viernes, 22 de junio de 2018

Lo que un arquitecto podría aprender de Jack Lemmon

A Manuel Pina (Mapila), uno de los pocos sabios que he conocido, y a
Luis Ángel Martín Merino, buen amigo gracias a quien -me acabo de
enterar- soy "segundo culo" de James Stewart, uno de mis ídolos.
Ah, claro, y también a Emilio. Porque si escribo esta entrada y no se la
dedico sería para matarme.




Hoy he vuelto a discutir con mis amigos Manuel y Luis Ángel porque, como de costumbre, me han venido ponderando un edificio que les parecía muy hermoso y yo, como de costumbre, les he ladrado sin motivo.

Como ya no sé cómo contestarles ni qué argumentarles, hoy les he contado lo de Jack Lemmon, y, como de costumbre, tampoco ha servido de nada. Bueno, de algo sí ha servido: Nos hemos puesto a hablar de actores y Luis me ha dicho que un conocido suyo posee el Mercedes de James Stewart, y que él ha tenido el honor de pasearse en ese coche, lo que me ha dejado muy contento, porque recuerdo perfectamente que en una ocasión acabé sentándome en una silla que acababa de dejar libre, y eso me hace "segundo culo" de mi admiradísimo actor(*).

Lo que les he contado (y ya digo que no me ha valido; espero que con vosotros sí) es que Jack Lemmon era un actor de variedades y de vodevil, un todoterreno acostumbrado a contar chistes mientras la vedette se cambiaba de ropa para el próximo número, a hacer imitaciones, a cantar, a ser abucheado, a manifestar entusiasmo perpetuo y a hacer reír.


Hay que ser muy simpático y muy gracioso para tener entretenidos a unos hombres que lo único que quieren es que vuelva a salir la chica, y con menos ropa que antes. Y Jack siempre lo fue: Muy dispuesto, muy explosivo, muy histriónico, muy clown.

Era tan bueno que muy pronto actuó en Broadway. Y era tan bueno que George Cukor se fijó en él y lo contrató para la película It should happen to you (La rubia fenómeno).

En el teatro (y no digamos en las salas de fiestas, cabarets, etc) hay que exagerar mucho. El público está lejos, no te presta atención, hay bullicio... El actor cómico tiene que contar los chistes al estilo de los bares, a voces, con muchos gestos y entonando exageradamente como avisando de que "atención ahora, que viene lo bueno", y el actor trágico tiene que bramar, rasgarse las vestiduras, llevarse el antebrazo a la frente, indignarse mucho y acampanar la voz. Es el estilo propio del teatro, sobre todo del de mucho follón.
El contraste con el cine es tremendo, como dejó claramente expuesto Fernando Fernán Gómez en su película El viaje a ninguna parte.


Pues con Jack Lemmon fue exactamente así, pero George Cukor era bastante más paciente que el personaje de José María Caffarel.
La primera escena que le tocó rodar a Jack Lemmon era especialmente difícil, con mucha acción y muchos movimientos de cámara. Terminada la primera toma, Cukor le dijo(**):
-¡Fantástico! Ha estado usted muy bien, míster Lemmon. Pero vamos a repetirla. ¿Podría usted esta vez actuar un poco, solo un poco menos?
Lemmon asintió. Hicieron una segunda toma y de nuevo:
-¡Fantástico! ¡Realmente extraordinario! Pero permítame que se lo ruegue de nuevo: Un poquito menos. Actúe usted un poquito menos.
Hicieron la tercera toma y otra vez:
-Ha estado estupendo. De verdad. Tiene usted una gran carrera ante sí. Se lo digo en serio. Pero, por favor, si es posible actúe usted un poco menos.
Y así doce veces. Doce. Y Cukor seguía exquisito, alabando siempre a Lemmon. Cuando iban a empezar la toma decimotercera el novato le dijo al director:
-Okay, míster Cukor. Pero si seguimos así, pronto no actuaré en absoluto.
-¡Bravo! ¡Ya está usted cogiendo la idea!

lunes, 18 de junio de 2018

Bombones y betún de Judea

En la entrada anterior os prometí que os contaría la historia de un regalo ridículo y un episodio sórdido de mi vida profesional. Voy.

Mi socio Tomás y yo teníamos un buen amigo (viejo y querido compañero de la escuela, pero que no ejercía como arquitecto) al que apreciábamos mucho. Nos constaba sobradamente que él a nosotros también.

