viernes, 18 de agosto de 2017

En casa

A Mapila, que me enseñó el ingenioso
adminículo que aquí cuento.

Los arquitectos hacemos casas y para ello aplicamos algunas técnicas de oficio, algunas destrezas y cada vez más normativa, pero hay algo que está por encima de todo eso: Cuando alguien se hace su casa o se la compra busca su lugar en el mundo, su castillo, su sitio a salvo, su hogar.
"Estar en casa". "Estar como en casa". "Ponte a gusto. Estás en tu casa". "Jugar en casa". "Como en casa no se está en ningún sitio". "La casa de los Tal". La casa es la familia, la estirpe, es el núcleo de los míos, y es mi baluarte. En mi casa no me puede pasar nada malo.
Vienes de la calle, de la lucha diaria, y al llegar a tu casa sientes cada día como cuando eras un niño y jugabas con tus amigos al escondite o al rescate: "¡Casa!" Y ya no te podían agarrar. Ya podías burlarte en la cara del que se la ligaba (en mi pueblo "la hincaba"), que no podía hacerte nada.

De madrugada abres los ojos por enésima vez. "Ya está tardando mucho mi hijo. ¿Dónde estará?" Qué alivio cuando por fin oyes la llave en la cerradura. "Ya ha llegado. Ya está en casa". Y entonces el sueño inquieto, el duermevela porque faltaba uno en casa, se puede convertir ya en sueño placentero "a pierna suelta". Ya estamos todos. Estamos a salvo.
Toda la familia está en la sala, viendo la tele, sesteando, y de pronto suena el timbre. Sobresalto. ¿Quién será? Por unos instantes todos temen que sea algún portador de malas noticias, alguna complicación, algún intento de invasión al santuario familiar.

Cuando intentan asesinar a Michael Corleone, lo que más le indigna en definitiva (y así se lo dice a su consigliere y cuasi hermanastro Tom Hagen) es que haya sido en su casa. "¡En mi casa! ¡En mi propia casa!"
En efecto, el mundo es peligroso, pero la propia casa ha de ser segura. Es su obligación.


El otro día paseaba por la calle Mayor de Alcalá de Henares y mi amigo Mapila me hizo notar que en el techo del soportal, ante las puertas de muchas casas, había un agujerito cuadrado de unos diez centímetros de lado y de unos quince o veinte centímetros de profundidad, terminado en una especie de remate o tapa superior.
Me preguntó que qué creía que podían ser esos agujeros. (Esto de ser el arquitecto del grupo le pone a uno en muchos compromisos. Menos mal que no soy médico).
Le dije que no tenía ni idea. (Pensé en algún tiro de ventilación, en alguna especie de estufa que se colocara antiguamente en la calle junto a la puerta y cuyo tubo pasara por ahí, pero me abstuve de decirlo porque Mapila tenía una mirada traviesa de "no lo vas a acertar en la vida").
Había varios iguales, ya digo, así que no se podía pensar en una casualidad o una excepción.



domingo, 13 de agosto de 2017

Insistencia

Ayer, buscando un dato por internet, me topé con varios comentarios muy negativos hacia este blog y hacia mí. Lo asumo, claro que sí. Si yo me arrogo el derecho de decir lo que me dé la gana de quien me dé la gana tengo que admitir que quien quiera diga de mí lo que quiera. Estaría bueno.
Pero sí que reconozco que me pasó como al profesor que ya cuenta con que sus alumnos le van a poner un mote, y a veces incluso trata de adivinarlo intentando examinar sus propios defectos. Al cabo del tiempo se entera por fin del mote que le han puesto y se queda a cuadros: Nada que ver con ninguna cosa que él hubiera podido imaginarse. Y cree (como todos) que justo eso que le han puesto (lo que sea) no tiene nada que ver con él.
Pues eso me pasó ayer. Me quedé un poco desanimado porque sé que tengo muchos defectos y que merezco críticas e incluso escarnios por muchos motivos, pero jo...lines, ¡es que fueron a decir unas cosas que...!
(Además me dio mucha vergüenza que no me criticaran aquí, en mi blog, en mi casa, en la sección de comentarios que está abierta para todos, sino que lo hubieran hecho en ese otro sitio adonde yo había ido para leer una cosa. Me dio mucha vergüenza ser un tonto famoso, un bobo ecuménico).
Sí que hay un momento de desazón -ah, pero tú bien que criticas a quien quieres e incluso te burlas de quien te da la gana sin que te tiemble el pulso-, e incluso, pero sólo un momento, te dices que este blog para qué, que tanto escribir bobadas para qué. Pero sigo. Insisto. Insisto como Richard Rodgers y Lorenz Hart, que no sabéis quiénes fueron. Porque no sabéis quiénes fueron. No me vengáis ahora con que sí, con que sus nombres os suenan vagamente. No. No tenéis ni idea. Pero para eso me tenéis a mí.

