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sábado, 20 de noviembre de 2021

Chusma

No somos la chusma. Somos lo mejor y lo hacemos gratis.
Ernest Hemingway, Islas a la deriva(1)


Hace muchos años leí Islas a la deriva, de Hemingway, y me gustó. No la recuerdo muy bien, pero la frase que he puesto arriba no se me olvida. Esa escena me impresionó. Es al final (penúltima o antepenúltima página). El protagonista, Thomas Hudson, está en una situación muy difícil, tal vez definitiva, y se define: "No somos la chusma. Somos lo mejor y lo hacemos gratis". La frase me gustó muchísimo. Tiene orgullo, honradez, desfachatez y algo así como la conciencia limpia. (Me gustó tanto que ya digo que es prácticamente de lo único que me acuerdo de esa novela tantos años después).

Debía de estar muy tonto con esa frase porque, en pleno frenesí de un proyecto se la dije a Tomás, mi socio: "Somos lo mejor y lo hacemos gratis". Me miró con una expresión inolvidable. Creo que no hace falta que os la describa: Tenía, como siempre, toda la razón. Menos mal que trabajaba con él y que él tenía las ideas mucho más claras que yo. No somos estúpidos románticos ni soñadores melifluos: Somos profesionales y nuestro trabajo vale mucho. (Ah: Y vivimos de él).

Vuelve la frase a mi memoria porque acabo de ver algo que no debería haber visto y que me ha perturbado mucho: He tenido acceso a un proyecto de una vivienda redactado por un arquitecto de un pueblo cercano a quien conozco de referencia y de rebote. En su interior había (por error e indiscreción) la hoja de comunicación de encargo del arquitecto técnico a su colegio, con mención de sus honorarios como director de la ejecución de la obra y coordinador en materia de seguridad y salud.

El doble de esa cantidad me habría parecido aceptable con muchas objeciones: Baja, pero podría haberlo comprendido. Ojo: que estoy hablando del doble. Esto era la mitad.

¿Pero cómo es posible? ¿Pero dónde hemos ido a caer y cómo es que hemos caído tan bajo? La casa tiene garaje y piscina, y todo ello suma trescientos cincuenta metros cuadrados construidos. Es un verdadero casoplón, y el aparejador de la obra, el encargado de supervisar las certificaciones, velar porque sus clientes no paguen ni un céntimo más de lo justo, comprobar las calidades de los materiales y su correcta ejecución, y responsabilizarse (civil e incluso penalmente) de la seguridad de la obra, echándose a sus espaldas los accidentes que ocurran y los desperfectos de acabados, remates, piezas, etc., es quien menos va a cobrar de todos los que intervengan allí. Hasta el antenista, el instalador del wifi y el del videoportero van a cobrar más que él.

Este arquitecto técnico trabaja con el arquitecto; son equipo, y sé que el arquitecto va del mismo palo. No he visto sus honorarios, pero sé que también son ridículos. Menos que ridículos. Inconcebibles.

sábado, 31 de agosto de 2019

A buenas horas

La cartera me acaba de entregar este libro, le he hecho una foto incluso antes de hojearlo,


me ha subido como una ola de nostalgia y me he puesto a escribir esto.

Es el catálogo de la exposición antológica que se le hizo a Picasso con motivo de su centenario en el Museo Español de Arte Contemporáneo en Madrid, en el año 1981.

Yo tenía veintiún años. Estaría en tercero. El museo estaba al lado de la escuela, y la entrada para estudiantes era gratuita (¿o en aquella época lo era para todo el mundo?), así que mis amigos y yo vimos esa fantástica exposición unas cuantas veces.

Editaron ese catálogo enorme, rojo, buenísimo, y le pusieron un precio bastante bajo; tanto que se agotó en muy pocos días.

Nada más inaugurarse la exposición lo vimos y lo hojeamos con placer, pero yo no llevaba suficiente dinero encima en ese momento y dejé su compra para más adelante.

Y ya no pudo ser. Cuando fui por fin a comprarlo ya se había agotado.

Una de mis amigas sí lo había conseguido y yo sentí tanta envidia que volví varias veces a la librería del museo a preguntar si iba a haber una segunda edición o si alguna entidad que hubiera recibido una remesa de catálogos había devuelto alguno... o lo que fuera.

Nada. Imposible. Después fui por la Cuesta de Moyano, pateé alguna librería de viejo, pero ya nada. El catálogo era inconseguible. Debía aprender a vivir sin él durante el resto de mi existencia.

