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domingo, 10 de agosto de 2014

Leonardo, estate quietecito

Nota previa: El otro día hice una gracia en twitter metiéndome con Leonardo, y mi amiga virtual Lidia Romero (@LidiRome) me dijo entre risas: "Parece que lo odias todo". Me dolió, Lidia. Y me dolió porque tienes toda la razón. Aunque amo tantísimo tantas cosas y a tanta gente, sólo me sale la vena de ponerle piedrecitas (y petardos) a todo el mundo.
Por otra parte, otro amigo, Juan Carlos, de a+u arquitectos (@AmasUArquitecto), me animó a darle caña a Leonardo. Hombre, tampoco es eso.
Esta entrada, de nuevo veraniega y juguetona, va dedicada a ambos: a Lidia y a Juan Carlos. (Las ilustraciones van por Juan Carlos, conspicuo filatélico).


Todo el mundo adora a Leonardo da Vinci. Menos yo.
A ver, puntualicemos: Creo que Leonardo da Vinci es uno de los más grandes artistas que ha dado la humanidad.
Como dibujante es sublime, y como pintor le da una nueva dimensión a la pintura-pintura. (Quiero decir a la pintura entendida como luz y como atmósfera).
Leonardo es uno de esos escasos personajes que son patrimonio de todo el mundo, de todos los países.













Estos sellos son apenas una mínima muestra de lo que hay por el mundo.
Se puede hacer una amplia colección filatélica dedicada sólo a Leonardo da Vinci.

No sólo no tengo nada contra Leonardo, Lidia, sino que me parece uno de los artistas más grandes que ha habido en la historia. ¡Cómo dibuja! ¡Qué trazos más potentes o más dulces cuando quiere! ¡Qué precisión! ¡Qué potencia y qué delicadeza a la vez! ¡Sublime!













¿Entonces? ¿Qué de malo tengo que decir contra él?
Pues que era un enreda, un liante, un culo de mal asiento. Que quería experimentarlo todo y toquetearlo todo, y que iba ligando un desastre con otro.
Era el Pepe Gotera y Otilio de los frescos, el Manolo y Benito de las fundiciones, el desastre viviente. Más temible que un nublado.
Pero Leonardo, ¡estate quietecito!

sábado, 12 de julio de 2014

De extremo a extremo: Una arquitectura de bandazos

Entre los años 1989 y 1992 un equipo entusiasta de arquitectos, dirigido por Mario Muelas, rehabilitó el exconvento de San Pedro Mártir, en Toledo.
Es una rehabilitación ejemplar, que marcó un antes y un después en este tipo de obras en Toledo. Hasta esa fecha era impensable "contaminar" una rehabilitación con elementos lingüísticos de la arquitectura moderna, y la línea habitual era rehabilitar miméticamente, "rehabilitar sin que se notara".
Pero Mario Muelas y su equipo demostraron tener una especial sensibilidad para conservar lo que había de valioso y para construir los elementos nuevos sin disfrazarlos de antiguos ni camuflarlos ni esconderlos, y también sin agobiar ni minusvalorar lo antiguo, sino poniéndolo en valor y en fértil convivencia con lo moderno.
A mi juicio es lo más scarpiano que se ha hecho en Toledo. (Ahora hay varias intervenciones que podrían optar también a ese título, pero en su momento fue lo más, prácticamente lo único).

Fotografía del libro Arquitectura Contemporánea. Toledo 1995,
editado por la Delegación de Toledo del COACM

El convento de San Pedro Mártir, de época renacentista, fue una lenta obra de muchos arquitectos, que realizaron sucesivas ampliaciones, y que a su vez reutilizaron parcialmente y rehabilitaron algunas edificaciones medievales, derribaron otras y levantaron otras "modernas" (renacentistas) de nueva planta. Todo esto formaba un laberinto complejísimo, con numerosos edificios, cuerpos y alas a distintas cotas, con recorridos laberínticos y enlaces muy forzados entre ellos. Además, al pretender rascar un paño renacentista de yeso para limpiarlo, aparecía detrás uno árabe de azulejo, por ejemplo. En esos casos, ¿qué respetar?, ¿qué conservar?, ¿qué restaurar? Nunca se sabía dónde dejar de rascar, ante la cantidad de capas de palimpsestos que había. (Recordad: los textos escritos sobre otros textos anteriores en los códices medievales).
Además de todo esto, como ya hemos dicho, había la voluntad férrea (y a mi juicio acertadísima) de hacer los elementos nuevos con lenguajes y materiales actuales. Creo que es lo más respetuoso: Restaurar lo restaurable, mostrando su valor, pero sin enmascararlo entre nuevos elementos que lo imitan y se lo comen.
La convivencia entre mamposterías medievales, capiteles renacentistas, losas de hormigón y barandillas de acero es exquisita y respetuosísima.

Excepto las dos fotografías tomadas del libro que se indica, todas las demás
son mías, tomadas con el teléfono. Son muy malas, pero creo que son útiles
para dar testimonio de lo que aquí se cuenta.

La obra estuvo llena de problemas. Uno de ellos era que a un arquitecto tan exquisito nunca le valía lo que ya había en el mercado. Ninguno de los miles de cerrojos existentes le gustaba, y así tuvo que diseñar él las fallebas y las bisagras de los fraileros, la garrucha de un pozo, las rejas, los vierteaguas, etc. Una labor infinita... y un coste de obra que también tendía a infinito.
Estoy en contra de los despilfarros caprichosos, pero en este caso no los hay. Es una obra muy costosa, pero porque es muy valiosa, y merece el dinero que cuesta.
De la misma manera, también me opongo a los caprichos "porque sí" de los arquitectos, pero en este caso el arquitecto no es caprichoso. Se entrega a su obra, diseña cada picaporte porque tiene que ser así, y eso que tiene que ser no lo hay a mano. Veo a unos arquitectos obsesionados con su obra, sacrificados a ella, trabajando duramente por ella, y me parece ético y justo. No es el caso de los arquitectos caprichosos que sueltan una parida porque les da la gana, sin ton ni son.
Lo que sí quiero criticar, y con fuerza, es que finalmente esta fue una obra sin función y sin destino. La larguísima gestión se había hecho para hacer de este complejo de edificios el Gobierno Civil de Toledo. Pero durante la obra se acabaron los gobiernos civiles, y ésta siguió su camino, pero ya sin saber para qué.
Entonces se movió el presidente de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha y reclamó el complejo para la nueva Universidad de la región. Y acabó consiguiéndolo.
Las pasarelas concebidas para unos pocos empleados, o para las visitas protocolarias y diplomáticas, pasaron a ser usadas por cientos de alumnos para ir a sus aulas. No quiero decir que los alumnos no merezcan mármoles de travertino ni parquets de roble o de iroco, sino que el tráfico que han de soportar estos materiales es muy superior al previsto, y que el funcionamiento cotidiano es mucho más multitudinario y caótico que lo que se esperaba.
Entonces surge un fenómeno muy típico (pero no por típico menos desgraciado): Se pasa bruscamente de la mayor sublimidad a la mayor cutrez.