Rodgers (sentado al piano) y Hart en 1936

Richard Rodgers era un músico, y Lorenz Hart era un letrista. Juntos compusieron varias canciones; entre ellas, en 1934, una para una película titulada Hollywood Party en la que aparecían un montón de estrellas capitaneadas por el Gordo y el Flaco y había un montón de actuaciones musicales. Tantas y tan buenas que esta de Rodgers y Hart se suprimió en el montaje final. No pasó la criba porque era una ñoñez: Consistía en que una joven inocente recitaba sus oraciones. (Bueno, las cantaba, pero la salmodia era tan lenta y solemne que era más un rezo recitativo que un canto). La película era, como su título, una fiesta en Hollywood, y una tierna niña rezando no pegaba y le quitaba el buen rollo a todo. A la porra la birriosa canción.

Hay canciones que no salen. No pasa nada. Se tiran las partituras a la papelera y a otra cosa, mariposa. Pero a los autores les gustaba esta y le quisieron dar otra oportunidad.

Le cambiaron radicalmente la letra y el título (ya no venía a cuento la niña rezando. (Bueno, ni antes tampoco)), que pasó a ser The Bad in Every Man (La maldad que hay en todo hombre), y la colocaron en la película Manhattan Melodrama, de ese mismo año 1934. (Fueron muy rápidos).
La película se tituló en España, con muchísimo morbo pero con mucha vista comercial y mucho oportunismo, El enemigo público número uno. Y es que es una película de gángsters que fue a ver el tristemente famoso John Dillinger, el verdadero "enemigo público número uno", a quien, cuando salía del cine, probablemente con esa dulce y todavía muy lenta melodía en la cabeza, acribillaron a tiros unos agentes del FBI que lo estaban esperando.

John Dillinger

La película tuvo esa morbosa publicidad inesperada, pero ni por esas la canción despegó. La verdad es que nadie se había fijado en ella. (Repito que me gustaría pensar, no sé por qué, que Dillinger sí).

Pero los autores aún no se habían cansado de la canción. Le dieron una tercera vuelta -todavía en 1934- quitando todo resto de maldad y limpiando la sangre salpicada e hicieron una balada romántica a la que titularon Blue Moon.

Y entonces ya sí. Pelotazo.

La Casa Loma Orchestra la puso en el número uno de las listas en ese mismo 1934, y en seguida el gran Benny Goodman la tomó para su repertorio.
A partir de ahí todos los grandes la fueron incorporando y se convirtió en un standard.

martes, 1 de agosto de 2017

Top Secret

No me explico el motivo, pero este blog es leído por gente de bastantes países, lo que me llena de satisfacción. Gracias a eso he conocido a compañeros de todo el mundo, que me mandan correos y comentarios. En general son cosas simpáticas, pero últimamente he recibido un testimonio sobrecogedor. No me llega la camisa al cuerpo, pero, no me preguntéis por qué, lo voy a compartir aquí con vosotros.
No revelaré la identidad del arquitecto que me cuenta su experiencia, ni tampoco su nacionalidad. Ya digo que me lee gente de muchos países. Pero la mayor parte de mis lectores son españoles y sé que no van a entender la historia que sigue porque todo eso que nuestro confidente nos cuenta es inconcebible para un español. A mí al menos me ha resultado incomprensible, pero estoy convencido de que es cierto.
Como también sé que varios servicios de inteligencia leen y analizan este blog, he "traducido" a mi forma de hablar lo que dice mi interlocutor para que no se note su nacionalidad, y también, por la misma razón, he cambiado los nombres de organismos, asociaciones, disposiciones legales, etcétera, inventándome otros similares. Todo esto es Top Secret y he de ser prudente.
Hecho esto, disfrazada así su voz, le dejo ya a él la palabra:


