sábado, 25 de mayo de 2019

Tres abuelas y un tío

Maria Antónia Marinho Leite nació el 25 de mayo de 1940 en una familia burguesa y conservadora. Tuvo una educación religiosa que -como la burguesía y el conservadurismo- la llenó de contradicciones y de inquietudes.
En 1957, con diecisiete años de edad, ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Oporto, donde en seguida destacó como una de las mejores alumnas, si no la mejor, y una de las más díscolas, si no la más. Tenía un talento indiscutible que pasmó a sus profesores desde el primer momento, pero no se dejaba aconsejar ni guiar por ellos, ni se plegaba a las enseñanzas regladas. Al tercer año dejó la carrera, como estaba cantado.


Álvaro Siza Vieira nació también en el seno de una familia burguesa y religiosa, siete años menos un mes antes que Maria Antonia: el 25 de junio de 1933. Su padre era ingeniero y en principio parecía natural que él también acabara estudiando ingeniería.
No obstante, de niño padeció "una primera infección", una amenaza terrible que anunciaba un principio (o al menos un cierto atisbo) de tuberculosis. Así que sus padres lo mandaron al campo, a casa de su abuela, para que respirase aire puro y, más que curarse, no permitiese la entrada a la entonces terrible enfermedad.
En casa de su abuela, por mor de la protección, vivió dos meses prácticamente encerrado en su cuarto, mirando el campo a través de una ventana cuadrada y dejando pasar las horas y los días.
Un tío suyo, soltero y que vivía con los abuelos, le puso a dibujar para matar el tiempo.
En una deliciosa entrevista (aquí la tenéis) se lo cuenta a Anatxu Zabalbeascoa. Ella deduce: "O sea, que fue su tío quien le enseñó a dibujar", y Siza le dice que no, que su tío no tenía ni idea de dibujo, que era un negado absoluto, pero que le puso a echar horas por buscarle alguna distracción, y él acabó aprendiendo a dibujar.
El caso es que esa "primera infección", esa estancia con su abuela y ese tío pesado y férreo hicieron nacer en él la pasión por el dibujo, de manera que años después, cuando le tocó elegir carrera, Siza estaba loco por ser escultor, pero como con eso nadie podía ganarse la vida, y además su padre era muy buena persona y él no quería darle un disgusto, eligió estudiar arquitectura. (En aquella época estudiar arquitectura era algo digno y respetable; casi tanto como estudiar ingeniería).
La opción por la arquitectura fue porque le dejaba una puerta abierta para "contaminarse" de bellas artes y tal vez (solo tal vez) asistir también a alguna clase de dibujo y de escultura.

Allí, en la universidad y en el ambiente estudiantil con inquietudes artísticas, conoció a Maria Antónia (los más próximos la llamaban Totó). Le impresionó mucho su talento indiscutible y brillante, y también su alegría de vivir, su fuerza y su optimismo. Se enamoraron, y en 1961 se casaron.


Totó mostraba una gran libertad personal en una época dictatorial muy dura y muy gris. Dibujaba brillantemente y a la primera, a primer trazo. Empezaba por un extremo del papel y terminaba por el otro, de una vez, a pluma, sin encajar ni planificar. Enlazaba figuras humanas retorcidas que llenaban el espacio y lo hacían bailar y retorcerse. Sus dibujos eran atormentados, tensos, a menudo trágicos.


Totó tenía dos caras contrarias: la luminosa y la oscura, la alegría y el dolor, el optimismo y el pesimismo, la explosión de júbilo y el silencio reconcentrado. Una personalidad bipolar muy compleja.


martes, 21 de mayo de 2019

La chorraera

(NOTA.- En Málaga a los toboganes se les llama chorraeras, un nombre muy gráfico, especialmente en este caso).


El genial alcalde de Estepona es abogado del estado, notario y registrador de la propiedad. Quizá sea el único español que haya alcanzado esos tres ochomiles. (Unos me dicen que es el único y otros que ya hubo uno antes. En todo caso, es un personaje de récord). Un talento inconmensurable.

¿Se puede ser una persona inteligentísima y preparadísima y al mismo tiempo un papafrita? Es obvio que sí. Lo estamos viendo cada día. Pero en este caso, dada la excelencia inalcanzable, la sublimidad olímpica del personaje, también su papafritismo es inconmensurable. Estamos ante un ser extremo, mitológico, legendario.


Y es que al giligenio se le ocurrió instalar una chorraera para salvar el enorme desnivel(1) que hay entre dos calles de Estepona, y que obliga a un largo camino para salvarlo. ¿Por qué no tirar por la chorraera de en medio? Y así lo hizo. Apenas veintiocho mil euros resolverían un problema urbano y además le darían vidilla y cachondeo a la población. La genial idea lo tenía todo.

La chorraera no estaba pensada solo para divertirse, ni solo para los jóvenes intrépidos con muy alta condición física, sino que era una instalación urbana de uso cotidiano apta para todos los públicos y para todas las necesidades: Para ir al mercado con el carrito de la compra, para ir al ambulatorio a lo de las recetas, para comprar una bombilla, para ir al ayuntamiento a las cosas del ayuntamiento (yatúsabeh)... Para todo. Una maravilla.

martes, 14 de mayo de 2019

Tatuajes: El tiro por la culata (y II)

El otro día os dejé con la curiosidad de saber por qué me había hecho tatuajes, cómo eran, dónde los tenía...
(Bueno, dejé con la curiosidad a dos personas. Otra lo acertó desde el primer momento y ahí acabó la intriga. La verdad es que no soy demasiado bueno generando suspense).

En junio de 2016 me diagnosticaron un cáncer colorrectal, en julio me lo operaron con éxito, en agosto estuve de reposo y recuperación y en septiembre empecé con la radioterapia. Me dieron 27 sesiones entre septiembre y octubre. Y después me puse con la quimioterapia.

Todo salió estupendamente bien y aquí estoy: hecho un pimpollo.

Para la radioterapia había zonas sensibles muy próximas a la afectada y era fundamental no tocarlas; es decir: apuntar los haces de rayos con gran precisión.

Dada mi lesión, lo idóneo en mi caso era ponerme en la no muy airosa postura de tumbado boca abajo y con el culo en pompa. (Se ve uno en cada fregado...).

El primer día no hubo sesión de radioterapia, sino solamente trabajos previos de reconocimiento del terreno y replanteo.
Me hicieron pasar a un vestuario en el que me quité todo menos los calcetines y me puse una bata verde cortita con toda la parte trasera abierta. Un paripé para ir desde allí hasta el aparato haciendo el paseíllo, pero nada más, ya que una vez tumbado boca abajo me abrieron y levantaron la batita hasta la espalda.

La foto que sigue me va a ayudar en mi explicación. Este paciente está boca arriba y vestido, y yo estaba boca abajo y casi desnudo (con calcetines, eso sí), pero lo que os voy a contar se ve perfectamente. (Podéis clicar en ella para verla más grande).


