jueves, 11 de octubre de 2018

Fragilidad

En clase de Fullaondo hicimos una sólida amistad Juan Pablo de Bidegáin, Marta Buenaventura, Juan Torres y yo.
Una vez terminada la carrera nos seguimos viendo, pero, lo que son las cosas, cada vez menos.
Tuvo que morirse Juan Pablo a principios de este año para que los otros tres volviéramos a quedar. Y la verdad es que, después de tantos años (gracias otra vez, Juan Pablo), lo hemos tomado con cierta seriedad y estamos juntándonos a comer cada tres o cuatro meses, que no está nada mal. Esperemos que la costumbre arraigue y se consolide.

Ayer tocó, y Marta nos dijo que, después de llevar un tiempo queriendo hablar con Paloma (la viuda de Fullaondo) se había enterado de que había fallecido hace poco. Naturalmente, Juan y yo no sabíamos nada y nos quedamos muy tristes.
Le teníamos mucho cariño. Siempre se portó muy bien con nosotros, como su marido.

Volvimos, como siempre, a evocar aquellos tiempos lejanos de cuando éramos primero estudiantes y después incipientes profesionales, en los que seguíamos en contacto con ellos. Tantas historias, tantas bromas, tantas batallitas. Tantos compañeros, tantas maniobras buenas y malas de unos y de otros, tantos dimes y diretes, pequeñas intrigas y grandes generosidades. Me imagino que lo normal, lo de todo el mundo, la vida de cada uno. Sí, ya, pero es que esta es la mía y me toca muy dentro y me conmueve.

Les conté que la última vez que estuve en contacto con Paloma fue a cuento de haber ido con Ochandiano a conocer la calle de Juan Daniel Fullaondo en Madrid. Nos fotografiamos bajo las placas con su nombre y le mandamos las fotos a Paloma. Siempre tan amable, tan cariñosa, nos agradeció el gesto y nos deseó lo mejor.

Les dije a mis amigos que estaba terminando de leer este libro (lo saqué de la mochila y se lo mostré):


Ya en casa por la noche lo acabé. Todo cuadra, así que lo fui a terminar justo unas horas después de haberme enterado de la muerte de Paloma.

El libro es magnífico, pero no estoy ahora para hacer una reseña de él (o tal vez sí, pero de otra manera).

martes, 9 de octubre de 2018

El faro y los calzoncillos (III)

En el año 1929, cuando se presentaron los trabajos para la primera fase del concurso del Faro de Colón, el joven y brillante arquitecto Ivan Leonidov estaba en la cresta de la ola. Dos años después, cuando se falló la segunda y definitiva fase, ya no era ni joven ni brillante: Había sido súbitamente hundido y anulado, y languidecía en Siberia(1).

Leonidov fue el alumno más brillante del VKhUTEMAS. Había terminado la carrera en 1927 bajo la tutela de Alexandr Vesnin, que inmediatamente lo acogió en su estudio y lo lanzó a dar clases, a escribir artículos, a presentarse a concursos y a irse labrando su carrera triunfal. En 1929, con solo veintisiete años de edad y dos de arquitecto, ya tenía seguidores. Ya se hablaba de la "escuela de Leonidov", del "leonidovismo".
Recién casado, con un montón de proyectos por delante y con mucho por contar y por hacer, todo le sonreía.
El concurso del faro de Colón le venía a la medida. A Leonidov se le acusaba a menudo de que no respetaba las bases de los concursos y se inventaba cosas. Pero en este, a pesar de la exhaustividad de datos y solicitaciones, las bases mencionaban explícitamente la necesidad de redefinir el concepto de "monumento" y de replantear su función, su profundidad, su repercusión. Para eso estaba él. Este era su concurso soñado.

En el pequeño apartamento de Moscú trabajaba en calzoncillos sobre el tablero. Vivía con austeridad, pero no parece que con tanta como para carecer de un pantalón y de una camisa de trabajo. Más bien lo hacía por comodidad. Con una rodilla en el taburete y las caderas y el torso abalanzados sobre el papel, parecía dibujar con todo el cuerpo. Y sin embargo lo hacía con una precisión insuperable.
Estaba frenético, inmerso en su trabajo, absorto. Llamaron a la puerta. Ni lo oyó. Volvieron a llamar.
-¡Nina!
Seguían llamando.
-¡Nina!
El apartamento era muy pequeño como para que su mujer no lo hubiera oído. Seguro que había salido a comprar pan. Le habría advertido de que se iba un momento y se habría despedido de él, que, embebido en el faro, ni se había enterado.
Ya estaba de vuelta. Se habría dejado la llave.

