miércoles, 4 de febrero de 2026

Dos dedos de frente

Arabia Saudita es un país que se caracteriza por tener todo el dinero del mundo. Todo lo que puedas imaginarte, pero multiplicado por el número que puedas imaginarte.

¿Emplean ese dinero para que sus habitantes vivan con comodidad y placer? ¡No! Lo emplean para, ya que están empezando a descubrir el fútbol, y parece que les puede gustar, fichar a Cristiano Ronaldo, o celebrar en su país la Supercopa de España [tal cual] y el Campeonato Mundial de Fútbol. Porque tienen todo el dinero del mundo para sobornar a quien haga falta y para celebrar lo que haga falta. Aunque en los campos de fútbol haya una temperatura de 60 ºC. Si es menester se celebra en diciembre, alterando todos los calendarios de competición de todos los participantes, y si hay que instalar un potentísimo aire acondicionado de exteriores se instala. Como las puertas de El Corte Inglés, pero a lo bestia.

El dinero es muy erótico, pues su omnipotencia da un placer indescriptible. El dinero es el verdadero dios, y todos los humanos, al parecer, tenemos que adorarlo. Todas las sociedades son fundamentalistas del dinero y hacen que esa religión sea obligatoria.

Por dinero le hacen a Rafael Nadal "embajador del tenis", y da igual que violen los derechos humanos, que ese cargo sea obsceno y que Nadal tenga ya suficiente dinero como para no tener ninguna necesidad de pasar por esa abyección. Nadie tiene nunca suficiente dinero, y por lo tanto Arabia Saudita puede hacer lo que quiera con quien quiera.

Cuando la omnipotencia se te mete entre los pliegues de la glándula pineal es como cuando las patatas Pringles hacen "pop": ya no hay stop. Ya se vuelve uno loco y puede hacer lo que se le pase por las meninges y por el higo.

Por ejemplo, una ciudad que sea un único edificio recto de 170 kilómetros de largo en el que vivan, trabajen y gocen un millón de personas (en otra fuente leo nueve millones). Ah, y todo eso en pleno desierto. Lo normal.

Pues sí: se les ocurrió eso: The Line (ذا لاين), una ciudad formada por un solo macroedificio (o macromacroestructura) de ciento setenta kilómetros de longitud, quinientos metros de altura y doscientos metros de anchura. Vale: lo que viene siendo un proyecto de ejecución grandecito.

(Hago la tontería de multiplicar las tres dimensiones para ver el volumen del prisma envolvente resultante y me salen diecisiete mil millones de metros cúbicos, o diecisiete kilómetros cúbicos, que, si os digo la verdad, no sé cuántos Bernabéus son).

Iba a arrancar en el Mar Rojo y a extenderse hacia el este, y se iba a ver desde el espacio. Pero, al parecer, lo único que sí se ve ahora claramente desde el espacio es la imbecilidad, la prepotencia y la locura de su promotor, el príncipe heredero Mohammed bin Salmán, a quien -los dioses me perdonen- yo me imagino como una especie de MegaFroilán pasadísimo de vueltas.

El prenda, líder del país más contaminante de La Tierra, se había propuesto diversificar los recursos y los negocios, y soñó con este truño rectilíneo como ciudad ecológica, sostenible, libre de emisiones, integrada en el entorno (Sacrebleu!) y peatonal (¿Cómorrr?). Tendría tres grandes niveles: uno superior peatonal, uno subterráneo de instalaciones y servicios y el otro para el transporte de alta velocidad.

Iba a costar quinientos mil millones de euros y sus obras iban a empezar en el primer trimestre de 2021 y a terminar en... no lo sé, pero en menos de dos años terminó porque aquello no había por dónde cogerlo, con cincuenta mil millones de dólares tirados a la basura. Qué despilfarro, qué salvajada.

El proyecto, que contaba con varios equipos de arquitectos, ingenieros, economistas y técnicos de todo tipo, estaba dirigido personalmente por el príncipe: un personaje al que no le gusta que le lleven la contraria ni le toquen el píloro, y que es de ejecución fácil, como corresponde al cargo que desempeña.

Dicen que en las múltiples reuniones solo hablaba él, cada vez más enfadado. Cambiaba de planes cada día, modificaba el proyecto a cada rato dando instrucciones contradictorias y echaba la culpa a todo el mundo por hacer lo que él les había ordenado que hicieran.

Quienes han contado estas cosas lo han hecho desde el más temeroso de los anonimatos, muertos de miedo por las posibles represalias del príncipe.

Un proyecto sin pies ni cabeza, que cualquiera con dos dedos de frente habría descartado en quince segundos, y sin embargo cuánta gente trabajando en ello, haciendo renders, animaciones, maquetas. ¿Acaso no sabían perfectamente que era un disparate? Pero, claro, si les pagaban por hacer el tonto, pues hacían el tonto. Arquitectura ética, urbanismo de servicio público. Qué hipócritas somos todos.

¿Si yo hubiera tenido el "privilegio" de participar en el proyecto diseñando, por ejemplo, viviendas tipo (perdón: células habitacionales), muy bien pagado, lo habría hecho? Creo que sí. Colegas, ¿qué habríais hecho?

Por dinero baila el perro (y por pan si se lo dan)

¿Este es el mundo? ¿Esta es la vida? ¿Estas son las reglas del juego? ¿Esto es lo que hay? ¿No hay dinero para mejorar la vida de la población aquí y ahora (educación, alimentación, sanidad...), pero sí lo hay para imaginar una mejoría milagrosa e hipotética tan azarosa basada en un disparate tan evidente? ¿En esto consiste el mundo: en el ego prepotente, impúdico y estúpido de unos y el servilismo cobarde y mentecato de todos los demás?

No lo sé. Se conoce que debe de ser así y yo cada vez entiendo menos.

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Ay, no puedo acabar así, con tanta desazón y tanta pena. Añado esto unos minutos después de haber dado la entrada por terminada y haberla publicado. Quiero acabar con buen sabor de boca:

Cuentan que estaba Diógenes comiendo un pobre plato de lentejas y le vio un colega muy exitoso, que se dirigió a él y le dijo:

-Si hubieras aprendido a adular al rey no tendrías que comer lentejas.

Y él le contestó:

-Si hubieras aprendido a comer lentejas no tendrías que adular al rey.

(Punto, set y partido. Gloria a Diógenes por siempre).

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