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viernes, 13 de marzo de 2020

Las letras vaciadas

El otro día la arquitecta y profesora @jblPaz, del estudio PAZ+CAL, puso en Twitter un excelente edificio (no suyo) de Toledo, y yo lo apoyé y lo intenté difundir, y aproveché para decir que mucha gente admira la arquitectura toledana de siglos pasados y no sabe que la ciudad imperial también tiene excelentes edificios contemporáneos.
Ella se sumó dando una lista de magníficos arquitectos actuales que tienen obra en Toledo, pero, naturalmente, se excluyó por modestia. Yo creo sinceramente que PAZ+CAL son de los mejores y así se lo dije, y, como no lo había hecho ella, puse fotos de su Consejería de Educación de Castilla-La Mancha, en la calle del Río Alberche, de Toledo.
Y los dos nos acordamos de un artículo que escribí hace muchos años. Ella lo conserva, cosa que me honra, y me lo pasó.
Lo leo y, esté mal o bien escrito, creo que cuenta algo muy interesante sobre la relación de los arquitectos con las administraciones públicas, y pienso que aunque ya tiene dieciséis años (qué barbaridad) sigue valiendo porque lo que cuenta es eterno.

Os lo pongo. Apareció en la ya desaparecida revista Ecos, de Toledo, en el número del 20 de febrero de 2004. (Se nota su edad, por ejemplo, cuando aún estoy tan desorientado con la supresión de la ché y de la elle, pero lo dejo tal como lo escribí entonces).



Las letras vaciadas

Hace unos días el Colegio de Arquitectos organizó una visita a las obras de la Consejería de Educación, en el barrio del Polígono, en Toledo. Nos reunimos allí un grupo de compañeros (y, sin embargo, amigos), y esperamos unos minutos a que comenzara la visita.


Había algo muy apropiado para entretener nuestra espera: La explanada de acceso estaba poblada por letras grabadas, vaciadas en la solera de hormigón, que, aparentemente, no significaban nada. Estaban sueltas, pero seguían pautas paralelas, lo que invitaba a intentar descifrar un posible mensaje buscando lecturas en horizontal o incluso en vertical, al derecho y al revés. Nada. Imposible. Aquello parecía ser un mero recurso gráfico: utilizar las letras como objetos decorativos haciendo una analogía entre la Consejería de Educación y el aprendizaje, las primeras letras, los textos, la cultura... Bien; pues vale.

Reconozco que tengo sensaciones contradictorias ante el uso, tan de moda, de las letras como objeto de diseño y de consumo. Por una parte, las letras son fascinantes gráficamente, como objetos formales, y nos dan la impresión de que siempre han existido. (¿Quién se atrevería a inventar una letra nueva?). Y para las veintitantas letras existentes (ya no sé el número exacto, después de lo de la “che” y la “elle”) hay mil diseños tipográficos, tan diferentes que parece mentira que se refieran a las mismas letras, y sin embargo éstas son reconocibles por debajo o por detrás del diseño. Por ello, qué bonito resulta emplear las letras como bellos objetos decorativos, o como ensalmos, talismanes o amuletos mágicos.

Pero, por otra parte, una letra sin significado tiene algo de monstruoso, como un residuo mutilado y mutante. Uno ve una “a” y dice “a”, aunque sea en silencio. Suena “a”, y se queda en nada, en un miembro desgarrado de su cuerpo. ¿Es la “a” de “amor” o es la “a” de “arenque”? Con las letras conviene ser serio, tomárselas en serio. Ya sé que ahora, en plena postmodernidad, da igual ocho que ochenta, y lo que priva es la desconstrucción del mensaje,  la descontextualización del signo, la ambigüedad de los significados, el fin de la razón, el pensamiento débil y todo eso. Pero, a fuerza de relajar nuestra capacidad crítica y nuestro rigor, y a fuerza de avergonzarnos de la dureza que conlleva el racionalismo, hablamos con entusiasmo del pensamiento débil cuando en realidad deberíamos hablar con dolor de la debilidad del pensamiento.