Una vez este amigo estuvo en condiciones de intermediar para que alguien nos encargara un proyecto muy bueno y muy jugoso. Y lo hizo. Parecía uno de tantos cuentos de la lechera en los que te prometen el oro y el moro, te haces más ilusiones de la cuenta y al final todo se va a la porra y se queda en nada. ¿Os suena? Pero esta vez la cosa salió bien. Nos encargaron el proyecto, lo hicimos y lo cobramos.

Estábamos a primeros de diciembre, y aunque no éramos de ese tipo de amigos que se hacen regalos de Navidad, esta vez la ocasión venía a huevo. Teníamos que regalarle algo a nuestro amigo. ¿Pero qué?

Como podéis suponer, dimos vueltas y vueltas a todo tipo de ideas, y también, como os podréis imaginar, acabamos decidiéndonos por la más tonta.

La mujer de Tomás era muy buena restaurando muebles y creando objetos muy interesantes de decoración. Conocía un montón de tiendas de antigüedades, almoneda y similares. Entre las docenas de opciones que barajamos se nos ocurrió ir a uno de estos sitios que ella nos recomendó. No sabíamos si íbamos buscando una mesita de noche, una lámpara o un espejo.

Una vez allí, miroteando y miroteando, a los dos nos sedujo una especie de cazuela cerámica con tapa. Era una preciosidad: La pieza inferior era monocroma, de un color marrón muy oscuro y una textura muy rugosa. La superior, sobre ese mismo marrón de fondo, tenía trazos esmaltados brillantes preciosos formando dibujos geométricos. Eran como esos verdes y azules metálicos de algunas moscas y le daban a la bastez marrón un toque elegantísimo y bellísimo.

Tomás me preguntó: "¿La compramos y la llenamos de bombones?" Y la idea me encantó. Qué bombonera más extraordinaria.


Dicho y hecho. La compramos (no era barata) y nos fuimos a una de las mejores chocolaterías de Madrid a comprar bombones. Nos felicitamos por el magnífico regalo que le íbamos a hacer a nuestro amigo.

Una vez en el estudio miramos y remiramos la bombonera, acariciábamos su textura áspera y nos gustaba mucho, pero... Pero era tal vez demasiado tosca, mate... Quizá algo deslucida. O sería que con la luz del estudio, más intensa y nítida que la de la tienda, se le veían más defectos.

Se la dimos a examinar a la mujer de Tomás y ella dijo: "Esto con betún de Judea queda precioso". Así que dicho y hecho. Lo compramos y lo extendimos con una muñequilla frotando una y otra vez, paciente y concienzudamente.

Ahora sí. Ahora sí que había quedado de lujo. Preciosísima. Sin llegar a ser brillante (uy, no, qué chabacano) sí que había adquirido un aspecto bruñido, lustroso, delectable, exquisito.

Era una preciosidad, pero ahora había otro problema: El betún de Judea había llenado la bombonera de un fuerte olor a barniz o a linimento, no desagradable en sí mismo, pero demasiado intenso, y por supuesto incompatible con los bombones.

Las personas inteligentes (e incluso los arquitectos) se caracterizan por saber adaptar sus proyectos y pretensiones a las circunstancias de cada momento, cambiando de plan si hace falta. Nosotros no: Habíamos dicho que bombonera y tenía que ser bombonera. La podríamos haber regalado vacía sin más, o llena de otras cosas. Pues no: Tenían que ser bombones.

La tuvimos varios días en el alféizar entre la ventana y la contraventana para que se orease con el aire frío de la calle, pero no fue posible. El olor bajó algo de intensidad, pero ahí seguía. Se acercaba la fecha y no teníamos tiempo para que el olor disminuyera más, así que sacamos los bombones de la caja de cartulina de la chocolatería y los pusimos en el interior del precioso y oloroso cacharro cerámico.

Tomás, que siempre ha sido un echao p'alante y un tragón, tomó un bombón y dijo eufórico: "Buedídimo". Y yo, más timorato pero igual de comilón, tomé otro y le di la razón: "Mu dico. Y el bedún ni de nota".

