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martes, 29 de abril de 2025

La edad de la inocencia

 A Emilio


Hace unos años, un día frío y lluvioso de abril me sentía melancólico y algo tristón, y escribí aquí una entrada glosando el famoso verso de T.S. Eliot "Abril es el mes más cruel". Desde entonces, no sé cómo me las arreglo, cada año en abril suele caer alguna entrada blue. Mi amigo Emilio, fidelísimo lector de este blog, siempre me lo afea: "Ya te has puesto abrileño". Pues bien: hoy la entrada abrileña va por él y sobre todo para él.

Siempre intento hacerle caso a Emilio y contener mi ñoñería especialmente este mes, pero hoy me lo vais a permitir porque cumplo sesenta y cinco años. Es un momento muy especial.

Fotograma de Los cuatrocientos golpes. El argumento de la película
no tiene que ver con lo que cuento, pero la foto me gusta para esta entrada.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Ricardo Aroca

Cuando hice la carrera de arquitectura en la ETSAM Ricardo Aroca era un catedrático atípico. Mejor dicho: era EL catedrático atípico. Hacía ya muchos años que se había acabado la obligación de que los alumnos fueran a clase con chaqueta y corbata, e incluso los profesores jóvenes ya iban vestidos como nosotros: camisa (o incluso camiseta) y vaqueros en verano y jersey y vaqueros o pantalón de pana en invierno. Los profesores de más veteranía o enjundia seguían vistiendo rigurosamente. Algunos se permitían chaqueta y pantalón de sport, e incluso, ay, corbata de punto, pero por supuesto los catedráticos seguían aferrados al traje más convencional.

Contra todo ello, Aroca, el catedrático de estructuras, llegaba a la escuela en su moto (no entiendo de motos y no sé decir la marca, pero era de esas grandes), con la melena y la barba ondeando al viento y con un pantalón vaquero de peto.

Recuerdo que el peto tenía un bolsillo que lo cruzaba de lado a lado, y que iba completamente lleno de útiles de escritura y dibujo: portaminas, lápices, bolígrafos, plumas, rotuladores. Podía llevar encima varias docenas, enganchadas por su clip y asomando bajo su barba.

lunes, 11 de marzo de 2024

Nevermore

And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
Shall be lifted - nevermore!
Edgar Alan Poe. The Raven

Y mi alma, de esa sombra que yace flotando en el suelo
no se levantará - ¡nunca más!
Edgar Alan Poe. El cuervo


Nunca más. Ya nunca más.

Como Dios nos cría y nosotros nos juntamos, en las redes estoy rodeado de viciosos de la arquitectura, que no hacen más que poner fotos y planos de edificios. Estoy viendo ahora más proyectos que en toda mi vida, de todas las partes del mundo y de arquitectos de quienes jamás había oído hablar.

Abundan más las obras tranquilas, sensatas y lúcidas que las espectaculares y extravagantes (sé elegir de quiénes me quiero rodear), hasta el punto de que en un primer vistazo a algunas de ellas llego a pensar: "Esto lo podría haber hecho yo". "Esto lo sabría hacer yo". (Pero llevo treinta y nueve años diseñando casas, varios cientos, y jamás he hecho nada ni remotamente parecido).

Una de las últimas casas que me han mostrado es esta:

Residencia Hawkins. Cheltenham, Sidney, Australia.
Philip Cox, arquitecto

Y ha desencadenado en mí una cascada de emociones(1), que es la que os voy a intentar contar aquí.

jueves, 25 de mayo de 2023

Si esto no es bonito... (primera parte)

A Kevin R. Wittmann (@kr_wittmann),
medievalista, cartógrafo, aprendiz de sabio,
que me puso en la pista del primer vídeo
y lo comentó con elocuencia contagiosa.


Como soy una persona culta hay libros que tengo que leer porque los tengo que leer. Son infinitos. Son obligados. Y yo soy solo una persona y ni siquiera me dedico exclusivamente a leer. Es más: leo muy poco tiempo cada día. De manera que mi lista de libros imposibles crece, y crece, y crece. (Nadie me obliga. Bueno, en realidad me obligo yo solo, porque siento que lo necesito).

En todo caso, sea tan enorme como sea la montaña de libros pendientes (y por cada uno que leo entran otros tres o cuatro nuevos), hay algunos que, ya digo, tengo que leer si quiero seguir mirándome en el espejo sin que se me caiga la cara de vergüenza, pero, sobre todo, si quiero seguir mirándome con alegría y con algo de sentido. Uno de ello es, era, Matadero cinco, de Kurt Vonnegut.

Podríamos decir que es una de las "novelas fundacionales" postmodernas. ¿Y eso qué es? Pues no sé qué deciros. Una novela fluida, sin género determinado, que puede disolverse y contradecirse donde quiera, que no es rígida, que se permite trivializar algunas situaciones trágicas y tremendas y "tremendizar" algunas situaciones triviales. Una novela de guerra, de niños en la guerra, del bombardeo de Dresde (que sufrió el propio Vonnegut) de cautiverio (que también sufrió), de soledad, de familia mal comunicada e incomprendida, y de extraterrestres muy dominantes. Lo normal.

Digo, lo diré, que la novela me gustó pero no me descubrió la verdad de la vida ni la trascendencia del mundo. Tampoco creo que lo pretendiera. Pero me hizo descubrir a un escritor que me cae francamente bien.

sábado, 29 de octubre de 2022

La casa de John Wayne

A Emilio


Acabo de ver por internet esta magnífica foto de John Wayne y me he quedado loquísimo.

No sé nada de ella, y me sugiere (quiero que me sugiera) que está tumbado en el sofá de su casa, aunque bien podría ser una foto de estudio, de promoción, de publicidad o de quién sabe qué. En todo caso quiero seguir suponiendo que sí, que esa es su casa; que sí, que así vivía él en su intimidad.

Sí, ya sé que un actor tiene muchas vidas y muchas caras, pero se le ve tan natural, tan cómodo, tan en su salsa que me lo quiero creer. (Ay, si de verdad lo fuera. Yo apuesto que sí).

lunes, 4 de abril de 2022

Las botas de goma

A Emilio. (Esta historia me la ha contado él).


A raíz de mi antepenúltima entrada ("Mucho hierro") mi amigo Emilio me llamó y estuvimos un rato charlando sobre tanta gente que interviene en las obras y sabe tanto de estructuras que nos dejan en mal lugar, siempre sospechosos y a menudo desautorizados, puesto que aseguran que llevan toda la vida haciendo eso y que saben más que nosotros.

Aprovecho para decir que siempre he aprendido de quienes hacen las obras y que, efectivamente, saben muchas cosas que yo ignoro. Pero también he de decir que ellos ignoran algunas cosas que yo sé, y que estaría bien que también me hicieran caso de vez en cuando, como se lo hago yo siempre, pues a menudo he asistido y sigo asistiendo a obras en las que hay operarios que tienen toda la experiencia práctica que se pueda tener, y realizan su trabajo con una habilidad manifiesta, pero ignoran cualquier fundamento básico teórico sobre lo que están haciendo.

Para iluminarme sobre este asunto, Emilio me dijo una anécdota que Ricardo Aroca contaba a menudo en sus clases.

Decía que hizo una vivienda unifamiliar con una considerable losa de hormigón armado en voladizo. En una visita de obra supervisó el encofrado y dio instrucciones sobre la armadura, que estaban empezando a colocar.

viernes, 25 de marzo de 2022

Eso no es fútbol

A Pedro Torrijos por una opinión que comparto.
Y a Emilio por el vídeo del final de esta entrada.


Hace muchos años (demasiados, ay) mi padre me llevó al fútbol, y entre la variada fauna que poblaba las inmediaciones del estadio (incluidos caballos de la policía) había un chico dándole toques a un balón.

Lo que hacía era pasmoso: Mantenía el balón en movimiento tocándolo con los pies, con los muslos, con la cabeza. Se giraba y lo daba con la espalda. Se agachaba y lo dejaba parado sobre su cuello. Y sobre sus hombros, y en la cara, y en todas partes. Y el balón nunca se caía al suelo. Era de una habilidad increíble.

Delante de él, sobre la acera, tenía una gorra con unas pocas monedas, con la que nos invitaba a colaborar en su sustento.

A mí me llamó mucho la atención que haciendo unas cosas tan difíciles y tan meritorias necesitara pedir dinero para vivir, cuando los futbolistas, bastante más torpes a mi juicio, ganaban un montón. (No las cantidades inconcebibles que ganan ahora, pero aun así era ya mucho dinero).

