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sábado, 12 de julio de 2014

De extremo a extremo: Una arquitectura de bandazos

Entre los años 1989 y 1992 un equipo entusiasta de arquitectos, dirigido por Mario Muelas, rehabilitó el exconvento de San Pedro Mártir, en Toledo.
Es una rehabilitación ejemplar, que marcó un antes y un después en este tipo de obras en Toledo. Hasta esa fecha era impensable "contaminar" una rehabilitación con elementos lingüísticos de la arquitectura moderna, y la línea habitual era rehabilitar miméticamente, "rehabilitar sin que se notara".
Pero Mario Muelas y su equipo demostraron tener una especial sensibilidad para conservar lo que había de valioso y para construir los elementos nuevos sin disfrazarlos de antiguos ni camuflarlos ni esconderlos, y también sin agobiar ni minusvalorar lo antiguo, sino poniéndolo en valor y en fértil convivencia con lo moderno.
A mi juicio es lo más scarpiano que se ha hecho en Toledo. (Ahora hay varias intervenciones que podrían optar también a ese título, pero en su momento fue lo más, prácticamente lo único).

Fotografía del libro Arquitectura Contemporánea. Toledo 1995,
editado por la Delegación de Toledo del COACM

El convento de San Pedro Mártir, de época renacentista, fue una lenta obra de muchos arquitectos, que realizaron sucesivas ampliaciones, y que a su vez reutilizaron parcialmente y rehabilitaron algunas edificaciones medievales, derribaron otras y levantaron otras "modernas" (renacentistas) de nueva planta. Todo esto formaba un laberinto complejísimo, con numerosos edificios, cuerpos y alas a distintas cotas, con recorridos laberínticos y enlaces muy forzados entre ellos. Además, al pretender rascar un paño renacentista de yeso para limpiarlo, aparecía detrás uno árabe de azulejo, por ejemplo. En esos casos, ¿qué respetar?, ¿qué conservar?, ¿qué restaurar? Nunca se sabía dónde dejar de rascar, ante la cantidad de capas de palimpsestos que había. (Recordad: los textos escritos sobre otros textos anteriores en los códices medievales).
Además de todo esto, como ya hemos dicho, había la voluntad férrea (y a mi juicio acertadísima) de hacer los elementos nuevos con lenguajes y materiales actuales. Creo que es lo más respetuoso: Restaurar lo restaurable, mostrando su valor, pero sin enmascararlo entre nuevos elementos que lo imitan y se lo comen.
La convivencia entre mamposterías medievales, capiteles renacentistas, losas de hormigón y barandillas de acero es exquisita y respetuosísima.

Excepto las dos fotografías tomadas del libro que se indica, todas las demás
son mías, tomadas con el teléfono. Son muy malas, pero creo que son útiles
para dar testimonio de lo que aquí se cuenta.

La obra estuvo llena de problemas. Uno de ellos era que a un arquitecto tan exquisito nunca le valía lo que ya había en el mercado. Ninguno de los miles de cerrojos existentes le gustaba, y así tuvo que diseñar él las fallebas y las bisagras de los fraileros, la garrucha de un pozo, las rejas, los vierteaguas, etc. Una labor infinita... y un coste de obra que también tendía a infinito.
Estoy en contra de los despilfarros caprichosos, pero en este caso no los hay. Es una obra muy costosa, pero porque es muy valiosa, y merece el dinero que cuesta.
De la misma manera, también me opongo a los caprichos "porque sí" de los arquitectos, pero en este caso el arquitecto no es caprichoso. Se entrega a su obra, diseña cada picaporte porque tiene que ser así, y eso que tiene que ser no lo hay a mano. Veo a unos arquitectos obsesionados con su obra, sacrificados a ella, trabajando duramente por ella, y me parece ético y justo. No es el caso de los arquitectos caprichosos que sueltan una parida porque les da la gana, sin ton ni son.
Lo que sí quiero criticar, y con fuerza, es que finalmente esta fue una obra sin función y sin destino. La larguísima gestión se había hecho para hacer de este complejo de edificios el Gobierno Civil de Toledo. Pero durante la obra se acabaron los gobiernos civiles, y ésta siguió su camino, pero ya sin saber para qué.
Entonces se movió el presidente de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha y reclamó el complejo para la nueva Universidad de la región. Y acabó consiguiéndolo.
Las pasarelas concebidas para unos pocos empleados, o para las visitas protocolarias y diplomáticas, pasaron a ser usadas por cientos de alumnos para ir a sus aulas. No quiero decir que los alumnos no merezcan mármoles de travertino ni parquets de roble o de iroco, sino que el tráfico que han de soportar estos materiales es muy superior al previsto, y que el funcionamiento cotidiano es mucho más multitudinario y caótico que lo que se esperaba.
Entonces surge un fenómeno muy típico (pero no por típico menos desgraciado): Se pasa bruscamente de la mayor sublimidad a la mayor cutrez.

