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miércoles, 19 de julio de 2023

Arquitectura con clac (y 2)

Dedicado a Eduardo Almalé, detective infalible,
y a Enrique Parra, que se emocionó en el Panteón. 


Josep Quetglas, a modo de provocación, escribió que "solo los [arquitectos] torpes viajan a ver arquitectura". Vamos, que no entendía por qué ni para qué viajamos a tal fin. Señalaba que es una pérdida de tiempo, un gasto innecesario, una confesión de incapacidad o incluso de estulticia. ¿Es que acaso no sabemos leer un plano? ¿Es que no somos capaces de hacernos una perfecta construcción mental al estudiar plantas, alzados y secciones? Pues vaya una porquería de arquitectos que somos.

El texto de Quetglas sobre los viajes.
Impagable documento conseguido por Eduardo Almalé

Yo, como todos mis colegas, sí que sé hacerme una construcción mental de un edificio viendo sus planos; lo "entiendo"; pero "vivirlo" es otra cosa. Tengo que experimentarlo. Con los planos lo entiende mi cerebro, pero al visitarlo lo siente mi corazón(1)

Por ello, y lamentándolo mucho, me voy a limitar a comentar solo algunos de los (escasos) edificios en los que he estado(2).

¿Hay arquitectura que tenga un clac, una articulación, una clave, que dé sentido a su espacio y a su idea?, preguntaba el otro día. Y me respondía que sí.

viernes, 16 de octubre de 2020

Su mejor obra (peregrinación) (II)

A Eduardo Almalé
A todos los compañeros peregrinos de Ronchamp durante 2018


El año 2018 nos lo pasamos, entero, hablando de Ronchamp.

A finales de 2017 había aparecido este libro:

                                            QUETGLAS, Josep,
                                            Breviario de Ronchamp,
                                            Ediciones Asimétricas, Madrid, 2017, pp. 275.

Como su título indica, y la nota "al lector" remacha, se trata de un breviario al modo religioso, que está dividido en 52 entradas o ejercicios para ser leídas en cada una de las 52 semanas del año. Quiso la casualidad que en diciembre lo tuviéramos unos cuantos amigos y que nos animáramos por Twitter a afrontar el año nuevo leyendo una entrada a la semana y comentándola cada domingo a partir de las cinco de la tarde bajo la etiqueta #BreviarioRonchampN (siendo N el número de la semana y del capítulo). Podía entrar quien quisiera y contar lo que quisiera siempre y cuando enarbolara las palabras mágicas del #

Estas cosas se empiezan siempre con la mejor intención, pero se desinflan en seguida. En este caso no fue así. Desde el primer domingo del año (siete de enero) hasta el último (treinta de diciembre), sin fallar ni uno solo (incluso conectándose a veces alguien desde la playa, desde una boda o desde el cumpleaños de un hijo), hicimos tertulia a las cinco de la tarde.

Los habituales éramos más o menos fijos, pero también se sumaban (y restaban) unos cuantos cada semana.

El libro tenía un par de características endiabladas: Por una parte, había algunos capítulos de un solo párrafo (¿cómo puede dar eso materia para una semana de lectura y reflexión y una tertulia dominical de aproximadamente una hora?), y por otra, Quetglas se ponía muchas veces a divagar sobre el naufragio de María Magdalena, sobre los toros o sobre Maya Deren (¿y qué tiene que ver todo eso con la iglesia de Ronchamp?)(1). Pero los intervinientes eran tan cultos y tan penetrantes que documentaban cualquier sugerencia del autor con toneladas de material interesante, de modo que cada pase que Josep Quetglas había tirado tan inteligentemente al hueco era rematado con brillantez por estos compañeros sabios.

Y, sobre todos nosotros, el incansable Eduardo Almalé organizaba cada cita, recopilaba después todas nuestras intervenciones y las ordenaba y archivaba. Gracias a él todo este guirigay llegó a buen puerto.

De este libro aprendí que la iglesia de Notre Dame du Haut no es solo un buen edificio, un gran edificio, sino que es un destino, un sueño, una necesidad, un símbolo, una aspiración, un deseo, un canto, una emoción, y también que todo se puede argumentar con todo, todo se puede cruzar con todo y que las inteligencias se buscan y se comprenden, de modo que una sugerencia, un reto o una mera boutade del autor eran estímulos entendidos y contestados por mis compañeros. Y todo ello creaba una realidad narrativa paralela a la propia realidad del edificio y a la de su leyenda.