Se lo comenté muy sorprendido a mi padre: que por qué no estaba jugando ese chico en el Real Madrid, con las cosas tan difíciles que sabía hacer, y él me dijo sentencioso: "Eso no es fútbol".

martes, 10 de agosto de 2021

1789

Mil setecientos ochenta y nueve. A lo mejor os pensabais que me refería a un año. ¿Qué pasó en 1789? Obviamente, La Revolución Francesa.


Jacques-Louis David, Le Serment du Jeu de Paume
(El Juramento del Juego de Pelota), 1790-94.

¿Podría escribir en este blog sobre la Revolución Francesa? Hombre, por poder... Sí, aunque no tenga ni idea. (Me paso la vida escribiendo sobre cosas de las que no tengo ni idea, así que, por poder...)

Pero no. No va de eso. Va de algo bastante más anodino. Se trata de que, después de anunciarlo varias veces (y de que siguiéramos a nuestra bola sin querer enterarnos) por fin hoy, 10 de agosto de dos mil veintiuno, se ha publicado en el Boletín Oficial del Estado el Código Estructural. ¡Bien! ¡Bravo! ¡Aleluya! ¡Que suenen las trompetas de Cafarnaúm y que el tío Anselmo se invite a unos tintos!

Este código (podéis consultarlo clicando donde lo acabo de mencionar, en el párrafo anterior a este) sustituye a las Instrucciones sobre el hormigón (EHE) y sobre el acero (EAE) que estábamos manejando mejor o peor.

Es el Real Decreto 470/2021, del 29 de junio de este año, que como se publica hoy entrará en vigor dentro de tres meses; es decir, el 10 de noviembre. Así que tenemos tres meses para estudiárnoslo. Bien. Todo perfecto. Todo controlado.

A mí, además de que soy un arquitecto que siempre se ha calculado las estructuras de sus proyectos (tan solo con puntuales ayudas y colaboraciones de mi amigo Emilio), en estos momentos me pilla (siempre eventualmente, por supuesto) dando clases de estructuras. Así que, por una razón y por la otra, me toca estudiármelo a fondo.

Voy al enlace para descargarme el pdf del BOE. Voy incluso con optimismo y alegría, pero veo que tiene... ¡1789 páginas! No puede ser. Pienso que hay un error, que habrá muchas páginas en blanco, corruptas, gráficos desformateados, tablas rotas, de esas 

q
u
e
s
e
h
a
n
d
e
s
c
o
m
p
u
e
s
t
o

o algo así. Pero cabalgo al galope con el ratón y no. Pasan a toda velocidad decenas, cientos de páginas compactas, llenas, pletóricas de fórmulas y de mala leche.

El Gobierno de España -sí, amigos- ha actuado con vacacionidad y alevosía. Esto es un abuso, un atraco. ¿Cómo se puede dominar una norma fundamental que tiene 1789 páginas? Y necesitamos dominarla. No basta una breve noticia de que eso está ahí y ya lo consultaré cuando quiera algo.

Bah, nos decimos. No es para tanto. Hay mucha paja, muchos anexos, muchas tablas. Ya. Pero va a ser en una de esas pajas, en uno de esos anexos, en una de esas tablas donde se va a agarrar como una lapa y donde se va a hacer fuerte el perito contratado por el abogado de la parte contraria para hundirte a ti en el fango a la primera fisurita que te salga.

"No, si al final es un refundido de las normas anteriores y poco más". De eso nada, monada(1). Para producir 1789 páginas tienes que refundir la EHE con la EAE, con la trilogía del Señor de los Anillos y con la guía telefónica de Soria. Y, lo que es peor: Esto es igual que antes, esto también, y esto, y esto, y esto... pero esto no. Esto no, y ahí camuflado te lo has tragado. El coeficiente de incremento de carga revertida indirecta sustancial no fenoménica (vamos, el ptsí de toda la vida) te lo han cambiado y ni te enteras. Sigues aplicando el de antes y la has cagado. No has tenido en cuenta que ahora han añadido un caso más de mantenimiento de carga insostenible accidental verborreica flatulenta(2) que antes no existía. Un desastre, porque por pereza has seguido usando el programa que tenías y, sobre todo, la mentalidad que tenías y eres reo de lesa tracción. Lo siento, amigo: Has pandeado pero bien.

Échate sal por la cabeza, ponte solo un saco sobre tu trémula desnudez y sal a la calle a mostrar tu vergüenza y tu humillación. Eres un ser despreciable, un profesional nefasto. Porque preferiste pasar el mes de agosto de dos mil veintiuno jugando con tus hijos o (¡qué asco!) leyendo una novela policíaca en la tumbona, con una cerveza fría y unos mejillones al alcance de tu mano en vez de estudiarte a fondo las mil setecientas ochenta y nueve páginas del nuevo y flamante Código Estuctural.

Laus Deo.


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(1).- ¿Cuánto tiempo hacía que no oía eso? Lo debía de tener ahí en el fondo de mi cabeza, anclado con la EH-80 y con las MV.

(2).- Estaréis pensando: "¿Pero de verdad a este tipo le dejan dar clase de estructuras?" "¿Pero de verdad confían tiernas criaturas a su discurso ignorante y disparatado?" Sí. Así están las cosas. Ya lo veis.

martes, 9 de junio de 2020

Dinero fácil

A Emilio.


Hoy quiero contaros una envidiable historia que se puede leer en este libro que me prestó mi amigo Emilio(1).


En él Joseph Mankiewicz dice que su colega Norman Krasna le contó una buena idea que se le había ocurrido para una obra de teatro. Estaba inspirada en un linchamiento que había ocurrido en el norte de California:

-¿Te imaginas si una turba enfurecida...?
-Uf. Sí. Sería tremendo.

Norman Krasna

A Mankiewicz, que por aquel entonces era guionista y aún no había dirigido nada, aquello le caló.

Le caló tanto que tres años después aún se acordaba de ello y se lo propuso al gran (y temible) Louis B. Mayer con la pretensión de dirigir esa película. El jefe le dijo que seguro que iba a ser muy buena, y un fracaso comercial, pero que de acuerdo. Solo que a él lo quería tener como productor, porque no lo veía aún preparado para dirigir(2).
Mankiewicz propuso entonces como director a Fritz Lang, recién venido a EE.UU. y que estaba en esos momentos sin trabajo, y Mayer aceptó.

-Hay una pega -dijo Mankiewicz-, y es que la idea no es mía, sino de Norman Krasna. Se la tendríamos que comprar.
-De acuerdo -le contestó el jefe-. Ofrézcale veinticinco mil dólares por el argumento.

martes, 12 de mayo de 2020

La luz

A Manuel Revilla.
A Emilio.


La luz, menudo tema. Es un asunto que viene pintiparado para cualquier ocasión, pero más ahora, en plena primavera pandémica y confinada, en la que tenemos cada vez más horas luminosas, que disfrutamos desde el interior de nuestras casas o, todo lo más, desde el balcón.

Según Alberto Campo Baeza la luz es el material más barato (y más lujoso) de la arquitectura. Y, por su parte, Louis I. Kahn decía en sus clases:

"La luz...
(Te ibas a la cafetería, desayunabas, charlabas con tus amigos, echabas una partidita a la brisca y volvías al aula).
...es".

El espacio arquitectónico es luz. Puede que sea más cosas. Seguro que es bastantes más cosas, pero, desde luego, luz...
(Pues parece que ha quedado buena tarde).
...es.

Gracias a mi amigo Manuel Revilla, excelente fotógrafo, amante de la pintura (es hijo de pintor) y maestro de la luz, he conocido hace unas semanas al pintor danés Vilhelm Hammershoi. (La "o" lleva una barra "/", pero con este teclado no la puedo poner).

Manuel nos agasajó con una serie de cuadros de Hammershoi que mostraban personas leyendo en el interior de casas. ¿Hay algo más hermoso y más feliz que leer tranquilamente en el interior de una casa luminosa y acogedora? Todos los cuadros que seleccionó son extraordinarios, pero (provisionalmente) me quedo con este:

Vilhelm Hammershoi. Interior con niña leyendo. 1910

Es el interior de una casa danesa. El sol entra tan claramente que embadurna el suelo. Una niña lee, pero no en el chorro de luz, sino algo retirada, con buena claridad pero sin la molestia destelleante de los rayos directos.

viernes, 22 de febrero de 2019

Dos dibujos

A Emilio, que siempre dice que me teme en abril,
porque aunque todavía no es abril me he puesto temible.
Te prometo que en abril te dedicaré una entrada alegre.