sábado, 12 de abril de 2014

Necrotectónicas (IV): La muerte como estilo

Ya puesto a la tarea de contar muertes de arquitectos, no sé por qué quise empezar por la de Carlo Scarpa. Debe de ser porque uno se lanza al barro de lo que desconoce.
Podría haber empezado por Gaudí, atropellado por un tranvía. Eso lo sabe todo el mundo y está muy bien documentado. Pues no: Tuve que empezar por Scarpa.
Sólo sabía la fecha y el lugar, pero no la causa. En un libro ponía que fue por "un accidente trivial". En otros sitios -como en el enlace que le he puesto-, por "un desafortunado accidente". Y así todo. Leí mucho, pero no saqué nada en limpio. Escribí a la Fundación Scarpa, pero no hubo respuesta. En internet circulan varias versiones, y no tengo claro si alguna es la buena.
Puestos a ficcionar, leí libros sobre Japón, y me gustó mucho el tono de Lafcadio Hearn, un japonesista recopilador de leyendas. Me gustó tanto que no supe quitármelo de encima, y finalmente escribí la muerte de Scarpa usando ese tono.
Me gustó el resultado, pero eso me dejaba muy comprometido para contar las demás muertes. Ni podía contarlas todas con ese tono (sería absurdo seguir impostando la voz en japonés para el resto de arquitectos previstos) ni con mi forma propia y particular (Scarpa quedaría raro y desplazado). Así que, ya puestos, me lié la manta a la cabeza y me convertí en una especie de Raymond Queneau con sus Ejercicios de Estilo.

Raymond Queneau haciendo el chorra

El co-creador del Oulipo relata en ese libro una anécdota trivial (un pasajero de un autobús abarrotado se queja a su vecino de que le está pisando a propósito) de noventa y nueve maneras diferentes, parodiando estilos y haciendo juegos de palabras.
Pues yo, inspirado por esto, decidí contar cada muerte con un estilo literario diferente, imitando distintas obras, e incluso tomando fragmentos de ellas.
El juego es un collage que consiste en tomar una obra literaria (en cada muerte se indica cuál), y con fragmentos (o tonos, o sugerencias, o ecos) de esa obra ir relatando la muerte de un arquitecto. Entre las distintas teselas del mosaico pongo la pasta adhesiva y el colorante adecuado para que casen lo mejor posible.
En algunas muertes la operación es muy directa y sencilla. En otras es más elaborada. En algunas sólo se toman ciertas referencias de estilo, y en otras se introducen trozos de cierta extensión. Invito al lector curioso a que lea cada muerte teniendo a la vista el texto literario que se indica, y que descubra los órganos transplantados y las prótesis añadidas.
No se trata de un plagio, ya que no se copia pasiva y perezosamente, sino que con los trozos recogidos se crean obras diferentes a las originales y se cuentan historias nuevas. Más bien se revisitan los textos, se cambian de contexto y se reescriben con nueva intención y nuevo objetivo.

Pablo Picasso: Naturaleza muerta con rejilla de silla. 1912.