Y mirad por dónde, ahora, casi treinta y ocho años después, me pongo a buscarlo en internet porque me he acordado y me ha dado por ahí, y veo cinco o seis ejemplares a la venta. Y, naturalmente, me lo compro. (Me ha costado, al cambio a pesetas y tantos años después, aún menos de lo que costaba entonces).

Y lo acabo de recibir con gusto. ¿Pero ya para qué? A buenas horas. Ya todo es diferente, muy diferente. Ya no viene a cuento. (Tampoco tengo yo ya el furor, el ansia y la curiosidad que tenía entonces). A buenas horas.

En todos estos años he hecho mi vida sin necesidad de tener ese libro en mis estanterías: Terminé la carrera de arquitectura, empecé a trabajar, me casé, tuve hijos... y también compré muchos más libros, incluso algunos de Picasso. ¿Para qué quiero ya este?

Mi amiga, la afortunada y envidiada propietaria de aquel remoto catálogo, también terminó la carrera, también empezó a trabajar, también se casó, también tuvo hijos, sufrió un golpe terrible... Hace muchísimo que no la veo. ¿Conservará el libro? ¿Llevará treinta y ocho años cogiendo polvo o ella y su familia lo habrán consultado y disfrutado a menudo?

¿Y los míos? Pues como todos: Ahí están también, relegados en sus estantes. A veces hojeo alguno y disfrutamos aireándonos mutuamente durante unos minutos, pero en seguida él vuelve a su mutismo y yo a mi rutina.

Siendo así las cosas, ¿por qué siempre he querido libros? Durante toda mi vida los he comprado, los he pedido para mis cumpleaños y para reyes; he leído bastantes; otros no, y muchos de ellos ya no creo que los lea jamás. Y ahí los tengo. Ahí los conservo mientras mi vida me ha ido llevando por caminos inciertos y más bien sosos.

Este libro de Picasso que me llega hoy inopinadamente me trae a la mente otros tres -al menos- con los que me ha pasado lo mismo. A buenas horas.

martes, 7 de agosto de 2018

La habitación cursi

(Consecuencia -más que continuación- de mi entrada
anterior, que ha suscitado comentarios muy interesantes
y me ha dejado con ganas de decir más cosas).


El término kitsch se acuñó en Múnich hacia mil ochocientos sesenta y tantos. No se conoce su etimología: Unos dicen que procede de kitschen, una palabra del dialecto alemán del sur que significa chapuza y mugre, y otros dicen que viene de la mala pronunciación del inglés sketch, que los turistas pedían a los artistas locales. A mí ambos argumentos me parecen forzados. Pero es lo que hay.

Algunos autores dicen que kitsch no se puede traducir a ningún idioma más que al español cursi, que a su vez tiene una etimología más que dudosa (las hermanas Sicour, de Cádiz, y otras tres o cuatro versiones más) y además no significa exactamente lo mismo.

Sí hay un punto en que coinciden lo kitsch (o cierto subgrupo de lo kitsch) y lo cursi: Ambos son sucedáneos de lo artístico, de lo intelectualmente valioso, a lo que se supone que querrían aspirar pero se quedan en algo cómodo, trillado y con pretensiones, en algo ridículo.

El público no avisado (y un poco patán) aspira a vivir experiencias artísticas pero se va a lo cursi y a lo hortera porque se cree que esos sucedáneos son arte verdadero. (El arte verdadero no le suele gustar).

Ramón Gómez de la Serna tiene un texto delicioso y lucidísimo que se titula "Ensayo sobre lo cursi"(*). En él dice con gran ternura e ingenuidad, pero también con gran perspicacia, que en su casa racional y sensata necesita tener una habitación cursi, llena de cosas y recuerdos, blanda: Una habitación donde refugiarse, donde esconderse como en el claustro materno.
"En esa habitación sí que no me puede coger la mala muerte y me siento en una lejanía de todos los gases asfixiantes".


Este es el fundamento del kitsch: la huida de la tragedia y el consuelo ante la dureza de la vida. Todos necesitamos una habitación cursi.

Decimos que amamos el arte, que deseamos el arte, pero a menudo se nos olvida que el arte no es esa bella fruslería cómoda y hermosa que deseamos. Esa cosa amable y dulce es una bella imitación, es el kitsch. El arte es jodido. El arte es sumergirte en la duda, en el torbellino, luchar, perder, dejarte la piel a tiras, no descansar ni un momento, angustiarte, buscar. El arte es una mierda.

