Mostrando entradas con la etiqueta Billy Wilder. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Billy Wilder. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de marzo de 2025

Trampantojo

El otro día llovía en Aranjuez, y mi mujer y yo, caminando bajo el paraguas, charlábamos. Mientras lo hacíamos, yo miraba distraídamente al frente, pero poco a poco me sentí extraño. Noté que algo no cuadraba en lo que estaba viendo y me costó un rato entender qué era. Me quedé parado, sin cruzar la calle, mirando un balcón que he visto mil veces.

Ese balcón... ¿Qué le pasaba a ese balcón?

miércoles, 24 de julio de 2024

Nadie es perfecto

No me gusta destripar los finales de las películas, pero si aún no habéis visto esta no tenéis perdón.

Billy Wilder e I. A. L. Diamond sabían que estaban escribiendo un guion brillante y divertidísimo. Tan seguros estaban de ello que en  la escena en la que Daphne (Jack Lemmon) le cuenta a Josephine (Tony Curtis) que el millonario Osgood Fielding III (Joe E. Brown) le ha pedido que se case con él introdujeron acotaciones indicando que tocara unas maracas después de cada descacharrante frase, para darle tiempo al público de reír sin tapar la siguiente réplica.

miércoles, 12 de julio de 2023

Arquitectura con clac (1)

En algunas obras "narrativas" (cine, novela, teatro...) hay un clac que articula la historia, un chispazo que o bien le da un giro a todo o bien lo hace avanzar definitivamente hacia la resolución. Es un clac lúcido, en el que el lector o espectador es sacudido por una sorpresa o por un relámpago de lucidez que de pronto lo explica todo.

(A veces este ya lo sabe, y ese clac a quien sacude es a uno de los personajes, que entonces reacciona de una forma que desencadena toda la trama).

Pongo algunos ejemplos: Empiezo por el que creo que es uno de los planos más prodigiosos de la historia del cine, en el que salta un clac gigantesco.

Se trata de El Apartamento, de Billy Wilder. El protagonista, C.C. "Bud" Baxter, asciende en su empresa (una compañía de seguros), pero no por trabajar mucho y eficientemente, como hace y merece, sino por un motivo vergonzante. Sea como sea lo consigue. Entra en el Olimpo de los directivos, y para celebrarlo se compra un sombrero hongo muy elegante. En seguida se lo muestra muy satisfecho a la ascensorista de la empresa, Fran Kubelik, de la que está secretamente enamorado. Ella se lo ladea un poco y le presta su espejito para que vea el efecto, y lo que él ve es que el espejo está roto.

martes, 2 de mayo de 2023

La fascinación

He visto en Facebook esta foto de aquí debajo con la leyenda: "Mujeres recolectando agua a millas de distancia durante los largos veranos de Adyar, India", y me ha impresionado. Me ha fascinado.

He imaginado la larga caminata portando todos esos recipientes en equilibrio y me ha conmovido el tesón, el esfuerzo y la habilidad de esas mujeres. Además la foto me ha parecido muy bella.

Por todo ello he corrido a ponerla en mi muro, tan contento, con muchas ganas de que mucha gente compartiera mi fascinación.

En seguida uno me ha comentado la foto con una sola palabra: "Photoshop". (Menos mal que ha sido solo una, y no ha añadido "Tonto"). He mirado con un poco (muy poco) de atención y en efecto, hay solo dos vasijas distintas, que están apiladas sobre las cabezas de las tres mujeres siguiendo siempre el mismo patrón: A-B-A-B-A-B...

