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martes, 3 de marzo de 2026

En qué orden

En un famoso episodio de Los Simpson Marge le escribe una carta a Frank Gehry pidiéndole que diseñe un gran edificio para Springfield. El famoso arquitecto lee la carta con desinterés, la arruga y la tira al suelo. Pero cuando la ve hecha un burruño le gusta mucho su forma y decide hacer el proyecto que le piden. 


Es una broma, un chiste bastante ingenioso, ¿pero tiene algo de verdad? ¿Cómo proyectaba Gehry? ¿En qué orden iba tomando cada decisión y dando cada paso?

viernes, 29 de agosto de 2025

Dos centavos

Algún día tengo que hacer una lista de personajes de cine y literatura a quienes envidio profundamente. En esa lista tiene que estar Norm Gunderson, el marido de la policía protagonista de la película Fargo. En una película tan cruel y tan dolorosa, ella, embarazada y todo, inmersa en el sórdido ambiente de crimen, consigue mantenerse dentro de la cordura y de la sensatez, y vive en paz, pero consciente de toda la crueldad salvaje que hay en el mundo. Sin embargo su marido está completamente ajeno a todo eso. No tiene noticia de la maldad. Vive en una burbuja de inocencia. Se dedica a pintar aves.

Una noche, en la cama, le da una noticia a su mujer: El servicio de Correos ha seleccionado un dibujo suyo de un ánade para hacer un sello. Su esposa lo felicita con entusiasmo, pero él rebaja un poco la alegría porque va a ser un sello de solo tres centavos, que es muy poca cosa, y va a tener muy poca relevancia.

La mujer le consuela diciéndole que cuando cambian las tarifas y pillan a la gente con acopio de sellos que de repente resultan insuficientes, tienen que comprar otros de valores bajos para completar, y entonces los de tres centavos son fundamentales.

El marido le dice que sí y le da la razón, pero es más bien para no seguir mareando a su esposa con su problemilla. Ella los tiene mucho mayores. En todo caso es un éxito que su dibujo circule por todas partes y sea incluso objeto de colección. (Aunque solo sea un miserable sello de tres centavos).

miércoles, 20 de agosto de 2025

Una casa (3)

(No pensaba añadir ninguna entrada más a las dos anteriores, que di por concluidas, pero me he encontrado con esta historia y creo que tiene mucho que ver. Además, en las anteriores me refería a la importancia de los habitantes y a la muy poca de la arquitectura, y aquí, para compensar un poco, sí quiero señalar que la arquitectura puede tenerla, y mucha).


EL ÚLTIMO CLIENTE

A mi contacto de bluesky C6H4(CH3)(NO2),
@nitrotolueno.bsky.social, que me dio esta
preciosa información: el último cliente.


Roland Reisley ha cumplido ciento un años en mayo pasado y es el último cliente vivo de Frank Lloyd Wright.


Ahí lo tenéis, en la terraza, bajo el voladizo, de su casa de Pleasantville, NY, que la Frank Lloyd Mopnograph fecha en 1951(1).

Ronald no solo es el último cliente vivo de Wright, sino que además lleva viviendo setenta y cuatro años, ininterrumpidamente, en la casa que el arquitecto le diseñó.

martes, 24 de septiembre de 2024

La función son los padres

Dedicado doblemente a Jaume Prat,
por su tuit y por su artículo


El otro día, un poco provocativo, un poco en broma (como siempre), pero muy en serio (como siempre), mi amigo y maestro Jaume Prat ha publicado el siguiente tuit: "El gran secreto es que por mucho que nos hablen de función solo cuenta la forma. Antes y ahora".

Yo me he enganchado a parasitar ese tuit (es lo que estoy haciendo ahora) para extenderme aquí y de paso para recordar el último artículo de Jaume publicado hasta el momento: "La arquitectura son los padres".

Maldita sea. No me libro ni una vez de las tildes
que me pone el autocorrector del teléfono

Los arquitectos tenemos una especie de mala conciencia que nos lleva a justificarnos siempre en el sentido de que la forma es caprichosa, poco ética y bastante vana, y que por el contrario lo que nos redime y nos hace ciudadanos de bien y útiles a la sociedad es la función.

viernes, 23 de agosto de 2024

Desprecio y veneración

He leído (en un grupo de Facebook de admiradores de Frank Lloyd Wright) que la Torre Price está cerrada, sin uso, y que el dueño está vendiendo las decoraciones interiores.