Saltó con agilidad y en tres zancadas llegó a la puerta y la abrió. Pero no era Nina, sino un caballero de edad madura, pulcramente vestido con traje, chaleco, corbata, pañuelo bien doblado asomando por el bolsillo y hasta sombrero, que lo miró con desaprobación. Él llevaba solo unas zapatillas viejas de andar por casa y los calzoncillos(2).

-¡Andrei Nikolaevich!
-Ivan Ilich.
-Pero pasa, pasa.

Al ingeniero Andrei Nikolaevich Koniaev no le había gustado nada que su hija se hubiera casado con ese animal. Sí, decían que tenía talento, y parecía listo, pero... Qué pena, su querida hija, tan culta, tan educada.

-Nina ha salido. Volverá en seguida. ¿Quieres tomar...? No sé qué tengo.
-Dame un vaso de agua, por favor.

Incapaz de hablar de otra cosa ni de tener una conversación familiar o social, Ivan le enseñó a su suegro lo que estaba haciendo. El ingeniero descreía minuciosamente de la arquitectura de vanguardia, pero tampoco tenía mejor cosa que hacer que asomarse a los planos de su yerno.

Leonidov le contó que se trataba de reconsiderar el concepto de monumento. Un monumento era algo que conmemoraba. Hasta ahora se había conmemorado con mármol, con granito, con estatuas que reproducían la faz y el cuerpo de un personaje o la imagen de un hecho histórico. Pero la verdadera conmemoración actual, en los tiempos del cine y de la radio, debía ser otra cosa.
Él proponía honrar y rememorar a Cristóbal Colón, el personaje y su papel histórico en el desarrollo de la cultura contemporánea, con un conjunto de elementos tecnológicos que proyectaran imágenes sobre el cielo y ondas de radio por el aire, un foco de conferencias, tertulias, música... También iba a ser un puerto aéreo y marítimo, un cine, un museo, e incluso un centro experimental de radiovisión a distancia.
Al ingeniero ese planteamiento le gustó, y la fe y la claridad con la que lo exponía el joven mucho más. Verdaderamente era un hombre de talento y tenía la energía y la convicción para llevarlo a cabo.




Calzoncillista Leonidov. Propuesta para el monumento a Colón.

jueves, 4 de octubre de 2018

El faro y los calzoncillos (II)

En la entrada anterior ya vimos el primer premio del concurso. Antes de seguir hablando vamos a ver el segundo premio:


Concurso "Faro de Colón". Segundo premio. Sres. Nelson y Lynch. (Chicago).

Y el tercero:




Concurso "Faro de Colón". Tercer premio. Sres. Vaquero y Moya. (España).

A Joaquín Vaquero Palacios y a Luis Moya Blanco les dieron el tercer premio. Qué bien, ¿no? Pues no. En un concurso tan importante ser los terceros era mucho, pero ser los primeros era mejor; sobre todo cuando, a su juicio, los dos que les habían adelantado no cumplían las bases y había que descalificarlos.

Veamos:

lunes, 1 de octubre de 2018

Día Mundial de la Arquitectura

Hoy, por ser primer lunes de octubre, y por lo tanto primer lunes del último trimestre del año, se celebra el Día Mundial de la Arquitectura.

Siempre en lunes.

Lunes.

Por algo será.


Por tal motivo interrumpo la saga calzoncillista que sé que estáis empezando a seguir con entusiasmo para hacer esta brevísima y rapidísima entrada.

Día mundial de la arquitectura: Primer lunes de octubre. Yo, que a veces presumo de ser un "arquitecto profesional", llevo trabajando intensamente todo el mes de septiembre sin cobrar. ¿Por qué? Porque soy tonto. Pero tonto a unos niveles raramente concebibles.


A).- He hecho un proyecto de un chalet (no solo durante septiembre, sino desde julio; no he tomado vacaciones) y el cliente aún no lo ha pagado. Le he urgido a que contrate aparejador, me ha pedido un presupuesto de honorarios de uno que fuera de mi confianza, se lo he pedido a un estupendo profesional con quien suelo trabajar y se lo he transmitido al cliente.
El presupuesto de mi amigo es verdaderamente muy ajustado.
Hoy me llama el cliente diciéndome que otro aparejador le ha dado un presupuesto de menos de la mitad. Le digo que no puede ser. (A mi juicio esa cifra le daría para pagar los visados, el seguro y muy poco más). Me dice que sí, y que ese aparejador trabaja en una cuadra-galera de servicios múltiples y también le ofrece los servicios de un arquitecto por la mitad de precio que yo, que os aseguro que trabajo por un precio realmente bajo, que no llega ni a la mitad de las añoradas y lloradas tarifas de honorarios.

El subprofesional mierdero ese no solo tira el mercado cobrando una cantidad irrisoria, sino que mete cizaña respecto a mí, que no he cobrado aún más que una pequeña provisión de fondos en julio pero tengo el contrato firmado.

