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domingo, 25 de marzo de 2018

Merece la pena

Cuando un profano como yo se quiere poner filosófico sin estar formado en filosofía suele decir muchas perogrulladas y cursilerías pensando que está diciendo algo interesante.
Soy consciente de ello, pero aun así me atrevo a escribir sin pudor una sensación que he tenido muy intensamente. A ver si la sé explicar:
Siempre, desde niño, le he tenido mucho miedo a la muerte, un miedo angustioso. Ahora lo voy controlando un poco más, y solo aspiro a que, si ninguna enfermedad ni accidente se me cruzan antes, llegue el momento en que sea lo suficientemente viejo y equilibrado (y también cansado y lúcido) como para pensar en ella con serenidad y con paz, o tal vez para que ya me importe todo una porra.

Lo angustioso es pensar que la muerte termina con todas las posibilidades, con todas las opciones, y las aplasta con la losa de lo ya irrefutable e incorregible. Quiero decir, por ejemplo, que nunca me he tirado en paracaídas y creo que nunca se me ocurrirá hacerlo, pero es algo que está ahí, a mi disposición. Es una posibilidad abierta. ¿Quién me dice que tal vez algún día...? Tampoco conozco Uagadugú (Burkina Faso), ni he leído el Yajurveda (ni tampoco, ya puestos, Mis bodas reales), ni he asistido a una función de kabuki (ni al certamen internacional de tunas "Cazorla Pueblo"), ni he probado el caviar iraní (ni los saltamontes fritos). Pero todo eso está ahí, y tal vez el día menos pensado los disfrute o los sufra. ¿Quién sabe?
Cualquier día puedo empezar a estudiar ruso, o apuntarme a un club cicloturista, o comprarme un sombrero. ¿Por qué no? Todo es posible. Todo está disponible. Todo puede ocurrir.

Pero la muerte quita todas esas opciones, echa el cierre y acaba con los sueños de "tal vez algún día..." y de "ya veréis cuando yo..." No; ya nada. Esto fue lo que fue. Se acabó. Hasta aquí hemos llegado.
Libros que nunca leeré. Cosas que nunca haré. Películas que nunca veré. Países que no visitaré. Gente que no conoceré.

Perdonadme las perogrulladas y las tonterías, ya digo(1). Estoy soltando una obviedad tras otra, ya lo sé.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Arquitectura y Caos

Acabo de leer una buena frase de Rem Koolhaas en el blog de Cosas de Arquitectos. El titular dice: "La arquitectura por definición es una aventura caótica". La frase completa no la copio para que así les hagáis una visita a estos chicos, que lo merecen, (Clicad aquí: Frasecica).
Hacer arquitectura es coordinar aspectos que en principio no son coordinables, y es dar cancha a muchas solicitaciones diversas.
Estoy de acuerdo con lo que dice Koolhaas, sólo que yo utilizaría como conclusión (y titular) prácticamente la contraria: La arquitectura es una aventura que siempre lucha contra el caos.
¿Que pierde? Vale, también nosotros, todos, nos pasamos la vida luchando contra la muerte y al final perdemos. La vida es una enfermedad mortal, y la arquitectura es una aventura caótica que acaba naufragando en el caos. Sí, de acuerdo. Pero es un naufragio extraordinario, fruto de la convicción de que se puede y se debe luchar.


Eso es lo que le da gracia y sentido a la aventura. Sentimos trágica, unamunianamente, la vida. Tenemos miedo a morir, a desaparecer sin dejar nada, a dejar de ser. Pero por eso mismo nos aferramos a la vida y la disfrutamos. Si no muriéramos nunca no tendría sentido nada; todo sería un aburrimiento.
Por el mismo motivo, si nuestro mundo fuera un ente ordenado no habría por qué hacer arquitectura, ya que nos vendría todo dado, y cualquier chabolo (o cualquier montón de trastos) colocado y dispuesto de cualquier manera sería armonioso y bello, útil y funcional, y sus proporciones, dimensiones y características varias serían siempre gratas.
Pero no es así. La entropía es una puñetera. (Es una puñetera y al mismo tiempo una estimuladora y una entusiasmadora. Es la que nos hace saltar de la cama todas las mañanas y lanzarnos a la lucha diaria).
El Otro poema de los dones, de Jorge Luis Borges, comienza así:

Gracias quiero dar al divino
laberinto de los efectos y de las causas
por la diversidad de las criaturas
que forman este singular universo,
por la razón, que no cesará de soñar
con un plano del laberinto,
[...]

