jueves, 14 de marzo de 2019

La lista (segunda parte)

A la memoria de Alfredo Aviñó García, @alfavino.
Creo que todo esto le habría gustado mucho.
Le echo de menos.
Y a Juan Carlos Ruiz, @AmasUArquitecto, mi maestro filatélico.


Twitter está que arde porque mis queridos amigos virtuales (los mismos que votaron) no están muy satisfechos con la primera parte de la lista porque es demasiado previsible.
Yo creo que es lo normal. Casi todos han votado a obras muy excitantes, secretas, provocativas... muchas... que se han quedado con un solo voto, el de cada uno. Lo normal es que las que más votos han tenido hayan sido las más previsibles, las que todos tenemos en la mente, y a las que todos hemos votado junto a las más "marchosas". (Pero, como digo, en este segundo grupo cada uno ha votado a las suyas).

Pero sigamos con la lista, que es de lo que se trata:

11º. Con 17 votos:
GIMNASIO DEL COLEGIO MARAVILLAS.
Arquitecto: Alejandro de la Sota.

Las autoridades filatélicas españolas, que tanta
dudosa arquitectura patria han emitido, jamás
han reparado en De la Sota, en Fisac, en Coderch,
en Corrales y Molezún, en Higueras, en...

12º. Con 15 votos:
TERMAS DE VALS.
Arquitecto: Peter Zumthor.

En todas partes cuecen habas.

13º. Con 14 votos:
TORRES BLANCAS.
Arquitecto: Francisco Javier Sáenz de Oiza.

De Torres Blancas tampoco hay sello, pero hay estos dos engendros:
Monedas de oro (200 €) y plata (10 €) conmemorativas de la Europa
Contemporánea. Un amasijo horriblemente diseñado de Dalí + Torres
Blancas + un sol que no sé si es de Miró o de (ojalá) Chumy Chúmez.
Pero es lo que hay. 

14º. Con 14 votos:
PISCINAS EN LEÇA DE PALMEIRA.
Arquitecto: Álvaro Siza Vieira.

Portugal, con legítimo orgullo, ha emitido y sigue emitiendo muchos sellos
con obras de Siza, pero las piscinas por ahora no están (que yo sepa).

15º. Con 14 votos:
SALK INSTITUTE.
Arquitecto: Louis I. Kahn.

También Kahn tiene algunos sellos, pero no de esta obra.

lunes, 11 de marzo de 2019

La lista (primera parte)

Bueno, pues esto ha sido el parto de los montes. Al final recibí cincuenta y siete listas. De ellas cuarenta y tres estaban completas, con sus veinte votos cada una; una tenía solo dieciocho votos (qué le costaba ya haber terminado, si para la mayoría de votantes el problema había sido el contrario, habernos tenido que limitar a veinte obras), otra diecisiete, dos catorce, una trece, dos once, una diez, dos nueve, una ocho, una seis, ¡una tres! ¡y otra dos!

Las admití todas. (Si alguien, pudiendo votar veinte edificios, votaba solo dos es que esos dos tenían que ser fantásticos. ¿Cómo despreciar su voto?).

Por lo tanto, ha habido un total de mil cinco votos.

Aunque no conozco a todos los votantes, sé que, como no podía ser de otra manera, la inmensa mayoría son arquitectos o estudiantes de arquitectura. Pero también hay algunos a quienes, sencillamente, la arquitectura les interesa y les gusta. Pues sean bienvenidos.

No os hago esperar más. Aquí os pongo los diez primeros. (Dije que la lista sería de veinte. No es solo que quiera dar suspense, que también, ni rentabilizar las tropecientas horas que me ha costado transcribir y escrutar las cincuenta y siete listas, que también; es que ocupa muchísimo y la tengo que trocear).


Primer puesto.
Mejor edificio del siglo XX según los votantes:
MUSEO GUGGENHEIM DE NUEVA YORK.
Arquitecto: Frank Lloyd Wright. 32 votos.



Sobre con matasellos del primer día de emisión del sello


2º. Con 30 votos:
CAPILLA DE RONCHAMP.
Arquitecto: Le Corbusier.

