jueves, 1 de diciembre de 2016

Platero

¡Uno, dos y tres!
¡Por David García-Asenjo Llana,
por todos mis compañeros
y por mí el primero!
(Del juego del escondite)


Estoy muy enfadado, mucho más que el otro día con el lector anónimo que dejó el comentario que os conté. Y estoy tan enfadado porque voy a tener que darle la razón al final.
(Con la de apoyos vuestros que tuve y lo arropado que me sentí y resulta que no, que no tenemos razón. Quien la tiene es ese anónimo).

El Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM) está en proceso de elaboración (e inminente aprobación) de sus nuevos estatutos, y uno de los miembros de la Junta de Representantes, arquitecto de cierto renombre y alguna responsabilidad institucional, escribe a dos manos con otra compañera esta ¿carta?, ¿invectiva?, ¿queja?, ¿propuesta?, ¿qué?
¿Apoyan a la Junta de Gobierno del COAM? ¿La critican? ¿Critican a las voces críticas?
¿Qué coño quieren decir?

(Clica si te atreves y lo verás más grande)

¿Qué hacen los autores? ¿Qué mensaje quieren comunicar? No tengo la menor idea.
Lo único que constato, una vez más, es que los arquitectos somos los más estupendos del mundo, los más exquisitos. Ya no es que meemos colonia, es que no meamos: osmotizamos néctar y ambrosía formando un cuerpo místico delicuescente.
¿Me quejé el otro día de que me llamaran gilipollas? Poco me llamaron. Soy un megagilipollas. Acabo de aceptar un proyectito de reforma de escalera en un chalet, con unos honorarios ridículos, y el colegio me cobra más cuota de la que esperaba, dejándome con el culo al aire. La cuota del seguro me parece excesiva y constato, una vez más, que me he equivocado en mis cálculos y que si todo me sale bien y a la primera, y en la obra todo se da sin el más mínimo problema igual hasta me quedan ciento cincuenta euros limpios. Culpa mía, por supuesto. No culpo a nadie.
Pero tengo un colegio que me sube y me sube las cuotas y que cada vez me da menos, y que inventa constantemente conceptos nuevos, cosas no incluidas que hay que pagar aparte, y mientras tanto publica estas cosas para... ¿Para qué? Para volvernos locos. Para desafectarnos completamente de todo el aparato. Para asquearnos del todo y para echarnos al monte.

martes, 29 de noviembre de 2016

Sobrevalorado, absurdo, snob, casposo, gilipollas

El otro día (el 25 de noviembre) al consultar las estadísticas de mi blog me quedé patidifuso viendo que había habido un tsunami de visitas.


En un momento había habido tres mil simultáneas. (Y en un par de días sumaron ocho mil y pico).
Busqué con inquietud más datos, y resultó que la entrada objeto de aquel "ataque" era una de agosto que ya dormía el sueño de los justos: "Piso en venta", y que aquel desaforado tráfico de visitantes procedía de "menéame".
¿Que qué es eso de menéame? Pues no lo sé muy bien. Un sitio web que tiene muchísimos seguidores y comentaristas (y un buen puñado de brothers-in-law) que cuando se fijan en una noticia, en una entrada de un blog o en lo que sea, lo "menean". Y vaya si lo menean. A mi entrada la han meneado pero bien. Demasiado.
Un sitio web pequeño y modesto como es este blog se ve de pronto petado a visitas, colapsado, y roza por un  par días la gloria de... ¿la gloria de? ¡qué narices! Este blog ni tiene publicidad ni vive de las visitas ni ingresa ni un céntimo por ellas, pero reconozco que yo sí vivo (moralmente) de vuestros comentarios y de vuestro más que demostrado aprecio. (Ah, vanitas vanitatis).

Pues, hablando de vanidad, cuando vi esto fui a menéame (os he puesto el link más arriba) y comprobé con alegría (vale, y también con babosa autosatisfacción) que había muchos comentarios elogiosos. Creo que me hinché más de lo que me convenía. Qué tonto y qué ingenuo fui.
Porque los comentarios seguían apareciendo sin parar, hasta que entró el primer ¡zasca!: "El autor es un snob, pero los que comentan en el blog se llevan la palma". (Sí, amigos: os incluyen).


También había bastantes consideraciones de que el fin último de las viviendas es que sus usuarios vivan en ellas, de que cada uno es libre de decorar su casa como le parezca, etcétera. Pues naturalmente que sí; estaría bueno. Hasta ahí podríamos llegar. Yo nunca he pedido penas ni multas de ningún tipo para ninguno de estos propietarios. Lo que no me va a quitar nadie es mi afán de bocazas, de opinador, incluso de crítico. Pues también eso estaría bueno y también hasta ahí podríamos llegar. Eso sí: suelo ser educado, e incluso suelo tirar de sentido del humor, enfangarme lo menos posible e insultar muy poco.

Y ya, claro está, como no podría ser de otra manera, por fin apareció la palabra que todos estábamos esperando: gilipollas.

Soy un purista, prefiero la versión original con mención a Alfredo Kraus
en vez de a Luz Casal, pero dejo esta por el clarinete. Qué bueno.

"Un gilipollas se hace el graciosillo guay porque la gente tiene su casa como le viene en gana.
Esa casposa superioridad moral, bastante más casposa que cualquiera de esos muebles o decoración".


Bueno: se ve que esto es el precio de la fama. Lo asumo. No pasa nada. Keep calm and lo que sea. "Menéame me lo dio y menéame me lo quitó. Bendito sea su santo nombre".

viernes, 18 de noviembre de 2016

Sin perspectiva

Nota previa.- Supongo que, como muchos hombres, no soy capaz de reconocer cuán machista soy. No me tengo por tal, pero es posible que no me dé cuenta de que sí lo soy. En todo caso, creo que soy respetuoso y decente, pero también creo que voy a tocar un tema delicado en el que no soy nada ducho y en el que seguro que meteré la pata. Por favor, si no estás de acuerdo con algo que diga, o crees que soy grosero o injusto, o lo que sea, dímelo. Deja un comentario. Me servirá de mucho leer otros puntos de vista e incluso recibir críticas.

Uno ha dado ya con sus huesos en muchos sitios raros, y ha pasado por muchas situaciones extravagantes. Voy a contar una de las más raras a las que asistí y en las que participé.
Durante unos años estuve muy vinculado al Colegio de Arquitectos de Toledo (bueno: Demarcación de Toledo del COACM), primero en su comisión de cultura y después en su junta directiva. Eso me dio pie para conocer a mucha gente interesante y para ver facetas muy curiosas de la profesión, de la política, de las instituciones y de la pasmosa variedad del universo.
En una de estas idas y venidas resultó que el Ayuntamiento de Toledo, de una manera muy loable, quiso analizar todas las áreas de su competencia a la luz de la perspectiva de género. Organizó unas jornadas con una gran cantidad de grupos y "mesas" que estudiaran los problemas específicos del sexismo en los ámbitos laboral, económico, educativo, sanitario... etcétera... y urbanístico.
Para participar en esta última mesa de trabajo: "El urbanismo desde la perspectiva de género", el Ayuntamiento de Toledo pidió representantes a diversas asociaciones de vecinos, a grupos culturales, a confesiones religiosas, al colegio de aparejadores y al colegio de arquitectos. Y este último me designó a mí.
Así que el día en cuestión quedamos un montón de gente en un centro cultural de Toledo, y nos fuimos reuniendo por temas en distintas salas. ¿Urbanismo? ¿Urbanismo? Por favor, ¿urbanismo? Ah, aquí estamos los de urbanismo.


Nos presentamos todos. Éramos unas ocho o diez personas (no me acuerdo exactamente), todas mujeres menos yo. Mis compañeras celebraron que al menos hubiera un hombre. No sé por qué. Quiero decir que no sé qué virtud específica tenía yo por el hecho de ser un hombre.
Nos sentamos y empezamos a hablar. Casi todas las mujeres eran muy beligerantes; estaban muy curtidas en el activismo social y tenían muy claros muchos aspectos en los que confieso que no me había parado a pensar en mi vida.
Yo, lamentablemente, estaba callado todo el tiempo. No tenía nada que añadir, por el momento, a lo que allí se exponía y discutía.
Por detrás de mí entró un miembro de la mesa que llegaba con algo de retraso. Dio los buenos días con una voz de barítono bajo y, sin verle, pues estaba a mis espaldas, estuve por un segundo tentado de decir como chiste que menos mal que ya éramos dos hombres. La observación me pareció una completa estupidez y me abstuve de decir nada. Menos mal: cuando la vi sentí un gran alivio por no haber hablado. Era una transexual que representaba a un colectivo de mujeres maltratadas. A lo largo de la mañana contó un par de cosas que me demostraron que la sociedad es mucho más compleja de lo que yo puedo sospechar, y que la gente tiene experiencias y vivencias tan ricas y tan vivas que yo no puedo ni opinar sobre nada, y mucho menos sobre urbanismo. ¿Cómo se vive la ciudad? ¿Cómo se utilizan los espacios y los servicios públicos? Todo lo que proponemos los urbanistas se me antoja demasiado simple, demasiado esquemático.
Menciono también a dos monjas de Cáritas que se dedicaban a bucear en las zonas más siniestras de la vida ciudadana: maltratos, deshaucios, abandonos, uf.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Arquitectura picante

Estos días he vuelto a ver el ayuntamiento de Valdemaqueda (Madrid), de los arquitectos Paredes y Pedrosa, y he vuelto a rememorar aquella gloriosa intervención de la entonces presidente de la Comunidad de Madrid, la condesa consorte de Bonos (con grandeza de España), pidiendo la muerte de todos los arquitectos.


¿Qué le pasa a ese tipo de gente con este tipo de arquitectura? Es una arquitectura limpia, clara, yo diría que incluso ética. No presume de despilfarros formales, de eructos agresivos. Parece humilde y sencilla. ¿Qué daño hace? ¿A quién se lo hace?
Por otra parte, viendo ahora, muy a posteriori, aquellas orgías de la mafia púnica y sus ramificaciones, aquellas juergas en las que las adjudicaciones se hacían con pasta, cocaína y putas por medio, y en la que llovía dinero procedente del "hecho constructivo", no nos queda más remedio que hacer una lectura ética de la arquitectura, ya que la arquitectura, desgraciadamente, sale a colación a menudo en este tipo de culebrones, y también demasiado a menudo vemos en la tele a los arquitectos municipales saliendo con las muñecas juntas, acompañados por la policía.

Yo no podría imaginarme jamás (tal vez peque de ingenuo) que los concejales de urbanismo y los técnicos municipales de Saynatsalo


Ayuntamiento de Saynatsalo, Finlandia.
Arquitecto Alvar Aalto

(por poner un ejemplo) se dediquen a la pasta, a la cocaína y a las putas. Ni siquiera los veo atracándose a cigalas.
Quiero creer que la arquitectura elegante y sencilla, modesta, es además ética.
Sé que eso es mentira, pero me gustaría creer que la arquitectura sirve para algo.

lunes, 31 de octubre de 2016

Ridículo

Esta historia es verdadera. He disimulado y emborronado los
detalles porque implican a otras personas y las dejan en una posición
tal vez algo ridícula, o, al menos, poco brillante. Pero el peor
parado, con todo, fui yo, y por eso me atrevo a contarlo.

No tengo ningún pudor para hablar de mis ridiculeces, pero esta afecta sobre todo a otra persona y me da apuro. Se me ha pasado por la cabeza varias veces contar esta anécdota aquí, pero siempre me he arrugado al final por no poner en evidencia a nadie. Así que permitidme que la cuente sin contarla del todo.

El caso es que hace unos años el director de una escuela de arquitectura de entonces inminente inauguración estaba desesperado porque no encontraba profesores.
Un día se quejó a un arquitecto amigo suyo (y mío) de que había poquísimos doctores, y que los pocos que había y que cumplían el perfil ya estaban dando clase en alguna escuela consagrada y no querían dar un salto en el vacío para venir a la nueva.
Ese amigo común le habló de mí, y muy bien. Yo era doctor, yo había sido profesor (hacía mucho, eso sí) en la escuela de Madrid y estaba disponible. Y seguro que me haría ilusión.
El director de la escuela le pidió mi teléfono y me citó una tarde a tomar un café y a charlar.

