Tras darse un garbeo por la Feria de Nuestra Señora de la Salud el pasado viernes 29 de mayo, discutiendo probablemente de metafísica, y a lo mejor probando algún producto típico de la tierra, fermentado o destilado, que les ha debido sentar mal, tres jóvenes se han subido a sendas columnas y han orinado ante y hacia la Puerta del Perdón de la mezquita de Córdoba.
Lo primero que se me ocurre es que su situación fenomenológica no les ha impedido trepar ahí, cosa que me parece dificilísima, ni, lo que aún me parece mucho más meritorio, bajarse los pantalones (uno de ellos, según vemos, solo se ha bajado la bragueta) y encontrarse el elemento (aunque también parece que solo se lo ha encontrado el de la bragueta, obviamente el más hábil, centrado y ecuánime; según se ve, los otros dos han dejado fluir la cosa como saliera).
Los tres metafísicos y la mezquita
Uno piensa, emocionado, que ambas cosas son puro patrimonio de la humanidad, pura base y estructura de toda nuestra existencia: por una parte una mezquita asombrosa, construida en 786 por Abderramán I y ampliada sucesivamente, y por otra la alegría desatada de la juventud. ¡Ay, juventud, divino tesoro! ¡Qué chisposos los muchachos!
Y me ha dado mucha envidia. ¿Os cuento por qué? Creo que es fácil, pero aun así os lo voy a decir. Lo primero es que está trabajando en su casa. Tiene un enorme estudio en Londres (y en más sitios, claro) en el que trabajan cientos de personas, pero él está trabajando en casa. Lo segundo es que menuda casa tiene que tener, a la vista de lo poco que se atisba. ¿Habéis visto esa pradera al fondo, y esos árboles? Tanto espacio, tanta luz, tanta blancura. Lo tercero es la camisa rosa: Recién lavada y recién planchada; fresca, cómoda, ligera. No es la camisa, claro; hasta ahí llego (es a lo único que llego); es la ausencia de metro, de autobús, de prisa, de sofoco, de sudores camachiles. Veo (creo ver) que se ha levantado, ha hecho algo de deporte ligero, se ha duchado, ha desayunado una tostada con mermelada de arándanos, un zumo de naranja y un café con leche y se ha quedado tan a gusto. Yo no estoy así ni en vacaciones. Yo salgo de la ducha y ya estoy más sucio y más sudoroso que él. Lo cuarto es que está trabajando con una paz envidiable, sin teléfono, sin correo electrónico, sin molestias de ninguna clase. Lo quinto es que está trabajando en algo muy bonito y gustoso: coloreando delicadamente un dibujo, y no contestando a un requerimiento o algo así. Y lo sexto, y corolario de todo lo anterior, es que no está trabajando.
Está coloreando, sin salirse de las rayas, una perspectiva de la parte inferior de un edificio. Alguien la ha dibujado en cad y la ha ploteado, y el jefe la colorea con lápices. Un trabajo perfectamente inútil.
Quien le lleva el instagram ha insistido y nos ha mostrado la escena desde el otro lado:
Norman Foster está desde hace muchos años en un plan de
Se hace fotos en su unicornio gigante flotante, o esquiando, o conduciendo coches de lujo, o lo que sea. Siempre algo más allá de cualquier sueño humano. Pero esto de dibujar en casa, que es con mucho lo más asequible para todos, se me antoja lo más sacachorrero: "Hala, hala, trabajad, que yo estoy aquí tan a gusto con mis cositas".
Y eso precisamente es lo peor de todo: Él está ahí con sus cositas mientras un montón de gente trabaja en un proyecto en el que él, alejado en su casa, coloreando con sus lápices, no participa en absoluto.
A Emilio, quien sin ser nada dado a estas frivolidades
conserva con cariño un autógrafo de Tete Montoliu.
Se terminó agosto y llega ese momento vertiginoso en que compruebo que de todas las cosas apasionantes que me propuse hacer este verano no he hecho nada y que el tiempo se me escurrió (otra vez) en la inanidad.
Así que me pongo un disco de jazz. Qué menos. Escucho al gran Tete Montoliu y recuerdo la única vez que lo vi en directo.
Fue en la Sala Clamores de Madrid, y debió de ser en abril o mayo -o como muy tarde en junio- de 1992. (Lo recuerdo porque mi mujer estaba en un estado muy avanzado del embarazo de nuestro hijo mayor).
Tete Montoliu tenía un aspecto adusto, seco, incluso podía parecer antipático. No era nada de eso. El concierto, aparte de ser un fantástico monumento musical, fue muy cálido y amable; incluso cariñoso. Tete hablaba mucho, contaba anécdotas divertidas entre pieza y pieza, explicaba temas y era muy interesante. Los asistentes estábamos encantados.