La manipulación es evidente, y no puede ser más burda. Si no me di cuenta fue porque no examiné la foto, porque en ningún momento dudé de ella (con todo lo que estamos viendo, que no hay día que no nos traguemos una o dos dobladas); porque no se trataba de examinarla, sino de rendirse a su encanto y a su poder de sugerencia. (Visto ahora con un poquito de sensatez, esa foto no tiene ningún sentido, pero yo no he tenido ni ese poquito de sensatez: me la he tragado porque soy así de pánfilo y de inocentón, y porque estoy deseando tragármelas una detrás de otra, y no escarmiento).

viernes, 22 de junio de 2018

Lo que un arquitecto podría aprender de Jack Lemmon

A Manuel Pina (Mapila), uno de los pocos sabios que he conocido, y a
Luis Ángel Martín Merino, buen amigo gracias a quien -me acabo de
enterar- soy "segundo culo" de James Stewart, uno de mis ídolos.
Ah, claro, y también a Emilio. Porque si escribo esta entrada y no se la
dedico sería para matarme.




Hoy he vuelto a discutir con mis amigos Manuel y Luis Ángel porque, como de costumbre, me han venido ponderando un edificio que les parecía muy hermoso y yo, como de costumbre, les he ladrado sin motivo.

Como ya no sé cómo contestarles ni qué argumentarles, hoy les he contado lo de Jack Lemmon, y, como de costumbre, tampoco ha servido de nada. Bueno, de algo sí ha servido: Nos hemos puesto a hablar de actores y Luis me ha dicho que un conocido suyo posee el Mercedes de James Stewart, y que él ha tenido el honor de pasearse en ese coche, lo que me ha dejado muy contento, porque recuerdo perfectamente que en una ocasión acabé sentándome en una silla que acababa de dejar libre, y eso me hace "segundo culo" de mi admiradísimo actor(*).

Lo que les he contado (y ya digo que no me ha valido; espero que con vosotros sí) es que Jack Lemmon era un actor de variedades y de vodevil, un todoterreno acostumbrado a contar chistes mientras la vedette se cambiaba de ropa para el próximo número, a hacer imitaciones, a cantar, a ser abucheado, a manifestar entusiasmo perpetuo y a hacer reír.


Hay que ser muy simpático y muy gracioso para tener entretenidos a unos hombres que lo único que quieren es que vuelva a salir la chica, y con menos ropa que antes. Y Jack siempre lo fue: Muy dispuesto, muy explosivo, muy histriónico, muy clown.

Era tan bueno que muy pronto actuó en Broadway. Y era tan bueno que George Cukor se fijó en él y lo contrató para la película It should happen to you (La rubia fenómeno).

En el teatro (y no digamos en las salas de fiestas, cabarets, etc) hay que exagerar mucho. El público está lejos, no te presta atención, hay bullicio... El actor cómico tiene que contar los chistes al estilo de los bares, a voces, con muchos gestos y entonando exageradamente como avisando de que "atención ahora, que viene lo bueno", y el actor trágico tiene que bramar, rasgarse las vestiduras, llevarse el antebrazo a la frente, indignarse mucho y acampanar la voz. Es el estilo propio del teatro, sobre todo del de mucho follón.
El contraste con el cine es tremendo, como dejó claramente expuesto Fernando Fernán Gómez en su película El viaje a ninguna parte.


Pues con Jack Lemmon fue exactamente así, pero George Cukor era bastante más paciente que el personaje de José María Caffarel.
La primera escena que le tocó rodar a Jack Lemmon era especialmente difícil, con mucha acción y muchos movimientos de cámara. Terminada la primera toma, Cukor le dijo(**):
-¡Fantástico! Ha estado usted muy bien, míster Lemmon. Pero vamos a repetirla. ¿Podría usted esta vez actuar un poco, solo un poco menos?
Lemmon asintió. Hicieron una segunda toma y de nuevo:
-¡Fantástico! ¡Realmente extraordinario! Pero permítame que se lo ruegue de nuevo: Un poquito menos. Actúe usted un poquito menos.
Hicieron la tercera toma y otra vez:
-Ha estado estupendo. De verdad. Tiene usted una gran carrera ante sí. Se lo digo en serio. Pero, por favor, si es posible actúe usted un poco menos.
Y así doce veces. Doce. Y Cukor seguía exquisito, alabando siempre a Lemmon. Cuando iban a empezar la toma decimotercera el novato le dijo al director:
-Okay, míster Cukor. Pero si seguimos así, pronto no actuaré en absoluto.
-¡Bravo! ¡Ya está usted cogiendo la idea!