Tarjeta máxima: Matasellos del primer día de emisión del sello


3º. Con 29 votos:
ÓPERA DE SIDNEY.
Arquitecto: Jorn Utzon.

Matasellos especial de recuerdo del día de la inauguración del edificio

domingo, 3 de marzo de 2019

Necrotectónica (fuera de programa)

Mientras sigo inmerso en la transcripción y en el recuento de las listas (como ya os dije en la entrada anterior, menudo follón) me he enterado de la muerte de Kevin Roche  el viernes pasado, anteayer, y aprovecho para dar una necrotectónica apresurada con un par de anécdotas suyas que ya he contado alguna vez.

De mi biblioteca

Lo que sé de Roche (como casi todo) es porque me lo contó Juan Daniel Fullaondo, que al final de su vida colaboró con el irlandés/estadounidense en un edificio de oficinas en las calles de Almansa y de Beatriz de Bobadilla de Madrid. Pero desde muchos años antes ponía en clase de proyectos su museo de Oakland, su torre de los Caballeros de Colón y, sobre todo, su fantástica Fundación Ford, todo ello con su socio John Dinkeloo.

Museo de Oakland, Cal.

Torre de los Caballeros de Colón. New Haven, Ct.

Fundación Ford. Nueva York.

Fullaondo, siempre delicado de salud, nos contó que Kevin Roche decía que para ser arquitecto había que tener una salud de hierro, una forma física envidiable. No se refería solo a una fuerza psicológica, a una alta capacidad de resistencia ante los numerosos problemas e inconvenientes que siempre surgen y tanto agobian, sino a una auténtica fuerza física. Esto lo ha demostrado muriéndose a los noventa y seis años.

Otra cosa que nos contó Fullaondo es que en sus fantásticas obras de los años 1960s y 1970s se adivinaba siempre un componente comercial, en la mayoría de ellas muy digno, pero ya en algunas un tanto frivolón, y que ese componente fue desbocándose en los 1980s y en los 1990s, en una fiebre disparatada y postmoderna que en algunos casos llegaba incluso al delirio y era capaz de sonrojarnos.
De alguna manera algún amigo (yo creo que fue el propio Fullaondo, por cómo nos lo contaba) fue capaz de decírselo con mucho tacto. ¿Cómo era posible que él, tan grande, que había demostrado ser capaz de hacer tantas obras fantásticas, se dejara resbalar en tantas ocasiones por ese facilismo, por esa frívola tendencia a lo meramente espectacular?

A lo que Kevin Roche, muy tranquilo y de muy buen humor le contestó:
-Pues que sepas que soy capaz de hacerlo aún bastante peor. No te quepa duda.

viernes, 1 de marzo de 2019

La lista (prólogo)

El otro día Anatxu Zabalbeascoa publicó en el diario El País una lista con los veinte mejores edificios del siglo XX (Aquí la tienes) glosando el libro Cien edificios del siglo XX que acaba de traducir al castellano la editorial Gustavo Gili, que consta de listas elaboradas por muy conocidos y muy buenos arquitectos.
Para qué queremos más. Twitter se volvió loco. Empezamos a despotricar de las listas en general y de esta en particular... de que saliera antes el Guggenheim de Bilbao que el de Nueva York... de la frivolidad que suponía todo esto...

La muy sufrida y paciente Anatxu entró en el debate, explicó su labor, glosó el libro... Ciertamente acabamos reconociendo que si para nosotros, sesudos, listos (pero que muy listos), rimbombantes (pero que muy rimbombantes) arquitectos, todo eso era una frivolité, para un lector no especializado que lee prensa generalista podía estar muy bien; porque la lista, en definitiva, no estaba tan mal, y si servía para despertar la curiosidad de algunos, pues bienvenida fuera.

Así las cosas, yo, que siempre estoy pensando en este blog, vi el cielo abierto. Me iba a salir una entrada con la gorra. Me la iban a dar hecha: Convoqué por Facebook y por Twitter a todo el que quisiera para que me mandara por mensaje privado su lista de los veinte mejores edificios del siglo XX. Mi primera idea fue que si pasaba de cinco listas haría el ranking, pero según estaba escribiendo la convocatoria puse que lo haría si pasaba de diez.

También prometí que después de hacer el ranking con los veinte edificios más votados publicaría todas las listas recibidas, que también tienen su gracia: Esos edificios recónditos y "raritos" de los que solo se ha acordado uno tienen tanto interés como los ganadores que tenemos todos en la cabeza y en el corazón, y bastante más morbo.

En menudo lío me metí yo solo y sin ayuda de nadie: Mi convocatoria tuvo un éxito inesperado. Tanto que en un solo día tuve que cerrar el plazo abruptamente. (Yo había pensado dar una semana, más o menos). En ese único día me entraron cincuenta y tres listas, casi todas con veinte obras (algunas, muy pocas, con menos).

Casi todas están hechas por arquitectos, pero algunas no, y no desmerecen en nada. Son muy buenas listas, y señalan edificios muy interesantes. Los más votados son bastante previsibles, pero hay muchas sorpresas escondidas. Son listas de muchísimo nivel.
Y ha votado quien ha querido. No se ha pedido curriculum. (¿Que hay votos de doctores arquitectos y votos de simples aficionados? Pues sí. Podéis llamarme demagogo. Pero en general quien se presta a este juego es porque le gusta y le interesa mucho la arquitectura, y se nota).

A ver cómo proceso ahora toda esa información. No os preocupéis si veis que este blog no se actualiza durante una temporada: Es que estoy rebasado y agobiado por las listas.

Listas, listas, listas. Fragmento del cartel
de la película La lista de Schindler.

viernes, 22 de febrero de 2019

Dos dibujos

A Emilio, que siempre dice que me teme en abril,
porque aunque todavía no es abril me he puesto temible.
Te prometo que en abril te dedicaré una entrada alegre.


Tiempo después de morir Juan Daniel Fullaondo, mi amigo Ochan y yo volvimos a su casa. Qué tristeza y, al mismo tiempo, qué tarde tan agradable con Paloma, su mujer, siempre tan hospitalaria, tan positiva y tan buena anfitriona.

Si en vida él era el protagonista absoluto de todas las reuniones, imaginaos ahora. El gran ausente. Su sombra, su sillón, su hueco pesaba toneladas sobre nosotros. (Aunque, como siempre, las risas fueron nuestra seña de identidad. Qué bien lo pasamos siempre en esa casa).

Paloma nos contó que en sus últimos meses Juan Daniel había estado muy activo, muy creativo, y nos regaló dos libros de poesías indescifrables que había escrito: Evocando a Gerardo Diego y demás cosas y Traiciono luego existo. Luego sacó unas cartulinas con dibujos de rotuladores de colores, también indescifrables: personajes, rostros humanos (¿el suyo?) flotando en espacios metafísicos.

Nos preguntó qué dibujo nos gustaba más. Yo señalé uno sin dudarlo. Veía algo muy curioso en él (seguramente algo que me había inventado). Ochan señaló otro, elogiando no sé ya si la habilidad gráfica de nuestro maestro o su optimismo y su furor creativo en los últimos meses de su vida.

Paloma nos dijo que nos los quedáramos, y que cogiéramos otro más cada uno. Debió de irlos regalando a los distintos amigos, alumnos y discípulos, de modo que de alguna manera Fullaondo se diluyera en todos nosotros.

Inmediatamente enmarqué los dos dibujos y los puse en el salón de mi casa, donde llevan colgados desde entonces.

Juan Daniel Fullaondo. Sin título. 1994
21 x 26 cm2. Rotuladores sobre cartulina

Juan Daniel Fullaondo. Sin título. 1994
24 x 32 cm2. Rotuladores sobre cartulina

Pero, para mi desgracia, los rotuladores tienen la maldita cualidad de irse borrando con los años. Estos dibujos que acabo de mostrar eran una febril combinación de trazos cortos, nerviosos, de colores variados: rosas, marrones, verdes, azules suaves... Hoy apenas queda una muy pálida sombra de lo que fueron.

lunes, 18 de febrero de 2019

Todo ese vértigo

Siempre he sido una persona de orden (quiero decir de orden mental y de orden "programático", no del otro: Ya habéis visto en la entrada anterior una de mis libretas y mi mesa). Y siento mucho haber llegado tarde a este mundo al que ya se le ha pasado hasta el calificativo de "postmoderno".

Yo habría sido muy feliz en pleno estructuralismo, en la época dura de la modernidad. Yo habría hecho muy buenas migas con quienes pretendían sentar las bases, marcar los hitos y establecer manifiestos clarividentes, llenos de imperativos incluso categóricos. (Yo soy de los de tenerlo muy claro).

Por eso me vuelve loco este tiempo tan incierto y tan escurridizo. Ya cuando Umberto Eco publicó Obra abierta el suelo se me abrió bajo los pies sin que yo lo supiera (tenía entonces dos años). Es decir, que antes de que yo tuviera la menor noción de lo que habían hecho las vanguardias artísticas del siglo XX ya todo eso había muerto y no valía para nada.

Desde entonces tengo vértigo, y ansia, y necesidad de enterarme de algo; y cada vez que apreso una idea, un dato, una propuesta, se me escapa de entre los dedos y me quedo tan bobo como antes; tan bobo como siempre.

Que nuestro saber no sea una pirámide ordenada, sino una red de ramas y raíces que se traban, se ayudan, se estorban y se contradicen es algo que me desasosiega. Sé que es esa la única forma de que viva, de que no se acartone y rigidice. Sé que una estructura ordenada y kantiana estaría muerta, pero, ah, sería tan confortable. Yo soy aplicado y obediente. Yo estudiaría con verdadera aplicación lo que se me indicara y finalmente conocería la verdad. LA VERDAD.

Ya digo que intento enterarme de algo, y que sé que esta pretensión mía es imposible. Sé que las cosas se traban y se enredan, y me resigno a buscar, a pensar, a escribir (para ver si escribiendo me entero de algo). Repito: ME RESIGNO.

Por eso me lleno de pasmo, de admiración, pero también de indignada desazón y de desaliento con gran dosis de envidia cuando alguien como Agustín Fernández Mallo disfruta con todo esto. Pero, hombre de Dios, ¿no ve usted que todo se está yendo a la mierda? No se lo pase tan bien, coño, que es muy triste.

El muy cabrito nada en este lodazal con placer evidente y con inteligencia desbordante. Hay que ser muy canalla para mantener esa lucidez y para expresarla con tan descojonante seriedad.

Hace años un señorón de nuestras letras le afeó mucho su ensayo Postpoesía, pero aquello era un ligero caldito de pollo comparado con lo de ahora, con lo de la basura. ¡Qué barbaridad! ¡Qué cosa tan tremenda!


Un libro para leer con el lápiz entre los dientes. Pero cuidado: El lápiz se me cae muchas veces, tantas como abro la boca con sorpresa.

Este es uno de los pocos libros en los que subrayar no tiene demasiado sentido, porque al final quedan muchas más líneas subrayadas que no, y no llaman la atención para futuras búsquedas.

Es un libro de poesía. Todos los de Fernández Mallo lo son. Siempre es poeta y siempre lo ha sido, por encima de cualquier otra cosa. Incluso se hizo físico para ser poeta. Porque busca en la física los rincones y los límites más habitados por la poesía, porque hace poesía con las vibraciones, con las indeterminaciones, con las contradicciones de la "realidad" y porque sus teorías (físicas, filosóficas, culturales e intelectuales) son, antes que nada, visiones e intuiciones poéticas. Y además, y sobre todo eso, es un cachondo. Es un hombre serio, muy inteligente, lúcido, que hace unas construcciones lógico-ilógicas y dice unas cosas que te lanzan en varias direcciones a la vez, riéndote a carcajadas y muerto de miedo, y disfrutando y sufriendo de todo ese vértigo. Todo ese vértigo gozoso y terrible.

martes, 12 de febrero de 2019

No da igual

El otro día, con lo del sello de visado, me burlé un poco de esa actitud tan exquisita y tan retorcida que tenemos los arquitectos, que siempre parece que queremos tomar el camino más difícil y enrevesado para hacer las cosas, complicándonos la vida y complicándosela a los demás, y prometí que como desagravio escribiría sobre las cosas buenas que tiene también esa actitud.

Vamos con ello: Yo soy muy poco así, muy poco arquitecto, muy mal arquitecto, y tal vez por eso me indigne tanto toda esa exquisita tontería, pero la verdad es que una pequeña dosis de ella me vendría muy bien. En su justa medida es algo muy positivo.

Por ejemplo: En reuniones con compañeros les he visto sacar sus bolígrafos de gel siena y sus pulcras libretas de tapas de hule cerradas con una banda de goma y les he visto tomar notas con tan buen gusto que es que las componían y maquetaban directamente en el papel, dejando los textos bien alineados, con márgenes, subrayando títulos, sangrando subpárrafos... Sus apuntes de las reuniones eran de una belleza sublime. Y ya si hacían croquis esquemáticos me podía morir. (Yo ni atendía a las reuniones: Me pasaba el tiempo mirando de reojo lo que escribían y dibujaban mis compañeros).

Por el contrario, aquí os muestro una de mis muchas libretas de apuntes:


Una de las notas que suelo llevar en el bolsillo:


Y en este preciso instante mi mesa de trabajo está así:


Podría dar todo tipo de explicaciones (por ejemplo, la libreta era de uno de mis hijos, que la tiró hace unos años en la limpieza de fin de curso. Yo vi que apenas había usado tres o cuatro hojas, le regañé y me la quedé). Sí, podría intentar explicaros lo que fuera para justificarme, pero la realidad, la verdad verdadera, es que soy un desastre, un desordenado, un guarro... y, sobre todo, que me da igual.


Aquí os pongo la libreta de antes, pero abierta. Lo siento, quería que la vierais pero no que la leyerais, así que he quitado resolución a la foto y la he desenfocado todo lo que he podido. Os describo lo que hay.
Página izquierda: En la parte superior hay un apunte que cuando dejó de tener validez fue tachado con una trama feroz de líneas inclinadas. En la zona izquierda hay un listado también tachado, y más a la izquierda, por fuera del margen, dos líneas en vertical. En la parte derecha un soneto boca abajo. (Se ve que le di la vuelta a la libreta para que no me molestara el alambre).
Página derecha: Dos grupos de notas: La mitad superior es un asunto y la inferior otro, que cubre un mapa esquemático de Gran Bretaña e Irlanda que iba relacionado con lo de arriba. Una flecha recoloca la segunda nota del segundo grupo por encima de la primera. Y la esquina inferior derecha arrancada de un tirón. ("Toma, te apunto mi NIF. Raaass, ahí lo tienes"). Reconozco que esto último no es normal. En otras hojas faltan otras esquinas y están cortadas más cuidadosamente, incluso plegando previamente el papel para que el corte salga recto.
El resto de la libreta ofrece un aspecto similar: Un cacao mental.

Si las tengo así es porque me digo: ¿Qué más da tomar notas ordenadamente, incluso diseñando la página al hacerlo, o tomarlas de cualquier manera? Lo que importa es la nota, el concepto, el dato, no cómo se diseñe el texto sobre el papel. Eso da igual.

Pues no. No da igual.

Estos compañeros que toman esas notas tan bonitas parece que siempre van recién duchados, que huelen bien, mientras que yo... ¿Viendo las fotos que he puesto no notáis hasta mal olor?
Y además se me olvidan citas, teléfonos, presupuestos... porque los traspapelo, porque los mezclo, porque no sé dónde los he puesto, si en esa libreta o en otra, o en una hoja suelta.
Como el tío Billy de Qué bello es vivir, que se llena los dedos de hilos atados para acordarse de cosas que le rebasan, y cuyo lamentable sistema de organización y control le lleva al desastre.


(Sé que me sigue gente que se dedica a hacer cursos y coachings para enseñar a organizar el trabajo, racionalizar la agenda, optimizar los tiempos, rentabilizar los esfuerzos, y que al leer esto, y tras recuperarse de la arritmia transitoria que les habrá dado, o del espero que no demasiado grave soponcio, me van a llamar y me van a ofrecer sus servicios. No quiero hozar más en este charco, así que daré un elegante giro narrativo).