Primera parte: El problema

Soy arquitecto desde hace muchos años, a veces pienso que demasiados. No hago grandes edificios. Casi todo lo que he hecho en mi vida han sido viviendas individuales en pueblos, y es de este tipo de proyectos de los que puedo hablar. Cuando yo empezaba a trabajar uno de estos tenía del orden de quince planos y cincuenta páginas, escritas entonces con máquina de escribir en lo que podría ser un tipo doce y a doble espacio. El proyecto explicaba todo lo que tenía que explicar y las casas se construían siguiéndolo sin mayores problemas.
Pero poco a poco en mi país fue creciendo el afán normativo, y se fueron añadiendo cada vez más disposiciones y obligaciones que el arquitecto tenía que reflejar y satisfacer en su proyecto.
Por ejemplo, una comisión decidió que no se podían tolerar tantos accidentes laborales en las obras de construcción y salió una ley exigiendo que los proyectos estudiaran las medidas de seguridad a implantar en la obra. Algo bastante sensato. Pero acto seguido se siguió legislando sobre el asunto y engordándolo y complicándolo hasta tener que rellenar tal cantidad de datos, cada vez más innecesarios y confusos, y adjuntar tal cantidad de gráficos, diagramas y tablas que ya solo eso exige más trabajo que proyectar el edificio. Es tan laborioso y embarullado que lo importante queda difuminado por lo accesorio y el documento no resulta útil. Acaban siendo unas colecciones de plantillas tipo que se rellenan sin más y se adjuntan al proyecto. Y todo va muy bien siempre y cuando no haya un accidente.
Después hubo que calcular cuántos cascotes se iban a producir en la obra, y estimar cómo deshacerse de ellos. También hubo que suministrar un manual de control de calidad de materiales y equipos, un manual de instrucciones del edificio, un manual de mantenimiento, un manual de comportamiento ante situaciones de emergencia (este último es muy gracioso: si tu casa se está quemando te pones a buscar el proyecto por los cajones, finalmente lo encuentras, hojeas frenéticamente sus cientos de páginas hasta que das con el manual de emergencia, allí buscas el subcapítulo de incendio, y finalmente lees que tienes que salir pitando sin demora).
Y a todo esto se seguían y se siguen aprobando y modificando normas constantemente.
Entre leyes, normas, disposiciones, órdenes, premáticas, decretos, proclamas y planes y entre nacionales, estatales, comarcales, provinciales, municipales y zonales puede haber unos mil doscientos textos legales que incidan sobre un proyecto cualquiera de arquitectura, y cada uno de ellos tiene una media de sesenta y tres artículos o puntos, con lo que un arquitecto ha de conocer y aplicar unas setenta y cinco mil seiscientas gilipolleces que no son estrictamente de su profesión (quiero decir que se las tiene que saber además de saber calcular una estructura, por ejemplo). Y hay que decir que, como es obvio, muchas de ellas se contradicen.


jueves, 27 de julio de 2017

Berlage: Un corazón con freno y marcha alante*

A Ana Moreno, por las fotos,
a Jaume Prat, por no estar de acuerdo,
y a Emilio, por el último párrafo.

Ya que me he puesto a hablar de Berlage quiero rematar la faena contando algo que me impresiona y me produce emoción. Se trata de varias cosas, pero principalmente de lo difícil que es la arquitectura y de la fuerza y el coraje que hay que tener para llevarla a cabo. Y de la vejez y la esperanza.