No conozco el grado de fiabilidad de esta noticia, que está sin contrastar y en la que no profundizo porque no me veo con fuerzas para entender todo el proceso (parece que el edificio está protegido e inventariado y que la Frank Lloyd Wright Foundation lo ha denunciado y las autoridades le están exigiendo al dueño que recupere los elementos que haya vendido hasta ahora). Lo que yo pretendo, a raíz de esta noticia, mejor o peor entendida por mi parte, es mencionar dos males de la arquitectura: el desprecio y la veneración.

miércoles, 24 de abril de 2024

Perspectiva histórica (y II)

El otro día, después de escribir eso tan bonito de que todos tenemos la opción de cambiar el futuro para mejor a base de modificar cualquier cosa del presente, se me ocurrieron varias objeciones que contradecían un propósito tan optimista.

A veces la relación causa-efecto no es la esperada.
Dibujo de Quino

Pensé que si por ejemplo alguien hubiera ayudado a Hitler a ser mejor pintor y con ello le hubiera llevado a centrarse en el arte y no interesarse por la política, probablemente las cosas habrían incluso empeorado. El ambiente quería nazismo, y en cualquier caso lo habría habido. Y probablemente otro líder del partido y de la cancillería con otra personalidad, menos disparatado, menos excitado y más frío y racional, habría escuchado a sus generales y habría dosificado sus fuerzas con mayor prudencia, por lo que podría haber soslayado el desastre de la ofensiva rusa e incluso haber ganado la guerra. ¿Y cómo estaría el mundo hoy?

miércoles, 3 de enero de 2024

Tintinismos y otras filias

A mis ilustres compañeros Francisco
Gómez de Tejada
y Jaume Prat, porque
saben y están en el bando correcto. 


Estamos rodeados por grupos irreconciliables, fanáticos y terribles: concebollistas y sincebollistas, colacaístas y nesquikistas, paellistas y arrozconcosistas, solotildistas y solonotildistas... Se pertenece a uno o a otro con pasión y fiereza fundamentalistas, y, naturalmente, no solo con exclusión absoluta del otro, sino con la convencida negación de que en el otro pueda haber escondida ni siquiera alguna remota virtud.

Nos encanta pertenecer a un bando y restregárselo por la cara a los del otro, con la firme convicción de que están equivocados. Eso nos refuerza más en nuestra verdad. Ya lo he dicho: es puro fundamentalismo.

Yo me reconozco concebollista (perdón, Pumares), colacaísta ("hace grumos"; "pues que los haga"), arrozconcosista (la auténtica paella valenciana está de muerte, pero por aquí le ponemos chorizo y ohlàlà ohmygod) y empecé siendo solotildista pero me estoy quitando poco a poco (y eso es raro, porque uno pertenece irreductiblemente a un bando hasta su muerte).

Pero también hay grupos más tolerantes y enfrentamientos más amistosos, o al menos menos cruentos. De entre estos casos se me ocurre como el más claro y nítido el de los tintinistas y los asteriquistas.

miércoles, 19 de julio de 2023

Arquitectura con clac (y 2)

Dedicado a Eduardo Almalé, detective infalible,
y a Enrique Parra, que se emocionó en el Panteón. 


Josep Quetglas, a modo de provocación, escribió que "solo los [arquitectos] torpes viajan a ver arquitectura". Vamos, que no entendía por qué ni para qué viajamos a tal fin. Señalaba que es una pérdida de tiempo, un gasto innecesario, una confesión de incapacidad o incluso de estulticia. ¿Es que acaso no sabemos leer un plano? ¿Es que no somos capaces de hacernos una perfecta construcción mental al estudiar plantas, alzados y secciones? Pues vaya una porquería de arquitectos que somos.

El texto de Quetglas sobre los viajes.
Impagable documento conseguido por Eduardo Almalé

Yo, como todos mis colegas, sí que sé hacerme una construcción mental de un edificio viendo sus planos; lo "entiendo"; pero "vivirlo" es otra cosa. Tengo que experimentarlo. Con los planos lo entiende mi cerebro, pero al visitarlo lo siente mi corazón(1)

Por ello, y lamentándolo mucho, me voy a limitar a comentar solo algunos de los (escasos) edificios en los que he estado(2).

¿Hay arquitectura que tenga un clac, una articulación, una clave, que dé sentido a su espacio y a su idea?, preguntaba el otro día. Y me respondía que sí.

sábado, 28 de enero de 2023

Joaquín Sorolla y Alvar Aalto

Lo siento: He escrito una entrada sobre Joaquín
Sorolla y Alvar Aalto y, tras darle un montón de
vueltas al título, solo me sale "Joaquín Sorolla y
Alvar Aalto". ¿Seré soso?


Este año se cumple el centenario de la muerte del pintor español Joaquín Sorolla, y también el centenario de cuando el arquitecto finlandés Alvar Aalto tenía 25 años. Ante semejante casualidad no me ha quedado otra opción que compararlos, y allá voy.