Y la vida es otra mierda. O la misma. Competir, afanarse, madrugar, fracasar, jadear, llegar tarde y al sitio equivocado, volver a empezar...

Pero el kitsch, lo cursi, es una maravilla. Nubecillas de algodón dulce y muchos lazos rosas(**). Es un consuelo y un placer.

Si te encierras en la habitación cursi y te abrazas a un cojín blandito y mullido nadie va a venirte con un burofax y, como dice mi ilustre tocayo, ni siquiera la muerte te va a encontrar.

Los libros que más gustan, las músicas, las películas... todo eso es un sucedáneo de arte que va muy bien, que está muy bien hecho y nos satisface, pero que no es arte en lo que este tiene de vanguardia y de experimentación e investigación. (Vamos, en lo que tiene de arte de verdad).

sábado, 11 de abril de 2015

Adversarios y socios (ante esqueletos de dinosaurio)

Uno de mis escritores favoritos (y de muchísima gente) es Raymond Carver. Es un cuentista estadounidense muy en la tradición de allí. Al menos a mí su aliento me trae un aroma lejano a Hemingway, Faulkner, Dos Passos, Scott Fitzgerald... y mucho más cercano a McCullers, CapoteCheever...
Pero, a mi juicio, ese aroma es llevado a la máxima evocación e intensidad por Carver. Me parece extraordinario.


Carver no cuenta historias redondas, como tampoco lo hacen sus compañeros de oficio y de "escuela". Él va más allá y ni siquiera cuenta historias. Pero crea un ambiente, una sensación, un aire que nos hace entender y vivir esas vidas que nos muestra. Podemos no ser alcohólicos, y de repente en una página no es que entendamos al personaje alcohólico, es que entramos en él y somos él. Podemos ser solteros, o estar feliz y apaciblemente casados, y sin embargo una secuencia de párrafos o de frases sueltas nos hace sentir la soledad, el rencor o el fracaso de un divorciado que sigue amando a su ex mujer y que, sencillamente, tiene que contarle una cosa importante pero ya sabemos que no se la va a contar.
¿Cómo logra Carver llevarnos a esa desolación, a esa poesía tierna y levemente sórdida? Pues con sus armas: con las palabras. Sus palabras desnudas, cínicas y al mismo tiempo tiernas nos emocionan de una manera inigualable ante la más anodina de las historias. Ni siquiera son historias: Son fragmentos, son perspectivas deshilachadas e inconexas. Son situaciones que no entendemos cómo han llegado hasta aquí ni cómo van a desarrollarse después, pero que, en el breve fragmento al que nos asomamos como testigos, nos tocan y nos transforman.
Y, sin embargo, ahora sabemos que ese laconismo literario, esa precisión de picapedrero, no eran cualidades suyas, sino de su editor.
En este artículo Francisco Corrales nos cuenta que, por poner sólo un ejemplo, la frase "John subía la escalera camino de su habitación", que muestra en su desnudez y en su simplicidad cuánto nos gusta Carver, podría haber sido "John ascendía con paso firme sobre el esqueleto de madera de un dinosaurio cuyo lomo barnizado comunicaba el hermoso salón con el cuarto del sueño donde una reparadora cama acunaría su exhausto corazón" si el editor Gordon Lish no lo hubiera evitado.
Tenemos al editor como enemigo necesario del escritor, como terapeuta o como "torturador".
-Por favor, Gordon, no me taches lo del esqueleto del dinosaurio. Es un hallazgo fantástico.
-Es una mierda, Raymond, y lo sabes. Fuera.
Y el esqueleto iba fuera, y se iba creando la literatura más fascinante de los últimos tiempos.
Es curioso, porque Lish le tachaba a Carver, pero él era incapaz de escribir nada bueno. Necesitaba al verborreico Carver para, quitándole la verborrea, hacer algo tan grande y tan extraordinariamente bueno.

Todo esto lo sabemos porque un escritor tan excepcional, que vivió tan poco tiempo y escribió tan poco, nos dejó a todos con la miel en los labios y con ganas de más. Tras su muerte sus allegados revolvieron sus cajones y dieron a la imprenta toda la basura que encontraron.
Entre otros "tesoros" se publicó Principiantes, que es la versión previa, palabrera y poco equilibrada de De qué hablamos cuando hablamos de amor, que es la obra maestra depurada por Lish. (Por los títulos respectivos parecería lo contrario). Ahí podemos ver la fecunda labor de poda y de siega del editor.