domingo, 14 de junio de 2015

Diez películas que todo arquitecto debería ver

He visto estos días un artículo titulado "Las 23 películas que todo arquitecto debe ver" y otro titulado "10 películas que todo estudiante de arquitectura tiene que ver". Ante las dos listas he pensado lo mismo: "Menudo rollo". Yo no sería capaz de verlas todas. Me aburriría bastante.
Hay alguna que he visto y me ha gustado, pero no me atrevería a meterme entre pecho y espalda tanto documental encomiástico y monotemático. Si un arquitecto o un estudiante de arquitectura, además de la desgracia que ya lleva encima tiene que castigarse con estos filmes apañado va. Pobrecillo.
Fiel al lema de este blog, "quien sólo sabe de arquitectura no sabe de nada, ni siquiera de arquitectura", no me parece bien que los arquitectos tengamos que ver películas sólo de arquitectura y para arquitectos, leer libros sólo de arquitectura y para arquitectos, contar chistes sólo de arquitectura y para arquitectos, tener sólo amigos arquitectos y, en definitiva, no salir jamás del opresivo círculo de la arquitectura.
Por eso, yo me atrevo a proponer diez películas que creo que todo arquitecto (y todo médico, y todo sexador de pollos) debería ver. Es decir: "Diez películas que todo ser humano debería ver".
Por supuesto que todo ser humano debería ver cientos, miles de películas. Yo aquí le propongo diez que creo que no debería perderse, pero no quiero decir que estas sean las diez mejores de la historia. En otro momento podrían salir otras diez, y en otro, otras diez. Y así. De lo que sí estoy seguro es de que estas diez merecen ser vistas. Hay que verlas.
Todas son muy famosas, y seguro que ya las habéis visto. Pero si os faltan una o dos id corriendo a verlas, y si habéis visto alguna hace mucho y la tenéis borrosa, vedla otra vez.
En todo caso, no titulo esta entrada: "Las diez...", lo que parecería afirmar rotundamente que tienen que ser éstas y sólo éstas. Lo dejo en "Diez...", que significa diez entre miles. Tampoco digo: "debe ver" ni "tiene que ver", como en los dos ejemplos que he señalado al principio, sino "debería ver", que lo deja en un condicional posibilista o tal vez sólo posible. (Y en todo caso tímido).

Con mi amigo Emilio llevo hablando de cine desde que nos conocimos en la ETSAM, hace treinta y ocho años. Tenemos gustos parecidos o, por lo menos, compatibles. Durante años estuvimos pensando seriamente en escribir un guión para un corto. Pasamos mucho tiempo trabajando febrilmente de esta guisa:
-Tenemos que hacer un guión para un corto.
-Sí.
-Sobre una boda. La ceremonia, la salida de la iglesia, los invitados y el banquete.
-El banquete.
-Sí. Sobre todo el banquete.
-Tenemos que hacerlo.
-Sí.
Ese diálogo se repitió muy a menudo, pero no pasaba de ahí. No obstante, en nuestra conciencia queda la idea de que casi estuvimos a punto de escribir un guión para un corto. Sobre un banquete de boda. (Bueno, sobre una boda, pero haciendo hincapié en el banquete). Y, eso sí, de lo que estamos seguros es de que habría sido un corto buenísimo. Los dos sentimos mucho que la humanidad se lo haya perdido. Aunque todavía hay tiempo.
-Tenemos que hacer un guión para un corto.
-Sí.
Aparte de este frustrado guión (la industria del cine es muy difícil; nadie te abre puertas, sobre todo si sólo tienes hecho lo que digo), hemos pasado muchas horas hablando de cine.
Por eso, y porque me fío muchísimo de él, le he pedido que escoja diez películas según lo que estoy diciendo: Que no esté angustiado dándole vueltas, sufriendo por si se queda fuera alguna magnífica película (se tienen que quedar miles). Que no sea su lista definitiva de las diez que más le gustan. No. Sólo una lista de diez maravillosas películas.