Tiempo después de morir Juan Daniel Fullaondo, mi amigo Ochan y yo volvimos a su casa. Qué tristeza y, al mismo tiempo, qué tarde tan agradable con Paloma, su mujer, siempre tan hospitalaria, tan positiva y tan buena anfitriona.

Si en vida él era el protagonista absoluto de todas las reuniones, imaginaos ahora. El gran ausente. Su sombra, su sillón, su hueco pesaba toneladas sobre nosotros. (Aunque, como siempre, las risas fueron nuestra seña de identidad. Qué bien lo pasamos siempre en esa casa).

Paloma nos contó que en sus últimos meses Juan Daniel había estado muy activo, muy creativo, y nos regaló dos libros de poesías indescifrables que había escrito: Evocando a Gerardo Diego y demás cosas y Traiciono luego existo. Luego sacó unas cartulinas con dibujos de rotuladores de colores, también indescifrables: personajes, rostros humanos (¿el suyo?) flotando en espacios metafísicos.

Nos preguntó qué dibujo nos gustaba más. Yo señalé uno sin dudarlo. Veía algo muy curioso en él (seguramente algo que me había inventado). Ochan señaló otro, elogiando no sé ya si la habilidad gráfica de nuestro maestro o su optimismo y su furor creativo en los últimos meses de su vida.

Paloma nos dijo que nos los quedáramos, y que cogiéramos otro más cada uno. Debió de irlos regalando a los distintos amigos, alumnos y discípulos, de modo que de alguna manera Fullaondo se diluyera en todos nosotros.

Inmediatamente enmarqué los dos dibujos y los puse en el salón de mi casa, donde llevan colgados desde entonces.

Juan Daniel Fullaondo. Sin título. 1994
21 x 26 cm2. Rotuladores sobre cartulina

Juan Daniel Fullaondo. Sin título. 1994
24 x 32 cm2. Rotuladores sobre cartulina

Pero, para mi desgracia, los rotuladores tienen la maldita cualidad de irse borrando con los años. Estos dibujos que acabo de mostrar eran una febril combinación de trazos cortos, nerviosos, de colores variados: rosas, marrones, verdes, azules suaves... Hoy apenas queda una muy pálida sombra de lo que fueron.

martes, 18 de septiembre de 2018

Los buenos amigos

A David, Emilio, Francis, Nacho y Pedro.

Hace unas semanas os conté que estaba preparando un currículum para presentarme a algo que, aunque no necesitaba perentoriamente para vivir, sí me hacía mucha ilusión.
Bueno, pues finalmente los resultados han salido hoy. Nos hemos presentado trece, y con la satisfacción de haber quedado entre los trece primeros os tengo que contar la experiencia tan tremenda que he vivido.

Lo primero fue que me llamó Ignacio Vicente-Sandoval para avisarme del asunto y para animarme a que me presentara.
Me hizo mucha ilusión que Nacho pensara en mí como un posible buen candidato, y me animé a participar.
Le doy las gracias muy efusivamente por ello.

Ya he contado varias veces que soy un desastre para estas cosas. Siempre hago algo mal, no presento la documentación correcta, no cumplo el plazo, no acudo al sitio adecuado... Lo que sea. El caso es que siempre lo hago mal.
Así que esta vez me propuse hacerlo bien. Me estudié las bases, reuní la documentación y fui al registro pertinente a presentarla.
Una vez presentado, fui a diario para ver si había salido la lista provisional de admitidos, ya que, como os podéis imaginar, tenía el inveterado mosqueo de que algo hubiera salido mal, y según las bases había solo cinco días para subsanar lo que fuera.
Tenía que estar atento. La señorita que atendía el registro me veía aparecer cada mañana ante su mesa y cada mañana me decía que no había novedades.

Finalmente salió la lista provisional y, como me temía, yo estaba excluido. No podía ser. Esta vez lo había hecho perfectamente. (Pero mirad cómo a pesar de todo tenía el temor, y cómo ese temor era fundado).
El motivo de exclusión fue no haber acreditado algo que me constaba que había acreditado incluso con exhaustivo y pelmazo cansinismo.

Me quedé hundido, desarmado. Deshecho. ¿Qué más podía hacer? Esta vez lo había hecho bien y tampoco había servido. Estaba completamente desanimado.

Vi con sorpresa (no había ningún motivo de sorpresa; era, sencillamente, que no me lo esperaba) que mi amigo David García-Asenjo también se había presentado (y sí estaba entre los admitidos).

Las mejores amigas

En mi desesperación, lo primero que se me ocurrió fue llamarle: "¿Qué documentación has presentado tú, que te han admitido?" Pero no podía. ¿Cómo iba a hacerlo si él optaba a lo mismo que yo, si éramos involuntarios competidores? No: Definitivamente no podía ponerle en ese compromiso de obligarle a ayudarme o a poner alguna excusa para no hacerlo. Me ayudaría, por supuesto, pero no quería (y no debía) obligarle. Tenía que buscar otra solución.

En esto me llamó Nacho, que había visto las listas. Me animó. Me dijo cómo interpretaba mi exclusión según su experiencia. Me animó a volver a aportar la documentación señalada, a insistir, a no rendirme. Me dejó más tranquilo.

En ese momento, y sin saber dónde se metía, se cruzó mi amigo Francis sin saber nada de esto y contándome otra cosa. Aproveché para desahogarme con él. Le señalé también la calidad del amigo que se había interesado por mí, que me había llamado y me había animado tanto. Y me contestó, sencilla y naturalmente, que cada uno se merece los amigos que tiene y que yo me merezco los mejores.

Estoy mayor, me siento un inútil, estoy muy sensible, veo que soy un bobo, tengo amigos que me quieren mucho... Conclusión: Una fugaz lagrimita me escurre por el borde la nariz. Ay, Señor, qué mentecatez, qué blandura.

Al día siguiente, también ignorando dónde se metía y sin imaginar la muñeca chochona que se iba a encontrar, me llamó Emilio para otra cosa. Nueva exaltación de la amistad. Enésima muestra del cariño que me tiene Emilio... No os riáis, pero con todo esto me siento triste, patoso, torpe y muy feliz.

Pedro, otro de los grandes amigos, contrapesaba la tensión hablándome del asunto desapasionadamente, pero cumpliendo también una función decisiva para conseguir un cierto equilibrio en mi estúpido yo.

Y ya el colmo, la bomba, fue cuando David (mi amigo David, pero no olvidemos que al mismo tiempo uno de mis rivales en la pelea) me mandó un mensaje preguntándome que me había pasado y brindándome su ayuda.

viernes, 22 de junio de 2018

Lo que un arquitecto podría aprender de Jack Lemmon

A Manuel Pina (Mapila), uno de los pocos sabios que he conocido, y a
Luis Ángel Martín Merino, buen amigo gracias a quien -me acabo de
enterar- soy "segundo culo" de James Stewart, uno de mis ídolos.
Ah, claro, y también a Emilio. Porque si escribo esta entrada y no se la
dedico sería para matarme.




Hoy he vuelto a discutir con mis amigos Manuel y Luis Ángel porque, como de costumbre, me han venido ponderando un edificio que les parecía muy hermoso y yo, como de costumbre, les he ladrado sin motivo.

Como ya no sé cómo contestarles ni qué argumentarles, hoy les he contado lo de Jack Lemmon, y, como de costumbre, tampoco ha servido de nada. Bueno, de algo sí ha servido: Nos hemos puesto a hablar de actores y Luis me ha dicho que un conocido suyo posee el Mercedes de James Stewart, y que él ha tenido el honor de pasearse en ese coche, lo que me ha dejado muy contento, porque recuerdo perfectamente que en una ocasión acabé sentándome en una silla que acababa de dejar libre, y eso me hace "segundo culo" de mi admiradísimo actor(*).

Lo que les he contado (y ya digo que no me ha valido; espero que con vosotros sí) es que Jack Lemmon era un actor de variedades y de vodevil, un todoterreno acostumbrado a contar chistes mientras la vedette se cambiaba de ropa para el próximo número, a hacer imitaciones, a cantar, a ser abucheado, a manifestar entusiasmo perpetuo y a hacer reír.


Hay que ser muy simpático y muy gracioso para tener entretenidos a unos hombres que lo único que quieren es que vuelva a salir la chica, y con menos ropa que antes. Y Jack siempre lo fue: Muy dispuesto, muy explosivo, muy histriónico, muy clown.

