Ayer cumplí sesenta años. ¡Sesenta! Vaya cifra. No escribí nada en el blog porque ya está bien de hablar de mí, que no hago más que mirarme el ombligo. Pero tampoco lo hice porque estuve todo el día liadísimo y porque me sentía muy raro y muy desorientado. ¡Sesenta! Como me dijo un amigo, supongo que para animarme, ya soy oficialmente tercera edad.
Hoy sí. Hoy sí que me apetece escribir sobre esto. Y lo primero que quiero es animarme a mí mismo. Hay dos formas de ver el asunto: Un optimista verá el vaso medio vacío; un pesimista vacío del todo.
Eso es lo primero que pienso: Se me está acabando. Me queda el último culín nada más. Y lo segundo es: "¿Qué he hecho con todo lo demás?" "¿Dónde ha ido a parar toda el agua que había?" Y me da la sensación de que no he hecho nada con mi vida. Y, sobre todo, la sensación mayor es la de que estoy pensando en mi vida en pasado.
Sin embargo, como la memoria y la apreciación del tiempo son tan selectivas y tan caóticas, todos hemos experimentado que cinco años se pasaron volando, en un suspiro, y que una tarde aburrida no se termina nunca. Resulta que sí, que sí he hecho cosas y que la vida es más bien tirando a larga.
