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martes, 22 de diciembre de 2020

El convento

Todos conocemos el feo pero eficaz dicho de "para lo que me queda en el convento..." Pues bien, a Donald Trump ya sí que parece que le quedan muy pocos días, aunque nunca se sabe, porque este hombre es capaz de cualquier cosa, y tiene seguidores muy locos.

Pero de lo que quiero hablar hoy es de que, ya prácticamente con un pie fuera de la Casa Blanca, yéndose y ya casi desde el patio, ha dictado una orden ejecutiva que se ocupa del gran tema que han tocado todos los grandes estadistas que en el mundo han sido: La arquitectura.

Este hombre, consciente de la necesidad de dejar un buen legado tras él, un gran recuerdo de su paso por el poder casi omnímodo, ha hecho una proclama por la buena arquitectura, la arquitectura decente, la que a él le gusta. (Bueno; la que a él le gusta y la que le gusta a todo ser humano bien nacido).

Trump con su familia en su apartamento de la Trump Tower en
la Quinta Avenida de Nueva York. Obsérvese... obsérvese todo.

La orden ejecutiva que acaba de dictar prohíbe la arquitectura moderna ("brutalista") en todos los edificios federales, que deberán ser obligatoriamente de estilo agradable, noble y digno. 

Primera página de la orden ejecutiva
(Clicadla para poder leerla)

martes, 7 de febrero de 2017

La culpa de todo

Hace unas semanas mi hijo Diego, usuario cotidiano de los trenes de cercanías de Madrid, me dijo:
-Papá, a la entrada de Atocha hay una pintada buenísima. Dice: "La culpa de todo es de Le Corbusier"
-¿De verdad? ¿Así, sin más? ¡Qué bueno! ¡Quiero foto!
-No me ha dado tiempo. Ha sido un momento. Un día de estos te la hago.
Y ayer me mandó estas tres:




Es, como veis, una pintada muy pulcra y discreta. Nada de estridencias. Da la sensación de ser una queja sentida, resignada y muy cívica (dentro de lo que es hacer pintadas en la propiedad y el espacio públicos, que supongo que también entraña en sí mismo algún tipo de civismo).
Ni que decir tiene que me faltó tiempo para colgar la primera imagen en Facebook y en Twitter.
El éxito ha superado cualquier previsión. Me ha desbordado.
En Twitter, en un solo día, esta foto ha sido "favoriteada" más de mil novecientas veces, ha sido retuiteada más de mil trescientas y ha tenido cuarenta y un comentarios. Y sigue: No hacen más que llegarme notificaciones.


Los comentarios han sido, en general, de lo más divertido. La verdad es que la pintada es buenísima y se presta a ello. Y la gente que comenta es muy ingeniosa.
Pero, como suele pasar, siempre hay más haters que lovers, y entre los primeros, tras los divertidos, sutiles y complejos, vienen los más simples y directos, hasta que uno, por fin, ha hecho un comentario con solo dos palabras: "HIJO PUTA". (Supongo que dedicadas al Corbu, aunque también podrían ir destinadas al autor de la pintada o a mí. Esto nunca se sabe).

Creo que merece la pena decir un par de cosas. (Siempre merece la pena decir un par de cosas sobre el tema que sea).
Todo apunta a que el autor de la pintada padece alguno de los barrios del extrarradio de Madrid, y soporta diariamente el follón de los transportes públicos, con varios transbordos, con el tiempo justo, con líos de todo tipo. Vive en uno de esos barrios que siguen un modelo propugnado y propiciado por Le Corbusier (entre muchos otros) que prometía espacio, sol, ventilación, vegetación y que en realidad han quedado en algo mucho menos atractivo, y donde además hay un complejo y problemático tejido social, una patente falta de servicios públicos, etcétera. (Aunque también hay que decir que en las últimas décadas todo eso ha mejorado bastante. Es verdad).
Hay que decir que Le Corbusier fue un talento plástico de primera, uno de los grandes genios de la humanidad. Pero también hay que reconocer que no tenía ni la formación ni el conocimiento suficientes como para hacer propuestas urbanísticas serias. Tenía brillantes intuiciones, y las sabía exponer con elocuencia. Y era un gran publicista de estas ideas, por lo que consiguió que le hicieran algunos encargos gigantescos y disparatados.

Los edificios de Le Corbusier: sol, ventilación, vegetación, vistas, planta baja liberada...
Y la ciudad configurada por una trama de estos edificios higiénicos y felices y
 por una zonificación férrea.

