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martes, 19 de mayo de 2020

Optimismo

Mirad qué foto:

(Clicadla y la podréis ver más grande y disfrutarla más)

Mi amigo (todavía tan solo virtual) Carlos Bento Company me la ha puesto en mi muro de Facebook, dedicándomela, y no os creáis que me ha indignado o me ha horrorizado. No. En absoluto. Al contrario: Me ha hecho reír, seguramente por la sorpresa, y en seguida me ha levantado la moral.

Es una columna que se cogió de cualquier sitio y era corta para lo que se pretendía; así que se suplementó con ladrillos. Con ladrillos huecos.
Estos se pusieron haciendo un cubo de la misma base que el capitel: dos pies por dos pies, pero tras la tercera hilada se decidió ahorrar drásticamente el material y se siguió con la cuarta parte de esa sección: un pie cuadrado.

La imagen nos agrede e incluso nos insulta desde varios frentes: el estético, el histórico, el constructivo, el económico... Pero, si no somos tiquismiquis e intentamos entender a su autor, nos llenaremos de una sensación de plenitud. Y eso es lo que pretendo contaros.

Quien haya hecho esto es una persona llena de optimismo y de seguridad en sí mismo. Es alguien que no se amilana ante ningún problema. Es una persona positiva y, como se dice ahora, propositiva. No le va la filosofía ni las discusiones abstractas ni bizantinas. Le importa un pimiento el sexo de los ángeles. Él va al grano. Pim pam pim pam. Dicho y hecho. No se atasca y no atasca. Es como una roomba: Si encuentra un obstáculo se da la vuelta y busca entrar por otro lado, pero siempre llega a donde quiere y se sale con la suya.

viernes, 28 de octubre de 2016

Crítica funcionalista

El otro día, a raíz de la entrada que escribí sobre la corrección de Carvajal a un proyecto de un alumno, alguien me comentó que Carvajal no tenía un cuerpo teórico coherente, y que se limitaba a hacer una crítica funcionalista, que es algo muy fácil, muy elemental y muy pobre, ya que consiste tan sólo en ir leyendo los planos.
(La verdad es que ese sistema ha sido el de casi todos los profesores que he conocido).
Esto me hizo pensar un par de cosas que quiero contar ahora.
En primer lugar, creo que la funcionalidad es obligatoria. La funcionalidad es una condición previa y sine qua non. Hay que satisfacerla siempre. Una vez que hemos constatado que está ahí y que cumple, podemos pasar a hablar de otras cosas.
De nada sirve hacer consideraciones plásticas, espaciales, estéticas, etc., si el edificio no funciona. Si no funciona no hay nada más que hacer.


Veamos por ejemplo una planta de una vivienda situada en Francia. Vemos varias cosas antifuncionales: La escalera hace el cambio de dirección con peldaños compensados muy incómodos, y eso que le sobra sitio para haber tenido una meseta amplia. Al desembarcar de ella tenemos un largo pasillo para ir a un dormitorio, allá al fondo, y otro pasillo para ir al dormitorio principal, también al fondo (y al que además se entra a través de un baño). Es decir: un pasillo por delante de la escalera y otro por detrás cuando cualquiera habría sabido aprovechar mejor la superficie útil haciendo uno solo. También hay un amplio espacio de distribución al lado de la escalera, al que abre la puerta del salón estorbando la salida a la terraza. (A quienes hemos hecho adosados de 5,50 m de fachada nos parece mentira que en un distribuidor tan grande se puedan estorbar las puertas). Vemos además un baño ciego cuando hay metros y metros de fachada por todas partes.
Etcétera. ¿Para qué seguir? Carvajal se habría puesto las botas corrigiendo este proyecto.


Veamos ahora una casa de campo en Estados Unidos.
Con esta no vamos a perder el tiempo. Sólo diremos:
-¿Cariño, vas a quedarte hasta tarde viendo la tele?
-Hasta que termine el fútbol.
-Pues me voy a la cama a leer un rato.

miércoles, 28 de enero de 2015

¿Cuál es el problema?