Uno de los mayores crímenes de la historia del cine es el que los productores perpetraron contra El Cuarto Mandamiento (Los Magníficos Amberson) de Orson Welles.


Los productores metieron mano vilmente a la película, le quitaron cuarenta y cinco minutos centrales, donde está el cogollo de toda la trama, y filmaron una secuencia final sin contar con Welles, resolviendo la historia como les dio la gana.
Con todo, la película les quedó con 131 minutos, y tras los horribles fracasos de los pases previos se redujo a 88 minutos.
El resultado es un mejunje mutilado que no cuenta casi nada de lo esencial y desde luego nada de lo anecdótico o complementario.
Vamos: El resultado es un crimen.
Y sin embargo a mí me gusta. Me gusta mucho. Me parece una película magnífica.

lunes, 28 de enero de 2013

Panem nostrum quotidianum

Cuando estrené este blog, lo único que tenía claro era su título: "¿Arquitectamos locos?". Hoy ya casi he olvidado por qué se lo puse. Después me creé la cuenta de correo arquitectamoslocos@gmail.com, me puse en twitter el nombre @arquitectamos y ya hasta me creo que yo me llamo Arquitectamos.
¿Por qué se me ocurriría un nombre tan absurdo? No lo sé. Recuerdo que echaba mucho de menos un poco de crítica en las revistas de arquitectura, y que estaba bastante harto de tanto autobombo y de que todos los arquitectos nos sintiéramos tan estupendos.


La idea básica que me movió fue ver que ante determinadas mamarrachadas las revistas de arquitectura parloteaban y parloteaban felicitándose, como encantadas de haberse conocido y de ser como eran, y sin decir nada ni entrar a ningún trapo. (El tema me fascinaba desde hacía años, y por eso se me ocurrió la tablita aquella del discurso automático, cuyo éxito me ha sobrepasado hasta tal punto que el otro día mi sobrino Sergio me la comentó para que la conociera, sin saber que era mía).
Ante esas actitudes, ese triunfalismo, yo me indignaba y clamaba: "¿Qué nos hemos creído los arquitectos? ¿Es que estamos locos?" Y de ahí salió.
Hoy, que los arquitectos estamos bastante más domados y cabizbajos, el nombre de este blog ha perdido buena parte de su razón de ser, pero lo mantengo ya como si fuera mi propio nombre. Yo me llamo ya Arquitectamos. (Aunque más que loco, que, aplicado esta vez a un nombre propio podría darle una romántica aura quijotil, podría quedarme, sencillamente, en bobalicón o tontolaba. Bueno, tampoco me fustigaré más de lo necesario: Me quedaré en Bocazas. Arquitectamos, el Bocazas: ¿Arquitectamos bocazas?).
Loco o no, tonto o no, bocazas o no, lo que sí estoy es pasmado por todo lo que nos está pasando. Por cómo hemos pasado del todo a la nada, del bemeúve a la alpargata, de sacar pecho a agachar las orejas.
Quiero mantener este blog limpio, puro, alejado de la dura lucha por ganar el pan, el pan nuestro de cada día, y aspiro a hablar de arquitectura, de jazz, de algo que trascienda un poco el duro sobrevivir. Pero es que la situación apenas me permite pensar.
Perdonadme, pues, la entrada de hoy, pero es que estoy indignado. Prometo que después de ésta escribiré una sobre jazz, a modo de antiácido y digestivo, y me volveré a hallar limpio para hablar de lo que nos apasiona, y no de tantas porquerías.
(Vaya introducción más larga. Parece que no sé cómo empezar. Pues nada: De cabeza).

El Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM) publicó hace ya más de un mes en su bolsa de empleo el siguiente anuncio: (Clicad aquí).
Por si lo retiran (ojalá) y el link deja de funcionar, lo transcribo:

