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domingo, 10 de abril de 2016

Un arquitecto en el diván (y II)

Jesús Federico -el arquitecto- estaba muy contento: "Hemos venido a jugar". Pidió la siguiente cartulina con deseo, casi con necesidad.
Afrodisio -el psicoanalista- se la enseñó.
-La octava:




-Demasiado simétrica para Richard Meier, pero me recuerda mucho algunos conjuntos suyos, como el de las oficinas de Siemens en Múnich, o el de la Renault en Boulogne-Billancourt. No es que se parezcan mucho, pero me recuerda cómo se organizan y relacionan los distintos cuerpos.

-La novena:




-Es como uno de los bocetos de Giovanni Michelucci de los años ochenta. Concretamente uno de sus establecimientos termales.

-Y la décima -dijo Afrodisio resoplando.




-Esto es más informe, más difuso. Se parece a los estudios de flujos y movimientos de los visitantes que hicieron Alison y Peter Smithson para la exposición que montaron en la Tate de Londres. Organigramas, esquemas... Muy años sesenta, ya me entiendes.

lunes, 11 de marzo de 2013

Algo que yo no quiero ser

En este blog me explayo a menudo contra lo que considero excesos intolerables de la arquitectura de relumbrón, y la critico sin reservas (y creo que con razón).
El propio título de mi blog, ya lo he contado varias veces, se debe a la indignación que siento (o que sentía, en plena época de acrobacias circenses) ante la celebrada arquitectura vacua y tonta, que se retuerce sin motivo ni justificación, y ante la sonriente mirada de complicidad y de estulticia de la mayor parte de las revistas de arquitectura y de quienes deberían haber hecho alguna crítica justificada y ponderada, pero, en cambio, se limitaban a palmotear como las focas.
Con esta actitud me he granjeado amigos y seguidores, y un cierto prestigio de aguafiestas, de Doña Cuaresma y de "Ese Señor de Negro", tan triste como aburrido y, lo que es peor, peligroso.


No. Yo no soy así. O creo que no soy así. O no quiero ser así.
En la lucha ancestral de Don Carnal contra Doña Cuaresma el uno peca de chabacano, poco digno de confianza, perezoso, facilón y zafio, pero la otra peca de insoportable, castradora, frustrada, seca, envarada y estéril. Y yo no quiero ser ésa. Pero tampoco quiero ser aquél. ¿Entonces qué? ¿Es que no hay otra opción?
Me entusiasma la Ópera de Sydney. Creo que la arquitectura es espacio y es forma. Creo que la alegría que manifiesta una obra arquitectónica tiñe a una ciudad más allá del dinero que haya costado o de los problemas que haya ocasionado en su día. Y creo que merece la pena siempre. Pero siempre.



Uno de mis posts más celebrados, comentados y difundidos es el que dediqué hace poco a Zaha Hadid. Mejor dicho: a las Zahas Hadides. No quito ni una palabra, pero reconozco que si denuesto esa arquitectura porque la forma es caprichosa y no se rige por la función que tiene que resolver, ¿entonces por qué me gustan tanto las cáscaras de la Ópera de Sydney? Si me indigno con las formas caprichosas que ni el autor sabe cómo construir, ¿por qué me gusta tanto la Ópera de Sydney? Si me repugna que los costes de obra se disparen obscenamente, ¿por qué me gusta tanto la Ópera de Sydney? No lo sé. Mejor dicho: Sí lo sé, pero no lo puedo explicar.
¡Ah! ¡Acabáramos! ¿Y se supone que quiero tener una inclinación crítica cuando mi última palabra es "porque sí" o "lo experimento con fuerza pero no lo sé explicar"? No, no. Eso no vale.


Tampoco vale decir que la Ópera de Sydney es muy bella, mientras que lo de las hadides es muy feo. ¿No había quedado claro que el argumento ad venustam era caprichoso e inconsistente? ¿Entonces qué? ¿Entonces qué? ¿Eh, listo?

lunes, 10 de enero de 2011

Michelucci: desde los trenes hasta la autopista

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El otro día os comenté mi desasosiego ante los provocadores dibujos de Michelucci. No entiendo por qué proceso un racionalista llega a eso. ¿Es porque el racionalismo no llena, y uno busca entonces otra cosa? Seguramente. Yo soy un claro defensor del racionalismo: Estoy feliz viviendo en una cultura que mide órbitas y eclipses y no lo atribuye todo a caprichos de los dioses. Pero también reconozco que el racionalismo no nos resuelve las cosas más importantes de la vida.
En todo caso, la arquitectura racionalista me produce ahora otra desazón -¡qué tío más pusilánime! ¡todo me desazona!-. Y es que la que iba a ser dura y precisa herramienta cerebral, solución exacta a problemas de función, soleamiento, economía, programa… haya quedado como reliquia romántica, como belleza. Yo, al menos, no la veo ya como teorema ni como máquina eficaz (que era lo que quería ser), sino como “cosa bonita”, “bello recuerdo”, “hermosura”. Eso la adultera. Eso la mata. Es como hacerle cariñitos en la barbilla a Chewbacca y decirle cuchi cuchi. No es eso. No desea ser cariñoso ni cuchicuchi. Eso le ofende. Caer bien y causar ternura le humilla.
Y, sin embargo, qué hermosa es la Estación de Santa María Novella de Florencia.

sábado, 8 de enero de 2011

El racionalista arrepentido

Hoy quería poner unos dibujos de Giovanni Michelucci, sin más. Me gustan los blogs en los que aparece una serie de imágenes bellas, o sorprendentes, o inquietantes, solas, sin palabras, sin estorbos. Pero tengo incontinencia verbal. No me puedo estar calladito.
Os quiero comentar apenas una cosa, y espero que os animéis a comentarme más cosas a mí, que ando un poco perdido con este arquitecto.
Fue un hombre muy longevo. Murió el último día del año 1990, dos días antes de cumplir los cien años. En los años treinta estuvo a la cabeza de la arquitectura racionalista en Italia. Su obra más conocida es la Estación de Santa Maria Novella, en Florencia, al lado de la iglesia de Alberti. Nada menos que una estación de tren. Era un proyecto endiablado: El respeto por la gran obra renacentista paralizaba a cualquiera, y estaba cantado que se hiciera lo que se hiciera las críticas iban a ser feroces. Y le salió (con varios colaboradores) un proyecto estupendo, dignísimo. Ya lo veremos en el siguiente artículo.
Lo que me sorprende es cómo el abanderado del racionalismo arquitectónico va abandonando aquella ideología, como si fuera una vía muerta, y se consagra a otra cosa. Estos dibujos, de los años ochenta (el arquitecto tenía los noventa y tantos años de edad) me inquietan, me excitan, me emocionan. No los entiendo. No sé a qué vienen. Necesito ayuda. Ayudadme con vuestras opiniones.