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lunes, 29 de abril de 2024

Consejos a jóvenes arquitectas-os

De pronto me veo hoy, el día en que cumplo 64 años, y ya a punto de salir de esta maldita (perdón, quise decir bendita) profesión, y creo que es justo que le cuente a la gente joven mis experiencias y aprendizajes durante décadas, por si les pudieran servir de algo.

Las he (des)ordenado en forma de decálogo. Ya sabéis la magia que tiene el número diez para hacer listas de mandamientos o de consejos.

Vamos con ello:

0.- Tened siempre localizadas esas cositas que
llevan una base de rafia y una especie de correa.

lunes, 3 de abril de 2023

Un recuerdo agazapado

Tengo un mal recuerdo agazapado en mi interior desde hace cuarenta y dos o cuarenta y tres años. Es un recuerdo de una situación ridícula y vergonzosa que viví, y que -qué puñetera es la memoria- no se me olvida. Se pasa meses o incluso algún año escondido, pero respira ahí dentro, y con cualquier asociación de ideas o de sentimientos sale de repente para volver a atormentarme.

Para colmo, después de todas estas décadas de paréntesis más o menos larvado, el protagonista de este episodio, mi acusador silencioso y tal vez involuntario, se ha vuelto a cruzar en mi camino y su presencia me llena de vergüenza.

Supongo que él se olvidaría de esto unos minutos (o tal vez unas horas) después de que ocurriera, allá por el año 1980, pero yo me imagino que no, que lo sigue guardando en su interior, que atesora un desprecio e incluso un odio (más que justificado) hacia mí y que muy pronto se vengará.

No quisiera dar muchas pistas, aunque por lo que digo tal vez alguien sea capaz de averiguar de quién voy a hablar. No tiene mayor importancia, porque soy yo y no él quien queda mal parado, pero aun así prefiero evitar mencionarlo por si le incomodara aún más.

En la escuela de arquitectura de Madrid teníamos en los primeros cursos unas asignaturas de dibujo de las que ya he hablado aquí alguna vez (dibujar el alma de las gallinas, pintar el miedo, pero también estatuas, ambiente y modelo desnudo; en definitiva dibujar y pintar bien, con expresividad y control).

Ya conté que esas asignaturas se me dieron mal y me costó aprobarlas. Por esa razón lo que para muchos era una ocupación divertida y muy agradable (y más si se la comparaba con el álgebra o con el cálculo diferencial) a mí se me hacía un calvario. Me gustaba mucho y me sigue gustando dibujar, pero ante los resultados y los comentarios de los profesores me sentía muy frustrado y muy decepcionado. (Sin embargo en álgebra y cálculo era muy competente).

Las aulas de dibujo eran muy grandes y estaban llenas de caballetes. Allí le dábamos sobre todo al carboncillo, a la sanguina, al pastel y a las témperas. Nos poníamos perdidos, como no podía ser de otra manera. Adjuntos a las aulas había unos grandes aseos-lavaderos con cabinas de inodoros y (más que lavabos) pilas llenas de chafarrinones de pintura donde nos lavábamos las manos y todos nuestros equipos.

viernes, 25 de septiembre de 2020

La esperanza

A todos los profesores y alumnos,

pero especialmente a los de arquitectura de la URJC



Aunque soy bastante bocazas y entre este blog y las redes sociales cuento casi todo lo que me ocurre y se me ocurre, llevo tiempo evitando este asunto porque me da pudor. Pero creo que ha llegado el momento de contároslo.

Y es que en este curso 2020-2021 voy a ser profesor asociado en la Universidad Rey Juan Carlos y estoy encantado e incluso entusiasmado (y también un poco muerto de miedo). En realidad ya lo fui durante el segundo cuatrimestre del curso pasado, pero me daba no sé qué decirlo porque tenía un cierto sentimiento de provisionalidad (excepto Jordi Hurtado todos somos provisionales en todas partes) y de inseguridad (también todos estamos siempre inseguros), como si aún no lo fuera plenamente. Ahora que me han renovado ya me veo más seguro.

En la clase de Introducción a Proyectos de Raquel Martínez,
en el edificio Pavía de Aranjuez, cuando aún no era profesor.
(Fui invitado a una sesión crítica y lo pasé muy bien).
(Fotografía del también profesor y amigo Enrique Parra).

En el curso pasado fue una pena que nos confinaran al poco de haber empezado mi misión después de las vacaciones de Navidad. Apenas disfruté de dos meses, y casi cuando empezaba a conocer a los alumnos me tuve que conformar con darles clase desde casa y ver las fotos de sus caras en pequeño. Ya hablé del enorme esfuerzo que han hecho y de la gran disciplina y espíritu de trabajo que han tenido para defenderse con sus medios y espacios disponibles. También he disfrutado mucho de esos meses de clases telemáticas desde casa, pero he echado de menos el trato directo y físico con los alumnos y con mis compañeros.

Este curso va a empezar igual, y quién sabe cómo va a terminar. Ante su inminente comienzo me asaltan todo tipo de dudas: ¿Sabré enseñar algo? O, al menos, ¿sabré no estorbar e incluso ayudar a que los alumnos vayan trazando su camino? ¿Sabré conseguir algo de cercanía y de buena comunicación por el sistema telemático y el "semipresencial"? Qué raro todo, qué difícil todo. Confieso que al pensar estas cosas me asusto un poco, y que mi talante y mi edad me llevan hacia una cierta desazón.

