martes, 12 de noviembre de 2019

Aseos (y II)

(Nota previa: Esta entrada está basada en experiencias mías como usuario. Con tan escasa muestra estadística lo más seguro es que mis opiniones y conclusiones sean muy rudimentarias e incompletas. Os animo a comentar para aportar más puntos de vista y para contradecir los míos).
(Ah, y perdonad alguna guarrería. Intento ser lo más aséptico posible, pero sé que hablo de un tema tabú).

Según mi experiencia de muchos años exonerando subproductos de mi metabolismo en establecimientos públicos, me atrevo a hacer este decálogo de nueve mandamientos (con envío a un décimo que redondee la lista):

1.- Prohibido separar el inodoro del lavabo. Juntitos, sí. Los dos a mano en un mismo ambiente.
Ejemplo a). Un ostomizado se tiene que cambiar la bolsa. Se baja los pantalones y los calzoncillos, se la quita. Se limpia restos. (Me agradeceréis que no dé demasiados detalles de algo que, por otra parte, es bastante sencillo y nada traumático). Necesita lavarse las manos, por ejemplo. Pues bien: Sale de la cabina de inodoro con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos, cantando "las muñecas de Famosa se dirigen al portal" (también se dice "haciendo el pingüino"). Saluda a quien esté por ahí. Se lava. Vuelve a entrar a la cabina del inodoro cantando de nuevo la cancioncilla del querido Luis Figuerola-Ferretti.

En el famoso anuncio de Famosa las muñecas iban andando con una escasa
movilidad de pies similar a la de alguien con la ropa trabada por los tobillos.

Ejemplo b). Una mujer se cambia el tampón y ¡mierda! necesita lavarse. Pues también tiene que hacer un "Famosa" para conseguirlo.
Ejemplo c). Un usuario se está limpiando el cañón del Colorado con el papel higiénico y comete un error de estimación de fuerzas y resistencias. En conclusión, sus dedos... Bueno, vale, que ahora también las muñecas de Famosa se dirigen al portal para hacer llegar al niño su cariño y su amistad.
Ya está bien.
Ya basta.
Lavabo a mano desde el inodoro. Es una exigencia obvia, indeclinable.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Hasta el más mínimo detalle

Perdonad: Os tengo prometida una segunda entrada sobre aseos, y estoy con ella, pero de pronto se ha abierto paso otro asunto y ¿quién puede pensar en aseos? ¿Quién puede pensar ya en nada después de esto?

Este blog no está al tanto de las noticias de última hora, pero ha llegado a mis manos un testimonio desgarrador (desgarrador para nosotros; para los protagonistas es muy plácido y muy feliz) y lo tengo que compartir con vosotros urgentemente.

Tengo ante mí un ejemplar del número 3927, de 6 de noviembre de 2019 (dentro de tres días) de la revista ¡HOLA!, en el que sale la casa que los famosos Helen Lindes y Rudy Fernández se han hecho en las afueras de Madrid. (No solo es que se hable de la casa, sino que el reportaje llama al lector desde la parte superior y principal de la portada, de la que ocupa casi dos tercios. Es decir: es el asunto principal de este número).


Ya en esa portada nos dice la dueña: "Rudy y yo hemos diseñado todo juntos, desde el exterior hasta el más mínimo detalle interior", y empiezo a temblar.

Supongo que es una forma de hablar, y que quiere decir que se han implicado mucho CON EL ARQUITECTO(1) en la concepción de su casa, y que ha habido entre ellos muy buena comunicación y colaboración. Eso es fantástico. Así deberían ser todos los clientes. (Son los que más guerra nos dan, pero con quienes nos quedamos más contentos).

Aunque ya me huelo yo que no van a ir por ahí los tiros. No obstante, me pongo a mirar el reportaje con muchas ganas de leer algún: "Le dijimos al arquitecto..." o cosa similar.

Nada.

El arquitecto no existe.

-¿Han visto ustedes a algún arquitecto por aquí?
-¿Arquitecto? Fiuuuuuu. Pssssssss. Uhhhhhh(2).

Pues no ha habido tal: Hacía tiempo que la pareja quería hacerse su casa y lo han diseñado todo juntos. Meter a un repugnante "técnico titulado" en ese núcleo de amor y comprensión habría sido una atrocidad.



martes, 29 de octubre de 2019

Aseos (I)

Dedicado al ingeniero Carlos Blanco Gutiérrez,
por su interés y generosidad en su colaboración.
(Todas las fotos que aparecen, menos la que digo,
me las ha mandado él, y bastantes más que no pongo).


Cada vez estoy más convencido de que hay que hacer una suerte de TripAdvisor dedicado exclusivamente a los aseos de los establecimientos.
Que en un restaurante las carnes estén muy tiernas o tal vez algo secas, que asen los pimientos muy bien o no tanto, que la carta de vinos sea excelente o mediocre, o que el rodaballo sea una obra de arte o un apaño sin fuste no me interesa tanto, en definitiva, como que los aseos sean una instalación decente o la puerta del infierno. Comer, sé que voy a comer, algo mejor o algo peor, pero al fin y al cabo comeré. No hay nada que una cerveza bien fría no pueda ayudar a engullir. Pero mear... y... (lo otro)... ¡Ay, Dios! ¿Podré conseguirlo? Y, sobre todo, ¿podré conseguirlo sin dejar en ello buena parte de mi integridad física y moral?


Yo ya, por mi parte, y desde hace tiempo, solo entro en TripAdvisor para calificar aseos.

Esta foto la hice yo después de haber empeorado aún más la situación:
Intentando no pisar un charco creo que colaboré a hacer otro.

Lo de los aseos en locales de pública concurrencia es un tema tremendo. En algunos casos nadie se explica por qué la autoridad competente no ha cerrado el negocio hace unos cuantos lustros.

Uno de los records, el de salpicoteo de calzado, se lo llevó la discoteca del Fraile, de Seseña, que duró (o yo en ella) hasta 1985, más o menos. Era una nave almacén semiacondicionada. Una verdadera distopía que hoy seguro que estaría en el top de la moda y del glamour indie o hipster. No la describiré. Tan solo señalaré que en los aseos de chicos había una batería de urinarios cuyo desagüe era a chorro libre. De cada urinario colgaba una manguera verde de las de regar, que terminaba a veinte centímetros del suelo y escupía tu orina directamente contra tus zapatos. Se pretendía que lo hiciera a una canaleta de mortero bruñido que corría por el encuentro del suelo con la pared, pero caía más fuera que dentro. Los meadores, conocedores de este efecto (excepto algún novato, que siempre los había) nos poníamos a obrar lo más lejos posible de los urinarios, con lo que tal vez salvábamos nuestros zapatos, pero empeorábamos aún más el chapoteo del suelo. Qué asco.

