sábado, 28 de marzo de 2020

La señora y Bachelard

Esta mañana han salido por la radio unas cuantas mujeres mayores que viven solas y que se defienden bastante bien en este duro confinamiento que estamos pasando. Han hablado de las muestras de cariño y buena vecindad consistentes en que siempre hay alguien que les deja el pan y la leche en la puerta (benditos sean), y de las diarias conversaciones por teléfono con los nietos.

La que más me ha llamado la atención ha sido una señora de más de noventa años (creo que ha dicho noventa y dos), que se levanta, ventila, hace la cama, desayuna... por las tardes sale al balcón a aplaudir y hay unas luces azules (deben de ser las de la policía) que le encantan. Ve la tele, lee alguna revista...

Albert Anker. Anciana leyendo

Debe de ventilar mucho, porque lo ha vuelto a decir después de leer la revista. Ha confesado que estaba hablando desde su dormitorio; seguramente sentada sobre la cama. Aunque una viva sola y nadie la moleste en ninguna habitación, parece que para las llamadas importantes se está más concentrada en el cuarto que en la sala.

Ha hecho mucho hincapié en las luces que entran por las ventanas y por el balcón y ha rematado con: "Es que tengo una casa preciosa".

jueves, 19 de marzo de 2020

Mondrian en mi casa


Estos días de pandemia y pánico los estoy pasando en casa y en el estudio, sin salir, y me paso horas con esto enfrente:


Así que os lo voy a contar:

Es un póster del Centro Pompidou de París que muestra el cuadro New York City, de 1942, de Piet Mondrian.

El cuadro, propiedad del museo parisino, es este:

Piet Mondrian. New York City. 1942

Y ellos lo "posterizaron" añadiéndole el rótulo gordo abajo y un margen blanco alrededor. Además lo serigrafiaron con un fondo blanco impoluto y una uniformidad de color en las líneas que el cuadro de Mondrian no tiene.
Para colmo yo le añadí unas líneas grises que... Pero eso lo contaré luego. Por ahora imagináoslo sin esas líneas torcidas añadidas (cuyo origen y motivo supongo que os parecerá obvio).

viernes, 13 de marzo de 2020

Las letras vaciadas

El otro día la arquitecta y profesora @jblPaz, del estudio PAZ+CAL, puso en Twitter un excelente edificio (no suyo) de Toledo, y yo lo apoyé y lo intenté difundir, y aproveché para decir que mucha gente admira la arquitectura toledana de siglos pasados y no sabe que la ciudad imperial también tiene excelentes edificios contemporáneos.
Ella se sumó dando una lista de magníficos arquitectos actuales que tienen obra en Toledo, pero, naturalmente, se excluyó por modestia. Yo creo sinceramente que PAZ+CAL son de los mejores y así se lo dije, y, como no lo había hecho ella, puse fotos de su Consejería de Educación de Castilla-La Mancha, en la calle del Río Alberche, de Toledo.
Y los dos nos acordamos de un artículo que escribí hace muchos años. Ella lo conserva, cosa que me honra, y me lo pasó.
Lo leo y, esté mal o bien escrito, creo que cuenta algo muy interesante sobre la relación de los arquitectos con las administraciones públicas, y pienso que aunque ya tiene dieciséis años (qué barbaridad) sigue valiendo porque lo que cuenta es eterno.

Os lo pongo. Apareció en la ya desaparecida revista Ecos, de Toledo, en el número del 20 de febrero de 2004. (Se nota su edad, por ejemplo, cuando aún estoy tan desorientado con la supresión de la ché y de la elle, pero lo dejo tal como lo escribí entonces).



Las letras vaciadas

Hace unos días el Colegio de Arquitectos organizó una visita a las obras de la Consejería de Educación, en el barrio del Polígono, en Toledo. Nos reunimos allí un grupo de compañeros (y, sin embargo, amigos), y esperamos unos minutos a que comenzara la visita.


Había algo muy apropiado para entretener nuestra espera: La explanada de acceso estaba poblada por letras grabadas, vaciadas en la solera de hormigón, que, aparentemente, no significaban nada. Estaban sueltas, pero seguían pautas paralelas, lo que invitaba a intentar descifrar un posible mensaje buscando lecturas en horizontal o incluso en vertical, al derecho y al revés. Nada. Imposible. Aquello parecía ser un mero recurso gráfico: utilizar las letras como objetos decorativos haciendo una analogía entre la Consejería de Educación y el aprendizaje, las primeras letras, los textos, la cultura... Bien; pues vale.

Reconozco que tengo sensaciones contradictorias ante el uso, tan de moda, de las letras como objeto de diseño y de consumo. Por una parte, las letras son fascinantes gráficamente, como objetos formales, y nos dan la impresión de que siempre han existido. (¿Quién se atrevería a inventar una letra nueva?). Y para las veintitantas letras existentes (ya no sé el número exacto, después de lo de la “che” y la “elle”) hay mil diseños tipográficos, tan diferentes que parece mentira que se refieran a las mismas letras, y sin embargo éstas son reconocibles por debajo o por detrás del diseño. Por ello, qué bonito resulta emplear las letras como bellos objetos decorativos, o como ensalmos, talismanes o amuletos mágicos.

Pero, por otra parte, una letra sin significado tiene algo de monstruoso, como un residuo mutilado y mutante. Uno ve una “a” y dice “a”, aunque sea en silencio. Suena “a”, y se queda en nada, en un miembro desgarrado de su cuerpo. ¿Es la “a” de “amor” o es la “a” de “arenque”? Con las letras conviene ser serio, tomárselas en serio. Ya sé que ahora, en plena postmodernidad, da igual ocho que ochenta, y lo que priva es la desconstrucción del mensaje,  la descontextualización del signo, la ambigüedad de los significados, el fin de la razón, el pensamiento débil y todo eso. Pero, a fuerza de relajar nuestra capacidad crítica y nuestro rigor, y a fuerza de avergonzarnos de la dureza que conlleva el racionalismo, hablamos con entusiasmo del pensamiento débil cuando en realidad deberíamos hablar con dolor de la debilidad del pensamiento.

viernes, 6 de marzo de 2020

Hormigón

A Luis González Jiménez, enamorado de los materiales, que
enseña con rigor técnico, profundidad filosófica y amor poético.
Y por lo mismo, pero específicamente con el hormigón, a Manuel F. Herrador.
A Pedro, que lee este blog y a veces comenta. (Hoy por alusiones indirectas).
A Emilio. Sin él mis conocimientos sobre el hormigón serían bastante peores.



-¿Hueles eso? ¿Lo hueles, muchacho? Es hormigón. Nada en el mundo huele así. ¡Qué delicia oler hormigón por la mañana!
Teniente coronel Bill Kilgore
Apocalypse Now


Hemos quedado por la mañana, temprano. El constructor me dijo ayer por la tarde que estaban terminando y que hoy querían hormigonar.
Como de costumbre, y por mucho que advierta que no lo hagan, ya está avisada la central y las cubas están a punto de salir. Todo muy bien si doy el okey a la primera, pero si digo cualquier cosita: que pongan ahí un par de redondos más, que coloquen los conectores de otra manera... lo que sea, ya tenemos el lío, con las hormigoneras avasallando porque necesitan verter.
Pero me han dicho (siempre lo hacen) que no pasa nada. Primero, que está todo bien porque lo han comprobado de sobra, y segundo, que si se me ocurre cualquier parida me harán caso en cero coma siete segundos. Ya veremos.

Para ser la primera hora el tráfico ha sido más fluido de lo que esperaba y he llegado unos minutos antes de lo previsto. No acerco mucho el coche a la obra para no estorbar a las cisternas cuando lleguen (y para garantizarme mi marcha cuando me apetezca, sin depender de que me dejen el paso libre), sino que lo dejo a unos cien metros de distancia y miro desde lejos la obra mientras sigo escuchando el programa de radio que traía conduciendo. Están todos allí, pero aún no quiero aparecer. Me hago perezosamente el remolón.

Estoy así poco tiempo. Escucho al locutor hasta que termina su esclarecedor comentario, apago la radio y salgo del coche.


Accediendo ya al solar tengo una impresión engañosa: Sobre la tierra hay tablas, chapas sobrantes de encofrado, armaduras... y da una impresión de desorden. No es así. Obviamente, no es un quirófano ni una biblioteca, pero las cosas, incluso los estorbos, están donde tienen que estar. Hay paso libre para los camiones y todo está pensado para que el hormigón llegue hasta el último rincón del forjado y para que los trabajadores puedan moverse alrededor extendiéndolo y vibrándolo.

Es el primer forjado, el suelo de la planta baja, a pocos centímetros de altura sobre la tierra, y mi proverbial torpeza lo agradece. Ya llegará la cubierta y vendrá el llanto y el crujir de dientes, pero hasta entonces vamos a relajarnos y a disfrutar.

Agarro el plano y me subo a pisotear viguetas con el encargado. Es el rito de siempre, y repito lo de siempre (y me contestan lo de siempre), pero nunca es aburrido ni cansado. Es una liturgia mágica, sagrada.

viernes, 28 de febrero de 2020

Querida Rocío:

Querida Rocío:

En estos tiempos de zozobra, de turbiedad y de inquietud te escribo esta carta para manifestarte todo mi apoyo y toda mi admiración, que raya en pura envidia (sanísima, eso sí).

Eres un ejemplo para todos: una mujer de voz dulce e incluso meliflua, pero de convicciones firmes; una persona elegante, atractiva, activa y eficiente; una emprendedora; una luchadora optimista, que no le teme a los recovecos de la vida.
No puedo evitar verte como una suerte de monja seglar, como una santa guerrera, una Juana de Arco, una adelantada y una Arya Stark dispuesta a todo por salvar a su familia, a sus huestes y a su reino.


Has sido arquitecta antes de ser arquitecta, una profesional eficacísima que ha pergeñado imaginativas figuras administrativas y legales, una emprendedora, una gran creativa más allá de la supuesta (y tan reducida, y tan manida) creatividad de los arquitectos.
Según ha contado el Pepe de Los Pepes, que fue tu catedrático de proyectos, eras una alumna ejemplar, incluso brillante, y a mí no me extraña: No hay más que verte. Te imagino en clase, atenta, trabajadora, afable, educada... Un ejemplo para todo el alumnado, siempre tan disperso y despistado, tan patán. Tú no; tú ibas a lo tuyo con una claridad de ideas y una determinación pasmosas.

domingo, 23 de febrero de 2020

Pérdida de

Dentro de un par de meses cumpliré sesenta años, que es una cifra rotunda que no me termino de creer (qué rápido ha pasado todo; me parece mentira). Fui arquitecto a los veinticuatro años (a punto de cumplir los veinticinco), y he trabajado ininterrumpidamente como tal desde entonces (qué difícil es esto para los jóvenes de ahora), sin haber construido jamás nada de valor. O de bastante valor. O de mucho valor. O yo qué sé.
Siempre me ha apasionado la arquitectura, pero, aunque he tenido muchos clientes y muchas oportunidades, las he desaprovechado todas.
Alguna cosa digna sí he hecho, y de dos o tres (bueno: a lo mejor diez) me siento razonablemente satisfecho, pero en todo caso no son para tirar cohetes ni dar saltos de alegría.
Sigo teniendo curiosidad por muchísimas cosas, pero a lo mejor no por las que tenían que ser. Bueno; en fin; es todo muy lioso.
En este panorama, y desde mi situación personal y bajo mi exclusiva responsabilidad os cuento lo que sigue. Es, repito y volveré a repetir, mi punto de vista y mi circunstancia aquí y ahora. No lo extendáis a la cosa en sí, sino a mi mirada sobre la cosa.

Hace unas semanas un amigo y compañero nos preguntó en twitter a quienes no hubiéramos entrado aún en el BIM(1) por qué no lo habíamos hecho: si por miedo, por pereza, por el esfuerzo, por el coste, por incomprensión, por incredulidad...
Le contesté a bote pronto:

No me cabe en un tuit todo el vértigo, el hastío y el cansancio.
Solo digo que cuando sea estrictamente necesario para poder seguir trabajando me jubilaré.
(Este año cumplo 60. Tengo Autocad 2004 porque en 2005 dije: "Ya vale". "Hasta aquí").



