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jueves, 16 de mayo de 2024

Cartas de amor y partes de accidente

La mayoría de la gente que necesita un arquitecto no es para que haga arquitectura. Eso de la "arquitectura" es un concepto demasiado sofisticado y casi siempre inalcanzable.

En mi triste experiencia, casi todos los que han recurrido a mí alguna vez lo han hecho para que les resolviera la ardua papeleta de un trámite burocrático, y yo, como casi todos mis compañeros, casi siempre lo he entendido mal y he querido creer que buscaban en mí un "algo" casi inefable. Siempre he buscado la ocasión, incluso con ansia y con desesperación, de hacer arquitectura. Pero no; no era eso.

Me llama, por ejemplo, gente que algunas veces en casa se junta con muchos amigos o familiares y en esos momentos de celebración las comidas se les hacen muy incómodas en el salón. Entonces se les ocurre acristalar el porche y el ayuntamiento les da el gran disgusto: Necesitan un arquitecto. En esas circunstancias lo que menos quieren es que yo les hable de luz, de espacio, de circulaciones, de formas... Tampoco es el momento de sacar los lápices de colores. Soy un petulante y un estúpido. Es como si necesitaran que alguien ducho en seguros les rellenara un parte de accidente y dieran con un gilí que quiere creerse poeta.

Parte Europeo de Accidente

Descripción del accidente: "Ya la Aurora de rosados dedos bañaba de plata el horizonte cuando el vehículo 'A', raudo cual el équido Bucéfalo..." No, así no vamos a ningún lado. Quién ha contratado a este imbécil.

sábado, 30 de enero de 2021

A cabezazos

He visto esta curiosa foto de 1912 en la que un "voluntario" se estampa de un cabezazo contra una pared para probar el casco de fútbol americano que han perpetrado quienes le miran desde el fondo, en sitio seguro y sin correr riesgos. "Pruébate este casco que hemos diseñado y sáltate tú los sesos, hermoso, que a nosotros no nos viene bien en este momento". Y va el intrépido y embiste con toda su alma.

El impetuoso, homérico joven, confiado y optimista, se lanza de cabeza contra la pared. Qué fe en la técnica, qué confianza en los sonrientes artífices del cacharro supuestamente protector.

(Por los atuendos capitales de los personajes que aparecen -nadie lleva la cabeza desnuda- aventuro que el del sombrero es el diseñador, los dos de las gorras los fabricantes, y desde luego el del casco es el del casco).

No puedo evitar la comparación de esta foto con el ejercicio de la arquitectura: El del sombrero es el arquitecto, los de las gorras son el constructor y el promotor y el del casco el usuario. (A menudo el usuario es también el promotor de su propia casa o de su propia nave, o restaurante, o lo que sea, y se genera una doble y compleja filiación de la que también hablaré).

El arquitecto piensa: "Aquí haré un gran ventanal. ¿Tal vez algo frío en invierno? No, seguro que no". "Este salón grande y diáfano quedará estupendo. ¿Quizá demasiada luz para esa viga? No; la calcularé bien y limitaré su flecha". "Esta meseta compensada se ajusta estupendamente a este rincón. ¿No es incómoda con tantos peldaños en cuña? No; en absoluto: Es puro Neufert".

Y después, durante años, durante siempre ya, los habitantes tendrán frío en invierno ante ese ventanal cuya pretendida paz y alegría visual jamás se ha dado, soportarán con paciencia las fisuras del techo del salón, no ruinógenas, pero sí molestísimas, y que por más que se arreglan y repintan vuelven a aparecer, y se caerán de vez en cuando por la escalera, sobre todo cuando vayan cargados de cajas o paquetes.

Y si protestan ante el arquitecto, este les contestará: "No puede ser. Estaba todo bien calculado". Y si es concienzudo exhibirá los cálculos que hizo en su día sobre la transmitancia térmica del vidrio, la flecha activa a plazo infinito de la viga y la huella del pie en cada peldaño compensado. "¿Veis? Está todo bien. No puede ser. Eso que decís que os sucede es porque no usáis bien vuestra casa. No la mantenéis bien ni la tenéis en buen estado de uso".

Y, mientras tanto, seguid dándoos cabezazos contra la pared, que no os va a pasar nada. ¿No veis que está todo calculado?

jueves, 5 de noviembre de 2020

El último mono

A Francis, que pasaba por ahí y sin
comerlo ni beberlo se ha encontrado
con esta entrada dedicada.
Y, naturalmente, a Karlos Garmendia.




Mi amigo Francis me ha mandado por WhatsApp el texto que pongo aquí debajo, capturado del periódico bilbaíno El Correo. Lo ha hecho porque le ha recordado a cosas que ya he contado otras veces.

(Si lo clicáis lo veréis más grande)

Le ha recordado concretamente lo que conté aquí. No debería repetir lo que ya dije (y menos después de haberos puesto el enlace a aquello, para que lo leáis si queréis), pero es que precisamente Carlos (¿o Karlos?)(1) Garmedia es amigo virtual mío de las redes y le sigo y le admiro desde hace tiempo. Primero lo admiré como fotógrafo (todas las fotos de esta entrada son suyas, y pueden verse, con otras cuantas más, en su web), y después, casi simultáneamente, por sus tremendas obras de arquitectura y por su formidable abuela.

Vi una reforma que hizo en una oficina de Bilbao que convirtió en vivienda y me quedé entusiasmado, y recuerdo perfectamente cuando me enseñó esta obra recién terminada y ya me maravilló. En ambos casos, muy audaces, no paraba de alabar a sus clientes. Parece que este no le ha pagado con la misma moneda.

(El dueño)

Carlos es un arquitecto brillante, lleno de talento y de valentía. Optimista, creativo, feliz. Creo que estas cualidades son buenas para todo el mundo, pero si eres arquitecto con más razón, porque siempre estás proponiendo cosas inciertas, dudosas, arriesgadas, y necesitas una enorme dosis de optimismo y de confianza para hacerlas realidad logrando el apoyo y concertando el entusiasmo de todos los demás, especialmente de los clientes.

Carlos Garmendia trabaja con Álvaro Cordero Iturregui, a quien no conozco, pero no es justo que no lo mencione. Ambos se meten en unos proyectazos que le dejan a uno sin aliento.

En esta ocasión se enfrentaron a la ardua tarea de meterle mano a una muy pequeña iglesia (muy poco más que una ermita) en ruinas, en el municipio de Sopuerta (Vizcaya). Fue construida a finales del siglo XVI y reformada y ampliada en el siglo XVIII. Cuando ellos llegaron allí no tenía tejado (bueno, sí lo tenía, pero todo caído en el suelo), estaba abandonada y sus muros se encontraban en una situación muy inestable. El edificio estaba desacralizado y completamente arruinado, y a su nuevo propietario le sedujo la idea de convertirlo en una vivienda de fin de semana y vacaciones.

Aquí hay que decir que bravo por el propietario, que olé por su visión -no a todo el mundo se le ocurriría hacerse una casa en las ruinas de una iglesia; da un poquito de repelús-, que Carlos siempre ha valorado y agradecido, y llamó a su amigo para que le hiciera el proyecto.

Por supuesto, en una cosa tan especial la colaboración entre arquitecto y cliente es fundamental, la confianza ha de ser ciega y el trabajo conjunto y muy fluido, pero cabe preguntarse qué habría logrado este ingrato sin Carlos. Dice que todo es suyo: "jefe de obra, planos, pisos, escaleras..." Ya, claro que sí, majete. Y añade: "Se me fueron ocurriendo a mí sobre la marcha". Los cojones.


-¡Hernández! ¡Esa boquita!
-Perdona, cariño. Me he cegado.
-¡Pues no se ciegue!

viernes, 2 de octubre de 2020

Pistolitas

A Mari Carmen


Esto que voy a contar es cierto, pero no quiero dar datos ni pistas que ayuden a identificar a quienes menciono porque es algo que no tiene la más mínima importancia, puesto que de lo que pretendo hablar es de una actitud muy humana y muy general, especialmente en arquitectos (hay más de un arquitecto en esta historia), y los detalles de este ejemplo no son necesarios. He vivido muchos parecidos.

Supongamos que, hace bastante tiempo, yo tenía un asunto que me importaba mucho con una consejería, un ayuntamiento, una universidad, un colegio profesional... qué más da. El caso es que tenía un enorme interés en resolver una cosa y que unos representantes de esa entidad, la que fuera, quedaron en recibirme y reunirse conmigo para (se suponía) ayudarme a resolverla.

Fui con toda mi ilusión y mi diligencia donde me habían citado. Llegué con media hora de adelanto: lo normal; por si acaso. Esperé a que llegara el momento. En estos casos uno está muy perdido y no sabe qué hacer. Paseé un rato y por fin me decidí a entrar a la sede dos minutos antes de la hora convenida.

Gente por aquí, gente por allá, todo el mundo muy ocupado y muy activo. Pregunté por el jefe que tenía que presidir la reunión y me dijeron que estaba por algún sitio y que esperara.

Pasaron a mi lado dos personas que me sonaban. Estaba seguro de que también venían a la reunión conmigo y me presenté a ellas con mi mejor sonrisa conejil. Me dieron los buenos días pero no me hicieron más caso. Hablaban con vehemencia de pistolas. Mejor dicho, de una pistola.

Andy Warhol. Gun. 1981-82

Lo decían delante de mí, sin importarles que me enterase, y yo no tenía mejor cosa que hacer que escucharlos.

Al parecer esa entidad iba a hacer un acto digamos que "cultural" o "social", y uno de los dos había hecho una especie de cartel para darlo a conocer. Era un cartel casero y, por lo que dijeron, muy inmediato, de uso prácticamente interno; no era una cosa que fuera a tener ninguna repercusión fuera del ámbito de esa entidad, pero, no obstante, la prensa local siempre se hacía eco de esas cosas, y a lo mejor hasta describían el cartel o, lo que era peor, lo reproducían. Eso era casi imposible, porque bastante tenían con poner una notita de cuatro o cinco líneas en el apartado "sociedad" o tal vez en "cultura".

Lo que al otro le preocupaba mucho era que se hablara del cartel, porque en él aparecía una pistola.

-¿Y qué más da? -decía el autor-. Una pistola. Ya ves tú. Es algo metafórico.

-Ni metafórico ni leches. Es una pistola, tío; una puta pistola. ¿Qué va a pensar la gente?

-Nada. ¿Qué quieres que piense? Que es un cartel. Nada más que un cartel. Y además la pistola está apuntando para abajo. Es inofensiva. No amenaza. Es una metáfora, coño.

En esto llegó el jefe. Se le veía con prisa. Saludó a los dos casi con un gruñido y se me quedó mirando. Me presenté y le recordé el motivo de mi visita. Asintió y nos hizo pasar a todos a una sala. Me mostró una silla y me senté.

viernes, 13 de marzo de 2020

Las letras vaciadas

El otro día la arquitecta y profesora @jblPaz, del estudio PAZ+CAL, puso en Twitter un excelente edificio (no suyo) de Toledo, y yo lo apoyé y lo intenté difundir, y aproveché para decir que mucha gente admira la arquitectura toledana de siglos pasados y no sabe que la ciudad imperial también tiene excelentes edificios contemporáneos.
Ella se sumó dando una lista de magníficos arquitectos actuales que tienen obra en Toledo, pero, naturalmente, se excluyó por modestia. Yo creo sinceramente que PAZ+CAL son de los mejores y así se lo dije, y, como no lo había hecho ella, puse fotos de su Consejería de Educación de Castilla-La Mancha, en la calle del Río Alberche, de Toledo.
Y los dos nos acordamos de un artículo que escribí hace muchos años. Ella lo conserva, cosa que me honra, y me lo pasó.
Lo leo y, esté mal o bien escrito, creo que cuenta algo muy interesante sobre la relación de los arquitectos con las administraciones públicas, y pienso que aunque ya tiene dieciséis años (qué barbaridad) sigue valiendo porque lo que cuenta es eterno.

Os lo pongo. Apareció en la ya desaparecida revista Ecos, de Toledo, en el número del 20 de febrero de 2004. (Se nota su edad, por ejemplo, cuando aún estoy tan desorientado con la supresión de la ché y de la elle, pero lo dejo tal como lo escribí entonces).



Las letras vaciadas

Hace unos días el Colegio de Arquitectos organizó una visita a las obras de la Consejería de Educación, en el barrio del Polígono, en Toledo. Nos reunimos allí un grupo de compañeros (y, sin embargo, amigos), y esperamos unos minutos a que comenzara la visita.


Había algo muy apropiado para entretener nuestra espera: La explanada de acceso estaba poblada por letras grabadas, vaciadas en la solera de hormigón, que, aparentemente, no significaban nada. Estaban sueltas, pero seguían pautas paralelas, lo que invitaba a intentar descifrar un posible mensaje buscando lecturas en horizontal o incluso en vertical, al derecho y al revés. Nada. Imposible. Aquello parecía ser un mero recurso gráfico: utilizar las letras como objetos decorativos haciendo una analogía entre la Consejería de Educación y el aprendizaje, las primeras letras, los textos, la cultura... Bien; pues vale.

Reconozco que tengo sensaciones contradictorias ante el uso, tan de moda, de las letras como objeto de diseño y de consumo. Por una parte, las letras son fascinantes gráficamente, como objetos formales, y nos dan la impresión de que siempre han existido. (¿Quién se atrevería a inventar una letra nueva?). Y para las veintitantas letras existentes (ya no sé el número exacto, después de lo de la “che” y la “elle”) hay mil diseños tipográficos, tan diferentes que parece mentira que se refieran a las mismas letras, y sin embargo éstas son reconocibles por debajo o por detrás del diseño. Por ello, qué bonito resulta emplear las letras como bellos objetos decorativos, o como ensalmos, talismanes o amuletos mágicos.

Pero, por otra parte, una letra sin significado tiene algo de monstruoso, como un residuo mutilado y mutante. Uno ve una “a” y dice “a”, aunque sea en silencio. Suena “a”, y se queda en nada, en un miembro desgarrado de su cuerpo. ¿Es la “a” de “amor” o es la “a” de “arenque”? Con las letras conviene ser serio, tomárselas en serio. Ya sé que ahora, en plena postmodernidad, da igual ocho que ochenta, y lo que priva es la desconstrucción del mensaje,  la descontextualización del signo, la ambigüedad de los significados, el fin de la razón, el pensamiento débil y todo eso. Pero, a fuerza de relajar nuestra capacidad crítica y nuestro rigor, y a fuerza de avergonzarnos de la dureza que conlleva el racionalismo, hablamos con entusiasmo del pensamiento débil cuando en realidad deberíamos hablar con dolor de la debilidad del pensamiento.

viernes, 11 de octubre de 2019

Joderse la vida

Quiero contar hoy una historia que me ha conmocionado. A veces el trabajo de arquitecto consiste en meterse (o que le metan) en asuntos que a uno no le importan, y en enterarse de cosas de las que no debería haberse enterado.
Desde que la he conocido estoy queriendo contarla, pero por otra parte debo ser discreto, así que he ocultado, disimulado o cambiado los datos y circunstancias que diré a continuación. Pero el sentido general de este cuento es real, dolorosamente real. Y muy frecuente.

Dibujo de Chumy Chúmez

Un agente inmobiliario de un pueblo no muy lejano del mío da conmigo de rebote, por contactos comunes, y me llama para que vaya a ver y medir una casa y le haga un certificado de eficiencia energética, otro descriptivo y otro de georreferenciación que le ha pedido el notario para hacer la escritura de compraventa. Pero tengo que ir corriendo. Tiene que ser "para ayer".

Ya. Lo de siempre. Lleva semanas con la operación, pidiendo certificados en el ayuntamiento, certificado catastral y nota simple en el registro y ahora, un día o dos antes de la firma, el notario le dice que necesita todo eso.

Me encanta ser una especie de arquitecto de urgencia y resolver el papeleo en un pispás. Y me encantaría más si me pagaran en consecuencia. No, al notario no le regatean. Al registrador tampoco. Pero a mí sí. Lo normal.

Cojo el coche y me presento en la inmobiliaria con mis cacharritos de medir. Me dan las llaves y también la carpeta con todo el expediente, para que vea los datos de la propiedad y todo lo que necesite. Muy bien.

Auxiliado por la aplicación del teléfono llego hasta el casoplón. Aparco y lo miro desde fuera. Tiene toda la pinta de ser una buena bazofia. La parcela es grande, pero con la casa enorme y aislada en medio apenas queda un inútil pasillo de terreno libre alrededor. Todo ese resto de parcela está solado. Hay una palmera en un rincón, cuyas raíces han levantado y roto las baldosas circundantes y cuyas ramas amenazan un alero.

A la enorme casa le sale un bulto semicilíndrico por el oeste y otro por el sur, y un prisma semioctogonal por el norte. La fachada este, por el contrario, es plana y ciega, como si el proyecto previera inicialmente su adosamiento por ese lado, o como si el arquitecto hubiera aprovechado y reutilizado otro anterior. Los dos cilindros tienen una hilerita de ventanas cada uno, pero sus cargaderos son rectos, con chapa metálica vista que forma un polígono que se da de patadas con la curva de los ladrillos vistos, dejando todo tipo de pegotes residuales. Lo mismo pasa con los vierteaguas, también rectos. El mirador semioctogonal tiene ventanas en los centros de sus caras, que por estar en plano quedan mejor resueltas que las de los semicilindros, pero entre unas y otras hay machones de ladrillo visto que perpetran las aristas del octógono con alevosía, pues quedan rotas en líneas irregulares y desconchadas mediante corte de radial.

Todo ello da (de nuevo) la imagen de quieroynopuedo y de Manoletesinosabestorearpaquétemetes. Ganas de chapucear intentando aparentar un grandeur paleto.

Entro y es peor. Una casa con los ciento ochenta y un metros cuadrados construidos en planta baja peor aprovechados de la historia. (Tan mal aprovechados que necesita otros sesenta y cinco en planta primera, igual de tontos).
A todo lo largo de la planta baja, por el centro, discurre un pasillo de 1,80 m de anchura, con puertas a derecha e izquierda. (Demasiados metros cuadrados para nada). La cocina, muy larga, rectangular terminada en un ábside semicircular (uno de los semicilindros que asoman al exterior), tiene más de treinta metros cuadrados, pero es de isla en el centro y a lo largo que le deja pocos espacios aprovechables alrededor. Es decir, con esa superficie enorme apenas tiene una encimera de sesenta centímetros en el centro. Al pasar para medir el ábside me doy con la campana extractora en la cabeza, y más tarde, al salir, me pego un golpe en la cadera con un pico del extremo de la encimera. Seguramente yo soy especialmente torpe, pero la puñetera isla me ha dado dos trompadas en diez minutos. No quiero ni pensar cuáles serían mis lesiones cronificadas si yo viviera en esa casa.

Al salón le sale otro semicilindro poco práctico y poco vistoso, pero muy ampuloso y grosero. Las cortinas por dentro tampoco ayudan. Todo es un estorbo. Es una casa llena de trampas e incomodidades. De la misma manera que con el pasillo y con la cocina, voy midiendo y sorprendiéndome de la enormidad de las distancias, que tanto por la forma absurda de la planta como por el amueblamiento insulso, apenas dan cabida a nada. Son tamaños enormes que dan cansancio, pero no espacio.
Por otra parte, el mobiliario, muy nuevo, apenas estrenado, es muy ramplón. Sobre el sofá hay tres cuadros de los de tienda de muebles cutre. No son ya de cacería de ciervo por perros ni de arroyo con casita y montañas al fondo, sino de la siguiente generación de paletería, abstractos, de un estúpido decorativismo hortera y chabacano (donut plateado sobre rectángulo verde, y manchas rojas salpicadas; etcétera), pero que da "otro toque" "más moderno" a los infelices que los compran.

Los dormitorios son más bien pequeños, o, mejor dicho, como el principal tiene semioctógono y los otros dos tienen chaflanes, al final una gran cantidad de metros cuadrados se traducen en poner una cama en un lado, dos mesillas en el cabecero y nada más. (Tienen armarios empotrados, eso sí).

Vamos, que en más de ciento sesenta metros cuadrados útiles hay una cocina, un salón, dos baños y tres dormitorios. Nada más. No han conseguido que toda esa enorme superficie dé nada más de sí.
Por ello necesitaron una planta alta, más pequeña que la baja, con otro salón, otro baño y un despacho. (En este último hay una mesa de oficina, dos sillas y una estantería. En la mesa hay papeles todavía: albaranes ahí dejados hace ya bastantes años, cartas del banco abandonadas como si los dueños hubieran salido corriendo sin tiempo de archivarlas).

Además hay semisótano. Otro enorme despropósito. Es la proyección de la planta baja completa con sus terrazas, pero sin más tabiquería que la que forma un cuarto de caldera, la escalera y un baño en uno de los extremos. En el gran espacio diáfano restante hay varios ambientes mezclados sin orden ni jerarquía. Por una parte, un gimnasio destartalado. Barras de pesas tiradas y desparramadas por el suelo, discos de pesos como de veinte a cincuenta centímetros de diámetro. Muchos. También algunos tubos metálicos que se me antojan bases para montar aparatos encima, que o no se montaron nunca o se sacaron de allí en la huida. También una barra de bar rústica-hortera, de pub de pueblo de los setenta, chapada de piedra irregular y con el canto de escai y gomaespuma y tachuelas doradas. Taburetes ante la barra. Pero todo ello conviviendo con el garaje y estorbándolo: No hay ningún coche, pero viendo la rampa y el portón de acceso, los dos o tres que caben en el garaje no tienen otra opción que acodarse a la barra y pedirse un calimocho. Sigo sin entender tantas exclusiones obligadas (si bebes cerveza con los amigos no puedes meter el coche) en un espacio tan enorme. Ah, y en otra pared, pero no cerca de la barra, sino más bien entre los aparatos de gimnasia, un mural formado por celdillas prefabricadas para alojar botellas de vino.

Lo mido todo (un trabajo bien engorroso y largo) y finalmente me instalo en la mesa del salón para tomar notas del expediente.

Y ahí viene lo peor.

martes, 25 de septiembre de 2018

Arquitecto-arquitecto


En mi anterior entrada escribí que me parecía que Robert Venturi había sido un gran escritor, pensador y crítico de arquitectura, pero un mal arquitecto. Para colmo dije que como arquitecto-arquitecto dejaba mucho que desear.

El agudo polemista Hans Brinker me recriminó. Me preguntó qué entendía yo por arquitecto; es más: qué entendía por arquitecto-arquitecto. ¿Solo es arquitecto quien construye?, me preguntaba, ¿y solo quien lo hace bien?
Añadía que también es arquitecto quien escribe sobre arquitectura y quien hace muchas otras cosas, y que es muy reduccionista considerar arquitecto solamente a quien diseña y dirige las obras de edificios.

Le di apresuradamente la razón y le prometí que intentaría aclarar mi postura en el blog, ya que en twitter es imposible matizar con cierta extensión.
Confieso que mi primera intención fue contemporizar y templar gaitas, pero he estado mirándome por dentro, dándole vueltas y no puedo. Voy a exponer mi opinión sincera. Ojo: Mi opinión. Nada más que mi opinión, que no tiene valor alguno para nadie más que para mí. Y creo que voy a cabrearle aún más. (Es posible que cabree a más gente. Lo siento. No lo hago por pura maldad, sino por exponer sinceramente lo que creo).

¿Qué es un arquitecto1? y aún más: ¿Qué es un arquitecto-arquitecto?

La definición clásica de arquitecto-a en el DRAE era:


"Persona que profesa o ejerce la arquitectura". Bien. Parece obvio. Pero ahí mismo leemos qué entiende la RAE por arquitectura: "Arte de proyectar y construir edificios". Es decir, que el arquitecto es la persona que tiene por profesión proyectar y construir edificios.
Esto es lo que viene en mi edición en papel, que es la vigésima primera y data de 1992.
En el DRAE online vemos que esa definición ha cambiado:

Añaden (a mi juicio innecesaria y torpemente) el matiz de que esa persona esté legalmente autorizada, pero en lo que es su profesión y cometido no cambian nada.
Y arquitectura sigue siendo "arte de proyectar y construir edificios". Para más inri le añaden "diseño de una construcción", que creo que estaba más o menos incluido en la anterior acepción.


Las otras dos acepciones no aportan nada a lo que nos interesa, así que podemos decir que en este momento, según la RAE, un arquitecto es una persona que tiene el título académico adecuado, está colegiado, no se halla en situación de incompatibilidad, está al corriente de sus cuotas y demás obligaciones, no ha sido legalmente inhabilitado y yo qué sé qué más, y por todo ello tiene como profesión el arte de proyectar y construir edificios, y también diseñarlos (por si lo de proyectar no había quedado claro).

Este carácter ordenancista y circunspecto del diccionario de la RAE a mi juicio olvida el ámbito común de la lengua, al que debería pertenecer, y desvirtúa el significado amplio del término. Miro ya por curiosidad médico e ingeniero y lo mismo: han añadido la precaución legalista que a mi juicio estropea la definición y el significado común de esos términos.

Para huir de oficialismos y de similares plagas consultemos el María Moliner, que es tan solo un excelente diccionario, un diccionario DE USO del español. Allí leemos que el arquitecto es la persona que tiene como profesión la arquitectura. Casi lo mismo que en el primer DRAE que he puesto.


Y la arquitectura abandona la faceta de proyecto y se queda solo en construcción, pero incluye también a los monumentos: "Arte de la construcción de edificios y monumentos". Y también "esa actividad, considerada como una de las bellas artes".

Observo que, por la vía de los diccionarios, y recogiendo lo que se entiende comúnmente por el término, la profesión del arquitecto solo alcanza a proyectar y construir edificios (e incluso monumentos), aunque para ello tenga que cumplir unos determinados requisitos legales.

En principio, todo lo demás quedaría fuera.

martes, 21 de agosto de 2018

¿Para qué sirve un arquitecto?

Dedicado a Stepien y Barnó, con
mi reconocimiento por su labor.


Los incansables Stepien y Barnó están haciendo, entre sus numerosas campañas, una que se titula "¿Para qué sirve un arquitecto?", en la que le ponen cámara y microfóno a varios ilustres compañeros (y, sin embargo, muchos de ellos incluso amigos) para que contesten esa pregunta.
Son siempre testimonios optimistas, constructivos y positivos. Yo los miro y los escucho con ganas, envidiando su envidiable actitud, pero al terminar de ver cada vídeo me quedo mal.

La guinda ha sido ver ahora un vídeo similar, pero de una universidad, que pone a varios de sus profesores explicando para qué estudiar arquitectura; para qué ser arquitecto.

Pues perdonadme, porque se ve que llevo unos días bastante bajo. Os entiendo, os respeto e incluso os admiro. Sé que hacéis un esfuerzo para explicar a la sociedad lo que somos y lo útiles que le podemos ser. Sé que con esa actitud desinteresada me estáis intentando ayudar hasta a mí. Os lo agradezco de verdad, pero no. Mis posibles clientes no creo que vean ninguno de esos vídeos, así que os aplaudo las buenas intenciones, pero me temo que son inútiles.
Me temo que esos vídeos solo los vemos nosotros para autoconvencernos de algo de lo que ya estamos convencidos.


Nadie tiene que hacer un vídeo explicando para qué sirve un médico, porque es obvio para qué sirve. Sin embargo un arquitecto no sirve para nada, y eso también es obvio para todo el mundo.

Vale, me refiero a "todo el mundo" entre quien me muevo habitualmente. No discuto que un uno por ciento de los arquitectos (bueno, pongamos un dos por ciento) son verdaderamente creativos, buenos gestores, eficaces, limpios, y son buscados con espíritu abierto por el uno por ciento de los clientes (bueno, digamos el dos por ciento) para que les hagan obras funcionales, luminosas, hermosas, felices... Pero me temo que la inmensísima mayoría chapoteamos en el barro dándonos dentelladas unos a otros por unas migajas de balaustrada o de falsa columna de escayola. Al menos esa es la profesión que yo veo todos los días, y en la que estoy.

Os pondré un ejemplo que tal vez os parezca idiota (y tal vez lo sea), pero os aseguro que es casi literal con nuestra profesión:

Imaginemos que el mes que viene el gobierno aprobara un decreto ley que, en aras del decoro urbano, de la imagen cívica y de la estética pública, nos obligara a contratar a un "asesor indumentario" sin cuyo informe favorable no podríamos salir de casa.
Habría que abrir el armario y preguntarle si me puedo poner la camiseta de Barrio Sésamo con los vaqueros viejos y las zapatillas del rastrillo. Él nos haría unas pocas preguntas (con quién vamos, a dónde vamos, qué vamos a hacer, cuánto rato vamos a estar fuera...) y o bien nos extendería el informe favorable o bien nos propondría (ordenaría) alternativas (mejor ese polo azul, y cámbiese esos calcetines).
¿Qué haríamos? Obviamente, intentar escaquearnos: Salir a la calle sin el informe (multazo al canto), intentar hacernos uno nosotros mismos (multazo al canto), tratar de utilizar uno que hemos pillado por ahí (multazo al canto).

Escaldado por las multas, yo empezaría a pensar que, aunque mi aliño indumentario siempre me ha importado menos que las peleas de mejillones salvajes en el Mar Rojo, no tengo más narices que contratar a un asesor.
Imaginaos mi indignación.
Vale: Ya estoy resignado. Voy a ello. Ahora la pregunta: ¿Esa gilipollez por cuánto me sale? Y ahí ya se abre un mundo de posibilidades. Los asesores indumentarios se han movido ante esta nueva y enorme oportunidad profesional y nos ofrecen de todo: Abonos por semanas, por meses, por años, informes telemáticos e incluso telefónicos para no perder el tiempo y salir de casa con la prisa habitual, webs interactivas de consulta... Y unos precios asombrosos. En los primeros días de esta nueva obligación la cosa parecía que iba a ser muy onerosa, pero ya se están poniendo la zancadilla unos a otros y cada día que pasa recibimos nuevas ofertas con los precios cada vez más bajos.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Ofú; claro que la noto

Estos días he visto este pasquín en Facebook:


Me pregunta si noto la diferencia. Ofú; claro que la noto.

Veo un intento muy torpe de defender la profesión de arquitecto respecto a la de ingeniero, y lo hace -como de costumbre- exponiendo lo peor de nosotros.
Yo también defiendo (aquí lo hice por extenso) la competencia de los arquitectos para diseñar casas, y me opongo a los intrusismos y demás confusiones y zancadillas, aunque creo (ya lo dije) que nuestro problema no son los ingenieros.
Pero sí, naturalmente: Creo que un arquitecto es quien debe diseñar una casa, como creo que un médico es quien debe curar enfermedades. Me parece obvio.
Pero es que precisamente el ejemplo de marras muestra lo peor de nosotros.
La casa que (supuestamente) ha proyectado ese ingeniero es un poco tristona y anodina, pero no está mal. La planta muestra unas piezas rectangulares aceptablemente bien distribuidas. Se accede al salón desde un porche, con una piscina enfrente. Puede ser un sitio agradable. La cocina queda a mano del salón, y tiene una salida accesoria a un tendedero-lavadero. Me parece bien. Un pasillo da al dormitorio y, al fondo, al baño, que tienen suficiente intimidad e independencia para ser una casa tan pequeña. Pues no está nada mal.
En todo caso, la forma en que están colocadas las ventanas da una cierta sensación de pobreza o de torpeza. Es demasiado inmediato, y se le podría dar una vueltecilla. O dos. Pero en principio puede valer.

Sin embargo, la otra casa es una vergüenza. A mí me da un poco de vergüenza ajena, y me ofende que se exponga como muestra de "lo que sabemos hacer los arquitectos".
Para empezar, hace trampas. Ingeniero y arquitecto no juegan con las mismas reglas. El dibujo del arquitecto es en colores, y tiene vegetación y otros complementos. No vale comparar dos cosas en desigualdad de condiciones, haciendo una trampa tan evidente y zafia.
En cuanto al diseño de la casa de colores... Ofú. No sé por dónde empezar.
La cocina tiene una forma muy poco práctica, que además deja al salón sin posibilidad de nada. ¿Cómo usar ese salón? Lo veo difícil, y muy molesto. Para colmo le casca una puerta de acceso aún más torpe que la del ingeniero. El dormitorio tiene una pared oblicua, absurda, y el armario queda en el quinto infierno. En una casa tan pequeña se consigue que todo esté lejísimos y nada quede a mano de nada.
¿Y qué es ese círculo entre el dormitorio y el armario? ¿Una piscina-barreño? ¿Cuánto puede tener de diámetro?, ¿un metro veinte? ¿Es un bidé exterior? "Es un jacuzzi", me dice Fray Vicente Jesús de Albadearriba Nomeolvides Tressabores.
-¿Un jacuzzi? ¡Qué me dice usted, Fray Vicen! ¿De uno veinte?
(Ah, sí, vale, que el dibujo del arquitecto también hace trampas con la escala).
-Un jacuzzi íntimo, en una zona semiexterior, para que se bañe la feliz pareja en la intimidad.
-¿Y la piscina?
-Esa es más para toda la familia.
-¿Qué familia, si es una casa de un solo dormitorio?
-¿Y las visitas? Es que eres un borde y un aguafiestas, Joserramoncito.
-Vale, pues apúnteme un jacuzzi... una terraza redonda para el dormitorio... un templete de planta cuadrada en la esquina de la piscina... ¿Es un templete, o sólo es pavimento?

Vamos, que la mierda de casa del arquitecto cuesta el triple o el cuádruple que la del ingeniero y además ha sido cuidadosamente pensada para amargarles la vida a quienes vivan ahí.

lunes, 24 de noviembre de 2014

De Divina Architectura

En la naturaleza no hay una sola línea recta, ni un círculo perfecto, ni un cubo, ni una esfera.
Hay muchas figuras que casi lo son, pero la materialidad estropea la pureza de la idea platónica.
La pirita cristaliza en cubos... casi perfectos. Los planetas son (casi) esféricos. Los juncos son (más o menos) rectos. Etcétera.
Se diría, con Platón, que la idea de la que proceden los objetos reales sí es perfecta, pero los objetos ya no lo son.
La arquitectura pretende lo imposible: Hacer objetos que respondan fielmente a una idea pura y abstracta. La arquitectura desafía a la cruda realidad y no acepta que siempre venga el tío Paco con la rebaja. No hay rebaja.

San Pedro del Vaticano. Planta.

Refugiarse en una cueva es algo natural, instintivo. Amontonar material (ramas, paja, hojas, pieles...) para meterse dentro, también. Lo que no es nada instintivo, ni nada natural, es trazar un ángulo recto así, para empezar, para mostrar los principios irrenunciables que uno profesa. ¿A santo de qué? ¿Tiene algo que ver trazar un ángulo recto con procurarse un refugio, un abrigo? No. Nada en absoluto.
Trazar un ángulo recto tiene que ver con otra cosa. Tiene que ver con ordenar el mundo. (Con intentarlo, al menos).

Triángulo 3, 4, 5.
Esto me lo enseñó un albañil en mi primera obra.
Yo me sabía el teorema de Pitágoras y él no, pero él sabía
hacer esto, que a mí no se me habría ocurrido jamás. 

Ser arquitecto implica tener una alta dosis de soberbia luciferina. Consiste en verse con fuerzas para desafiar al caos, y en tener una confianza ciega en la capacidad de crear orden.
(Caín fue expulsado del Edén y diseñó una ciudad).
Ser arquitecto implica estar convencido del poder demiúrgico de varias operaciones muy poderosas, y tener la osadía de llevarlas a cabo.
El arquitecto mide un terreno y se lo lleva a su estudio. (¡Se lo lleva a su estudio!). Allí dibuja, sobre la representación planimétrica de aquel terreno, la de un edificio. Baraja la organización en planta con las alturas y desniveles en sección, y busca el auxilio de croquis rápidos, monigotes, detalles y esquemas que muy a menudo le sacan de un callejón sin salida para meterle en otro.
Al cabo del tiempo el organismo artificial y artificioso toma entidad, funciona. Y finalmente se lleva de nuevo al terreno, de donde vino todo.
En el terreno se dibuja la silueta del edificio (y los ejes de estructura y otras referencias) a tamaño natural, para lo que se empieza por clavar una estaca y trazar un ángulo recto.
Con esa operación, aquel terreno irregular, natural, lleno de barro o polvo, o de árboles, ese terreno magmático, cósmico e inaprehensible, queda preñado de una criatura geométrica, que es fruto de una mente lógica que cree en líneas rectas y en figuras platónicas.
Eso es una pasada, una sensación indescriptible, un vértigo terrible.
Por supuesto que la pureza platónica nunca se consigue. La materialidad impide el triunfo de lo abstracto, del arquetipo. Pero esa materialidad le da a la arquitectura su peso y su dimensión. Es decir: Lo grandioso es el fracaso. Lo grandioso es aspirar a lo abstracto y quedar en lo concreto; aspirar a la perfección y asumir los errores y las limitaciones... para seguir aspirando a la perfección.

Tengo amigos (incluso inteligentes) a quienes no les parece que lo más fantástico que se puede ser en esta vida es ser arquitecto. No lo puedo entender.
En fin; hay gente para todo. Supongo que habrá quien crea que curar enfermedades o dar de comer a la gente también tiene algún mérito.


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viernes, 26 de septiembre de 2014

Gatos, liebres y monstruos

(Nota previa.- Una vez le preguntaron a Antonio Mingote qué pensaba de los franceses, y contestó: "No lo sé. No los conozco a todos". Desde entonces ese ha sido mi lema. No obstante, en esta entrada me permito generalizar y hablar de "los arquitectos" y de "los ingenieros". Lo hago siguiendo el perfil típico de nuestra formación, y su muy diferente enfoque, sin perjuicio de que muchísimos arquitectos tengan las virtudes y los defectos que achaco aquí a los ingenieros, y viceversa. Lamento la generalización. Espero que sirva para algo: para perfilar una idea o una sensación. Y nada más).


Decía Alejandro de la Sota que el arquitecto siempre da liebre por gato. ¿Qué quiere decir esto? Pues que, frente a los estafadores que dan de comer al confiado cliente un estofado de gato (bicho culinariamente despreciable) haciéndolo pasar por exquisita liebre, los arquitectos hacemos lo contrario. No somos capaces de dar gato.

Fotograma de la película Ay, Carmela

Muy bien. ¿Pero qué pasa cuando el cliente lo que quiere de verdad es gato? Pues que le damos liebre de todas formas. Quiera o no quiera. Nosotros a lo nuestro, con nuestras cosas y nuestras manías. Siempre igual. Aunque nos pidan gato les servimos liebre. ¡Qué buenos somos!

Últimamente no hago más que proyectos chorras, papeles que los interesados necesitan para que les den licencia de obras: cerrar un porche, acristalar una terraza, acondicionar una buhardilla, hacer una piscina...
En todos estos casos el cliente ya ha quedado con el albañil (o con el cerrajero, o con el carpintero) en lo que hay que hacer, y es algo perfectamente definido y acordado. Pero ha ido al ayuntamiento a pedir la licencia y le han dicho que necesita un proyecto de un "técnico competente". (Nadie sabe nunca qué o quién puede ser ese "técnico competente", pero a veces recurren incluso a un arquitecto. Error).
En muchas ocasiones el interesado ni siquiera ha ido al ayuntamiento a pedir la licencia, sino que se ha puesto a cerrar la terraza o lo que sea y le han pillado. Y cuando recurre al arquitecto la obra ya está a medias o casi terminada.
Sea como sea, la única pretensión del ciudadano es que, ya que le obligan, alguien le haga ese estúpido proyecto lo más rápido y lo más barato posible.
Si recurre a un ingeniero, o a un aparejador, seguro que le hacen un buen trabajo, rápido, barato y sin chorradas ni complicaciones. Se trata de resolver un trámite burocrático y punto. (En general, se trata de resolver un problema práctico sin andar mareando y sin elucubrar).
Pero si recurre a un arquitecto, y éste consigue dar un precio similar a los del aparejador y el ingeniero (cosa difícil, ya que en chorradas como visado y seguro solemos tener más gastos), se produce un efecto curioso: El arquitecto echa cuentas de lo que va a cobrar y de lo que le va a costar a él ese trabajo y descubre que se ha columpiado.
Entonces se propone hacer ese proyecto en un par de días como mucho. Si tarda más va a perder por todas partes. Se jura una y mil veces dibujar sin pensar, ser un autómata, aplicar la normativa sin más y no implicarse.
Pero cuando está dibujando el alzado se descubre a sí mismo pensando en el despiece de la carpintería. "Tío, que esto ya lo han decidido, que no lo van a hacer así. No pierdas más el tiempo", se dice, pero sigue dibujando, y dibujando, y bajando un poquito el techo del porche, y separando un poco más los soportes, y juntándolos ahora, buscando un módulo, un ritmo, algo. "Tío, eres tonto. Termina ya". Y se empieza a dar cuenta de que con este otro material quedaría mucho mejor, y hace, sólo para él, sólo para entretenerse, una prueba con color, y una perspectiva. Nada, un mero boceto rápido. Nada. Y en la sección cambia entonces dos cosillas. Nada.
En fin, qué os voy a contar. No sabemos hacer otra cosa.
Eso a menudo es bueno: Cuando un cliente quiere que le estudiemos un problema arquitectónico y le propongamos algunas soluciones. Pero a veces ni siquiera ahí somos prácticos. Le hacemos replantearse asuntos que ya daba por resueltos o que ni se había planteado. Le proponemos nuevos problemas para dar una solución orgánica, coherente y compleja.
Vale. Muy bien. Pero ante la sociedad, la imagen que tiene un ingeniero es la de alguien que resuelve problemas, y la que tiene un arquitecto es la de alguien que los crea.
Los arquitectos (siempre alabanciosos y ampulosos) decimos que nuestro planteamiento de problemas es más rico y más fértil que las soluciones inmediatas de los ingenieros, tan directas y poco profundas. ¡Sí! ¡Ya! ¡Por eso nos quiere tanto todo el mundo!
(Ahí dejo ese punto. Otro día le veré el lado bueno a esa labor de no conformarse con lo inmediato, de darle siempre otra vuelta, de profundizar, de dudar, de replantearse los problemas, de rehacer una solución porque hay otra mejor. Tiene su mérito, naturalmente que sí, pero hoy quiero hablar de otra cosa).

lunes, 20 de enero de 2014

Necrotectónicas (I)

¿Sabíais que Antonio Sant’Elia murió en la Primera Guerra Mundial, atacando una fortaleza, a la carga, en bicicleta?

Alegoría sobre la muerte de Antonio Sant’Elia, por Gema Hernández Correa

¿Sabíais que Francesco Borromini se clavó una espada en el vientre en un ataque de rabia, en un enfado terrible?
¿Sabíais que Louis I. Kahn murió en una estación de tren, en Nueva York, solo e indocumentado, y estuvo varios días sin identificar en el depósito de cadáveres? ¿Sabíais que esta triste muerte fue la ocasión para que se conocieran sus tres mujeres?
¿Sabíais que Carlo Scarpa murió en Senday (Japón) a causa de...? ¿De qué murió Scarpa? Nadie lo dice. En el librito de la colección Estudio paperback de Gustavo Gili se menciona textualmente “un accidente trivial”. Nada más. ¿Qué accidente? ¿Qué pasó?
En algún libro más amplio ni lo mencionan. Y no escribáis al Centro Carlo Scarpa: No os contestarán.
Nadie habla de estas cosas.
Nadie decente, “como Dios manda” cuenta episodios tan morbosos.
El caso es que, tras mucho preguntar, mucho buscar y mucho leer, sé que hay un escalón (o unos escalones, o una escalera) y un tropiezo (o una caída, o un desmayo). He recopilado varias versiones contradictorias (el enlace que he puesto a la wikipedia da una de ellas), y sigo sin saber si alguna es la correcta.

sábado, 22 de junio de 2013

¿Estudiar Arquitectura?

Creo que a estas alturas los lectores de este blog ya sabréis que el Gobierno de España prepara una ley (la de Servicios Profesionales, o LSP) que, entre otras cosas, permitirá a los ingenieros el ejercicio de la arquitectura.
(Acabamos de enterarnos de que aplazan su aprobación: Prolongan nuestra agonía).
El borrador de esa ley quiere hacer patente que no existe distinción entre edificación, construcción y arquitectura, y razona que si un ingeniero sabe hacer una nave tiene que saber hacer una casa.
Surge entonces una duda inmediata: Si un ingeniero va a poder hacer lo suyo y además lo del arquitecto, mientras que un arquitecto seguirá sin poder hacer lo del ingeniero, ¿para qué estudiar Arquitectura?


Se me ocurren muchas líneas de comentarios, pero todas ellas han sido mucho mejor desarrolladas por elocuentes compañeros. Así que tiro por otro sitio.
Tengo dos hijos, y ninguno de ellos está ni remotamente interesado en ser arquitecto. Pero, si les hubiera atraído la arquitectura, ¿qué les podría decir?, ¿cómo les aconsejaría? Uf, qué difícil.
El sentido común dice que estudiar arquitectura es inútil, es una auténtica pérdida de tiempo.

Pero recuerdo mi ya lejana carrera (la terminé en 1985) y me vienen a la mente unas cuantas imágenes, ideas y recuerdos deslavazados:

a) Fullaondo contándonos su viaje a Finlandia con Moneo, para visitar a Alvar Aalto. Le llevaron una caja de 12 botellas de Rioja. Se las bebieron de una sentada entre los tres. (O entre los cuatro. Aalto le servía vino al fantasma de su esposa fallecida hacía poco, que tenía su silla, su plato, sus cubiertos, etc).
b) Oíza subiéndose las gafas a la frente y contándonos por qué una casa tenía que ser caótica mientras que el Aeropuerto de Barajas tenía que ser ordenado, y representando su carrera con maletas y su suegra corriendo detrás de él.
c) Aroca contándonos que El Increíble Hombre Menguante no debería de tener miedo de la araña, puesto que la sección de sus piernas sólo había disminuido al cuadrado, mientras que su peso había disminuido al cubo, por lo que tenía una gran capacidad para saltar y escapar por las escaleras.
d) José María Rodríguez Ortiz, catedrático de Mecánica del Suelo, ingeniero de caminos, dolido porque su hijo había elegido estudiar arquitectura. Hombre de muy fino y mordaz humor y de una socarronería estupenda. Recuerdo que viendo en su clase unas diapositivas de un replanteo de zapatas en un terreno embarrado me entraron las mayores ganas de construir, de rebozarme en el barro, que he tenido en mi vida. Fue un momento epifánico. Años después he hecho muchos replanteos en barro, en polvo seco, en terragueros diversos, y no es tan apasionante.
e) Julián, el del bar, y sus sándwiches de escabeche (y naturalmente, sus pinchos de tortilla).
f) El juego de la peseta, en las mesas del mencionado bar, y el juego de la pocha, en alguna clase vacía de arriba.
g) Mi amigo Emilio García Alonso, y tantas discusiones. Una (mítica entre nosotros) sobre cuál iba a ser nuestro futuro. Yo lo veía muy fácil: Poner un rótulo en el portal de mi casa (la de mis padres) y empezar a recibir encargos. (Curiosamente fue así, pero sin rótulo).
h) Discusiones en el bar, con Emilio, Paco, Iván, etc, sobre la planta de la Casa Farnsworth. "Yo ahí no podría vivir". "Todo el mundo necesita intimidad". Etc.
i) Carvajal corrigiendo en público un proyecto de un alumno. (Me pareció muy cruel la paliza que le pegó, y que su profesor, que había propuesto el trabajo como digno de corrección magistral, no le echara una mano). También fue fantástico cómo desmenuzó la función de la casa y la ubicación del garaje respecto a la puerta principal.
j) Corrales y Molezún en el Johnny, explicando el Pabellón de Bruselas. "Y se nos ocurrió que la pieza resolvía la estructura, la cubierta y el desagüe al mismo tiempo. ¿Cómo es que se nos ocurrió esto, Ramón?" "¡Y yo qué sé!" (Risas de Molezún y de todo el público). "Creo que íbamos en el tren y dejaste el paraguas en el asiento". Y de nuevo, muchos años después, Corrales solo (Molezún estaba ya enfermo) nos lo volvió a explicar en la Escuela, con unas enormes diapositivas.


k) Un profesor de Elementos de Composición (era la asignatura que servía de introducción a Proyectos, y se me dio muy mal la primera vez) preguntándome qué tal iba en las teóricas (muy bien) y proponiéndome que dejara la carrera y cursara alguna ingeniería. Me recuerdo llorando en casa a mis veintipocos años.
l) Leon Krier (el mentor arquitectónico del Príncipe Carlos de Inglaterra) vino a Madrid y dijo que Alvar Aalto y Carlo Scarpa eran arquitectos mediocres. ¡La que se armó!
m) En la cátedra de Carvajal pusieron como ejercicio hacerle una casa a Cela, y vino Cela a explicar cómo la quería. Imposible asistir a su conferencia. Cientos y cientos de personas apretujándose.
n) El puesto de libros de Cristina, abajo, al pie de la escalera, ahí en medio, al paso.
ñ) Hablar de Le Corbusier y de Frank Lloyd Wright por los codos, hasta con mi novia, que estudiaba Medicina. Pasiones encontradas.
o) Moneo sujetándose la frente como si le doliera mucho la cabeza, y hablando del Éxtasis de Santa Teresa, de Bernini, con verdadero esfuerzo.
p) Oíza (otra vez) hablando de la cubertería danesa que se compró, y que no funcionaba (porque pretendía comer comida española con ella).
q) Gallinas sueltas en clase de Análisis de Formas, cagándose por todas partes, y los profesores diciéndonos que no las dibujáramos a ellas, sino a su espíritu. (Esto de "pintar el espíritu de la gallina" se ha dicho mucho en la escuela como si fuera una leyenda, pero yo certifico que es rigurosamente cierto). Pintar el miedo, pintar un concierto de rock. No entender nada.
r) Mi amigo Carlos González Tausz y yo, aburridos en la clase de Análisis. "¿Qué hacemos?" "¿Nos pegamos en el campo de rugby?" "Vale". Bajamos al campo, me dio un empujón y me tiró al suelo. Me dio la risa. Se echó sobre mí y nos dio más risa. "¿Te vale?" "Sí. Me rindo". (Qué bien dibujaba. Qué cabrón).
s) No tener dinero en una carrera cara. Calcar los árboles, coches, etc, de letraset para no gastarlos.
t) Ir al SIMO a echar la tarde como un idiota porque Rotring te regalaba un tubo de cartón y Roca una plantilla de aparatos sanitarios. No llegar a tiempo de la plantilla. Agotadas.
u) Adorar Blade Runner porque sale una casa de Frank Lloyd Wright.
v) Adorar la canción de Simón (con acento en la o) y Garfúnkel (con acento en la u) "So long, Frank Lloyd Wright". Buscar como una especie de trascendencia en cada cosa. Ser bobo. Ser completamente imbécil.
w) Mi primer día en la escuela, subir a las aulas de dibujo y soportar un discurso terrible de Helena Higlesias (yo es que siempre le pongo muchas haches) diciéndonos que había ya demasiados arquitectos, y que reconsideráramos nuestro error mientras estuviéramos a tiempo. (No sé qué pensará ahora).
x) Horas y horas, tardes y tardes, noches y noches dibujando en el tablero. Menuda vista tenía yo entonces. La radio puesta todo el día y toda la noche (Antena 3 Radio: Supergarcía en la hora cero, Polvo de estrellas, Gomaespuma). Fumando y fumando. El cenicero deslizándose peligrosamente sobre el tablero inclinado. El pelo calentándose en el flexo.
y) Quedarme sin tabaco a las dos de la madrugada. Fumarme las colillas. Quedarme sin colillas. Salir a la calle a las cuatro. No encontrar otra cosa que una sala de fiestas / puticlub. Comprar una cajetilla de ducados. Saber que todo era un error.
z) Sufrir intensamente y disfrutar aún más intensamente. (Y eso que, no sé por qué extraña chiripa, jamás me tocó hacer una maqueta).

Se me acabó el alfabeto. Vale. Me han ido saliendo de corrido, sin orden ni concierto, y si hubiera más letras seguiría contando batallitas. Pero, en definitiva, ¿qué le decimos a nuestros hijos? (O a nuestros hermanos: Este blog tiene lectores de una insultante juventud).

martes, 19 de febrero de 2013

Contra el arte

Hace tiempo que quería soltar alguna filípica contra el arte, contra este concepto de arte que nos tiene a todos encorsetados y estériles. Ya está bien de arte. Hagamos las cosas bien, hagámoslas con precisión, con atención, con inteligencia, y dejémosnos de chorradas.
El arte, en general, es un concepto más que discutible, pero incluir a la arquitectura en ese concepto es ya delirante. (Esto merece una entrada aparte).
Siempre se ha entendido como arte lo artificial (de hecho, son palabras que vienen de la misma raíz). El arte vendría a ser eso: artificio (hecho con arte) realizado con inteligencia y habilidad. Siempre se ha hablado de "artes mecánicas" y de "artes liberales". En ese sentido sí quiero ser artista, como lo es un médico, un abogado o un fontanero: Alguien que ante un problema tiene que estudiar, pensar, calcular, inventar y actuar con eficacia y utilidad.
Lo malo es cuando el arte se sublimó, cuando la gente puso los ojos en blanco y cara de bobo, empezaron a sonar violines celestiales y todos se derritieron de emoción. Así nos va.
Diego Velázquez fue el pintor más famoso de su tiempo (tanto que el Rey de España lo mandó como regalo al Papa de Roma para que le pintara). Era el gran gran artista, pero no paró hasta que le hicieron Aposentador Real, sólo nueve años antes de morir, que eso sí que era un cargazo: Funcionario de alto rango y muchísima dignidad. ¿Qué era para Velázquez el arte entonces? Pues un oficio, y claramente inferior al de mayordomo o acomodador. (En su época los acomodadores estaban muy bien vistos).

No pretendo contar la historia de la evolución del concepto "arte" en dos páginas, pero sí me gustaría hacer notar el cambio del papel del artista y, sobre todo, el cambio de su propia conciencia de artista.
Esto ha ocasionado una mayor valoración tanto del arte como del artista, lo que, en principio, me parece muy bien, pero también ha ocasionado excesos y estupideces bochornosas.
En eso estaba más o menos cuando empecé a leer la recopilación de cartas de Saul Steinberg a su amigo Aldo Buzzi. (Media Vaca, Valencia, 2012)


Me ha llamado mucho la atención cómo se fustiga Steinberg cada vez que intuye que está haciendo arte, cada vez que descubre en su obra ramalazos artísticos. Eso, para él, es desviarse de su oficio, caer en el error, en la autocomplacencia y en la inutilidad.
Cito algunos fragmentos de sus cartas:

Una falta completa de juicio causada por el grosero deseo de ser Artístico. [...]
Vidas arruinadas por el Arte.
[...] Hablo también un poco de mí. (21-8-1989)

Se hace arte para evitar trabajar. (31-8-1987)

Quien trabaja para el Arte es pronto olvidado. (16-10-1985)

Considero el arte el enemigo Nº 1 del artista. El arte como intención, se entiende. (31-5-1982)

Igualmente, odia la personalidad del artista, la atención que se le presta y la importancia que se le da:

Le he encargado al fotógrafo una foto de pasaporte -tamaño un poco mayor del natural. He recortado la cara y se la he endosado a un modelo, de modo que he sido fotografiado para las revistas sin rastro de mí mismo. (23-10-1966)

Son también frecuentes sus apariciones al contrario: Él realmente, pero cubierto con una máscara o con una bolsa de papel en la que a su vez hay dibujada una cara.


Una critica feroz a la fama del artista, a la veneración que se le da a quien es un profesional con un trabajo duro, como cualquier otro.
Pero también le descubrimos en estas cartas como bastante pesetero, bastante satisfecho del dineral que le pagan por sus obras, y también muy interesado por las buenas opiniones y críticas que suscita en la gente que le interesa. No veo contradicción; entiendo perfectamente ese sentimiento. Dije que el artista es exactamente igual que un médico, un abogado o un fontanero. Mejor dicho: Lo que dije es que el médico, el abogado y el fontanero son artistas. Una cosa es que ellos mismos se abochornarían si se celebrase su trabajo como sublime, estético, divino, etc, y otra es que no quieran ser reconocidos y tan bien pagados como merecen.

domingo, 13 de enero de 2013

La caja

En este triste país nuestro, en el que no puedes planificar tu vida porque te cambian las reglas del juego a mitad de la partida, ahora toca que los políticos del Ministerio de Economía y Competitividad se pongan a hacer una ley que desregule los trabajos de los profesionales; trabajos que, naturalmente, ellos ni entienden ni quieren entender porque no les importa.
Todo este sinsentido se hace en aras de la "competitividad", mágica palabra que significa que trabajemos lo más gratis posible, e incluso poniendo dinero, como en esa empresa en que ya te cobran por acceder a una entrevista de trabajo.
Qué asco de país y qué asco de mundo al que estamos abocados.
En lo que respecta a la profesión de la arquitectura, el borrador de la Ley de Servicios Profesionales pretende que todos los ingenieros, independientemente de su especialidad, puedan hacer cualquier tipo de edificios, y se dediquen así a ejercer, de la noche a la mañana y sin preparación específica para ello, lo que hasta ahora era la profesión de los arquitectos.

El falaz argumento del borrador es que si un ingeniero sabe hacer un tipo de edificios por qué no va a saber hacerlos todos. Lo primero que tendríamos que discutir es qué tipo de edificios saben hacer los ingenieros, y lo segundo, en qué consiste la profesión de arquitectos y el por qué de tantas horas de corrección de croquis, si al final resulta que no servían para nada.
Da igual: A un ingeniero que sabía desarrollar y optimizar una explotación agropecuaria se le supuso, sólo por eso, que sabría proyectar las naves para los animales y para el almacenamiento de productos; y ahora se le supone, por lo tanto, que sabe hacer una biblioteca y una iglesia.
El caso es que los ingenieros, que se supone que salen beneficiados de esta "edificación para todos", en realidad también salen perjudicados. En aras de la competitividad caemos todos: desde los farmacéuticos hasta los aparejadores. Porque las farmacias ya van a ser una sección en los Mercadonas, Carrefures y Corteingleses, y los farmacéuticos serán unos curritos a sueldo (¡y qué sueldo!) de esos monstruos. Lo veremos, y muy pronto.
Y los ingenieros, que tienen trabajos estupendos, dignísmos y apasionantes, y que nunca han pretendido hacer casas porque si lo hubieran querido habrían estudiado arquitectura, se ven involucrados en esta disolución turbia y vil de las profesiones, en este liberalismo torpe que confunde la sana competencia con la competitividad, y ésta con la esclavitud y con la prostitución más rastrera y vil. También lo veremos muy pronto. Ya lo estamos viendo; pero la actual bajada generalizada de pantalones no es nada para lo que viene.
Los ingenieros son damnificados por esta ley como lo somos los arquitectos; como lo será, en definitiva, toda la sociedad. Y ellos lo saben, y están preocupados.
No obstante, algunos colegios están pletóricos. Deben de pensar que les ha tocado la lotería o algo así.
El Ilustre Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Galicia ha lanzado el otro día un comunicado que, siendo triunfalista, se me antoja tristísimo. Destaco especialmente este párrafo funesto y torpísimo:

Con la actual LOE, los ingenieros industriales no podrían diseñar un hospital, ya que se trata de un edificio con uso sanitario y está reservado a arquitectos. Sin embargo los ingenieros industriales sí pueden intervenir en la estructura del hospital, vías de evacuación, instalaciones de protección contra incendios y por supuesto en todas las instalaciones de alta y baja tensión, climatización, quirófanos, equipos radiológicos, etc. Parece absurdo que puedan hacer todo el hospital menos "la caja" del mismo.

¿La caja? ¿La caja? ¿La caja? ¡Ay, gañán: La caja!


Me dejan sin palabras. ¿Qué podríamos decir? ¡La caja!
Hijos míos, qué concepto. Qué finura. Tenéis la sensibilidad ahí mismo. Por las mismas podríais haber dicho que si los ingenieros industriales pueden hacer ahora cosas de esas que tienen tejado, también podrán hacer cosas de esas donde duerme la gente.
Es igual que si yo dijera que ya que los arquitectos podemos hacer todo el edificio (por cierto, que no necesitamos ayuda de los ingenieros industriales para el cálculo de la estructura), también podemos proyectar "los chirimbolos".
No me meto con los ingenieros, que suelen ser gente inteligente y sensata y que creo yo que sentirán vergüenza ajena por esa manifestación de su colegio. Los ingenieros hacen perfectamente su trabajo. Y me imagino que ante la oportunidad de hacer "la caja" reaccionarán más o menos con el mismo estupor que yo ante la de hacer un piano.
Pero el trabajo está muy mal para todo el mundo, y los ingenieros son gente muy lista y preparada, y muy capaces de aprender rápido lo que sea, y seguro que si les ofrecen ese encargo (y se lo pagan razonablemente bien) encontrarán la manera de hacerlo. (Como yo el piano).
Pero no es eso.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Arquitectos e Ingenieros (¿Prometheus y Alien?)

El otro día vi esta foto en la página de Vaumm en Facebook:


Y me quedé pasmado. Lo primero que se me ocurrió fue: "Arquitectos, arquitectos, ¡qué listos nos creemos, y naufragamos ante un grifo!" "Toma ya". "A ver si aprendemos".
Y pensé en la eterna polémica entre nosotros y los ingenieros.

Los arquitectos solemos dejar los problemas a medio resolver, casi siempre porque los planteamos mal, mientras que estos avionacos son perfectos. En su diseño no hay un solo error.
Nuestro problema es que los arquitectos podemos diseñar hoy una plaza de toros, sin haber hecho antes ninguna y sin tener ni idea de qué necesita, y cuando ya empezamos a conocer el tema nos toca hacer un cine. Y así no se puede. Siempre estamos debutando.
En este mundo superespecializado el arquitecto sigue siendo un "humanista"; es decir, un aprendiz de todo y un maestro de nada, y no puede competir con ningún experto. Mientras que un ingeniero lleva toda su vida estudiando e intentando perfeccionar los flaps ante las entradas en pérdida, un arquitecto se plantearía qué es un avión, cómo puede volar, qué sentido tiene el vuelo, etc, y todo lo más hará un disparatado dibujo a lo Leonardo da Vinci (uno de los mayores artistas de la historia, y probablemente el peor inventor), y diría alborozado: "¡Mira, se me acaba de ocurrir! Es un helicoide para trepar por el aire. ¿Lo quieres probar?" "¿Quién, yooooo? Ni harto de vino. Ni loco de la cabeza".
Sí, amigos, así somos los arquitectos. Siempre queriendo inventar la pólvora sin saber ni cómo es exactamente una explosión.

Claro, que también estoy harto de ver proyectos de naves industriales por ingenieros. (Hacen tres rayitas paralelas inclinadas en cada ventana porque, según ellos, eso representa el vidrio. Y cosas así. A veces uno diría que les da igual ocho que ochenta).

Estoy generalizando. Lo sé. Y voy a estropearlo aún más con una comparación.

viernes, 27 de agosto de 2010

Muertes de arquitectos

Me gustaría poner en algún sitio de este blog una pestaña, un botón, algo, donde colocar una colección de relatos que escribí, y que la pudierais leer y descargar. Pero no sé si es imposible que esta página de blog pueda soportar eso o si soy yo quien, con mi ignorancia legendaria (y litúrgica), no sabe cómo hacerlo.

La colección de relatos se titula Necrotectónicas. Muertes de Arquitectos.



He subido el libro a Megaupload, para que lo descarguéis si queréis.