Era tan bueno que muy pronto actuó en Broadway. Y era tan bueno que George Cukor se fijó en él y lo contrató para la película It should happen to you (La rubia fenómeno).

En el teatro (y no digamos en las salas de fiestas, cabarets, etc) hay que exagerar mucho. El público está lejos, no te presta atención, hay bullicio... El actor cómico tiene que contar los chistes al estilo de los bares, a voces, con muchos gestos y entonando exageradamente como avisando de que "atención ahora, que viene lo bueno", y el actor trágico tiene que bramar, rasgarse las vestiduras, llevarse el antebrazo a la frente, indignarse mucho y acampanar la voz. Es el estilo propio del teatro, sobre todo del de mucho follón.
El contraste con el cine es tremendo, como dejó claramente expuesto Fernando Fernán Gómez en su película El viaje a ninguna parte.


Pues con Jack Lemmon fue exactamente así, pero George Cukor era bastante más paciente que el personaje de José María Caffarel.
La primera escena que le tocó rodar a Jack Lemmon era especialmente difícil, con mucha acción y muchos movimientos de cámara. Terminada la primera toma, Cukor le dijo(**):
-¡Fantástico! Ha estado usted muy bien, míster Lemmon. Pero vamos a repetirla. ¿Podría usted esta vez actuar un poco, solo un poco menos?
Lemmon asintió. Hicieron una segunda toma y de nuevo:
-¡Fantástico! ¡Realmente extraordinario! Pero permítame que se lo ruegue de nuevo: Un poquito menos. Actúe usted un poquito menos.
Hicieron la tercera toma y otra vez:
-Ha estado estupendo. De verdad. Tiene usted una gran carrera ante sí. Se lo digo en serio. Pero, por favor, si es posible actúe usted un poco menos.
Y así doce veces. Doce. Y Cukor seguía exquisito, alabando siempre a Lemmon. Cuando iban a empezar la toma decimotercera el novato le dijo al director:
-Okay, míster Cukor. Pero si seguimos así, pronto no actuaré en absoluto.
-¡Bravo! ¡Ya está usted cogiendo la idea!

jueves, 27 de julio de 2017

Berlage: Un corazón con freno y marcha alante*

A Ana Moreno, por las fotos,
a Jaume Prat, por no estar de acuerdo,
y a Emilio, por el último párrafo.

Ya que me he puesto a hablar de Berlage quiero rematar la faena contando algo que me impresiona y me produce emoción. Se trata de varias cosas, pero principalmente de lo difícil que es la arquitectura y de la fuerza y el coraje que hay que tener para llevarla a cabo. Y de la vejez y la esperanza.

Empecemos por hablar de Hendrik Enno van Gelder, el hombre necesario. Este archivero y después director de las colecciones de la ciudad de La Haya hizo campaña en 1912 para que el ayuntamiento construyera un museo que reuniera todas esas colecciones dispersas. Le llevó tiempo convencer a los gobernantes municipales, pero en 1918 ya había una comisión decidida a llevar a cabo la empresa.
La ubicación de ese museo ya estaba prevista en el plan urbanístico de Berlage, al lado del parque Zorgvliet. Un sitio muy hermoso, luminoso, tranquilo... Una delicia.
Y ya que Berlage había señalado ahí la ubicación de un museo, ¿a qué otro arquitecto se lo iban a encargar? Pues a él. En agosto de 1919 ya le estaban firmando el contrato, y en la primavera de 1920 ya estaban los diseños encima de la mesa de plenos del ayuntamiento: Planos, perspectivas y hasta una maqueta de yeso.
(Van Gelder, que al principio había pensado en otro arquitecto, en cuanto le encargaron el proyecto a Berlage se puso a trabajar con él con entusiasmo, y estaba muy satisfecho de la solución propuesta).
El edificio proyectado era muy interesante: Una planta en forma de rectángulo deformado, irregular, asimétrico, que abrazaba una lámina de agua. Era una disposición de espacios muy racional y regular, pero todas las alas giraban levemente, se desviaban de la estricta simetría. El emplazamiento era muy amplio y no había ningún impedimento para utilizar ángulos rectos. No era la forma del solar, sino el gusto de "dejar correr la mano" lo que había producido esos ángulos. Un punto de frivolidad, pero en definitiva se lograba un acuerdo muy bueno entre la necesaria independencia de algunas piezas y su relación en un todo armónico.

Museo Municipal (Geemente Museum) de La Haya.
Primera versión, 1919-20. Planta baja.
Museo Municipal (Geemente Museum) de La Haya.
Primera versión, 1919-20. Planta primera.

En mi opinión las plantas son muy sencillas y correctas, con los espacios bien estructurados. Y, por lo que veo en la perspectiva del interior del vestíbulo de ingreso, los huecos y adornos seguían una línea que yo llamaría "art nouveau duro", a base de quiebros y recortes ortogonales en lugar de las curvas delicuescentes del "art nouveau ortodoxo". Pero en estos regustos por la ortogonalidad no se puede apreciar ninguna influencia de De Stijl, que en esa época estaba en su primera fase y ya se hacía oír, y eso que estoy seguro de que Berlage seguía al grupo con el interés y la curiosidad (pero también la distancia) de un padre o un abuelo.
Berlage propuso la estructura de hormigón armado, como venía haciendo en esta última etapa de su trabajo y de su vida, lo cual es un gesto de fe en el progreso y de ganas de experimentar, llamativo a su edad(1). (El vestíbulo quedaba cubierto por una cúpula de hormigón  armado aligerada por cuarterones; es decir, una cúpula formada por nervios paralelos y meridianos de hormigón armado).

La comisión municipal aprobó el proyecto en junio de 1920 y lo expuso al final de ese año y al comienzo del siguiente. Provocó reacciones a favor y en contra (como todo, como siempre).
En octubre de 1921 el comité consultivo para el museo dictaminó que tenía un tamaño muy grande y que había que reconsiderarlo todo.

lunes, 1 de agosto de 2016

Un encuentro y un duelo

El otro día mi amigo Emilio vino a visitarme al hospital. Hablamos del blog (siempre me alegra con sus amables comentarios y apreciaciones) y me dijo que hacía tiempo que no ponía nada sobre jazz.
Es cierto. Lo voy a hacer ahora. Pero como estoy un poco vago (más mimoso que debilucho) y además medio de vacaciones, permitidme que copie sin más un viejo cuento.
Este cuento, del que aún me siento muy satisfecho, quedó finalista en el muy prestigioso concurso "Hucha de Oro". Fue en la edición XXVIII, del año 1994.
Espero que os guste.


UN ENCUENTRO Y UN DUELO
         A esa hora de la tarde el club no tenía nada de la magia, ni de la sensualidad –ni tampoco de la sordidez– que le eran propias por la noche. Ahora era sólo un salón inofensivo y apaletado. Las sillas, colocadas sobre las mesas con las patas para arriba, eran los únicos estrafalarios ocupantes del local. La pista de baile, fregada por la mañana, aguardaba a ser hollada de nuevo por la noche. Hasta entonces aquello estaba muerto.
        El muchacho había esperado en la acera, con su saxofón al hombro, a que un susceptible empleado abriera el local, y le había mentido diciéndole que tenía una cita con el bandleader. El portero ni le creyó ni le dejó de creer.
         –Viene a las ocho y media –le dijo–. Por la entrada de artistas –le indicó con un movimiento de barbilla el callejón lateral y desapareció en el vestíbulo, sin dirigirle una mirada más.
         Al cabo de dos horas llegó el músico. El muchacho lo reconoció por las fotos de los discos, y le salió al paso ansiosamente.
         –Maestro, toco el saxo tenor.
        –¿Eh? Sí; bien. Debe de haber un error. No he convocado ninguna audición. Lo siento; tengo la banda al completo.
         –Sí. Ya lo sé. No vengo por un puesto. Sólo quiero que me oiga.
         –Mira, chico; no es el momento. No...
     –Por favor. Falta aún una hora y media para su actuación. Mientras van llegando sus músicos óigame. Ni siquiera me preste atención si no quiere. Yo tocaré mientras usted hace lo que tenga que hacer.
        Lo que tenía que hacer el director de la banda era descansar y concentrarse, fumar y quizá beber algo pensando en su soledad itinerante. El ansia del muchacho le hizo rememorar tiempos pasados; le enterneció y le decidió a apartar de su pensamiento la fundada sospecha de incompetencia y petulancia. Acaso no tocara muy mal del todo un jovencito que tenía tal desfachatez.
       –De acuerdo. Veamos qué sabes hacer.
      El muchacho tomó su saxo y atacó Body and Soul según la mítica versión de Coleman Bean Hawkins. La siguió respetuosamente durante unos pocos compases y en seguida la alteró a su aire, divagando con fraseos largos que se enredaban en arabescos poderosos. El maestro apreciaba las limitaciones técnicas del muchacho, pero estaba muy gratamente sorprendido por su fuerza y su decisión. En pasajes particularmente difíciles, en los que el joven se metía sin necesidad y de los que no podía salir airoso con su imperfecta técnica, sucumbía decididamente, sin pretender disimular. Se hundía hasta el final, soplando dolorosamente, gimiendo con la garganta e incluso babeando la embocadura. El resultado era impresionante. Ahí había pasión, había vida, lucha, coraje y fracaso. Esa forma de tocar contaba una historia, una gran historia llena de humanidad.