Atamos la tapa con un lazo de seda para que no se abriera.
Cuando le regalamos la bombonera a nuestro amigo, la miró y no hizo demasiado aprecio.
Tomás y yo nos quedamos preguntándonos qué harían su mujer y él con los bombones. ¿Sería tremendo el olor y los tirarían a la basura? Y ya de paso ¿tirarían la bombonera?
No; eso sí que no. De los bombones tal vez se deshicieran, pero seguro que el recipiente decoraría su casa durante muchos años.

lunes, 11 de junio de 2018

A dos manos de Molezún y a tres de Wright

Ahora es muy común la teoría de los seis grados de separación. Hace muchos años yo la anticipé con una especie de juego mental que bauticé como "las manos" -sí, vale, no soy muy bueno poniendo títulos a mis juegos mentales-, por el que un amigo me acabó acusando de plagiador porque según él se lo había copiado a Orson Welles.
(No me defenderé de tal acusación. Es un episodio turbio de mi vida).

Mi juego (o el de Welles) consistía en calcular a cuántas manos de distancia podría estar de algunos personajes importantes. Esa distancia se medía en haber estrechado la mano a alguien que se la hubiera estrechado a alguien que se la hubiera estrechado a alguien... etc... que se la hubiera estrechado a la persona en cuestión. (Obviamente, se intentaba buscar el camino más corto posible).

Por ejemplo, yo estoy a una mano de algunos arquitectos contemporáneos importantes, que me honro en haber conocido o al menos en haberme cruzado con ellos en algún momento, y a dos manos de casi todos, ya que habiendo sido discípulo y amigo de Juan Daniel Fullaondo y habiendo conocido también por ejemplo a Sáenz de Oiza (ambos, por tanto, primera mano) soy segunda mano de todos aquellos con quienes ellos hubieran tenido trato en alguna ocasión. Así que figuraos.

Por esa razón, uno de los grandísimos arquitectos de los que estoy a dos manos de distancia es Ramón Vázquez Molezún.


(Si apuro un poco puedo decir que casi estoy a una mano de él, porque una vez fui a una conferencia suya y de José Antonio Corrales y estuve muy cerca. Pero vale, seamos honrados: Dos manos).

(En otro orden de cosas, aprovecho para decir que mi amigo Sergio es sobrino nieto o algo así de Sara Montiel, de modo que estoy a dos manos de ella y por lo tanto a tres de Gary Cooper, Burt Lancaster y Marlon Brando. Pero volvamos a Molezún).

Estoy a dos manos de Molezún, y gracias a él a tres de Frank Lloyd Wright. Porque Molezún disfrutó del Pensionado de Roma entre 1949 y 1952 y durante ese tiempo coincidió con una visita -gestionada por Bruno Zevi- del maestro estadounidense.

Molezún, nervioso y expectante ante la inminente llegada del monstruo, le quería regalar algo cuando Zevi se lo presentara. ¿Pero qué le regalas a Wright? ¿Qué coño le regalas al enorme Franlloirrái?

viernes, 1 de junio de 2018

Por la vanguardia

Escribo lo que sigue porque de pronto siento que la vanguardia es muy frágil, que todos nos decimos vanguardistas, o al menos simpatizantes de la vanguardia y casi ninguno lo somos, y que detrás de todo nuestro buen rollo y nuestras buenas intenciones somos mucho más conservadores de lo que estamos dispuestos a reconocer. Voy:

La vanguardia siempre triunfa, y por eso mismo siempre fracasa.

(Hala, ya está dicha la boutade, la frasecita chorra. Supongo que tendré que explicarme. Lo intentaré).

Todo movimiento de vanguardia se propone experimentar y buscar, y experimentando y buscando siempre acaba encontrando algo.
Pero, por otra parte, la mera actitud de experimentación y búsqueda es un premio en sí misma. Es una actitud vital. No somos zoquetes ni tarugos; somos entes pensantes y sintientes(1).

La vanguardia es la única forma de vivir como personas. La vanguardia es juego, aventura, prueba, riesgo, experimento, vida, búsqueda, trabajo, error, acierto, alegría, dolor.

Ante el "esto se ha hecho así toda la vida" está el "vamos a ver si somos capaces de hacerlo mejor" o "vamos a ver si haciéndolo de otra forma vemos otros aspectos". Y a menudo al hacerlo de otra forma lo estropeamos, porque la forma tradicional está ya muy probada y funciona muy bien, y la nueva es un salto en el vacío. Pero esos errores generan nuevas soluciones y mejoras.