Me hicieron ponerme boca abajo, como digo, sobre una pieza que hacía un montículo (esa cuña azul oscuro bajo las piernas del paciente de la foto) para quedar con el culo en pompa.
Esa pieza era estándar. La tenían que suplementar con otra a mi medida. Para ello, entre la cuña y yo metieron una bolsa de plástico (la de color azul claro que se ve en la foto) y la llenaron de una pasta muy fluida de fraguado rápido. Me hicieron moverme un poco hacia delante, apoyarme un pelín en las rodillas para mover un poco las caderas... Me menearon los muslos... Y también las nalgas... (Sí, amigos. Pero yo ya había hecho dejación total de dignidad y de vergüenza) ...hasta dejarme en una postura que les pareció adecuada. Entonces me dijeron que me quedara muy quieto y esperaron a que la pasta fraguara e hiciera el molde duro de mi abdomen y mi pelvis.

jueves, 9 de mayo de 2019

Tatuajes: El tiro por la culata (I)

Antes de entrar en el tema quiero declarar lo siguiente: Acabo de cumplir cincuenta y nueve años. Me crié viendo a Locomotoro, a Matías Prats, a José Bódalo, a John Wayne, al Cordobés, a Mariano Medina, a Tony Leblanc, a Amancio, a Bugs Bunny, a Gila y a Torrebruno, entre otros muchos.
Fui a un colegio de curas. El profesor de gimnasia (educación física) y política (formación del espíritu nacional) era falangista y muchos días iba a clase con la camisa azul y la insignia del yugo y las flechas. Quien no jugaba al fútbol era marica... Si tenéis menos de treinta años dudo que podáis haceros una idea del panorama.
Y sin embargo tuve una infancia feliz y además, para mi suerte, siempre he sido muy curioso, he leído mucho y he tenido la mente muy abierta. Así que poco a poco he ido afinando mis criterios, acaso demasiado simplistas en su origen, y me he ido haciendo a casi todo.
Digo esto como excusa y a modo de justificación de lo que sigue. He evolucionado algo, incluso bastante si nos ponemos como referencia los años sesenta y setenta, pero se me notan los ramalazos de rancio, machista, etc., que aún me quedan y que en esto que cuento se me notan.

Bueno: Vamos con ello.

Una de las entradas más frecuentadas de este blog, con más de quince mil visitas, es la que dediqué a glosar el artículo "Ornamento y delito" de Adolf Loos. Pero tanto a él como a mí nos salió el tiro por la culata.

El artículo (y mi glosa) trata de que una arquitectura ética y racional no debe llevar adornos. El adorno es un despilfarro de dinero y de diseño, demuestra primitivismo, no sirve para nada, no aporta nada y lastra la obra de arquitectura. El adorno no es ético.

Buscando ejemplos y pruebas de ello, Loos llegó a una que consideró irrefutable: los tatuajes. "¿Quién se hace tatuajes?", se preguntó. "Los primitivos y los delincuentes", se contestó.


Pues ya está: Asunto arreglado. Queda demostrada la tesis. Así como ninguna persona moderna, culta y ética se hace un tatuaje, así la arquitectura moderna, culta y ética no debe llevar adornos. El adorno es un delito.

Durante unas décadas ese ejemplo le sirvió. Pero finalmente le ha salido el tiro por la culata. Ahora todo el mundo, sobre todo la gente moderna, culta y ética, se hace tatuajes.

Y a mí también me salió el tiro por la culata. Hice mi "famosa" entrada glosando el artículo de Loos y desde el primer momento recibí un aluvión de visitas. Eso me tupió de satisfacción. Pero pronto me di cuenta de que tal afluencia no era por lo que yo contaba, sino por todo lo contrario: Había puesto una impactante imagen de un tatuaje que rodeaba el cuello de un hombre como si fuera una horrible raja cosida de mala manera. La gente buscaba tatuajes llamativos y molones en la sección de imágenes de google y le aparecía la de mi blog entre las primeras. (Lo sé porque blogger me brinda una herramienta para que sepa qué busca la gente que da con mi blog).
La imagen que yo puse como ejemplo del sinsentido de los tatuajes pasó a ser el motor por el que los curiosos me visitaban. Vaya fracaso.

Como google es como la máxima del evangelio que dice: "al que tiene se le dará", cuanta más gente entraba a mi blog por ahí, mejor se colocaba mi imagen y más aparecía en las búsquedas, así que cada vez entraba más gente. Era un círculo vicioso.
Supongo que de los quince mil que visitaron esa glosa loosiana apenas doscientos o trescientos la leerían. Los demás buscaban más fotos, veían que no había y se iban.
Así que en unos cuantos meses el flujo fue remitiendo, y, como google sigue aplicando aquella misma sentencia evangélica: "...y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene", la imagen y el enlace a mi blog fueron sumiéndose en la sima infinita de los desterrados y hoy ya puedes teclear "tatuajes impactantes", "tatuajes molones", etc., que mi blog no sale y ya nadie visita aquella vieja entrada. Sic transit gloria mundi.

viernes, 3 de mayo de 2019

La sala de cristal

(De alguna forma, esta entrada continúa la
anterior. ¿Para qué sirve la arquitectura?)



Acabo de terminar de leer la novela La casa de cristal, de Simon Mawer.
(Nota previa: No voy a destripar nada del argumento. Podéis leer esta entrada tranquilamente. Incluso es posible -ojalá- que os anime a meteros con el libro).


Trata sobre la casa Tugendath, de Mies van der Rohe, pero al ser una historia de ficción el autor crea los personajes y sus circunstancias, y por lo tanto cambia los nombres de todos y de todo.

El matrimonio encargante de la casa no son los Tugendhat, sino los Landauer, pero también son judíos ricos (él es judío, ella no, y sus hijos son "mestizos"). No se dedican a la industria textil, sino a la automovilística. El arquitecto de la casa no es Mies, sino Rainer von Abt (que en un momento dado, a modo de guiño y de cameo, menciona a Mies como un gran arquitecto a quien conoce), y la ciudad donde se construye la casa no es Brno, sino la inventada Mêsto(1), también en la recién creada República de Checoslovaquia.

Sin embargo la casa, aunque ahí se llame Landauer, es la Tugendhat: No solo se describe minuciosamente en todo momento y en todos sus detalles, sino que se muestran sus cuatro alzados en las portadillas de cada una de las cuatro primeras partes, y una axonométrica en la de la quinta y última.


(Lo que es una pena es que para la portada hayan escogido otra casa. Incluso se aprecia que el ventanal es en arco. La imagen va muy acorde con una sensación de luz y de dominio de las vistas desde arriba que se menciona y se siente mucho en la novela, pero yo habría buscado una foto de la casa auténtica).

Las fechas de construcción son las mismas, las circunstancias muy parecidas, y la casa es esa. No cabe la más mínima duda: La parcela en pendiente, el jardín, la gran sala dominando desde la altura, con unos cristales que se escamotean en el sótano mediante unos motores, el acceso por arriba, la curva en el porche superior... Todo es igual.

lunes, 29 de abril de 2019

El noble valor de la arquitectura

En la antepenúltima entrada de este blog escribí sobre el dudoso valor de la arquitectura a raíz de que un amigo mío no encontrara demasiado consuelo espiritual en una magnífica iglesia.

