lunes, 20 de junio de 2016

La secta (II). La ratonera

Svetlana Alilúyeva siempre mantuvo que no sabía por qué había ido a Taliesin, y, en todo caso, no podía entender por qué se había quedado allí más de dos días (se quedó más de dos años), se había casado con Wesley Peters y había tenido una hija.
Pero vamos poco a poco.

Taliesin West, Scottsdale, Arizona.
(Captura de pantalla de www.franklloydwright.org)

De entre los miles de personas que querían conocer a Svetlana, invitarla a sus casas, comer con ella, contarle sus vidas, etc, sobresalió y se impuso Olgivanna Lloyd Wright. Ella la entendía taaannn profundamente, se sentía taaannn próxima a la pobrecita, podía ayudarla taaannnto...
Olgivanna conocía bien la problemática rusa. Se había casado con un arquitecto ruso, del que había tenido una hija rusa llamada también Svetlana. (La pobre había fallecido en accidente hacía unos años). Olgivanna podía ser de nuevo la madre, la mentora, la mejor amiga de esta otra nueva Svetlana, de esta pobre niña desamparada y desorientada (y cargada de dinero).
La mandó llamar mediante una amiga. Le ofreció alojamiento, descanso, comprensión.
Svetlana pensó que podría pasar allí un fin de semana, conocer a Olgivanna y a su feliz comunidad de artistas. (De algún modo, era una comuna cuasi soviética, pero mejor: donde todos trabajaban en común, reían, tocaban instrumentos musicales, cantaban, hacían teatro, se divertían con excursiones y comidas campestres y vivían entre hermosas obras y ante amplios horizontes de paz y de libertad).

 Taliesin West, Scottsdale, Arizona.
(Captura de pantalla de www.franklloydwright.org)

A Svetlana no le impresionó en absoluto el aspecto de Taliesin. Aunque no le interesara nada la arquitectura, hay que reconocer que aquello es muy "pintoresco" o "sorprendente" para cualquier visitante. Pero parece ser que la hija de Stalin era impermeable a todo eso. Y las veces que se refería a la cabaña donde le tocó vivir hablaba de su pequeñez, de su endeblez y de sus techos bajos. Según ella, diríase que todo aquello era un conjunto de chabolas cutres a más no poder.
(Bueno: Algo de eso hay. Todo el conjunto no deja de ser una especie de campamento, y allí, en el desierto, tiene un aire de precariedad. Pero hay que estar ciego para no ver nada más. Svetlana lo estaba).

Taliesin West, Scottsdale, Arizona.
(Captura de pantalla de www.franklloydwright.org)

Olgivanna la recibió como una madre recibiría a la hija que vuelve del exilio. Ella la comprendía taaannn bieennnn... Fue encantadora. Todos los taliesinitos lo fueron. Hicieron para ella todo lo que sabían hacer: Tocaron música, cantaron, representaron alguna obra teatral, rieron, bailaron... Svetlana cuenta que ni le gustaba esa música, ni ese teatro, ni esa manía de sentarse en el suelo, ni nada. Pero debieron de lavarle el cerebro, o ella lo traía ya lavado de casa, porque se quedó.

Lo que cuento está obtenido de esta novela,
cuya autora ha leído los textos de Svetlana
y ha rastreado su vida.


lunes, 13 de junio de 2016

La secta (I). Censo de personajes

Nota.- La primera parte de la historia que voy a contar ya la conté -admirablemente bien, según dijo el ínclito crítico y académico Don Florián-Nepomuceno Robasiestas Juanjo-Nomepises- en mi novela La hoja desnuda, publicada en 1998 por la demarcación de Toledo del COACM y actualmente en fase de corrección y reedición por Cornac Ediciones. De modo que no me extenderé mucho. Y me remito a la novela. (No os preocupéis: Cuando renazca en esta su segunda vida lo contaré cien veces). Empecemos con el censo de personajes:

1.- El patriarca: Frank Lloyd Wright. Genial arquitecto estadounidense. Nacido según unos en 1867 y según otros (entre quienes me encuentro) en 1869. En agosto de 1928, con 61 -o 59- años de edad, se casó con una joven montenegrina de 29 años. Era su tercer matrimonio, aunque había convivido con cuatro mujeres. (Con una de ellas no había llegado a casarse: Fue asesinada antes).
El gran arquitecto estaba arruinado, y soportaba una de las mayores crisis personales y profesionales de su vida, aunque ya se había repuesto de otras.
No; no estaba en su mejor momento.