Empecemos por hablar de Hendrik Enno van Gelder, el hombre necesario. Este archivero y después director de las colecciones de la ciudad de La Haya hizo campaña en 1912 para que el ayuntamiento construyera un museo que reuniera todas esas colecciones dispersas. Le llevó tiempo convencer a los gobernantes municipales, pero en 1918 ya había una comisión decidida a llevar a cabo la empresa.
La ubicación de ese museo ya estaba prevista en el plan urbanístico de Berlage, al lado del parque Zorgvliet. Un sitio muy hermoso, luminoso, tranquilo... Una delicia.
Y ya que Berlage había señalado ahí la ubicación de un museo, ¿a qué otro arquitecto se lo iban a encargar? Pues a él. En agosto de 1919 ya le estaban firmando el contrato, y en la primavera de 1920 ya estaban los diseños encima de la mesa de plenos del ayuntamiento: Planos, perspectivas y hasta una maqueta de yeso.
(Van Gelder, que al principio había pensado en otro arquitecto, en cuanto le encargaron el proyecto a Berlage se puso a trabajar con él con entusiasmo, y estaba muy satisfecho de la solución propuesta).
El edificio proyectado era muy interesante: Una planta en forma de rectángulo deformado, irregular, asimétrico, que abrazaba una lámina de agua. Era una disposición de espacios muy racional y regular, pero todas las alas giraban levemente, se desviaban de la estricta simetría. El emplazamiento era muy amplio y no había ningún impedimento para utilizar ángulos rectos. No era la forma del solar, sino el gusto de "dejar correr la mano" lo que había producido esos ángulos. Un punto de frivolidad, pero en definitiva se lograba un acuerdo muy bueno entre la necesaria independencia de algunas piezas y su relación en un todo armónico.

Museo Municipal (Geemente Museum) de La Haya.
Primera versión, 1919-20. Planta baja.
Museo Municipal (Geemente Museum) de La Haya.
Primera versión, 1919-20. Planta primera.

En mi opinión las plantas son muy sencillas y correctas, con los espacios bien estructurados. Y, por lo que veo en la perspectiva del interior del vestíbulo de ingreso, los huecos y adornos seguían una línea que yo llamaría "art nouveau duro", a base de quiebros y recortes ortogonales en lugar de las curvas delicuescentes del "art nouveau ortodoxo". Pero en estos regustos por la ortogonalidad no se puede apreciar ninguna influencia de De Stijl, que en esa época estaba en su primera fase y ya se hacía oír, y eso que estoy seguro de que Berlage seguía al grupo con el interés y la curiosidad (pero también la distancia) de un padre o un abuelo.
Berlage propuso la estructura de hormigón armado, como venía haciendo en esta última etapa de su trabajo y de su vida, lo cual es un gesto de fe en el progreso y de ganas de experimentar, llamativo a su edad(1). (El vestíbulo quedaba cubierto por una cúpula de hormigón  armado aligerada por cuarterones; es decir, una cúpula formada por nervios paralelos y meridianos de hormigón armado).

La comisión municipal aprobó el proyecto en junio de 1920 y lo expuso al final de ese año y al comienzo del siguiente. Provocó reacciones a favor y en contra (como todo, como siempre).
En octubre de 1921 el comité consultivo para el museo dictaminó que tenía un tamaño muy grande y que había que reconsiderarlo todo.

sábado, 8 de julio de 2017

Hendrik Petrus Berlage: Un hombre honrado

Hace dos meses escribí una entrada en la que hablaba de mi torpeza como diseñador y, de paso, me metía con Berlage. Lo llamé "mediocre o, al menos, no brillante", aunque valoré su gran solvencia y su enorme capacidad de trabajo.
No me quedé a gusto habiendo sido tan mezquino con él y prometí dedicarle una entrada un poco más justa.
Bueno, pues todo llega.

En primer lugar, hay que decir que Berlage es un arquitecto reconocido. En su país lo tienen por un personaje ilustre, y lo demuestran a menudo como se suelen demostrar estas cosas.

Holanda: Personajes. 1954

Holanda. Arquitectura moderna. 1955

 Holanda. Grandes momentos holandeses del S.XX, 1999

Holanda sin límites. Indonesia. 2012

Tarjeta telefónica, 1999

Perdonadme este exordio que ocupa mucho y aporta muy poco, pero es que soy un frikicoleccionista y me llaman la atención estas cosas. Creo que dos de los signos más claros de haber triunfado en la vida es que le pongan tu nombre a una calle o plaza de tu pueblo y que te saquen en un sello de correos. Y con las imágenes que he puesto se nota que los holandeses siguen apreciando a Berlage al cabo de los años.
Hendrik Petrus Berlage es un hombre muy honrado por sus compatriotas. Y además fue un hombre honrado.
Berlage fue un arquitecto de muchísima importancia. No fue un gran creador, un hombre de talento excepcional, no, permitidme que insista, pero fue un gran profesional y una persona lúcida, muy lúcida.
Cuando ganó el concurso de la Bolsa de Ámsterdam lo hizo con un diseño neomedievalista, interesante pero anclado en el pasado, y que conservaba algunos de los tópicos de la arquitectura holandesa (o, si preferís, nordeuropea) tradicional.

viernes, 7 de julio de 2017

Me explico:

A David García-Asenjo Llana,
perverso embaucador.