sábado, 30 de enero de 2016

Urbanismo participativo vs. urbanismo asambleario

(A Emilio)

¿Deben los ayuntamientos escuchar a los ciudadanos o es mejor que se líen a remodelar las calles y plazas sin hacer caso a nadie? La respuesta es obvia. O sea: la pregunta es completamente innecesaria.
Pues claro que hay que escuchar a los ciudadanos. Estaría bueno. Estamos hartos de que los alcaldes hagan todo tipo de barrabasadas sin contar con nadie, y de que sus arquitectos les secunden diseñando "de espaldas al pueblo" (Doña María dixit).
¿Pero hasta qué punto hay que escuchar a los ciudadanos? ¿Y a cuántos ciudadanos hay que escuchar?
Este es un tema peliagudo y peligroso, porque por ese camino, y en aras de querer diferenciar entre democracia y demagogia, podemos desarmar el tema, anularlo y acabar despreciando a la gente y apoyando los comportamientos autoritarios y dictatoriales de quienes mandan. Cuidado. También decían (antes se decía mucho) que no había que confundir libertad con libertinaje, y se escudaban en eso para no dejar hacer nada a nadie.
Vamos, que yo sí soy partidario de que quienes gobiernan escuchen al pueblo.
Ahora bien:
El Ayuntamiento de Madrid tiene entre sus posibles objetivos la remodelación de la Plaza de España. Pero antes de hacer nada han formulado dieciocho preguntas para que los vecinos respondan.
No me parecen bien ni las preguntas ni la forma de consultar.


Preguntar a bulto y a mogollón es como preguntar a una asamblea, y todos sabemos lo que es un régimen asambleario. (Yo lo conozco de la escuela, de cooperativas de viviendas y de alguna reunión vecinal como la que contaré después). Quien convoca y modera la asamblea tiene toda la capacidad del mundo para manipular, marear la perdiz y hacer que o se decida lo que lleva previsto de antemano o no se decida nada y se aplace el asunto para otra asamblea; y así hasta que salga lo que quiere.
Empezaron planteando sesenta y siete preguntas, que tras "votación consensuada por las organizaciones participantes en el proceso" quedaron reducidas a dieciocho. De entrada no sé por qué esas organizaciones y no otras, ni quiénes las forman, ni quiénes las eligen. Se nos dice también que el once de enero varias de las organizaciones más relevantes decidieron abandonar. Pues vaya.
Puestos a que unas organizaciones entren, otras salgan, unas consensúen y otras se cabreen, pienso que los que sí están elegidos democráticamente por toda la población son los ediles. Las otras "organizaciones" no sé quiénes son ni cómo funcionan. Y no tengo por qué fiarme de su criterio ni de sus intenciones.
El caso es que esas organizaciones han preparado el cuestionario, que queda publicado para que quien quiera se lo descargue, lo conteste y lo presente. Tal vez yo sea muy pesimista o muy derrotista, pero estoy harto de ver que quienes responden a este tipo de llamadas suelen ser los más puntillosos, tocanarices y maniáticos, mientras que la gente "normal" bastante tiene con lo que tiene como para responder el cuestionario.
Por otra parte, el cuestionario tiene -siempre en mi muy personal opinión- algunas preguntas manipuladoras, otras muy técnicas y otras muy caprichosas, y me temo que los encuestados no pueden analizar todos los datos, hacer cálculos, cotejar presupuestos ni plantearse dificultades, sino que responderán a bote pronto y a sentimiento.
En esta web el ayuntamiento lo explica todo muy bien. ¿Pero de verdad nos vamos a estudiar todos los documentos de la columna de la derecha (estudio ambiental, estudio de movilidad, estudio sociodemográfico...). Mejor nos descargamos el cuestionario y vamos al grano. "Venga, venga. Vamos a poner cruces".
El ciudadano debe contestar a sentimiento y decir lo que quiere a base de poner cruces. Ya están los técnicos para calcular y resolver. Sí. Cierto. Pero creo que, por esa misma razón, no se le pueden hacer a los vecinos ciertas preguntas de respuesta rápida y cortante.
La primera sí es buena: Plantea la propia conveniencia de la operación. "¿Crees necesario reformar la Plaza de España?" Si sale que no, asunto terminado.
La 2 es gloriosa: "¿Crees que se deberían mejorar...?" ¡SÍ! ¡NATURALMENTE! ¡CLARO QUE SÍ! Todos queremos que se mejore. Todo lo que sea mejorar es bueno. ¿Quién va a decir que no? "¿Crees que se deberían mejorar las relaciones entre Armenia y Filipinas?" Pues sí. "¿Crees que se deberían mejorar los implantes mecanogástricos del fosfeñojo poliédrico?" Pues claro. Pobres implantes mecanogástricos.
Pues eso: que si crees que se deberían mejorar las conexiones peatonales de la Plaza de España con
Plaza de Oriente
Barrio de Conde Duque
Templo de Debod
Parque del Oeste
Cuesta de San Vicente
Madrid Río
Casa de Campo
Gran Vía
Ninguna
Y, atención, te dicen que ¡puedes elegir varias! ¡Coño, pues todas! (menos la última: "Ninguna"). ¿Hay alguien con tan mal corazón que no quiera mejorar las conexiones peatonales? ¿Que algunas de ellas ya son buenas? Puede ser, pero todo se puede mejorar, y me están preguntando si quiero que se mejoren. Sí, sí. Que se mejoren todas.
Ni siquiera te piden que elijas una, lo cual ayudaría a señalar cuál de las conexiones está ahora peor, cuál necesita más atención. No: Puedes elegir varias. Elegir varias no es elegir. Señalemos todas. Ya que tenemos unos padres que nos malcrían de esa manera, pidámonos para los Reyes Magos todo el cortinglés.
Otras preguntas son muy alambicadas, algunas algo ambiguas, y otras demasiado técnicas.
¿Cuántas plazas de aparcamiento hacen falta? ¿Hay que mantener el paso elevado de Bailén? (Obsérvese que hay apartado "otras" respecto a ese paso elevado, a ver si a algún vecino se le ocurre alguna idea genial y la regala). ¿Hay que soterrar el tráfico en el eje Gran Vía y Princesa, teniendo en cuenta el elevado coste? Ojocuidao: Teniendo en cuenta el elevado coste. Sin más. ¿Qué coste? ¿Cómo se va a pagar? ¿Cuántos años nos va a tocar pagar? ¡Qué narices, yo pongo la cruz!

domingo, 14 de junio de 2015

Diez películas que todo arquitecto debería ver

He visto estos días un artículo titulado "Las 23 películas que todo arquitecto debe ver" y otro titulado "10 películas que todo estudiante de arquitectura tiene que ver". Ante las dos listas he pensado lo mismo: "Menudo rollo". Yo no sería capaz de verlas todas. Me aburriría bastante.
Hay alguna que he visto y me ha gustado, pero no me atrevería a meterme entre pecho y espalda tanto documental encomiástico y monotemático. Si un arquitecto o un estudiante de arquitectura, además de la desgracia que ya lleva encima tiene que castigarse con estos filmes apañado va. Pobrecillo.
Fiel al lema de este blog, "quien sólo sabe de arquitectura no sabe de nada, ni siquiera de arquitectura", no me parece bien que los arquitectos tengamos que ver películas sólo de arquitectura y para arquitectos, leer libros sólo de arquitectura y para arquitectos, contar chistes sólo de arquitectura y para arquitectos, tener sólo amigos arquitectos y, en definitiva, no salir jamás del opresivo círculo de la arquitectura.
Por eso, yo me atrevo a proponer diez películas que creo que todo arquitecto (y todo médico, y todo sexador de pollos) debería ver. Es decir: "Diez películas que todo ser humano debería ver".
Por supuesto que todo ser humano debería ver cientos, miles de películas. Yo aquí le propongo diez que creo que no debería perderse, pero no quiero decir que estas sean las diez mejores de la historia. En otro momento podrían salir otras diez, y en otro, otras diez. Y así. De lo que sí estoy seguro es de que estas diez merecen ser vistas. Hay que verlas.
Todas son muy famosas, y seguro que ya las habéis visto. Pero si os faltan una o dos id corriendo a verlas, y si habéis visto alguna hace mucho y la tenéis borrosa, vedla otra vez.
En todo caso, no titulo esta entrada: "Las diez...", lo que parecería afirmar rotundamente que tienen que ser éstas y sólo éstas. Lo dejo en "Diez...", que significa diez entre miles. Tampoco digo: "debe ver" ni "tiene que ver", como en los dos ejemplos que he señalado al principio, sino "debería ver", que lo deja en un condicional posibilista o tal vez sólo posible. (Y en todo caso tímido).