Joaquín Sorolla es un pintor perfecto, capaz de unos fantásticos dibujos que se deshacen bajo la fuerza del color, que a su vez construye la luz y es construido por ella. Si la palabra fotografía significa etimológicamente algo así como "dibujo hecho con luz" entonces Sorolla es un fantástico fotógrafo.

¿Hay alguien a quien no le guste Sorolla? Sus cuadros son un puro placer, una pura alegría de vida bullente. Es apasionante intentar seguir sus trazos rápidos y seguros, y ver con cuánto dominio capta la vida y su color.

martes, 19 de abril de 2022

Buenos días lo primero

Todos hemos tenido a alguien que nos lo ha dicho: nuestros padres, nuestra abuela paterna o nuestra tía Herminia. Entrábamos corriendo, urgidos por una novedad o un hallazgo, donde estaban reunidos nuestros familiares, lo proclamábamos con entusiasmo y en vez de pasmarse ante nuestros asertos nos recriminaban: "Buenos días lo primero". No entendíamos nada: Lo que estábamos contando era emocionante, importante, divertido, y nos cortaban para exigirnos que cerráramos el chorro y diéramos los buenos días. ¿A quiénes les podían importar los buenos días? No obstante, al parecer era obligatorio darlos.

Imaginaos a Hitler o a Rommel mandando callar al espía que traía los datos del lugar y el momento exactos en que se iba a producir el desembarco en Normandía y gritándole: "¡Buenos días lo primero!" Imaginaos al excitadísimo espía intentando pese a todo decir cuántas tropas, cuántos barcos y con qué armamento iban a desembarcar y a sus superiores arrestándolo e incluso mandándolo fusilar por cabezota e indisciplinado, y no haciéndole caso por no haber dado los buenos días. (¿Os imagináis?)

Pues con lo de Normandía es casi seguro que no ocurrió, pero con la arquitectura ocurrió, ocurre y seguirá ocurriendo. Nos hemos creído portadores de nuevos conceptos de espacio, de nuevas y mejores eficiencias, de mayor lógica constructiva y de más avanzado régimen de confort, pero nos obstinamos en proclamarlo sin dar los buenos días (o, mejor dicho, los damos de una manera muy rara) y nos mandan al cuarto de los ratones sin escuchar ni apreciar nuestra buena nueva.

Vamos a hacer una prueba. Proponédsela a vuestros amigos cultos pero no en arquitectura ni especialmente interesados en ella. Mostradles estas cuatro parejas de edificios y pedidles que elijan el que más les guste de cada una.




(Se pueden clicar para verlas más grandes)

Yo lo he hecho y los resultados son prácticamente unánimes: derecha, izquierda, izquierda e izquierda.

jueves, 3 de marzo de 2022

El inventor

Al arquitecto madrileño Alberto Feito



Una de las facetas de las que más orgulloso estaba Miguel Fisac era de la de inventor. Todos recordamos y celebramos sus vigas-hueso pretensadas, sus encofrados blandos y sus ladrillos con ceja.

Estos últimos los empleó, entre otros, en el edificio del CSIC, en la proa de las calles de Velázquez y de Joaquín Costa, en Madrid.

De ese edificio me parecen muy atractivas las dos entradas, una por cada calle, que atraviesan las respectivas alas y llegan al jardín central, permeándolo y haciéndolo fluir. Esas dobles columnas en V, que sustentan unas vigas con grandes voladizos, hacen levitar los acogedores techos de esos dos enormes zaguanes.

Pero lo más llamativo del CSIC son los citados ladrillos con ceja. En mi opinión son el invento perfecto en el sentido de que, como pasa muy a menudo con los arquitectos, esos seres zalameros y embaucadores, nace supuestamente para solucionar un problema técnico y constructivo pero su alcance final y su fin último son plásticos.

Me refiero a que la ceja fue diseñada para echar fuera el agua de lluvia y que no se filtrara por los tendeles, pero lo que logra por encima de eso es resaltar las líneas horizontales de la fábrica de ladrillo y hacerla temblar sacándola de su plano, casi como si fuera un tejado de tejas planas puesto de pie, o la piel escamosa de un pez o de un reptil.

¿De verdad es un problema muy grave y frecuente que el agua de lluvia se filtre por los tendeles de las fábricas de ladrillo? Y si lo es, ¿por qué ningún otro arquitecto ha usado la patente de Fisac? (Es posible que alguien lo haya hecho, pero yo no lo conozco. En todo caso deben de ser escasísimos).

(Esto me recuerda que para un arquitecto que adoptó los bloques de hormigón de Frank Lloyd Wright le cayó la del pulpo).

domingo, 22 de agosto de 2021

Friki, maniático y a lo mejor un poco tonto

(Entrada agosteña: Muy ligerita y vacacional).