El episodio quedó abierto: "¿Para qué sirve la arquitectura?"

Anuncié que continuaría y matizaría lo que allí dije, pero primero se me cruzó Peter Ensaimad y después el incendio de Notre-Dame, así que -de nuevo- me fui por los cerros de Úbeda. Continúo ahora lo que dejé pendiente, ya que estoy recibiendo un auténtico clamor de voces (es que ni una, tú) para que lo remate.

Lo primero (y tal vez lo único) que puedo decir al respecto es que no se le pueden pedir peras al olmo. No se le puede exigir a la arquitectura que resuelva los problemas de sus usuarios y que llegue más allá de donde puede llegar.

Por ejemplo, la casa Robie, del arquitecto Frank Lloyd Wright, siendo una de las mejores viviendas de la historia de la arquitectura, no pudo evitar que sus encargantes solo vivieran en ella poco más de un año, mientras atravesaban todo tipo de problemas económicos, personales y matrimoniales.

La arquitectura no pudo hacer nada para paliar esos problemas, ni siquiera para brindar algún apoyo o algún consuelo. ¿Para qué sirve entonces la arquitectura?

Los arquitectos queremos creer que la arquitectura sirve para vivir mejor, para trabajar mejor, para rezar mejor... Pero no es así.

Entonces, ¿para qué sirve la arquitectura?

Hace dos años y medio me operaron del colon, y, como podéis comprender, di y sigo dando muchísimo más valor a que el equipo médico fuera muy eficaz y competente que a que el hospital fuera arquitectónicamente interesante(1). ¿Para qué sirve la arquitectura?

Sí, vale. Ya sé: No se puede dar a elegir entre buen equipo médico con mala arquitectura y buena arquitectura con mal equipo médico. Es una falacia de primero de goebbelismo. Pero sí me atrevería a deciros (no me peguéis), que entre dos hospitales igualmente válidos y eficaces en los aspectos médicos, administrativos y de gestión, pero uno arquitectónicamente bueno y otro malo, la gente no distingue. Les da igual mientras les traten bien.

¿Para qué sirve la arquitectura?

Conozco de cerca y desde hace tiempo una residencia de ancianos provista de propíleos toscanos y de otras cuantas delicatessen arquitectónicas, y por otra parte hace poco he descubierto una de las más hermosas de las que tengo noticia.


En esta imagen doble las vemos. La de arriba es un edificio de planta rectangular, compacto, que ocupa una manzana entera. Es un concepto de edificación de alta densidad y concentración. Su esquema me parece correcto dentro de los de ese tipo.
Arquitectónicamente lo peor, a mi juicio, son todos los detalles que tiene para intentar quedar bien, para ser solemne e importante; para ser bella. Creo que no merece un comentario pormenorizado. Solo mencionaré el pórtico toscano de piezas prefabricadas de hormigón blanco y que los paños de ladrillo visto estén salpicados por doquier de pequeños rectángulos chapados de mampostería irregular que le dan no sé si pintoresquismo o un falso caché. En mi opinión todo eso está de alguna forma en el acervo común y en el desiderátum de los residentes y de sus familias.

La residencia de abajo, situada en Aldeamayor de San Martín (Valladolid), del arquitecto Óscar Miguel Ares, es todo lo contrario: Una construcción de baja densidad que busca espacios de intimidad para cada residente. Arquitectónicamente no necesita órdenes clásicos ni piedra postiza porque es buena, porque es como debe ser y no viene a cuento falsear nada ni pedir aplauso ni ostentar una representatividad ni una dignidad impostadas.

Sin embargo, hace poco he visto en la residencia de arriba un gesto insignificante, cotidiano, que me ha hecho saltar las lágrimas de emoción. Seguro que en la de abajo hay gestos similares. Seguro que en ambas el personal es formidable. Y seguro que la diferente calidad arquitectónica no le interesa a casi nadie. (Creo que soy la única persona de la zona que ha hecho alguna vez alguna observación sobre la no "maravillosidad" arquitectónica de la de arriba, ante la consabida incomprensión de todos los presentes).

¿Para qué sirve la arquitectura?

domingo, 21 de abril de 2019

Lo de Notre-Dame

Sabréis todos que el pasado lunes un pavoroso incendio arrasó la techumbre de madera y la aguja de la catedral de Notre-Dame de París.
El templo estaba en obras de restauración, y fue un accidente en estas lo que provocó el fuego.



Los noticiarios de todo el mundo se hicieron eco y lo contaron con la consabida y esperable consternación.
Vi las noticias del telediario de la primera cadena (TVE-1) de las nueve de la noche, y en él dijeron dos cosas que me parecen la clave de todo lo que sigue:

1.- Era un ESPECTACULAR incendio.
2.- Notre-Dame recibe doce millones de TURISTAS al año.

De ello hay que inferir que: 1) El incendio ha sido un show, una atracción, una cosa digna de ver, admirable y excitante; y 2) El edificio es muy importante por el turismo, y por lo tanto es necesaria su reconstrucción para que sigan viniendo turistas.

Con estas premisas un arquitecto no tiene nada que decir, ya que ni el problema es arquitectónico ni por lo tanto su solución tendrá nada que ver con la arquitectura. Estamos hablando de otras cosas.

Vemos también, sobre todo, el orgullo francés, su grandeur y su chauvinismo. "¿Cómo que se ha quemado la catedral? ¿Y nos vamos a quedar con los barzos cruzados y la cara de bobos? ¡De eso nada! ¡VIV LA FRANS!"

El presidente de la república, Emmanuel Macron, salió a los medios muy emocionado, e hizo de la reconstrucción de Notre-Dame una cuestión de estado, un símbolo del orgullo nacional.


Y las grandes empresas, las grandes fortunas y la "gente de a pie" empezaron a soltar dinero, incluso algunos lo soltaron en el recipiente que no era.

jueves, 11 de abril de 2019

Peter Ensaimad

(Emilio, es abril).

A David García-Asenjo Llanaa Alberto Ruiz Colmenar
y sobre todo a Anatxu Zabalbeascoa por la ensaimada.
Gracias a los tres por darme esta entrada hecha.



El otro día David García-Asenjo glosó en twitter un artículo-reportaje en el que algunos personajes populares decían cuál era su edificio favorito de Madrid. El famoso modista Lorenzo Caprile decía que le entusiasmaba el Círculo de Bellas Artes, del arquitecto Julio Palacios [sic].

El siempre generoso David atribuyó a mala leche y no a ignorancia que el periodista hubiera mantenido el error de Caprile en vez de corregirlo. (Siempre es mejor que supongan que actúas por odio que por inepcia). 


Yo, como soy medio tonto y me gusta hacer el payaso más que comer patatas al ajillo, inmediatamente dije que me gustaban mucho Francisco Gaudí y Ramón Vázquez de la Sota.


Se ve que éramos varios los ociosos en ese momento, y que teníamos ganas de coña, porque inmediatamente Anatxu Zabalbeascoa me corrigió por lo de Francisco Gaudí: "¿Quieres decir Francesc?" Y Alberto Ruiz (que ha hecho una tremenda tesis doctoral sobre el tratamiento que los medios de comunicación generalistas han dado a la arquitectura contemporánea(1) y se sabe el ABC y La Vanguardia de memoria) aportó una página de la hemeroteca del ABC en la que mencionaban a los arquitectos Mies van der Roche y Philips Tohnson.

Entonces Anatxu nos contó que en cierta ocasión entrevistó a un arquitecto que le habló de:

Zara Hadid,
Tadeo Ando,
Frank Perry,
Peter Ensaimad y
Normand Foster.


Son todos ellos unos nombres buenísimos, pero el que me mata es el de Peter Ensaimad. Es más, creo que ya lo voy a llamar así siempre. Y no por mala leche o por estúpida socarronería, no. Es que ya me es imposible recordar su verdadero nombre. La ensaimada lo ha ocupado todo. Ya no cabe otra cosa.

viernes, 5 de abril de 2019

El dudoso valor de la arquitectura

A mi amigo de Seseña cuyo nombre no he de decir,
y a mi amigo David García-Asenjo. Entre los dos
provocaron mi visita a un edificio que merece la pena.


Uno de mis mejores amigos... (No sé qué decir de él, ni cómo presentarlo. Es una persona compleja, como todos nosotros. Y está lleno de contradicciones, como todos nosotros).
Ha pasado unos días inquieto y algo angustiado. Ha estado rozando una crisis de ansiedad o, por decirlo en términos científicos, un jamacuco.
En fin; ya os imaginaréis: Hijos, salud, problemas varios... La vida.

El caso es que, aunque no es una persona creyente, el otro día me dijo de sopetón que quería ir a misa.

A mi edad yo ya no estoy ni por juzgar a nadie ni por sorprenderme (y no digamos escandalizarme) por las incoherencias e inconsistencias de nadie, y mucho menos por las de mis amigos. Pero lo que hice fue aprovechar que el Pisuerga pasaba por Valladolid para llevarme todo el agua que pudiera a mi molino.

Vi simultáneamente varias cosas: Que mi amigo, aunque no es arquitecto, no es reacio a la arquitectura moderna, y en más de una ocasión me ha demostrado que la sabe apreciar. Que acababan de emitir en la 2 el episodio de Escala Humana dedicado al espacio sagrado, y que en él salía mi amigo David García-Asenjo Llana hablando de una iglesia que yo tenía muchas ganas de conocer desde hacía tiempo, y ya con lo que dijo en la tele me urgió a ir. Que el sábado por la tarde-noche no tenía ningún plan y estaba disponible del todo.

Así que le propuse a mi amigo que fuéramos juntos a Rivas Vaciamadrid, que no nos queda lejos, y oyéramos misa en la parroquia de Santa Mónica. (Bueno, que oyera misa él mientras yo miroteaba y zascandileaba un poco por ahí). Le pareció muy bien con tal de que selláramos la sesión cenando unas cervezas y unas raciones variadas después de misa.

Hecho.


Llegamos cuando empezaba a anochecer. Es una urbanización en la que, al menos un sábado a esa hora, se aparca con facilidad. Nos bajamos del coche y el áspero perfil de la iglesia nos amenazó.


No había visto imágenes nocturnas del edificio de Ignacio Vicens y José Antonio Ramos. Ya de día aparece feo y conminativo, pero de noche es aún más adusto.

No obstante, la gente entraba con paz y tranquilidad, con confianza e incluso con buen humor, así que nosotros también lo hicimos.

viernes, 29 de marzo de 2019

MIES: Hielo y pasión

Ya tengo en mis manos una obra largamente esperada, el cómic MIES, de Agustín Ferrer Casas.


Conocí a Ferrer Casas por Cazador de Sonrisas, un cómic inquietante y a la vez luminoso sobre un dentista psicópata. Me gustó mucho y se lo regalé a mi amigo Francis, colega del protagonista, para que lo pusiera en su sala de espera. (No pude resistirme a proponérselo, pero supongo que por sensatez y por una mínima prudencia profesional no lo habrá hecho).

A partir de entonces Agustín y yo nos hicimos "amigos virtuales" en las redes sociales. Es curioso el grado de amistad y de entendimiento que puede lograr la gente en el mundo electrónico sin haberse visto las caras ni estrechado las manos.

Y me enteré de que estaba preparando un cómic sobre Mies van der Rohe. De vez en cuando, con morosa delectación, mostraba algunos dibujos y a unos cuantos arquitectos tuiteros nos tenía en vilo:
-¿Para cuándo estará?
-Para la primavera de 2019.
-¿2019? Uff. Vaya una espera larga.

(Para colmo, mientras tanto publicó Arde Cuba, que está muy bien, es muy divertido y trepidante, sí, y todo lo que queráis, pero a mí me sentó fatal porque yo quería MIES ya, y no soportaba que nada le distrajera de ello).

¿Cómo se puede tardar tanto tiempo en hacer un cómic? Pues porque Agustín Ferrer Casas trabaja con una meticulosidad apabullante (y, para alguien tan ansioso como yo, desesperante).


Cada página es una acuarela: Un dibujo minuciosísimo y un colorido no menos exquisito.

Mirad en este vídeo cómo colorea las gafas oscuras de Audrey Hepburn.


Así que, vistas las gafas, imaginaos los reflejos en los vidrios del Seagram: Una locura.

Pero todo esto, siendo admirable, no es lo mejor.




viernes, 22 de marzo de 2019

¡PUCHERAZO! ¡PUCHERAZO!

Con el trabajo tan gordo que me he pegado estas semanas, y nada más poner las listas en descarga salta Kike García (@kikeconkdekilo en twitter) gritando que dónde está la suya.

Este es el avatar de @kikeconkdekilo en
twitter, y así de cabreado estaba: Tal cual.

Mi primera reacción fue la de "yaestamos: eltípicodespistado quesehaequivocado; seguroquelaman-dófueradeplazo o lamandóaotrositio". Vamos, que el error no podía ser mío de ninguna manera. Estaría bueno.
Aun así, como soy de una elegancia versallesca, busqué entre mis buzones tuiteros y feisbuqueros para ver qué tenía de él (si es que tenía algo) y explicarle con desdeñosa y petulante educación que no lo había recibido o que lo había recibido tarde.
Pero vi con pasmo que no solo lo envió bien y en su plazo, sino que incluso le di las gracias y le dije que su lista entraba en el escrutinio.

Qué horror. Todo lo que llevaba hecho y publicado estaba mal.

Para colmo, su lista no votaba veinte obras recónditas, secretas, exquisitamente reservadas a connaisseurs sofisticados y raritos y que quedaran así con su solo voto. No: Casi todas eran de las ya aparecidas por aquí, y su voto alteraba ligera pero escandalosamente la posición de algunas.

¡Qué vergüenza! ¡Qué pucherazo! ¡Qué tongo había perpetrado al no admitir su lista!

Me dio la sofoquina. Me eché a llorar. Maldije la hora en que se me ocurrió esta mierda. Me vine abajo.

Bueno, me dije, a ver si podemos salvar los muebles. Al menos votaba al Guggenheim de Nueva York, con lo que el primer puesto se mantenía. Y votaba a dos obras de Wright, con lo que su liderazgo también se conservaba.

Pero otras cosas cambiaban.

miércoles, 20 de marzo de 2019

La lista (tercera y última parte)

Finalmente, y después de la turra que os estoy dando, me despido con la lista de los diez arquitectos más votados sumando los votos a todas sus obras.


El primero, y por tanto mejor arquitecto del siglo XX según los participantes, con 80 votos,
Frank Lloyd Wright.


Museo Guggenheim de Nueva York (32), Casa de la Cascada (27), Johnson Wax (10), Casa Robie (6), Rosenbaum House (1), Templo Unitario (1), Casa Johnson (1), Hotel Imperial (1) y Casa Ennis (1).
Ya, ya sé que me vais a acusar de pucherazo. Soy un wrightiano convencido, y ya en las anteriores entregas me habéis señalado con vuestro dedo acusador. Pero es lo que hay. Yo solo voté una obra del maestro, así que poco he hecho para encumbrarlo a su, por otra parte, merecidísimo podio.

Los segundos, ex-aequo, con 79 votos,
Le Corbusier y Mies van der Rohe.


Capilla de Ronchamp (30), Villa Saboya (19), Unité d'Habitation de Marsella (11), Convento de la Tourette (9), Casa Curutchet (3), Pabellón Suizo de París (2), Casa Citrohan (1), Villa Stein (1), Asamblea de Chandigarh (1), Cité Frugès (1) y Ciudad de Chandigarh (1).

Pabellón de Barcelona (25), Seagram Building (23), Casa Farnsworth (18), Casa Tugendhat (4), Nueva Galería Nacional (4), Lake Shore Drive (2), Casa con tres patios (1), Parque Lafayette (1) y Crown Hall (1).

Verdaderamente si lo hago aposta no me sale. Los tres tenores. El trío Lalalá. Wright en cabeza y, justo detrás, a un solo voto, Corbu y Mies empatados.
Es que ha salido redondo.
(Aunque van empatados, nombro antes a Le Corbusier porque su obra más votada está por encima de la más votada de Mies).

jueves, 14 de marzo de 2019

La lista (segunda parte)

A la memoria de Alfredo Aviñó García, @alfavino.
Creo que todo esto le habría gustado mucho.
Le echo de menos.
Y a Juan Carlos Ruiz, @AmasUArquitecto, mi maestro filatélico.


Twitter está que arde porque mis queridos amigos virtuales (los mismos que votaron) no están muy satisfechos con la primera parte de la lista porque es demasiado previsible.
Yo creo que es lo normal. Casi todos han votado a obras muy excitantes, secretas, provocativas... muchas... que se han quedado con un solo voto, el de cada uno. Lo normal es que las que más votos han tenido hayan sido las más previsibles, las que todos tenemos en la mente, y a las que todos hemos votado junto a las más "marchosas". (Pero, como digo, en este segundo grupo cada uno ha votado a las suyas).

Pero sigamos con la lista, que es de lo que se trata:

11º. Con 17 votos:
GIMNASIO DEL COLEGIO MARAVILLAS.
Arquitecto: Alejandro de la Sota.

Las autoridades filatélicas españolas, que tanta
dudosa arquitectura patria han emitido, jamás
han reparado en De la Sota, en Fisac, en Coderch,
en Corrales y Molezún, en Higueras, en...

12º. Con 15 votos:
TERMAS DE VALS.
Arquitecto: Peter Zumthor.

En todas partes cuecen habas.

13º. Con 14 votos:
TORRES BLANCAS.
Arquitecto: Francisco Javier Sáenz de Oiza.

De Torres Blancas tampoco hay sello, pero hay estos dos engendros:
Monedas de oro (200 €) y plata (10 €) conmemorativas de la Europa
Contemporánea. Un amasijo horriblemente diseñado de Dalí + Torres
Blancas + un sol que no sé si es de Miró o de (ojalá) Chumy Chúmez.
Pero es lo que hay. 

14º. Con 14 votos:
PISCINAS EN LEÇA DE PALMEIRA.
Arquitecto: Álvaro Siza Vieira.

Portugal, con legítimo orgullo, ha emitido y sigue emitiendo muchos sellos
con obras de Siza, pero las piscinas por ahora no están (que yo sepa).

15º. Con 14 votos:
SALK INSTITUTE.
Arquitecto: Louis I. Kahn.

También Kahn tiene algunos sellos, pero no de esta obra.

lunes, 11 de marzo de 2019

La lista (primera parte)

Bueno, pues esto ha sido el parto de los montes. Al final recibí cincuenta y siete listas. De ellas cuarenta y tres estaban completas, con sus veinte votos cada una; una tenía solo dieciocho votos (qué le costaba ya haber terminado, si para la mayoría de votantes el problema había sido el contrario, habernos tenido que limitar a veinte obras), otra diecisiete, dos catorce, una trece, dos once, una diez, dos nueve, una ocho, una seis, ¡una tres! ¡y otra dos!

Las admití todas. (Si alguien, pudiendo votar veinte edificios, votaba solo dos es que esos dos tenían que ser fantásticos. ¿Cómo despreciar su voto?).

Por lo tanto, ha habido un total de mil cinco votos.

Aunque no conozco a todos los votantes, sé que, como no podía ser de otra manera, la inmensa mayoría son arquitectos o estudiantes de arquitectura. Pero también hay algunos a quienes, sencillamente, la arquitectura les interesa y les gusta. Pues sean bienvenidos.

No os hago esperar más. Aquí os pongo los diez primeros. (Dije que la lista sería de veinte. No es solo que quiera dar suspense, que también, ni rentabilizar las tropecientas horas que me ha costado transcribir y escrutar las cincuenta y siete listas, que también; es que ocupa muchísimo y la tengo que trocear).


Primer puesto.
Mejor edificio del siglo XX según los votantes:
MUSEO GUGGENHEIM DE NUEVA YORK.
Arquitecto: Frank Lloyd Wright. 32 votos.



Sobre con matasellos del primer día de emisión del sello


2º. Con 30 votos:
CAPILLA DE RONCHAMP.
Arquitecto: Le Corbusier.

Tarjeta máxima: Matasellos del primer día de emisión del sello


3º. Con 29 votos:
ÓPERA DE SIDNEY.
Arquitecto: Jorn Utzon.

Matasellos especial de recuerdo del día de la inauguración del edificio

domingo, 3 de marzo de 2019

Necrotectónica (fuera de programa)

Mientras sigo inmerso en la transcripción y en el recuento de las listas (como ya os dije en la entrada anterior, menudo follón) me he enterado de la muerte de Kevin Roche  el viernes pasado, anteayer, y aprovecho para dar una necrotectónica apresurada con un par de anécdotas suyas que ya he contado alguna vez.

De mi biblioteca

Lo que sé de Roche (como casi todo) es porque me lo contó Juan Daniel Fullaondo, que al final de su vida colaboró con el irlandés/estadounidense en un edificio de oficinas en las calles de Almansa y de Beatriz de Bobadilla de Madrid. Pero desde muchos años antes ponía en clase de proyectos su museo de Oakland, su torre de los Caballeros de Colón y, sobre todo, su fantástica Fundación Ford, todo ello con su socio John Dinkeloo.