El cementerio está a unos setecientos metros al sureste del pueblo, aunque una urbanización de los años noventa se acerca hasta los doscientos metros.
Se parece a todos: tapia, cipreses y tumbas silenciosas confinadas en la nítida geometría de la muerte, en la pacífica permanencia de lo inane y lo olvidado.
Un lugar apartado, silencioso, solitario. Tiene un problema: Cuando hay entierro los familiares del difunto se colocan de pie ante la tapia para recibir el pésame, como si estuvieran esperando el pelotón de fusilamiento, y allí, según la época del año, les puede abrasar el sol inmisericorde o empapar la lluvia cruel y helada.
De pie derecho, unen a su dolor la sordidez de su impúdica exposición y reciben el apresurado pésame de sus conciudadanos, que cumplen con la costumbre y huyen.

Tapia del cementerio de Badajoz
(No es a la que me estoy refiriendo, pero puede valer como ejemplo)

La alcaldesa y los concejales de ese pueblo deciden que ya va siendo hora de poner una marquesina que proteja a los dolientes de las inclemencias del tiempo.
Su primera idea es muy sencilla y clara. Ya saben lo que quieren: una parada de autobús. Así. Tal cual. Comprarla según viene en catálogo y ponerla delante de la tapia.


Una inmediata aplicación funcional para resolver un problema real y concreto. Pues ya está: Problema resuelto. Mejor dicho: al quedar resuelto al mismo tiempo de ser planteado no llega ni a ser problema. ¿Cuál es el problema?
Además, ese elemento está fabricado en serie, lo que reduce mucho los costes, asunto nada baladí en un ayuntamiento que no tiene suficiente dinero para nada.
Pero de pronto alguien estropea ese momento de plenitud, pues opina que esa marquesina es buena para la lluvia, sí, pero no para el sol, y en el acto acuerdan que la pondrán tal cual, pero con el techo opaco. De nuevo queda solucionado un problema casi antes de ser planteado.
Pero justo en ese momento surge el verdadero problema, un problema que ya no tiene solución fácil y rápida (ni tampoco difícil y lenta). Uno de los concejales dice: "¿Y el techo será de chapa?" Otro le contesta: "Pues sí, claro". Y aquél remata: "Qué feo".
Ese es el problema: "Qué feo". Puff. Ese sí que es peliagudo.
Y entonces acuerdan que quedaría mucho mejor con un tejadito de teja. Pero, claro, la teja no se puede poner sobre esa marquesina industrializada y prefabricada, sino que hace falta hacerla "de obra", y entonces llaman a tres constructores locales para que den precio de quién sabe qué: pues una... así como... con unos... y que tenga tejado de teja. El equipo de gobierno no define nada, y los tres constructores dan precio, pero cada uno de una cosa distinta. No explican claramente lo que van a hacer, ya que describen la marquesina con apenas tres o cuatro líneas de texto muy imprecisas, y es imposible saber exactamente a qué se refiere cada uno.
Entonces alguien se acuerda de mí. Me propone y todos asienten tranquilos por fin. De nuevo ha dejado de haber problema porque ya me hago cargo yo. Ya veis: El encargo de mi vida (no se dice claramente, pero se entiende que es gratis, como amigo que soy de los miembros de la corporación municipal). Debo hacer un croquis rápido (vamos, un mono de servilleta de bar) que sirva para remitírselo a esos tres constructores y que vuelvan a presupuestarlo. La idea es que esta vez presupuesten todos lo mismo.

