jueves, 29 de enero de 2026

Arquitectura de la maldad

Siempre, de una forma u otra, el poder necesita arquitectura, y siempre encuentra arquitectos que le sirvan y se la proporcionen.

Cuando el poder responde a la democracia, a la justicia y al progreso, sus arquitectos hacen un gran servicio a la sociedad, pero cuando es tiránico se lo hacen al tirano. No podría ser de otra manera. Y, desgraciadamente, siempre ha habido y hay arquitectos disponibles para ello.

Un arquitecto quiere hacer arquitectura, y cualquier cosa que le sea dado construir la hará encantado: por la fama, por el dinero, por el prestigio, por el ego, por la soberbia, por el vértigo, por la eternidad, por lo que sea, e incluso a veces por el miedo.

Un arquitecto antitaurino hará una plaza de toros, uno vegano un matadero, uno ateo una iglesia y uno ambiguo-conservador un monumento a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Lo que sea. Lo que le encarguen. Lo que pueda. Y siempre será (se dirá a sí mismo para justificarse) por la magnífica oportunidad de experimentar con un tipo arquitectónico, con un espacio, con una función, con una expresión plástica, con un emplazamiento, con lo que sea.

Hay excepciones que honran a quien las protagonizó, pero no son las más.

Estos días estamos asistiendo a uno de los ejemplos más abyectos de "propuesta arquitectónica-urbanística" y, por lo tanto, a uno de los más vergonzosos y asquerosos de arquitectura entregada, rendida, sórdida, repugnante, arrodillada con entusiasmo ante el poder tiránico y ante la pura maldad.

La salvajada consiste en que toda la tragedia del brutal genocidio de Gaza parece que tiene como última justificación hacer una especie de Marina D'Or para que la gente sin conciencia y sin una gota de humanidad pase allí sus vacaciones y se divierta. Es decir, exterminas a un pueblo, asesinas niños por bombas, frío y hambre para quedarte brutalmente con su tierra y hacer un negocio. Haces limpieza étnica suprimiendo al pueblo que te molesta y de paso montas un pelotazo lucrativo con el beneplácito de muchos. De muchos canallas.

Tienen la desfachatez, la desvergüenza, la insolencia de llamarlo New Gaza, y sus arquitectos, o decoradores, o generadores de imágenes aleatorias presentan esta preciosidad en el World Economic Forum:

¿Pero qué mierda es eso? ¿Pero qué bazofia es esa?

Si hubieran diseñado una arquitectura de calidad, el crimen no mejoraría por ello, pero es que, para colmo, han ido a diseñar certeramente con el estilo, la chulería, la prepotencia y la zafiedad más apropiadas para todo este fenómeno. Han hecho una especie de engendro como un subproducto de ínfima categoría de Hacen-Dada Hadid, o algo así.

Se puede hacer buena literatura, buena música, buena pintura o buena arquitectura con los peores sentimientos y la mayor maldad, pero es que en este caso, para colmo, lo han clavado. ¿Os imagináis ir allí a pasar unos días de relax y diversión sobre los cadáveres de los palestinos? Parece que el estilo arquitectónico es de lo más coherente con esa falta absoluta de humanidad y de decencia.

Peter de Wit. Premio anual a la mejor viñeta política de los Países Bajos.

Pero tampoco hay que echar toda la culpa a los arquitectos. No son más miserables que los demás. Los arquitectos hacen su trabajo para quien sea y para lo que sea, igual que los demás proveedores de cualquier tipo de bien o de servicio. No se tienen escrúpulos. No se tiene piedad. Todo es depravación y sordidez.

Tan solo, como esto es un blog principalmente de arquitectura, he traído este tema para decir que no se puede hacer crítica ni valoración de arquitectura con ello. Que esas imágenes ni siquiera pueden considerarse arquitectura, no solo porque aún no pasan de una mera ilustración sin fundamento alguno, sino porque eso no es un arte, una técnica, una búsqueda de forma, de función, una elaboración más o menos compleja y rica. No: Eso está eructado con la misma despreocupación con que se eructan bombas. Y está plasmado en ese panel con la intención de que resulte agradable; de que le resulte agradable no solo a quien no vaya a emplear ni dos segundos en pensar en términos arquitectónicos o de diseño, sino a quien no los vaya a perder en pensar en dignidad humana. No pueden ni sospechar qué es eso.

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