Me gustan mucho muchos objetos relacionados con la arquitectura. Me gusta incluso, en la medida de lo posible, atesorarlos.

Ya os he contado alguna vez que colecciono sellos de arquitectura moderna, pero también me fascinan las monedas, las medallas y todo tipo de chorradillas no solo como objeto de conocimiento, sino más bien de veneración. [El síndrome del coleccionista está ampliamente descrito en la bibliografía psiquiátrica, pero ya he dicho que esta es una entrada vacacional y no quiero entrar en honduras].

Teniendo esta manía, cuando tengo una tarde tonta soy un peligro, porque me pongo a buscar por internet libros dedicados, pisapapeles, vitolas de puros... y siempre acaba cayendo algo. Menos mal que propendo a la tacañería y que esta expansión no supone una merma en los medios de supervivencia de mi familia.

Bueno, pues el otro día vi que la compañía de jabones Larkin, de Buffalo, NY, Estados Unidos, emitió una medalla en 1925 para conmemorar su 50º aniversario, y venía esta imagen de un ejemplar en venta:

El retrato del fundador de la empresa: El señor John D. [Durrant] Larkin, quien además de eso, y sobre todo, fue pionero en la venta por correo con entrega a domicilio, lo que la hizo crecer y prosperar muchísimo.

Lo que no venía de una forma inmediata era el reverso. Tuve que abrir dos o tres pestañas para verlo. ¿Y qué esperaba ver en esos segundos que tardé? Bueno, yo creo que a cualquier arquitecto le hablas de la fábrica Larkin en Buffalo y piensa en lo mismo: Frank Lloyd Wright.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Blanquear dinero

El cartero acaba de traerme estas acuarelas de Ekain Jiménez, amigo, arquitecto y dibujante-pintor.


Ekain Jiménez Valencia, Niu Yor, acuarelas

Pensando en hacer un regalo de Reyes Magos le pedí que me mostrara qué tenía por ahí disponible y que me dijera precios.

Me mandó algunas imágenes por WhatsApp y un enlace a su Instagram, y mi mujer y yo nos pasamos un rato diciendo: "Qué buena esta". "Mira esta otra". "Qué bonita esa".

Al final preseleccionamos unas cuantas, y en una segunda vuelta nos quedamos con dos: una para el regalo "externo" que teníamos pensado y otra para autorregalo nuestro.

Luego empezó la parte más difícil: Los precios. Ekain sabe lo que es vender dibujos y acuarelas; no es un novato en esto, pero le queda una especie de pudor de pedir dinero por algo que hace como un desahogo, como un capricho y con una facilidad pasmosa. (Algunos de sus dibujos son elaboradísimos y muy muy minuciosos, pero otros son un pis-pas). Y ya empezamos: "¿Cuánto te cobro?" "Es que no sé qué decirte". Etcétera.

(Ahí hay un momento delicado, entre el "pero si yo hago esto sin ninguna intención económica" y "una buena acuarela hay que valorarla; no es ninguna tontería". Y de ahí podríamos pasar a la posible situación incómoda de que finalmente me dijera un precio mucho mayor que cualquiera que yo hubiera previsto, y en un punto en el que ya no habría una marcha atrás cómoda. En definitiva, una negligencia por su parte; con lo fácil que es hacer una web y tenerla actualizada con las cosas que tienes y sus precios. Así podría mirar quien quisiera, sin compromiso alguno, y comprar lo que le apeteciera. Tengo más amigos arquitectos-artistas y todos son un poco así. Y mira que me ofrezco a ser su marchante y a tenerles trabajando a base de látigo y con unos precios bien claros, pero no hay manera. Entre que de lo que ya les va quedando más "bonito" se cansan para empezar nuevos caminos, que no se ponen a ello con constancia y que cuando tienen algo bueno no saben ni cuánto dinero pedir por ello no hago carrera de ellos. Es que son muy tontos).

lunes, 29 de junio de 2020

Simón y Garfúnkel

Me han recriminado en Twitter que escribiera Simón y Garfúnkel, con sendas tildes, tal como lo acabo de hacer aquí. Ya, ya sé que no las llevan. También sé (ahora) que sus apellidos se pronuncian algo así como Saimon and Gárfancol. Pero a mis catorce años eso no era así.

Las tildes en rojo son mías, claro.

A los catorce o quince años empezamos a hacer guateques en la casa de mi primo Carlos o en la de mi amigo Antonio, que eran formidables, porque ambas tenían unos cuartos separados, en el patio, que servían estupendamente para ese fin, con suficiente independencia y comodidad. (También los hacíamos en casa de Javier, de Alfredo y de algún otro, pero en esas era cuando no estaban sus respectivos padres).

