Con el trabajo tan gordo que me he pegado estas semanas, y nada más poner las listas en descarga salta Kike García (@kikeconkdekilo en twitter) gritando que dónde está la suya.
Este es el avatar de @kikeconkdekilo en
twitter, y así de cabreado estaba: Tal cual.
Mi primera reacción fue la de "yaestamos: eltípicodespistado quesehaequivocado; seguroquelaman-dófueradeplazo o lamandóaotrositio". Vamos, que el error no podía ser mío de ninguna manera. Estaría bueno.
Aun así, como soy de una elegancia versallesca, busqué entre mis buzones tuiteros y feisbuqueros para ver qué tenía de él (si es que tenía algo) y explicarle con desdeñosa y petulante educación que no lo había recibido o que lo había recibido tarde.
Pero vi con pasmo que no solo lo envió bien y en su plazo, sino que incluso le di las gracias y le dije que su lista entraba en el escrutinio.
Qué horror. Todo lo que llevaba hecho y publicado estaba mal.
Para colmo, su lista no votaba veinte obras recónditas, secretas, exquisitamente reservadas a connaisseurs sofisticados y raritos y que quedaran así con su solo voto. No: Casi todas eran de las ya aparecidas por aquí, y su voto alteraba ligera pero escandalosamente la posición de algunas.
¡Qué vergüenza! ¡Qué pucherazo! ¡Qué tongo había perpetrado al no admitir su lista!
Me dio la sofoquina. Me eché a llorar. Maldije la hora en que se me ocurrió esta mierda. Me vine abajo.
Bueno, me dije, a ver si podemos salvar los muebles. Al menos votaba al Guggenheim de Nueva York, con lo que el primer puesto se mantenía. Y votaba a dos obras de Wright, con lo que su liderazgo también se conservaba.
Pero otras cosas cambiaban.




