Mi amigo Francis me saluda el viernes 21 con la noticia de que pretenden derribar este edificio:
jueves, 27 de noviembre de 2025
Todas las derrotas
jueves, 25 de mayo de 2023
Si esto no es bonito... (primera parte)
Como soy una persona culta hay libros que tengo que leer porque los tengo que leer. Son infinitos. Son obligados. Y yo soy solo una persona y ni siquiera me dedico exclusivamente a leer. Es más: leo muy poco tiempo cada día. De manera que mi lista de libros imposibles crece, y crece, y crece. (Nadie me obliga. Bueno, en realidad me obligo yo solo, porque siento que lo necesito).
En todo caso, sea tan enorme como sea la montaña de libros pendientes (y por cada uno que leo entran otros tres o cuatro nuevos), hay algunos que, ya digo, tengo que leer si quiero seguir mirándome en el espejo sin que se me caiga la cara de vergüenza, pero, sobre todo, si quiero seguir mirándome con alegría y con algo de sentido. Uno de ello es, era, Matadero cinco, de Kurt Vonnegut.
Podríamos decir que es una de las "novelas fundacionales" postmodernas. ¿Y eso qué es? Pues no sé qué deciros. Una novela fluida, sin género determinado, que puede disolverse y contradecirse donde quiera, que no es rígida, que se permite trivializar algunas situaciones trágicas y tremendas y "tremendizar" algunas situaciones triviales. Una novela de guerra, de niños en la guerra, del bombardeo de Dresde (que sufrió el propio Vonnegut) de cautiverio (que también sufrió), de soledad, de familia mal comunicada e incomprendida, y de extraterrestres muy dominantes. Lo normal.
Digo, lo diré, que la novela me gustó pero no me descubrió la verdad de la vida ni la trascendencia del mundo. Tampoco creo que lo pretendiera. Pero me hizo descubrir a un escritor que me cae francamente bien.
jueves, 5 de noviembre de 2020
El último mono
Le ha recordado concretamente lo que conté aquí. No debería repetir lo que ya dije (y menos después de haberos puesto el enlace a aquello, para que lo leáis si queréis), pero es que precisamente Carlos (¿o Karlos?)(1) Garmedia es amigo virtual mío de las redes y le sigo y le admiro desde hace tiempo. Primero lo admiré como fotógrafo (todas las fotos de esta entrada son suyas, y pueden verse, con otras cuantas más, en su web), y después, casi simultáneamente, por sus tremendas obras de arquitectura y por su formidable abuela.
Vi una reforma que hizo en una oficina de Bilbao que convirtió en vivienda y me quedé entusiasmado, y recuerdo perfectamente cuando me enseñó esta obra recién terminada y ya me maravilló. En ambos casos, muy audaces, no paraba de alabar a sus clientes. Parece que este no le ha pagado con la misma moneda.
Carlos es un arquitecto brillante, lleno de talento y de valentía. Optimista, creativo, feliz. Creo que estas cualidades son buenas para todo el mundo, pero si eres arquitecto con más razón, porque siempre estás proponiendo cosas inciertas, dudosas, arriesgadas, y necesitas una enorme dosis de optimismo y de confianza para hacerlas realidad logrando el apoyo y concertando el entusiasmo de todos los demás, especialmente de los clientes.
Carlos Garmendia trabaja con Álvaro Cordero Iturregui, a quien no conozco, pero no es justo que no lo mencione. Ambos se meten en unos proyectazos que le dejan a uno sin aliento.
En esta ocasión se enfrentaron a la ardua tarea de meterle mano a una muy pequeña iglesia (muy poco más que una ermita) en ruinas, en el municipio de Sopuerta (Vizcaya). Fue construida a finales del siglo XVI y reformada y ampliada en el siglo XVIII. Cuando ellos llegaron allí no tenía tejado (bueno, sí lo tenía, pero todo caído en el suelo), estaba abandonada y sus muros se encontraban en una situación muy inestable. El edificio estaba desacralizado y completamente arruinado, y a su nuevo propietario le sedujo la idea de convertirlo en una vivienda de fin de semana y vacaciones.