Frank Lloyd Wright

2.- La lideresa malona: Olgivanna (nacida Olga Ivanovna Lazovich y casada como Olgivanna Lloyd Wright: No le bastó el "Wright", que adoptó hasta el "Lloyd"). Nacida en 1898. Bailarina en el ballet ruso de Gurdjieff. Tenía 29 años cuando se casó -en agosto de 1928- con Frank Lloyd Wright. (Antes se había casado con otro arquitecto, con quien había tenido a su hija Svetlana).
Esta mujer, con una gran visión (y con una cara de hormigón HA-25/P/20/IIb), convenció a su famoso pero arruinado marido para que montara la secta: The Taliesin Fellowship. Una preciosa hermandad formada por estudiantes de arquitectura y jóvenes arquitectos de todo el mundo que acudirían gozosamente a aprender, a trabajar y a vivir con el gran patriarca. No, no cobrarían nada por su trabajo. Por el contrario, pagarían mil dólares al año (un dineral) para recibir el privilegio de formar parte de la secta. A cambio de ello recibirían una formación integral en arquitectura. ("Integral" quería decir que ordeñarían las vacas, ararían los campos de la bella comunidad... Qué digo comunidad: hermandad. Y se alojarían en los hermosos edificios... que no existían, y que para empezar tendrían que construir ellos mismos).

Frank y Olgivanna

3.- El bobalicón. William Wesley Peters. Uno de los aprendices más conspicuos de Wright. Era muy competente, y también muy alto, lo que ponía frenético al maestro, que era más bien corto de estatura y diseñaba siempre los techos muy bajos.
-¡Quítate de ahí, Wes, que me rompes la escala!
Y es que ver al bueno de Wes Peters ahí derecho, como un pasmarote, casi rozando el techo con la coronilla, echaba a perder toda la magia.


Wesley Peters

domingo, 5 de junio de 2016

Feliz cumpleaños

(A @oscarjosegm, que se lo sabe)

En 1924 había mucha zozobra e inquietud en la Bauhaus. Alemania estaba en la ruina y se iba por el sumidero del abismo. La hiperinflación de la República de Weimar es algo de lo que, por mucho que leamos, no podemos hacernos idea: Billetes de mil marcos sobremarcados con un rótulo de mil millones de marcos, niños jugando con montones de billetes de banco que no valían ni siquiera lo que el papel en que estaban impresos, monedas de porcelana...
Nada de esto pintaba bien para que una "escuela de arte" se desarrollara con normalidad.
Aparte de eso, en el plano puramente escolar, La Bauhaus había abandonado su tendencia expresionista y había abrazado la objetivista, lo que implicaba un cambio radical de orientación y de valores. Además, la escuela se estaba preparando para emigrar de Weimar a Dessau.
Demasiados cambios en unos tiempos muy turbulentos. Demasiados motivos de preocupación y de angustia para su fundador y director, Walter Gropius.


El 11 de mayo de 1924 el suplemento Zeitbilder del periódico Vossische Zeitung publicó una fotografía en la que se veía un receptor de radio con bocina colocado en el alféizar de una ventana en un piso alto, que daba los resultados de las elecciones a una atenta y preocupada multitud que escuchaba en el exterior, al sol.
La fotografía no dejaba de ser inquietante: Por una parte, la angustiosa situación política, económica y social del país no hacía presagiar nada bueno. Por otra, el gentío expectante, atento a un cacharro mecánico, dotaba a toda la escena de una desazonadora sensación de deshumanización y alienación.

