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martes, 23 de febrero de 2021

Coordenadas en un mapa inestable

Hace unos años (no demasiados, pero no estoy seguro de cuántos; el tiempo pasa cada vez más deprisa) Jaume Prat me propuso participar en un proyecto apasionante. Estaba en una buena situación que le permitía afrontarlo con visos de éxito, y, con el entusiasmo que le caracteriza, me lo explicó.

La cosa consistía en tomar cada una de las Seis propuestas para el próximo milenio, de Italo Calvino, y lanzarse a escribir sobre arquitectura a su hilo y a su calor. Un texto por cada propuesta, y cada uno de un autor diferente.

Me dijo que se lo había dicho nada menos que a Agustín Fernández Mallo, que había accedido, y no sé quiénes serían los otros tres autores. Tampoco sé (o no recuerdo, porque creo que sí que me lo dijo), sobre cuál de las seis propuestas tendría que escribir yo.

Pero no salió. (Por ahí debe de haber muchísimos universos paralelos con tantísimas cosas que todos íbamos a hacer y que al final no salieron en este que habitamos). Fue una pena, porque estando Jaume y Agustín, y seguro que otros autores de considerable altura, el resultado habría sido espléndido aunque los intrusos de siempre lo hubiéramos empañado un poco.

Sin embargo, aquella decepción de hace años se ha visto ahora súbitamente compensada con una alegría. Resulta que sin que lo supiéramos (al menos yo no tenía ni noción de ello), Jaume siguió aferrado a su proyecto y durante todo este tiempo ha estado escribiendo un ensayo tras otro sobre cada una de las seis propuestas de Calvino: Ligereza (L), Rapidez (R), Exactitud (E), Visibilidad (V), Multiplicidad (M) y Consistencia (C), y acaba de sacar a la luz este espléndido libro:


PRAT ORTELLS, Jaume,

lunes, 26 de febrero de 2018

Las ciudades inservibles

El otro día quise escribir sobre Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y al final no dije nada del libro. Voy a intentarlo hoy.

Italo Calvino ni era arquitecto ni escribió Las ciudades invisibles pensando en los arquitectos, pero nosotros -los estudiantes de arquitectura- lo acogimos con entusiasmo, como un libro sagrado. (Bueno: A la vista de lo que conté se ve que mi entusiasmo fue relativo).

Italo Calvino

Es un libro muy bello y muy bien escrito. Está formado por las descripciones (de una o dos páginas cada una) de un amplio censo de ciudades con nombres de mujer. Cada descripción presenta un despliegue de alegorías verdaderamente apabullante. Todas las ciudades son hermosas, todas son misteriosas, todas son mágicas.

Y todas son sugerentes para arquitectos y para ilustradores.

Karina Puente Frantzen, arquitecta e ilustradora peruana,
se ha propuesto ilustrar todas las ciudades invisibles.
Esta es Zaira.

La primera del libro es Diomira, ciudad que tiene sesenta cúpulas de plata y las calles pavimentadas de estaño. Luego viene Isidora, cuyos palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracoles marinos. Después Dorotea, con cuatro torres de aluminio, siete puertas del puente levadizo, cuatro verdes canales... Y así hasta cincuenta y cinco ciudades. Pero no son solo puentes, cúpulas, pasadizos, torres y murallas: Son la vejez, la soledad, los recuerdos, la ocultación, la amistad, el deseo, la mentira... Y de vez en cuando algún entreacto entre Marco Polo y Kublai Kan.

lunes, 19 de febrero de 2018

Las ciudades imposibles

El otro día algunos amigos (arquitectos, naturalmente) han hecho en twitter una (enésima) evocación/recomendación del famoso libro Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y la espinita que llevo clavada desde hace treinta y tantos años ha vuelto a punzarme: Yo, que me terminaba todos los libros por arduos que fueran y que fui capaz de leer todo lo que cayera en mis manos, no terminé Las ciudades invisibles.

Subo al altillo a buscar el libro y lo encuentro a la primera. (Y eso que ha sufrido dos mudanzas en estas tres décadas). Chapeau por mi desorden ordenado. Es este:


Edición de Minotauro, Barcelona, mayo de 1983. Traducido por Aurora Bernárdez. En la guarda escribí "Septiembre 1983" y mi nombre. Suelo poner dónde compré cada libro, o quién me lo regaló, pero aquí no dice nada. Bueno, la fecha, que no es poco. Tenía veintitrés años y estaba en quinto curso de arquitectura. Sí: recuerdo con una media sonrisa que este era un libro obligado más o menos a esa altura de carrera.

Lo abro y veo, incrédulo, que la señal -un billete de metro del día seis de septiembre de 1983- está en la página 169, a solo siete del final. ¿Cómo pude dejar la lectura ahí, a diez minutos de terminar el libro?


La señal marca el comienzo del capítulo "Las ciudades ocultas. 4" (dos páginas). Luego viene "Las ciudades ocultas. 5" (tres páginas. Bueno, dos páginas y cinco líneas); y por último un colofón (dos páginas. Bueno, una y media).

Veo que el reverso del billete tiene algo escrito y no reconozco mi letra. Me recuerda más a la de mi hermano. Pero no: Es la mía. Era la mía a los veintitrés años.


Pone:

1.- Árbol para esperar a Godot y, si llega el caso, suicidarse.
2.- Paseo caleidoscópico.

Lo leo y me doy mucha vergüenza retrospectiva. Y también mucha ternura. (Pero sobre todo vergüenza. Ay, qué estupendito era yo entonces). ¿Qué querría decir? No tengo la menor idea. Alguna buena ocurrencia para un proyecto o para un cuento. ¿Quién sabe? Yo era muy sesudo en mis proyectos. Y escribía cuentos. Era todo muy yatúsabeh. En fin.

Leo las siete páginas que me faltaban y termino así una tarea que quedó interrumpida y pendiente hace treinta y cuatro años y medio. Me quito la espina. Ya era hora. Misión cumplida. Al fin terminé el libro.

¿Y?