Ellos no querían.
En cuanto a la interpretación, unilateral e interesada, de qué tiene valor y qué no, repito que me parece un gol por toda la escuadra a los aburridos garantes de la conservación del patrimonio. No creo que esa nave fuera merecedora de protección, pero si la consiguió no se la supieron proporcionar. La dejaron indefensa.
Al final, esa nave protegida habría languidecido sin un uso adecuado, se habría ido deteriorando y degenerando, y habría quedado sola, sucia, olvidada, muerta. Déjense por tanto de justificaciones tontas. La arquitectura es (quizá por encima de todo) emoción espacial, y pasar bajo un mamotreto de ladrillo suspendido en el aire, que casi te peina el quiquiriqui de la coronilla, es una emoción espacial. Y el Caixa Forum de Madrid te da esa emoción, y vale mil veces más que lo que valía la nave. Pero que no nos mareen con la conservación.
Y, repito, en este caso sí me parece pertinente la arquitectura espectáculo. Que se lo pregunten a los de La Caixa.

jueves, 22 de julio de 2010

Algunos comentarios sobre el Caixa Forum de Madrid

A cuento de mi penúltimo post y del acertado comentario de Pablo, elijo el edificio del Caixa Forum de Madrid, de los arquitectos suizos Herzog y de Meuron para comentar algunos temas recurrentes en mi monótono bullebulle mental.
Lo primero que he de decir es que estos dos arquitectos se distinguen por su elegancia, su buen criterio con los materiales, su rigor geométrico y su capacidad de "gestión" (quiero decir organización, optimización de recursos, etc, entiéndase como se quiera). Son arquitectos serios, competentes y fiables.
En el caso de Madrid optan por una solución espectacular ligada al encargo mismo. Solución espectacular para una arquitectura espectacular. Aunque la arquitectura-espectáculo normalmente me da alergia, en este caso no tengo nada que objetar. Hay edificios cuya función principal es ser un estandarte y llamar la atención. Este es uno de ellos: La Caixa no hace un edificio para montar exposiciones de Vlaminck porque sí. La condición de partida del encargo arquitectónico es que se note. Al menos hay que reconocer que Herzog y de Meuron no gritan histéricamente como otros, ni agitan ostensiblemente los brazos.
A todo esto, hay un punto de partida envenenado. Todo procede de que se quemó una estación eléctrica que había quedado desubicada en pleno Paseo del Prado, y quedó destruida e irreparable. Se optó por hacer una nueva central bajo la cuesta de Moyano y abandonar la cochambrosa nave de ladrillo.
Aquí viene la primera duda: ¿La nave de ladrillo estaba catalogada y protegida? (Me lo pregunto: No lo sé ni tengo muchas ganas de buscarlo en San Gúguel).
Porque la brillante (y caprichosa, y espectacular, y superguay) solución es levantar la nave existente, dejarla colgada en el aire y marcharse. Ahí se queda, como el borde del mar que levanta el niño en aquel cuadro de Dalí, y el que quiera entrar, el que se atreva, que pase por debajo, casi agachándose. Es el David Copperfield de la arquitectura urbana. (No me refiero al de Dickens, sino al ilusionista hortera).
Si la nave estaba protegida, habría que preguntarse por qué. No deja de ser una insulsa obra de ladrillo, muy propia de su época, sin otro valor que el "tipológico", que, por cierto, ha quedado completamente destruido y adulterado. Si estuviera protegida, digo, habría que preguntarse por qué se protegen estas cosas y se derriba la pagoda de Fisac. Si hubiera estado protegida, añado, menudo gol que les han metido Herzog y de Meuron a los vigilantes del patrimonio. Vaya golazo.
Y si no lo estaba, entonces fueron los suizos los que buscaron el desafío porque sí, el "más difícil todavía", el ilusionismo Copperfieldiano para dejarnos a todos con la boca abierta. Lo decía el otro día: enormes recursos técnicos capaces de realizar cualquier cosa porque sí y para epatar.
Manierismo, tardomanierismo, disparate. ¿Por qué? Por lo que decía Pablo en su comentario: porque es cachondo. De acuerdo. Cachondo lo es un rato. Y reconozco que la especial "funcionalidad" del edificio, su razón de ser y su misión principal es "ser cachondo", y además añado que estos tíos tienen gracia, y además que su desafío es impresionante. Pero eso no contradice nada, creo yo, de lo que decía el otro día.
(Se me hace muy largo lo que llevo. Seguiré con el tema. La cosa sigue. Quedan más elementos epatantes).