Fue una tarde estupenda. Le conté en pocas palabras mi currículum y le di un CD que contenía mi tesis, otros escritos y material variado para que lo examinara. Le pareció todo muy bien. Tal como me habló yo di por hecho que prácticamente ya formaba parte del claustro de profesores. Me dijo incluso el sueldo (aproximado) que podría tener, y me dio ciertos detalles de organización, de enfoque del curso, de estructura académica, etc, que parecían un tanto excesivos para ese primer momento. Vamos, que lo vi hecho.

Nos despedimos cordialmente.
Se lo conté a mis padres y todo. Estaba muy contento.
Caí en la cuenta de que en los últimos años había descuidado mi perfil cultureta y respetable, y me notaba bastante obsoleto e incluso oxidado. Así que me aprovisioné de libros para releer (y algunos para leer por primera vez) para refrescar la memoria y ambientarme un poco.
Iba a empezar el verano.  Me hice la cuenta de que el director me llamaría en seguida.
No me llamó.
Tal vez me llamaría a mitad del verano, o a finales, para preparar el curso con mis compañeros.

He tecleado profesor arquitectura en las imágenes de google y esta es la primera
que ha salido. No intentéis reconocer a nadie ni relacionarlo con esta historia.

Pasaba el verano y a mí no me llamaba nadie. Incluso refrescaba ya un poquito a la puesta de sol, y nada. Ya iba a empezar el curso. ¿Cuándo vamos a reunirnos? ¡No pretenderá que me lance a mi aire, a contar a los alumnos lo que me dé la gana! ¿Cuándo prepararemos el curso?

El verano estaba casi acabado y yo no tenía noticia de nada. Me daba muchísimo reparo y muchísima vergüenza llamar al director (me había dado su teléfono y todo) para preguntarle qué tal iban las cosas y qué había de lo mío, así que llamé a una compañera con la que tenía confianza y que yo sabía que era la mano derecha del director. Este eminente señor estaba en otras cosas, y delegaba estas tareas en mi amiga.
Cuando la llamé la puse en un compromiso y en una situación incómoda. Me contó que ya estaba todo hecho y preparado para el curso inaugural, y que yo no estaba. La notaba incómoda y cohibida por tener que darme explicaciones a mí: un disparatado espontáneo que llamaba sin venir a cuento para preguntar por su hipotética plaza.
De alguna manera llegué a la conclusión de que tal vez el director me reservara para un curso más avanzado. La escuela nacía en ese momento y sólo iba a impartir el primer curso. El año siguiente daría primero y segundo, y después primero, segundo y tercero. Etcétera.
(Pues como me hayan elegido para dar el doctorado voy listo).

viernes, 28 de octubre de 2016

Crítica funcionalista

El otro día, a raíz de la entrada que escribí sobre la corrección de Carvajal a un proyecto de un alumno, alguien me comentó que Carvajal no tenía un cuerpo teórico coherente, y que se limitaba a hacer una crítica funcionalista, que es algo muy fácil, muy elemental y muy pobre, ya que consiste tan sólo en ir leyendo los planos.
(La verdad es que ese sistema ha sido el de casi todos los profesores que he conocido).
Esto me hizo pensar un par de cosas que quiero contar ahora.
En primer lugar, creo que la funcionalidad es obligatoria. La funcionalidad es una condición previa y sine qua non. Hay que satisfacerla siempre. Una vez que hemos constatado que está ahí y que cumple, podemos pasar a hablar de otras cosas.
De nada sirve hacer consideraciones plásticas, espaciales, estéticas, etc., si el edificio no funciona. Si no funciona no hay nada más que hacer.


Veamos por ejemplo una planta de una vivienda situada en Francia. Vemos varias cosas antifuncionales: La escalera hace el cambio de dirección con peldaños compensados muy incómodos, y eso que le sobra sitio para haber tenido una meseta amplia. Al desembarcar de ella tenemos un largo pasillo para ir a un dormitorio, allá al fondo, y otro pasillo para ir al dormitorio principal, también al fondo (y al que además se entra a través de un baño). Es decir: un pasillo por delante de la escalera y otro por detrás cuando cualquiera habría sabido aprovechar mejor la superficie útil haciendo uno solo. También hay un amplio espacio de distribución al lado de la escalera, al que abre la puerta del salón estorbando la salida a la terraza. (A quienes hemos hecho adosados de 5,50 m de fachada nos parece mentira que en un distribuidor tan grande se puedan estorbar las puertas). Vemos además un baño ciego cuando hay metros y metros de fachada por todas partes.
Etcétera. ¿Para qué seguir? Carvajal se habría puesto las botas corrigiendo este proyecto.


Veamos ahora una casa de campo en Estados Unidos.
Con esta no vamos a perder el tiempo. Sólo diremos:
-¿Cariño, vas a quedarte hasta tarde viendo la tele?
-Hasta que termine el fútbol.
-Pues me voy a la cama a leer un rato.

sábado, 22 de octubre de 2016

Javier Carvajal: la lúcida mala leche

A Alfredo Aviñó y a José Javier Quintana,
que aseguran que salieron airosos de las
correcciones de Javier Carvajal.

Yo era de la cátedra de Oíza, y mis mejores amigos de la escuela (Emilio, Paco, Joaquín, Iván...) eran de la de Carvajal. Eran dos mundos irreconciliables. Podéis reíros de los Capuleto y de los Montesco, o de los merengues y culés: Esto sí que era una rivalidad peor que la de West Side Story. Nos mirábamos los unos a los otros por encima del hombro. Nos despreciábamos olímpica y minuciosamente.
¡Bah, los de Oíza!
¡Puaj, los de Carvajal!

Los de Carvajal dibujaban en la escuela; no podían llevarse los dibujos a casa. A mí eso me parecía incomodísimo. Dibujaban en papel caballo, en un formato enorme, pegado al tablero.
El papel caballo es opaco. No se puede calcar en él. Eso les obligaba a dibujarlo todo minuciosamente a lápiz antes de empezar a pasarlo a tinta. Y, naturalmente, toda esa brega previa no podía ensuciar el papel. Recuerdo que usaban una especie de microbolitas de goma que esparcían sobre el papel para que el paralex corriera sin ensuciar. Y también polvos de talco. Las minas de lápiz eran 4H, 5H, qué sé yo.
¿Para qué servía dibujar en papel caballo? Era un sistema de tortura hábilmente diseñado. Era un sádico y sofisticado sistema de dolor. Era un taller medieval de duro y ascético aprendizaje.
Además, los chapones de tinta son muy difíciles de raspar en papel caballo. Lo que en papel vegetal es una pequeña molestia fácilmente reparable, en ese antipático papel supone un desafío muy duro, con altas probabilidades de cagarla después de tantísimas horas de trabajo. Saber raspar era aún más importante que saber dibujar.

Pero lo peor, con todo, era que las interminables horas nocturnas y finisemanales que todos nos pegábamos en casa, en nuestro cuarto, ellos se las pasaban en el aula.
Vivían en una especie de monacato, yendo a la escuela los sábados por la tarde e incluso los domingos para tirar líneas y líneas con un lápiz 5H afilado como un estilete.
También era divertido. Se despedían de sus padres o de sus compañeros de colegio mayor y se disponían a pasar unos cuantos días seguidos en el aula, con los demás monjes, todos locos de estrés.

Carvajal, al menos por esa época, ni tenía grupo de alumnos ni iba mucho por la escuela. No recuerdo con qué periodicidad iba, pero sí que iba periódicamente, y que el día que tocaba su visita era una fiesta. Cada profesor seleccionaba uno o dos proyectos de sus alumnos (los mejores), y todos los seleccionados se mostraban ante el gran maestro, que los corregía (y con ello corregía a sus profesores por la tremenda osadía de haber pretendido que esos eran buenos proyectos).

Javier Carvajal

Los seleccionados lo sabían con varios días de antelación, y temblaban ante la idea de ser juzgados por el monstruo.
Una vez Paco fue uno de los elegidos, y nos pidió a todos sus amigos -incluso a los que estábamos en la cátedra de Oíza- que fuéramos a verle para hacerle sentir arropado.

Aquello fue una masacre.