Pero a László Moholy-Nagy, uno de los profesores de la Bauhaus, la escena le sedujo. Él estaba muy interesado por la máquina, la producción en serie, la comunicación y las nuevas relaciones entre el público y la técnica. Además, la foto era de una gran plasticidad: En primer plano un aparato emisor de sonido encajonado entre dos bandas verticales oscuras, en un espacio reducido que se viene más acá del plano de la foto, e incluye al espectador. Y allá, al fondo, una gran multitud de gente anónima, indistinguible, en un espacio muy amplio y muy iluminado.
Verdaderamente, era una foto muy buena.

lunes, 30 de mayo de 2016

En la Feria del Libro de Madrid

Quién me iba a decir a mí, que llevo toda la vida yendo a la Feria del Libro de Madrid a la caza de las firmas de tantos escritores a quienes admiro, que un día me llegaría a mí la oportunidad de firmar.
Yo, que tantas veces he contado el viejo chiste de "el próximo sábado por la mañana estaré firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid, desde las doce hasta que me pillen", voy a estar el viernes que viene firmando de verdad, sin tener que huir.

Cartel de la Feria del Libro de Madrid 2016

Me acaban de llamar de la Librería Naos de Madrid para invitarme, y me ha hecho muchísima ilusión, como comprenderéis.
Así que el viernes 3 de junio, desde las siete y media de la tarde (19:30 h) hasta las nueve de la noche (21:00 h) estaré en la caseta 120 firmando ejemplares de mi libro Necrotectónicas (muertes de arquitectos), de Ediciones Asimétricas.

Vista del magnífico ambiente de la Feria del Libro de Madrid

Sé que a un escritor desconocido no acude nadie, pero Naos es una de las librerías de arquitectura más importantes de España, y tiene un gran poder de convocatoria en el sector, y Ediciones Asimétricas es una editorial que gana prestigio cada día y a cuya "cuadra" cada vez estoy más contento de pertenecer. Espero que alguien, por la reputación de la librería y de la editorial más que por la mía, se atreva a comprar un ejemplar y a que se lo dedique.


Y a todos los que seguís este blog y estéis en Madrid, y no os venga mal acercaros por la feria, me gustaría muchísimo conoceros y dedicaros el libro.

Así que apuntad en vuestras agendas:

Viernes 3 de junio de 2016
De 19:30 a 21:00 h
Feria del Libro de Madrid
Caseta 120: Naos Libros
Pillar Necrotectónicas y que el tipo ese me lo firme

lunes, 23 de mayo de 2016

Mis dos centavos por el Quijote


Acaba de cumplirse el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, y se me ocurre, como homenaje, glosar aquí unas palabras de Borges.
Todos los expertos dicen que el estilo retórico de Cervantes no es muy elevado. Es algo árido, comete algunos errores, se enreda al cerrar oraciones subordinadas... Lo normal.
Parece ser (yo a ese nivel no llego ni de lejos y no sabría juzgarlo) que Cervantes era algo tosco en su estilo.
De hecho, más de un inglés disfrutó tanto de la magnífica traducción del Quijote a su idioma que supuso que en el español original sería sublime y estudió nuestra lengua sólo para darse ese gustazo. Y se llevó una gran decepción al leer ese texto un tanto estropajoso.
Borges opina en esa misma línea: Cervantes no tiene un estilo demasiado fino. En su opinión, son mucho mejores, por ejemplo, Quevedo, Saavedra Fajardo o Lope de Vega, grandes estilistas y autores de prosas y versos perfectos.

Entrevista a Borges en el programa A fondo. 1976.
La brillante declaración que gloso está entre 18'34'' y 20'04''.

Dice Borges:
-Desde luego Quevedo hubiera podido corregir cualquier página de Cervantes. Don Diego Saavedra Fajardo también. Lope de Vega también. Pero no hubieran podido escribirla.

lunes, 16 de mayo de 2016

Pabellón de Barcelona: El no ya lo tienes

El otro día Jaume Prat, autor del blog Arquitectura entre otras soluciones, Rodrigo Almonacid, autor del blog de r-arquitectura y yo nos pusimos a charlar en Facebook sobre el mítico pabellón de Barcelona. No tengo ni que decir que me resulta siempre estimulante charlar con estos dos compañeros. Pero es que esta vez fuimos algo más lejos y nos emplazamos a escribir un artículo cada uno y publicarlos simultáneamente, cada uno en su blog. De manera que, para mi gozo y orgullo, el artículo que sigue está ligado o emparentado a los de Jaume (aquí) y Rodrigo (aquí).