Fumábamos, bebíamos algún que otro cubata excepcional entre las habituales mirindas, fantas y cocacolas, y, sobre todo, bailábamos con las chicas de la pandilla. (Bueno, en realidad lo que hacíamos casi siempre era recoger calabazas).

Para bailar agarrao las dos grandísimas (y larguísimas) canciones eran Mediterráneo, de Serrat y Puente sobre aguas turbulentas, de Simón y Garfúnkel. Eran dos elepés que estaban siempre. Bueno; tampoco teníamos tantos.

Muchos de los éxitos que escuchábamos eran de discos de los hermanos y primos mayores. Seguíamos bailando músicas de grupos que ya llevaban años separados. Las cosas antes iban más lentas y duraban más. No se pasaban de moda.

Teníamos algunos elepés y bastantes sínguels. Los elepés los poníamos por las canciones más famosas, y este de Bridge Over Troubled Water era tan solo para escuchar la canción que le daba título, que en aquella época de mi vida fue mi favorita y lo siguió siendo durante años.
Lo que pasaba es que a veces dejábamos correr el disco, y sobre todo cuando el disyoquei era curioso y traviesón (y ponía discos porque no ligaba nada) dejaba caer una canción de ese mismo álbum que se titulaba So long, Frank Lloyd Wright, que, según supimos, quería decir Hasta luego, Frank Lloyd Wright. Yo sabía quién era ese Frank Lloyd Wright porque mi primo (el que solía poner el local) tenía un libro de esos de Maravillas del Mundo, o así, que traía unos dibujos de la casa de la cascada, que nos parecía impresionante.

Esa canción de So long, Frank Lloyd Wright no nos gustaba mucho porque era un poco sosa, pero, sobre todo, porque era bastante corta, y para una vez que conseguías que una chica quisiera bailar contigo era una pena que la cosa se terminara tan pronto. Aunque por otra parte estaba bien, porque a algunas chicas les daba cosa decirte que sí en una canción larga y romántica, no te fueras a pensar (tú y los demás) que les gustabas o algo, pero con un azuquimosqui cortito y soso te decían que sí porque era como que comprometía menos. Se charlaba un poquito (apenas nada), se estaba el resto del tiempo en silencio y ya.

Podría decir que subliminalmente esa canción contribuyó a que yo con el tiempo fuera arquitecto. La verdad es que quedaba ya poco (un par de años) para escoger carrera y había que irlo pensando. Yo tenía más o menos claro que iba a ser ingeniero de telecomunicaciones, que no sabía bien en qué consistía: Bueno, sí, en trabajar en la Telefónica en un puesto bastante mejor que el de mi padre. Él estaba orgulloso de imaginárselo. Se me daban muy bien los estudios, era muy bueno en matemáticas y en física y parecía que podría hacer esa carrera. Bueno. De acuerdo. Además tenía fama de difícil y eso me daba como un aura anticipada de gloria y heroísmo: Iba a ser ingenierodetelecomunicaciones. (Se le llenaba a uno la boca incluso cuando no lo decía; solo de pensarlo).

lunes, 15 de junio de 2020

El abuelo

El otro día pusieron en TCM Eva al desnudo (All About Eve), una magnífica película de 1950 de Joseph L. Mankiewicz (ya van dos veces seguidas que hablo de él).

Lo comenté en Twitter junto con una amarga reflexión: Estas grandiosas obras de arte ya solo nos entusiasman a cuatro desubicados. A la chavalería no les dicen nada ni les interesan lo más mínimo.

Como decía Borges, se podrá mantener a salvo el manuscrito de una obra literaria, limpiar con mimo y conservar el lienzo de una pintura, restaurar un edificio, lo que se quiera, pero todas esas obras de arte habrán muerto definitivamente cuando no interesen a nadie.

(Así, por ejemplo, el Libro de Buen Amor (y no digamos el Poema de Gilgamesh) se estudia y se seguirá estudiando, y para los especialistas seguirá teniendo valores inmarcesibles, pero para la "gente normal", incluso para quienes amamos la lectura y la literatura, murió hace ya siglos, y todo lo que podemos saber de él es lo que nos metieron a la fuerza en el colegio (antes nos metían esas cosas en el colegio; ahora creo que ya ni eso). Pero, sin ningún género de dudas, ya no ilumina nuestras vidas, ni las alegra, ni las alecciona).
(Perdón por este inciso, pero es para decir que hablo de películas que ya solo son una pálida sombra en la vida de unos pocos seres perdidos).