(A ver si el cliente me paga, que sigo creyendo que sí, y también contrata como aparejador a este hijo de la gran puta(1). Ya veréis qué ambientazo vamos a tener en la obra).


B).- Otro cliente, que me ha pedido unos croquis para un hotel, para ver su viabilidad y tal, y que tampoco me ha pagado aún esos croquis (que pueden evolucionar a proyecto o quedarse ahí sin más, y como tales fueron presupuestados), ya me va pidiendo los ficheros de autocad.


Feliz Día Mundial de la Arquitectura.


(Por favor: No me hagáis comentarios en el sentido de que soy idiota. Eso ya lo sé. Ni me digáis que hay que cobrar más provisión, ni que hay que tener más picardía, ni que espabile. Ya. Ya. ¿No os estoy diciendo que soy tonto?)

(Tengo fe, con todo, en cobrar. Al menos una buena parte. Ya os lo contaré a continuación).


(1).- Bueno, más bien su explotador, el amo del corral. Este es un pobre gallino, un infeliz. (Pero que aprovecha su ridícula oferta para echar mierda sobre mí con verdadero entusiasmo).
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Addenda de **-10-2018: Hoy finalmente... (Ya pondré lo que sea).

Addenda de 15-10-2018: Hoy me han pagado los dos. El mismo día. Estupendo.

viernes, 28 de septiembre de 2018

El faro y los calzoncillos (I)

A Rodrigo Almonacid, que me facilitó la crónica
de Joaquín Vaquero y Luis Moya sobre el concurso.

La Quinta Conferencia Internacional Americana, reunida en Santiago de Chile en 1923, recomendó honrar la memoria de Cristóbal Colón construyendo un faro monumental en la costa de la República Dominicana con la colaboración de todos los gobiernos y los pueblos de América y de todo aquel que quisiera soltar pasta.
Debería ser un faro, un monumento... y la tumba de Colón. (Eso si la catedral de Sevilla accedía a desprenderse del venerable cuerpo).

El Consejo Directivo de la Unión Panamericana tomó esta recomendación en 1927 y dijo que sí.
Se decidió, dada la importancia de esta obra, convocar un concurso internacional al que seguro que se presentarían los mejores arquitectos de todo el mundo.

El concurso se celebró en 1929, y constaba de dos etapas: A la primera se podría presentar todo el que quisiera, y de ahí se seleccionarían diez anteproyectos, a cuyos autores se les invitaría a participar en la segunda.

Las extensísimas y documentadísimas bases del concurso decían que no se trataba de diseñar un faro vulgar y corriente, sino un monumento a Cristóbal Colón, y se deshacían en exaltaciones simbólicas.

República Dominicana. Hoja bloque de 1953 mostrando
el proyecto ganador, de Joseph Lea Gleave.

En la primera fase compitieron 455 arquitectos de 48 países.
El jurado internacional, en el que estaban personalidades muy importantes, como Horacio Acosta y Lara, de Uruguay (presidente del jurado y representante de América Latina), Eliel Saarinen, de Finlandia (representante de Europa) y Raymond Hood, de Estados Unidos (representante de América del Norte), se reunió en Madrid en abril de 1929 y eligió a los diez finalistas, que pasarían a la segunda fase, pero también se despachó a gusto comentando los tremendos errores de muchos de los presentados, para que los diez seleccionados no los cometieran en la segunda y más madura elaboración de las propuestas.




(Antes de seguir, y para saber con quienes se jugaban los cuartos los concursantes, vemos lo que hacían los miembros del jurado: Una casa de Acosta y Lara -con el ingeniero Guerra Romero- en Montevideo, la estación de Helsinki, de Saarinen y el Chicago Tribune, de Hood, que ganó un concurso internacional famosísimo y ya sabía de que iban estas cosas).

Y, claro, conociéndolos, podemos imaginar lo que opinaron sobre algunos de los presentados impresentables. El secretario técnico del jurado, Mr. Albert Kelsey, escribió en el acta:

Albert Kesley. Edificio de la Unión Panamericana, Washington.

martes, 25 de septiembre de 2018

Arquitecto-arquitecto


En mi anterior entrada escribí que me parecía que Robert Venturi había sido un gran escritor, pensador y crítico de arquitectura, pero un mal arquitecto. Para colmo dije que como arquitecto-arquitecto dejaba mucho que desear.

El agudo polemista Hans Brinker me recriminó. Me preguntó qué entendía yo por arquitecto; es más: qué entendía por arquitecto-arquitecto. ¿Solo es arquitecto quien construye?, me preguntaba, ¿y solo quien lo hace bien?
Añadía que también es arquitecto quien escribe sobre arquitectura y quien hace muchas otras cosas, y que es muy reduccionista considerar arquitecto solamente a quien diseña y dirige las obras de edificios.