Con mi amigo Emilio llevo hablando de cine desde que nos conocimos en la ETSAM, hace treinta y ocho años. Tenemos gustos parecidos o, por lo menos, compatibles. Durante años estuvimos pensando seriamente en escribir un guión para un corto. Pasamos mucho tiempo trabajando febrilmente de esta guisa:
-Tenemos que hacer un guión para un corto.
-Sí.
-Sobre una boda. La ceremonia, la salida de la iglesia, los invitados y el banquete.
-El banquete.
-Sí. Sobre todo el banquete.
-Tenemos que hacerlo.
-Sí.
Ese diálogo se repitió muy a menudo, pero no pasaba de ahí. No obstante, en nuestra conciencia queda la idea de que casi estuvimos a punto de escribir un guión para un corto. Sobre un banquete de boda. (Bueno, sobre una boda, pero haciendo hincapié en el banquete). Y, eso sí, de lo que estamos seguros es de que habría sido un corto buenísimo. Los dos sentimos mucho que la humanidad se lo haya perdido. Aunque todavía hay tiempo.
-Tenemos que hacer un guión para un corto.
-Sí.
Aparte de este frustrado guión (la industria del cine es muy difícil; nadie te abre puertas, sobre todo si sólo tienes hecho lo que digo), hemos pasado muchas horas hablando de cine.
Por eso, y porque me fío muchísimo de él, le he pedido que escoja diez películas según lo que estoy diciendo: Que no esté angustiado dándole vueltas, sufriendo por si se queda fuera alguna magnífica película (se tienen que quedar miles). Que no sea su lista definitiva de las diez que más le gustan. No. Sólo una lista de diez maravillosas películas.

Al cabo de unos días (se lo ha pensado bien) me ha mandado la lista, y resulta que sibilinamente ha buscado películas que sí son de arquitectura (leches). No obstante, son diez películas que todo ser humano debería ver. En cada una os transcribo entre comillas lo que me ha escrito Emilio (no se puede ser más lacónico, y encima se despide diciéndome que le ha quedado muy largo) y luego digo alguna cosilla, pero poco, porque sí que queda largo para el blog.
Me las ha dado en este orden, que creo que no implica calidad, sino que había que ponerlas en alguno.

1.- El apartamento. (The Apartment, 1960. Dir. Billy Wilder).
Me dice Emilio: "Obvio, ¿no? Y además te lo dije". Sí: Fue la única película que me dijo a bote pronto cuando le propuse esto. Pero ahora no me dice más.
Comentaré muy brevemente que esta es aparentemente una comedia, pero una de esas comedias con muy mala leche. (Recordad que Billy Wilder tenía cuchillas de afeitar en el cerebro). En realidad es un drama romántico, que habla de un pobre hombre cuya mayor pobreza consiste en someterse para medrar, como hacemos todos de una forma u otra. Hasta que se harta de ser tan miserable y se convierte en "todo un hombre".
Arquitectónicamente resalto el espacio de la oficina, sabiamente creado por el decorador Alexandre Trauner, que partió de un espacio realmente grande, pero él lo hizo inmenso a base de ir disminuyendo el tamaño de los muebles según iban formando las filas, creando así una falsa perspectiva forzada -también con el techo- muy agorafóbica, que subraya el peso insignificante del individuo en la gran compañía.
En cuanto a ser soltero y disponer de apartamento, parece la esencia de la libertad, pero aquí no es así.


lunes, 6 de abril de 2015

El derby de Kentucky

(A Emilio, por supuesto)


Samuel Goldwyn le timó mil dólares a Billy Wilder: No cumplió la promesa de pagarle dos mil quinientos extra si la película Bola de Fuego (cuya idea y guión habían sido suyos) tenía éxito.
-Mister Goldwyn, la película va muy bien. ¿Y mi dinero?
-¿Qué dinero?
-Los dos mil quinientos dólares que usted me prometió.
-¿Que yo le prometí qué?
-Me pagó siete quinientos, y me prometió otros dos quinientos si la película iba bien en taquilla. Y va como un tiro.
-¿Le pagué siete mil quinientos dólares por su guión? ¡Qué barbaridad! ¿Y dice que le prometí otros dos mil quinientos? ¿Tiene usted el contrato en que se dice eso? Cuando prometo algo lo hago por escrito. (If I promise, I promise on paper).

Wilder se enfadó mucho, y Goldwyn, que decía no acordarse de nada, después de discutir con él varias veces le acabó dando mil quinientos dólares para que se consolara, y aun esa cantidad se la pagó porque estaba encantado con él y quería que le propusiera más argumentos para hacer más películas lucrativas.
Le dijo que no dudara en llamarle cuando se le ocurriera alguna otra idea.
Que a Billy Wilder se le ocurriera una nueva idea cinematográfica era tan fácil y tan inevitable como que yo me coma algunos pares de torrijas si me ponen delante de una fuente llena de ellas. Así que al cabo de dos días Wilder estaba de nuevo llamando a la puerta de Goldwyn.
-Mister Goldwyn, creo que tengo una idea para usted.
-Cuente, cuente.
Pero Billy Wilder, en vez de lanzarse a contarle el argumento, le empezó a adular, diciéndole que no era una obra apta para un público patán, sino para gente selecta, y que sólo alguien tan culto como Goldwyn podría entender...
-Yo no soy culto, amigo, pero soy listo. Y soy un empresario con instinto. Yo quiero hacer una película que deje en la taquilla millones de monedas de níquel, y me da igual si salen de los bolsillos de los patanes o de los cultos.
-Sí, claro, por supuesto. Yo también conozco el negocio del cine. Pero en este caso habría que elevar un poco la mente...
Muy mosqueado por los rodeos del guionista, el productor le dijo con tono seco y perentorio:
-Vale, vale. Cuénteme la historia.
-Bueno, verá: Se trata de una película sobre la vida de Nijinsky.