Museo de Oakland, Cal.

Torre de los Caballeros de Colón. New Haven, Ct.

Fundación Ford. Nueva York.

Fullaondo, siempre delicado de salud, nos contó que Kevin Roche decía que para ser arquitecto había que tener una salud de hierro, una forma física envidiable. No se refería solo a una fuerza psicológica, a una alta capacidad de resistencia ante los numerosos problemas e inconvenientes que siempre surgen y tanto agobian, sino a una auténtica fuerza física. Esto lo ha demostrado muriéndose a los noventa y seis años.

Otra cosa que nos contó Fullaondo es que en sus fantásticas obras de los años 1960s y 1970s se adivinaba siempre un componente comercial, en la mayoría de ellas muy digno, pero ya en algunas un tanto frivolón, y que ese componente fue desbocándose en los 1980s y en los 1990s, en una fiebre disparatada y postmoderna que en algunos casos llegaba incluso al delirio y era capaz de sonrojarnos.
De alguna manera algún amigo (yo creo que fue el propio Fullaondo, por cómo nos lo contaba) fue capaz de decírselo con mucho tacto. ¿Cómo era posible que él, tan grande, que había demostrado ser capaz de hacer tantas obras fantásticas, se dejara resbalar en tantas ocasiones por ese facilismo, por esa frívola tendencia a lo meramente espectacular?

A lo que Kevin Roche, muy tranquilo y de muy buen humor le contestó:
-Pues que sepas que soy capaz de hacerlo aún bastante peor. No te quepa duda.

viernes, 1 de marzo de 2019

La lista (prólogo)

El otro día Anatxu Zabalbeascoa publicó en el diario El País una lista con los veinte mejores edificios del siglo XX (Aquí la tienes) glosando el libro Cien edificios del siglo XX que acaba de traducir al castellano la editorial Gustavo Gili, que consta de listas elaboradas por muy conocidos y muy buenos arquitectos.
Para qué queremos más. Twitter se volvió loco. Empezamos a despotricar de las listas en general y de esta en particular... de que saliera antes el Guggenheim de Bilbao que el de Nueva York... de la frivolidad que suponía todo esto...

La muy sufrida y paciente Anatxu entró en el debate, explicó su labor, glosó el libro... Ciertamente acabamos reconociendo que si para nosotros, sesudos, listos (pero que muy listos), rimbombantes (pero que muy rimbombantes) arquitectos, todo eso era una frivolité, para un lector no especializado que lee prensa generalista podía estar muy bien; porque la lista, en definitiva, no estaba tan mal, y si servía para despertar la curiosidad de algunos, pues bienvenida fuera.

Así las cosas, yo, que siempre estoy pensando en este blog, vi el cielo abierto. Me iba a salir una entrada con la gorra. Me la iban a dar hecha: Convoqué por Facebook y por Twitter a todo el que quisiera para que me mandara por mensaje privado su lista de los veinte mejores edificios del siglo XX. Mi primera idea fue que si pasaba de cinco listas haría el ranking, pero según estaba escribiendo la convocatoria puse que lo haría si pasaba de diez.

También prometí que después de hacer el ranking con los veinte edificios más votados publicaría todas las listas recibidas, que también tienen su gracia: Esos edificios recónditos y "raritos" de los que solo se ha acordado uno tienen tanto interés como los ganadores que tenemos todos en la cabeza y en el corazón, y bastante más morbo.

En menudo lío me metí yo solo y sin ayuda de nadie: Mi convocatoria tuvo un éxito inesperado. Tanto que en un solo día tuve que cerrar el plazo abruptamente. (Yo había pensado dar una semana, más o menos). En ese único día me entraron cincuenta y tres listas, casi todas con veinte obras (algunas, muy pocas, con menos).

Casi todas están hechas por arquitectos, pero algunas no, y no desmerecen en nada. Son muy buenas listas, y señalan edificios muy interesantes. Los más votados son bastante previsibles, pero hay muchas sorpresas escondidas. Son listas de muchísimo nivel.
Y ha votado quien ha querido. No se ha pedido curriculum. (¿Que hay votos de doctores arquitectos y votos de simples aficionados? Pues sí. Podéis llamarme demagogo. Pero en general quien se presta a este juego es porque le gusta y le interesa mucho la arquitectura, y se nota).

A ver cómo proceso ahora toda esa información. No os preocupéis si veis que este blog no se actualiza durante una temporada: Es que estoy rebasado y agobiado por las listas.

Listas, listas, listas. Fragmento del cartel
de la película La lista de Schindler.

viernes, 22 de febrero de 2019

Dos dibujos

A Emilio, que siempre dice que me teme en abril,
porque aunque todavía no es abril me he puesto temible.
Te prometo que en abril te dedicaré una entrada alegre.


Tiempo después de morir Juan Daniel Fullaondo, mi amigo Ochan y yo volvimos a su casa. Qué tristeza y, al mismo tiempo, qué tarde tan agradable con Paloma, su mujer, siempre tan hospitalaria, tan positiva y tan buena anfitriona.

Si en vida él era el protagonista absoluto de todas las reuniones, imaginaos ahora. El gran ausente. Su sombra, su sillón, su hueco pesaba toneladas sobre nosotros. (Aunque, como siempre, las risas fueron nuestra seña de identidad. Qué bien lo pasamos siempre en esa casa).

Paloma nos contó que en sus últimos meses Juan Daniel había estado muy activo, muy creativo, y nos regaló dos libros de poesías indescifrables que había escrito: Evocando a Gerardo Diego y demás cosas y Traiciono luego existo. Luego sacó unas cartulinas con dibujos de rotuladores de colores, también indescifrables: personajes, rostros humanos (¿el suyo?) flotando en espacios metafísicos.

Nos preguntó qué dibujo nos gustaba más. Yo señalé uno sin dudarlo. Veía algo muy curioso en él (seguramente algo que me había inventado). Ochan señaló otro, elogiando no sé ya si la habilidad gráfica de nuestro maestro o su optimismo y su furor creativo en los últimos meses de su vida.

Paloma nos dijo que nos los quedáramos, y que cogiéramos otro más cada uno. Debió de irlos regalando a los distintos amigos, alumnos y discípulos, de modo que de alguna manera Fullaondo se diluyera en todos nosotros.

Inmediatamente enmarqué los dos dibujos y los puse en el salón de mi casa, donde llevan colgados desde entonces.

Juan Daniel Fullaondo. Sin título. 1994
21 x 26 cm2. Rotuladores sobre cartulina

Juan Daniel Fullaondo. Sin título. 1994
24 x 32 cm2. Rotuladores sobre cartulina

Pero, para mi desgracia, los rotuladores tienen la maldita cualidad de irse borrando con los años. Estos dibujos que acabo de mostrar eran una febril combinación de trazos cortos, nerviosos, de colores variados: rosas, marrones, verdes, azules suaves... Hoy apenas queda una muy pálida sombra de lo que fueron.

lunes, 18 de febrero de 2019

Todo ese vértigo

Siempre he sido una persona de orden (quiero decir de orden mental y de orden "programático", no del otro: Ya habéis visto en la entrada anterior una de mis libretas y mi mesa). Y siento mucho haber llegado tarde a este mundo al que ya se le ha pasado hasta el calificativo de "postmoderno".