Le di apresuradamente la razón y le prometí que intentaría aclarar mi postura en el blog, ya que en twitter es imposible matizar con cierta extensión.
Confieso que mi primera intención fue contemporizar y templar gaitas, pero he estado mirándome por dentro, dándole vueltas y no puedo. Voy a exponer mi opinión sincera. Ojo: Mi opinión. Nada más que mi opinión, que no tiene valor alguno para nadie más que para mí. Y creo que voy a cabrearle aún más. (Es posible que cabree a más gente. Lo siento. No lo hago por pura maldad, sino por exponer sinceramente lo que creo).

¿Qué es un arquitecto1? y aún más: ¿Qué es un arquitecto-arquitecto?

La definición clásica de arquitecto-a en el DRAE era:


"Persona que profesa o ejerce la arquitectura". Bien. Parece obvio. Pero ahí mismo leemos qué entiende la RAE por arquitectura: "Arte de proyectar y construir edificios". Es decir, que el arquitecto es la persona que tiene por profesión proyectar y construir edificios.
Esto es lo que viene en mi edición en papel, que es la vigésima primera y data de 1992.
En el DRAE online vemos que esa definición ha cambiado:

Añaden (a mi juicio innecesaria y torpemente) el matiz de que esa persona esté legalmente autorizada, pero en lo que es su profesión y cometido no cambian nada.
Y arquitectura sigue siendo "arte de proyectar y construir edificios". Para más inri le añaden "diseño de una construcción", que creo que estaba más o menos incluido en la anterior acepción.


Las otras dos acepciones no aportan nada a lo que nos interesa, así que podemos decir que en este momento, según la RAE, un arquitecto es una persona que tiene el título académico adecuado, está colegiado, no se halla en situación de incompatibilidad, está al corriente de sus cuotas y demás obligaciones, no ha sido legalmente inhabilitado y yo qué sé qué más, y por todo ello tiene como profesión el arte de proyectar y construir edificios, y también diseñarlos (por si lo de proyectar no había quedado claro).

Este carácter ordenancista y circunspecto del diccionario de la RAE a mi juicio olvida el ámbito común de la lengua, al que debería pertenecer, y desvirtúa el significado amplio del término. Miro ya por curiosidad médico e ingeniero y lo mismo: han añadido la precaución legalista que a mi juicio estropea la definición y el significado común de esos términos.

Para huir de oficialismos y de similares plagas consultemos el María Moliner, que es tan solo un excelente diccionario, un diccionario DE USO del español. Allí leemos que el arquitecto es la persona que tiene como profesión la arquitectura. Casi lo mismo que en el primer DRAE que he puesto.


Y la arquitectura abandona la faceta de proyecto y se queda solo en construcción, pero incluye también a los monumentos: "Arte de la construcción de edificios y monumentos". Y también "esa actividad, considerada como una de las bellas artes".

Observo que, por la vía de los diccionarios, y recogiendo lo que se entiende comúnmente por el término, la profesión del arquitecto solo alcanza a proyectar y construir edificios (e incluso monumentos), aunque para ello tenga que cumplir unos determinados requisitos legales.

En principio, todo lo demás quedaría fuera.

jueves, 20 de septiembre de 2018

En la muerte de Robert Venturi

Anteayer, 18 de septiembre de 2018, ha muerto Robert Venturi. Pero yo me acabo de enterar y es ahora cuando intento una necrológica muy apresurada.
(O, más que una necrológica, una excusa para decir algo lateral, como de costumbre).


En mi opinión, Venturi, más que arquitecto, es uno de los pensadores y escritores de arquitectura más inteligentes y agudos que ha habido. Su libro Complejidad y contradicción en la arquitectura es un texto obligado para cualquiera que quiera saber algo o pensar algo. De arquitectura y de todo.

Ese libro sigue siendo tremendo, pero hay que recordar que es nada menos que de 1966. Y reformular entonces, con Mies vivo, su famosa frase less is more (menos es más) como less is bore (menos es aburrido) denotaba una dosis notable de valor y de intrepidez. Y también de lucidez.

Con su esposa Denise Scott Brown y con Steven Izenour escribió en 1972 Aprendiendo de Las Vegas, un libro muy provocativo que, a mi juicio, a base de elogiar la confusión y la superposición, acaba por ayudar a la no valoración de nada y a la anulación de lo mejor. Pero esa es solo una opinión mía, que, sumido en mis oceánicas ignorancias, y carente de tantísimos conocimientos, nunca he querido perder mi escasísimo tiempo en aprender nada de Las Vegas.