El universo es un inextricable (y divino) laberinto de causas y efectos, pero el ser humano jamás renunciará a soñar con un plano del laberinto, y a trabajar duramente para dibujarlo.
Tal vez en muchos siglos sólo sea capaz de cartografiar un par de giros o recodos, pero no se desanimará ante el ingente trabajo que le queda, sino que celebrará haber reconocido esos dos giros, y estará siempre dispuesto a descifrar el siguiente, aunque le lleve otro milenio.
Esa es la condición humana.
En arquitectura, no sólo una obra tiene que luchar contra mil dificultades, y no triunfa nunca completamente y casi nunca parcialmente, sino que las pocas veces que sale más o menos airosa se levanta en medio de un entorno hostil. (¿Cuántas veces hemos ido en peregrinación a ver una obra mítica y nos la hemos encontrado casi tapada por un concesionario de coches o por un restaurante de comida rápida, que los fotógrafos de arquitectura evitan hábilmente?). Ya no es que no podamos hacer una buena obra de arquitectura: Es que no podemos cambiar el mundo.
Y sin embargo seguimos.
He puesto antes un enlace al concepto "entropía" de la wikipedia, y me ha sorprendido (y agradado especialmente) que la palabra proceda del griego "evolución" o "transformación". Yo ya sabía que era una medida del desorden, y que era una energía que no produce trabajo, una energía inútil, una gaita. Y además significa la irreversibilidad de los procesos y, en definitiva, la tragedia de la vida (El Sentimiento Trágico de la Vida). Pero lo que no me esperaba (pero, por lo demás, es obvio) es que eso mismo fuera la evolución o la transformación.

sábado, 21 de mayo de 2011

Las manos (1)

Iba a escribir una cosa sobre la Mano Abierta de Le Corbusier cuando he pensado que antes tendría que explicar algo sobre las manos. Empiezo por este "Las manos (1)" y ya veremos hasta dónde llego. Supongo que serán tres entregas. (Tres es un buen número).
Antes de empezar declaro que, como no soy arqueólogo, ni paleontólogo, ni nada-ólogo, ni le debo disciplina ni obediencia a nadie, me permito tomar todo lo que el mundo y la historia me ofrecen, de gratis y sin dar explicaciones, para construir hipótesis heterodoxas. Es la ventaja de no ser académico y de no tener que rendir cuentas.
(No obstante, lo que sigue está en deuda con el súper heterodoxo Oteiza (siempre) y con el Giedion de El Presente Eterno: Los Comienzos del Arte. Pero los entiendo a mi manera).

Empecemos:

Imaginad una escena de hace unas decenas de miles de años: Unos cazadores vuelven a su cueva arrastrando una pieza que han cazado (o cargando con ella). La llevan para alimentar a su clan. Vienen llenos de barro y de sangre, jadeando, exhaustos.
Al llegar a la cueva uno de ellos se apoya en la pared. Apoya su mano ensangrentada para descansar unos segundos, para tomar aire. Al retirarla, ve la marca roja de su mano. Ve su mano impresa en el muro de la cueva.


(Qué momentazo. ¿Qué os imagináis que sentiría?)
Yo me imagino que reconoce su mano. Tarda unos segundos en entenderlo: Ahí está su mano. Ahí está él.
¿Qué hará a continuación? Eso no me cuesta nada imaginarlo. Lo veo con toda claridad. Toca la piel del animal muerto, sus heridas abiertas, para volver a mancharse la mano de sangre. Y la planta en la pared una vez, y otra, y otra. (¿Habéis visto a algún niño pequeño con un sello de caucho?).
Se ve de pronto poseedor de un poder mágico. Es capaz de representarse a sí mismo en el espacio. Es capaz de señalar su "Fulano estuvo aquí" y de reconocerse. Se apodera del plano de la pared, y se apodera del espacio interior de la cueva. "Este soy yo". Es un afán de representación, de expresión, de llenar el espacio con la huella de uno mismo.
En ese "Fulano estuvo aquí" que vemos escrito en los monumentos (y en los retretes) de todo el mundo hay el mismo afán de perpetuidad que en las manos ensangrentadas.
(Ni que decir tiene que, una vez conocedor del procedimiento, el artista no necesita hacerlo con sangre, y prueba otros pigmentos más duraderos).

(También comprobamos que aunque el espeleólogo de la foto parece querer imitar el gesto con la mano izquierda, las manos impresas son derechas. Si había la misma proporción de diestros y zurdos que ahora, y todo parece indicar que sí, es más normal imprimir la mano derecha que la izquierda).
Esta es la primera fase del arte: expresivo y trágico. No quiero morir. No quiero que me olviden. Si me muero, quiero que quede una huella de mí, un recuerdo, un "José Ramón estuvo aquí". ¿No es esto todo el arte y toda la actividad humana? ¿No es esto este blog? ¡Yo, yo, yo! El Sentimiento Trágico de la Vida. ¿Qué más le da a la Torre Eiffel y a la humanidad entera que Fulano la visitara el 29-4-2005? Y, sin embargo, ahí están los miles de graffiti: "Fulano, 29-4-2005" (o lo que sea). (Tomo como ejemplo la torre Eiffel porque nunca he visto más en ningún otro sitio).