Yo habría sido muy feliz en pleno estructuralismo, en la época dura de la modernidad. Yo habría hecho muy buenas migas con quienes pretendían sentar las bases, marcar los hitos y establecer manifiestos clarividentes, llenos de imperativos incluso categóricos. (Yo soy de los de tenerlo muy claro).

Por eso me vuelve loco este tiempo tan incierto y tan escurridizo. Ya cuando Umberto Eco publicó Obra abierta el suelo se me abrió bajo los pies sin que yo lo supiera (tenía entonces dos años). Es decir, que antes de que yo tuviera la menor noción de lo que habían hecho las vanguardias artísticas del siglo XX ya todo eso había muerto y no valía para nada.

Desde entonces tengo vértigo, y ansia, y necesidad de enterarme de algo; y cada vez que apreso una idea, un dato, una propuesta, se me escapa de entre los dedos y me quedo tan bobo como antes; tan bobo como siempre.

Que nuestro saber no sea una pirámide ordenada, sino una red de ramas y raíces que se traban, se ayudan, se estorban y se contradicen es algo que me desasosiega. Sé que es esa la única forma de que viva, de que no se acartone y rigidice. Sé que una estructura ordenada y kantiana estaría muerta, pero, ah, sería tan confortable. Yo soy aplicado y obediente. Yo estudiaría con verdadera aplicación lo que se me indicara y finalmente conocería la verdad. LA VERDAD.

Ya digo que intento enterarme de algo, y que sé que esta pretensión mía es imposible. Sé que las cosas se traban y se enredan, y me resigno a buscar, a pensar, a escribir (para ver si escribiendo me entero de algo). Repito: ME RESIGNO.

Por eso me lleno de pasmo, de admiración, pero también de indignada desazón y de desaliento con gran dosis de envidia cuando alguien como Agustín Fernández Mallo disfruta con todo esto. Pero, hombre de Dios, ¿no ve usted que todo se está yendo a la mierda? No se lo pase tan bien, coño, que es muy triste.

El muy cabrito nada en este lodazal con placer evidente y con inteligencia desbordante. Hay que ser muy canalla para mantener esa lucidez y para expresarla con tan descojonante seriedad.

Hace años un señorón de nuestras letras le afeó mucho su ensayo Postpoesía, pero aquello era un ligero caldito de pollo comparado con lo de ahora, con lo de la basura. ¡Qué barbaridad! ¡Qué cosa tan tremenda!


Un libro para leer con el lápiz entre los dientes. Pero cuidado: El lápiz se me cae muchas veces, tantas como abro la boca con sorpresa.

Este es uno de los pocos libros en los que subrayar no tiene demasiado sentido, porque al final quedan muchas más líneas subrayadas que no, y no llaman la atención para futuras búsquedas.

Es un libro de poesía. Todos los de Fernández Mallo lo son. Siempre es poeta y siempre lo ha sido, por encima de cualquier otra cosa. Incluso se hizo físico para ser poeta. Porque busca en la física los rincones y los límites más habitados por la poesía, porque hace poesía con las vibraciones, con las indeterminaciones, con las contradicciones de la "realidad" y porque sus teorías (físicas, filosóficas, culturales e intelectuales) son, antes que nada, visiones e intuiciones poéticas. Y además, y sobre todo eso, es un cachondo. Es un hombre serio, muy inteligente, lúcido, que hace unas construcciones lógico-ilógicas y dice unas cosas que te lanzan en varias direcciones a la vez, riéndote a carcajadas y muerto de miedo, y disfrutando y sufriendo de todo ese vértigo. Todo ese vértigo gozoso y terrible.

martes, 12 de febrero de 2019

No da igual

El otro día, con lo del sello de visado, me burlé un poco de esa actitud tan exquisita y tan retorcida que tenemos los arquitectos, que siempre parece que queremos tomar el camino más difícil y enrevesado para hacer las cosas, complicándonos la vida y complicándosela a los demás, y prometí que como desagravio escribiría sobre las cosas buenas que tiene también esa actitud.

Vamos con ello: Yo soy muy poco así, muy poco arquitecto, muy mal arquitecto, y tal vez por eso me indigne tanto toda esa exquisita tontería, pero la verdad es que una pequeña dosis de ella me vendría muy bien. En su justa medida es algo muy positivo.

Por ejemplo: En reuniones con compañeros les he visto sacar sus bolígrafos de gel siena y sus pulcras libretas de tapas de hule cerradas con una banda de goma y les he visto tomar notas con tan buen gusto que es que las componían y maquetaban directamente en el papel, dejando los textos bien alineados, con márgenes, subrayando títulos, sangrando subpárrafos... Sus apuntes de las reuniones eran de una belleza sublime. Y ya si hacían croquis esquemáticos me podía morir. (Yo ni atendía a las reuniones: Me pasaba el tiempo mirando de reojo lo que escribían y dibujaban mis compañeros).

Por el contrario, aquí os muestro una de mis muchas libretas de apuntes:


Una de las notas que suelo llevar en el bolsillo:


Y en este preciso instante mi mesa de trabajo está así:


Podría dar todo tipo de explicaciones (por ejemplo, la libreta era de uno de mis hijos, que la tiró hace unos años en la limpieza de fin de curso. Yo vi que apenas había usado tres o cuatro hojas, le regañé y me la quedé). Sí, podría intentar explicaros lo que fuera para justificarme, pero la realidad, la verdad verdadera, es que soy un desastre, un desordenado, un guarro... y, sobre todo, que me da igual.


Aquí os pongo la libreta de antes, pero abierta. Lo siento, quería que la vierais pero no que la leyerais, así que he quitado resolución a la foto y la he desenfocado todo lo que he podido. Os describo lo que hay.
Página izquierda: En la parte superior hay un apunte que cuando dejó de tener validez fue tachado con una trama feroz de líneas inclinadas. En la zona izquierda hay un listado también tachado, y más a la izquierda, por fuera del margen, dos líneas en vertical. En la parte derecha un soneto boca abajo. (Se ve que le di la vuelta a la libreta para que no me molestara el alambre).
Página derecha: Dos grupos de notas: La mitad superior es un asunto y la inferior otro, que cubre un mapa esquemático de Gran Bretaña e Irlanda que iba relacionado con lo de arriba. Una flecha recoloca la segunda nota del segundo grupo por encima de la primera. Y la esquina inferior derecha arrancada de un tirón. ("Toma, te apunto mi NIF. Raaass, ahí lo tienes"). Reconozco que esto último no es normal. En otras hojas faltan otras esquinas y están cortadas más cuidadosamente, incluso plegando previamente el papel para que el corte salga recto.
El resto de la libreta ofrece un aspecto similar: Un cacao mental.