En la ciencia es ya típico que buscando un medicamento contra la hipertensión se encuentre un remedio a la impotencia, o que estudiando la forma de que una nave espacial penetre en la atmósfera se acaba encontrando un material para hacer sartenes. En el arte pasa lo mismo: buscando una nueva manera de componer un cuadro se descubre un rincón oscuro del alma humana, o escribiendo una novela no lineal se reflexiona sobre los modelos políticos. Esas cosas pasan.

La vanguardia no puede triunfar, porque cuando triunfa se vuelve academia y ya no vale.

Ya lo he dicho al principio: La vanguardia al triunfar fracasa. Más que la meta lo que importa es el camino. La vanguardia es una actitud.


Hay gente que se dice amante del arte, e incluso artista, y que lo que hace es pintar como si preparara la imprimación para una puerta, o escribir como si estuviera haciendo un parte para el seguro. Es gente cuidadosa, meticulosa, precisa, y se aplica con atención.


Gente que termina una acuarela y la enmarca con satisfacción y con orgullo, y que la cuelga en su casa o se la regala a sus familiares.


Gente que no se complica la vida con el arte. No sufre, pero tampoco goza. Gente que está cómoda y que pasa la tarde del domingo lo más plácidamente posible.

domingo, 27 de mayo de 2018

Etcétera

Por estas cosas que pasan en la vida, y porque estoy todo el rato dando vueltas y me expongo a todo tipo de contactos y se me cruza gente muy rara, he dado con un supervillano de esos que quieren dominar el mundo o, en su defecto, destruirlo, le he caído bien y me ha encargado el proyecto de su nuevo centro de operaciones.
El complejo consiste en una guarida de lujo*, una oficina para las extorsiones y los chantajes, un laboratorio de armas químicas, bacteriológicas y nucleares y una base de lanzamiento de misiles teledirigidos cargados con esas armas. Un proyectazo. Me ha regateado un poco mis honorarios (menos que otros clientes, la verdad) y nos hemos puesto a buscar emplazamiento.

Es difícil encontrar un lugar en el que poder hacer algo así, pero después de buscar por muchos municipios hemos encontrado un sitio idóneo. Naturalmente no lo puedo decir**.

Como siempre que se va a empezar un proyecto, he ido al ayuntamiento y he consultado la normativa urbanística. La ordenanza de aplicación en ese solar es sorprendente, increíble. Nos viene a huevo: O ha sido escrita por un idiota o por un cómplice de mi supervillano, porque ha dejado entreabierta la puerta para que entremos a cumplir nuestros sórdidos fines. Y es que los usos permitidos en la finca en la que mi cliente quiere establecerse son:

Fotografía sin manipular. La ordenanza dice eso.

1.- Vivienda colectiva.
2.- Vivienda unifamiliar agrupada, en fila, aislada y pareada.
3.- Comercio.
4.- Oficinas.
5.- Hotelero.
6.- Deportivo.
7.- Sanitario.
8.- Religioso.
9.- Cultural.
10.- Industria artesana.
11.- Almacenes.
12.- Etcétera.

¿Etcétera? ¡No puede ser! ¿Etcétera? Sí. ¡Etcétera! ¡ETCÉTERA! De verdad.

viernes, 25 de mayo de 2018

Advertencia

Hoy entra en vigor el nuevo reglamento de protección de datos y llevo desde hace un par de días recibiendo mensajes de todo el mundo y por todas las vías imaginables diciéndomelo. Una tienda virtual me explica que puedo acceder a los datos que tiene de mí (porque me compré unos calcetines por internet hace diez años), que puedo exigir que me los borren (rellenando un formulario en su web, para lo que tengo que acceder a "mi perfil"; eso sí: si soy capaz de recordar qué sobrenombre me puse y qué contraseña utilicé hace diez años cuando me compré esos calcetines). Y así todo el mundo. De pronto se han vuelto todos locos y me están volviendo loco a mí.

En definitiva, me cansan y me abruman explicándome el derecho que tengo a que no me cansen ni me abrumen.

Resulta que me ha dado por pensar que llevo casi treinta y tres años haciendo proyectos de edificios y conservo los planos secretos de los polvorines y los datos de mis clientes, y estoy por quemarlo todo y, si me apuráis, quemarme yo también, porque no soporto tener tanta responsabilidad (incluso sobre edificios que han cumplido sobradamente el plazo decenal, algunos de los cuales no tienen grietas ni humedades).