Pero poco después de mis experiencias en lo del Fraile tuve la oportunidad de conocer un sitio de moda en Madrid: de modísima y carísimo: El Teatriz, un antiguo teatro acondicionado y decorado por el entonces famosísimo Philippe Starck. (¿Dónde estará ahora? ¿Qué habrá sido de él?). Un sitio pijísimo, exquisitísimo y postmodernísimo donde yo, que soy más bien campechano y bruto, me estaba encontrando muy incómodo hasta que por fin fui al aseo a orinar. Ahí ya me vi como en mi pueblo, y actué con el aplomo y la seguridad que da la experiencia.
Al entrar, el multilavabo era como una mesa de billar o un futbolín grande. Costaba unos segundos saber de dónde manaba el agua y por dónde se iba, y otros más decidir si te querías lavar las manos o preferías hacer la croqueta sobre él. Pero con los urinarios no había duda: Desde el primer instante me vi en la discoteca del Fraile: Una lámina de agua caía resbalando sobre una plancha de acero inoxidable que forraba la pared. Lo único que tenías que hacer tú era buscar un hueco libre entre los meantes ante esa pared, ponerte y sumar tu caudal al que ya caía.
Conocedor de las técnicas necesarias para salvar mi calzado grité a los demás: "¡Ojocuidao!" mientras me bajaba la bragueta a un par de metros de la cascada. (Yo era joven entonces).

miércoles, 23 de octubre de 2019

Perfecto

Acabo de terminar de leer La casa de los pintores, de Rodrigo Muñoz Avia. (Los pintores a quienes se refiere son sus padres, Lucio Muñoz y Amalia Avia).  
Me ha interesado muchísimo y me ha gustado muchísimo. Y lo he subrayado muchísimo. De entre todos los pasajes que he marcado, quiero señalar aquí este:

No siempre estaba claro cuándo una obra estaba terminada. En el caso de los murales la instalación en el lugar para el que habían sido concebidos marcaba un punto de no retorno que los hacía más definitivos, pero en el resto de los cuadros la tentación de seguir transformándolos existía siempre para mi padre, independientemente de que estuvieran firmados o hubieran sido expuestos y reproducidos en catálogos. Él explicó en algún texto que una obra nunca está terminada, que solo la muerte es algo acabado, que cierta forma de imperfección es necesaria porque demuestra que hay vida en el cuadro. Y esta cualidad de la obra, su imperfección, su vida, interpela al espectador y también al artista.

Añade a continuación que su padre estaba modificando siempre los cuadros, y que una vez colocó uno en el recibidor de su casa. Era lo primero que se veía al entrar, y a los pocos días no lo pudo resistir más, agarró una sierra eléctrica y, sin siquiera descolgarlo, empezó a amputarlo. Así aguantó unos pocos días más, pero al cabo volvió a reformarlo. Y así hasta que lo quitó de allí y lo volvió a llevar a su estudio.

Lucio Muñoz. Técnica mixta sobre tabla, 100 x 180 cm2

Rodrigo Muñoz, evocando a su padre, da en el clavo: Perfecto quiere decir muerto. La vida implica imperfección.
Solemos entender la palabra "perfecto" como sinónimo de "excelente", "magnífico", "maravilloso", algo tan bueno que no puede ser mejor, pero su etimología significa "terminado".
Recuerdo de niño la clase de lengua española: "Pretérito perfecto". Me hacía gracia, porque me sonaba a "pretérito estupendo", "pretérito buenísimo", y lo que quiere decir es, sencillamente, "pretérito terminado". "He comido" significa que he terminado de comer. Nada más. Esa es la perfección. (Y ya el "pluscuamperfecto" -más que perfecto- ni os digo: "Había comido").

De la misma forma se usa en derecho: Perfeccionar un contrato, por ejemplo.

Entonces tenemos que estar de acuerdo con Lucio Muñoz: Lo que está vivo evoluciona, varía. Lo perfecto está muerto. "Solo la muerte es algo acabado".

Bruno Zevi señala algo parecido cuando defiende la arquitectura orgánica, los trazados fluyentes, abiertos, no geométricamente rígidos. Él dice que solo deben ser ordenados y simétricos los cementerios. Coincide con Lucio Muñoz: Lo perfecto es lo muerto.

viernes, 18 de octubre de 2019

Nueva Forma

Hoy voy a aprovechar mi blog para hacer un llamamiento a todas las personas de bien que os pasáis por aquí de vez en cuando e incluso lo leéis.

Entre mis múltiples frikadas (manías, extravagancias...) está la de coleccionar la revista NUEVA FORMA.

Mi colección, por ahora, es esta:


(Sí: Ya sé que tengo que adecentar esos revisteros, diseñar una etiqueta para tapar esa lomera, pero lo debería hacer cuando la ubicación de las revistas en ellos fuera definitiva y, por lo tanto, cuando acabe la colección; es decir, nunca).

Os pongo aquí los números que tengo (sombreados en salmón-ocre) y los que me faltan (con fondo blanco) para que si tuvierais a mano alguno de estos últimos os pusierais en contacto conmigo inmediata y urgentemente. (Mi correo es arquitectamoslocos@gmail.com).


Obviamente, admito preferentemente regalos, pero también os propongo intercambios o incluso (¡ay, Señor!) compras (a precio de arquitecto contemporáneo, se entiende).

Como veis, el primer número que tengo es el 12. Antes nada. Y ya del resto voy bastante bien  servido excepto un puñado de números al final. Por el centro el 39 es el único agujero que tengo.

Bueno, pues esta entrada ya está. Lo dicho: Si tenéis alguno de los que me faltan o conocéis a algún arquitecto mayor (lo digo por las fechas de la revista) que por jubilación o por aburrimiento quiera desprenderse de su biblioteca decídmelo.

Muchas gracias.

viernes, 11 de octubre de 2019

Joderse la vida

Quiero contar hoy una historia que me ha conmocionado. A veces el trabajo de arquitecto consiste en meterse (o que le metan) en asuntos que a uno no le importan, y en enterarse de cosas de las que no debería haberse enterado.
Desde que la he conocido estoy queriendo contarla, pero por otra parte debo ser discreto, así que he ocultado, disimulado o cambiado los datos y circunstancias que diré a continuación. Pero el sentido general de este cuento es real, dolorosamente real. Y muy frecuente.

Dibujo de Chumy Chúmez

Un agente inmobiliario de un pueblo no muy lejano del mío da conmigo de rebote, por contactos comunes, y me llama para que vaya a ver y medir una casa y le haga un certificado de eficiencia energética, otro descriptivo y otro de georreferenciación que le ha pedido el notario para hacer la escritura de compraventa. Pero tengo que ir corriendo. Tiene que ser "para ayer".

Ya. Lo de siempre. Lleva semanas con la operación, pidiendo certificados en el ayuntamiento, certificado catastral y nota simple en el registro y ahora, un día o dos antes de la firma, el notario le dice que necesita todo eso.

Me encanta ser una especie de arquitecto de urgencia y resolver el papeleo en un pispás. Y me encantaría más si me pagaran en consecuencia. No, al notario no le regatean. Al registrador tampoco. Pero a mí sí. Lo normal.

Cojo el coche y me presento en la inmobiliaria con mis cacharritos de medir. Me dan las llaves y también la carpeta con todo el expediente, para que vea los datos de la propiedad y todo lo que necesite. Muy bien.

Auxiliado por la aplicación del teléfono llego hasta el casoplón. Aparco y lo miro desde fuera. Tiene toda la pinta de ser una buena bazofia. La parcela es grande, pero con la casa enorme y aislada en medio apenas queda un inútil pasillo de terreno libre alrededor. Todo ese resto de parcela está solado. Hay una palmera en un rincón, cuyas raíces han levantado y roto las baldosas circundantes y cuyas ramas amenazan un alero.

A la enorme casa le sale un bulto semicilíndrico por el oeste y otro por el sur, y un prisma semioctogonal por el norte. La fachada este, por el contrario, es plana y ciega, como si el proyecto previera inicialmente su adosamiento por ese lado, o como si el arquitecto hubiera aprovechado y reutilizado otro anterior. Los dos cilindros tienen una hilerita de ventanas cada uno, pero sus cargaderos son rectos, con chapa metálica vista que forma un polígono que se da de patadas con la curva de los ladrillos vistos, dejando todo tipo de pegotes residuales. Lo mismo pasa con los vierteaguas, también rectos. El mirador semioctogonal tiene ventanas en los centros de sus caras, que por estar en plano quedan mejor resueltas que las de los semicilindros, pero entre unas y otras hay machones de ladrillo visto que perpetran las aristas del octógono con alevosía, pues quedan rotas en líneas irregulares y desconchadas mediante corte de radial.

Todo ello da (de nuevo) la imagen de quieroynopuedo y de Manoletesinosabestorearpaquétemetes. Ganas de chapucear intentando aparentar un grandeur paleto.