Naturalmente, mi amigo me pidió explicaciones, ya que no podía entender mi actitud (puesto que tiene la generosidad infinita de creer que no soy un completo imbécil). Y se las esbocé:

En un tuit no puedo. Ni en cinco.
Hay cansancio existencial, fracaso incondicional (¿para qué todo), aversión al cacharreo, nostalgia, impotencia, conciencia de inutilidad, mal enfoque de objetivos, clientes, baja de honorarios, pérdida de status, falta de perspectiva, pérdida de

(Lo escribí de corrido, sin pensar -e incluso sin cerrar la interrogación después de abierta- y hasta el límite de caracteres. Acabé en "pérdida de" (repitiendo la palabra recién utilizada) y ni me acuerdo de qué era esa pérdida. Pero creo que se entendía lo que quería decir).

domingo, 16 de febrero de 2020

Planos de arquitectura

Veo que en muchos proyectos de arquitectura los planos se separan por temas, y eso me parece muy bien. Lo que me parece fatal es que una de esas series de planos se llame "arquitectura".


Llevamos toda la vida sosteniendo que la arquitectura es un todo orgánico y que está constituida por la confluencia de las técnicas y destrezas más variadas: estructura, fontanería, climatización... Todo es arquitectura. O, mejor dicho, la arquitectura es el resultado de todo ello. Y así nos lo enseñan en las escuelas, en las que se nos da un alto nivel, muy exigente, en todas esas competencias.

Pues bien: Ahora resulta que nosotros mismos decimos que "arquitectura" son solo las plantas, las secciones y los alzados, y solo si no portan ninguna información "técnica".

Vaya una mierda. Nosotros mismos estamos diciendo que la arquitectura es solo la fruslería, el oropel y la martingala. Y luego nos queremos hacer respetar. Así nos va.

sábado, 8 de febrero de 2020

Esos seres pintorescos

A @arquimorgan.

Lo bueno de tener seguidores tan fieles y tan generosos como vosotros es que me sugerís muchos temas y muchas ideas para el blog.
Esta vez ha sido el tuitero @arquimorgan quien me ha enlazado (justo antes de que empezara a verlo por todas partes) este feliz tuit de Ana Isabel Jiménez, alcaldesa de Alcalá de Guadaira (Sevilla):


Está muy orgullosa por haber dotado de una rampa adaptada (¿adaptada a quién?) al CEIP San Mateo, con la que "ganamos seguridad para los menores". Seguridad. Ya. Ya, ya, ya. 


La rampita se las trae. Está pidiendo un punto de avituallamiento en mitad de su desarrollo, como sugiere @arquimorgan, o incluso una parada y fonda.

Esa rampa podría valer para hacer alguna prueba paralímpica, porque es obvio que para poder utilizarla hay que ser un atleta.

Yo me canso solo con ver estas fotos. Me sofoco y me da como un ahogo. Qué mamotreto brutal.


Pero, ya puestos a inaugurar cosas y a presumir de obras públicas, lo suyo habría sido ir allí con una de esas pintorescas personas que van en sillas de ruedas (qué graciosas son) y, hala, haberla puesto a subir la rampita mientras la alcaldesa y sus acompañantes le lanzaban gritos de ánimo y se reían a carcajadas.

Me recuerda mucho a lo de la chorraera de Estepona, pero ahí la probaron (y entonces fue la gran juerga y la gran irrisión) y a esta rampa parece que aún no. Qué hermoso habría sido que acompañaran a un discapacitado (te tronchas) y lo pusieran a subir la rampa mientras ellos lo hacían por la escalera vitoreándolo:

-¡Venga, así, así!
-¡Muy bien! ¡Sigue!
-¡Sube!
-¡No te pares! ¡Ánimo!
-¡Venga, que ya casi has hecho la cuarta parte!
-¡Bravo! ¡Bravo!
-¡Un poco de ritmo, hombre, que no se diga!
-¿Pero qué haces? ¡No! ¡No! ¡Sigue, que casi estás llegando a la mitad!
-(¿Qué le pasa a ese gilí?)
-¡Pero dale!
-(Vaya un mierdecilla. Que me traigan otro).

miércoles, 29 de enero de 2020

Dos bandas negras

Hace tiempo se hizo muy famosa la estrafalaria bruja Lola, que adivinaba el futuro de los espectadores de la tele con el consabido éxito que tienen todos estos cantamañanas, y que, cuando alguien la pillaba en un renuncio clamoroso, saltaba airada y amenazante: "¡Te viá poné doh velah negrah!"