Aparte de esa reflexión, dije que a mí la película me sigue emocionando, y que el hecho de que la actriz que interpreta a Eve Harrington (Anne Baxter) fuera nieta de Frank Lloyd Wright me da un punto extra.

Anne Baxter

Hubo gente que lo ignoraba y se sorprendió, y como este es un servicio público y no solo aspiro a divertiros, sino también a informaros, os lo cuento por si no lo sabíais.

Tras dos años de noviazgo, Frank Lloyd Wright se casó el día 1 de junio en 1889 con la señorita Catherine Lee Tobin. Él tenía diecinueve años (le faltaban solo siete días para cumplir veinte(1)) y ella dieciocho.

Al año siguiente nació su primer hijo, Lloyd, y después, muy seguidos, John, Catherine, David, Frances y Robert Llewellyn. Seis en total.

Pues bien, la tercera de sus hijos, Catherine, se casó con Kenneth Stuart Baxter, un muy importante ejecutivo de la Seagram's Distillery(2) y fue madre de Anne Baxter.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Las casas a la cara

Gracias a Miguel Barahona, a quien, naturalmente, le dedico esta entrada, acabo de descubrir(1) este dibujo:


y, sobre todo, la historia que hay detrás, que os voy a contar.

Pero antes que nada, por favor, clicad la imagen que acabo de poner para verla más grande, y examinadla con cuidado, que luego os la voy a tomar.

Lo primero que habréis visto (pero eso se aprecia ya en pequeño, y casi con los ojos cerrados) es que el dibujo es de Frank Lloyd Wright. Y lo segundo, ya fijándose, es que los nombres de los clientes son Liliane y E. J. Kaufmann.

Otra cosa que viene en ese dibujo es que la casa se iba a construir en Palm Springs, California (finalmente no se construyó), y otra que debéis saber y no viene, pero que ya os digo yo, es la fecha: 1951.

Hay aún otro detalle muy importante que sí aparece ahí, pero no os lo digo por ahora. A ver si lo descubrís. Es de alguna forma el quid de esta entrada, así que dejadme que me lo reserve para el final. (Pero mientras tanto dadle otro vistazo al dibujo).

Empecemos por los clientes: Los Kaufmann. Edgar Jonas Kaufmann era un empresario y filántropo judío. Un rico propietario de Grandes Almacenes en Pittsburg y en todo el oeste de Pensilvania. Estaba casado con su prima hermana Liliane Sarah Kaufmann, lo que, en principio, podría parecer una ventaja porque conservaba su apellido de soltera y así se ahorraba rehacer bordados y todo tipo de rótulos con su nombre. Pero lo malo es que en Pensilvania, su tierra, estaba prohibido casarse entre primos hermanos, y tuvieron que hacerlo en Nueva York. (Así que ya no traía tanta cuenta aquel ahorro en rotulación y tarjetería varia).

El matrimonio tuvo un hijo, Edgar junior.

De izquierda a derecha: Edgar J. Kaufmann Sr., Edgar J. Kaufmann Jr.
(sí: el hijo parece mayor que el padre) y Liliane Sarah Kaufmann.

Edgar Kaufmann senior admiraba a Frank Lloyd Wright, a quien había encargado diversos tanteos fallidos para Pittsburg, y también le había financiado su proyecto utópico de Broadacre City. Tenían tan buena relación personal y familiar que el niño, Edgar junior, estaba en la alegre comunidad de Taliesin haciéndose arquitecto.

Edgar J. Kaufmann, Sr., en su despacho de los Almacenes
Kaufmann de Pittsburg, decorado por Frank Lloyd Wright.

Así que era obvio que los papás le encargaran al viejo su casa de campo en una finca que tenían cerca de Pittsburg (a sesenta y tantas millas; una hora y media de viaje). El maestro les hizo la ya conocida chabola:


Casi nada.

No debieron de pasar allí malos fines de semana ni días de vacaciones, y si me permitís coger el rábano por las hojas, a mí siempre me ha parecido una señal (sí, seguro que la más tonta) de confort y vida agradable e idílica el hecho de que años después pudiera ser posible un libro tan sorprendente como este:


Elsie Henderson: La cocinera de Fallingwater.
El libro de sus recetas y sus memorias.
La fotografía de la señora con la tarta está sacada del propio libro, naturalmente.

Pero Pensilvania es un estado bastante frío en invierno (estaréis hartos de ver fotos de Fallingwater nevada y con la cascada hecha carámbanos), y además un matrimonio rico no tiene ni para empezar con solo una residencia para vacaciones y fines de semana, así que se hicieron otra casa en Palm Springs, California. Pero esta vez no se la encargaron a su querido arquitecto de cabecera, sino a Richard Neutra, a quien conocían precisamente de Taliesin por su hijo Edgar. Esto a Wright mucha gracia, lo que se dice mucha gracia, no le hizo.