Cuando Picasso toma el asiento de rejilla de una silla y lo pega en un soporte en el que está pintando un bodegón crea una fisión semántica. Hace que ese asiento de silla pase a ser el tablero de una mesa, o un mantel. Pero cuando toma un trozo de la portada de un periódico y lo pega en el cuadro que está pintando para que haga de portada de periódico crea otra fisión más rara aún: Hace que el periódico pase a ser un periódico, vale, pero lo hace volar del mundo real al mundo pintado. El periódico real hace ahora la función de periódico pintado. Picasso lo teletransporta al mundo virtual.
De un modo parecido, y salvando todas las distancias, yo he recortado palabras, frases, estilos, cadencias, y las he hecho saltar de unos mundos a otros.
Mi hermana Gema ha aceptado el reto y ha ilustrado cada relato con un estilo diferente, tomado de diversos maestros, épocas y técnicas. Ha realizado la misma fisión semántica y ha dado a cada texto una nueva dimensión y un potente complemento.
Tanto las narraciones como las ilustraciones se han convertido en ejercicios de estilo, y el estilo por sí mismo ha construido la obra.


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lunes, 20 de enero de 2014

Necrotectónicas (I)

¿Sabíais que Antonio Sant’Elia murió en la Primera Guerra Mundial, atacando una fortaleza, a la carga, en bicicleta?

Alegoría sobre la muerte de Antonio Sant’Elia, por Gema Hernández Correa

¿Sabíais que Francesco Borromini se clavó una espada en el vientre en un ataque de rabia, en un enfado terrible?
¿Sabíais que Louis I. Kahn murió en una estación de tren, en Nueva York, solo e indocumentado, y estuvo varios días sin identificar en el depósito de cadáveres? ¿Sabíais que esta triste muerte fue la ocasión para que se conocieran sus tres mujeres?
¿Sabíais que Carlo Scarpa murió en Senday (Japón) a causa de...? ¿De qué murió Scarpa? Nadie lo dice. En el librito de la colección Estudio paperback de Gustavo Gili se menciona textualmente “un accidente trivial”. Nada más. ¿Qué accidente? ¿Qué pasó?
En algún libro más amplio ni lo mencionan. Y no escribáis al Centro Carlo Scarpa: No os contestarán.
Nadie habla de estas cosas.
Nadie decente, “como Dios manda” cuenta episodios tan morbosos.
El caso es que, tras mucho preguntar, mucho buscar y mucho leer, sé que hay un escalón (o unos escalones, o una escalera) y un tropiezo (o una caída, o un desmayo). He recopilado varias versiones contradictorias (el enlace que he puesto a la wikipedia da una de ellas), y sigo sin saber si alguna es la correcta.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Entrevistas más acá: Carlo Scarpa

Hacía tiempo que le insistía a Doña Leucemís Cacatuídae López de Berruguete (alias Sita Chloe) para que me brindara el privilegio de entrevistar a otro arquitecto. No sé por qué me daba largas y se desentendía: Con el dineral que me iba a cobrar debería haber estado más que dispuesta. (Yo, por mi parte, no le pensaba regatear sus honorarios, porque la otra vez el blog batió records, y estuve nominado a los premios Blogosfera Desespera y todo).
Un buen día la encontré más accesible y le propuse el nombre de un glorioso arquitecto (que no nombraré). No pudo ser porque estaba castigado y no le dejaban venir. Luego otro (de resaca), luego otro (liado con una admiradora), y al final fue Carlo Scarpa.
Este sí. Este estaba disponible. Vamos, demasiado disponible. Tanto que se presentó en el acto. Otra vez igual: Como había sido mi cuarta opción no había preparado la entrevista, y al ser todo tan rápido, apenas pude pensar en nada.
-¿Versión doblada? -me preguntó Doña Leucemis.
-Sí, por favor -le contesté. Me avergüenzo mucho de mi pertinaz monoglosia, y más ahora que me estoy internacionalizando.
La cara de la Sita Chloe se fue difuminando y en su lugar fue materializándose la de Scarpa. Apareció tan contento, con su sombrerito de turista y todo, y con sus gafotas redondas. Muy pinturero él.
La cara y el sombrero eran suyos, pero las manos que sostenían la bola de cristal seguían siendo las de la Sita Chloe, lo que le daba un aspecto monstruoso e inquietante.


