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martes, 24 de septiembre de 2024

La función son los padres

Dedicado doblemente a Jaume Prat,
por su tuit y por su artículo


El otro día, un poco provocativo, un poco en broma (como siempre), pero muy en serio (como siempre), mi amigo y maestro Jaume Prat ha publicado el siguiente tuit: "El gran secreto es que por mucho que nos hablen de función solo cuenta la forma. Antes y ahora".

Yo me he enganchado a parasitar ese tuit (es lo que estoy haciendo ahora) para extenderme aquí y de paso para recordar el último artículo de Jaume publicado hasta el momento: "La arquitectura son los padres".

Maldita sea. No me libro ni una vez de las tildes
que me pone el autocorrector del teléfono

Los arquitectos tenemos una especie de mala conciencia que nos lleva a justificarnos siempre en el sentido de que la forma es caprichosa, poco ética y bastante vana, y que por el contrario lo que nos redime y nos hace ciudadanos de bien y útiles a la sociedad es la función.

martes, 19 de abril de 2022

Buenos días lo primero

Todos hemos tenido a alguien que nos lo ha dicho: nuestros padres, nuestra abuela paterna o nuestra tía Herminia. Entrábamos corriendo, urgidos por una novedad o un hallazgo, donde estaban reunidos nuestros familiares, lo proclamábamos con entusiasmo y en vez de pasmarse ante nuestros asertos nos recriminaban: "Buenos días lo primero". No entendíamos nada: Lo que estábamos contando era emocionante, importante, divertido, y nos cortaban para exigirnos que cerráramos el chorro y diéramos los buenos días. ¿A quiénes les podían importar los buenos días? No obstante, al parecer era obligatorio darlos.

Imaginaos a Hitler o a Rommel mandando callar al espía que traía los datos del lugar y el momento exactos en que se iba a producir el desembarco en Normandía y gritándole: "¡Buenos días lo primero!" Imaginaos al excitadísimo espía intentando pese a todo decir cuántas tropas, cuántos barcos y con qué armamento iban a desembarcar y a sus superiores arrestándolo e incluso mandándolo fusilar por cabezota e indisciplinado, y no haciéndole caso por no haber dado los buenos días. (¿Os imagináis?)

Pues con lo de Normandía es casi seguro que no ocurrió, pero con la arquitectura ocurrió, ocurre y seguirá ocurriendo. Nos hemos creído portadores de nuevos conceptos de espacio, de nuevas y mejores eficiencias, de mayor lógica constructiva y de más avanzado régimen de confort, pero nos obstinamos en proclamarlo sin dar los buenos días (o, mejor dicho, los damos de una manera muy rara) y nos mandan al cuarto de los ratones sin escuchar ni apreciar nuestra buena nueva.

Vamos a hacer una prueba. Proponédsela a vuestros amigos cultos pero no en arquitectura ni especialmente interesados en ella. Mostradles estas cuatro parejas de edificios y pedidles que elijan el que más les guste de cada una.




(Se pueden clicar para verlas más grandes)

Yo lo he hecho y los resultados son prácticamente unánimes: derecha, izquierda, izquierda e izquierda.

jueves, 9 de mayo de 2019

Tatuajes: El tiro por la culata (I)

Antes de entrar en el tema quiero declarar lo siguiente: Acabo de cumplir cincuenta y nueve años. Me crié viendo a Locomotoro, a Matías Prats, a José Bódalo, a John Wayne, al Cordobés, a Mariano Medina, a Tony Leblanc, a Amancio, a Bugs Bunny, a Gila y a Torrebruno, entre otros muchos.
Fui a un colegio de curas. El profesor de gimnasia (educación física) y política (formación del espíritu nacional) era falangista y muchos días iba a clase con la camisa azul y la insignia del yugo y las flechas. Quien no jugaba al fútbol era marica... Si tenéis menos de treinta años dudo que podáis haceros una idea del panorama.
Y sin embargo tuve una infancia feliz y además, para mi suerte, siempre he sido muy curioso, he leído mucho y he tenido la mente muy abierta. Así que poco a poco he ido afinando mis criterios, acaso demasiado simplistas en su origen, y me he ido haciendo a casi todo.
Digo esto como excusa y a modo de justificación de lo que sigue. He evolucionado algo, incluso bastante si nos ponemos como referencia los años sesenta y setenta, pero se me notan los ramalazos de rancio, machista, etc., que aún me quedan y que en esto que cuento se me notan.

Bueno: Vamos con ello.

Una de las entradas más frecuentadas de este blog, con más de quince mil visitas, es la que dediqué a glosar el artículo "Ornamento y delito" de Adolf Loos. Pero tanto a él como a mí nos salió el tiro por la culata.

El artículo (y mi glosa) trata de que una arquitectura ética y racional no debe llevar adornos. El adorno es un despilfarro de dinero y de diseño, demuestra primitivismo, no sirve para nada, no aporta nada y lastra la obra de arquitectura. El adorno no es ético.

Buscando ejemplos y pruebas de ello, Loos llegó a una que consideró irrefutable: los tatuajes. "¿Quién se hace tatuajes?", se preguntó. "Los primitivos y los delincuentes", se contestó.


Pues ya está: Asunto arreglado. Queda demostrada la tesis. Así como ninguna persona moderna, culta y ética se hace un tatuaje, así la arquitectura moderna, culta y ética no debe llevar adornos. El adorno es un delito.

Durante unas décadas ese ejemplo le sirvió. Pero finalmente le ha salido el tiro por la culata. Ahora todo el mundo, sobre todo la gente moderna, culta y ética, se hace tatuajes.

Y a mí también me salió el tiro por la culata. Hice mi "famosa" entrada glosando el artículo de Loos y desde el primer momento recibí un aluvión de visitas. Eso me tupió de satisfacción. Pero pronto me di cuenta de que tal afluencia no era por lo que yo contaba, sino por todo lo contrario: Había puesto una impactante imagen de un tatuaje que rodeaba el cuello de un hombre como si fuera una horrible raja cosida de mala manera. La gente buscaba tatuajes llamativos y molones en la sección de imágenes de google y le aparecía la de mi blog entre las primeras. (Lo sé porque blogger me brinda una herramienta para que sepa qué busca la gente que da con mi blog).
La imagen que yo puse como ejemplo del sinsentido de los tatuajes pasó a ser el motor por el que los curiosos me visitaban. Vaya fracaso.

Como google es como la máxima del evangelio que dice: "al que tiene se le dará", cuanta más gente entraba a mi blog por ahí, mejor se colocaba mi imagen y más aparecía en las búsquedas, así que cada vez entraba más gente. Era un círculo vicioso.
Supongo que de los quince mil que visitaron esa glosa loosiana apenas doscientos o trescientos la leerían. Los demás buscaban más fotos, veían que no había y se iban.
Así que en unos cuantos meses el flujo fue remitiendo, y, como google sigue aplicando aquella misma sentencia evangélica: "...y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene", la imagen y el enlace a mi blog fueron sumiéndose en la sima infinita de los desterrados y hoy ya puedes teclear "tatuajes impactantes", "tatuajes molones", etc., que mi blog no sale y ya nadie visita aquella vieja entrada. Sic transit gloria mundi.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

El precursor atrasado

A Miguel Barahona, gracias a cuyas indica-
ciones y advertencias pude hacer esta visita.


He estado unos días (muy pocos) en Praga y he aprovechado para visitar la Villa Müller, de Adolf Loos.
No sé muy bien qué decir, pero al mismo tiempo tengo una especie de necesidad de decir algo de ella.


Está en un barrio muy agradable, a pocos kilómetros al oeste del casco histórico, en una cota elevada desde la que este se ve estupendamente bien.

La casa ha sido restaurada y está muy pero que muy bien cuidada. (Esto daría para otra entrada: El orgullo de cuidar y exponer el patrimonio).

Esta villa es una de las que mejor exhiben la idea loosiana de raumplan: Esa palabra significa plano espacial, y consiste en que los niveles de suelo y techo de cada planta no son constantes. Es decir: Un salón y un comedor están al lado, pero para pasar de uno a otro se suben tres o cuatro peldaños. Cada habitación tiene la altura que necesita.
En unos puntos sube o baja el suelo. En otros el techo.
De este modo, cada habitación tiene su expresión, su luz, su altura, sus vistas, su espacio, y la casa no es una superposición de plantas como las rebanadas de pan de un sandwich, sino una especie de tetris en el que cada pieza encaja de forma quebrada o irregular con las demás.