EMPRESA
Nombre: ABC Consultoría Técnica Europea SA
Grupo: ABC Group
Ambito: INTERNACIONAL - INDIQUE AMBITO INTERNACIONAL
Campo Profesional: ESTUDIO DE ARQUITECTURA
ARQUITECTURA DE INTERIORES
DESARROLLO DE CONCURSOS
DIRECCION DE OBRA
CALCULO DE INSTALACIONES
ITE
DELINEACION
DATOS DE LA OFERTA
Puesto: ARQUITECTO TRILINGÜE (INGLES/FRANCÉS/CASTELLANO)
Descripcion: SE PRECISA ARQUITECTO BILINGÜE (FRANCÉS/CASTELLANO) CON CONOCIMIENTOS DE INGLÉS, CON AL MENOS 5 AÑOS DE EXPERIENCIA EN PUESTO SIMILAR, PARA COLABORAR CON EL EQUIPO DE PRODUCCIÓN EN EMPRESA DEDICADA A LA ARQUITECTURA E INGENIERÍA. ELABORARÁ TODOS LOS PROYECTOS RELACIONADOS CON FRANCIA BAJO LA SUPERVISIÓN DE UN COUNTRY MANAGER. DESARROLLARÁ PROYECTOS DE EJECUCIÓN, DIRECCIONES DE OBRA Y TRAMITACIONES DE LICENCIA DE TODO TIPO DE PROYECTOS (PRINCIPALMENTE LOS PROYECTOS RELACIONADOS CON EL SECTOR RETAIL) POR LO QUE SE TENDRÁ EN CUENTA LOS CONOCIMIENTOS SOBRE LA NORMATIVA URBANÍSTICA FRANCESA. SE VALORARÁ LA EXPERIENCIA EN LA REDACCIÓN Y TRAMITACIÓN DE PROYECTOS DE RESTAURANTES. ES IMPRESCINDIBLE TENER UN PERFECTO DOMINIO DEL FRANCÉS Y DEL CASTELLANO. ADEMÁS, SE VALORARÁ POSITIVAMENTE EL DOMINIO DEL INGLÉS A NIVEL NEGOCIACIÓN. ES IMPRESCINDIBLE TENER VEHÍCULO PROPIO Y DISPONIBILIDAD PARA USARLO A DIARIO. ES IMPRESCINDIBLE TENER DISPONIBILIDAD PARA VIAJAR A NIVEL INTERNACIONAL, AUNQUE SE ESTIMA UN MÁXIMO DE 2 VISITAS AL MES FUERA DE ESPAÑA. POR FAVOR, ABSTENERSE PERFILES QUE NOS CUMPLAN CON ESTOS REQUISITOS.
Provincia: MADRID ;
Contrato: COLABORACION / AUTONOMO







Un buen trabajo, ¿verdad? Para un perfil muy completo: Bilingüe aunque prácticamente trilingüe, experiencia en proyectos y dirección de obra, conocimientos de la normativa urbanística francesa, coche propio para viajar. Viajes a Francia un par de veces al mes (¿en el coche propio? Desde Madrid es una tiradita).
Bueno. Estupendo. ¿Y cuánto pagan?


Retribución: Mínima: 16.000 € BRUTOS/AÑO
Máxima: 19.000 € BRUTOS/AÑO

No. No puede ser.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Sin traumas

Escucho en la radio que un grupo de padres guays, convenientemente asesorados por unos psicólogos también bastante guays, propugnan la sinceridad con los hijos. O sea, que ante la crisis económica hay que decirles que no pueden tener todo lo que quieran, y que han de sujetar sus apetencias al escribir la carta a Santa Claus y a los Reyes. (Incluso tal vez, oh, crueles hados, tengan que resignarse a escribir solo una carta, a los Reyes, como antiguamente). Los niños deben saber que la cosa está mal y que sus padres no son los Thyssen. Es preciso que asuman que no se puede conseguir todo, y que aprendan a vivir en la realidad y a aceptar sus circunstancias.
Pero, por supuesto, esa información básica hay que transmitírsela sin angustiarlos, para que no se traumaticen.
Cuando escucho cosas así me siento viejísimo. O medio tonto. Bueno, medio tonto me siento en pleno julio, cuando los telediarios nos dicen que hace mucho calor, que no nos atiborremos de polvorones tras correr como locos por la solanera a las tres de la tarde, que bebamos líquidos (jamás he bebido otra cosa) y que intentemos refrescarnos.
Con esto de la crisis y de la angustia que podemos causar a nuestros hijos me siento viejo, sí, ya digo, y hasta me da esa vena tan típicamente viejuna que consiste en presumir de viejo. "En mis tiempos..."
Es bastante patético cuando un viejo presume de viejo, aunque no tanto como cuando un cursi presume de cursi. En todo caso, y bien que lo siento, me han dado muchas ganas de narrar mis vejeces.
Mis padres vivieron la guerra. Después la cosa fue mejorando poco a poco, año a año, hasta el punto de que los Reyes Magos le traían a mi madre un duro (que mi abuela guardaba inmediatamente y que mi madre no volvía a ver) y una figurita de mazapán (un "mono" de mazapán, que se comía en un pispás, por si también se lo distraían).
Mi padre tuvo más suerte y sí recibía algún juguete.
Décadas después, yo fui un niño muy afortunado. A mí nunca me faltó de nada. Fui un niño sesentero; de los Chiripitifláuticos, de los zapatos Gorila, del ochocientos cincuenta, del Lalalá, de Toddy (¡regala paracaidistas!), del pantalón corto hasta los catorce años, del Superagente 86, de Betancort, Calpe-De Felipe-Sanchís, Pirri-Zoco, Amancio-Serena-Grosso-Velázquez-y-Gento, de cuando Star Trek se llamaba Viaje a las Estrellas, de El Cordobés, de Franz Johan (se decía Fran Yojan) y Herta Frankel (se decía Herta Fránkel), de Viaje al Fondo del Mar, con el Almirante Nelson, el Capitán Lee y el Seaview (cuya ortografía he tenido que confirmar ahora en google, porque toda la vida fue el Sibiu), de Bonanza, de los emparedados (porque si hubieran traducido los hamburgers de Pilón, el de Popeye, por hamburguesas nadie lo habría entendido), de la Mirinda, del disco sorpresa de Fundador (que resultaba ser de Karina o de Peret), de José Bódalo, del churro-mediamanga-mangotero, de Armstrong-Aldrin-y-Collins, de una serie de ciencia ficción con muñequitos animados que se titulaba Guardianes del Espacio (Thunderbirds), del fútbol de chapas, del ciclismo de chapas, de La Familia Monster, de los Juegos Reunidos Geyper, del sueldo de mi padre en un sobre, de ir al cole los sábados por la mañana y librar los jueves por la tarde, de los cigarrillos Antillana (que eran los que fumaba mi padre, y me mandaba a mí a comprarlos al estanco, sin recelo de nadie), del Pulgarcito y el Tío Vivo, de vacaciones en Alicante, en la pensión de Don Pedro, de la bola del mundo en escayola, de Madrid adoquinado, de las carbonerías y las vaquerías, de los mojicones, de Gila, de Tip y Coll... Lo dejo ahí, porque es un no parar.
Fui un niño feliz, supongo que como todos los niños, porque mi madre también me cuenta que fue muy feliz entre los bombardeos. Pero a mí, a diferencia de mi madre, no me faltó nunca de nada. (¿O acaso tampoco le faltó a ella nada de nada?). Nunca me faltó, pero tampoco me sobró nada. (¿O acaso a alguien le sobra algo?). Cada uno se adapta a lo que hay, y la vida sigue, y es un milagro y una maravilla.


Igual que a los niños, nuestros "padres" nos tienen que decir que la cosa está muy mal, pero, a diferencia de los niños, nosotros sí nos traumatizamos. Nos angustiamos porque vivimos siempre proyectando el futuro en vez de disfrutar el presente, de exprimir lo que el presente tenga de disfrutable.
Que la crisis va para largo es algo incuestionable, e incluso hay quien dice que esto es ya así y va a seguir así. Otros dicen que no, que va a empeorar bastante.
En todo caso, vamos a tener que restringir nuestros pedidos a los Reyes, y también a los clientes, jefes, políticos, banqueros, etc. Vamos a tener que apechugar, como si no lleváramos ya bastantes años apechugando.


Se nos han olvidado muchas cosas necesarias. Y, lo que es peor, a veces se nos olvida que tenemos algo inefable e imperdible, e inadulterable. Algo raro, sutil, que no debemos olvidar, y que, a falta de otra palabra más precisa, podríamos llamar dignidad.
Deberíamos acostumbrarnos a vivir con una feliz austeridad. (Ni sé qué estoy diciendo).
Por ejemplo: Es improbable que venga nadie a encargarme un proyecto, pero si eso ocurriera yo sé que ahora sabría hacer mejor arquitectura que antes. No me preguntéis por qué. Creo que todos hemos madurado un montón en estos últimos años, y hemos jerarquizado nuestros valores con mucha más sensatez que antes.
Para empezar, tenemos más tiempo, y estamos más atentos a las cosas que importan.
Al menos quiero creer eso.