La bruja Lola y sus dos velas negras

Bueno, pues a mí no me han puesto dos velas negras, sino dos bandas negras. Y no sé qué es peor.

He terminado con una gran satisfacción una de las mejores obras que he hecho en mi vida (lo cual, dado mi irrisorio nivel, tampoco es decir mucho). Ha sido una experiencia buena en todo.

Desde el primer momento, cuando conocí a mi cliente, las cosas fueron bien. Venía con unas ideas claras y sencillas y a partir de ellas se dejó aconsejar por mí. Además estaba abierto a una imagen moderna de arquitectura y a mí me sentó estupendamente aparcar (siempre de manera provisional) los canecillos de hormigón imitando madera, los falsos arcos de ladrillo, las columnas de piedra, las balaustradas y toda la panoplia habitual de gadgets.

En este caso, además, esos adminículos paleto-clásico-rústico-pintorescos no fueron sustituidos por otros moderno-cool-pedantes, sino que las cosas fueron surgiendo como convenía y cuadraba, y todo salió de una forma muy natural.

Para colmo, el propietario, que tiene una pequeña empresa constructora y mucha curiosidad e iniciativa, introdujo en obra algunos elementos (siempre consultándonos al arquitecto técnico y a mí) que mejoraron notablemente el proyecto.

La obra se desarrolló muy bien, y yo, vanidoso al fin y al cabo, y muy necesitado de cariño, hice lo que no he hecho nunca: poner algunas fotos en las redes en las que ya se veía perfectamente todo, y faltaban solamente los últimos acabados.

Como el propietario-constructor se gana la vida haciendo otras obras y esta era para sí mismo y su familia, al final le iba dedicando ratos muertos, fines de semana y vacaciones, y parecía que nunca se iba a terminar.
Cuánto disfruté esta obra y qué ganas tenía de verla terminada del todo. No me podía esperar más.

Pero finalmente se ha terminado. Maldita sea.

viernes, 24 de enero de 2020

Destacar

Hace un par de fines de semana he estado de "turismo interior" y he visto muchas cosas interesantes. Pero he de confesar, lamentablemente, que aunque yo sea un amante y un defensor de "lo moderno" (entiéndase esto como se quiera), ha sido muy deprimente constatar la penuria arquitectónica y urbanística media de lo construido en el siglo veinte y en lo que llevamos del veintiuno.

He disfrutado de algún palacio renacentista, alguna iglesia barroca y alguna casona judía o mudéjar que, sin ser grandes cosas en sí mismas, mostraban un carácter, un tono medio y una adecuación espacio-temporal estupendos. Y, sobre todo, las casas de arquitectura anónima, incluso pobretona en el reseco sur de Castilla y en el norte de Andalucía, con su silencio y modestia crean entornos amables, habitables, tranquilos y al mismo tiempo duros y agrestes. Llenos de vida y de fuerza.

Pero, por el contrario, cuando he visto el tono medio de lo de ahora (dándole a ese "lo de ahora" unos sesenta o setenta años de margen) he constatado su futilidad, su bajeza, su paletez, que hacen que en cualquier ciudad, salvando dos o tres hitos valiosos de arquitectura contemporánea que vemos con unción y devoción, prefiramos pasear por el casco antiguo por más anodino que sea antes que sufrir los barrios nuevos y, no digamos, las urbanizaciones.

¿Qué ha pasado?

Puse esta foto en las redes sociales:

Valdepeñas (Ciudad Real). Puerta del Vino

y obtuve muchas reacciones de estupor. No es para menos. (Aparte de que podéis clicar la foto para verla más grande, os dejo aquí un enlace para que podáis daros un paseo virtual).