Como arquitecto friki la casa me gustó mucho. Vamos, quiero decir que me gustó mucho la sensación triunfal de haber cruzado media Europa para llegar a la puerta (fuera del cogollo de Praga) a la hora prevista (pues había que reservar la visita y mi mujer y yo lo habíamos hecho semanas antes del viaje)(1).
Hay un poco de no creérselo del todo. Qué bien. Todo ha salido bien. Aquí estamos, finalmente. Eso os parecerá una tontería, pero para mí no es lo menos importante. He llegado a tiempo, ha coincidido el espacio y el tiempo para rendir el rito y el culto necesarios a la Arquitectura. Podemos proceder.

martes, 17 de enero de 2017

Cuatro ventanas

Adolf Loos (1870-1933) fue un arquitecto a caballo. Nacido una generación después que Otto Wagner (1841-1918), y casi una antes que los modernos, pero perteneciente a la misma que Joseph Maria Olbrich (1867-1908), Joseph Hoffmann (1870-1956) y los grandes arquitectos de aquella fascinante  y decadente época de la Secesión de Viena, dejó pasar aquella brillante oportunidad de engancharse a los últimos coletazos de la Belle Époque pensando probablemente y con gran lucidez que si ya el viejo Wagner era un bello epitafio de tantas cosas (1) esa Sezession era el epitafio de sí misma.
Arquitecto de frontera, de final de un ciclo sin que aún naciera otro, de terrenos pantanosos y tierras movedizas, se irguió como un gran innovador, como una figura respetabilísima, casi heroica en muchos aspectos.

Adolf Loos. American Bar. Viena. 1908

En sus primeras obras vemos aún el regusto final del decorativismo del Art Nouveau, pero el mismo año que construye el American Bar de Viena publica su famosísimo artículo "Ornamento y delito".
Busca una arquitectura limpia, desnuda, carente de adornos innecesarios (que hasta el momento eran los que la dotaban de encanto) y se adentra en un camino que en muchos aspectos, ya lo hemos dicho, se nos antoja heroico. (Hay que ponerse en la época y en el ambiente).

Adolf Loos. Casa Steiner. Viena. 1910

La Secesión vienesa había alcanzado unas cotas de belleza insuperables. Es una delicia. Su propio pabellón, de Olbrich, con frescos de Gustav Klimt, es una preciosidad, una golosina.
Adolf Loos hace algo muy difícil: pensar (en una época tan temprana) que esa belleza no es el ideal de la arquitectura, que esa no es la razón de la arquitectura; que la arquitectura no debe ser una golosina, ni un bollito, ni nada parecido.
Teniendo ya a su servicio y a su disposición todo aquel arsenal bellísimo dispuesto para ser usado, Loos renuncia a él y se aplica con dureza monacal y con obstinación a hacer casas muy desnudas, demasiado desnudas para la época, intolerablemente desnudas. (2)
Antes de que el Movimiento Moderno cuaje él se nos muestra como un pionero, como un premoderno.

Loos. Casa Tristan Tzara. París. 1925

miércoles, 6 de julio de 2011

Uno de los grandes (viejos) maestros

Caigo en la cuenta de que las dos o tres veces que he escrito en este blog sobre Le Corbusier lo he hecho como con un aire de suficiencia e incluso de condescendencia hacia él, como restándole valor o vacilándole.
Pero, bueno. ¿Pero qué me he creido? ¿Pero arquitectoy loco?
Perdón, y perdón, y mil veces perdón.
Le Corbusier es uno de los más grandes arquitectos de la historia de la humanidad.
(Es tan grande, doy por hecho que es tan grande, que cuando descubro alguna cosilla suya que me parece más floja o más débil corro a contarla. Pero eso sólo se puede hacer con los muy grandes. Uno no se toma la molestia de señalar presuntos fallos de alguien mediano).
La cosa es que hoy, despistado, débil, confuso, hojeo su libro Hacia una arquitectura (1923) y en la segunda de las "Tres advertencias a los señores arquitectos", la de la superficie, (páginas 25, 27, 28 de mi edicion de Poseidón de 1978, qué joven era yo entonces) leo (subrayadas lejana, ya remortamente, por mí) algunas obviedades, pero qué hermosas y qué sabias obviedades (de 1923):
"La arquitectura no tiene nada que ver con los 'estilos'.
 [...]
"Como la arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes reunidos bajo la luz, el arquitecto tiene por misión dar vida a las superficies que envuelven esos volúmenes [...]
"La superficie del templo o de la fábrica es, la mayoría de las veces, un muro agujereado por puertas y ventanas. Esos agujeros son con frecuencia destructores de la forma y es preciso hacer que ellos acusen la forma. [...]

"Todo conduce a la reinstauración de los volúmenes simples [...]. La superficie, agujereada por las necesidades del destino, debe tomar las generatrices acusatrices de esas formas simples".

sábado, 13 de noviembre de 2010

Vanitas vanitatis

Hay una herramienta de Blogger que me permite saber cuánta gente entra en mi blog cada día, cada semana, cada mes... y de qué países, y con qué buscadores, y con qué palabras de búsqueda.
Confieso que miro esos datos fascinado y un poco vanidoso. Me leen en México, en Argentina, en Chile... También entran bastantes desde EE.UU. y Canadá. Y un día, no sé por qué, entraron un buen puñado desde Rusia.
Me siento como aquel periodista español de los años cincuenta-sesenta a quien sus burlones amigos convencieron de que los agentes americanos seguían muy de cerca sus artículos, que enviaban subrayados y glosados a la Casa Blanca. Y ese periodista entraba en el café con la cabeza muy alta y el gesto altivo diciendo: "¡Hoy se van a enterar los yankis! ¡Cómo los he puesto!"
Pues así estoy yo: pensando que mis opiniones y resoplidos sobre arquitectura y sobre todo lo demás son muy seguidos desde América hasta Asia (en África no; en África me leen menos). Y me siento tan ufano y tan tontito.
Y resulta que el post que más se visita, y se sigue visitando bastantes veces cada día, es el de "Ornamento y delito", y entonces durante un instante me parece como si el espíritu de Adolf Loos siguiera vivo y su mensaje de sensatez ornamental tuviera aún fuerza, y me caigo del guindo comprobando que las palabras de búsqueda que han dado por error con mi blog han sido tatuajes, tatuajes guapos, tatuajes en el cuello, tatuajes de terror... y recuerdo que para ilustrar aquel post puse una foto flipante de un tío que se había tatuado un trampantojo en el cuello, como si lo tuviera cortado y cosido.
Es decir, que puse aquello para argumentar por qué no me sentía muy partidario de los tatuajes, y resulta que son los amantes del tatuaje quienes más me visitan. Me imagino que van buscando fotos chulas y ni se molestarán en leer mi artículo, porque si lo hacen va a ser peor.
En fin; siento que el buscador les mande aquí y les haga perder su valioso tiempo. Y me imagino que de entre todos los que registran los contadores, los que de verdad leéis algo de esto que escribo seréis "cuatro gatos". Pues os doy las gracias de corazón. Me siento muy acompañado y muy querido por vosotros.

(Tengo que decir también que entran muchos buscando datos sobre Louis Armstrong, y eso sí que me lleba de satisfacción).

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Ornamento y delito

Hace más de cien años el arquitecto austríaco Adolf Loos, defendiendo la modernidad arquitectónica, publicó un artículo que se hizo célebre: “Ornamento y delito”.
En él decía que la arquitectura debía ser funcional, barata, sensata, y que tenía una misión social. Decía que despilfarrar el dinero y los medios productivos haciendo adornos era inmoral, porque se dilapidaba el trabajo de los obreros y se profanaban los materiales.
(Iba a poner aquí el enlace con el libro de Loos Ornamento y Delito y otros escritos, en la página web de la editorial Gustavo Gili, y he visto con pena que ya no existe el libro. Vamos, que ya sólo queda en las bibliotecas de los viejos carcamales. No se ha reeditado).
Adolf Loos puso un ejemplo que le pareció evidente para que se le entendiera mejor. Eso de que la arquitectura sin adornos fuera buena no lo iba a compartir nadie en 1908. Por eso tuvo que buscar algo incontestable y obvio: los tatuajes y otros adornos corporales. Los miembros de las civilizaciones más primitivas siempre se han tatuado, se han atravesado la nariz y las orejas con abalorios y adornos, se han pintado el cuerpo… Mientras que los de las civilizaciones avanzadas muestran su cuerpo limpio. Es más, en nuestra sociedad avanzada y racional (año 1908) sólo tienen tatuajes los antisociales (presidiarios, mercenarios, marginales…).


Cuando yo leí el artículo (setenta años después) ya me pareció obvio. Pero es que había pasado ya suficiente tiempo como para asumirlo, y además tenía a mi amiga Marta G. A.