Cuando el proceso de lectura, análisis y comentario dominical del libro estaba ya muy avanzado (no recuerdo exactamente en qué momento), la editorial -Ediciones Asimétricas- hizo saber al autor lo que estábamos haciendo y este, divertido y perplejo, se llevó las manos a la cabeza de que gente tan estúpida hubiera seguido al pie de la letra las indicaciones (que no dejaban de ser una broma) de leer el breviario semana a semana durante un año. Cada uno tiene sus debilidades, y una de las de Quetglas era que llevaba muchos años coleccionando postales de Ronchamp (incluso postales antiguas que mostraban la vieja iglesia, anterior a la de Le Corbusier), y en un acto de generosidad se desprendió de ellas y nos las regaló a quienes veníamos participando asiduamente en estas tertulias, de modo que me tocó un pequeño tesoro que tengo enmarcado y colgado en mi estudio. Y además escribió un texto ex profeso para nosotros y nos lo hizo llegar junto con una foto de unos peregrinos llegando al santuario por el camino norte.


Si ya me entusiasmaba desde siempre esa capilla mágica, ¿cómo no voy a estar ahora deseando ir hacia ella?

Y sin embargo:

lunes, 19 de marzo de 2018

Arquitectura del siglo veintiuno

A Eduardo Almalé y a todos mis
amigos pisacharcos de twitter.

El otro día mi amigo tuitero Eduardo Almalé, siempre polémico y activo, dijo que hay consenso en que los tres grandes arquitectos del S. XX fueron Frank Lloyd Wright, Le Corbusier y Mies van der Rohe, y puso sobre la mesa la cuestión de quiénes serán los del S. XXI.

Algunos se atrevieron a proponer varias ternas y yo dije que estamos tan solo en 2018, y me pregunté qué terna habrían propuesto los arquitectos en 1918 para elegir a los más grandes del S. XX. Obviamente, ni Le Corbusier ni Mies habían hecho aún nada interesante, y Wright, aunque ya era conocido, no creo yo que suscitara por entonces los entusiasmos mayoritarios. Seguramente los arquitectos de la época habrían elegido a sus compañeros modernistas o neoclasicistas más rimbombantes, y habrían creído que esa iba a ser la arquitectura característica del siglo XX, sin tener la más vaga intuición de lo que iba a pasar.

En 1918 ya llevaba un año fundado De Stijl en Holanda, pero aún no era conocido ni había causado ningún efecto apreciable. La Bauhaus aún no existía. Los rusos estaban en plena revolución... ¿Quién podría imaginar lo que venía?

Me gustaría que terminara alguna vez este largo período manierista que vivimos en este ya tan largo fin de siglo, y que hubiera un nuevo florecimiento bajo algunas ideas que no soy capaz de intuir ni de imaginar, pero a menudo dudo de que eso vaya a ocurrir y más bien espero resignado que esta decadencia remate finalmente en un plof.

Como soy un pisacharcos y me gusta opinar más que a un cartero doblar una revista, en ese debate tuitero se me ocurrió decir a modo de boutade (pero no tan boutade) que tal vez el XXI sea el siglo de la esperada desaparición de la arquitectura.
No digo deseada. Digo esperada.
Y ahora me toca defender esa tontería que dije.

viernes, 26 de enero de 2018

El despechugue

A Miguel Barahona, que me animó a escribir esta entrada
y hasta eligió el título. Espero estar a la altura esperada.
Y a Eduardo Almalé, por su aportación.


Le Corbusier y Picasso se conocieron en París en los años 1930s y no se soportaron.
Parecían hechos el uno para el otro, pero tal vez por eso mismo se cayeron fatal.

Después de eso, en los 1940s, en el París ocupado por los nazis, hay turbias historias sobre ambos respecto a su actitud más o menos ambigua o "equidistante" entre los colaboracionistas y los resistentes. Ahí no quiero entrar; al menos hoy. Ya se ha dicho mucho y depende de quién lo cuente fueron unos héroes de la democracia y de la libertad o unos miserables pelotilleros. Vamos a dejarlo ahí.

Donde quiero ir es a Marsella, en 1952. Le Corbusier estaba terminando la famosa Unité d'Habitation, que era una magnífica pieza de arquitectura, pero era mucho más, y Picasso quería verla.

Eso he leído en algún sitio: que a Picasso le interesaba mucho el edificio y que fue él quien llamó a Corbu para que se lo enseñara. Pero también he leído que fue Corbu quien seleccionó a unos cuantos famosos y los invitó a la inauguración. Pudieron ser las dos cosas: que Picasso se interesara por el edificio y lo dijera y que Le Corbusier, que era el mayor lince de la propaganda y del autobombo(1) aprovechara la oportunidad y montara la fiesta.