Entro y es peor. Una casa con los ciento ochenta y un metros cuadrados construidos en planta baja peor aprovechados de la historia. (Tan mal aprovechados que necesita otros sesenta y cinco en planta primera, igual de tontos).
A todo lo largo de la planta baja, por el centro, discurre un pasillo de 1,80 m de anchura, con puertas a derecha e izquierda. (Demasiados metros cuadrados para nada). La cocina, muy larga, rectangular terminada en un ábside semicircular (uno de los semicilindros que asoman al exterior), tiene más de treinta metros cuadrados, pero es de isla en el centro y a lo largo que le deja pocos espacios aprovechables alrededor. Es decir, con esa superficie enorme apenas tiene una encimera de sesenta centímetros en el centro. Al pasar para medir el ábside me doy con la campana extractora en la cabeza, y más tarde, al salir, me pego un golpe en la cadera con un pico del extremo de la encimera. Seguramente yo soy especialmente torpe, pero la puñetera isla me ha dado dos trompadas en diez minutos. No quiero ni pensar cuáles serían mis lesiones cronificadas si yo viviera en esa casa.

Al salón le sale otro semicilindro poco práctico y poco vistoso, pero muy ampuloso y grosero. Las cortinas por dentro tampoco ayudan. Todo es un estorbo. Es una casa llena de trampas e incomodidades. De la misma manera que con el pasillo y con la cocina, voy midiendo y sorprendiéndome de la enormidad de las distancias, que tanto por la forma absurda de la planta como por el amueblamiento insulso, apenas dan cabida a nada. Son tamaños enormes que dan cansancio, pero no espacio.
Por otra parte, el mobiliario, muy nuevo, apenas estrenado, es muy ramplón. Sobre el sofá hay tres cuadros de los de tienda de muebles cutre. No son ya de cacería de ciervo por perros ni de arroyo con casita y montañas al fondo, sino de la siguiente generación de paletería, abstractos, de un estúpido decorativismo hortera y chabacano (donut plateado sobre rectángulo verde, y manchas rojas salpicadas; etcétera), pero que da "otro toque" "más moderno" a los infelices que los compran.

Los dormitorios son más bien pequeños, o, mejor dicho, como el principal tiene semioctógono y los otros dos tienen chaflanes, al final una gran cantidad de metros cuadrados se traducen en poner una cama en un lado, dos mesillas en el cabecero y nada más. (Tienen armarios empotrados, eso sí).

Vamos, que en más de ciento sesenta metros cuadrados útiles hay una cocina, un salón, dos baños y tres dormitorios. Nada más. No han conseguido que toda esa enorme superficie dé nada más de sí.
Por ello necesitaron una planta alta, más pequeña que la baja, con otro salón, otro baño y un despacho. (En este último hay una mesa de oficina, dos sillas y una estantería. En la mesa hay papeles todavía: albaranes ahí dejados hace ya bastantes años, cartas del banco abandonadas como si los dueños hubieran salido corriendo sin tiempo de archivarlas).

Además hay semisótano. Otro enorme despropósito. Es la proyección de la planta baja completa con sus terrazas, pero sin más tabiquería que la que forma un cuarto de caldera, la escalera y un baño en uno de los extremos. En el gran espacio diáfano restante hay varios ambientes mezclados sin orden ni jerarquía. Por una parte, un gimnasio destartalado. Barras de pesas tiradas y desparramadas por el suelo, discos de pesos como de veinte a cincuenta centímetros de diámetro. Muchos. También algunos tubos metálicos que se me antojan bases para montar aparatos encima, que o no se montaron nunca o se sacaron de allí en la huida. También una barra de bar rústica-hortera, de pub de pueblo de los setenta, chapada de piedra irregular y con el canto de escai y gomaespuma y tachuelas doradas. Taburetes ante la barra. Pero todo ello conviviendo con el garaje y estorbándolo: No hay ningún coche, pero viendo la rampa y el portón de acceso, los dos o tres que caben en el garaje no tienen otra opción que acodarse a la barra y pedirse un calimocho. Sigo sin entender tantas exclusiones obligadas (si bebes cerveza con los amigos no puedes meter el coche) en un espacio tan enorme. Ah, y en otra pared, pero no cerca de la barra, sino más bien entre los aparatos de gimnasia, un mural formado por celdillas prefabricadas para alojar botellas de vino.

Lo mido todo (un trabajo bien engorroso y largo) y finalmente me instalo en la mesa del salón para tomar notas del expediente.

Y ahí viene lo peor.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Las casas a la cara

Gracias a Miguel Barahona, a quien, naturalmente, le dedico esta entrada, acabo de descubrir(1) este dibujo:


y, sobre todo, la historia que hay detrás, que os voy a contar.

Pero antes que nada, por favor, clicad la imagen que acabo de poner para verla más grande, y examinadla con cuidado, que luego os la voy a tomar.

Lo primero que habréis visto (pero eso se aprecia ya en pequeño, y casi con los ojos cerrados) es que el dibujo es de Frank Lloyd Wright. Y lo segundo, ya fijándose, es que los nombres de los clientes son Liliane y E. J. Kaufmann.

Otra cosa que viene en ese dibujo es que la casa se iba a construir en Palm Springs, California (finalmente no se construyó), y otra que debéis saber y no viene, pero que ya os digo yo, es la fecha: 1951.

Hay aún otro detalle muy importante que sí aparece ahí, pero no os lo digo por ahora. A ver si lo descubrís. Es de alguna forma el quid de esta entrada, así que dejadme que me lo reserve para el final. (Pero mientras tanto dadle otro vistazo al dibujo).

Empecemos por los clientes: Los Kaufmann. Edgar Jonas Kaufmann era un empresario y filántropo judío. Un rico propietario de Grandes Almacenes en Pittsburg y en todo el oeste de Pensilvania. Estaba casado con su prima hermana Liliane Sarah Kaufmann, lo que, en principio, podría parecer una ventaja porque conservaba su apellido de soltera y así se ahorraba rehacer bordados y todo tipo de rótulos con su nombre. Pero lo malo es que en Pensilvania, su tierra, estaba prohibido casarse entre primos hermanos, y tuvieron que hacerlo en Nueva York. (Así que ya no traía tanta cuenta aquel ahorro en rotulación y tarjetería varia).

El matrimonio tuvo un hijo, Edgar junior.

De izquierda a derecha: Edgar J. Kaufmann Sr., Edgar J. Kaufmann Jr.
(sí: el hijo parece mayor que el padre) y Liliane Sarah Kaufmann.

Edgar Kaufmann senior admiraba a Frank Lloyd Wright, a quien había encargado diversos tanteos fallidos para Pittsburg, y también le había financiado su proyecto utópico de Broadacre City. Tenían tan buena relación personal y familiar que el niño, Edgar junior, estaba en la alegre comunidad de Taliesin haciéndose arquitecto.

Edgar J. Kaufmann, Sr., en su despacho de los Almacenes
Kaufmann de Pittsburg, decorado por Frank Lloyd Wright.

Así que era obvio que los papás le encargaran al viejo su casa de campo en una finca que tenían cerca de Pittsburg (a sesenta y tantas millas; una hora y media de viaje). El maestro les hizo la ya conocida chabola:


Casi nada.

No debieron de pasar allí malos fines de semana ni días de vacaciones, y si me permitís coger el rábano por las hojas, a mí siempre me ha parecido una señal (sí, seguro que la más tonta) de confort y vida agradable e idílica el hecho de que años después pudiera ser posible un libro tan sorprendente como este:


Elsie Henderson: La cocinera de Fallingwater.
El libro de sus recetas y sus memorias.
La fotografía de la señora con la tarta está sacada del propio libro, naturalmente.

Pero Pensilvania es un estado bastante frío en invierno (estaréis hartos de ver fotos de Fallingwater nevada y con la cascada hecha carámbanos), y además un matrimonio rico no tiene ni para empezar con solo una residencia para vacaciones y fines de semana, así que se hicieron otra casa en Palm Springs, California. Pero esta vez no se la encargaron a su querido arquitecto de cabecera, sino a Richard Neutra, a quien conocían precisamente de Taliesin por su hijo Edgar. Esto a Wright mucha gracia, lo que se dice mucha gracia, no le hizo.

Neutra era un arquitecto austriaco emigrado a Estados Unidos y establecido en California. Admiraba a Wright y le había hecho la correspondiente visita de rigor, e incluso había trabajado una temporada a sus órdenes.

El matrimonio Neutra en Taliesin: De izquierda a derecha, Wright,
Richard Neutra, Silvia Moser (con su hijo Lorentz), Kameki Tsuchiura (que
había colaborado en el Hotel Imperial de Tokio), Nobu Tsuchiura,
Werner Moser (tocando el violín) y Dione Neutra (tocando el violoncelo).

Richard Neutra les hizo esta casa a los Kaufmann:


No sé si ha habido clientes más afortunados con sus encargos arquitectónicos, ni más inteligentes para buscar arquitecto. (Sí, bueno, quizá los Médici). Vaya par de casas que se hicieron. Qué barbaridad.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Entre Pinto y Valdemoro. (El pato).

Últimamente me están pasando algunas cosas curiosas, y, como ya sabéis que este blog es el desagüe y la purga de mi corazón, os las voy a contar.

Se trata de méritos científicos-académicos, seguramente modestos, pero que me llenan de satisfacción y de alegría. (Y también de sorpresa).

Lo primero fue que se pusieron en contacto conmigo para ser uno de los lectores-informadores de un artículo candidato a ser publicado en la prestigiosa revista Constelaciones.


¿Yo? ¿Por qué yo? ¿Juzgar yo a un autor? Yo no soy nadie. No tengo ningún mérito académico, ningún peso científico, ningún prestigio.
"Se han debido de equivocar conmigo", me dije. Es algo que últimamente me suelo decir mucho. Mi honradez me lleva a explicarle a quien me ha llamado que no reúno los requisitos adecuados, pero nada: insisten y entonces sí que me dejo querer.

Lo segundo fue que yo, a mi vez, publiqué sin mayor problema, pasando con comodidad y rapidez los preceptivos controles de calidad, un artículo en el número 1 de la revista VAD (Veredes, arquitectura y divulgación) 


Otro "éxito" ha sido que recientemente El Confidencial ha publicado un reportaje sobre Gutiérrez Soto y el autor consultó este blog entre otras fuentes y me entrevistó (junto con gente muy prestigiosa). Me cita mucho. Tanto que después una de las hijas de Gutiérrez Soto se puso en contacto conmigo para agradecerme lo que conté de su padre. (En ese momento sí que me pareció que lo que yo había dicho eran cuatro tonterías).


Ahora me llega este libro, muy profundo y riguroso, de varios autores, entre los que me encuentro:


También me han invitado a participar en una mesa redonda sobre Curro Inza el próximo 1 de octubre en la sede del Colegio de Arquitectos de Segovia. (Todo ello, también, por las dos entradas que le dediqué en este blog).

Y ya, para colmo, estoy en proceso de tener una actividad académica que me va a entusiasmar y de la que contaré algo cuando lo tenga más definido.

Qué locura. ¿Y todo esto de dónde viene? Pues en definitiva de este blog. (Lo de Gutiérrez Soto y lo de Curro Inza directamente, pero lo demás también de alguna forma).

sábado, 14 de septiembre de 2019

Imágenes

La tarde está gris y plomiza, y yo también. Estoy tan bobo (y tengo tan pocas ganas de trabajar) que me quedo medio aplatanado mirando desde mi estudio y pierdo el tiempo. "Cuando el diablo no tiene qué hacer con el rabo mata moscas", así que, como quien no quiere la cosa, cojo el teléfono y "clic".


Hala. Ya está. Acabo de hacer la foto y de ponerla en el blog, pero la podría haber subido también a Twitter, Instagram, Facebook... Lo suyo sería añadirle un título o comentario: "Tarde gris", o mejor: "Meditaciones en una tarde gris", que queda más interesantón. Qué bien, qué bonito y qué sentimental. (Y, sobre todo, qué fácil).

Nos podemos pasar el tiempo que queramos, todo el tiempo, contando nuestra vida segundo a segundo, emitiendo fotos y vídeos, comentando nuestra riquísima existencia, iluminando al mundo con nuestras excitantes experiencias.

Yo mismo, en algún momento y en las distintas redes sociales, he vertido los siguientes testimonios gráficos, todos ellos impresionantes: Fotos de edificios, de libros, de comidas (con predominio del café con leche con porras, pero también un par de veces sendos platos de kokotxas), de botellas de vino con hermosas etiquetas, de detalles chuscos y/o graciosos, fotos artísticas (la textura de una pared con sucesivas capas de carteles pegados y rascados), fotos de mis pies en la playa, del morro de mi coche cagado con saña por los pájaros, de un lápiz, de varias camisetas, autorretratos con gorra, sellos, monedas y medallas, cerveza Estrella Galicia, mi escalímetro bueno, una libreta con gomita, un esqueleto de cartulina a medio armar, mi mesa hecha un desastre... Y un vídeo de la punta norte de Baiona (Pontevedra), donde el parador, filmado muy lentamente de izquierda a derecha y repetido tres veces porque en el momento más inoportuno se plantaba alguien a mirar el mar y no se iba.

A lo tonto, y smartphone en ristre, podemos generar y generamos cientos de fotos cada día. Una diarrea de fotos de cada cosa que nos llame la atención, de cada chorrada que nos haga decir: "Ay, mira", de cada: "Esto lo tiene que ver Fulanito": Un tacón muy alto, una gaviota posada en una balaustrada, un coche con matrícula FLW (lo he hecho) o DWG (también), unas nubes, una rosaleda, unos adoquines, un panel con el menú de un bar...

Sin embargo, no tengo ni una sola foto en la escuela con Emilio, ni con Iván, ni con Joaquín, ni con Paco, ni con Merche, ni con Marta, ni con Arancha, ni con Juan, ni con (otra) Marta, ni con Pablo, ni con Ochan... Y mira que pasamos años juntos; un día, y otro día, y otro... ¿Pero quién se hacía fotos entonces?

Primero, porque inmersos en nuestra rutina cotidiana no nos dábamos cuenta entonces de lo preciosos que eran esos momentos y de la añoranza que nos iban a suscitar años después, y segundo, porque las fotos eran caras: Tenía uno que comprar el carrete y luego revelarlo. Uno se lo pensaba mucho antes de disparar. Te ibas de vacaciones con una película de 36 fotos y tenías más que suficiente. Incluso te sobraban. Volvías a casa sin haberla agotado, calculabas que te quedaban cinco o seis disparos por hacer (nunca era exacto) y los querías aprovechar. Y ya llevabas a revelar el carrete varios meses después, cuando ya no se estilaba.

No había escasez ni penuria alguna, pero sí es verdad que algunas cosas no se parecían nada a las de ahora. Por ejemplo esto que digo de las fotos.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Pocos amigos

Hace mucho que no hablo de jazz, cosa que me suele pedir el cuerpo durante las vacaciones de verano. Pero aunque ya se me han terminado voy a ponerme hoy con ello. Sírvame como excusa que esta vez no voy a hablar de música amable, sentimental, "bonita", "vacacional", sino de un teorema frío, muy inteligente, muy complejo y extraño.

Voy a hablar nada menos que de la pieza que abre uno de los discos imprescindibles de jazz, de los que salen en todas las listas de los cien mejores, de los diez mejores, de los cinco mejores de la historia: Kind of Blue. (Para algunos, directamente el mejor disco de jazz de todos los tiempos).


La pieza a la que me refiero se titula So What, que significa más o menos "Y qué", y además aquí parece dicho con un tono y un gesto de desplante, casi como diciendo: "¿Y a ti qué te importa, imbécil?"


Aparte de la propia evolución del jazz hay también una evolución social e ideológica del músico de jazz: Del negrito bueno y simpático que alegraba las fiestas y hacía bailar a todos, siempre riendo y bastante servil por la cuenta que le tenía (muy similar al flamenco que tocaba y cantaba para las juergas de los señoritos), pasamos al músico más digno, más consciente de su valor cultural, pero aún amable y sonriente, y de ahí al músico cada vez más exigente contra las injusticias y los abusos, más intelectual y más dispuesto a que su música respondiera a su investigación y no a los gustos del público.

Valga esta rápida caricatura, que me sirve para entender cómo se pasa de la adorable y franca risa de Louis Armstrong a la sonrisa elegante de Duke Ellington y a la cara de asco de Miles Davis(1).

sábado, 31 de agosto de 2019

A buenas horas

La cartera me acaba de entregar este libro, le he hecho una foto incluso antes de hojearlo,


me ha subido como una ola de nostalgia y me he puesto a escribir esto.

Es el catálogo de la exposición antológica que se le hizo a Picasso con motivo de su centenario en el Museo Español de Arte Contemporáneo en Madrid, en el año 1981.

Yo tenía veintiún años. Estaría en tercero. El museo estaba al lado de la escuela, y la entrada para estudiantes era gratuita (¿o en aquella época lo era para todo el mundo?), así que mis amigos y yo vimos esa fantástica exposición unas cuantas veces.

Editaron ese catálogo enorme, rojo, buenísimo, y le pusieron un precio bastante bajo; tanto que se agotó en muy pocos días.

Nada más inaugurarse la exposición lo vimos y lo hojeamos con placer, pero yo no llevaba suficiente dinero encima en ese momento y dejé su compra para más adelante.

Y ya no pudo ser. Cuando fui por fin a comprarlo ya se había agotado.

Una de mis amigas sí lo había conseguido y yo sentí tanta envidia que volví varias veces a la librería del museo a preguntar si iba a haber una segunda edición o si alguna entidad que hubiera recibido una remesa de catálogos había devuelto alguno... o lo que fuera.

Nada. Imposible. Después fui por la Cuesta de Moyano, pateé alguna librería de viejo, pero ya nada. El catálogo era inconseguible. Debía aprender a vivir sin él durante el resto de mi existencia.

Y mirad por dónde, ahora, casi treinta y ocho años después, me pongo a buscarlo en internet porque me he acordado y me ha dado por ahí, y veo cinco o seis ejemplares a la venta. Y, naturalmente, me lo compro. (Me ha costado, al cambio a pesetas y tantos años después, aún menos de lo que costaba entonces).

Y lo acabo de recibir con gusto. ¿Pero ya para qué? A buenas horas. Ya todo es diferente, muy diferente. Ya no viene a cuento. (Tampoco tengo yo ya el furor, el ansia y la curiosidad que tenía entonces). A buenas horas.

En todos estos años he hecho mi vida sin necesidad de tener ese libro en mis estanterías: Terminé la carrera de arquitectura, empecé a trabajar, me casé, tuve hijos... y también compré muchos más libros, incluso algunos de Picasso. ¿Para qué quiero ya este?

Mi amiga, la afortunada y envidiada propietaria de aquel remoto catálogo, también terminó la carrera, también empezó a trabajar, también se casó, también tuvo hijos, sufrió un golpe terrible... Hace muchísimo que no la veo. ¿Conservará el libro? ¿Llevará treinta y ocho años cogiendo polvo o ella y su familia lo habrán consultado y disfrutado a menudo?

¿Y los míos? Pues como todos: Ahí están también, relegados en sus estantes. A veces hojeo alguno y disfrutamos aireándonos mutuamente durante unos minutos, pero en seguida él vuelve a su mutismo y yo a mi rutina.

Siendo así las cosas, ¿por qué siempre he querido libros? Durante toda mi vida los he comprado, los he pedido para mis cumpleaños y para reyes; he leído bastantes; otros no, y muchos de ellos ya no creo que los lea jamás. Y ahí los tengo. Ahí los conservo mientras mi vida me ha ido llevando por caminos inciertos y más bien sosos.

Este libro de Picasso que me llega hoy inopinadamente me trae a la mente otros tres -al menos- con los que me ha pasado lo mismo. A buenas horas.

lunes, 26 de agosto de 2019

En mi hambre mando yo

(A Antonio y a Ekain, naturalmente).


El otro día mi amigo Antonio Esteban Hernando, estupendo arquitecto y pintor, ha puesto en su muro de Facebook esta foto con este texto:


Hoy he visto uno de los silos manchegos "decorados" por artistas urbanos. Lo que me temía.
No tengo nada en contra de estos artistas, pero eso de convertir estos magníficos edificios en "lienzos" me produce vergüenza ajena.
Demuestran una incultura y una falta de sensibilidad y de respeto por el patrimonio realmente lamentable.
Y lo peor de todo es que lo quieren vender como iniciativa cultural e integradora.
Qué pena, cómo duele ver estos gigantes desprovistos de la nobleza de su arquitectura que es digna y sobradamente expresiva por su rigor, sencillez, austeridad y potencia plástica.
Los han rebajado a la categoría de trapo pintable, de gran camiseta decorada a mano.
Siempre he considerado que una pintura de cualquier técnica, tamaño o valor debe empezar por conocer y analizar el soporte en el que se va a apoyar, aunque sólo sea por aprovechar al máximo sus posibilidades. Aquí no ha habido nada de eso. Las formas arquitectónicas, el sustrato constructivo del soporte no importa, se desprecia. Seguro que estas características del edifico les han resultado más un estorbo que un estímulo plástico.
Me avergüenzo, como arquitecto, como pintor y como castellano manchego de adopción.

Esta denuncia tan dolida y lúcida ha tenido muchas respuestas. A mucha gente le ha indignado que vandalicen de esa forma obras tan características y magistrales, que marcan, con las iglesias, los modestos skylines de nuestros pueblos, y en la mayoría de ellos son los únicos ejemplos de arquitectura racionalista y moderna.

Como bien dice Antonio en uno de los comentarios a su hilo, ¿consentiríamos que unos "artistas urbanos" hicieran uno de esos bellos murales en alguno de los paños de la catedral de Toledo? ¿Consentiríamos que se lo hicieran a un palacio renacentista o barroco cualquiera, incluso al menos importante? ¿Por qué a una obra inscribible en el Movimiento Moderno sí se puede?

Y, como también dice, ¿el "artista urbano" del ejemplo de arriba se ha tomado la molestia de analizar los relieves que forma la estructura en fachada, los ritmos de los pilares, la cornisa? En absoluto: Ha pintados sus esqueletos como le ha dado la gana. Le importa todo un pito. Todo salvo su estúpida y grosera pintada. Nadie ha merecido la pena antes que él. Nadie ha hecho nunca nada digno de atención antes que él.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Una casa en mi pueblo

Durante mi niñez, mi adolescencia y mi juventud pasaba los veranos en Seseña (Toledo), el pueblo de mis padres, de mis tíos y de toda mi familia. Allí tenía a mis primos y a mis mejores amigos.
Uno de esos veranos -el de 1977 o 1978- estando en la casa de mi amigo Eduardo (llamémoslo así), su padre le dijo:
-Enséñale los planos a Ramón, que seguro que le gustan.

La casa de mi amigo era de las habituales en el pueblo. Tenía paredes "de canto y barro", suelos y techumbre de rollizos de madera y yeso y cubierta de teja. Lo pasábamos muy bien en ella (sobre todo en el cobertizo del corral, donde hacíamos guateques), pero nunca me había fijado especialmente en su construcción.
Era una casa muy vieja. Tanto que los padres habían decidido comprar la era de (digamos) Alfonso el Torero y contratar a un arquitecto para que les hiciera el proyecto de una nueva.