Aquí hay que decir que bravo por el propietario, que olé por su visión -no a todo el mundo se le ocurriría hacerse una casa en las ruinas de una iglesia; da un poquito de repelús-, que Carlos siempre ha valorado y agradecido, y llamó a su amigo para que le hiciera el proyecto.
Por supuesto, en una cosa tan especial la colaboración entre arquitecto y cliente es fundamental, la confianza ha de ser ciega y el trabajo conjunto y muy fluido, pero cabe preguntarse qué habría logrado este ingrato sin Carlos. Dice que todo es suyo: "jefe de obra, planos, pisos, escaleras..." Ya, claro que sí, majete. Y añade: "Se me fueron ocurriendo a mí sobre la marcha". Los cojones.
-Perdona, cariño. Me he cegado.
-¡Pues no se ciegue!
viernes, 29 de marzo de 2019
MIES: Hielo y pasión
martes, 18 de septiembre de 2018
Los buenos amigos
Tenía que estar atento. La señorita que atendía el registro me veía aparecer cada mañana ante su mesa y cada mañana me decía que no había novedades.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
La tilde
El relato de su muerte -fue fusilado ante la tapia del cementerio de Polloe, en San Sebastián- aparece en mi libro Necrotéctonicas. (Sí, ya sé: De nuevo publicidad de esa magnífica colección de relatos).
En la primera versión de mi texto yo había escrito Aizpurúa, con tilde en la última u para romper el diptongo y que se leyera como lo he oído siempre y como lo sigo pronunciando: Aizpurúa.
Y, lo que me parece increíble con lo tiquismiquis que soy con las tildes, en la versión definitiva del libro (que os recomiendo) lo cambié a esa última opción aparentemente absurda: Aizpúrua.
¿Por qué lo hice? Ahí voy. Os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la pienso pagar.
Por lo tanto, tiene poco sentido decir Aizpurúa (como yo he hecho siempre y sigo haciendo en mi fuero interno), que recoge sólo uno de esos tres acentos, y no el más importante. El principal, el más sonoro, el que marca la cadencia de los otros, es el primero: Aizpúrua. Pero precisamente ese no lleva tilde en castellano, como no la lleva elógio, agóbio, água. Es palabra llana -la última sílaba lleva diptongo- y termina en vocal. No se acentúa (o, mejor dicho, no se tilda).
De manera que lo lógico sería pronunciar Aizpurua y no poner tilde. Y sin embargo yo, absurdamente, desde hace poco tiempo escribo Aizpúrua, pero sigo pronunciando Aizpurúa, como he hecho siempre. No lo puedo evitar. Qué lío.
sábado, 16 de enero de 2016
La patrona
¿Y por qué es esta nuestra patrona? ¿Qué ha hecho Nuestra Señora de Belén -siempre en su huida a Egipto, naturalmente- por los arquitectos?
Yo no le veo ninguna relación con la arquitectura, así que estoy deseando que terminen de canonizar de una vez a Antoni Gaudí, (o aunque sea a Flanlloirrai), a ver si lo tomamos como patrón y así sí, así nos sentiremos más identificados y patroneados(1).
Después de darle muchas vueltas a Nuestra Señora de Belén (en su huida a Egipto) y preguntar a mucha gente, he formulado varias hipótesis. Todas ellas endebles, por no decir inconsistentes y falsas:
miércoles, 24 de diciembre de 2014
Carne de bronce
-Joder, Don Camilo. Me ha dejado usted aplanado.
-Pues te jodes.
De acuerdo, qué remedio. Casi todos somos seres anónimos y sujetos pacientes. Pero hay algunos a los que sí les brilla una estrellita en la frente. Hay personas que pasan por la vida para dejar una clara huella, y no sólo sobre sus contemporáneos, sino también sobre los venideros, sobre la humanidad eterna.
























