En un famoso episodio de Los Simpson Marge le escribe una carta a Frank Gehry pidiéndole que diseñe un gran edificio para Springfield. El famoso arquitecto lee la carta con desinterés, la arruga y la tira al suelo. Pero cuando la ve hecha un burruño le gusta mucho su forma y decide hacer el proyecto que le piden.
No quiero cometer la ignominia hoy tan habitual de, sobre una historia inventada (en este caso el gag de los Simpson), cebarme a críticas y a vituperios con la víctima de tal tergiversación. Pero, en todo caso, esto nos hace pensar en qué es la arquitectura, cómo funciona, qué significa, para qué sirve y cómo sirve.
La vieja frase del arquitecto "post-art-nouveau" y "pre-moderno" Sullivan de que "la forma sigue a la función" ya está más que obsoleta, y nos sugiere un orden de lectura que ha perdido su categórica lucidez. La corregida por su discípulo, el "organicista" Wright, de que "la forma y la función son una" rompe esa secuencia temporal y lo hace todo simultáneo y, en cierto modo, esencial, místico y sublime. También está superada (o tal vez nunca fue cierta, o no tuvo validez más allá de su propia, personal, excelsa e intransferible -y exagerada y mentirosa- experiencia).
Ya, sí, vale: todo está superado, ¿pero entonces qué actitud podemos adoptar ahora? Sí me gustaría insistir en que Sullivan, cansado de la corriente de "la forma por la forma", del capricho injustificado de la forma para que luego la función se adapte como pueda, propone una secuencia de trabajo que encierra incluso una visión ética. Y Wright, por su parte, plantea una especie de mandala mágico y milagroso en el que forma y función se siguen y se preceden simultáneamente.
Parece obvio que el problema que digo se encuentra solo en la creación arquitectónica, en la generación del proyecto, pero no afecta en absoluto a la utilización, habitación, conocimiento, experiencia y disfrute de la arquitectura, donde siempre la forma precede a todo lo demás. Primero vemos el edificio, sentimos su forma, su color, su textura, y nos gusta o nos disgusta, nos atrae o nos repele; y ya después lo rodeamos, entramos en él, lo usamos y comprobamos qué tal se comporta.
Bien; una obra arquitectónica es un artefacto (¿sabiamente?) dispuesto para que lo apreciemos de esa manera, ¿pero qué proceso ha seguido quien lo ha concebido?
Tampoco podemos decir mucho al respecto, ya que cada cual es cada cual y tiene sus formas de pensamiento y de trabajo. Pero da la impresión, en general, de que en esta especie de momento post-post-post-moderno que vivimos hemos dado la vuelta completa al circuito y volvemos a empezar. Nos hemos propuesto que la broma de los Simpson sea cierta y que la forma vuelva a ser lo predominante, o, mejor dicho, lo primero en el orden de creación y pensamiento.
Por su parte, la experiencia nos confirma que la función no tiene mayor importancia en la determinación de la forma, ya que estamos acostumbrados a ver que un edificio de viviendas se convierte en oficinas, un convento en parador nacional, un cuartel en universidad o un ministerio en biblioteca sin mayor problema y sin que la función final se resienta. Al final parece ser que lo único que se necesita es un contenedor. Por lo tanto, que la función sabiamente calibrada sea la que determine la forma parece que no tiene mayor importancia.
Por otra parte, y para terminar de liar el asunto, yo (con Zevi, nada menos) estoy convencido de que la cualidad fundamental de la arquitectura es la espacial. La arquitectura es espacio. Cualquier persona práctica y sometida a una necesidad más o menos perentoria puede construir algo que satisfaga correctamente una función. Y cualquier persona con un prurito de notoriedad puede diseñar una forma más o menos llamativa o memorable. Pero la arquitectura (¿qué es la arquitectura?) de verdad (¿qué es la arquitectura de verdad?) es espacio (¿y qué es espacio?).
¿Esperabais algún tipo de conclusión o de idea más o menos lúcida? Lo siento. No soy capaz nada más que de preguntarme y bloquearme. ¿Qué es espacio? Espacio es volumen, sí, y sitio, también, pero es color, forma, temperatura, textura, sonido, humedad, confort, función, reverberación, luz, distancia, altura, curvatura, perspectiva... Todo. ¿Y en qué orden dispone todo eso una persona que pretenda crear arquitectura? ¿En qué orden lo piensa, o lo añade, o lo desecha? Ya, claro, para el listo-chulo de Wright todo es simultáneo, pero a los mortales en general no se nos aparece la Virgen, o al menos no cada semana.
(Como me he quedado con ganas de seguir mareando la perdiz para no llegar a nada, prometo continuar -más o menos- esta entrada con otra que voy a titular "Peregrina paloma imaginaria". El que avisa no es traidor).
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