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lunes, 8 de septiembre de 2014

Del cielo sublime al suelo vil

(Corolario y addenda a la entrada anterior, sobre la imposibilidad de tener un criterio sólido, y su sustitución por la veneración para con los artistas sacralizados).

El día 18 de noviembre de 2016 salió a la luz la noticia de que un investigador encerrado en los sótanos más recónditos del Archivo de Villarronda del Pan había abierto un árido legajo de testamentos y escrituras de compraventa de varios huertos anexos a un convento de los dominicos, de los años mil setecientos y pico, y en su interior había descubierto una carpeta con tres hojas dobladas y plegadas, llenas de dibujos.


Las hojas tenían tamaños diferentes, pero parecidos. Medían entre cincuenta y tres y sesenta y siete centímetros de altura, y entre treinta y nueve y cuarenta y ocho de anchura. Las tres eran de formato vertical, y contenían dibujos de estudio de anatomía humana hechos a la sanguina y... y muy probablemente por la mano de Miguel Ángel.

Los responsables de turno pidieron calma. Se llamó nada menos que a Oswald Ferris Buttifer, a Julián de la Fuente Marchamalo y a Enrico Fitipaldi, los máximos expertos de... de todo este rollo, y se esperó su veredicto.
Mientras tanto, los dibujos fueron publicados en todos los periódicos, en las revistas culturales, en los noticiarios televisivos, en las redes sociales... Qué maravilla. El gran artista italiano sacaba a la luz nuevas obras. Qué tesoro sublime.
"Pero mantengamos la calma. Calma, calma", decían los responsables.
Los expertos no tuvieron mucho tiempo (ni muchas ganas por entonces) para solazarse con los dibujos. Ya lo harían. Lo que importaba antes que nada era actuar con rigor y con determinación.
Cotejaron los estudios anatómicos con todas las esculturas y frescos de Miguel Ángel, para ver de qué obras pudieron ser estudios preparatorios. Los compararon también con el resto de dibujos conocidos, para ver coincidencias de tema, de trazo, de mancha, etcétera.
Encargaron análisis químicos, espectrográficos y biológicos de las fibras del papel, de los pigmentos, de los restos de manchas, humedades e incluso de los posibles parásitos.
También analizaron las escrituras y demás documentos del legajo del que había salido la carpeta de dibujos, y de éste fueron a muchos otros alojados por toda España y por casi toda Europa. Había que saber quién era el dueño anterior de cada huerto, y el anterior, y el anterior; quién le compró qué a quién, quién viajó a Italia o recibió en su casa a huéspedes venidos de Italia; quién pudo ser el propietario anterior de estos dibujos, y cómo los adquirió éste a su vez. Qué cartas, testamentos, facturas, etcétera, se podían rastrear.
A las órdenes de los tres eruditos había cientos de investigadores, desde químicos hasta historiadores del derecho, desde grafólogos hasta genealogistas.

Al final, al cabo de cuatro meses de trabajo febril, se llegó a un veredicto indudable. Se dio la resolución irrefutable: