viernes, 21 de abril de 2017

Respetemos el producto

Antes de empezar aclaro que esto que sigue lo escribo con una profunda envidia como arquitecto hacia los cocineros, por el éxito que está teniendo su profesión y el ostracismo en que languidece la nuestra.

Podríamos hacer un paralelismo entre arquitectura y gastronomía porque ambas tienen como función inicial satisfacer las más imperiosas necesidades del ser humano, pero, evolucionando y perfeccionándose en sus respectivos campos, a veces llegan a alcanzar la satisfacción de placeres que ya trascienden las perentorias necesidades iniciales, y logran incluso cotas muy altas de satisfacción "intelectual".
Arquitectura, gastronomía, vestido... son campos de actividad humana que surgen de lo más humilde, pero que a veces consiguen rozar lo sublime.
Ya digo que veo con envidia que los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto están muy interesados en las cuestiones gastronómicas, en una proporción inversamente proporcional a lo que lo están en las arquitectónicas.
En todas las casas se ha cocinado siempre, y en casi todas muy bien, pero ahora se habla con desparpajo de emulsionantes, homogeneizadores, esferificaciones, cocina al vacío y quién sabe de cuántas guarradas más.
A los arquitectos nos tocan especialmente esos programas televisivos en los que unos concursantes tienen no solo que cocinar muy bien, sino saber explicar y "vender" sus creaciones, e ir evolucionando episodio a episodio hasta la excelencia final. Nos tocan especialmente porque nos recuerdan a las clases de proyectos. Los concursantes presentando sus platos son como los alumnos de arquitectura presentando sus croquis, y las opiniones y duros juicios de los miembros del jurado son como los de los profesores de proyectos.
Además hay conceptos muy similares: la búsqueda de una armonía, los fallos de los novatos que buscan muchos focos de estímulo que se contradicen, la pureza, la "estructura", la exaltación de algún detalle que da "sabor" y "carácter" al conjunto...
Como pasa en proyectos, como pasa en todo, hay gente muy brillante que con una aparente sencillez combina elementos muy problemáticos y resuelve brillantemente el problema. (La "composición" de sabores, olores, texturas... es similar a la de espacios, volúmenes, texturas... ¡anda!, ¡texturas también!).
Se da a menudo el fallo garrafal de quien parte de unos ingredientes de primera calidad (ya sean una lubina, una langosta o un solomillo, ya sean una plataforma, un desnivel o una avenida) y los estropea con un trabajo zafio y embarullado. Entonces escuchamos decir a los "jueces": ¡Respeta el producto!
Esto de respetar el producto es algo que deberíamos hacer todos: Si a cualquier espectador le parece indignante que alguien se apodere de las mejores ostras del mercado para ponerlas a cocer (¡a cocer!) y finalmente escachifollarlas con ketchup, no suele parecerle a nadie tan horrible tomar una limpia estructura de hormigón y forrarla con molduras y escayolas varias.
¿Por qué? ¿Por qué no se puede sensibilizar a la gente sobre la arquitectura como se la está sensibilizando con la cocina?

En este sentido es sorprendente la (anti)enseñanza arquitectónica que nos puede dar uno de los jueces más conspicuos del programa de Televisión Española Masterchef. Este gran cocinero tiene un famoso restaurante en Illescas (Toledo): El Bohío, que conozco porque queda muy cerca de mi pueblo.
He comido allí dos veces (las dos invitado por promotores inmobiliarios en la época del boom; ¡ah, qué tiempos!). La primera no me gustó demasiado porque le vi mucha tontería, pero la segunda me encantó. (Tal vez en la segunda yo tenía ya también encima alguna tontería).
El famoso restaurante es una mala casona de pueblo muy deslavazada, y para más inri hasta hace poco ha estado pintada de rojo oscuro y "tiraba p'atrás". Una cosa verdaderamente horrorosa. Y muy paleta. Era sorprendente cómo en semejante lugar se hacía una cocina tan avanzada, tan sofisticada y tan buena. A cualquiera se le podía pasar por la cabeza que aquello no cuadraba, que ese trabajo de prestigio requería un espacio mejor tratado y más "intencionado".
Pero al parecer ese restaurante era el de los padres del genio, en el que él se crió y donde aprendió a manejar sus primeros fogones. Y eso se lleva en el corazón. Bueno, vale. (Pero cuando yo estuve le habían hecho por dentro una especie de "refrescamiento" que tampoco era demasiado afortunado). Ahora lo han pintado de blanco y lo han dejado más limpio y agradable por fuera, pero por dentro no sé cómo estará: Hace tiempo que no me invita ningún promotor.

El otro día pasé por Esquivias (Toledo), aún más cerca de mi pueblo que Illescas, y vi que el negocio de este maestro de cocineros se ha ampliado y que tiene allí una nave destinada a catering.


Me dio una sofoquina. Tuve que dar un frenazo, bajarme del coche y hacer unas fotos. En una hilera de naves industriales esta de El Bohío es la única customizada con una visera de teja y, sí, amigos, con dos molinitos en las esquinas de esa visera.
Diormío, Diormío, Diormío.

El molinito ha perdido sus aspas de plástico.

"No puede ser", me dije. "No puede ser". Y, efectivamente, no podía ser.

viernes, 7 de abril de 2017

Abril. (Torrija's Blues)

(Advertencia previa, a modo de excusa: Estos días estoy celebrando una muy buena noticia en cuanto a mi salud. Estoy muy contento y muy feliz. El texto que sigue, bastante machacón y aplanador, no va por esta circunstancia mía actual, sino que es una reflexión general sobre mi vida, mi tipo de vida, y creo que puede ser más o menos compartido en algún punto por alguno de vosotros. Ya digo ahí mismo que me va bien. ¿Entonces por qué la pena? ¿Por qué el desánimo, el hastío, el aplatanamiento anímico? No sé. No me termino de entender a mí mismo. No os pido, por lo tanto, que me entendáis; ni siquiera que lo intentéis. Seguro que la próxima entrada es más amable y divertida. Una mala tarde la tiene cualquiera. Disculpad).

Dedico esta llorera a todos mis amigos y mis seres queridos. Me acuerdo especialmente de Francis, por lo que luego diré, y de Emilio. También de muchos otros que no nombraré para no hacer esto interminable. Su hombría de bien es mi guía y mi consuelo en muchos momentos bajos.

(El título inicial de esta entrada era tan solo "Abril". El subtítulo de "Torrija's Blues" ha sido una aportación de Fernando Ramos -@bgmps- en twitter. Me ha gustado y se lo he robado. Gracias, Fernando).



Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, removiendo
turbias raíces con lluvia de primavera.
                     T. S. Eliot. La tierra baldía


Ya está aquí abril, el mes más cruel, con sus cielos grises y su tristeza.


A finales de este mes cumpliré cincuenta y siete años. Cincuenta y siete. Aún no soy un anciano, pero desde luego ya no soy joven, y veo que mi vida está hecha. Una vida, como todas, decepcionante y frustrada porque ha sido (como todas) la cristalización de una sola de las variantes entre las infinitas posibles, y seguramente la de una de las más triviales, anodinas y, desde luego, previsibles. Una vida que, lamentablemente, ha alcanzado muchos de los objetivos propuestos; es más: casi todos. Una vida plena. Puta vida.
Recuerdo mis anhelos juveniles, mis ilusiones, mi energía y mis ideales. Recuerdo qué cosas deseaba por entonces y ahora veo con pasmo e incluso con horror cómo he conseguido muchas de ellas.

Uno alcanza a cumplir sus sueños juveniles, o al menos una parte de ellos, cuando ya no es joven y cuando ya no le hacen tanta gracia ni tanta ilusión.
Me queda una incómoda sensación de que los objetivos se consiguen y los deseos se cumplen cuando ya no vienen a cuento, cuando ya se nos ha pasado el arroz, cuando ya no toca, cuando ya hasta estorban. Dios da pan a quien no tiene dientes: Cuando los tienes sanos y fuertes tienes mucha hambre y nada de pan, y a medida que se te van cayendo y se te va quitando el apetito vas consiguiendo chuscos, mendrugos e incluso alguna que otra jugosa hogaza. Y te incomodan. Y los dejas ahí, olvidados, sin hambre, sin ganas y sin fuerzas.

Con veinticinco años me titulé arquitecto y empecé a trabajar, a proyectar casas, a construirlas. Con veintinueve fui profesor asociado de proyectos en la ETSAM, con treinta y uno fui doctor.
Me casé con la mujer que amo; tengo dos hijos sanos, fuertes, guapos y con sentido del humor; he proyectado y construido cientos de edificios -sí, jóvenes lectores, cientos. Ahora parece algo imposible, pero "en mis tiempos" no era raro que un arquitecto se dedicara a proyectar y dirigir edificios-; he cometido muchos errores, pero también he tenido algunos aciertos. Lo normal.
Y, sin embargo, a menudo veo (supongo que como todo el mundo cuando llega a cierta edad) como si toda mi vida hubiera sido una especie de estafa. (Todos nos pasamos la vida soñando con Zihuatanejo mientras comemos brócoli de un tupperware porque nos han dicho que eso es muy sano y así tendremos "calidad de vida").
He sido un buen chico; he hecho lo que se esperaba de mí: He estudiado, he trabajado, me he casado, he sido buena persona, etcétera, y -maldición- he recibido mi premio.
Y veo que nada de esto merece la pena, que nada me llena, que nada me satisface. O, mejor dicho, me satisface, sí, pero ya he terminado, ya está.
Antes cada sacudida, cada éxito, incluso cada desastre eran estimulantes, efervescentes. Ahora, a la mínima contrariedad me vienen a la mente los versos de Pa todo el año:

Porque sé que de este golpe
ya no voy a levantarme

jueves, 30 de marzo de 2017

Seat Puerto Hurraco

La marca automovilística SEAT va a lanzar un nuevo modelo de coche y le quiere poner el nombre de algún pueblo español. Así que, supongo que sobre todo para despertar el interés del público y llamar su atención, ha convocado una especie de concursillo en las redes sociales para que quien quiera opine y sugiera nombres de pueblos.
Como la gente es como es (¡Ay, Señor!), se lo ha tomado a chunga y por ahora el pueblo más votado es Puerto Hurraco.


El segundo es Guarromán, que suena a superhéroe que no se lava. El nombre viene del árabe Uadi-r-Romman, que significa "río de los granados", pero ya sabemos cómo somos todos.
Estoy seguro de que SEAT contratará a profesionales que sepan elegir un buen nombre, y que barajen su fonética, su tipografía, sus relaciones imprevistas con la sigla "SEAT", sus rimas involuntarias, etcétera. Pero queda muy bien proponer una campaña que le haga la pelota al público. Las dos obvias respuestas de la gente son: o el nombre del pueblo de cada uno (Seat Seseña) o la coña marinera e incluso despiadada (Seat Puerto Hurraco).

Es muy bonito hacer como que la gente elige las cosas, darnos a todos esta ilusión de que somos escuchados y de que nuestras opiniones cuentan. Suele ser un paripé, un postureo falso. Pero cuando es de verdad es bastante peor.
Ya comenté en su día lo del Ayuntamiento de Madrid preguntando a los vecinos cómo querían la Plaza de España, e incluyendo en el cuestionario asuntos que implicaban consecuencias técnicas muy difíciles. También vemos ahora que la Marina de Valencia quiere que la gente les ponga nombres a los espacios que la conforman. En vez de contratar a profesionales creativos dejan que la gente sugiera nombres.
Muy participativo todo.
Se muestra un aparente respeto (pero en realidad es muy paternalista) por el ciudadano ayuno de conocimientos específicos, y al mismo tiempo un desprecio olímpico por quien se ha formado en el asunto.
Al fin y al cabo, ¿en qué consisten los planes de estudios y las profesiones de diseñador gráfico, publicista, arquitecto, urbanista, periodista, lingüista, etcétera? En pamplinas y chorradas. Cualquiera sabe de sobra, sin necesidad de estudiar ni de adquirir experiencia, diseñar un logotipo, acuñar un eslogan, inventar un nombre, diseñar un edificio y cosas así de tontas.

lunes, 27 de marzo de 2017

Una crítica

A Eduardo Almalé, que se indignó con
este edificio. (Qué hombre más soso).

Últimamente he recibido varias opiniones en la línea de que este es un blog divertido, simpático, majete... pero en el que no se hace una crítica arquitectónica seria. Y me ha dolido. Me ha dolido porque quienes me han hecho tales observaciones tienen razón.
Me he picado en mi amor propio y he decidido exhibir mi capacidad crítica. Para ello voy a hablar de un edificio notable: Ática 7, en Pozuelo de Alarcón (Madrid).
No tengo el honor de conocer el nombre de su autor, pero lo prefiero. A menudo la fama del artista impide una visión limpia y desprejuiciada de su obra. Analicemos, pues, este edificio por sus propios méritos.


Se trata de un edificio de oficinas diseñado con gran cuidado y precisión. La fachada de vidrio está formada por piezas rectangulares colocadas unas encima de otras y unas al lado de otras, formando filas bien alineadas.
Todo coincide. No hay franjas torcidas. Todo cuadra.
Los vidrios están muy limpios.
Hay varios pórticos colocados en distintas fachadas y con distintos criterios: No en los centros, no en los ejes de simetría, no en las direcciones principales. Es un alarde de arquitectura moderna, libre y no dependiente de rancios esquemas compositivos.
Los capiteles de las columnas también son muy modernos. Son de un orden como jónico-mireusté o jónico-chúpateesa. Y de metal verde. De alguna forma están diciendo: "Ictinos, Calícrates: Comednos lo de abajo" o "este Fidias nos toca las pilotas".


Unos capiteles muy bonitos. Y no sólo muy bonitos, sino muy comilfó en estos tiempos de desorden, confusión y marasmo. (Vale, y también pleonasmo). (Y orgasmo).

miércoles, 22 de marzo de 2017

Mesas ordenadas

A David García-Asenjo, a Carlos Santamarina,
A AGUA arquitectos y a Alberto Alonso, por su
colaboración y por sus mesas.

La idea de escribir esta entrada nació con un tuit de David García-Asenjo en el que citaba un artículo de Juan Tallón: "Instrucciones para ordenar la mesa". David es un lector infatigable, culto e inteligente, y si él cita, glosa o refiere un artículo te lo tienes que leer. Así son las cosas, así que me lo leí inmediatamente. (Hacedlo también vosotros). Al momento saqué con el móvil una foto a mi mesa según estaba, y la mandé como respuesta al tuit de David y al artículo.
Esto desencadenó más respuestas de más amigos, y así, espontáneamente, nos fuimos retratando.

Mi mesa

He trabajado durante veinte años con mi socio Tomás Saura. Durante ese tiempo me ha dado muchos motivos de envidia. Uno de ellos era su mesa siempre ordenada. Podríamos tener muchísimo trabajo, muchas llamadas apremiantes, muchos faxes, cartas, lo que fuera. Él tenía cada cosa en una carpeta, en un archivador, en un cajón. Todo en su sitio. A veces, mientras trabajaba, tenía la mesa inundada de papeles, pero cada uno de ellos cumplía una función exacta y estaba donde tenía que estar, y al terminar la jornada era guardado y clasificado en su correspondiente carpeta, convenientemente etiquetada, y la mesa quedaba limpia y libre para el día siguiente.
Yo no puedo. Mi mesa ya me expulsa a mí. Busco un rincón despejado para escribir allí, encogido, una nota. Como Juan Tallón, me digo a mí mismo que no es tan difícil guardar cada cosa en su sitio, pero, también como él, veo cosas que no lo tienen, y, lo que es peor, cosas que pueden tener dos o tres sitios válidos porque pertenecen simultáneamente a dos o tres órdenes o familias.
Por otra parte, me da miedo tirar cosas. Ese folleto de un material de cubierta: No tengo intención de usar ese material, pero no lo tiro. Esa carta medio rara que te llega, esa tarjeta de un comercial de fontanería, esa notificación, esa invitación a un acto, esa lo que sea. ¿Dónde guardarla? En ningún sitio. Su sitio es la papelera, pero ya. Pues no. La dejo sobre la mesa vagando y vegetando y al cabo de meses y meses ya se ha pasado la fecha, la efectividad, la oportunidad, lo que sea, y la tiro por fin, cosa que debería haber hecho el primer día. Me digo y me repito que si un papel me es útil debe tener su sitio para ser guardado y ordenado, y si no lo es debe ir a la papelera, pero no lo hago.
(Por cierto, ¿alguna vez habéis revuelto la papelera buscando ese papel que tirasteis el otro día y que ahora necesitáis? Yo sí. Soy un desastre).
Otra cosa que pienso es que si yo trabajara en una empresa, si yo tuviera un jefe, sería más cuidadoso con el aspecto de mi mesa. Supongo que no me atrevería a ser censurado por mi jefe ni por mis compañeros. Pero trabajo solo, a mi bola, y creo que eso ayuda también a tener la mesa así. En este caso el desorden tiene también algo de capricho. Pero cuidado con el capricho: Es como no afeitarse un día para trabajar (¿qué más da?, por un día no pasa nada): Acaba uno trabajando otro día en zapatillas de estar por casa, y otro día en chándal, y otro día en pijama. Esto del desorden mesero es como el alcoholismo: Uno reconoce en ciertos momentos que se está pasando, que está siendo superado y no puede controlarlo, pero en el fondo no cree que sea un problema grave, no se da cuenta, se va abandonando y naufraga. Uno se agarra una borrachera de desorden y se olvida de los problemas que le abruman.
En medio del caos, uno está rodeado de amigos: Un medallón, unos sellos, una lupa, unas fotos, una figurita de Astérix, un viejo llavero... Cosas que te acompañan y te alegran, pero que, aún más, te abruman, te descentran y te fastidian. Y todo ello a la vez.

No sé muy bien por qué (o sí, pero para qué andar dando explicaciones tontas) en el follón de mi mesa había un montón coronado por el Corto Maltés en Siberia. Debajo, no se ve en la foto, había un número del Jot Down, un libro de órdenes, un bloc, varias carpetas que no eran de ahí, etcétera. Al fondo, detrás de los botes de lápices y bolis (tantos botes y cuando necesito un rotulador no lo hay) tengo la novela Oblomoff, en una vieja edición de 1931, y debajo de ella Si te dicen que caí. Entre los botes de bolis y las novelas hay un medallón de bronce en el que sale el Palacio de Cristal de la Casa de Campo de Madrid, en una rara vista curvada en ojo de pez. A su lado, una tarjeta de la residencia de ancianos de mi pueblo.
Y para qué seguir.

A mi foto reaccionó David poniendo dos de su mesa según estaba en ese momento. Por un lado libros y papeles amontonados (y un aparato eléctrico que no identifico) y por otro unos apuntes de un ratón (diría que sí, que es un ratón) sobre un libro ilustrado. También veo herramientas y más cosas.


Mesa de David García-Asenjo

sábado, 4 de marzo de 2017

Necio chinchorrero

No quiero escribir esta entrada. No quiero reaccionar airadamente cada vez que un tonto del haba se mete con la arquitectura y con los arquitectos porque sí, sin dar una razón, sin un fundamento, sin conocimiento de causa. No quiero darle a esa gente boba y autocomplaciente una importancia que no tiene. No quiero ensuciar este blog con mi cabreo y mi desprecio.
Pero es que hacen mucho daño. Es que es un bombardeo continuo desde la tele y desde la radio, una gota malaya inmisericorde. Es que es el insulto gratuito y constante sin que nadie haga nada por frenarlo, y calando un día tras otro en la opinión pública.
Es un lugar común: Nadie lo niega, ni siquiera la gente supuestamente culta. (Esos menos que nadie). Una panda de opinadores indocumentados, bobos y chinchorreros dicen que la arquitectura moderna es una desgracia para la humanidad y que los arquitectos somos los enemigos. Y nadie les calla la boca, nadie les pide que se retracten, que pidan perdón. Es una ofensa gratuita y estúpida, sin el menor fundamento ni la menor base, y que sigue cundiendo.
Uno de estos personajillos patéticos que aletean y cacarean con estas falacias es un tal Adriansens, que se tiene por artista, por hombre muy culto y sensible, que no sabe nada de nada más allá de tres datos inanes y de tres nombres alemanes del siglo diecisiete o dieciocho, que babea sus orgasmos stendhalianos y jadea sus suspiritos y sus exabruptos escupiendo alabanzas a los castillos del Loira y a los orinales del Rey Sol mientras despotrica contra todo lo moderno. Habla con rotundidad, con exaltación, con cabreo, y loa sus bibelots y sus chuminadas grasientas a toda hora. Ah, y además pinta.

Cosita de Adriansens

Ayer, en el programa de radio Julia en la Onda, que dirige Julia Otero en Onda Cero, este mamarracho se ha permitido eructar que no puede perdonar a los arquitectos modernos porque han afeado el mundo. Y nadie le ha mandado callar. Ni siquiera nadie ha mediado o ha intentado terciar, matizar nada. Así, tal cual: Los arquitectos modernos no merecen perdón porque han afeado el mundo.
¿Pero por qué nos tiene usted que perdonar? ¿De qué? ¿Pero quién se ha creído usted que es?
Imaginaos que alguien hiciera una afirmación tan genérica sobre los médicos, los charcuteros o los taxidermistas. Tal vez alguien se sintiera molesto y le pidiera que matizara algo, que puntualizara algún detalle o suavizara alguna expresión. Pero con los arquitectos no hay matices. No pasa nada. Somos el pimpampum, los enemigos de la humanidad.
El otro día un eurodiputado polaco ha dicho que las mujeres deben cobrar menos que los hombres porque son más bajitas y más tontas y se ha liado buena, con toda la razón. Si hubiera dicho que los arquitectos debemos cobrar aún menos de lo que cobramos porque somos la pura maldad nadie se habría sentido molesto.

Cosita de Adriansens

Por otra parte, este odiador de la arquitectura moderna (y de la arquitectura en general, pues diga lo que diga no entiende ni sabe nada de arquitectura, ni le interesa lo arquitectónico) va a Florencia o a Venecia y se despiporra. Le da un stendhalazo que se cae al suelo. Levita y palmotea, y se le cae la baba. Pero habría que haberlo visto allí, en la Florencia del quattrocento, cuando el moderno Brunelleschi se lio la manta a la cabeza y acometió aquella tremenda barbaridad del cupulón.

Cosita de Adriansens

viernes, 24 de febrero de 2017

La plástica es culpable

Si un pintor encuentra a un hombre en harapos y si se conmueve por empatía, de hombre a hombre, ante la condición de pobreza en la que el hombre se encuentra, puede ocurrir que el pintor traslade esta emoción de pobreza a una situación pintada, pero ligada a la aparición de un hombre en harapos.
Vista y reproducida de esta forma, puede surgir una imagen típica de la pobreza que, sin embargo, muy poco o nada tenga que ver con el arte estético y plástico. [...]
Si, por el contrario, la relación del artista con su objeto de la experiencia es predominantemente estética, los sentimientos de placer o de desplacer, lo personal y lo individualmente humano, harán lugar a los acentos más generales, estéticos [...]. No dejará predominar en su obra los acentos emocionales, sino los estéticos. [...]
Esta exageración [de los acentos estéticos] se lleva a cabo por medio de una definición más intensa de los valores espaciales y de los valores del color. No por empatía ante la situación en la que el objeto de la experiencia se encuentra, sino precisamente por lo contrario, por la abstracción de toda particularidad local del objeto, el artista llegará a exponer las relaciones cósmicas más generales y valores como los de: equilibrio, posición, masa, número, etc., que la particularidad local del caso hubiera cubierto o velado.
Theo van Doesburg (1)

Este año se cumple un siglo de la creación de De Stijl. Fue un movimiento que quería abarcar todas las artes, y que pretendía que estas fueran antitrágicas. Es decir, que no se ocuparan de representar la realidad emocional y emocionante, sino que construyeran puras relaciones plásticas, liberadas de la anécdota.
Pretendían, ante este mundo caótico, caprichoso, desordenado y trágico, crear un universo estético ordenado y organizado por las meras relaciones plásticas.

Theo van Doesburg: Dibujos y pinturas representando y reelaborando una vaca, yendo desde
la representación "realista" hasta la abstracción y las puras relaciones plásticas primarias
y geométricas. (Pero este es un momento inicial e inmaduro: Al madurar, De Stijl ya no
trata de cuadricular una vaca, sino que no parte de una vaca para empezar a pintar).

Las fotos que vimos en la anterior entrada son como el hombre en harapos al que se refiere Van Doesburg: basan su eficacia plástica en la empatía. Su plástica es trágica y expresionista: Las cualidades puramente plásticas (color, tamaño, forma...) están al servicio de un sentimiento empático.
Por el contrario, De Stijl se basa sólo en cualidades plásticas, sin referencia alguna a sentimientos o a experiencias vitales.
La entrada anterior, de la que esta es continuación, se titula "La plástica no es inocente", y hace mención a que aquella resalta cualidades trágicas. ¿Entonces, por fin, la plástica de De Stijl es inocente? En absoluto. La plástica nunca es inocente. La plástica de De Stijl quiere ser antitrágica, pero no por ello se libra de culpa.
Además de buscar una pura plástica, sin acentos emocionales, los fundadores de De Stijl quisieron restringirla al protagonismo del plano, a las líneas rectas verticales y horizontales y a los colores primarios. Con estas severas restricciones el arte tenía que salir como un objeto de laboratorio o como un teorema.
Podríamos pensar que con estos condicionantes antitrágicos y estas normas severas la plástica sería inocente y desenfadada, e ideológicamente neutra. Nada de eso. No se trataba de un mero ejercicio de diseño. Se trataba de construir un universo, y eso es muy duro.
En cierto momento, ya un poco aburrido de siempre lo mismo, Van Doesburg inclinó las líneas y adoptó colores no primarios, y Mondrian dejó de hablarle. Nadie se agarra semejante cabreo bíblico por una plástica inocente, por un mero juego de formas y colores.
No era tan sencillo, y de ninguna manera era algo tonto o inocente. No hay más que leer a Mondrian y sus rollos teosóficos y sus disquisiciones sobre lo que significa la horizontal, la vertical, los colores... ¡Uf! Ahí hay mucha seriedad, mucho afán de trascendencia y mucho misticismo.

Cuando van Doesburg gira las líneas y figuras del cuadro Mondrian gira el marco, pero el contenido del cuadro sigue siendo vertical-horizontal. Mucha enjundia. Mucha tensión.

Theo van Doesburg, Contra-composición XVI, 1925.

Piet Mondrian, Composición I con azul y amarillo, 1925.

Piet Mondrian, Composición con dos líneas, 1931.

No es ninguna broma romper con un amigo porque ha girado las líneas y, una vez rota la amistad, reconcentrarse en el estudio, pensar, probar, reflexionar... y terminar girando el cuadro entero pero las líneas no.
Ahí no hay nada inocente. Eso es algo muy serio. (Y además hay que estar mu loco. Pero mu loco). (2)
Me imagino a Mondrian ahora, asistiendo al triunfo de sus diseños en teteras, vestidos y relojes y sufriendo un serio jamacuco. Su arte convertido en objeto de decoración, en broma, su carga explosiva desactivada, su fuerza vital convertida en un chiste.
La plástica no es inocente.