Cuando Lola Flores actuó en el Madison Square Garden de Nueva York el crítico del New York Times escribió: “Lola Flores no sabe cantar, no sabe bailar, pero no se la pierdan”.
Pues algo así me pasa con el famoso, mítico, venerable pabellón de Alemania que diseñó Mies van der Rohe para la Exposición Universal de Barcelona de 1929, una de las piezas clave de la historia de la arquitectura moderna: “No es un pabellón, no es arquitectura, pero no se lo pierdan”.


Porque todo eso que no es, todas las cualidades que no tiene, todas esas negaciones son en definitiva argumentos para una afirmación ulterior.
No es un pabellón de una Exposición Universal porque no expone nada. Alemania montó en aquella Expo otro pabellón "convencional" para exponer cosas. Este era otra historia: un mero “sitio” (¿sitio?) para recibir al rey de España y para tenerlo allí un rato, incluso para que se sentara (de ahí la no menos famosísima silla Barcelona, concebida como un trono, uno de los tronos más irreverentes de la historia, en el que, por cierto, el rey no llegó a sentarse), sin el agobio de los cachivaches que se exponían en el pabellón-pabellón, en el pabellón de verdad.


Tampoco era “arquitectura” en el sentido de un recinto “cerrado”, acotado, con una función utilitaria clara. Era arquitectura en el sentido de espacio, de espacio configurado con elementos construidos. Eso sí. Pero el espacio resultante era abierto, inacotado, sutil, variable, dinámico. No era un espacio confinado. No era el interior de una caja, como solía ser lo normal. No era un espacio cartesiano (x, y, z). No; no era un “espacio”. No era “ese tipo de espacio”.
Los elementos constructivos eran la luz, el brillo, el reflejo y la transparencia.
La percepción de todo aquello era laberíntica y confusa, con recorridos laterales y soslayados.


El rey no debió de enterarse de nada. Acostumbrado a la arquitectura áulica, ese paseo que le dieron por esa construcción “inacabada” y “fría” debió de parecerle muy desagradable.




Su autor, ese “arquitecto” tan raro y tan frío, era un fervoroso lector de Oswald Spengler. Por aquella época tenía La decadencia de occidente subrayadísima y con muchas notas en los márgenes. Spengler tenía una visión muy pesimista del tiempo actual, en una cultura ya agotada, que había dejado de serlo hacía ya mucho tiempo para convertirse en civilización, y que había perdido ya la oportunidad de tener un gran arte que le diera voz. También decía Spengler que lo trágico es el tiempo, nunca el espacio.

viernes, 6 de mayo de 2016

Columnas romanas

Tengo dos noticias: una buena y una mala.
La buena es que me acaban de encargar una vivienda.
La mala es que, al intentar explicarme lo que quería, el cliente sólo tenía una idea clara: que en el acceso hubiera un porche con columnas romanas.

¡Columnas romanas!


Supongo que debe de ser angustioso pasar por el trago de hacerse una casa. Tienes un terreno y llamas a un arquitecto para que le dé forma a algo que te hace mucha ilusión, pero que no tienes la menor idea de cómo lo quieres.
Intentas evocar algo muy agradable, imaginar un sueño, la plenitud, la perfección. Idealizas tu futura vida en esa casa adorable y admirable. Entornas los ojos y te ves en ella, disfrutando. Intentas imaginarte leyendo, durmiendo, desayunando, jugando con tus hijos... Quieres que tu vida sea perfecta, intentas proyectarte a ti mismo y a tu familia como viviendo en un anuncio de cocacola o de lacaixa.
Quieres evocar imágenes, pero te son esquivas. Apenas vislumbras algún rasgo turbio, como velado por la niebla.
Eres incapaz de concretar tus anhelos, de darles forma, pero de ninguna manera quieres dejarlos en manos del arquitecto. No; él no puede soñar tus sueños. No puedes abandonarlos en sus sucias manos. No puedes consentir que te los pisotee.
Haces un esfuerzo definitivo. Entornas otra vez los ojos; los cierras. Quieres verte feliz, con tu familia feliz. Quieres sentirte optimista, alegre, sano. Quieres escuchar las risas de tus hijos.
Es todo muy inestable. Se desdibuja. Se disuelve.
Sólo persiste una imagen, una única imagen nítida: COLUMNAS ROMANAS.