-¿Nijinsky? ¿Quién coño es ese Nijinsky?
-Fue el pobre hijo de unos campesinos ucranianos...
-¿Ucrania? ¿Rusia? ¿UN RUSO?
-Bueno, sí. El Imperio Ruso. Un muchacho ruso hijo de campesinos que soñaba con convertirse en un bailarín...
-¿UN BAILARÍN? ¿DE ESOS DE BALLET? ¿CON SUS MALLAS Y TODO ESO?
-Sí, claro. Naturalmente. Un bailarín. Pero espere. Eso es lo de menos.
-Ya puede usted contarme una buena historia. Tiene que ser muy buena para que me trague todo eso -dijo Goldwyn bufando.
-Pues verá: Un día el gran Diaghilev descubrió a ese joven en la escuela de ballet. Fue una revelación. Imagine la escena... ¿Sabe usted quién era Diaghilev?
-Ni idea. Ni la más remota idea.
-Diaghilev era el mayor empresario del famoso ballet ruso. Vio al joven Nijinsky y se quedó fascinado. Y se enamoró inmediatamente de él.
-¿CÓMO? NO LE HE ENTENDIDO BIEN. ¡DÍGAME QUE ESA TAL DIAGHILEV ERA UNA MUJER!
-No, no. Era un hombre. Era uno de los más grandes...
-¡CÁLLESE, WILDER! ¿QUÉ MIERDA DE HISTORIA ES ÉSTA? ¿DOS HOMBRES? ¿DOS MARICAS? ¡CÁLLESE DE UNA VEZ! ¿CÓMO QUIERE QUE YO PRODUZCA UNA PELÍCULA ASÍ? ¡VALIENTE PORQUERÍA! ¡UNA PELÍCULA PORNOGRÁFICA PARA MARICAS! ¿SE HA VUELTO USTED LOCO?
Wilder intentó explicarle que no era nada de eso. Era mucho más que una historia de amor. Le explicó que Diaghilev convirtió a Nijinsky en la mayor estrella de ballet del mundo. Pero en una gira por Sudamérica Nijinsky se enamoró de una bailarina de la compañía y se casó con ella en Buenos Aires. Cuando le llegó la noticia a Diaghilev, que estaba en San Petersburgo, se puso como loco...
-¡BASTA! ¡BASTA! ¡DOS RUSOS! ¡UNO BAILARÍN A PELO Y A PLUMA! ¡EL OTRO MARICÓN CON ATAQUE DE CUERNOS! ¡BASTA! ¡VÁYASE!
-Pero Mister Goldwyn: Usted es una antorcha, usted es un faro y una guía para el cine mundial. Tiene usted que contar esta historia prodigiosa. Tiene usted que hacer esta gran película. Escúcheme: La verdadera historia es que Diaghilev amenazó a Nijinsky con destruirlo, y a partir de ahí comenzó su caída. Imagínese qué fuerza dramática: El gran bailarín se derrumba por culpa de quien lo alzó. El pobre Nijinsky terminó loco.
-¡LOCO! ¡ENCIMA LOCO! ¡NO ME EXTRAÑA! ¡COMO SIGA USTED HABLANDO VOY A TERMINAR LOCO YO!
-Fue internado en un sanatorio de Suiza, y llegó al convencimiento de que era un caballo.
-¡UN CABALLO! ¡VÁYASE! ¡VÁYASE, WILDER! ¡FUERA! ¡FUERAAAAA!
-Por favor, Mister Goldwyn, intente verlo cinematográficamente. Visualícelo: Nijinsky moviéndose como un caballo, galopando por el jardín del sanatorio mientras suena La Siesta del Fauno... Hay un inserto...
-¡COMO SI SUENA EL RONQUIDO DE SU PUTA MADREEEEEE! ¡FUERAAAAAA!
-Pero...
Entonces Samuel Goldwyn agarró un cenicero y fue haciendo un resumen dando golpes con él sobre la mesa:
-¡UN RUSO! -golpe- ¡BAILARÍN! -golpe- ¡MARICÓN! -golpe- ¡OTRO RUSO MARICÓN! -golpe- ¡EL UNO CORNUDO! -golpe- ¡Y EL OTRO LOCO! -golpe- ¡Y CABALLO! -redoble de golpes y amago de lanzarle el cenicero a Billy Wilder.
Goldwyn se había enfadado de verdad. Wilder se dispuso a abandonar el despacho. Pero cuando estaba en la puerta se volvió al productor:
-Está bien, Mister Goldwyn. Ya sé: Quiere usted una historia atractiva y con un happy end. No hay ningún problema. Podemos hacer que al final todo se resuelva en que Nijinsky no sólo cree que es un caballo, sino que además gana el derby de Kentucky.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Echar el resto

Dedico esta entrada a Emilio (cómo no) y a Pedro Torrijos,
dos grandes libertyvalancianos.

Os pido que os detengáis conmigo en un detalle de la escena del velatorio de Tom Doniphon, de la película El hombre que mató a Liberty Valance, de 1962.
El senador Ransom Stoddard ha venido desde la capital al funeral de este vecino de Shinbone a quien ya nadie recuerda y a quien le van a hacer un entierro de caridad.
Pompey, el empleado, amigo y confidente de Tom, está solo en un rincón, sentado y cabizbajo. Llegan Stoddard, su esposa y Link (el antiguo Sheriff, que hoy ha hecho de cochero para el matrimonio).
Ransom Stoddard le saluda con afecto, y Pompey le mira.

Fotograma de The Man Who Shot Liberty Valance
(Clícalo para verlo más grande. Esa mirada...)

Se miran los dos. Una mirada perfecta, que dice todo lo que hay que decir y más de lo que en ese momento el espectador puede saber.
¿Cuánto vale esa mirada? Vale una escena sublime en una de las más grandes películas de todos los tiempos. ¿Y cuánto cuesta? Es una mutua mirada complejísima. ¿Cuánto cuesta? Cuesta la amistad de un hombre, o de dos, o de tres, o de los que hagan falta. Cuesta el honor y el respeto; cuesta el amor propio y cuesta la vergüenza propia y la ajena. Cuesta la traición. Cuesta el infierno. Pero ha salido perfecta y merece el precio que se haya pagado por ella.
¿Merece la pena discutir, ofender, amargar a la gente, traicionar, tiranizar, etc, por conseguir ese plano? Para John Ford sí, sin la menor duda.

No os cuento la escena, porque si a estas alturas no conocéis la película no tenéis perdón de Ford. Pero sí os pongo en situación sobre esa mirada. Stoddard es un triunfador y viene a este pueblo humilde a dar su último adiós a un buen y viejo amigo, que ha pasado los últimos años de su vida hundido en el anonimato y en la pobreza. Pompey es el ayudante-empleado (tal vez antiguo esclavo) del muerto Doniphon, que fue antaño el mejor hombre del pueblo, pero quedó opacado y arrinconado por Stoddard.
Por lo tanto, Stoddard debe saludar a Pompey con afecto, pero tal vez un puntito de superioridad vergonzante y avergonzada no estaría mal. Y Pompey debe saludar a Stoddard con respeto, pero una miajita de resquemor vendría muy bien.

Tanto James Stewart como Woody Strode eran buenísimos actores. Y no sólo se sabían el papel muy bien, sino que entendían ese matiz perfectamente. Pero Ford no se lo explicó. No era de esos que les explican matices a los actores. Prefería destrozarlos.
John Ford era famoso por sus ataques de ira, por su mala leche, por su sequedad inexpugnable. (Y sin embargo quienes le querían le querían a rabiar). Su forma de hacer cine necesitaba que en los sets de rodaje siempre hubiera tensión. A veces una tensión masticable. Él la provocaba. Bajo esa presión los actores daban lo mejor de sí mismos.
Por puro capricho, por pura broma o por puro sadismo, se las hacía pasar canutas a todos.
En el rodaje de El hombre que mató a Liberty Valance tenía una especie de "lista negra", y cada día señalaba y humillaba al último de la lista, "el del barril".
A todos les iba tocando algún que otro día estar en el barril, pero jamás le tocó a James Stewart. El que más veces estaba era John Wayne, que tenía una grandísima amistad con John Ford y no lo entendía, y le preguntaba a menudo a Stewart: "¿Cómo es que tú nunca estás en el barril?". Éste le contestaba (con cierto orgullo inexplicable): "no lo sé".

(Normal: Tom Doniphon protege al novato Stoddard, y lo ayuda, pero a la vez tiene que sentir por él una mezcla de celos y envidia, y un malestar tenso. Mientras que Stoddard es un inocente que necesita ayuda y no se da cuenta del daño que está haciendo y la envidia que está suscitando. ¿Por qué no hacer que los actores se sientan como los personajes? Así actuarán mucho mejor).

James Stewart contaba una de tantas maldades de John Ford:

Fotograma del documental Dirigida por John Ford, 1971

En la escena del funeral, que se rodó hacia el final, cuando todo estaba ya montado y listo para empezar, el director se llevó aparte a James Stewart y le hizo notar cómo iba vestido Woody.
-¿Qué te parece cómo se ha puesto para la escena? ¿No es ridículo?- le preguntó al niño bonito del rodaje, buscando la respuesta cómplice, la broma íntima, el cachondeo secreto entre ellos dos.
Stewart (dice que no sabe por qué; asegura que fue el diabólico Ford quien le insufló esa respuesta) contestó:
-Sí. Se parece al tío Remus.
(El tío Remus es un personaje folclórico popular de los Estados Unidos. Clicad el enlace. El paternalismo con que se le trata tiene algunas connotaciones racistas, como de superioridad hacia la raza negra).

¡Premio! John Ford ya tenía lo que quería.

sábado, 22 de junio de 2013

¿Estudiar Arquitectura?