Al cabo de unos días (se lo ha pensado bien) me ha mandado la lista, y resulta que sibilinamente ha buscado películas que sí son de arquitectura (leches). No obstante, son diez películas que todo ser humano debería ver. En cada una os transcribo entre comillas lo que me ha escrito Emilio (no se puede ser más lacónico, y encima se despide diciéndome que le ha quedado muy largo) y luego digo alguna cosilla, pero poco, porque sí que queda largo para el blog.
Me las ha dado en este orden, que creo que no implica calidad, sino que había que ponerlas en alguno.

1.- El apartamento. (The Apartment, 1960. Dir. Billy Wilder).
Me dice Emilio: "Obvio, ¿no? Y además te lo dije". Sí: Fue la única película que me dijo a bote pronto cuando le propuse esto. Pero ahora no me dice más.
Comentaré muy brevemente que esta es aparentemente una comedia, pero una de esas comedias con muy mala leche. (Recordad que Billy Wilder tenía cuchillas de afeitar en el cerebro). En realidad es un drama romántico, que habla de un pobre hombre cuya mayor pobreza consiste en someterse para medrar, como hacemos todos de una forma u otra. Hasta que se harta de ser tan miserable y se convierte en "todo un hombre".
Arquitectónicamente resalto el espacio de la oficina, sabiamente creado por el decorador Alexandre Trauner, que partió de un espacio realmente grande, pero él lo hizo inmenso a base de ir disminuyendo el tamaño de los muebles según iban formando las filas, creando así una falsa perspectiva forzada -también con el techo- muy agorafóbica, que subraya el peso insignificante del individuo en la gran compañía.
En cuanto a ser soltero y disponer de apartamento, parece la esencia de la libertad, pero aquí no es así.


sábado, 11 de abril de 2015

Adversarios y socios (ante esqueletos de dinosaurio)

Uno de mis escritores favoritos (y de muchísima gente) es Raymond Carver. Es un cuentista estadounidense muy en la tradición de allí. Al menos a mí su aliento me trae un aroma lejano a Hemingway, Faulkner, Dos Passos, Scott Fitzgerald... y mucho más cercano a McCullers, Capote, Cheever...
Pero, a mi juicio, ese aroma es llevado a la máxima evocación e intensidad por Carver. Me parece extraordinario.


Carver no cuenta historias redondas, como tampoco lo hacen sus compañeros de oficio y de "escuela". Él va más allá y ni siquiera cuenta historias. Pero crea un ambiente, una sensación, un aire que nos hace entender y vivir esas vidas que nos muestra. Podemos no ser alcohólicos, y de repente en una página no es que entendamos al personaje alcohólico, es que entramos en él y somos él. Podemos ser solteros, o estar feliz y apaciblemente casados, y sin embargo una secuencia de párrafos o de frases sueltas nos hace sentir la soledad, el rencor o el fracaso de un divorciado que sigue amando a su ex mujer y que, sencillamente, tiene que contarle una cosa importante pero ya sabemos que no se la va a contar.
¿Cómo logra Carver llevarnos a esa desolación, a esa poesía tierna y levemente sórdida? Pues con sus armas: con las palabras. Sus palabras desnudas, cínicas y al mismo tiempo tiernas nos emocionan de una manera inigualable ante la más anodina de las historias. Ni siquiera son historias: Son fragmentos, son perspectivas deshilachadas e inconexas. Son situaciones que no entendemos cómo han llegado hasta aquí ni cómo van a desarrollarse después, pero que, en el breve fragmento al que nos asomamos como testigos, nos tocan y nos transforman.
Y, sin embargo, ahora sabemos que ese laconismo literario, esa precisión de picapedrero, no eran cualidades suyas, sino de su editor.
En este artículo Francisco Corrales nos cuenta que, por poner sólo un ejemplo, la frase "John subía la escalera camino de su habitación", que muestra en su desnudez y en su simplicidad cuánto nos gusta Carver, podría haber sido "John ascendía con paso firme sobre el esqueleto de madera de un dinosaurio cuyo lomo barnizado comunicaba el hermoso salón con el cuarto del sueño donde una reparadora cama acunaría su exhausto corazón" si el editor Gordon Lish no lo hubiera evitado.
Tenemos al editor como enemigo necesario del escritor, como terapeuta o como "torturador".
-Por favor, Gordon, no me taches lo del esqueleto del dinosaurio. Es un hallazgo fantástico.
-Es una mierda, Raymond, y lo sabes. Fuera.
Y el esqueleto iba fuera, y se iba creando la literatura más fascinante de los últimos tiempos.
Es curioso, porque Lish le tachaba a Carver, pero él era incapaz de escribir nada bueno. Necesitaba al verborreico Carver para, quitándole la verborrea, hacer algo tan grande y tan extraordinariamente bueno.