Cementerio de mi pueblo: Seseña (Toledo).
Lugar para recibir el pésame junto a la puerta del cementerio.
Imagen obtenida de google maps.
(Un ejemplo de solución al problema que se me plantea en otro pueblo)

Por una extraña razón, por un estúpido romanticismo (y porque no tengo un encargo desde hace tiempo), la encomienda me emociona y me toca la fibra.

miércoles, 11 de enero de 2012

Otra charla de Oiza: Mies vs Aalto

Estoy nostálgico con mis años de escuela y con las charlas de Oiza. Voy a tomar otra vez la máquina del tiempo para evocar otra charla suya.
Entre el cuatro de noviembre de 1982 y el nueve de enero de 1983 (esta vez lo sé con exactitud porque conservo el catálogo) hubo una estupenda exposición de Alvar Aalto en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid (que estaba justo al lado de la Escuela de Arquitectura).
Como la teníamos al lado (y la entrada era gratuita para nosotros) la vimos un montón de veces.
Uno de aquellos días (no sé si cerca de la inauguración o de la clausura) Sáenz de Oiza dio una conferencia. Habló como siempre, apasionadamente, poniéndose las gafas ya sobre la frente ya en los ojos, gesticulando y alzando la voz. Si tantas veces nos preguntábamos para qué narices estábamos estudiando esa estúpida carrera (álgebra, ampliación de física, legal...) Oiza nos volvía a poner las pilas siempre.
Aquel día habló de Alvar Aalto como opuesto a Mies van der Rohe. Opuesto en el término del que acabamos hablando aquí un día sí y otro también: en la funcionalidad.
Para Oiza, Mies era un artista de la forma. Un hombre que había encontrado la forma perfecta y que aún la perfeccionaba y depuraba a cada paso.

Le podían encargar una universidad, y la hacía (paralelepípedo de vidrio y acero).

Así se ve por fuera:
Y así por dentro:

También podía proyectar un gran teatro (paralelepípedo de vidrio y acero).
Así sería por fuera:
No se construyó, pero podemos imaginarnos como sería por dentro:
Otra imagen: Un collage de un proyecto de Concert Hall:

Y también proyectaba un museo (paralelepípedo de vidrio y acero).
Vista exterior:
Y vista interior:

Como veis, todo es parecido, y da igual que sea un auditorio, un museo, una universidad... o una vivienda. La forma es exquisita, la tensión dramática del silencio expresivo es inefable, la sensibilidad es sublime. Pero son siempre cajas de vidrio. En ellas se puede alojar un hospital o un cine. Con esfuerzo. Con mucho esfuerzo.
Decía Oiza que Mies van der Rohe hacía auditorios antiacústicos. Con micrófonos, altavoces, etc, y con todos los avances tecnológicos, se podía conseguir que sonaran. Pero esa tecnología iba a la contra de la arquitectura, porque esa arquitectura iba en contra de la función, a contrapelo.
Decía que Mies van der Rohe hacía coches con ruedas cuadradas, o sin ruedas. Luego les ponía cohetes en el culo, que les hacían arrastrarse, que los llevaban hacia adelante aun a pesar suyo. Cohetes que hacían moverse a aquellos coches inmóviles y casi inamovibles.
Me quedé con esa idea: Mies hacía los más sublimes coches de ruedas cuadradas.