¿Qué mente enferma ha podido perpetrar esa cosa? ¿A qué corporación municipal o a qué jurado le pudo parecer bien que se hiciera eso?

Este ejemplo está tomado en Valdepeñas, pero no quiero ensañarme con esta ciudad: Es un fenómeno incomprensible que arrasa y vandaliza cualquier otra que se nos ocurra visitar. Pero ya que estoy con este famoso emporio manchego del vino aprovecho para poner una foto de sus bolardos. ¿Apetece una copita?


De verdad: Qué gracia y qué humor tiene la gente. Qué derroche de imaginación el de todos los ayuntamientos. Así da gusto vivir en estos entornos sugerentes, simbólicos y divertidos.

Sin embargo, creo que todas estas chorradas y mamarrachadas no son lo peor. Creo que mucho más doloroso que estos chispazos de pobre ingenio y de dudoso gusto son los paisajes urbanos desabridos, son los entornos tan chungos en los que vivimos casi todos nosotros.

miércoles, 15 de enero de 2020

El mejor de los tiempos

Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos;
la edad de la sabiduría y también de la locura;
la época de las creencias y de la incredulidad;
la era de la luz y de las tinieblas;
la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.
Todo lo poseíamos, pero nada teníamos.
                                     Chals Diquens. Historia de dos ciudades.


A menudo pienso en la suerte que tenemos todos los que vivimos en esta época, en la que cada día asistimos a nuevos avances científicos y descubrimientos. Es algo que nos llena de optimismo y de alegría, y que, de vez en cuando, nos hace recordar con nostalgia a nuestros abuelos: "Pobres; si ellos hubieran sabido..." "Si en su época se hubiera conocido este tratamiento médico..." Pero qué le vamos a hacer: A nosotros nos ha tocado disfrutar.

Y lo mejor es que estos nuevos hitos del conocimiento no están reservados a una reducidísima élite, a unos muy pocos privilegiados, sino que gracias a los medios de comunicación -que a su vez son cada día más ubicuos- nos llegan a todos.

El penúltimo zambombazo, de hace apenas dos días (13 de enero) ha sido este:


Sí. Sí. Fijarze bien: 13 de enero de 2020 a las 5:30 de la tarde: "Última hora". Lloro de la emoción. La Tierra no es plana. Última hora, sí: última hora. Me eratosteneo de entusiasmo(1).
¡Qué cosa más grande!
Pero es que las sorpresas y las excitaciones no acaban ahí. Al día siguiente, ayer, asistimos a esto:


Volverze a fijá: 14 de enero de 2020 a las 9:45 de la mañana. Solo dieciséis horas y cuarto después de que los científicos supieran que la tierra no es plana, han descubierto por qué pasamos frío en invierno. Bueno, vale, pasamos frío en invierno porque lo hace. Ya. Eso ya lo sabíamos. A lo que quiere referirse el titular es a que ya se sabe por qué hace frío en invierno.
Y es que, pasmaos, ¡la Tierra gira de dos formas a la vez! Por una parte, gira sobre sí misma, en torno a un eje que une sus dos polos, y por otra, gira alrededor del Sol. Ya, ya sé que cuesta creerlo, pero aún no he dicho lo más gordo.
Lo más gordo es que ese eje interno de la Tierra no es perpendicular al plano en el que esta da la vuelta al Sol, sino que está ligeramente inclinado. Y, por eso, al pasar por una zona del circuito los rayos del "astro rey" nos pegan más perpendicularmente y al pasar por la opuesta nos rozan de forma más oblicua.
Y esto, a su vez, tiene un corolario inquietante: Cuando el Sol le pega más de lleno al hemisferio norte roza más suavemente al sur, y al revés. Es decir: Cuando en uno es verano en el otro es invierno, y viceversa.

Yo m'he quedao to loco to loco to loco. ¡Dónde vamos a llegar, Dios mío!

viernes, 3 de enero de 2020

La estrella y el penalti

No sé si habrá habido alguna vez alguien más torpe que yo en los deportes. Seguro que sí, porque somos muchos en este mundo y tiene que haber de todo; pero habría que buscar con muchísimo cuidado y muchísima paciencia para encontrar a una persona que me superara en patosidad y en descoordinación motriz.

Mi drama fue que, en vez de odiar y despreciar el deporte como hacen por legítima defensa todos los negados para él, a mí me apasionaba. Yo habría dado... no sé ni qué habría dado por jugar bien, por ser competente, por que al echar a pies me pidieran de los primeros.

-A Igual.
-A Hortigüela.
-¡A mí, a mí! -gritaba yo.
-A Petite -seguía imperturbable uno de los capitanes.
-A Sobrino -decía el otro.
-¡A mí, a mí! -insistía yo.
Pero nada. No me elegía ninguno.
Al final yo era el único que quedaba, y el capitán que tenía ese último turno decía con tono de asco y resignación:
-A Correa.

Y yo era feliz, porque por fin me habían alineado; y me entregaba al partido. Las fallaba casi todas. Subía y bajaba corriendo sin eficacia alguna. Sudaba y acababa con la cara retinta, jadeante, sin haber hecho otra cosa que estorbar a los míos y no molestar en nada a los contrarios. Un desastre. Una rémora.

Era tan inútil y me perdía tantos partidos y tantas oportunidades (a menudo los capitanes consideraban que el cupo estaba cubierto y los más torpes nos quedábamos sin jugar) que tomé la heroica decisión de ser portero. Tampoco es que fuera bueno en eso, ni mucho menos, pero como nadie quería serlo y yo me ofrecía empezaron a contar conmigo más asiduamente. Y yo tan contento.

Lo de ser portero era tremendo: Te pasabas minutos y minutos sin hacer nada, aburriéndote tú solo, sin participar en el juego ni en las tensiones de tus compañeros (el portero de fútbol ha sido siempre un personaje extraño), y de pronto se acercaba un adversario, te tiraba un chupinazo que ni veías venir y gol.

Contado así no parece apasionante, pero para mí lo era por el mero hecho de estar ahí, de formar parte del equipo y de su épica. En cuanto a los demás, como la otra alternativa era poner en la portería a alguien que iba a estar a disgusto y que era mucho más útil en cualquier otra posición, aceptaban que estuviera yo, que me lo tomaba con entusiasmo y me tiraba planchazos al suelo y todo, y, aunque casi todas entraban, alguna llegaba a parar.

Con el tiempo y mi gran voluntad y entrega llegué a ser, si no bueno, al menos pasable. Y ocupé ese puesto de portero casi con dignidad.

Foto sin acreditar, obtenida en

Jugábamos en la vaguada del arroyo Abroñigal, debajo de un puente, años antes de que hicieran la M-30. Competíamos espontáneamente entre nosotros o contra cualquier pandilla que se prestase a dar unas patadas al balón.
Pero un día llegó mi oportunidad de brillar. Le jour de glorie est arrivé. Jugamos un partido de verdad en un campo de fútbol de verdad contra un colegio de campanillas. Yo me sentía como El Gato de Odessa. ¡Qué emoción!

El otro equipo era mejor que nosotros, pero nos defendíamos con dignidad. Hice alguna parada fácil y mantenía impenetrada mi portería. Pero la presión de ellos era alta y, en un ataque suyo, uno de mis compañeros no fue capaz de sujetar a quien llevaba el balón y le arreó una buena patada. Penalti.

A mí, lo confieso, ese castigo me emocionó: Era la oportunidad de lucirme. Los héroes épicos surgen en momentos como ese. ¿Y si lo paraba? Sería el héroe de mi equipo; sería finalmente un buen futbolista; me ganaría el respeto y el prestigio de una vez.

Sí: Estaba dispuesto a volar, a lanzarme sin miedo, a estrellarme contra el suelo con el balón atrapado en mis manos, aunque me pegara un buen golpe, aunque me doliera mucho. Lo iba a lograr. Iba a ser el momento más importante de mi vida. (Al menos de mi vida deportiva, que hasta ese momento, como digo, había sido nula).