Acabo de volver a casa. Mis vacaciones han terminado. Tenía mucho mono de blog y me pongo a escribir.
Quiero hablar, desde mi incipiente depresión postvacacional, de una sensación frustrante que no sé si habéis tenido alguna vez.
Me refiero a la expectante búsqueda de la obra maestra arquitectónica y, ay, a su hallazgo.
He ido de vacaciones con mi mujer, no arquitecta (aunque llevamos ya tantos años juntos que le ha ido cogiendo gusto a la arquitectura y que conoce y entiende bastante), a descansar, a pasear, a comer, a disfrutar... y a ver arquitectura. Ese "ver arquitectura" ha guiado nuestro viaje con la tiranía de siempre, ha configurado nuestro itinerario y nos ha hecho emplear (no digo perder) mucho tiempo y bastante dinero.
Yo, con la ilusión de un niño, me voy acercando a la obra que he visto mil veces en libros y revistas y cuyas plantas, alzados y secciones me sé de memoria. La intuyo, la huelo. Está por aquí, por aquí mismo; apenas faltan cien o doscientos metros para verla al fin, para conseguirla como se consigue una pieza de caza, un nuevo objeto para la colección.
Una calle cualquiera. Muy cerca hay una obra
maestra de la arquitectura contemporánea.
Eso es lo que le da tanto valor, pero al mismo tiempo es lo más deprimente: ¿Qué goce puede tener acercarse a un tesoro que está en medio de la grisura, rodeado de grisura, contaminado de grisura? ¿Para qué sirve la arquitectura, si es una excepción, una rareza?
Sin desfallecer, sin desanimarnos nunca, los arquitectos vamos en pos de la llamada sagrada. Nos perdemos, nos cansamos, nos asamos de calor o nos calamos de lluvia. No nos importa nada. Vamos como Indiana Jones tras el Santo Grial. Es nuestra aventura. Es nuestra misión.