Todo esto lo sabemos porque un escritor tan excepcional, que vivió tan poco tiempo y escribió tan poco, nos dejó a todos con la miel en los labios y con ganas de más. Tras su muerte sus allegados revolvieron sus cajones y dieron a la imprenta toda la basura que encontraron.
Entre otros "tesoros" se publicó Principiantes, que es la versión previa, palabrera y poco equilibrada de De qué hablamos cuando hablamos de amor, que es la obra maestra depurada por Lish. (Por los títulos respectivos parecería lo contrario). Ahí podemos ver la fecunda labor de poda y de siega del editor.

Uno de los mayores crímenes de la historia del cine es el que los productores perpetraron contra El Cuarto Mandamiento (Los Magníficos Amberson) de Orson Welles.


Los productores metieron mano vilmente a la película, le quitaron cuarenta y cinco minutos centrales, donde está el cogollo de toda la trama, y filmaron una secuencia final sin contar con Welles, resolviendo la historia como les dio la gana.
Con todo, la película les quedó con 131 minutos, y tras los horribles fracasos de los pases previos se redujo a 88 minutos.
El resultado es un mejunje mutilado que no cuenta casi nada de lo esencial y desde luego nada de lo anecdótico o complementario.
Vamos: El resultado es un crimen.
Y sin embargo a mí me gusta. Me gusta mucho. Me parece una película magnífica.

lunes, 6 de abril de 2015

El derby de Kentucky

(A Emilio, por supuesto)


Samuel Goldwyn le timó mil dólares a Billy Wilder: No cumplió la promesa de pagarle dos mil quinientos extra si la película Bola de Fuego (cuya idea y guión habían sido suyos) tenía éxito.
-Mister Goldwyn, la película va muy bien. ¿Y mi dinero?
-¿Qué dinero?
-Los dos mil quinientos dólares que usted me prometió.
-¿Que yo le prometí qué?
-Me pagó siete quinientos, y me prometió otros dos quinientos si la película iba bien en taquilla. Y va como un tiro.
-¿Le pagué siete mil quinientos dólares por su guión? ¡Qué barbaridad! ¿Y dice que le prometí otros dos mil quinientos? ¿Tiene usted el contrato en que se dice eso? Cuando prometo algo lo hago por escrito. (If I promise, I promise on paper).

