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jueves, 2 de febrero de 2012

Por si (no) te gusta el jazz

Como continuación del post sobre Robert Krier (y de tantos otros), surge la eterna pregunta: ¿Por qué a la gente no le gusta la arquitectura moderna?
Es una cuestión sin respuesta, porque tiene demasiadas respuestas.
Yo creo que al ciudadano común no le gusta la arquitectura moderna, ni la literatura moderna, ni la música moderna... etc. Hay una primera y fácil lectura: El ciudadano común no tiene cultura suficiente. (Decimos esto y nos quedamos tan tranquilos. Y podemos añadir: "El que quiera saber más, que estudie").
Vale. Muy bien. Pero no es verdad. Ni la gente es tonta ni es inculta. Hay gente inculta; claro que sí; pero a la mayoría de los cultos tampoco les gusta la arquitectura moderna. Además, hay que tener en cuenta que la gente de otras épocas, mucho más inculta que la de ahora, siempre ha entendido el arte de su tiempo. Shakespeare, antes que nada, era empresario teatral, y su máximo objetivo era llenar The Globe. Y lo llenaba. Y la gente, la mayoría analfabeta, entendía perfectamente ese lenguaje y esa dinámica teatral. Aquí pasaba lo mismo: Lope, Calderón, Tirso y compañía arrasaban, y a Cervantes le hicieron no solo innumerables ediciones piratas de su Quijote, sino que hasta escribieron una segunda parte apócrifa y canalla. Porque era un best-seller.
Nos sorprende que en otras épocas un público muy poco cultivado supiera apreciar el arte de su época, mientras que ahora una ciudadanía infinitamente más culta y más preparada no entienda el arte contemporáneo, que en cierto modo es mucho más complejo y contradictorio que el de "antes", pero también en cierto modo es mucho más sencillo y simple.
¿Qué explicación tiene esto? No lo sé. Si lo supiera estaría dando conferencias y publicando libros. Se me ocurre que en tiempos pasados la estructura narrativa era unívoca, nítida, clara. El lenguaje era muy elaborado, muy desarrollado, pero dentro de la línea que se esperaba de él. Ahora el lenguaje es más sencillo, más alapatalallana, pero no por ello es más comprensible. Porque su estructura es más contradictoria.
Supongamos que en los Siglos de Oro (por ejemplo) la gente llana, la gente inculta, hablara en un color verde desvaído, sucio, y la alta literatura hablara en un color verde brillante. Digamos que la gente no sabía hablar así, como veía que se hablaba en el arte, pero lo entendía y lo tomaba como modelo y referencia, e incluso como meta ideal.
Supongamos ahora que en los albores de la modernidad la gente, bastante más culta ya, hubiera aprendido a hablar en un color verde mucho más definido. Pero el arte le decía cosas en rojo oscuro.
Y ahora, cuando ya entendemos la vanguardia, cuando todos hablamos en un color verde ya muy bueno, y estamos dispuestos a medio entender el rojo oscuro e incluso el amarillo limón, el arte nos habla en milímetros, o en Si bemol mayor, o en grados centígrados.
Y encima nos regañan porque no entendemos. Y con la lengua fuera intentamos ponernos al día, pero el horizonte es inalcanzable: Está siempre igual de lejano hagamos lo que hagamos.
Se le quitan a uno las ganas. (Y además leemos a unos cuantos pedantes, como el tío borde ese de Arquitectamos locos?, haciéndose los interesantes con su blablablá y poniéndonos de medio atontados para arriba).
Ha habido un tremendo cambio de paradigma, y lo sigue habiendo. Estamos en el cambio. Los valores son otros, lo sacrosanto se disuelve, los códigos se transforman. No hay forma de establecer puntos de referencia, ni criterios seguros. De esto hablaremos más veces.
He dicho que no tengo la explicación del enigma, pero hay algunos ejemplos en los que veo cosas (que no sé interpretar). Uno de ellos es la música de jazz. (Esta entrada, como su título indica, iba sobre una obra de jazz, pero me he alargado tanto en la introducción que ya casi tengo que terminar. No me gusta escribir entradas muy largas).
Vamos a lo principal, y rapiditos: