Mostrando entradas con la etiqueta Nehru. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nehru. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de febrero de 2016

El gran pulpo

Sabemos que en un oscuro tiempo remoto, cuando Le Corbusier se llamaba Charles Édouard y era suizo, grababa los dorsos de las cajas de los relojes de bolsillo(*). Su maestro de entonces, l'Eplattenier, pintor naturalista que le enseñó historia del arte y le abrió los ojos al mundo exterior, le vaticinó que llegaría a ser arquitecto.
Y llegó a arquitecto, naturalmente. Hizo algunos chalés suizos que, por mucho que Colin Rowe quisiera ver algo en ellos, sólo tienen el interés biográfico de que quien hizo aquello era un joven paleto que quería ser arquitecto y que por entonces se llamaba Charles Édouard y ni soñaba con llegar a ser Le Corbusier algún día.


El joven había recibido una formación muy escasa, pero tenía una inteligencia muy despierta y un instinto certero, y era más listo que los ratones coloraos. Las pillaba al vuelo, y en seguida se dio cuenta de que su tierra natal le ahogaba y de que como arquitecto de pueblo no iba a llegar a nada. Y se fue a París. Quería estar en el ojo del huracán, codearse con lo que fuera que había allí.
Se sumergió con avidez en la vanguardia como se podría haber sumergido en cualquier otra cosa: en lo que hubiera de mayor excelencia. La vanguardia artística era lo más de lo más en una sociedad que era lo más de lo más. Es decir: los más cultos y modernos de entre la gente más culta y más moderna estaban enfrascados en el arte de vanguardia, y él se metió allí de cabeza. Y destacó en ese mundo. Dentro del Movimiento Moderno llegó a ser el más moderno de todos los arquitectos, su sumo pontífice, su capitoste.
Glosar su ingente labor en la vanguardia de la arquitectura rebasa la capacidad de este blog. Sus consecuciones iluminan a la humanidad. Le Corbusier no es sólo uno de los más grandes arquitectos del siglo XX: es uno de los más grandes de toda la Historia de la Humanidad.
Como arquitecto insertado en las vanguardias artísticas del siglo XX su obra icónica, su fetiche, es la Villa Saboya, en Poissy (Francia).



En esa época realizó las obras más canónicas del Movimiento Moderno. Acuñó el famoso eslogan "la casa es una máquina de habitar" y también sus famosos "cinco puntos de la arquitectura".
Sin embargo yo sostengo que la Villa Saboya (como el resto de su obra) no es funcionalista en absoluto. Basta estudiar la planta de la vivienda para apreciar la tosca distribución, las circulaciones confusas y la relación incómoda entre las diferentes piezas. Por otra parte, sistematiza las ventanas sin importar la orientación de cada fachada ni los usos de las distintas piezas. Monta la vivienda sobre pilotes sin demasiada justificación (la del recorrido del coche y el acceso al garaje, con ese parcelón, no me parece suficiente). La remata con un solarium que ni tiene en cuenta el soleamiento ni puede funcionar adecuadamente. (¿Alguien tomó el sol ahí alguna vez?). Y cierra el patio terraza con una falsa fachada que tampoco se justifica ni funcional ni racionalmente.
Pero todo ello tiene una riqueza plástica innegable.
Porque Le Corbusier es, ante todo, un artista plástico.
La escalera de "semicaracol" que arranca desde abajo en un tubo-sacacorchos es fascinante, la doble circulación (innecesaria) en la que desemboca esa escalera da un riquísimo juego de espacios. La salida a la terraza y su recorrido hasta la cubierta es delicioso. La falsa fachada de la terraza enmarca la vista desde dentro hacia el paisaje, y desde fuera cierra el paralelepípedo. Y el muro curvo del solarium es como una vela que hace avanzar al barco varado en la hierba.
Ninguna de esas decisiones es funcionalista ni racionalista. Todas ellas son plásticas; hacen un bellísimo objeto, y, sobre todo, cualifican unos espacios muy apetecibles y excitantes. Porque para Le Corbusier, como para todos los arquitectos verdaderamente grandes, la arquitectura es, antes que nada, espacio.
(Y el espacio ni es "sitio" ni es "volumen", sino muchas otras cosas. Cosas logradas por esa insensata circulación ambigua y confusa, esa disfuncional tumbona de gresite entre el baño y el dormitorio, esa rampa promenadesca y todo lo demás).
Le Corbusier escribía y hablaba de soleamiento, de ventilación, de orientación, de distribución... También hablaba de modulación y seriación...


sábado, 2 de julio de 2011

La mano abierta de Chandigarh

He escrito estas semanas una "trilogía de las manos" para preparar esta entrada, y ahora veo que me desborda. Me pierdo, me colapso. No sé por dónde empezar.
Vamos poco a poco y sin aturullarnos:
La independencia de la India es uno de los episodios más importantes del Siglo XX. Hablar de ese tema sobrepasa de largo las pretensiones de este blog. Sólo mencionaré muy de pasada que el primer ministro Nehru, entre las muchísimas medidas que tomó (y quizá una de las más insignificantes), decidió fundar una nueva capital del estado indio del Penjab: Chandigarh. Y le encargó el proyecto a Le Corbusier.
(Perdonad que vaya tan rápido. Os dejo enlaces para que leáis con calma si tenéis interés).
El sueño de un arquitecto: Construir una ciudad entera, y además una ciudad con una gran carga política y simbólica. Hizo el Parlamento, el Secretariado, el Palacio del Gobernador, el Palacio de Justicia, etc. Una ciudad surrealista, de hormigón visto y vacas y turbantes. Una imagen poderosísima y riquísima, llena de contrastes y contradicciones.


Y, como colofón, un monumento, un símbolo de la ciudad que ha trascendido la propia ciudad y se ha convertido en una imagen universal: la mano abierta.
Le Corbusier era un grandísimo arquitecto, pero era todavía mejor publicista. La mano abierta ha quedado como imagen de marca, como símbolo de modernidad y, aun más, de amistad, de bondad, de generosidad, de alegría... qué sé yo.