Wilder se enfadó mucho, y Goldwyn, que decía no acordarse de nada, después de discutir con él varias veces le acabó dando mil quinientos dólares para que se consolara, y aun esa cantidad se la pagó porque estaba encantado con él y quería que le propusiera más argumentos para hacer más películas lucrativas.
Le dijo que no dudara en llamarle cuando se le ocurriera alguna otra idea.
Que a Billy Wilder se le ocurriera una nueva idea cinematográfica era tan fácil y tan inevitable como que yo me coma algunos pares de torrijas si me ponen delante de una fuente llena de ellas. Así que al cabo de dos días Wilder estaba de nuevo llamando a la puerta de Goldwyn.
-Mister Goldwyn, creo que tengo una idea para usted.
-Cuente, cuente.
Pero Billy Wilder, en vez de lanzarse a contarle el argumento, le empezó a adular, diciéndole que no era una obra apta para un público patán, sino para gente selecta, y que sólo alguien tan culto como Goldwyn podría entender...
-Yo no soy culto, amigo, pero soy listo. Y soy un empresario con instinto. Yo quiero hacer una película que deje en la taquilla millones de monedas de níquel, y me da igual si salen de los bolsillos de los patanes o de los cultos.
-Sí, claro, por supuesto. Yo también conozco el negocio del cine. Pero en este caso habría que elevar un poco la mente...
Muy mosqueado por los rodeos del guionista, el productor le dijo con tono seco y perentorio:
-Vale, vale. Cuénteme la historia.
-Bueno, verá: Se trata de una película sobre la vida de Nijinsky.


-¿Nijinsky? ¿Quién coño es ese Nijinsky?
-Fue el pobre hijo de unos campesinos ucranianos...
-¿Ucrania? ¿Rusia? ¿UN RUSO?
-Bueno, sí. El Imperio Ruso. Un muchacho ruso hijo de campesinos que soñaba con convertirse en un bailarín...
-¿UN BAILARÍN? ¿DE ESOS DE BALLET? ¿CON SUS MALLAS Y TODO ESO?
-Sí, claro. Naturalmente. Un bailarín. Pero espere. Eso es lo de menos.
-Ya puede usted contarme una buena historia. Tiene que ser muy buena para que me trague todo eso -dijo Goldwyn bufando.
-Pues verá: Un día el gran Diaghilev descubrió a ese joven en la escuela de ballet. Fue una revelación. Imagine la escena... ¿Sabe usted quién era Diaghilev?
-Ni idea. Ni la más remota idea.
-Diaghilev era el mayor empresario del famoso ballet ruso. Vio al joven Nijinsky y se quedó fascinado. Y se enamoró inmediatamente de él.
-¿CÓMO? NO LE HE ENTENDIDO BIEN. ¡DÍGAME QUE ESA TAL DIAGHILEV ERA UNA MUJER!
-No, no. Era un hombre. Era uno de los más grandes...
-¡CÁLLESE, WILDER! ¿QUÉ MIERDA DE HISTORIA ES ÉSTA? ¿DOS HOMBRES? ¿DOS MARICAS? ¡CÁLLESE DE UNA VEZ! ¿CÓMO QUIERE QUE YO PRODUZCA UNA PELÍCULA ASÍ? ¡VALIENTE PORQUERÍA! ¡UNA PELÍCULA PORNOGRÁFICA PARA MARICAS! ¿SE HA VUELTO USTED LOCO?
Wilder intentó explicarle que no era nada de eso. Era mucho más que una historia de amor. Le explicó que Diaghilev convirtió a Nijinsky en la mayor estrella de ballet del mundo. Pero en una gira por Sudamérica Nijinsky se enamoró de una bailarina de la compañía y se casó con ella en Buenos Aires. Cuando le llegó la noticia a Diaghilev, que estaba en San Petersburgo, se puso como loco...
-¡BASTA! ¡BASTA! ¡DOS RUSOS! ¡UNO BAILARÍN A PELO Y A PLUMA! ¡EL OTRO MARICÓN CON ATAQUE DE CUERNOS! ¡BASTA! ¡VÁYASE!
-Pero Mister Goldwyn: Usted es una antorcha, usted es un faro y una guía para el cine mundial. Tiene usted que contar esta historia prodigiosa. Tiene usted que hacer esta gran película. Escúcheme: La verdadera historia es que Diaghilev amenazó a Nijinsky con destruirlo, y a partir de ahí comenzó su caída. Imagínese qué fuerza dramática: El gran bailarín se derrumba por culpa de quien lo alzó. El pobre Nijinsky terminó loco.
-¡LOCO! ¡ENCIMA LOCO! ¡NO ME EXTRAÑA! ¡COMO SIGA USTED HABLANDO VOY A TERMINAR LOCO YO!
-Fue internado en un sanatorio de Suiza, y llegó al convencimiento de que era un caballo.
-¡UN CABALLO! ¡VÁYASE! ¡VÁYASE, WILDER! ¡FUERA! ¡FUERAAAAA!
-Por favor, Mister Goldwyn, intente verlo cinematográficamente. Visualícelo: Nijinsky moviéndose como un caballo, galopando por el jardín del sanatorio mientras suena La Siesta del Fauno... Hay un inserto...
-¡COMO SI SUENA EL RONQUIDO DE SU PUTA MADREEEEEE! ¡FUERAAAAAA!
-Pero...
Entonces Samuel Goldwyn agarró un cenicero y fue haciendo un resumen dando golpes con él sobre la mesa:
-¡UN RUSO! -golpe- ¡BAILARÍN! -golpe- ¡MARICÓN! -golpe- ¡OTRO RUSO MARICÓN! -golpe- ¡EL UNO CORNUDO! -golpe- ¡Y EL OTRO LOCO! -golpe- ¡Y CABALLO! -redoble de golpes y amago de lanzarle el cenicero a Billy Wilder.
Goldwyn se había enfadado de verdad. Wilder se dispuso a abandonar el despacho. Pero cuando estaba en la puerta se volvió al productor:
-Está bien, Mister Goldwyn. Ya sé: Quiere usted una historia atractiva y con un happy end. No hay ningún problema. Podemos hacer que al final todo se resuelva en que Nijinsky no sólo cree que es un caballo, sino que además gana el derby de Kentucky.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Quitar para ganar: ¿Quién se atreve?