La pícara expresión del maestro, con esos ojillos pequeños y maliciosos como de... como de..., siempre me ha recordado al Conde Draco de Barrio Sésamo. (Bueno, vale; pues a mí siempre me lo pareció).


Esta bien, dejémosnos de tonterías, que así no me van a dar nunca el Blogosfera Desespera. Iba diciendo que su pícara carilla sonriente me hizo un gesto como de complicidad. Le di las buenas tardes, la bienvenida y le manifesté mi admiración.
CARLO SCARPA.- Sí, sí. Admiración. Ya he visto que he sido plato de cuarta mesa.
(Su voz era la de Torrebruno. ¿Por qué me pasarán estas cosas? ¿Por qué elige la Sita Chloe estos dobladores?)
(No podía seguir; no podía. Torrebruno me traía demasiados recuerdos: Sus chistes, que solo le hacían gracia a mi abuelo Vicente, que los repetía ene veces; sus canciones (Tigres, leones, todos quieren ser los campeones); sus amores otoñales (o invernales) con Yola Berrocal, y, el colmo, que fuera mi cuñado Toni, que por entonces era auxiliar de clínica en Madrid, quien lavara y arreglara su cuerpo para el último viaje. Eran demasiados estímulos).
(Por otra parte, Scarpa tenía los ojillos pequeños, pero muy expresivos y picarones, como Torrebruno, y movía las manos "a la italiana", como cualquier mal actor que quiera hacerse el italiano. Como Torrebruno.
"Concéntrate. Olvídate de Torrebruno", me decía a mí mismo. "Es que encima se llamaba Rocco", me contestaba. "¡A lo tuyo!", me regañaba, "Pregunta algo inteligente, leches").
ARQUITECTAMOS LOCOS?- Signore Scarpa -soy monógloto, pero no tanto como para no poder decir signore-, es usted uno de los mayores diseñadores...
CS.- Arquitecto. ¿También me vas a negar tú el título?
AL?- Es cierto. En Italia se lo estuvieron negando toda la vida...
CS.- Porque no había estudiado la carrera. Ya ves tú.
AL?- ...y se lo dieron a título póstumo en cuanto se murió.
CS.- Cabrones. Cuando ya no les podía hacer la competencia.
AL?- Fue un detalle bonito, aunque, sí, algo sarcástico.
CS.- Es una tontería. Yo, como todos, colaboraba con arquitectos, ingenieros... El asunto de la firma era solo una pequeña humillación. Nada más.
AL?- Hemos hablado de su muerte y, perdóneme, pero necesito que me aclare una cosa.
CS.- ¡Ya estamos con lo de mi muerte!
AL?- Escribí un relato...
CS.- ¡Ya estamos con lo de tus relatos! ¡Eres como Umbral!
AL?- ¿Conoce usted a Francisco Umbral?
CS.- ¿Que si le conozco? ¡Pues anda que no nos da el coñazo allí con lo de sus libros, sus libros, sus libros!
AL?- De acuerdo. Perdone. El caso es que quise documentarme sobre su muerte, y hay un secretismo muy grande. En todos los libros se dice que murió usted en Sendai (Japón) a consecuencia de un ridículo accidente, de un estúpido accidente, etc, pero nadie dice qué pasó. Leí todo lo que cayó en mis manos, busqué por internet, escribí a su Fundación (que ni me contestó).
CS.- Y al final pusiste lo que te dio la gana. Te lo inventaste todo.
AL?- No. De verdad que leí que usted había muerto al resbalar en la escalinata del templo Toshogu, y me pareció muy hermoso. Escribí un cuento en el que un espíritu celoso le ponía la zancadilla. Pero cuando estaba todo el libro terminado leí otra versión (que creo que es más cierta), en la que usted se cayó por las escaleras, sí, pero por las mecánicas de un centro comercial. Mucho más prosaico. ¿Cuál es la versión correcta?
CS.- ¿Y qué más da?
AL?- Entonces es la del centro comercial.
CS.- Cuando los libros hablan de un "estúpido accidente" es que verdaderamente fue un "estúpido accidente". Dejémoslo así.
AL?- Vale. O sea, que me quedaré sin saberlo aunque le tenga a usted aquí delante.
CS.- A otra cosa. mariposa.

jueves, 23 de agosto de 2012

En defensa de Doña Cecilia

Doña Cecilia es una anciana beata de Borja (Zaragoza) que ha restaurado a su manera un Ecce Homo mural de la iglesia del Santuario de La Misericordia de su pueblo.
La pintura, una obra académica y correcta del S. XIX (y a mi modesto juicio más que sosa y anodina) estaba muy mal de lo suyo, debido a la humedad y a la afloración de sales.
La Señá Cecilia ya la había restaurado muchas veces. Es la típica mujer de iglesia, siempre activa, colaboradora y bien dispuesta, que todo cura tiene siempre a mano. Pero hasta la fecha solo le había dado toques de titanlús a la túnica.
Seguramente envalentonada por sus anteriores experiencias exitosas, y teniendo delante una pintura cada vez más deteriorada, se lanzó ahora a repintarla por completo, y se lió, se lió, se lió, pim-pam, pim-pam, pim-pam, y no pudo parar. Cuando haces plop ya no hay stop.
Y lo que quedó fue esto:


Semejante mamarrachada ha sido la irrisión de todo el mundo. Twitter ha ardido. A esta buena mujer, cuyo apellido omito, la llaman Cecilia "Cristo Mal"; al Ecce Homo, #EcceMono (y ha sido trending topic en el acto). Cualquier persona con conocimientos mínimos de photoshop ha aportado su parto:


Y hasta hay quien se ha puesto a vender camisetas como churros:


Supongo que sin darle ni un euro ni a Doña Cecilia Cristomal ni al párroco.
Ahora hablan los políticos de gastar lo que sea en desfacer el entuerto. (A mi juicio el entuerto es indesfacible, y lo más que podrían hacer sería repintar encima una réplica del original. Pero, también a mi juicio, ya no merece la pena, y lo mejor sería cobrar entrada para ver la obra, nombrar a la Señá Cecilia hija predilecta y aprovechar la publicidad durante el poquísimo tiempo que va a durar).
Dicen ahora de rascarse el bolsillo (lo que no han hecho nunca, y así está todo) y llamar a alguien para que restaure la pintura, como si fuera de Miguel Ángel. Qué barbaridad. Ni que lo fuera. Pero hay que recordar que al propio Miguel Ángel le cepillaron la Capilla Sixtina tapando aquí y allá las desnudeces (quien lo hizo es conocido como il Braghettone), y se la volvieron a cargar volviéndolas a destapar. Y también hay que recordar que a su vez Miguel Ángel se cargó todo residuo romano y medieval cuando hizo la Piazza del Campidoglio de Roma.

(Fantástica plaza, por cierto, aunque también eran fantásticos los vestigios romanos de la colina sagrada).
Y, como de costumbre, me voy de una cosa a otra y me hago un lío con la restauración. ¿Qué es restaurar? ¿Cómo se restaura? ¿Qué es válido y qué no lo es en restauración? Hay demasiados tabúes, demasiados dogmas que, bien mirados, no responden a la razon. (O yo creo que no). La reciente historia nos ha hecho ver cómo se ha ido de unos dogmas a otros, de unas escuelas a otras, y lo que hace unas décadas era obligado ahora es rechazado. Pero, por otra parte, las restauraciones son irreversibles, y si vemos ahora que lo que se hacía en los años setenta era una salvajada, ya no tiene remedio. Igual que dentro de cuarenta años se sabrá que lo que hacemos ahora es una barbaridad.
¿Entonces qué? ¿Lo dejamos todo parado? ¿No hacemos nada esperando que en el futuro alguien sepa qué hacer? ¿Y aguantarán nuestras ruinas hasta el futuro?
Es malo no hacer nada y es malo hacer algo.
Pues en esta tesitura yo soy de los de hacer algo, aunque sea como Doña Cecilia, y aunque al final quede el Cristomal.