Aquella fue la época en la que el Ayuntamiento de Seseña (a la fuerza, obligado por instancias más altas) empezó a pedir proyectos para conceder licencias de edificación. A la gente le pilló de nuevas y no le hizo mucha gracia: Era un capricho muy caro que nunca había hecho falta.
No obstante, y aunque el padre de mi amigo no era desprendido, una vez hecho el gasto estaba encantado con los planos de su nueva casa. Tanto que me los mostró con orgullo.

Yo no había visto un proyecto en mi vida (no sé si era el verano previo a mi primera matriculación en la escuela o si ya había terminado el primer curso), y me llamó mucho la atención la textura azulona de los dibujos sobre ese papel acre, amarillento y amoniacal. Recuerdo perfectamente el grafismo (por otra parte muy típico de aquella época) de las plantas y los alzados, las sombras arrojadas tan macizas, las tejas...

Las hojas de texto, poquísimas, eran de un papel muy sutil y estaban escritas con el tizne del calco. Tampoco lo había visto por entonces: Para hacer copias se componía un milhoja de esa especie de papel cebolla entreverado con calcos, se introducía en el carro de la máquina de escribir y se machacaban unos teclazos restallantes. El papel salía en relieve, tanto que lo podría haber leído un ciego con las yemas de los dedos. El sello verde del visado del colegio de arquitectos le daba a todo ese ligero y translúcido manojo un aire de importancia, de documento oficial, de póliza. Yo no tenía ni idea, pero ahí se decían cosas como "aguas residuales", "incluso transporte a vertedero" o "esquema unifilar", y eso debía de ser asunto de mucho respeto.
(Ya empezaba a haber fotocopias, que por entonces eran de papel térmico y duraban apenas unos meses antes de borrarse completamente, pero en muy pocos años se desarrollaron mucho y se impusieron).

A mí aquellos dibujos no me parecieron ni bien ni mal. No les di mayor importancia y asumí que algún día haría yo cosas parecidas. (Bueno: Muchísimo mejores, naturalmente, pero parecidas en definitiva).


Se notaba que la casa de mi amigo Eduardo (por ponerle un nombre) era de arquitecto porque la cubierta, exenta y de planta rectangular, se cortaba en tres aguas independientes, que no tenían limas ni continuidad alguna, sino que formaban cuchillos y testeros, y, bajo ella, la vivienda se remetía por una parte por delante y por otra por detrás, formando dos porches. También se notaba su rabiosa novedad y su excitante arquitectura porque tenía una chimenea como de chalet de sierra, con el tiro por fuera y revestido de granito.

lunes, 12 de agosto de 2019

Burnham siempre gana

UNO:
Daniel Burnham fue uno de los arquitectos pioneros de la "Escuela de Chicago". Con su socio Root (por allí los arquitectos iban por parejas, como las cerezas) construyó algunos de los primeros e incipientes rascacielos ¡de hasta doce o quince plantas de altura! en una época en la que aún no se sabía qué aspecto dar a aquel novísimo tipo de edificio.

Daniel Hudson Burnham (Chicago History Museum)

En todo caso, y con la espontaneidad, la torpeza y el entusiasmo propios de los estilos nacientes, supieron dar un aspecto novedoso a aquellos monstruos, cuyo mejor exponente podría ser el Reliance Building.

Se suponía que un rascacielos debía ser compositivamente como una columna, con basa, fuste y capitel, o como un palacio renacentista, con basamento más tosco, cuerpo más ligero y coronación cabezona. Sin embargo el Reliance se libraba (como podía) de esos sambenitos y buscaba la legítima expresión arquitectónica de lo que tenía que ser un rascacielos.

Burnham & Root, Reliance Building, Chicago

Sin órdenes clásicos, sin evocaciones historicistas y explorando una nueva línea de decoración, quería ser en todo una optimista expresión de su tiempo y una esperanzada evocación del futuro. Verdaderamente marcaba un camino a seguir.

Años después el propio Burnham traicionó todo eso y cayó entregado a los encantos de los órdenes clásicos y del academicismo, pero dejemos ese punto ahí por ahora.

lunes, 5 de agosto de 2019

Mirando el escaparate

Estos días se ha hecho público el fallo del concurso de ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao y aquí unos colegas nos hemos puesto a opinar (a despotricar con el palillo en la boca) en las redes sobre el infausto proyecto que ha sido elegido de entre los presentados, que van desde los correctos (pero no brillantes) hasta los muy malos.



Ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao, 1967-1970.
Álvaro Líbano y Ricardo Beascoa, arquitectos.(1)

Como de eso se está hablando mucho por ahí y yo no tengo nada interesante que añadir voy a comentar algo que me preocupa del "antes de", en vez de seguir insistiendo en el "después de".

El Museo de Bellas Artes de Bilbao es muy querido por los bilbaínos, que van muy habitualmente a verlo como si fuera su casa (que lo es), pero menos por los turistas, que solemos babear ante el Guggenheim sin enterarnos de las joyas que atesora este porque es más discreto y comedido y no está en el recorrido de los touroperators.


Voy aún más atrás y comento la primera perplejidad: Teníamos un museo consolidado, lleno de obras de arte, muy bien montado, con una colección muy completa, coherente y armónica, hecha con tiempo y con sabiduría, y que calaba en el alma del pueblo, en su tradición y en su cultura a la vez que miraba hacia el futuro, y de golpe aterrizó un chirimbolo venido del extranjero, espectacular e impresionante pero sin fondos, sin nada que enseñar. Recuerdo que se le dio mucho bombo a la primera exposición temporal (o una de las primeras) que hizo: Unas motos de la marca Harley Davidson. No había fondos, no había colección, no había obras permanentes, pero había que hacer movidas y saraos como fuera y de lo que fuera para mover el tinglado.
Con gran rapidez y a golpe de presupuesto el gigante americano fue adquiriendo obra, mientras que su hermano pequeño y desheredado la había ido formando delicadamente durante décadas y décadas.

En todo caso, la versión "nuevo rico epatante" se impuso, y mientras este ascendía a los cielos como un cohete, el otro languidecía para los cuatro gatos de siempre, cada vez más desubicados y sobrepasados.
Lo he comentado en las dos entradas anteriores: ¿Nos interesa de verdad el arte o más bien el turisteo y el espectáculo?



La situación era intolerable. Había que darle un enérgico empujón al querido museo.
La dirección se puso a ello y finalmente obtuvo fondos para ampliarlo, pero no ya como se había ampliado otras veces, respondiendo a las necesidades de espacio y a las condiciones funcionales. No. El "efecto Guggenheim" había sido un éxito tan grande que pasó a ser el epónimo de cómo la arquitectura espectáculo puede salvar a una ciudad, a una institución, a un colectivo, a un pueblo, a lo que sea. Si vemos sucursales increíbles de cualquier entidad prestigiosa en sitios inverosímiles y con formas disparatadas es porque se busca el poder salvífico del mamotreto.

Pues bien: Si el efecto Guggenheim obraba milagros en las cuatro esquinas del planeta, ¿no los habría de repetir en la ciudad que lo alumbró?

viernes, 26 de julio de 2019

Mil recopetines

El otro día os conté la insostenible condición de La Gioconda, que amenaza con matar de éxito al museo del Louvre (si es que no lo ha hecho ya), y os anuncié que había pensado una brillante solución.

Pues bien: No sé si el director del museo lee este blog, pero si lo conocéis hacedme el favor de decírselo. (Creo que el presidente de la república sí que me lee, y espero que él, bien directamente o bien a través de la ministra de cultura, tome medidas al respecto).
  
Vamos con ello: ¿Cómo resolver el problema de la incomodísima obra fetiche del museo del Louvre, permitir que sea vista con comodidad, que no interfiera con el resto de obras del museo para que también puedan ser visitadas tranquilamente y sin aglomeraciones, y todo ello no solo sin mermar, sino acrecentando el número de visitantes (y de ingresos por taquilla) de la institución?