Le Corbusier, como también les pasa a muchos políticos, proponía soluciones muy simples para problemas muy complejos. Ese tipo de cosas gusta mucho. No hay más que ver cómo triunfa el populismo y la demagogia. Es muy fácil dar una solución genialoide para resolver de un plumazo el paro, la inmigración, las guerras, el comercio, los precios, las zonas verdes, los espacios de relación social, los transportes públicos o lo que sea. Muy fácil. Una buena campaña publicitaria hace que la gente se crea esos esquemas tan sencillos y elocuentes y el pisto está servido. El follón y la zorrera que se forman pueden ser irreversibles y tener efectos dramáticos.

Vale. De acuerdo: LA CULPA DE TODO ES DE LE CORBUSIER.

martes, 20 de diciembre de 2016

Criticones

Hace unos años leí un artículo estupendo, una crítica despiadada, lúcida y muy graciosa a la arquitectura moderna, o a buena parte de ella. Se titulaba "Satán es mi señor (parte I): ¡Tu vida va a ser un infierno!". (Si no lo habéis leído aún clicad en el título y lo podréis leer: Merece la pena).
Me gustó mucho. El artículo se hizo tan famoso que poco después se creó una página web con ese nombre: "Satán es mi señor" (SEMS) y también un grupo de Facebook que sigue muy activo.
Naturalmente, me uní inmediatamente al grupo de Facebook. Pero en seguida me sentí muy defraudado. Los umildes sierbos del Vajísimo, además de hacer divertidas faltas de ortografía a propósito (me encanta lo de "jormigón" y lo de "jormigonaco", lo de "majno grupo", lo de "adefisio" y lo del "Vajísimo") y de poner fotos de engendros tan horribles que hasta se daban la vuelta y resultaban muy atractivos, estaban cada vez más creciditos, lo confundían todo, lo ponían a parir todo sin ningún fundamento, lo cuñadeaban todo y me hacían sentir mal cuando atacaban alguna obra maestra a lo loco y a capricho. Un par de veces hice comentarios a favor de algún edificio admirable puesto en la picota sin ton ni son, pero me di cuenta de que eso era una tontería por mi parte, ya que la gracia de los SEMS es precisamente esa: poner a parir cualquier obra porque sí.
Así que me di de baja porque ya no me causaban ninguna alegría. Era siempre lo mismo: se denunciaba una obra, de la que se aportaba foto, y ya está. Daba igual que fueran las gominolas gigantes de las rotondas que Torres Blancas. Daba igual que fuera un nuevo centro comercial superferolítico que Ronchamp. Daba igual todo.

Portada navideña que actualmente tiene el grupo SEMS en Facebook

No me molesta en absoluto que se critiquen obras que tengo por fundamentales: Todo es criticable. Todo se debe poner en entredicho. Siempre. Si no criticamos nos quedamos en el nivel estupidizado del mero babeo elogioso o del mero cabreo refunfuñante. (Esas dos actitudes sí que me molestan, ya digo).
Toda obra es enriquecida constantemente por nuestros juicios, incluso (y tal vez sobre todo) por los negativos. Intentaré expresarme mejor: La obra está ahí y seguramente le dan igual nuestras apreciaciones; somos nosotros los que nos vemos transformados y enriquecidos por los sucesivos juicios que nos llegan de la obra y por los que emitimos.
Por eso mismo la crítica es necesaria. Poco le importan a Las Meninas al Quijote o al Cuadrado blanco sobre fondo blanco lo que yo diga sobre ellos, pero tal vez eso que yo diga le despierte a algún lector alguna idea, incluso -sobre todo- opuesta a la mía, alguna nueva perspectiva, algún enfoque que, aunque erróneo, tonto o disparatado(*), le sirva para enfrentarse a esas obras con sus propios ojos y su propio criterio: un criterio que se va formando constantemente con las distintas contaminaciones que le llegan. Por eso todo vale; toda crítica suma y aporta.
No puedo meterme sin más con los de SEMS y yo seguir aquí, tan pancho, escribiendo en este blog. Yo soy otro bocazas, otro "cuñado", otro bocachancla, y si me aburrieron los SEMS porque siempre eran lo mismo y no aportaban nada, igualmente os aburriré yo, nos aburriremos todos, hablando siempre de lo mismo.
Por eso siempre intento decir algo y explicar (como puedo y hasta donde llego) por qué lo siento o lo veo así. Creo que, haciéndolo de esa manera, se me puede permitir incluso estar equivocado, ya que la labor de la crítica no es tanto aportar la verdad como generar un ambiente de discusión.
(Bueno: No sé si soy capaz de llegar alguna vez a la categoría de "crítico" o me quedo simplemente en mero "criticón". Son cosas distintas).

lunes, 29 de diciembre de 2014

El decálogo (del) bobo

Su Alteza Real el Príncipe Carlos de Gales tiene en su penoso historial más de una metedura de pata. Y de las gordas. A este hombre, desubicado de la Historia y desenfocado de lo que puede ser su misión en la vida, le dio desde joven por pintar acuarelas y -desgraciadamente para los arquitectos y para el mundo en general- por amar la arquitectura. Pero no ama la arquitectura. Ama una imagen romántica y falsa de una cierta arquitectura waltdisneyana y harrypotteriana en un mundo que nunca existió, y que nos transporta a un falaz siglo diecinueve, a la dulce y deliciosa Inglaterra que contó Charles Dickens. Qué hermoso: Hospicios que matan de hambre a sus alojados, rateros que roban bolsillos en la calle, estafadores, borrachos, usureros, mujeres apaleadas. ¡Qué bonito! ¡Qué belleza sin par!
En sus manifiestos por una arquitectura imposible y anacrónica proliferan los atardeceres, los miradores en fachadas de piedra, las cubiertas de brezo, los puentecitos sobre arroyos cristalinos... Este señor quiere que todos vivamos en una acuarela de las que él pinta.

Acuarela pintada por el Príncipe Carlos

El príncipe pinta unas acuarelas malísimas, que no se sostienen, que no se pueden mirar sin bochorno. (Lo siento, yo nunca me habría metido con él; allá cada cual; le habría dejado en paz pintando sus chorradas si él no se hubiera metido conmigo y con todos los arquitectos). Es -ay, no quería decirlo- aún peor pintor que Hitler, (que también era arquitecto aficionado; ay, Señor, qué cruz).

Acuarela de Adolf Hitler

Es patético ver los afanes de esta gente pretendiendo ser artistas sin tener ni la más remota idea de lo que significa ser artista, ni importarles un pimiento el arte, y confundiendo el culo con las témporas en una vaga ensoñación romántico-mística que no es de temer en un empleado de banca ni en un notario jubilado que pintan en los fines de semana, pero que resulta terrible en alguien que tiene poder para meternos a todos los demás, a la fuerza, esas imágenes deformadas de la realidad y esa forma enfermiza de vida.

El Príncipe Carlos pinta acuarelas desde joven

Sí, es muy bonito sentirse pintor, sentarse en una silla plegable, con uno de los perros a los pies y con unos cuantos lacayos siempre a mano por si te apetece un piscolabis o que te traigan agua limpia para la acuarelita.
(Por supuesto, el papel es el más gordo y más caro que haya en el mercado, los pinceles son de pelo de marta, y el agua es mineral, baja en sodio. Todo es lo mejor de lo mejor para pintar esas memeces).
Y el príncipe pinta palacios, naturalmente, pero también pintorescas casitas en las que imagina unos habitantes idílicos que, incluso sin calefacción, sin trabajo y sin subsidio, glorifican la entrañable vida británica y glorían la humedad que se filtra por esas bonitas pero desvencijadas ventanas de madera y por ese hermosísimo tejado de paja podrida que no tienen dinero para arreglar.
Pinte, príncipe; pinte Su Alteza Real nuestra bella miseria y nuestras simpáticas casas sabañonógenas. Pinte usted este rozagante color rojo de nuestras caras, ateridas de frío, y las hermosas columnas de humo que salen de nuestras chimeneas, ahumando nuestro cuartodeestarcocinadormitorio. Pinte, Alteza. Pinte, pero haga el puñetero favor, ya que no nos ayuda, de estarse calladito.

Acuarela del Príncipe Carlos

Porque este amante de la arquitectura que no sabe nada de arquitectura y que parlotea sobre ella sin haber pensado ni durante un segundo en toda su vida en los problemas reales de la arquitectura, en sus presupuestos y objetivos, en su misión y su función, se cree que la arquitectura es un mero decorado teatral, un motivo de fondo para sus insulsas acuarelas, y nada más. Siempre ha odiado la arquitectura moderna, que le resulta inhumana, cruel, fría y geométrica, y tan difícil de acuarelar. Quiere que todos vivamos en casas de madera o de piedra, y nos desplacemos en carros de caballos.
Claro que sí: Tampoco son buenos los hornos microondas ni las placas vitrocerámicas. Es mucho mejor tener una plantilla de cocineras que nos hagan la comida en horno de leña y en fogón de paja, y nos la suban al comedor a su temperatura justa y en su adecuado grado de cocción.
Y, naturalmente, que el agua de nuestro baño sea calentada con fuego de leña, y que nos la suban en jofainas una buena media docena de lacayos, perfectamente sincronizados para que el abastecimiento sea continuo y homogéneo. No es desdeñable que mientras nos bañamos nos entretenga un cuarteto de cuerda tocando piezas como mucho-mucho del barroco, pero mejor de los siglos XIV o XV, que estresan menos.
Eso es vida, nos dice el príncipe. Pues va a tener razón.