Vamos, que no sé qué hacer con mi archivo. En cuanto a los nuevos proyectos lo tengo muy claro: En la carátula y en la memoria dirá:
Proyecto de Ejecución de Un Edificio.
Situación: Un lugar.
Promotor: Una persona (física, con su DNI o NIE, o tal vez jurídica, con su CIF), domiciliada en su casa (o acaso en su oficina).
Y, naturalmente, todos los planos irán pixelados para que no se vea cuántos cuartos de baño hay ni cosas así, que la gente es muy cotilla.

Si no les dan licencia de obras se siente. Yo más no puedo hacer.

Pero ya el colmo, lo que me ha inquietado, me ha aturdido, me ha desazonado y me ha angustiado es que Blogger me manda este mensajito:

Por favor, clicad para verlo más grande.

Así, diciéndome que tenga cuidadito con quienes entráis aquí de vez en cuando (y no digamos si además dejáis un comentario) porque tengo una altísima responsabilidad y me la estoy jugando.

No entiendo nada, no sé nada. Soy como la infanta.

No sé qué datos vuestros recopilo en mi blog. Vamos, que yo no recopilo ninguno. Los que queráis dejar vosotros.
Blogger me dice que ya os está dando una advertencia sobre las cookies, cosa que le agradezco porque yo no sabría. Bueno, yo ni sé todavía exactamente qué son las cookies, Hulio. Pero me advierte de que si estoy usando otras (¿estoy usando otras?), como por ejemplo las que añadan determinadas funciones de terceros (¿?) puede que esté cometiendo el pecado nefando.

Qué angustia, de verdad. Qué coraje. Yo solo os puedo decir -y os lo digo con la mano en el corazón y lágrimas en los ojos- que jamás utilizaré ni daré a nadie vuestros datos bancarios, vuestro historial médico ni vuestros antecedentes penales. Lo juro. Y no solo por mi inmarcesible ética personal, sino porque no sabría cómo hacerlo.

Podéis estar tranquilos. (¿O no?)

domingo, 20 de mayo de 2018

Más gente normal

Hace unos meses escribí una entrada sobre los reyes de España, su forzado ambiente familiar y, sobre todo, su casa, a la que titulé "Gente normal".
Pues hoy toca hablar de más gente normal.
A la pareja protagonista de hoy le han dado palos por todas partes respecto a si tienen derecho o no lo tienen a comprarse la casa que se han comprado. Yo no tengo intención de discutir nada de eso. Vamos, es que ni me lo cuestiono. Pues claro que tienen derecho. Si se han comprado esa casa con su dinero lícitamente ganado, o con una herencia familiar o con cualquier otro medio justo y han pagado sus impuestos y han cumplido sus obligaciones nadie tiene nada que decir. Estaría bueno. (Aunque ellos lo dijeran de otros políticos: Allá ellos).

Estamos en un estado de derecho legítimamente constituido y sus políticos tienen las retribuciones legalmente establecidas. Si se compran una casa como si se compran un piano de cola. Eso es cosa de cada uno.

(Comenté esto en twitter y recibí alguna respuesta defendiendo que esta pareja sí podía pero los reyes no, y alguna otra en sentido contrario: que los reyes sí pero estos no. No estoy de acuerdo con ninguna de las dos posturas. Yo creo que son lícitos los dos casos y que dimanan de la estructura jurídica-democrática-política sobre la que se sustenta el estado español. La casa real tiene sus asignaciones presupuestarias y los políticos las suyas, y cada uno cumple con su función prevista por nuestro ordenamiento, así que no hay nada que decir).

Yo solo voy a mostrar la casa. Esto es un blog mayormente de arquitectura, y si me sorprendió para mal la casa de los reyes me ha sorprendido casi para peor esta casa.


Repito que se está hablando mucho sobre si una pareja de izquierda puede gastar tanto dinero, y repito que a mí eso no me importa. Lo que sí me importa es que unos líderes que propugnan un nuevo modelo de sociedad y una nueva estructura de dignidad del ser humano quieran esos cargaderos de madera, esos canecillos, ese pilar con esas zapatas de madera encima, esos chapados de piedra a modo de picatostes sumergidos en el chocolate, esa rueda de carro, esas sillas, esos pavimentos...

(NOTA.- Estas son fotos de la web que vende la casa, y los muebles y objetos decorativos son los de los dueños actuales. Los nuevos propietarios pondrán los suyos, pero dada la arquitectura de la casa, que les ha gustado, supongo que ellos están en esa onda y que lo que pongan seguirá una línea parecida).