Quien le conoció cuenta que era muy tímido -de ahí esa sensación de seco y frío-, pero que cuando tocaba se transformaba y comunicaba su disfrute. Desde luego esa noche al teclado sí que lo hizo.
Contó alguna anécdota muy divertida de Dexter Gordon, con quien tocó bastantes veces y a quien admiraba sin reservas. También nos contó que lo que hacía su gran amigo Serrat (tan culé como él) era puro jazz, y para demostrárnoslo jazzeó una de sus más conocidas canciones. Pero, claro, él podría haber jazzeado con éxito incluso a Estrellita Castro. O a Bach.
Me han recriminado en Twitter que escribiera Simón y Garfúnkel, con sendas tildes, tal como lo acabo de hacer aquí. Ya, ya sé que no las llevan. También sé (ahora) que sus apellidos se pronuncian algo así como Saimon and Gárfancol. Pero a mis catorce años eso no era así.
Las tildes en rojo son mías, claro.
A los catorce o quince años empezamos a hacer guateques en la casa de mi primo Carlos o en la de mi amigo Antonio, que eran formidables, porque ambas tenían unos cuartos separados, en el patio, que servían estupendamente para ese fin, con suficiente independencia y comodidad. (También los hacíamos en casa de Javier, de Alfredo y de algún otro, pero en esas era cuando no estaban sus respectivos padres).
Fumábamos, bebíamos algún que otro cubata excepcional entre las habituales mirindas, fantas y cocacolas, y, sobre todo, bailábamos con las chicas de la pandilla. (Bueno, en realidad lo que hacíamos casi siempre era recoger calabazas).
Para bailar agarrao las dos grandísimas (y larguísimas) canciones eran Mediterráneo, de Serrat y Puente sobre aguas turbulentas, de Simón y Garfúnkel. Eran dos elepés que estaban siempre. Bueno; tampoco teníamos tantos.
Muchos de los éxitos que escuchábamos eran de discos de los hermanos y primos mayores. Seguíamos bailando músicas de grupos que ya llevaban años separados. Las cosas antes iban más lentas y duraban más. No se pasaban de moda.
Teníamos algunos elepés y bastantes sínguels. Los elepés los poníamos por las canciones más famosas, y este de Bridge Over Troubled Water era tan solo para escuchar la canción que le daba título, que en aquella época de mi vida fue mi favorita y lo siguió siendo durante años.
Lo que pasaba es que a veces dejábamos correr el disco, y sobre todo cuando el disyoquei era curioso y traviesón (y ponía discos porque no ligaba nada) dejaba caer una canción de ese mismo álbum que se titulaba So long, Frank Lloyd Wright, que, según supimos, quería decir Hasta luego, Frank Lloyd Wright. Yo sabía quién era ese Frank Lloyd Wright porque mi primo (el que solía poner el local) tenía un libro de esos de Maravillas del Mundo, o así, que traía unos dibujos de la casa de la cascada, que nos parecía impresionante.
Esa canción de So long, Frank Lloyd Wright no nos gustaba mucho porque era un poco sosa, pero, sobre todo, porque era bastante corta, y para una vez que conseguías que una chica quisiera bailar contigo era una pena que la cosa se terminara tan pronto. Aunque por otra parte estaba bien, porque a algunas chicas les daba cosa decirte que sí en una canción larga y romántica, no te fueras a pensar (tú y los demás) que les gustabas o algo, pero con un azuquimosqui cortito y soso te decían que sí porque era como que comprometía menos. Se charlaba un poquito (apenas nada), se estaba el resto del tiempo en silencio y ya.
Podría decir que subliminalmente esa canción contribuyó a que yo con el tiempo fuera arquitecto. La verdad es que quedaba ya poco (un par de años) para escoger carrera y había que irlo pensando. Yo tenía más o menos claro que iba a ser ingeniero de telecomunicaciones, que no sabía bien en qué consistía: Bueno, sí, en trabajar en la Telefónica en un puesto bastante mejor que el de mi padre. Él estaba orgulloso de imaginárselo. Se me daban muy bien los estudios, era muy bueno en matemáticas y en física y parecía que podría hacer esa carrera. Bueno. De acuerdo. Además tenía fama de difícil y eso me daba como un aura anticipada de gloria y heroísmo: Iba a ser ingenierodetelecomunicaciones. (Se le llenaba a uno la boca incluso cuando no lo decía; solo de pensarlo).