Billy Wilder contaba que para la escena final de la película Perdición (Double Indemnity, 1944) construyeron una réplica exacta de la cámara de gas de la prisión de San Quintín (una cámara de gas histórica: la primera de los Estados Unidos). No habían obtenido permiso para filmar en la auténtica, así que tuvieron que copiarla en el estudio chapa por chapa y remache por remache, sin reparar en gastos.

Cámara de gas de la prisión de San Quintín. La auténtica

La escena era muy buena: El asesino (pero aun así digno de lástima y de comprensión, y casi de simpatía), encarnado magistralmente por Fred MacMurray, a punto de ser ejecutado, mira a su amigo y compañero Edward G. Robinson, que le ha descubierto y entregado, y que está al otro lado, al lado de la ley, al lado de los buenos (pero nos cae peor).
Las dos miradas lo dicen todo: Mac Murray muestra arrepentimiento, respeto y, a pesar de todo, cariño por su amigo. Robinson, incorruptible, tenaz y férreo, le mira con ojos duros, y con esa boca fina y horizontal, de pez feroz, incluso cruel. Las dos miradas de despedida cierran la película. Fin.
(Ah, ¿que no habéis visto la película? ¿En qué estáis pensando? Corred, insensatos. Meteos entre los ojos y las orejas esa barbaridad de película, esa maravilla que -aunque lo pueda parecer- no os he destripado).

Escena de Perdición (Double Indemnity) suprimida por Billy Wilder

Cuando, una vez montada, Billy Wilder la vio, se dio cuenta de que esa escena magnífica no aportaba nada a la historia, y la suprimió. Se habían gastado un dineral en ella, y además, como he dicho, estaba magistralmente interpretada y realizada. Era estupenda y transmitía una intensa emoción.
Pero en realidad ya había quedado todo claro con la confesión del asesino (sigo sin destripar nada). Ya estaba todo dicho. No había que añadir nada más. Qué risa, con el dinero que se habían gastado los productores, con el talento que habían demostrado todos, desde los decoradores a los actores. (Los productores se aguantaron porque Billy Wilder era una fuente inagotable de beneficios, y confiaban en su instinto para contar historias y, por lo tanto, para llenarles a ellos la caja).
Estoy de acuerdo con Billy Wilder. He visto varias veces la película y nunca he echado nada de menos. No le falta nada o, lo que es lo mismo, si tuviera esa escena final le sobraría y sería peor película.
¿Y si yo hubiera hecho esa escena sería capaz de suprimirla? ¿No me daría mucha pena? Seguro que más de un director mataría por haberla filmado, y sin embargo el que la filmó la desechó.

