Borges señala(1) un fragmento de Jaimes Freyre que considera "poesía puramente verbal": es decir, pura forma sin significado:
que enardeces los últimos amores;
alma de luz, de música y de flores,
peregrina paloma imaginaria.
Umberto Eco analiza semánticamente la arquitectura y nos dice que en ese signo el significado es la función. Brillante análisis, que a mí me permite hacer un paralelismo entre lo que balbuceé el otro día sobre forma-función y lo que Borges explica sobre forma-significado.
Según esto, ¿cuántas peregrinas palomas imaginarias conocéis en la arquitectura? Muchísimas. ¿Y es eso bueno? Pues no lo sé, pero yo diría que no necesariamente.Yo soy un funcionalista convencido, y siempre espero que la función justifique la forma. Si no es así no me parece buena arquitectura, ni tampoco -por supuesto- ni siquiera una bella forma. Creo -casi por reducción ontológica, y desde luego por ética- que no puede ser bella si no funciona, que no puede ser "bella" si no es "buena". (Pero también reconozco que no soy buen lector de poesía porque siempre deseo el significado. Por eso me emocionan Jorge Manrique y Joan Margarit -por citar dos ejemplos supremos- mientras que otros "grandes" poetas me dejan frío).
De acuerdo: el significado (en arquitectura la función) da sentido y justifica el mensaje, el artefacto semántico. ¿Pero qué es el significado? Los desconstructivistas (a cuya cabeza semántica pongo a Peter Eisenman y a Jacques Derrida) se esmeraron mucho en decirnos que en pleno post-estructuralismo, el significado ya no era unívoco: lo que para mí significa una cosa para ti significa otra. Ya no tiene valor absoluto ni validez reconocida ni reconocible.
A mí este discurso siempre me ha sonado a excusa y a trampa para preparar el "todo vale" y, posteriormente, la "post-verdad" y las "fake-news". Volviendo una vez más a Mi estética es mi ética, de Fisac, entiendo que la belleza formal tiene que responder a un propósito, a un significado, a una función, que yo también considero ética, pero voy a dar dos ejemplos que contradicen lo que digo y dan la razón a Derrida y sus seguidores.
1.- El genial (y nada convincente) detective Auguste Lupin, de Edgar Allan Poe, basa sus éxitos en la observación precisa de los personajes y en la comprensión de su psicología, que le permite anticipar lo que van a hacer y también adivinar lo que están pensando. Tanto es así que, para explicarle su método a un amigo camina un buen rato con él en silencio, y después de muchos minutos le termina en voz alta la frase que el otro estaba empezando a formular en su pensamiento. Le explica que han pasado por tal sitio, han visto tal cosa, etc, y por lo tanto su amigo ha pensado esto, se ha preguntado aquello otro, ha deducido tal concepto, lo ha comparado con otro y finalmente se ha preguntado lo que él acaba de decirle. O sea, Lupin ha seguido segundo a segundo todo el pensamiento y todas las asociaciones que ha ido haciendo su compañero. Bien, pues todo eso sería el sueño húmedo de los estructuralistas, pero lamentablemente no es verdad. La mente no funciona así. Las asociaciones de ideas no son unívocas ni están justificadas siempre razonadamente. La línea lógica de nuestro pensamiento no es la única. Así, por lo tanto, los significados no son determinados por asociaciones obligatorias, sino que dependen de las connotaciones que cada uno haga, a menudo espontánea y descontroladamente. O sea, que sí que -en parte- los enunciados tienen significados ambiguos, diferentes para cada receptor. Y, del mismo modo, la función en arquitectura se presta a esa misma ambigüedad.
2.- Nos encargan un proyecto de cincuenta viviendas adosadas iguales (Ojalá). Pensamos cuidadosamente la función de cada espacio. En el salón disponemos claramente una zona para comer, inmediatamente comunicada con la cocina, con buena luz natural, y otra para ver la tele, que, por el contrario, carece de luz natural para evitar reflejos. Todo está muy bien pensado. Pero si volvemos por esas casas a los cinco años de estar habitadas, ¿cuántas formas distintas de amueblar el salón encontraremos? ¿Y cuántas tendrán un fundamento funcional compatible con el que se nos ocurrió como evidente y dispusimos con tanta intención? Nos quedaríamos boquiabiertos.
Por lo tanto sí parece obvio que la forma sigue a la función, pero no la encuentra y se pierde, y que el mensaje tiene significado, pero nadie lo entiende igual.
O sea que, peregrina paloma imaginaria, qué quieres que te diga.
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