miércoles, 22 de septiembre de 2010

Ornamento y delito

Hace más de cien años el arquitecto austríaco Adolf Loos, defendiendo la modernidad arquitectónica, publicó un artículo que se hizo célebre: “Ornamento y delito”.
En él decía que la arquitectura debía ser funcional, barata, sensata, y que tenía una misión social. Decía que despilfarrar el dinero y los medios productivos haciendo adornos era inmoral, porque se dilapidaba el trabajo de los obreros y se profanaban los materiales.
(Iba a poner aquí el enlace con el libro de Loos Ornamento y Delito y otros escritos, en la página web de la editorial Gustavo Gili, y he visto con pena que ya no existe el libro. Vamos, que ya sólo queda en las bibliotecas de los viejos carcamales. No se ha reeditado).
Adolf Loos puso un ejemplo que le pareció evidente para que se le entendiera mejor. Eso de que la arquitectura sin adornos fuera buena no lo iba a compartir nadie en 1908. Por eso tuvo que buscar algo incontestable y obvio: los tatuajes y otros adornos corporales. Los miembros de las civilizaciones más primitivas siempre se han tatuado, se han atravesado la nariz y las orejas con abalorios y adornos, se han pintado el cuerpo… Mientras que los de las civilizaciones avanzadas muestran su cuerpo limpio. Es más, en nuestra sociedad avanzada y racional (año 1908) sólo tienen tatuajes los antisociales (presidiarios, mercenarios, marginales…).


Cuando yo leí el artículo (setenta años después) ya me pareció obvio. Pero es que había pasado ya suficiente tiempo como para asumirlo, y además tenía a mi amiga Marta G. A.

Marta era una compañera de clase hija de unos padres progres que no le habían perforado las orejas cuando nació, y ella tampoco se las perforó después. Se había acostumbrado a ser una mujer no marcada. (Porque en nuestra sociedad civilizada sólo llevaban abalorios atravesando sus cuerpos los seres marginales, lo cual incluía, naturalmente, a las mujeres).
Me gustaba que Marta no tuviera las orejas señaladas, y estaba seguro de que al cabo de unos años las mujeres se liberarían de ese oprobio. Me lucí, como de costumbre. Al cabo de los años no sólo no se habían salvado las mujeres sino que habían caído los hombres. Y no sólo fueron dos discretos agujeros en las orejas, sino en los labios, en las mejillas, en las cejas, en los pezones... y los tatuajes se hicieron habituales.
Yo, que me creí el artículo de Loos y confiaba en el triunfo de la modernidad, sufro viendo esa indigestión de marcas corporales. Estoy anclado en las viejas ideas loosianas. Creo que la modernidad implica un cuerpo limpio y sin adornos, y que todo este galimatías corporal es una enésima señal de la postmodernidad decadente.


No entiendo a los futbolistas que se tatúan hasta la extenuación. Y no entiendo a los ciudadanos anónimos que quieren imitarlos, como si ese fuera el signo de distinción social.
No, definitivamente no. De chaval no habría podido soportar a Amancio tatuado, a Pirri con un piercing en una aleta de la nariz ni a Gento con unas rastas de colores dándose besos después de meter un gol y tocándose amistosamente el culito.

(Los tatuados, perforados y peinados que no se enfaden conmigo. En la próxima entrada hablaré bien de ellos).

13 comentarios:

  1. Sin saber nada de arquitectura y por supuesto de quien era Adolf Loos, siempre pense que los edificios pagados con el dinero publico debían ser funcionales y baratos. He vivido todo este tiempo sin saber que era arquitectonicamente hablando Loosiano.

    ResponderEliminar
  2. En mi profesión he tenido que recomendar varias veces (algunas incluso con éxito) la retirada de piercings. He fotografiado las lesiones que les producía (sobre todo por la tuerca de anclaje intrabucal), se la he dado y les he dejado la responsabilidad de quitárselo o no.
    Siempre me ha hecho gracia lo renuentes que suelen ser estos individuos a colocarse por ejemplo brackets... ("¡yo eso no me pongo!" y cosas así...).
    Creo que si los piercings fuesen terapéuticos no se los colocarían!!

    Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. Siempre estuve d acuerdo con Loos, a mayor desarrollo espiritual menos apegos debe tener el espiritu, y mucho mayor respeto a su templo que es el cuerpo, es como si a al arquitectura pura de los templos religiosos les pintaran con graffitis y otras absurdidades

    ResponderEliminar
  4. Hoy es un dia nuevo para mi, me he dado cuenta de que hay cosas en mi vida que no pueden seguir como siguen, y aunque no tenga todo esto nada que ver directamente con el tema que se trata me veo obligado a escribir en este blog, soy un hombre nuevo con nuevas metas en mi vida que estoy dispuesto a cumplir, y para ello he pensado hacerme un tatuaje algo discreto que signifique todo esto que estoy experimentando y que me recuerde todos los dias de mi vida que no puedo volver atras pase lo que pase, quiero hacer cambios en mi vida y nunca me han agradado mucho los tatuajes pero siento que es necesario para mi.

    Me siento orgulloso de expresar lo que siento y de no tener miedo a la vida ni a lo que piensen los demas nunca mas apartir de hoy.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No soy partidario de los tatuajes, pero si a ti un tatuaje te puede ayudar a saber quién eres o quién quieres ser, o, más exactamente, a recordarlo, pues me alegro, y deseo que tengas suerte y acierto.
      (Gracias por escribir en el blog).

      Eliminar
  5. El tema me hace venir a la memoria una anécdota de un conocido mío (estudiante de arquitectura, que así justifico escribirla en tu blog):

    Cunado tenía unos 17 años, le dijo a su padre (un hombre mas bien conservador, con su mostacho y todo)que quería hacerse un piercing o un tatuaje.

    Él le respondió que almenos escogiera un tatuaje, que un piercing es de mariquillas.

    José Ramón también escogería el "mal menor?"

    Jordi

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Jordi. Lo primero es que puedes comentar en mi blog lo que quieras, sin tener que justificarlo vía arquitectura.
      Y lo segundo... no lo sé. Me preocupa la irreversibilidad de ambas cosas (irreversibilidad relativa), pero, sobre todo, me desconcierta, como digo en el post, que el adorno a base de "trabajar" sobre el cuerpo haya sido tradicionalmente algo muy primitivo, y que la "civilización" lo fuera erradicando, hasta que ahora hemos vuelto a ello. Me parece un ejemplo de este mundo postmoderno en que vivimos, y me cuesta entenderlo "ideológicamente".
      Por lo demás, todo es demasiado complejo, y mis miras muy limitadas y "racionalistas". Me fascina descubrir tantas formas de ver el mundo, y asistir pasmado a tantas cosas que no entiendo.

      Eliminar
  6. Soy estudiante de arquitectura, y me reconozco (he pasado también por mis épocas) con el texto de Adolf Loos. Es más, diría que es mucho más profundo que solo la "ornamentación", sino reconocer lo necesario, con lo no es necesario. Y aunque parezca que no ha ganado con respecto a lo que decía (por que todo el mundo ornamenta o se ornamenta), creo que lo hace constantemente, gana, o se superpone, por que finalmente quien no se tatúa gasta menos dinero,etc , y en definitiva y resumiendo mucho, prioriza, aprende a priorizar, eliminando lo superfluo, lo caro y como diría mi profesor de estructuras, no haces siempre "lo que te pide el cuerpo".

    ResponderEliminar
  7. Brevemente:
    1. Traer a Loos, un premoderno, a un discurso contemporáneo es, cuanto menos, anacrónico. Tendría sentido si su discurso fuera atemporal, pero no lo es. Poco tiempo después de "Ornamento y delito", el propio Loos publicaría un artículo en el que lamentaría haber escrito un texto tan desafortunado, suavizando y matizando su discurso.
    2. Estoy de acuerdo con la postura ante la perforación de las orejas de la mujer. Sin embargo, compararlo con los tatuajes, piercings, etc. que se hace la gente hoy en día es muy presuntuoso. La primera es una consecuencia de la represión, del sentimiento de propiedad del que ha sido fruto la mujer a lo largo de la historia; la segunda es mero ornamento. Comparar ambas posturas me parece poco respetuoso hacia la primera.
    3. El discurso de Loos sobre el ornamento en las civilizaciones era burgués y elitista. Loos era burgués. Sus encargos eran para la alta sociedad vienesa o parisina: pulcra, bien vestida, sin ornamento. Desde luego no se refería a la clase trabajadora.

    Estamos en otro momento.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Buena observación en el punto tres, Anonimo!..el miércoles rindo final de historia de la arquitectura III Para terminar con una tesis de como el "Mueble se vuelve estructurador del espacio en la vivienda moderna" gracias a un colombiano que me sorprendió con su análisis, en fin, como muro deviene en muro-mueble y pertenece a los arquitectos, que es mas IN-mueble que mueble, los demás muebles; decía Loos (...) tendrian que proveérselo cada uno seguen su gusto, deseo o tendencia" "La Abolicion del Mueble" Adolf Loos

      Eliminar
  8. Muy interesante el debate! Excelente el Blog y lo voy a marcar como uno de mis favoritos! Yo soy un fan de los tattoos y tengo unos cuantos en mi cuerpo. Hago cada tanto una relectura de que significan, porque me los hice y que me representan porque lo que hay que entender es que en la vida de cada individuo lo que le generaba gran pasion en una de sus etapas (tanto como para dejarse una marca en el cuerpo) puede desvanecerse. Pero el tatuaje tiene siempre una lectura en su generalidad que es la de rebeldia, la contracultura (que por cierto ya no lo es por estos malditos jugadores de Futbol!). Loos, como sabemos los arquitectos, era un burgues que como bien nos ilustraba el anonimo anterior, su entorno "moderno" inmaculado, cumplia con esta caracteristica, esta cultura y dejaba a los tatuajes para aquellos seres marginales, criminales y apartados de la sociedad (que seguramente por la existencia de los Loos y la marginalidad manifiesta, ellos estaban donde estaban). Me imagino el momento en que Loos publica su texto todos palmeandose las espaldas, me repugna un poco la idea. Creo que lo que solo hizo Loos es sentirse un poco mas "Moderno" junto con sus amigos...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tus palabras. Es cierto que en esa época y en ese entorno, era impensable que la gente "como Dios manda" se tatuara. Eso era propio de delincuentes y seres marginales.
      El mundo ha cambiado muchísimo. Sería muy curioso ver a Loos asomándose hoy al mundo y viendo toda la variedad humana actual: hombres que se maquillan, que se depilan, que visten de colores, que se dejan crestas, coletas o colas de caballo, etc, etc, etc.
      No obstante, he usado su reflexión en el plano puramente arquitectónico, en el que creo que sigue teniendo validez. (No una validez absoluta, pero sí aporta un elemento de debate frente al formalismo post-moderno actual).

      Eliminar
    2. Por cierto: En la siguiente entrada, "Ornamento y distinción", intenté cumplir lo que prometía al final de ésta, y hablé de quienes buscan su propia expresión, enfrentados a un mundo uniformado, en el que todos tenían que tener el mismo aspecto, y quien se distinguía era considerado un antisocial. (Porque lo social era el rebaño).

      Eliminar