martes, 2 de junio de 2026

Todo cuanto te rodea

Tras darse un garbeo por la Feria de Nuestra Señora de la Salud el pasado viernes 29 de mayo, discutiendo probablemente de metafísica, y a lo mejor probando algún producto típico de la tierra, fermentado o destilado, que les ha debido sentar mal, tres jóvenes se han subido a sendas columnas y han orinado ante y hacia la Puerta del Perdón de la mezquita de Córdoba.

Lo primero que se me ocurre es que su situación fenomenológica no les ha impedido trepar ahí, cosa que me parece dificilísima, ni, lo que aún me parece mucho más meritorio, bajarse los pantalones (uno de ellos, según vemos, solo se ha bajado la bragueta) y encontrarse el elemento (aunque también parece que solo se lo ha encontrado el de la bragueta, obviamente el más hábil, centrado y ecuánime; según se ve, los otros dos han dejado fluir la cosa como saliera).

Los tres metafísicos y la mezquita

Uno piensa, emocionado, que ambas cosas son puro patrimonio de la humanidad, pura base y estructura de toda nuestra existencia: por una parte una mezquita asombrosa, construida en 786 por Abderramán I y ampliada sucesivamente, y por otra la alegría desatada de la juventud. ¡Ay, juventud, divino tesoro! ¡Qué chisposos los muchachos!

Quiero decir: Tenemos ante nosotros, alrededor de nosotros, el mundo, que es el resultado de muchas personas, acciones, circunstancias que pasaron por él antes que nosotros, y que nos dejaron lo bueno y lo malo que constituye nuestro entorno y nuestro ambiente. Tenemos la mezquita de Córdoba, el kitsch, las Meninas, la Planta de Reposamiento Nuclear de Mayak (considerada el lugar más tóxico del mundo), La isla del tesoro, el edificio Intempo, el West End Blues, el surströmming, la Piedad Rondanini, las figuras de Lladró... TODO. Y ante ello nos sentimos dueños, o al menos usufructuarios ansiosos de experiencias. Como dicen los versos de Serrat, "Que todo cuanto te rodea lo han puesto para ti. No lo mires desde la ventana y siéntate al festín".

Esa canción es muy optimista y está llena de alegría, pero el ingenuo autor y los no menos ingenuos de la mayoría de sus oyentes nos creemos que es una invitación a disfrutar sanamente de todas las maravillas del mundo, y entendemos que disfrutarlas es algo que se debe hacer sin estropearlas, e incluso, si podemos, mejorándolas en lo que esté en nuestra mano. Pero hay otra forma de leer esa letra: "Si me gusta esa chica la violo. Si me gusta ese objeto mato a su dueño y lo robo. Si me divierto rompiendo aquello lo rompo". No es que quiera yo hacer responsable al cantautor catalán de semejante incitación al crimen, pero verdaderamente es una posible lectura de su letra.

Todo se basa en qué vale más: ¿La mezquita de Córdoba o mis caprichos? Es un desenfreno de egoísmo y de individualismo, donde lo único que importa en el universo entero soy yo, son mis apetencias. Solo cuento yo, y si mi entorno lleva milenios dándome una mezquita, una escultura, una plaza, un jardín, ha habido cientos o miles de personas trabajando y enriqueciendo el mundo solo para que yo me lo pase bien. Y si mi forma de pasármelo bien es rompiendo o estropeando todo, o incluso destruyéndolo, pues lo hago. Tengo derecho. Es más, solo tengo derechos, y los tengo todos, porque soy el niño más bonito de la galaxia.

Saltando de Serrat a Unamuno, este escribe en Del sentimiento trágico de la vida:

"¡Yo, yo, yo, siempre yo! -dirá algún lector-; y ¿quién eres tú?" Podría aquí contestarle con Obermann, con el enorme hombre Obermann: "para el universo nada, para mí todo"; pero no,

Lo dejo ahí, con ese "pero no", que va a dar un nuevo enfoque al asunto. Y ese enfoque, tal y como yo lo resumo muy toscamente, es que el sentimiento trágico es personal (y en mi opinión expresionista; ya lo he escrito más veces), pero el "pero no" es la exigencia kantiana de que los demás, el prójimo (y yo diría nuestro entorno y nuestro hogar) no es el medio, sino el fin. Comprender esto sería superar la tragedia (y el expresionismo) y alcanzar la paz e incluso, quién pudiera, la felicidad.

Y de esta forma tan tonta os he dicho que el patrimonio, su conservación, su aprecio, su respeto, es, como nuestro prójimo, la felicidad y la superación de la tragedia de nuestra vida.

Y como creo que esa idea me ha quedado bien y yo me he quedado muy a gusto soltándola, lo dejamos aquí.

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