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domingo, 12 de octubre de 2025

Todo se muere

Estoy leyendo un libro sobre jazz que me está gustando(1). El prólogo(2) es una declaración nostálgica de la que extraigo estos fragmentos:

"Durante décadas el jazz pasó de un acompañante a otro como una enorme cadena de vida, una tradición oral; uno aprendía de los mayores y pagaba por este privilegio demostrando su valía en la gran comunidad del jazz. Hoy en día, el jazz se enseña principalmente en las escuelas".

"Para aprender a tocar, se empleaba el método de prueba y error".

"El jazz es hoy, por encima de todo, un ejercicio académico, una música artística antes que la música de un pueblo".

La banda de Joe "King" Oliver en 1923

"Paradójicamente, en muchos sentidos, podría decirse que la música está 'mejorando'".

"... a lo que se está refiriendo [el autor] es a la quiebra en la continuidad de esa tradición. No es la música de jazz per se lo que está en peligro; es la tradición que dio sentido a esa música -y a las vidas de aquellos que vieron en ella un modo digno de pasar por este mundo- lo que está desapareciendo ante nuestros ojos".

"No se trata de si la persona es capaz de seguir juntando las notas sino si esto, al fin y al cabo, significa algo..."

Veo claramente que este pensamiento, que comparto, se da en el jazz y en cualquier otro ámbito de la vida. Todo se muere.

lunes, 11 de marzo de 2024

Nevermore

And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
Shall be lifted - nevermore!
Edgar Alan Poe. The Raven

Y mi alma, de esa sombra que yace flotando en el suelo
no se levantará - ¡nunca más!
Edgar Alan Poe. El cuervo


Nunca más. Ya nunca más.

Como Dios nos cría y nosotros nos juntamos, en las redes estoy rodeado de viciosos de la arquitectura, que no hacen más que poner fotos y planos de edificios. Estoy viendo ahora más proyectos que en toda mi vida, de todas las partes del mundo y de arquitectos de quienes jamás había oído hablar.

Abundan más las obras tranquilas, sensatas y lúcidas que las espectaculares y extravagantes (sé elegir de quiénes me quiero rodear), hasta el punto de que en un primer vistazo a algunas de ellas llego a pensar: "Esto lo podría haber hecho yo". "Esto lo sabría hacer yo". (Pero llevo treinta y nueve años diseñando casas, varios cientos, y jamás he hecho nada ni remotamente parecido).

Una de las últimas casas que me han mostrado es esta:

Residencia Hawkins. Cheltenham, Sidney, Australia.
Philip Cox, arquitecto

Y ha desencadenado en mí una cascada de emociones(1), que es la que os voy a intentar contar aquí.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Final

Estos días he descubierto, pasmado, esta escultura:


Es La Virgen del velo (c.1850), del escultor italiano Giovanni Strazza (1818-1875)
Es algo verdaderamente admirable: Una pieza de mármol sólida, maciza. No es un retrato al que luego se le haya superpuesto una gasa que se haya enyesado (o "enmarmolado") posteriormente. No. De eso nada. Es una talla en piedra. Es pura talla. Todo ello está hecho con la técnica de sustracción: Tomar un bloque de mármol y quitar material.
No se puede tener más maestría, ni ser mejor escultor que Giovanni Strazza.
¿Pero quién fue Giovanni Strazza? Ni idea. No había oído hablar de él en mi vida. Lo busco ahora en Google y no lo encuentro. De esta escultura si hay varias entradas, pero de la biografía del autor nada. Ni siquiera tiene entrada en la wikipedia. O sea, que este gran escultor no aparece clasificado ni como de tercera división. Vaya.


¿Por qué la historia, la memoria, no aprecia a este escultor? Pues porque su obra es deliciosa, inmejorable, perfecta... pero ya no aporta nada nuevo, y no va a ningún sitio.
Su autor es un excelente conocedor de la técnica, un maestro, un Don Nadie. Parece que no tiene nada que decir.

Fuera de los círculos más o menos próximos a la arquitectura tengo un grupo de amigos muy cultos y con una gran formación y un criterio certero, pero que no aman el arte contemporáneo. No les interesa especialmente. A veces discuto con ellos de estas cosas, y me aportan puntos de vista muy interesantes e inteligentes desde fuera de este mundo endogámico en el que nos incrustamos los arquitectos como lapas contumaces.
Naturalmente, todos ellos me dijeron que estas imágenes les gustaban mucho. ¿Y a quién no? Sobre eso no hay discusión posible. Es una obra de una gran delicadeza y de un carácter extraordinariamente bueno y bello.
Pero yo, que no puedo estarme callado sin meter la pata, les decía que esta obra es fruto de un conocimiento absoluto de la técnica, y de un dominio total del oficio. Pero nada más. (Ni nada menos, de acuerdo. Pero nada más).
Ah, ¿es que es poco dominar el oficio y la técnica? Naturalmente que no. En eso consiste la profesionalidad. Y esta escultura es, obviamente, obra de un profesional.


Pero yo creo que es la obra de alguien que conoce magníficamente su oficio pero que ya no tiene nada nuevo ni nada especial que decir. Me refiero a que es un académico que sabe aplicar académicamente su profesión, que lo hace con una gran perfección, pero que se limita a repetir lo que ya sabe. Prueba un efecto exquisito, tal vez novedoso como tal, pero no prueba una nueva forma de expresión. No arriesga. Se queda en lo trillado. Ya sabe cómo le va a salir y ya sabe que su obra va a ser admirable desde antes de empezarla. Su única originalidad es precisamente el efecto, el adjetivo prescindible.
Veo a ese escultor como a un competentísimo profesor de Bellas Artes y como a un dignísimo miembro de la Academia (no sé si lo fue; no sé nada sobre él).
También lo veo, sí, como un escultor ya aburrido, necesitado de estímulos laterales o tangenciales a la propia obra, a su consabida esencia.
Porque saberlo ya todo y dominarlo ya todo aburre mucho.
Pero para entretenerse juega con variables accesorias.
Veo el final de un camino, veo el estancamiento de este arte en una vía que ha llegado a su máxima perfección y no puede dar más de sí.
(Lo que, por supuesto, no quita, y lo repito una vez más, que vea una obra perfecta).


Este escultor podría enseñar el oficio a los jóvenes (seguramente lo hizo) y ser el adecuado eslabón de la cadena para que ésta continuara. Pero la propia cadena no podía continuar. Estaba cerrada en círculo, acabada, y ya no iba a ningún lado. ¿Continuar hacia dónde? Hacia ningún sitio. Era repetir eso eternamente y no poder mejorar ya nada ni explorar nada. Tan sólo probar nuevos alardes técnicos (por ejemplo, otra Virgen Velada pero con un tejido calado como de ganchillo) y acabar en el puro kitsch.
En el fondo, esta obra magnífica que muestra su innegable perfección pero no arriesga nada ni busca nada está ya entrando en el kitsch.
Cuando digo estas cosas los amigos a quienes me he referido antes se cabrean. Y yo los entiendo: Hay algo que se rebela profundamente en el interior de uno cuando un tocapelotas ataca una obra que es no sólo irreprochable (no hay más que verla) sino ejemplar.