martes, 13 de enero de 2026

Contra el sentido común

Lo primero, permitidme un poco de autobombo: Hasta ahora mismo (13 de enero de 2026, 20:12 h), este blog ha sido visitado dos millones quinientas diecinueve mil trescientas cincuenta y tres veces.

Algo que yo no podía ni siquiera imaginarme cuando lo comencé hace quince años y medio. Algo verdaderamente inaudito y que me pasma.

Me di cuenta ayer y lo dije en las redes, y en seguida empecé a recibir felicitaciones. Los visitantes, tanto habituales como esporádicos, de este blog tienen una generosidad descomunal y me han dicho muchas cosas muy hermosas. Una de ellas, que sin duda es elogiosa, es que escribo sobre arquitectura de una manera bastante clara y sensata. Es decir: por una parte doy mis opiniones sin jeribeques estilísticos ni solemnidades huecas, y, por otra, lo hago con sentido común. Maldito sentido común.

Hace años (jamás te lo perdonaré, y tú sabes que eres tú) un amigo me dijo que yo era muy "adecuado", y me lo dijo como insulto. Incluso pronunció la palabra "adecuado" con burla, como "ñiñiñiñi". Soy sensato, y en los tiberios que los amigos formábamos después de los cafés, en los que él brillaba como un iconoclasta o como un anarquista, yo opinaba con mesura, exponiendo argumentos, pros y contras... hasta que un día él, harto de mí, explotó: "A ti lo que te pasa es que eres un hombre 'adecuado'" Ese tonito de voz no lo olvidaré. Esa ofensa la llevo grabada a fuego. Y encima lo repitió varias veces. "Adecuado". "Muy adecuado".

Me ha dado por pensar de nuevo en eso, aunque esta vez me lo hayan dicho como elogio, y creo que, lamentablemente, es así. Me reconozco. Menos mal que otros me han dicho que soy divertido y que se lo pasan muy bien leyéndome. Pero no quiero disimular mi dolor: Centrémonos en lo de sensato y lleno de sentido común. En definitiva, "adecuado".

En mi vida he conocido y sigo conociendo, de vez en cuando, a muy buenos arquitectos. Diría que los sé reconocer porque ninguno tiene ese carácter "adecuado" en el peor sentido de la palabra. (Estoy pensando ahora mismo en una arquitecta muy joven que hace cosas muy "inadecuadas" que me interesan muchísimo; y hay unas cuantas y unos cuantos más).

Yo siempre he tirado por el camino previsible. Sí, he sabido calcularme las estructuras, y he sido un profesional competente, que no es poco, pero siempre he pecado de adecuado. Incluso las escasísimas veces en que las circunstancias me han permitido sacar un poco los pies del tiesto, pensar fuera de la caja, no me he atrevido.

Los adecuados somos muy necesarios para que los trenes salgan a su hora, pero jamás inventaremos el tren. Yo a veces he tenido a mano inventar el más insignificante de los accesorios para el más insignificante de los trenes y he dejado pasar la oportunidad.

La gente adecuada no puede ser creativa, porque, como dice John Cleese, para ser creativo no hace falta ser especialmente inteligente, sino jugar, probar, no tener miedo, salirse de lo esperado y considerar las cosas con la virginidad y la ingenuidad (y la capacidad demoledora, explosiva y terrible) de un niño.

(Bueno, él también habla del humor, y sentido del humor sí tengo. Eso es lo que me salva).

Quiero aprovechar -porque creo que está muy relacionado con esto- para hablar de la gente que, sin saber nada de un tema y sin tener nada original o creativo que decir, se deja llevar exclusivamente por su "sentido común" para sentar cátedra y hacer valer sus sensatísimas opiniones de mierda. No hay campo del saber o del comportamiento humano del que no se atrevan a opinar con seguridad, porque para eso tienen sentido común. Pecan de adanismo, porque el sentido común es, además, o tal vez sobre todo, adanismo.

Quiero decir que a la gente que tiene "sentido común" no le importa que haya profesionales intentando resolver un problema durante años, reuniéndose en congresos, asistiendo o impartiendo cursos, tomando datos, recopilando experiencias... No. El bendecido por el sentido común, tras representarse el problema durante tres segundos escasos, es capaz de dar una solución obvia, evidente, que parece mentira que a tantos profesionales expertos no se les haya ocurrido.

Problemas escolares, abandono, conflictos en las aulas: "Aquí lo que hay que hacer es..." Alcoholismo: "Esto se soluciona con..." Política. Economía. Sanidad. Medicina. Mecánica. Construcción. Educación Sexual... "Te digo yo que si se hiciera..." "Ya en el Imperio Romano..." Es que ni les tiembla la voz ni se les queda el ala triste. Son infalibles. Y desprecian a cualquiera que, con muchísimo fundamento, intente hacer otra cosa. Y hasta le insultan.

El cuñadismo, la arturidad, son muestras palmarias de sentido común. Lo primero que hace el sentido común es despreciar los setecientos componentes de un problema y reducirlos solo al que más claramente se manifiesta (que a lo mejor ni siquiera es un componente real), y lo segundo es proponer la solución de ese único (y probablemente ficticio) componente con una acción fulgurante, decidida, sencillísima, cargada de una evidencia tan incontestable como una tabla de Flandes.

La gente que les lee o les escucha, y que tampoco conoce el problema del que se está hablando, y por lo tanto lo ve con esa inmediatez unidimensional y de monocomponente, no puede por menos que asentir. "Pues yo estoy muy de acuerdo con lo que dice este maestro de esgrima. Es que es justo eso lo que hay que hacer".

Lo mejor sería proponer: "¿Y si hacemos caso a quienes saben de esto?" O también, puestos a intentar decir algo personal: "¿Y si vemos ese problema desde este otro lado, a ver qué pasa? ¿Y si le damos una vueltecita a esta cuestión?" Desde luego sin tener ninguna certeza previa y solo con el afán de probar. (En esto también me reconozco a ratos, desde luego más en este blog que en el ejercicio de la arquitectura, y a menudo es lo que pretendo hacer aquí, en la medida de mis muy justas fuerzas y mis escasas lucideces).

Lo que cada vez tengo más claro (y ya digo que me reconozco culpable de sensatez) es que el sentido común es muy necesario en las rutinas y en las decisiones más o menos repetitivas y en las que se manejen pocas variables, pero en lo que más nos importa, como la arquitectura, la música o la misma vida, no sirve de gran cosa; o, mejor dicho, como dice Cleese, sirve para no arriesgar, para no experimentar, para no vivir, para perderse toda la complejidad y toda la creatividad, y para seguir cuñadeando, tener siempre razón y ser sacado a hombros cada tarde por la puerta pequeña, por la puerta más pequeña posible.

(Y, por favor, no me llaméis "sensato" aunque por desgracia lo sea. Llamadme rozagante, guapetón, ebúrneo, hermoso, simpático, dicharachero o mismamente astrolabio. Pero sensato no. Muchas gracias).

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