He visto un vídeo en Facebook, pero no lo sé poner aquí, así que os lo contaré mientras muestro algunos pantallazos.
Se trata de la subasta que hace Sotheby's del cuadro Brown and Blacks in Red de Mark Rothko.
La sala está llena de gente, pero no es ya que nadie haga allí un Carygrant, sino que ni siquiera hacen un gesto de pujar. Estar allí parece muy aburrido. Todo se está cociendo en el borde de la sala, por teléfono. Varios empleados cuchichean telefónicamente cada uno con un cliente y se tapan la boca para que nadie les lea los labios hasta que acuerden una puja en firme, y entonces sí la pasan. Los asistentes están como meros espectadores, pero ni eso, porque no ven ni oyen nada, mientras que la subasta se está desarrollando entre cuatro o cinco millonarios que están en su yate, su club de golf o su jet, y que no pueden aparecer porque tan terrible sería identificarlos como perdedores de ese pulso de titanes como reconocer al vencedor. (Bueno, el vencedor quizá si se muestre a su debido tiempo).
Después de unas cuantas pujas, que ya se van ralentizando un poco, la cosa parece estabilizarse en 74 millones de dólares. El subastador repite una y otra vez esa cantidad, y ya la pelota solo sigue en juego para dos pujadores que permanecen agazapados al otro extremo de los teléfonos de dos empleados de la casa.
Pero la pelea se ha estancado y acaba adjudicándose por 74 millones de dólares. El texto al pie de este vídeo dice que se acabó vendiendo por 85,8 millones de dólares. Supongo que los 74 millones fueron el "golpe del martillo", al que hay que sumarle las comisiones de la subasta, que deben de ser del 16% para el comprador (lo que daría 85,84 millones que tal vez el pie de foto ha redondeado).
Hagamos un resumen: Suponiendo que Sotheby's le cobrara el 16% de comisión al comprador y algo menos al vendedor (que no sé las condiciones de subasta y tampoco me merece la pena ponerme a investigarlas) se ha llevado una pasta por el cuadrito, y habrá quedado más que satisfecha. En cuanto al vendedor, lo puso en subasta por 65 millones y lo ha acabado vendiendo por 74 (menos la comisión que le cobren a él, y que también se la iban a cobrar por los 65). Y el nuevo coleccionista ha pagado por el Rothko 85,8 millones, cantidad que debe de parecerle muy buena porque la ha fijado él. Es decir, todos contentos. Un gran éxito del arte moderno.
¿Y, dicho todo esto, nos importa ya algo Mark Rothko a estas alturas? Bueno, sí. Supongo que sí. No demasiado, pero un poco sí.
Marcus Rothkowitz, letón, judío, con una niñez dura y llena de miedo en su tierra natal, emigró a Estados Unidos con su madre a sus diez años de edad. (Su padre y alguno de sus hermanos mayores habían ido tres años antes). El padre falleció en seguida de cáncer, dejando a la familia desamparada, y el niño Marcus (Mark) tuvo que vender periódicos por la calle.
Podemos sumergirnos en sus cuadros y meditar sobre su intrínseca tristeza y su lucidez. Podemos casi verlos respirar. Podemos ver al joven autodidacto pintando para buscar algo, para intentar encontrar una forma de ser-en-el-mundo. Podemos pensar muchas cosas, pero para qué. Qué sentido tienen todas estas disquisiciones morbosas ante setenta y cuatro (ochenta y cinco con ocho) millones de dólares.
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Ya lo he dicho más veces, y lo repito una vez más. No descansaré hasta que en los libros de Historia del Arte no se diga, al lado de cada obra, su precio, o, si no ha sido vendida ni está en venta, su estimación. (Al menos, que se diga en cuánto está asegurada). Eso es lo que de verdad nos interesa y lo que de verdad les da valor, importancia y peso semántico y artístico a las obras.
El arte es algo intangible y escurridizo, y hablar y discutir sobre él es desasosegador. Por eso nos encanta que un cuadro valga $85.800.000: porque eso sí es sólido, firme, respetable, formal y decente.
¿Quién se gasta ochenta y cinco millones ochocientos mil dólares en un cuadro? ¿Un amante del arte? Sí, seguramente. Pero, sobre todo, un amante del dinero. En esta pecuniolatría en que vivimos, a alguien que tiene todo ese dinero para una sola operación lo que más le interesa es que no le tomen el pelo, que no le hagan gastárselo en una promesa que se desinfle a los cuatro días. Se lo gasta en la obra de un consagrado. Eso es una inversión. Si además le gusta el cuadro, lo puede tener en uno de sus salones, y, si no le gusta, en una caja fuerte. Eso tiene menor importancia. Lo que más importa es que, por una convención social, una ficción, una casualidad o lo que sea, ese Mark Rothko es un dios y las cotizaciones de sus obras no van a bajar.
Yo creo objetivamente que la obra de Mark Rothko es buena, y que tiene muchos motivos para emocionarme y atravesarme. Pero también sé que me emociona y me atraviesa la obra de mi hermana, la de Ekain, la de Antonio Esteban y la de algún pintor "callejero", que no han tenido la suerte de que les toque la lotería de que alguien con influencia y poder suficiente se fijara en ellos. Así es la vida, desde el primer espermatozoide. Todo es aleatorio y azaroso. Y nosotros seguimos viviendo aceptando estas reglas del juego y jugando a lo que salga. ¿Y el arte? Pues eso: entre ochenta y tantos millones y ochenta y tantos dólares. Qué más da. Esa es otra historia.



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