Pues bien: Constrúyase una nueva sede en un descampado a cincuenta kilómetros de París, y una línea férrea que mande trenes lanzadera cada quince minutos.

En esa nueva sede (unos 15.000 m2 construidos) no habrá más que Giocondas. Cientos. Miles. Una de ellas será la original, que habrá sido trasladada allí, y las demás copias buenísimas, perfectas.

(Por cierto, Monsieur le Directeur, Monsieur le Président: Je suis architecte, y puedo hacer una nueva sede fantástica. No hace falta ni que la saquen a concurso. Con los truquitos esos de que al ser mía la idea yo sería el único arquitecto capaz de hacerla realidad, por aquello de la adecuación objetiva y tal, me la pueden encargar a dedo y si eso ya tal). 

La cosa es idónea para los turistas que solo quieren ver La Gioconda y no perder el tiempo con el resto del museo, pero igualmente lo es para quienes quieren ver todo lo demás sin ser arrinconados ni apabullados por los giocondamaníacos. Todo arreglado. Se puede crear todo un abanico posible de entradas: Gioconda + tren lanzadera, Gioconda + tren lanzadera + resto del Louvre, Louvre sin Gioconda y sin tren, bonos con varias combinaciones para cinco días...

Bueno: Pero aun así serán decenas de miles quienes quieran ver la Gioconda a diario. (Actualmente son unos 20.000 visitantes/día). Pues ningún problema. Ahí está la gracia de mi idea.


Los turistas, que no sabrán cuál es la auténtica, se repartirán por todo el Giocondeum y se harán selfies ante cualquiera de las Monalisas. Ninguna tendrá una cola especial; todo fluirá muy cómodamente. Algunos mirarán una, la que sea, se harán una foto ante ella y quedarán satisfechos. Otros, según su gusto y apetencia, se podrán pasar horas y horas haciéndose fotos al azar ante muchas de ellas.

Pero en ningún caso valdrá dejar un día el corte en tal Gioconda para volver en otro momento y seguir desde ese punto, y así, al cabo de unas cuantas visitas, tener la certeza de que entre los miles de fotos tienen el selfie con la auténtica. No, porque quien sabe cuál es la buena (un pequeñísimo grupo de conservadores; o tal vez incluso una sola persona) la cambiará de sitio cada día, permutándola por una cualquiera de las copias.

Cada día se podrá publicar en la web del museo, a toro pasado, dónde estuvo la Gioconda hace diez. Así, los turistas que quieran podrán buscar la fecha de su visita y saber si acertaron. Quienes no atinaran (la mayoría) podrán volver a probar fortuna en otra ocasión.

lunes, 22 de julio de 2019

El recopetín

Imaginaos una situación idílica: Tenéis suficiente dinero y tiempo libre para ir a cualquier lugar del mundo a ver y disfrutar lo que os dé la gana. Podéis montaros en un coche, en un tren, en un barco, en un avión y dirigiros a cualquier punto que se os ocurra marcar en un mapa, y ver cualquier cosa que exista.

Podéis ir al cañón del Colorado, a la estepa rusa, a la sabana africana, a las selvas de Nueva Zelanda. Podéis ver el Empire State, el monte Fuji, el Kilimanjaro, el Coliseo, la Ópera de Sidney, el Maracaná... ¿Qué elegiríais? Incluso podéis elegir varias cosas e irlas viendo ordenadamente una después de otra.

Cada uno tiene sus gustos y sus afinidades, y la prueba de ello es que todos los sitios que he dicho, y otros quinientos que dijera, están llenos de gente. Los turistas van con alegría a todos los rincones del mundo.

La cola del Everest

Pero si hay algo excelso, privilegiado, sublime, superferolítico, hipermegasensacional... en una palabra: el recopetín, es La Gioconda.

Es lo más de lo más de lo más de lo más de lo más.

-He estado en Motilla del Palancar.
-¡Que te frían un paraguas! ¡Yo he estado en el Louvre viendo La Gioconda!

No hay otra cosa como La Gioconda, ni otro pintor como... Bueno, eso ya no. (Lo aclararé en seguida).

Yo, aquí donde me veis con estas carnes tolendas que se ha de comer la tierra, he visto La Gioconda dos veces. Dos veces. La primera en 1980 (aproximadamente). Me decepcionó. Había una cola (tampoco demasiada) a la que te sumabas. Iba rapidita. En fila de a dos. Según iba llegando cada uno miraba unos pocos segundos, muy pocos, y se quitaba; de manera que la fila fluía. Cuando llegué al cuadro vi una urna con el frente de vidrio, me vi reflejado, intenté vislumbrar el cuadro que estaba al fondo de la oscura caja, no vi apenas nada (me seguía viendo yo) y me aparté. Eso fue todo. "¿Y esta es la maldita Gioconda? Pues vaya. Se ve mucho mejor en cualquier libro", me dije.

Al lado había otros dos Leonardos: La Virgen, el Niño y Santa Ana y San Juan Bautista. Colgados de la pared, sin urna, sin protección y sin nada. No los miraba nadie. NADIE. N-A-D-I-E. (Por eso he dicho antes que no hay otra obra como La Gioconda, de acuerdo, pero su autor no despierta mayor interés a la vista de lo que pasa en el museo parisino).

Iba con unos amigos. Vimos las salas egipcias, las griegas... Estuvieras donde estuvieras siempre había una flechita que indicaba "La Joconde". Si estabas viendo El escriba sentado y te decías de repente: "Quiero ver La Gioconda; ¿dónde estará?" alzabas los ojos y veías una flecha. Salías de la sala, avanzabas por un pasillo, tomabas una escalera (siempre viendo flechas, una detrás de otra), subías dos plantas, tomabas otro pasillo... Y al cabo de cuatro kilómetros encontrabas la cola de La Gioconda.

Qué aburrimiento: El museo de arte más rico y más amplio del mundo parecía no tener ninguna otra obra de interés. Quise ver los dos esclavos de Miguel Ángel y ni los vigilantes sabían dónde estaban. Al final, en una gran sala de esculturas revueltas, se cubrían de polvo y de olvido mezclados y amontonados sin que nadie los mirara.

La segunda vez que estuve en el Louvre fue hacia 1989, con mi mujer. Lo de La Gioconda estaba exactamente igual, y lo de los otros dos cuadros de Leonardo también. Los esclavos de Miguel Ángel habían mejorado muchísimo: Les habían dado una habitación propia, para ellos solos, cuyas paredes estaban paneladas con grandes reproducciones de los dibujos preparatorios. El montaje estaba precioso. En la sala estuvimos los dos solos el tiempo que quisimos, mientras que para La Gioconda tuvimos que hacer la correspondiente cola para vernos reflejados en el vidrio durante tres o cuatro segundos.

Volví una tercera vez a París hacia 2002, con mi mujer y mis hijos, pero ninguno tuvimos ya la menor gana de ver el Louvre. Nos acercamos, sí. La cola era enorme fuera de la pirámide de vidrio. No tenía sentido perder allí un día.

Pues bien: La estúpida pero aún tolerable cola ante La Gioconda que yo viví dos veces se ha convertido en esto:




No solo no puedo entenderlo, sino que me da un asco... Un asco de psicópata asesino.

miércoles, 17 de julio de 2019

Vida y obra

(Nota previa: Todo lo que sigue puede ser leído como una autojustificación muy mezquina del tipo "si no he hecho nunca un gran trabajo es porque soy buena persona y prefiero la vida a la obra, prefiero ser un hombre honrado y con muchos amigos que ser un monstruo déspota". Pues bien: Nada de eso. Eso es una imbecilidad y una justificación tan idiota como la de la zorra y las uvas. Para nada.
Pero leed vosotros mismos lo que sigue y opinad).


