lunes, 22 de agosto de 2016

La puesta de la bandera

Una tradición que ya se estaba perdiendo cuando yo empecé a trabajar como arquitecto (en 1985) era la puesta de la bandera.
Consistía en colocar una bandera de España sobre el tejado de las casas en construcción cuando "se cubrían aguas"; es decir: cuando se terminaba la cubierta.
(Tengo entendido que en Cataluña se colocaba un árbol, pero no estoy seguro. Agradecería a mis lectores que me lo aclararan, y también que me dijeran qué otras costumbres hay en otros lugares).


En aquellos tiempos en los pueblos las casas se seguían haciendo con muros de carga, de manera que al terminar el tejado y poner la bandera las fachadas ya estaban hechas y la casa estaba ya casi terminada. Las instalaciones eran muy elementales y quedaba muy poco por hacer después del tejado. (Hoy, con los sistemas de construcción actuales, la terminación de la cubierta no supone ni siquiera haber llegado a la mitad de la obra).
La puesta de la bandera iba asociada a una fiesta. Se hacía una chuletada en la propia obra. Invitaba el dueño, naturalmente, y acudían todos los que habían intervenido en la construcción.
Se preparaba una barbacoa y se hacía panceta, chuletas, chorizos, morcillas, salchichas... Y, naturalmente, había abundante vino y cerveza.


Se solía comer de pie, haciendo corros sucesivos con los distintos compañeros, charlando, riendo, gastando bromas...
Yo he trabajado casi exclusivamente en pueblos de la provincia de Toledo, y sobre todo en el mío. Cuando empecé ya era habitual que los arquitectos proyectaran las casas, aunque todavía había muchos ayuntamientos cuyos alcaldes se apiadaban de sus convecinos y no les exigían ese gasto inútil y tan oneroso, puesto que toda la vida las casas se habían hecho sin arquitecto, y a ver por qué ahora tenía que haber tanta tontería. Además, los vecinos solían ser vengativos y no volvían a votar a los alcaldes caprichosos y desalmados que les exigían un dispendio tan absurdo.
Qué tiempos. El caso es que en un plazo relativamente corto los alcaldes se fueron mentalizando y los vecinos se fueron acostumbrando a pagar ese nuevo "impuesto revolucionario" que suponía no sólo contratar a un arquitecto, sino también a un aparejador. ¡Qué barbaridad!
Creo que la irrupción de estos dos intrusos en las obras debió de coincidir -más o menos- con la pérdida de la tradición de la bandera. El caso es que he construido mucho y he sido invitado a muy pocas banderas.

Sí recuerdo una de las primeras a las que fui, y no sólo por lo opíparo del banquete, sino por haber sido golpeado por un contradictorio cruce de sensaciones y emociones.

martes, 16 de agosto de 2016

Maldita arquitectura

En 1957 una central lechera le encargó al arquitecto Alejandro de la Sota un complejo industrial destinado al tratamiento y embotellado de leche de vaca y a la elaboración de productos lácteos derivados. Se ubicaba en una gran parcela a las afueras de Madrid, al norte de la ciudad. Parecía un buen encargo, una cosa razonable, pero el maldito arquitecto, el muy cabrito, les hizo una obra maestra.


En 1965 una empresa farmacéutica le encargó al arquitecto Miguel Fisac un edificio en las afueras de Madrid, en la carretera de Barcelona, para alojar allí su producción, su almacenamiento, y sus dependencias administrativas. Pero el maldito arquitecto, el muy cabrito, les hizo una obra maestra.


Maldita arquitectura: Con los años (las décadas) esas parcelas que estaban alejadas del cogollo de la metrópoli fueron absorbidas por él (y se revalorizaron una barbaridad). Además, las empresas cambiaron -e incluso quebraron-, y aquellas obras maestras de la arquitectura española cambiaron de dueño y se quedaron sin uso efectivo. Para colmo de males, la normativa urbanística daba ahora mucho más aprovechamiento del que aquellos solares tenían entonces, y una "operación inmobiliaria" era una tentación irresistible.