Si las tengo así es porque me digo: ¿Qué más da tomar notas ordenadamente, incluso diseñando la página al hacerlo, o tomarlas de cualquier manera? Lo que importa es la nota, el concepto, el dato, no cómo se diseñe el texto sobre el papel. Eso da igual.

Pues no. No da igual.

Estos compañeros que toman esas notas tan bonitas parece que siempre van recién duchados, que huelen bien, mientras que yo... ¿Viendo las fotos que he puesto no notáis hasta mal olor?
Y además se me olvidan citas, teléfonos, presupuestos... porque los traspapelo, porque los mezclo, porque no sé dónde los he puesto, si en esa libreta o en otra, o en una hoja suelta.
Como el tío Billy de Qué bello es vivir, que se llena los dedos de hilos atados para acordarse de cosas que le rebasan, y cuyo lamentable sistema de organización y control le lleva al desastre.


(Sé que me sigue gente que se dedica a hacer cursos y coachings para enseñar a organizar el trabajo, racionalizar la agenda, optimizar los tiempos, rentabilizar los esfuerzos, y que al leer esto, y tras recuperarse de la arritmia transitoria que les habrá dado, o del espero que no demasiado grave soponcio, me van a llamar y me van a ofrecer sus servicios. No quiero hozar más en este charco, así que daré un elegante giro narrativo).

jueves, 7 de febrero de 2019

La tontería

A un cliente mío le han pedido una fotocopia del certificado final de una obra que hemos terminado hace poco.
Naturalmente, se la he hecho de mil amores (José Ramón Hernández: Un admirador, un amigo, un esclavo, un sierrrvo; estaría bueno; para eso estamos), pero, para mi sorpresa, ha quedado así:


A la izquierda podéis ver un fragmento del certificado original, y a la derecha su fotocopia. ¿Qué ha pasado? Pues que en esta ha desaparecido el sello de visado del colegio de arquitectos.

Qué error, ¿no? Valla(*) fallo.

Soy muy tolerante con los errores -con los de los demás más que con los míos-, y si esto se hubiera debido sencillamente a una mala elección del color de la tinta por un descuido, y porque no se puede estar en todo, pues venga, vale, no pasa nada. Se aprende del error y se corrige. Pero no: Se ha debido a que somos siempre sublimes, refitoleros, exquisitos, y estas cosas sí que me sacan de quicio. Se trata, una vez más, de un inconveniente debido a nuestra proverbial tontería. Sí: Los arquitectos tenemos una tontería encima...

miércoles, 30 de enero de 2019

Cuando Alvar encontró a Paco

Hace tiempo ya hablé aquí de la sorpresa que me produjo encontrar cerca de mi pueblo una urbanización cuyas calles tenían nombres de arquitectos ilustres.

El otro día, yo creo que por autoescandalizarme y hacerme daño gratuitamente, quise pasear virtualmente por la calle de Alvar Aalto utilizando el Google Street y vi cosas como esta:


Es la calle de Alvar Aalto esquina con la calle de Sáenz de Oiza en Illescas (Toledo). A esa casa se entra por la calle del navarro, pero la foto está tomada desde la del finlandés. (Curioso encuentro el de ambos maestros).

Puse en twitter esta misma captura de pantalla, acompañándola de una maldición grosera que no voy a repetir aquí, principalmente porque este blog lo lee mi director espiritual y el twitter no; así que allí me permito exabruptar con soltura.

Sí diré que esa maldición grosera que solté fue compartida e incluso aplaudida por algunos, pero un compañero me la afeó muchísimo, lo que me movió a querer darle explicaciones. Lo que pasa es que twitter es un muy buen sitio para tirar la piedra, pero no tanto para pedir excusas o matizar argumentos, por aquello de su brevedad. Por eso me lanzo a escribir esta entrada.

Empezaré diciendo que mi grosería no iba dirigida contra el arquitecto firmante de esa bazofia ni contra nadie en particular. Estaba en plural e iba dirigida a todos. Era (o quería ser) como la maldición que lanza George Taylor al final de El Planeta de los Simios. "Yo os maldigo a todos".

Yo os maldigo a todos. [...]. Os maldigo.

Y me maldigo a mí mismo, pues confesé allí, y vuelvo a confesar aquí, que he hecho casas peores que la de la foto. (Lo que pasa es que ni en la calle de Alvar Aalto ni en la de Sáenz de Oiza).

lunes, 21 de enero de 2019

Polvo, hormigón, vanidad

A mi padre.



Algo que deberíamos repetirnos los arquitectos todos los días es que los edificios que hacemos están en la ciudad o en el paisaje, y que lo agradables que puedan ser depende de su capacidad de diluirse en su entorno, de "estar bien" allí.
El edificio que diseñemos no va a salvar nunca a la humanidad, ni va a arreglar la calle en la que esté, ni va a darle sentido al entorno. Sí que puede, por el contrario, causar dolor o estropear el ambiente circundante.
Esto es bueno que nos lo digamos a menudo. Tenemos que ser conscientes de que los arquitectos no somos los protagonistas de la jugada ni los reyes del mambo. Somos -debemos ser- unos profesionales útiles que hagan discreta e inteligentemente su trabajo. Es que, de verdad, no sé qué nos hemos creído.

Vivimos en un entorno construido y estamos constantemente viendo edificios. Edificios anónimos. Edificios no muy buenos, pero en general aceptables siempre que no digan "aquí estoy yo". En ese caso, uf, qué jartibles.
La mayoría de nosotros somos capaces de hacer cosas decentes, bien pensadas, sensatas y agradables. Pero a veces se nos va la olla intentando hacer la obra maestra, el gran cacharro epatante. No somos capaces de reconocer nuestras limitaciones, y ahí metemos la pata hasta el fondo y obsequiamos al mundo con un nuevo bodrio. Y anda que no hay. Demasiados.

Los edificios son como las personas. Hay pocos realmente apasionantes. Con la mayoría ya nos vale (y nos vale muy bien) con que sean educados, respetuosos y correctos. Pero siempre están los zafios pesados que interrumpen cualquier conversación para decirnos que les han operado de la vesícula, y nos explican su operación y sus dolores y sus síntomas con pelos y señales, y nosotros estamos deseando que terminen y que se vayan o nos dejen escapar: Pues esos son los edificios con ringorrangos y jeribeques, los edificios que se creen importantes y lo eructan. Qué cansancio.

Madrid. Una calle cualquiera con edificios cualesquiera.
(Imagen anodina sacada del Google Street. Y sin embargo yo fui muy feliz ahí).

A este respecto, el otro día hablé de un cardenal rimbombante y hoy quiero hablar muy brevemente de mi padre, si soy capaz.

Mi padre fue un hombre honrado, serio, cordial, juicioso y cariñoso. Sí, era serio -y levantaba la ceja-, pero tenía un sentido del humor muy especial.
Mi padre era de la generación que pasó de vivir la guerra civil y la miseria en su infancia a descubrir la lavadora, la tele, el utilitario y las vacaciones en la playa. A mis hermanos y a mí nos inculcó el amor por la lectura y por el cine, y a ser honrados y decentes.
Jugaba mucho con nosotros. Nos hizo un campo de fútbol de chapas con unas porterías... qué porterías; y con un marcador...