Hay mucha gente tan tonta que se pone a palmotear con entusiasmo ante cualquier chorrada. No ven que les están engañando. ¿Hay que decir que esto es una maravilla? Pues lo digo, no sea que me vayan a tomar por tonto por no aplaudir. Y, claro, eres un tonto por aplaudir.


Te la meten doblada y sigues asintiendo y sonriendo. Pero qué bobo.

Andersen escribió un cuento sobre esto: "El traje nuevo del emperador". Dos sastres sinvergüenzas se ofrecieron al emperador para hacerle un traje con un paño tan excelente y sutil que no lo podían ver quienes tuvieran el alma sucia o fueran estúpidos, sino solamente la gente buena, inteligente y limpia.
Obviamente, los sastres le cobraron un buen dinero y no le dieron traje alguno. Hicieron el paripé de mostrarle un traje invisible. Y a ver quién era el guapo que reconocía que no lo veía. En la corte unos por otros hicieron como que sí lo veían, ya que cada uno pensaba que él era el único que no podía apreciarlo, e incluso elogiaron su belleza.
Finalmente el rey quiso lucir el traje ante su pueblo y todos también decían verlo, excepto un crío que gritó: "¡El rey va desnudo!"
Al escuchar al niño, que no podía ser sucio ni perverso, sino que era la inocencia misma, todos terminaron por reconocer la estafa de los sastres.

Ese espíritu del niño que hace abrir los ojos a los estúpidos se ha extendido a muchos superhéroes que, como los de la Marvel o la DC, velan por nuestra seguridad y por nuestra integridad. Estos benefactores están siempre atentos a desfacer entuertos y a desenmascarar a los estafadores.

Hay pintores que hacen pintarrajos y pánfilos que creen que esos cuadros les gustan. ¡A por ellos!
Hay poetas que escriben sin rima ni medida, y estúpidos lectores que leen esos poemas y dicen que están muy bien. ¡Zasca!
Hay músicos que componen sin tonalidad ni melodía. ¡Qué asco!
Hay arquitectos que... ¡A muerte! ¡Asquerosos! ¡Destructores del paisaje! ¡Hijos de puta!

Y así todo.

-Te dicen que la tierra es redonda y te lo crees. ¿Lo has comprobado? ¿Has medido su curvatura?
-No, pero...
-¿Ves? Te han engañado.
-Pero mi hermana vivió unos años en Chile y cuando hablábamos por teléfono eran horas distintas. A lo mejor aquí era de noche y allí era de día.
-Ya, claro, ¡pero qué crédulo! ¡La tierra es plana, leches!

Igualmente algunos creemos en las vacunas. Nos han hecho creer que son eficaces. Somos idiotas.
Y también creemos en la quimioterapia, en la física, en la geometría. ¡Paparruchas! ¡Cómo nos engañan!
Hay una confabulación mundial para creer esos disparates y a la vez negar las virtudes de la homeopatía o de la aromaterapia. Menos mal que una valiente presentadora de televisión recomendó oler limones para prevenir el cáncer.

Los superhéroes, los valientes, los lúcidos son muchos, pero el daño es mucho mayor, inabarcable. El grueso de la sociedad seguimos admirando el no-traje del emperador. Cuánto queda por hacer. Qué misión más ardua. Verdaderamente es un océano de despropósitos en el que los héroes pueden, todo lo más, secar algunas gotitas. Qué desesperación, qué impotencia.

domingo, 2 de julio de 2017

Renzo Piano y Luis Vidal no son unos hijos de puta

Dedicado a Óscar Miguel Ares,
arquitecto, por sus fotos, por su
ayuda y sus opiniones.