De esta manera, teníamos ahí, tirados y maltrechos, unos complejos arquitectónicos fascinantes, pero ya obsoletos, en desuso, y cuyos dueños sólo aspiraban a derribar para poder aprovechar -legítimamente- las expectativas de lucro que les daba la normativa urbanística y las nuevas condiciones del mercado inmobiliario.
Ah, pero eso era una barbaridad. Todos los arquitectos de España y todos los no-arquitectos amantes de la arquitectura moderna (estos últimos se dice que pasaban de diez personas) se levantaron como un solo hombre y gritaron: "La Pagoda se queda", "La CLESA se queda".

Qué emocionante. Aún hoy, recordándolo, se me ponen los pelos como destornilladores.

Al final la pagoda no pudo ser salvada, y ante la consternación de todo el mundo fue derribada casi con chulería y provocación. No así el otro complejo industrial, que por ahora parece que se va a salvar. (Ya veremos).

¿Pero os imagináis qué habría pasado si las dos empresas hubieran encargado sus respectivos complejos industriales y administrativos a un arquitecto mediocre, a un José Ramón Hernández cualquiera? Pues que se habrían construido los anodinos edificios, se habrían utilizado mientras hubieran sido útiles, se habrían reformado, ampliado o modificado a voluntad cuando hubiera sido preciso y, llegado el caso, al finalizar su vida útil, se habrían derribado sin darle dos cuartos al pregonero. Y aquí paz y después gloria.
Ah, pero eran puñeteras obras maestras de la arquitectura.

martes, 9 de agosto de 2016

Piso en venta

Que yo sepa, en el mundo hay (al menos) dos porteros infranqueables, imbatibles. No hablo de fútbol. Me refiero al del Chrysler Building, en Nueva York, y al de Torres Blancas, en Madrid. El primero es un hombre de raza negra, de unos dos metros de estatura y unos ciento cincuenta kilos de peso, probablemente un antiguo jugador de la NBA ya algo bajo de forma y un poco pasado de años, pero que mantiene una presencia física temible y una autoridad incuestionable. Te deja mirar el vestíbulo, pero en cuanto te acercas a un ascensor o a una escalera enarca una ceja y te sientes morir.
-Aiam sorri. Aiam an espanis árquitec -te atreves a decir con una sonrisa conejil y con la esperanza de conservar tu integridad física. Pero él te sigue mirando con la ceja enarcada y tú reculas, incluso de rodillas, hasta obtener la calle y huir cobarde y miserablemente de allí.
El segundo es bajito, regordete. Pero que no os engañe su aspecto físico. Es tan temible como el neoyorquino. Has rodeado la torre, la has fotografiado en contrapicado desde todos los ángulos posibles. Has hecho fotos (que tú crees muy originales y elocuentes) de la hierba entre los discos. Y te dispones a entrar. Ves el famoso vestíbulo que dicen que diseñó Sáenz de Oíza cegado por un dolor de muelas, y que por eso sugiere encías hinchadas y muelas doloridas. Haces amago de sacar el móvil o la cámara y entonces salta el portero, desde su mesita del fondo.
Si el del Chrysler era minimalista en su expresión, conceptual, casi miesiano ("menos es más"), este es lópezvazquista, rococó, expresionista.
-¿Dóndevausté? ¡Nosepuedenhacerfotos! ¡Otroarquitecto! ¡Vayaplagadearqui-tectos! ¡Váyase! ¡Alacalle, alacalle! ¡Vaustéalacalle!
Y sales corriendo, de otra forma que en el Chrysler, pero corriendo. Y con el mismo susto en el cuerpo.

El otro día unos amigos hemos estado comentando en twitter la dureza y el pundonor torero de este conserje de Torres Blancas. Hay que reconocer que el probo empleado cumple su trabajo escrupulosamente, y cierra cualquier vía de acceso a las decenas y decenas de mirones que nos acercamos todos los días hasta allí para turbar la paz de los habitantes del inmueble. Sí; hay que reconocer que somos muy molestos y que el portero hace lo que debe y lo hace estupendamente bien.

Comentando las dificultades que este concienzudo señor pone a cualquier intento de visita, uno de los amigos nos enlazó un anuncio en idealista.com de venta de uno de los pisos: Podíamos acercarnos a preguntar por esa vivienda, y así nos la enseñaría y de paso veríamos todo lo demás.
Buena idea. Pero, naturalmente, la conversación y el interés derivaron desde esa posible visita al anuncio en sí.
A nosotros, estúpidos viciosos de la arquitectura, la venta de un piso en Torres Blancas se nos antoja más o menos como la venta del Santo Grial. Pero no pensamos que para cualquier otra persona no deja de ser la venta de un piso. Sin más.
Aprovechando la coyuntura nos asomamos a la intimidad de una familia que ha vivido durante bastantes años (se supone) en lo que para nosotros es un templo. Y nos sorprende que para ellos haya sido su hogar. Nada más. Y nada menos.
El vendedor muestra fotos de su piso. Y nos sorprenden. Pero mucho:


¿Ese estampado de los sillones? ¿Esos cuadros? ¿Esa lámpara? ¿Esa mesita de mármol con las patas de madera arqueadas y terminadas en garras? ¿Ese terciopelo del sofá?

lunes, 1 de agosto de 2016

Un encuentro y un duelo

El otro día mi amigo Emilio vino a visitarme al hospital. Hablamos del blog (siempre me alegra con sus amables comentarios y apreciaciones) y me dijo que hacía tiempo que no ponía nada sobre jazz.
Es cierto. Lo voy a hacer ahora. Pero como estoy un poco vago (más mimoso que debilucho) y además medio de vacaciones, permitidme que copie sin más un viejo cuento.
Este cuento, del que aún me siento muy satisfecho, quedó finalista en el muy prestigioso concurso "Hucha de Oro". Fue en la edición XXVIII, del año 1994.
Espero que os guste.


UN ENCUENTRO Y UN DUELO
         A esa hora de la tarde el club no tenía nada de la magia, ni de la sensualidad –ni tampoco de la sordidez– que le eran propias por la noche. Ahora era sólo un salón inofensivo y apaletado. Las sillas, colocadas sobre las mesas con las patas para arriba, eran los únicos estrafalarios ocupantes del local. La pista de baile, fregada por la mañana, aguardaba a ser hollada de nuevo por la noche. Hasta entonces aquello estaba muerto.
        El muchacho había esperado en la acera, con su saxofón al hombro, a que un susceptible empleado abriera el local, y le había mentido diciéndole que tenía una cita con el bandleader. El portero ni le creyó ni le dejó de creer.
         –Viene a las ocho y media –le dijo–. Por la entrada de artistas –le indicó con un movimiento de barbilla el callejón lateral y desapareció en el vestíbulo, sin dirigirle una mirada más.
         Al cabo de dos horas llegó el músico. El muchacho lo reconoció por las fotos de los discos, y le salió al paso ansiosamente.
         –Maestro, toco el saxo tenor.
        –¿Eh? Sí; bien. Debe de haber un error. No he convocado ninguna audición. Lo siento; tengo la banda al completo.
         –Sí. Ya lo sé. No vengo por un puesto. Sólo quiero que me oiga.
         –Mira, chico; no es el momento. No...
     –Por favor. Falta aún una hora y media para su actuación. Mientras van llegando sus músicos óigame. Ni siquiera me preste atención si no quiere. Yo tocaré mientras usted hace lo que tenga que hacer.
        Lo que tenía que hacer el director de la banda era descansar y concentrarse, fumar y quizá beber algo pensando en su soledad itinerante. El ansia del muchacho le hizo rememorar tiempos pasados; le enterneció y le decidió a apartar de su pensamiento la fundada sospecha de incompetencia y petulancia. Acaso no tocara muy mal del todo un jovencito que tenía tal desfachatez.
       –De acuerdo. Veamos qué sabes hacer.
      El muchacho tomó su saxo y atacó Body and Soul según la mítica versión de Coleman Bean Hawkins. La siguió respetuosamente durante unos pocos compases y en seguida la alteró a su aire, divagando con fraseos largos que se enredaban en arabescos poderosos. El maestro apreciaba las limitaciones técnicas del muchacho, pero estaba muy gratamente sorprendido por su fuerza y su decisión. En pasajes particularmente difíciles, en los que el joven se metía sin necesidad y de los que no podía salir airoso con su imperfecta técnica, sucumbía decididamente, sin pretender disimular. Se hundía hasta el final, soplando dolorosamente, gimiendo con la garganta e incluso babeando la embocadura. El resultado era impresionante. Ahí había pasión, había vida, lucha, coraje y fracaso. Esa forma de tocar contaba una historia, una gran historia llena de humanidad.

lunes, 25 de julio de 2016

Trascendencia

NOTA.- Aunque soy un exhibicionista sin pudor, y mi mujer se avergüenza y se indigna por ello de manera habitual (por no decir constante), os aseguro que no pretendía contar en el blog este episodio de mi intimidad. Pero es que siempre tiene que pasar algo, maldita sea. Con las pocas ganas que tenía de hablar de ello. De verdad. Pero es que fijaos qué pasó. Tengo que contarlo.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, dedico esta entrada
a mi mujer, Mari Carmen, que es la tía más cojonuda del mundo.
(Ella sí es muy púdica, pero no hay miedo de
que se entere de esto porque no lee el blog).


1.- EL CHUF CHUF

Hace unos días he tenido una intervención quirúrgica seria.
A mis cincuenta y seis años nunca me habían operado de nada y estaba virgen de quirófano.
Con serenidad, pero confieso que también con emociones encontradas, entregué mi cuerpo (ataviado con la ridícula batita corta y culiindiscreta) a la camilla y ésta a celadores, enfermeros, médicos y no sé exactamente a quiénes más.
Una vez que me tumbé en la camilla (ay, la tacañez de los diseñadores de camillas para quienes somos personas de cuerpo amplio y generoso), el celador me acomodó los brazos para que no chocaran con nada y me cubrió con una sábana. Mi mujer apareció por encima y por detrás de mí y me dio un último beso, y ahí dejé de verla.
La camilla hizo un breve trayecto hasta un ascensor y desde éste uno largo por pasillos y más pasillos. Súbitamente cambió mi percepción del espacio y, rígido, encamillado y mirando hacia arriba, sentí que iba rígido, encamillado, pero mirando hacia abajo. O sea, que la camilla se deslizaba boca abajo colgada de unos raíles, y las placas de falso techo que yo veía correr ante mí eran baldosas de suelo. Rejillas de aire acondicionado, luminarias, altavoces... todo eran relieves y texturas de un suelo extraño sobre el que yo gravitaba. (Y aún no me habían drogado).
De repente, al doblar un recodo, un lucernario con el plano de vidrio inclinado me pareció un agujero en el suelo hacia el infinito azul y luminoso. Qué vértigo.
Al cabo llegué al quirófano. Me esperaba mi cirujano, que me saludó con cordialidad.
(Nota: Tengo que escribir una entrada sobre los médicos que unen perfectamente la simpatía con la imagen de rigor y seguridad profesional, y logran sin la menor objeción ni cortapisa que ante su saludo o su sonrisa les confíes tus intestinos. Creo que a los arquitectos esto no se nos da bien).

En el equipo vi a una mujer joven con gorro de fantasía. Me encantó el detalle. Como en las series buenas de la tele.
Me abrieron los brazos en cruz en dos alas adosadas a la camilla, y empezaron a manipular deprisa y con gran seguridad. El anestesista se presentó con su nombre, me dijo que pensara en algo bonito, que me dormiría en unos segundos y que cuando me despertara tendría un problema menos.
Celebré esa seguridad.
Otro joven me aproximó una mascarilla a la cara, pero no me la pegó, sino que la dejó a unos quince centímetros de separación. Me dijo que respirara tranquilamente. Yo pensé que si ese gas que salía de la mascarilla era el anestésico no me iba a llegar bien, desde tan lejos, y que no me iba a dormir, cosa que me preocupó.
Creo que lo que pensé textualmente fue: "Esa mascarilla no me llega. No me duerm".

sábado, 9 de julio de 2016

Mortadelo y Filemón en La Manga de misión

y a Jaume Prat(*)


Mortadelo y Filemón dormían profundamente cuando, casi al amanecer (hacia las once y cuarto de la mañana), sonó el teléfono-despertador (un ingenioso invento del Doctor Bacterio que consistía en un teléfono conectado a unos cubos de agua en equilibrio inestable sobre sus cabezas).
El Súper ni saludó siquiera:
-¡Los quiero en mi despacho dentro de diez minutos! ¡Utilicen la entrada secreta 17B!
Tras los habituales traspiés los dos agentes secretos comparecieron ante el Superintendente Vicente.
-Tienen que realizar una misión importantísima.
-Diga, Súper.
-La patria les necesita. Está en juego la principal fuente de ingresos de la nación: el turismo.
-¡Yupi! ¡Nos vamos a hacer turismo!
-¡Cállese, Mortadelo! ¡Esto es muy importante! Nuestro país, tras haber inventado el calimocho, la paella apegostoná, la tomatina de Buñol y la sangría revenía, ha alcanzado las más altas cotas en el aprecio de los turistas de todo el mundo. Todos quieren venir a nuestras playas, comer nuestros potingues, ponerse como cochinillos asados bajo nuestro sol, emborracharse con nuestros enjuagues, lanzarse desde nuestros balcones...
-Aaaah, la paella apegostoná, la sangría revenía... Es que se me caen dos lagrimones.
-¡Claro que sí, Mortadelo! ¡Es que es para estar orgulloso! Como también es para estarlo el despliegue inmobiliario en nuestras costas. ¡Qué chaleses! ¡Qué hoteles! ¡Qué bungalós!
-Somos los mejores.
-Pues sí. No lo dude. Pero entre tantos edificios preciosos tenemos algunos casos, afortunadamente muy pocos, horribles, humillantes, ¡y uno de ellos nada menos que en La Manga del Mar Menor! ¡Un desdoro para nuestro pabellón, para nuestro liderazgo turístico! ¡Y en La Manga! ¡Han ido a plantar ese adefesio en el centro de nuestro buque insignia!


-Miren ustedes. ¡Miren qué chalet indignante! ¡Miren qué menoscabo, qué insulto a nuestra costa mediterránea!






Corrales y Molezún. Casa Catena. La Manga del Mar Menor, 1966-67.

-Vaya truño, Súper. ¿Qué tenemos que hacer? ¿Derribarlo como hicimos con la pagoda?
-No. Hay casas al lado. Sería un follón y llamaría mucho la atención. Lo que quiero que hagan es reformarlo.
-Pero nosotros no somos albañiles.
-Contarán con Pepe Gotera y Otilio. Ustedes serán más bien los arquitectos, las cabezas pensantes.
-Muy bien, pero no tenemos experiencia, ¿Por qué no llama a un arquitecto de verdad?
-¡Porque a los arquitectos de verdad les gusta esa castaña!
-No me diga. Qué gente más rara.
-Razón tenía doña Espe. Quiero, en definitiva, que dejen ese chalet a su gusto.
-¿Al de doña Espe?
-Quiero decir a su gusto de ustedes. Pero, sí, supongo que también será ese el gusto de ella.
-Natural: El de cualquier persona normal y sensata.
-¿Y de presupuesto cómo andamos?

Tuvieron que salir por piernas del despacho.

jueves, 7 de julio de 2016

Con la mayor certeza

A Emilio, a Francis y a Pedro Luis, con la mayor certeza

Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral
y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol.
                                                                Albert Camus

Hace unos meses, cuando la Champions League, unos aficionados del PSV Eindhoven se tomaron unas relaxing biers at the Plaza Mayor de Madrid y pasaron el rato muy entretenidos humillando a unas mendigas rumanas. Por su parte, unos cuantos hoolligans del Arsenal hicieron algo parecido con un tullido en Barcelona. Y en Roma unos aficionados del Sparta de Praga rodearon a una pobre indigente en el Puente Sant'Angelo y uno de ellos remató la jugada meándose en ella.
Ahora, la Eurocopa de Francia nos ha deparado peleas campales entre aficionados, insultos y destrozos por doquier.
Qué asco de fútbol. Cuánto me avergüenza.
Vale: Estos hijos de puta son una minoría (una minoría demasiado numerosa); no representan a sus respectivos clubes, ni a sus naciones, ni a la especie humana, ni siquiera a sí mismos... Son unas sub-personas indignas... Ya, muy bien, que sí, que tal y cual. Pero ciertamente voy notando que esto se hace cada vez más habitual. Empieza a parecer una moda que los hinchas de los equipos visitantes humillen y vejen a los mendigos (siempre a los más débiles, cómo no) de las ciudades visitadas y que se peleen entre sí, incluso que se maten. Esto debe de ser lo del intercambio cultural y lo de la alianza de civilizaciones. Pues sí.
Y, para colmo, y por encima de los hinchas anónimos, de los bestias indocumentados, de los asquerosos que se refugian en la masa para hacer fechorías indignas de los seres humanos, también nos hemos enterado de que algunos de nuestros idolatrados futbolistas han cometido y cometen de vez en cuando actos nefandos y repugnantes como son abusar de unas supuestas prostitutas que al parecer no han sido tales, sino chicas forzadas.
En fin, es aún todo muy oscuro, y los periodistas y los políticos españoles se han dedicado a oscurecerlo aún más en estos días para que en la turbiedad la cosa se diluyera lo más posible y no afectara al esperado buen papel de la selección española en la Eurocopa (que ha vuelto a decepcionar a todos con su juego, aunque nunca tanto como me ha avergonzado y decepcionado a mí con sus diversas manifestaciones de bajeza moral).
Y, cómo no, también están siempre presentes los fraudes a las haciendas públicas y los diversos delitos económicos, tanto de futbolistas como de clubes. E incluso de la FIFA.
Estas cosas hacen que cada vez me avergüence más de haber disfrutado antaño con el fútbol y de seguir teniendo un rescoldito futbolero en el fondo de mi corazón.
La verdad es que ya no tiene ningún sentido seguir siendo aficionado. Ni los jugadores, ni el juego, ni el ambiente hacen que una persona "normal y corriente" se emocione o se enorgullezca. ¿De qué? En el césped sólo veo una panoplia de ignorancia, de cortes de pelo ridículos y de tatuajes excesivos y desaforados, y fuera de él bestiajos pegándose o humillando y humillándose. Vaya plaga. Esto empieza ya a ser peor que las luchas de gladiadores.

Y sin embargo pienso en mis amigos Emilio, Francis y Pedro Luis, tres auténticos caballeros, tres señores, y pienso en la famosa frase de Albert Camus, y siento que aún hay algo de grandeza en el fútbol, aunque sospecho que no ya en el fútbol real, sino en el fútbol mítico que albergan nuestros corazones (y que no deja de ser un espejismo que no existe).

Albert Camus, sentado en primera fila, con gorra, de
portero en el Racing Universitario de Argel

Caigo ahora en que Camus siempre me ha gustado, y siempre le he respetado y admirado mucho, mientras que Sartre me ha caído siempre muy antipático y jamás he sentido por él el menor aprecio. Y estoy seguro de que eso tiene mucho que ver con que a nadie se le ocurriría imaginar a Don Jean-Paul jugando al fútbol.
Camus jugó desde niño de portero porque era el puesto en el que menos se desgastaban los zapatos. (Se le podían desollar las rodillas, pero eso era gratis). La portería era el único puesto que se podía permitir un niño pobre y huérfano con una madre débil, y cuya abuela se había propuesto amargarle la niñez con todo tipo de prohibiciones.
Entre la pobreza y la insoportable dureza de la vida en Argel, el fútbol había sido su escuela, su patria y su familia. Y cuando escribe lo hace con esa dureza y con esa capacidad de lucha, de pasmo y de milagro. No como el estirado del otro.
Tengo un hijo futbolista, y desde muy niño eso ha sido para él una forma de vida, una disciplina, un sentimiento de equipo y de solidaridad con sus compañeros, una fuente de amistad y de diversión ligada al rigor. Estoy encantado de que mi hijo pequeño se haya formado como futbolista. (Ahora bien, los padres... Muchos padres estarían mejor en vinagre o en salazón; mucho mejor que escupiendo el odio y el desprecio que escupen día a día en los entrenamientos y semana a semana en los partidos. Qué asco. Qué gentuza).
Mi amigo Pedro Luis fue un mítico delantero del C.D. Lugo Fuenlabrada, en el que jugó de delantero hasta los cuarenta y cinco años. Su último año coincidió con el primero de su hijo mayor, Miguel Ángel, de manera que por una temporada fueron compañeros.
-¡Papá, pásamela, chupón!
(Los del equipo contrario flipaban: "Chaval, ¿el nueve es tu padre?")
Años después coincidió con sus dos hijos, pero ya en un torneo de verano. Y tanto él como sus hijos siguen ligados al fútbol, organizan torneos de chavales, entrenan... Han hecho de esto una forma de vida, de formación y hasta de filosofía vital.
Quiero agarrarme a  este tipo de gestos como a un clavo ardiendo para ver algo positivo.