Creo que a estas alturas los lectores de este blog ya sabréis que el Gobierno de España prepara una ley (la de Servicios Profesionales, o LSP) que, entre otras cosas, permitirá a los ingenieros el ejercicio de la arquitectura.
(Acabamos de enterarnos de que aplazan su aprobación: Prolongan nuestra agonía).
El borrador de esa ley quiere hacer patente que no existe distinción entre edificación, construcción y arquitectura, y razona que si un ingeniero sabe hacer una nave tiene que saber hacer una casa.
Surge entonces una duda inmediata: Si un ingeniero va a poder hacer lo suyo y además lo del arquitecto, mientras que un arquitecto seguirá sin poder hacer lo del ingeniero, ¿para qué estudiar Arquitectura?


Se me ocurren muchas líneas de comentarios, pero todas ellas han sido mucho mejor desarrolladas por elocuentes compañeros. Así que tiro por otro sitio.
Tengo dos hijos, y ninguno de ellos está ni remotamente interesado en ser arquitecto. Pero, si les hubiera atraído la arquitectura, ¿qué les podría decir?, ¿cómo les aconsejaría? Uf, qué difícil.
El sentido común dice que estudiar arquitectura es inútil, es una auténtica pérdida de tiempo.

Pero recuerdo mi ya lejana carrera (la terminé en 1985) y me vienen a la mente unas cuantas imágenes, ideas y recuerdos deslavazados:

a) Fullaondo contándonos su viaje a Finlandia con Moneo, para visitar a Alvar Aalto. Le llevaron una caja de 12 botellas de Rioja. Se las bebieron de una sentada entre los tres. (O entre los cuatro. Aalto le servía vino al fantasma de su esposa fallecida hacía poco, que tenía su silla, su plato, sus cubiertos, etc).
b) Oíza subiéndose las gafas a la frente y contándonos por qué una casa tenía que ser caótica mientras que el Aeropuerto de Barajas tenía que ser ordenado, y representando su carrera con maletas y su suegra corriendo detrás de él.
c) Aroca contándonos que El Increíble Hombre Menguante no debería de tener miedo de la araña, puesto que la sección de sus piernas sólo había disminuido al cuadrado, mientras que su peso había disminuido al cubo, por lo que tenía una gran capacidad para saltar y escapar por las escaleras.
d) José María Rodríguez Ortiz, catedrático de Mecánica del Suelo, ingeniero de caminos, dolido porque su hijo había elegido estudiar arquitectura. Hombre de muy fino y mordaz humor y de una socarronería estupenda. Recuerdo que viendo en su clase unas diapositivas de un replanteo de zapatas en un terreno embarrado me entraron las mayores ganas de construir, de rebozarme en el barro, que he tenido en mi vida. Fue un momento epifánico. Años después he hecho muchos replanteos en barro, en polvo seco, en terragueros diversos, y no es tan apasionante.
e) Julián, el del bar, y sus sándwiches de escabeche (y naturalmente, sus pinchos de tortilla).
f) El juego de la peseta, en las mesas del mencionado bar, y el juego de la pocha, en alguna clase vacía de arriba.
g) Mi amigo Emilio García Alonso, y tantas discusiones. Una (mítica entre nosotros) sobre cuál iba a ser nuestro futuro. Yo lo veía muy fácil: Poner un rótulo en el portal de mi casa (la de mis padres) y empezar a recibir encargos. (Curiosamente fue así, pero sin rótulo).
h) Discusiones en el bar, con Emilio, Paco, Iván, etc, sobre la planta de la Casa Farnsworth. "Yo ahí no podría vivir". "Todo el mundo necesita intimidad". Etc.
i) Carvajal corrigiendo en público un proyecto de un alumno. (Me pareció muy cruel la paliza que le pegó, y que su profesor, que había propuesto el trabajo como digno de corrección magistral, no le echara una mano). También fue fantástico cómo desmenuzó la función de la casa y la ubicación del garaje respecto a la puerta principal.
j) Corrales y Molezún en el Johnny, explicando el Pabellón de Bruselas. "Y se nos ocurrió que la pieza resolvía la estructura, la cubierta y el desagüe al mismo tiempo. ¿Cómo es que se nos ocurrió esto, Ramón?" "¡Y yo qué sé!" (Risas de Molezún y de todo el público). "Creo que íbamos en el tren y dejaste el paraguas en el asiento". Y de nuevo, muchos años después, Corrales solo (Molezún estaba ya enfermo) nos lo volvió a explicar en la Escuela, con unas enormes diapositivas.


k) Un profesor de Elementos de Composición (era la asignatura que servía de introducción a Proyectos, y se me dio muy mal la primera vez) preguntándome qué tal iba en las teóricas (muy bien) y proponiéndome que dejara la carrera y cursara alguna ingeniería. Me recuerdo llorando en casa a mis veintipocos años.
l) Leon Krier (el mentor arquitectónico del Príncipe Carlos de Inglaterra) vino a Madrid y dijo que Alvar Aalto y Carlo Scarpa eran arquitectos mediocres. ¡La que se armó!
m) En la cátedra de Carvajal pusieron como ejercicio hacerle una casa a Cela, y vino Cela a explicar cómo la quería. Imposible asistir a su conferencia. Cientos y cientos de personas apretujándose.
n) El puesto de libros de Cristina, abajo, al pie de la escalera, ahí en medio, al paso.
ñ) Hablar de Le Corbusier y de Frank Lloyd Wright por los codos, hasta con mi novia, que estudiaba Medicina. Pasiones encontradas.
o) Moneo sujetándose la frente como si le doliera mucho la cabeza, y hablando del Éxtasis de Santa Teresa, de Bernini, con verdadero esfuerzo.
p) Oíza (otra vez) hablando de la cubertería danesa que se compró, y que no funcionaba (porque pretendía comer comida española con ella).
q) Gallinas sueltas en clase de Análisis de Formas, cagándose por todas partes, y los profesores diciéndonos que no las dibujáramos a ellas, sino a su espíritu. (Esto de "pintar el espíritu de la gallina" se ha dicho mucho en la escuela como si fuera una leyenda, pero yo certifico que es rigurosamente cierto). Pintar el miedo, pintar un concierto de rock. No entender nada.
r) Mi amigo Carlos González Tausz y yo, aburridos en la clase de Análisis. "¿Qué hacemos?" "¿Nos pegamos en el campo de rugby?" "Vale". Bajamos al campo, me dio un empujón y me tiró al suelo. Me dio la risa. Se echó sobre mí y nos dio más risa. "¿Te vale?" "Sí. Me rindo". (Qué bien dibujaba. Qué cabrón).
s) No tener dinero en una carrera cara. Calcar los árboles, coches, etc, de letraset para no gastarlos.
t) Ir al SIMO a echar la tarde como un idiota porque Rotring te regalaba un tubo de cartón y Roca una plantilla de aparatos sanitarios. No llegar a tiempo de la plantilla. Agotadas.
u) Adorar Blade Runner porque sale una casa de Frank Lloyd Wright.
v) Adorar la canción de Simón (con acento en la o) y Garfúnkel (con acento en la u) "So long, Frank Lloyd Wright". Buscar como una especie de trascendencia en cada cosa. Ser bobo. Ser completamente imbécil.
w) Mi primer día en la escuela, subir a las aulas de dibujo y soportar un discurso terrible de Helena Higlesias (yo es que siempre le pongo muchas haches) diciéndonos que había ya demasiados arquitectos, y que reconsideráramos nuestro error mientras estuviéramos a tiempo. (No sé qué pensará ahora).
x) Horas y horas, tardes y tardes, noches y noches dibujando en el tablero. Menuda vista tenía yo entonces. La radio puesta todo el día y toda la noche (Antena 3 Radio: Supergarcía en la hora cero, Polvo de estrellas, Gomaespuma). Fumando y fumando. El cenicero deslizándose peligrosamente sobre el tablero inclinado. El pelo calentándose en el flexo.
y) Quedarme sin tabaco a las dos de la madrugada. Fumarme las colillas. Quedarme sin colillas. Salir a la calle a las cuatro. No encontrar otra cosa que una sala de fiestas / puticlub. Comprar una cajetilla de ducados. Saber que todo era un error.
z) Sufrir intensamente y disfrutar aún más intensamente. (Y eso que, no sé por qué extraña chiripa, jamás me tocó hacer una maqueta).

Se me acabó el alfabeto. Vale. Me han ido saliendo de corrido, sin orden ni concierto, y si hubiera más letras seguiría contando batallitas. Pero, en definitiva, ¿qué le decimos a nuestros hijos? (O a nuestros hermanos: Este blog tiene lectores de una insultante juventud).