Una tuitstar de merecida fama de crítica mordaz de la sociedad y de fina humorista toca todos los temas de la cultura, de la política, de la sociedad y de lo que se ponga por delante, y siempre tiene la palabra exacta, la frase graciosa, la ironía fina. (No se llega al Olimpo del tuitstareo porque sí).
Esta agudísima y ácida comentarista se mete a veces también en el campo de la arquitectura. Nada escapa a su pluma. Y dice cosas tremendas y desopilantes.

El otro día la tomó con el recién inaugurado Centro Botín de Santander, de los arquitectos Renzo Piano y Luis Vidal.
Se ve que no le terminó de gustar ni el edificio ni su emplazamiento, y lo dijo con la gracia que la caracteriza.


Ahí lo tenéis: ¿Qué dijo del edificio? Que es un calefactor gigante. ¿Y qué dijo de sus autores? Que son muy hijos de puta.
Qué gracia tiene.
¿Y qué dijo del entorno, del Paseo Pereda? Pues que es una avenida de arquitectura clásica.
(Esa expresión, "arquitectura clásica", aplicada a la de ese paseo -ecléctica, burguesa y totalmente anticlásica-, demuestra que la tuitstar no tiene ni idea de arquitectura, pero tampoco vamos a pretender a estas alturas que uno sepa por qué insulta a quien insulta).

Antes y después. Explanada de aparcamiento y
Centro Botín con ampliación del Parque de Pereda.
(Si clicáis las imágenes las podréis ver más grandes).


Dos capturas de Google Street en las que se aprecia la brutal
agresión del Centro Botín (a la izquierda) sobre el ambiente urbano y
sobre las pacíficas viviendas (a la derecha) del Paseo de Pereda.

El Centro Botín se sitúa en el puerto de Santander, en una zona en absoluto degradada, pero sí un tanto "marginal" y "residual": una explanada de aparcamiento.
Queda separado de la ciudad burguesa por el Parque de Pereda, que rediseña y amplía, pues hace subterránea la vía de borde.
Podéis ver en las dos fotos que he sacado del Google Street el tremendo impacto visual del Centro Botín sobre el indefenso frente de bloques de pisos del Paseo de Pereda. Vamos, que si el ayuntamiento decidiera cambiar de color los autobuses urbanos la agresión sería cien veces mayor.

Las comparaciones con el Museo Guggenheim de Bilbao son inevitables: un edificio con un diseño "agresivo", un borde de ciudad un tanto "desordenado" y "residual", una estética náutica e industrial que remite a los barcos, a las grúas..., una avenida burguesa muy agradable (en Bilbao es la Alameda de Mazarredo), etc. El Botín es bastante más pequeño y humilde que el Guggenheim, pero creo que hay paralelismos evidentes en su importancia urbana, su misión, su impacto y su protagonismo de recién llegado.

Podemos acusar a Renzo Piano y a Luis Vidal de muchas cosas: de no haber hecho en Santander su mejor obra, de haber pecado de vanidad e incluso de soberbia (todo el que hace un edificio singular peca de ello), de haber dejado cabos sueltos y temas sin resolver... pero no podemos acusarles de ser unos hijos de puta. Ni muy hijos de puta ni un poquito hijos de puta.

¿Se considera hijo de puta a quien diseña un edificio que parece un calefactor? Yo digo que no. Y además a mí no me parece un calefactor. Me parece un edificio.
Los edificios diseñados con criterios contemporáneos y con tecnología contemporánea acaban teniendo forma de artefactos contemporáneos. A posteriori la gente los suele comparar con calefactores, tostadoras, afeitadoras o cosas así. Bueno. No dejan  de ser comparaciones simpáticas. En todo caso, según mi opinión Renzo Piano y Luis Vidal no han diseñado un calefactor a propósito y por lo tanto no se les debería considerar hijos de puta por ello.

Veamos si se les puede considerar hijos de puta (muy hijos de puta) por agredir la avenida de "arquitectura clásica".
Repito que la arquitectura de esa avenida no es clásica en absoluto, sino de un eclecticismo que oscila entre lo discreto y lo pasteloso, con bastantes edificios de calidad y otros cuantos más que desafortunados, y todo ello configura un conjunto urbano agradable.
¿El Centro Botín rompe ese entorno?