Fuera como fuese, el caso es que el encuentro nos dio esta magnífica fotografía:

viernes, 15 de septiembre de 2017

En el 148 (¿eh?) aniversario del nacimiento de Frank Lloyd Wright

A Eduardo Almalé, a Carlos Santamarina,
a todos los miembros de La morsa era yo y a
Fredy Ovando Grajales, con mi gratitud.

Dicen que este año se cumplen (¿de verdad?) ciento cincuenta años del nacimiento de Frank Lloyd Wright, y desde la Frank Lloyd Wright Foundation hasta el MoMA, pasando por muchas instituciones de todo el mundo, lo están celebrando por todo lo alto.
En efecto: Si hubiera nacido el 8 de junio de 1867 así sería, y todas esas fiestas tendrían sentido. Pero si nació el 8 de junio de 1869 (como sostenemos muchos) este año se cumpliría solamente su centésimo cuadragésimo octavo aniversario, y deberíamos esperar dos años más para celebrar la cifra redonda.

Frank Lloyd Wright. Foto tomada en el año...
(Ah, si lo supiéramos)

La fecha oficial del nacimiento de Wright es la que él dijo en su autobiografía, 1867, que coincide con la que figura en el libro de familia de su matrimonio con Catherine Tobin, su primera esposa. Entonces está claro, ¿no? ¿Cuál es el problema?

Pues que hay otros documentos que dicen que no nació en 1867, sino en 1869.

Mi amigo tuitero Eduardo Almalé me facilitó esta fotografía de la tumba de Wright:


Y mi también amigo Carlos Santamarina me pasó este escalofriante documento:

Certificado de defunción de FLW. En él consta como fecha de nacimiento el 8 de junio de 1869
(Si clicáis en la imagen la veréis más grande y podréis leer el dato)

La primera vez que tuve noticia de este problema de fechas fue leyendo el primer libro que tuve sobre Wright, el de Henry-Russell Hitchcock Frank Lloyd Wright, Obras 1887-1941 (título original: In the Nature of Materials, The Buildings of Frank Lloyd Wright 1887-1941). En él el autor decía que por fin había quedado clara la fecha de nacimiento de Wright, 1869, porque él mismo se la había confesado: "Vale, Henry, tienes razón, me has pillado. Nací en 1869".
Para mí, como este era un problema que ni sospechaba que existiera, el asunto quedó así zanjado antes de empezar.
Años después me compré el paperback de GG sobre Wright, cuyo autor es Bruno Zevi. En la nota biográfica del final del libro dice que nació en 1869. Pues ya está; no se hable más. Si lo dice Don Bruno, el crítico wrightiano más respetable, el tema está resuelto.
Pero hace apenas unos meses mis amigos de La morsa era yo me señalaron que en la contraportada de ese mismo libro pone que nació en 1867. Treinta y tantos años con ese libro en las manos y no me había dado cuenta de eso.
Qué bueno, qué saber nadar y guardar la ropa. Ese libro sostiene las dos fechas.
Bien. Hay que pensar que la contraportada la he escrito cualquiera de la editorial, buscando el dato en enciclopedias, y por lo tanto esa fecha no tiene por qué ser la que defienda Zevi. Pero si a eso vamos, también la nota biográfica la puede haber redactado otro documentalista y no el autor.
Lo que sí escribe Zevi en el artículo introductorio del libro (p. 11 en mi edición) es: "...en 1910, cuando el maestro, a los cuarenta y tres años, es invitado..." 1910-43=1867. (Oh, no. Tampoco me había dado cuenta hasta ahora).

Entonces hay que concluir que mi admirado Zevi defiende la misma fecha que la Frank Lloyd Wright Foundation, heredera del legado del maestro, albacea suya y garante de su biografía: 1867.

Por su parte, Finis Farr, el autor de la biografía más seria (en mi opinión) de Wright, dice ya en la primera frase (¿dónde si no?) que nació el 8 de junio de 1869. (Pero, claro, digo que es la biografía más seria porque dice lo que yo quiero).

Si le hablas de Henry-Russell Hitchcock a alguno de los miembros de la foundation te dirá que era un papanatas y una mala persona que tenía oscuros intereses en mantener la mentira de 1869, y que se inventó la confesión de Wright. Y si le hablas de Finis Farr te dirá: "¿Ese quién es?"