Otro ejemplo:
Veamos este magnífico aguafuerte de Rembrandt:

Rembrandt. Las tres cruces. Estado I

Es un trabajo delicado, complejo, muy rico. (Clicad la imagen para verla más grande y apreciar sus detalles).
Sin embargo, Rembrandt no estaba satisfecho y siguió trabajando la plancha. Buscaba el efecto de luz que ya se muestra desde el principio, pero quería acusarlo, exacerbarlo. Quería reflejar ese estado terrible y lleno de desesperación que describen los evangelios, con las tinieblas adueñándose de todo y el cielo abriéndose literalmente. Hizo varios cambios. Puso y quitó personajes y lo dejó estar,
Pero años después volvió furiosamente sobre la plancha y dejó la estampa así:

Rembrandt. Las tres cruces. Estado IV

sábado, 4 de agosto de 2012

Sentimentalismo (I)

Cuando uno hace algo para que otro lo disfrute o lo use (llamémoslo ambiguamente "arte"), incluso cuando lo hace de una manera racional y cerebral, aspira, además de a satisfacer algún tipo de necesidad, a provocar alguna reacción intelectual, afectiva, emocional y, en definitiva, sentimental, en el espectador o en el usuario. No solo no es malo que el "arte" despierte sentimientos, sino que es una de sus misiones irrenunciables. Eso abarca incluso a la arquitectura, que trasciende su utilitarismo inicial para dar varios pasos más allá de sus fines y entrar en el resbaladizo campo del sentimiento y de la emoción.


Creo en la arquitectura funcional, pero también creo que la emoción del espacio es su principal función. O sea, que incluso la más ferozmente utilitaria es antes que nada espacial, y el espacio provoca emociones y sentimientos.


Pero esas emociones no solo las consigue el espacio ampuloso, el gran volumen, porque "espacio" no es solo "volumen". Tampoco es solo lo que entienden la topología ni la geometría analítica. El espacio es todo. El espacio es volumen, geometría, forma, color, textura, olor, temperatura... todo. Y esa totalidad o plenitud del espacio nos provoca sentimientos muy complejos.

Y no solo nos provocan sentimientos estos espacios tan acogedores y cálidos:


Sino también (y muy fuertes) estos otros tan cerebrales:


-Entonces ¿a qué se debe el sentimentalismo? ¿Cómo funciona?
-No tengo ni idea.
-¿Y por qué sacas este tema en tu blog?
-Porque soy tonto. Porque me vuelve loco hablar de lo que no sé, ir buscándolo mientras escribo a tientas.
-Oh, qué cool. (Valiente soplagaitas).

Veo una distinción entre el sentimiento espontáneo (que puede experimentar cualquiera, sin preparación previa) y el sentimiento elaborado desde la cultura o la información (que experimenta alguien que ya está predispuesto y avisado). Por ejemplo, para emocionarse con el Pabellón de Barcelona, el Gimnasio Maravillas o un cuadro de Mondrian hay que haber tenido algún entrenamiento previo, mientras que otras obras se prestan a una fruición y emoción más directas.
También veo una diferencia entre sentimiento a contrapelo, experimentado desde la dureza y a pesar de ella, y sentimiento provocado, remachado sensibleramente.
Y ahí ya me pierdo. Quiero hacer grupos y subgrupos y veo que estoy haciendo el tonto. No sé adónde voy.

¿Me será más fácil entenderlo con el cine? Creo que no, pero al menos los ejemplos son más evidentes, porque el cine es un arte muy sentimental.