Primero estudiando la carrera y después ya ejerciendo la profesión, he conocido a algunos arquitectos excepcionales. Los que he tratado algo más de cerca me han impresionado mucho por su capacidad de organización, de mando, de control. Unos conseguían esa rara magia de hacerse obedecer y respetar siendo afables y otros eran tiránicos, pero todos ellos se tenían que enfrentar a una horda de enemigos para lograr que su obra saliera airosa. Demasiada gente le mete mano a las obras con demasiados intereses contrapuestos (costos, rapidez, chapuza...) sin que el arquitecto pueda hacer gran cosa. Los buenos sí lo consiguen, a veces quemando las naves, los amigos y a quien se ponga por delante.

Yo he aprendido que cuando una rejilla tiene todas sus lamas paralelas es un milagro, que cuando un pasamanos de madera engarza limpiamente con los anclajes metálicos es otro, y que cuando una ventana tiene sus jambas y su dintel bien perfilados ha bajado del Olimpo el mismo Júpiter Tonante para marcarse unos fandangos. En una obra hasta la cosa más tonta y más anodina es dificilísima de conseguir.

Si un arquitecto consigue todo esto es porque es capaz de vender a su madre por la satisfacción infinita de que todos los picaportes estén a la misma altura, y de arrancarle la piel a tiras con sus propias manos a quien tuerza 0º 0' 1" una hilada de ladrillo.

Si el arquitecto no es así se lo comen. La chapuza lo invade todo y la obra fracasa. Y si los clientes dicen durante la obra: "Hemos pensado que...", hay que embadurnarlos de brea y emplumarlos en el primer momento o acabarán contigo.
(Lo normal es que sea el arquitecto el embadurnado y emplumado desde el primer día).

Al final, en la magnífica obra se ha salvado el detalle de los vierteaguas: Un detalle en el que el arquitecto ha estado empeñado en cuerpo y alma durante todo el tiempo pero cuyo sublime y delicado éxito es inapreciable por cualquier otro ser vivo.
(Y, en definitiva, un detalle que va a permanecer limpio apenas unos meses, hasta que lo "arreglen" y "mejoren" los dueños).

El arquitecto (me refiero al buen arquitecto) es, por lo tanto, un ser insomne, reconcentrado, psicótico, con instintos homicidas si se le llega a contrariar, consagrado a su obra como un samurai, asesino, traidor, canalla, infiel a todos menos a su sacrosanta obra.

No hay más remedio que ser un cabrón. Interviene tanta gente que hay que ser un tirano para que se hagan las cosas como uno quiere.

Se parece a la dirección de cine: El director de cine, como el arquitecto, sabe lo que quiere y cómo lo quiere, pero no lo puede hacer él. Se lo tienen que hacer otros, y son muchos.


Al hilo de esto, me gustaría comentar dos ejemplos: uno de Orson Welles y otro de John Ford. (El primero admiraba al segundo. El segundo no admiraba a nadie).

En una entrevista le preguntan a Welles si alguna vez contrató a algún amigo en vez de a la persona adecuada para un papel.
-¡Frecuentemente! -contesta en el acto, casi sin darle tiempo al entrevistador a terminar su pregunta.
-¿Lo lamentó?
-¡Frecuentemente!
-¿Volvería a hacerlo?
-¡Sí!


¿Por qué? Pues porque, según Welles, el arte no es lo más importante, y él valora mucho más la lealtad, la amistad, la vida.

jueves, 11 de julio de 2019

San Manuel Bueno, mártir (y energéticamente eficiente)

La novela San Manuel Bueno, mártir tiene un argumento triste y descorazonador: Trata de un párroco, Don Manuel, que hace escrupulosamente su trabajo pero ha perdido la fe.

Es consciente de que puede llevar paz y conformidad a los dolientes, de que puede dar una última esperanza a los moribundos y a sus familiares, consolándolos con la promesa de una vida eterna en un mundo feliz tras este tan doloroso, pero él mismo no se lo cree. Lo sigue haciendo porque ayuda a los demás, pero él está cada vez más angustiado.

Víctima de un escepticismo insoportable, se obliga a ser un "buen profesional", a cumplir con su deber, a hacer todo lo que se espera de él.

El propio Miguel de Unamuno se retrata, porque él mismo estaba deseando creer en Dios, pero en el fondo de su ser sabía que no creía. De ahí emana su enorme monumento Del sentimiento trágico de la vida.


¿Os suena esto de algo? ¿Hacéis certificados de eficiencia energética de viviendas y locales? Yo sí, y me siento exactamente igual: Los hago, intento convencer a los indignados pagadores de que son útiles, pero yo mismo no me los creo. He perdido la fe.

Y, sin embargo, y para los ridículos honorarios que me pagan, los intento hacer lo mejor que sé. No sé por qué. No es por sentirme un buen profesional, desde luego, porque todo esto es una monumental estafa.

Los dueños de una casa están intentando venderla o alquilarla y les dicen que para ello tienen que contratar a un técnico para que haga el certificado de eficiencia energética de esa vivienda.

-¿Y eso qué es? -preguntan.
-Tenéis que hacerlo -les contestan.

Y llaman a alguien. A veces a mí.

-Buenos días. ¿Es usted el arquitecto?
-Sí -siempre me sorprende lo de "el".
-Es que tengo que hacer un... un... de mi casa... un... una cosa energética.
-Sí, sí. Un certificado de eficiencia energética.
-Eso. ¿Y cuánto me lleva por hacerlo?

Se lo digo. A veces me dicen que sí y quedamos. Y a veces me dicen que ya veremos y no me vuelven a llamar.

Cuando voy a la vivienda y empiezo a medir, los propietarios se me pegan y me acosan a preguntas:
-¿Y esto para qué sirve?
Y a afirmaciones:
-Esto es un sacacuartos.

Yo les digo que sirve para tal y para cual y que no es un sacacuartos, sino algo muy útil. Pues bien: tienen razón. Verdaderamente es un sacacuartos y verdaderamente no sirve para nada.

jueves, 4 de julio de 2019

VAD 01: "Los inicios"

Acaba de aparecer una nueva "revista científica" (indexada) sobre arquitectura. Se llama VAD (Veredes Arquitectura y Divulgación) y este número uno se titula, naturalmente: "Los inicios".


Me he enterado de su publicación ahora mismo y aún no la he leído, pero viendo los nombres de quienes intervienen se adivina un número tremendo. Voy a leérmelo de cabo a rabo.

Y sí, entre ellos estoy yo: Siempre esa vaga sensación de impostor. Pero voy a dejar de fustigarme por una vez y disfrutaré sin complejos de pertenecer a este selecto y admirable club. ¡Viva el vino!

Mi artículo "de investigación" trata sobre un detalle de las vanguardias de arte y arquitectura del primer tercio del siglo XX, que, como creo que sabéis, es un asunto sobre el que nunca nadie había escrito hasta ahora, un terreno virgen para un joven investigador como yo.

Joven, sí; al menos en esto: Resulta que he escrito bastantes cosas en mi vida, pero es la primera vez que escribo un artículo para una publicación de estas condiciones, con "comité científico", "revisión por pares" y todo lo demás. Y estoy encantado, naturalmente.

Mucha gente participa en el proyecto de una u otra forma, pero quiero felicitar muy especialmente a Alberto Alonso Oro, el alma de veredes, y a Silvia Blanco, la editora-jefe de VAD, que han realizado una labor heroica para sacarlo adelante y me han ayudado con todo, pero especialmente con todas esas puñetitas burocráticas de índices, registros y todo lo demás, que me anulan de una manera difícil de explicar. Solo les ha faltado darme la manita para ayudarme a cruzar la calle. Han hecho un trabajo tremendo, pero el fruto ha sido excelente.

Los felicito y les deseo mucha suerte (mucho ánimo ya tienen) y muchos, muchísimos números más de VAD.