martes, 22 de febrero de 2011

Funcionalismo y chabolización

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La maldición de la arquitectura es que a las pocas semanas de estrenarse un edificio se empieza a chabolizar, y a partir de ahí sigue chabolizándose sin parar. El arquitecto lo fotografía perentoriamente y se resigna a que desde ese mismo instante se vaya degradando sin solución ni esperanza.
Siguiendo con mis argumentos del otro día, sostengo que esa inevitable chabolización es fruto (un fruto malo, pero legítimo) de la adaptación funcional de los edificios.
Por ejemplo: en nuestro clima brutal las persianas son necesarias, pero son cutres. Por eso muchos arquitectos no las ponen. Las lamas, las celosías, las contraventanas, pueden hacer la misma función y son más elegantes; pero nada hay más elegante que el vidrio desnudo, enrasado a fachada. Corolario: Al conserje de la Fundación recién inaugurada le entra un sol implacable que le pega justo en la calva, y además, ponga como ponga la cabeza, ésta le hace sombra sobre el crucigrama. Y un conserje con el crucigrama en sombra es un asesino en potencia.
-Por favor, ¿el servicio de publicaciones?
-Segunda plantaaaaaaaa –ruge.
No aprecia la hendidura de luz que alegra su chiscón. No aprecia el cerezo retorcido de fuera, enmarcado por la rendija minimalista de la fachada. No aprecia nada. No puede defenderse con nada. Solución (mala pero necesaria): tres hojas del Marca pegadas con celo por la cara interior del vidrio.
Vale; no quiero decir que las pequeñas imprevisiones del arquitecto deban ser castigadas tan duramente. Hay estores rojos, azules, anaranjados, tostados. Hay polivinilos, hay tejidos, papeles japoneses… Hay de todo, pero sabed de una vez por todas que un conserje como Dios manda siempre pondrá el Marca.
La gente tiene la sensibilidad ahí; sí, ahí mismo. A cada carencia arquitectónica responderá de la manera más inmediata y tosca posible. Puro funcionalismo, sin pretensiones ni desvíos. Pura chabolización.

jueves, 17 de febrero de 2011

La verdadera arquitectura funcional

Creo que soy un funcionalista (más o menos), porque siempre he pensado que las cosas diseñadas para que funcionen bien son por ende hermosas.
(Eso mismo pensaba Fisac, que una tarde en la escuela nos contó que las mujeres hermosas lo eran porque "funcionaban" bien, y nos explicó diversos problemas de salud de las muy chatas, o muy narigonas, etc).
Bueno, pues cada vez estoy más convencido de que todo eso no es cierto. La arquitectura funcional que tanto amamos es más plástica que funcional. Mies no es funcional en absoluto (hace auditorios paralelepipédicos, sin importarle la acústica, iguales a museos, aulas o fábricas). Corbu tampoco (siempre le importa más la plástica que la función).
Yo pensaba que las máquinas de afeitar eran bellas (que lo son) porque eran funcionales (que lo son), pero ahora reparo en que los bordes de goma rugosa, dispuestos funcionalmente para que la afeitadora no se resbale de la mano, hacen hexágonos, rombos, olas, espirales, círculos, etc, totalmente caprichosos, pensados para ser bellos, y también tienen bellas combinaciones de colores. La idea es que funcionen, y luego la belleza es una propina añadida. Me parece muy bien, pero entonces no es verdad mi anterior creencia (y la de Fisac) de que sólo por funcionar bien ya se es bello. (El propio Fisac hizo algunos edificios muy bellos, y algunas vigas muy poco funcionales).
Creo que la verdadera arquitectura funcional es el "aquí te pillo, aquí te mato" de resolver los problemas de uso que se plantean a cada momento: Se me cuela la gente por aquí; solución: tapo este paso. Me entra agua por aquí; solución: lo cubro. Necesito más sitio; solución: cojo más. Necesito más altura aquí; solución: subo el tejado. Cada decisión resuelve un problema concreto, y la solución no mira estéticas ni demás chorradas. Funcionalismo puro:

La arquitectura funcional se experimenta continuamente, y se adapta a las nuevas necesidades de cada día. Nada de cocinas funcionales donde al final no puedo ni abrir una sandía gorda: Tabla y cuchillo. Y así todo.

viernes, 3 de diciembre de 2010

La escalera torcida

Hace muchos años Miguel Fisac vino a la Escuela de Madrid a dar una charla. Fue una charla íntima, a última hora de la tarde, en un grupo perdido de Análisis de Formas, y no seríamos más de quince alumnos escuchándole. (¡Qué desperdicio!).
Era un hombre muy apasionado, nervioso, que hablaba muy bien. Quiero decir que transmitía entusiasmo. Se exaltaba y se cabreaba, y se le entendía todo.
Entre otras cosas, dijo que él había sido un lecorbuseriano convencido hasta que visitó el Pabellón Suizo en París. Allí probó la escalera y se le cayeron los palos del sombrajo.
¿Por qué había hecho Le Corbusier una escalera torcida, incómoda? ¿No era un funcionalista? ¿No era suya aquella famosa frase de que la casa era una máquina de habitar?
Pues había traicionado sus principios y se había traicionado a sí mismo, porque en vez de a los racionalistas designios de la máquina había sucumbido al capricho.


 (si pinchas el dibujo de las plantas lo verás más grande).

Muchos de nosotros hemos hecho a veces escaleras torcidas, y más que retorcidas. La forma del solar, su estrechez, etc, obligan a veces a hacer cosas raras. Pero Le Corbusier tenía todo el solar que quería, y la comodidad suficiente para hacer la escalera de otra manera.
El comienzo de la escalera en planta baja es una contracurva que está muy bien. Es un elemento de "enganche" desde el vestíbulo, y puede ser muy agradable esa suave y breve sinuosidad para empezar a subir o terminar de bajar. Pero es que, además de ese gracioso empiece -o final-, todos los tramos de escalera están oblicuos, y eso nos obliga a subir de media anqueta o a atrochar en diagonal. Esto último lo podremos hacer cuando estemos solos, pero cuando haya tráfico (y en este edificio lo hay a menudo) no podremos acortar y habrá un montón de gente trepando de lado como palomos cojos o como chiquitos de la calzada (sujetándose las lumbares y todo).

miércoles, 14 de julio de 2010

El Gimnasio Maravillas

En 1962 el Colegio Maravillas de Madrid necesitaba ampliarse, y tenía para ello un solar endiablado.
El problema era muy difícil, pero el arquitecto Alejandro de la Sota lo resolvió con una gran sencillez. Como ocurre a menudo con las soluciones brillantes, parecen muy fáciles, porque parece que la cosa no podría haber sido de otra manera. (Inmanencia, que dije el otro día).

El colegio daba a dos calles, con un gran desnivel entre ellas. Tanto que la cubierta del nuevo gimnasio quedaría a la altura del patio de recreo. Así que ésta se usó como prolongación de aquél.
Para salvar el gran vano del gimnasio (no se suele admitir de buen grado que una pista de baloncesto tenga columnas en medio) se hicieron unas enormes cerchas, pero a su vez la forma de éstas sirvió para alojar dentro unas aulas.

Entre cercha y cercha se colocó un suelo para las aulas. Éstas se asomaban al gimnasio, y tenían las gradas debajo.

Las aulas tenían buena luz, la forma curva del suelo les daba muy buena visibilidad. Tenían ventilación natural y a la vez estaban protegidas del ruido del tráfico de la calle de Joaquín Costa.

Lo que resulta muy curioso, y es lo que quería relacionar con nuestro amigo Del Bosque, es que De la Sota hace un truco muy hábil, resuelve un problema muy difícil, pero no presume. Como le pasa a Iniesta, mete el gol, pero le da vergüenza que le aclamen por ello. Así, a la hora de hacer la fachada, sencillamente no la hace. No hay "fachadismo". Todos nos volvemos locos por las fachadas, pero a De la Sota "le sale sola". Resuelve funcionalmente el problema, y el aspecto final será el que sea.
(Eso no es del todo cierto: Hay que elegir el color del ladrillo, el de las carpinterías metálicas, su división, etc. Pero lo hace sin retórica vana. Sin presumir. Como los chicos de la roja).
Conozco a algún estudiante de arquitectura de fuera de Madrid que vino a ver esta obra maestra que le habían recomendado que visitara. Le dieron la dirección exacta, pero no había visto fotos ni nada. Llegó allí, miró por todas partes y no encontró la maravillosa obra de la que le habían hablado, sino sólo una tapia de ladrillo muy sosa. Y se volvió.