Neutra era un arquitecto austriaco emigrado a Estados Unidos y establecido en California. Admiraba a Wright y le había hecho la correspondiente visita de rigor, e incluso había trabajado una temporada a sus órdenes.

El matrimonio Neutra en Taliesin: De izquierda a derecha, Wright,
Richard Neutra, Silvia Moser (con su hijo Lorentz), Kameki Tsuchiura (que
había colaborado en el Hotel Imperial de Tokio), Nobu Tsuchiura,
Werner Moser (tocando el violín) y Dione Neutra (tocando el violoncelo).

Richard Neutra les hizo esta casa a los Kaufmann:


No sé si ha habido clientes más afortunados con sus encargos arquitectónicos, ni más inteligentes para buscar arquitecto. (Sí, bueno, quizá los Médici). Vaya par de casas que se hicieron. Qué barbaridad.

lunes, 12 de agosto de 2019

Burnham siempre gana

UNO:
Daniel Burnham fue uno de los arquitectos pioneros de la "Escuela de Chicago". Con su socio Root (por allí los arquitectos iban por parejas, como las cerezas) construyó algunos de los primeros e incipientes rascacielos ¡de hasta doce o quince plantas de altura! en una época en la que aún no se sabía qué aspecto dar a aquel novísimo tipo de edificio.

Daniel Hudson Burnham (Chicago History Museum)

En todo caso, y con la espontaneidad, la torpeza y el entusiasmo propios de los estilos nacientes, supieron dar un aspecto novedoso a aquellos monstruos, cuyo mejor exponente podría ser el Reliance Building.

Se suponía que un rascacielos debía ser compositivamente como una columna, con basa, fuste y capitel, o como un palacio renacentista, con basamento más tosco, cuerpo más ligero y coronación cabezona. Sin embargo el Reliance se libraba (como podía) de esos sambenitos y buscaba la legítima expresión arquitectónica de lo que tenía que ser un rascacielos.

Burnham & Root, Reliance Building, Chicago

Sin órdenes clásicos, sin evocaciones historicistas y explorando una nueva línea de decoración, quería ser en todo una optimista expresión de su tiempo y una esperanzada evocación del futuro. Verdaderamente marcaba un camino a seguir.

Años después el propio Burnham traicionó todo eso y cayó entregado a los encantos de los órdenes clásicos y del academicismo, pero dejemos ese punto ahí por ahora.

lunes, 29 de abril de 2019

El noble valor de la arquitectura

En la antepenúltima entrada de este blog escribí sobre el dudoso valor de la arquitectura a raíz de que un amigo mío no encontrara demasiado consuelo espiritual en una magnífica iglesia.

El episodio quedó abierto: "¿Para qué sirve la arquitectura?"

Anuncié que continuaría y matizaría lo que allí dije, pero primero se me cruzó Peter Ensaimad y después el incendio de Notre-Dame, así que -de nuevo- me fui por los cerros de Úbeda. Continúo ahora lo que dejé pendiente, ya que estoy recibiendo un auténtico clamor de voces (es que ni una, tú) para que lo remate.

Lo primero (y tal vez lo único) que puedo decir al respecto es que no se le pueden pedir peras al olmo. No se le puede exigir a la arquitectura que resuelva los problemas de sus usuarios y que llegue más allá de donde puede llegar.

Por ejemplo, la casa Robie, del arquitecto Frank Lloyd Wright, siendo una de las mejores viviendas de la historia de la arquitectura, no pudo evitar que sus encargantes solo vivieran en ella poco más de un año, mientras atravesaban todo tipo de problemas económicos, personales y matrimoniales.

La arquitectura no pudo hacer nada para paliar esos problemas, ni siquiera para brindar algún apoyo o algún consuelo. ¿Para qué sirve entonces la arquitectura?

Los arquitectos queremos creer que la arquitectura sirve para vivir mejor, para trabajar mejor, para rezar mejor... Pero no es así.

Entonces, ¿para qué sirve la arquitectura?

Hace dos años y medio me operaron del colon, y, como podéis comprender, di y sigo dando muchísimo más valor a que el equipo médico fuera muy eficaz y competente que a que el hospital fuera arquitectónicamente interesante(1). ¿Para qué sirve la arquitectura?

Sí, vale. Ya sé: No se puede dar a elegir entre buen equipo médico con mala arquitectura y buena arquitectura con mal equipo médico. Es una falacia de primero de goebbelismo. Pero sí me atrevería a deciros (no me peguéis), que entre dos hospitales igualmente válidos y eficaces en los aspectos médicos, administrativos y de gestión, pero uno arquitectónicamente bueno y otro malo, la gente no distingue. Les da igual mientras les traten bien.