Pero no puedo. Mis compañeros no me dejan desazonarme. Al revés. Son todos entusiastas, creativos, trabajadores. Ante cualquier dificultad se vienen arriba y proponen estrategias, ideas, alternativas. No se amilanan. No se desaniman nunca. Y son contagiosos. Los veo tan entregados y tan concienzudos que no puedo permitirme ser flojo.

Son jóvenes, muy jóvenes, y como tales son muy optimistas. Pero no por ello son menos realistas y responsables. Lo que quiero decir con esto es que en ellos hay una esperanza, una luz que dice que todo va a salir bien, o al menos que va a salir lo mejor posible. Aunque soy el novato, soy con diferencia (con gran diferencia, a mi pesar) el más viejo del grupo. Me hace mucho bien este contacto contagioso. Yo, que, según el trayecto natural de la vida y también según mi carácter, me empezaba a sentir viejo y un tanto inane, he recuperado la vitalidad. Es como si esta gente me hubiera hecho una transfusión de vida.

Los alumnos también son la esperanza, y aún más que los profesores. Casi todos son algo más jóvenes que mis hijos y veo con enorme ternura su afán por salir adelante, por labrarse un porvenir y por trabajar y conocer. Así ha sido desde siempre, y es bueno comprobar lo obvio: que la rueda sigue girando y que el mundo tiene esperanza, tiene futuro, tiene solución.

Otro de los motivos por los que no me he atrevido hasta ahora a escribir esto es porque me conozco y sé que puedo ponerme de un meloso y de un ñoño asustador. (No sé si notáis que estoy haciendo un gran esfuerzo por ser comedido).

Hace ya unos años que fui entrando en contacto con algunos de los profesores de la URJC. Desde el principio han sido muy generosos conmigo. Me han invitado a algún que otro acto, me han honrado con todo tipo de gestos; se han hecho eco de este blog y me han hecho sentir siempre como miembro de su equipo, aunque fuera ajeno. He de decir que esto me ha pasado también con otros cuantos profesores de otras cuantas universidades, tanto españolas como americanas. Qué fácil y qué directa y cercana es la comunidad virtual y telemática, en la que, aunque no lo creáis, se forman extraños vínculos de amistad y de conocimiento.

No quiero decir el nombre de nadie porque son todos. Son personas fantásticas, muy formadas, muy brillantes y, sobre todo, muy generosas. He tenido una enorme suerte. Son gente que tiene una clara vocación de enseñar. He visto de todo en cuanto a inventiva para hacer las asignaturas más claras, las prácticas más formativas, las actividades más interesantes. Esta gente da vértigo, de verdad. Y a mí ahora me está dando muchísimo. Bendito vértigo.

Fui profesor en la ETSAM, durante un solo curso, el año que cumplí treinta de edad, y lo vuelvo a ser el año que cumplo sesenta. Espero que ahora no se acabe aquí y que no me tengan otros treinta años esperando. Dar una charla a los noventa no sé si podría tener algún interés para alguien.

lunes, 1 de julio de 2019

Madurez

A mi amigo Francis, y a su precioso lema:
"Nunca es tarde para tener una infancia feliz"


Tengo cincuenta y nueve años, y a mi edad más que maduro empiezo a estar pocho. Pero como sé que me lee mucha gente joven quiero decirle una cosa importante: La madurez es una mierda.

Sabedlo ya. Cuanto antes. La madurez es una mierda.

Los jóvenes lo quieren todo, y lo quieren ya. Se sienten con derecho a ello y no pueden concebir no merecerlo, o tener mala suerte, o no conseguirlo al final por lo que sea.
Tan intensa como ha sido la ilusión, tan fuerte como ha sido el deseo, así de vehemente es también la decepción. Qué mal se pasa. Qué frustraciones y qué rabias más impetuosas.

Lo único que te enseña la madurez es a poner buena cara cuando te dicen que el Oscar no es para ti, sino para uno de tus compañeros, el que más rabia te da, el más tonto. A lo único que te enseña es a no revolcarte por el suelo y lanzar patadas a diestro y siniestro, sino a mantener la calma, no perder la sonrisa e incluso a aplaudir al ganador. (Las cuatro o cinco primeras veces lo aplaudes forzando la mueca y deseándole la muerte entre horribles dolores, pero después te vas acostumbrando y palmoteas incluso con aburrimiento y desdén).

Cuando eres inmaduro lo vives todo intensamente. Las pasiones son muy fuertes, muy vivas. La verdad es que se disfruta mucho, pero también se sufre mucho.

No es Magaluf. Son alumnos de la Bauhaus muy maduros
haciendo una prueba de carga en un balcón

Si encima estudias algo creativo (en mi caso arquitectura, pero también puede ser arte dramático, bellas artes, música, imagen...) siempre crees que tienes algún talento. Y confías en que tarde o temprano se manifieste y te haga triunfar.
Mi esposa (por aquel entonces mi novia), que estudiaba medicina y tenía otra forma de ver el mundo, cuando venía a alguna movida de las que hacíamos los compañeros de arquitectura se quedaba siempre muy sorprendida y me lo decía:
-Hernández, usted tiene muchos pajaritos en la cabeza. Y sus amigos también.
-Bueno, es que...
-Todos ustedes se creen artistas, y no lo son.