¿Para qué sirve la arquitectura?

Conozco de cerca y desde hace tiempo una residencia de ancianos provista de propíleos toscanos y de otras cuantas delicatessen arquitectónicas, y por otra parte hace poco he descubierto una de las más hermosas de las que tengo noticia.


En esta imagen doble las vemos. La de arriba es un edificio de planta rectangular, compacto, que ocupa una manzana entera. Es un concepto de edificación de alta densidad y concentración. Su esquema me parece correcto dentro de los de ese tipo.
Arquitectónicamente lo peor, a mi juicio, son todos los detalles que tiene para intentar quedar bien, para ser solemne e importante; para ser bella. Creo que no merece un comentario pormenorizado. Solo mencionaré el pórtico toscano de piezas prefabricadas de hormigón blanco y que los paños de ladrillo visto estén salpicados por doquier de pequeños rectángulos chapados de mampostería irregular que le dan no sé si pintoresquismo o un falso caché. En mi opinión todo eso está de alguna forma en el acervo común y en el desiderátum de los residentes y de sus familias.

La residencia de abajo, situada en Aldeamayor de San Martín (Valladolid), del arquitecto Óscar Miguel Ares, es todo lo contrario: Una construcción de baja densidad que busca espacios de intimidad para cada residente. Arquitectónicamente no necesita órdenes clásicos ni piedra postiza porque es buena, porque es como debe ser y no viene a cuento falsear nada ni pedir aplauso ni ostentar una representatividad ni una dignidad impostadas.

Sin embargo, hace poco he visto en la residencia de arriba un gesto insignificante, cotidiano, que me ha hecho saltar las lágrimas de emoción. Seguro que en la de abajo hay gestos similares. Seguro que en ambas el personal es formidable. Y seguro que la diferente calidad arquitectónica no le interesa a casi nadie. (Creo que soy la única persona de la zona que ha hecho alguna vez alguna observación sobre la no "maravillosidad" arquitectónica de la de arriba, ante la consabida incomprensión de todos los presentes).

¿Para qué sirve la arquitectura?

lunes, 22 de octubre de 2018

Oiza inconstitucional

Planteamiento:

Me sumo gozoso a la celebración del centenario de Oiza (1918-2000), arquitecto admirable por muchos motivos, y al que cada día voy descubriendo más y con más gozo.


Pero hoy aquí quiero hablar de su faceta como profesor y de cómo podía verlo y apreciarlo un alumno cualquiera, un alumno "del montón". Quiero escribir desde la perspectiva de ese alumno, que creo que no es tan lisonjera.

(Estoy seguro de que muchos dirán que fueron alumnos de Oiza, que lo celebran cada día y que no conocieron, ni siquiera conciben, a un profesor mejor. También lo entiendo perfectamente).

Empiezo diciendo que la carrera de arquitectura no es que sea para superdotados, ni muchísimo menos (la prueba es que hasta yo la superé), pero sí exige mucha dedicación y da mucha guerra. Es una carrera muy agobiante.

Cuando era alumno estaba enfrascado en mis estudios, loco por ir tachando una y otra asignatura, y otra, y otra más, e írmelas quitando de encima cuanto antes para acabar la carrera de una puñetera vez. (Supongo que me entendéis perfectamente). Hubo un largo tramo en mis estudios durante el cual me podrían haber dicho que Frank Lloyd Wright y Le Corbusier venían por la tarde a la escuela a pelearse en el barro ante el campo de rugby y yo me habría ido a casa a preparar una práctica de instalaciones que tenía para el día siguiente.

Con estas urgencias y esta saturación de tareas dejé pasar extraordinarias oportunidades de las que ahora me arrepiento mucho, pero cada día tiene su afán, y el mío en aquellos era ir aprobando las asignaturas.

Por ese motivo no disfruté de Oiza todo lo que podría haber disfrutado.

jueves, 4 de octubre de 2018

El faro y los calzoncillos (II)

En la entrada anterior ya vimos el primer premio del concurso. Antes de seguir hablando vamos a ver el segundo premio:


Concurso "Faro de Colón". Segundo premio. Sres. Nelson y Lynch. (Chicago).

Y el tercero:




Concurso "Faro de Colón". Tercer premio. Sres. Vaquero y Moya. (España).

A Joaquín Vaquero Palacios y a Luis Moya Blanco les dieron el tercer premio. Qué bien, ¿no? Pues no. En un concurso tan importante ser los terceros era mucho, pero ser los primeros era mejor; sobre todo cuando, a su juicio, los dos que les habían adelantado no cumplían las bases y había que descalificarlos.

Veamos: