Estoy trabajando en el estudio, voy a echar mano a mi calculadora y me doy cuenta de que no la tengo. Esta mañana la he echado a mi mochila y mi mochila está ahora en casa.
Me apaño con la calculadora del teléfono; es mucho peor y me vale para un momento, pero no para estar mucho tiempo trabajando con ella. Es desesperante.
Valoro la pereza de subir a casa a por mi calculadora y la de seguir con la del teléfono y no sé cuál es peor. Entonces me viene a la cabeza que en el estudio hay otra calculadora que no he usado nunca y que lleva once años sin que nadie lo haga.
"Estará buena", me digo. "La pila se habrá descompuesto y todo".
Era la calculadora de Adeli, mi brazo derecho en el estudio. Cuando cerramos me traje a casa lo que pude. Ofrecimos material a quien lo quisiera, incluso tiramos cosas que no podíamos traernos, pero los pequeños objetos sí que nos los trajimos a casa mi socio (Tomás) y yo. No sé por qué no se quedó Adeli su calculadora como recuerdo. Seguramente ni se la ofrecimos, y desde luego ella era incapaz de tomar nada que no fuera suyo. (O tal vez no quiso quedársela. En aquellos días aciagos del cierre todo recuerdo era un mal recuerdo).
Yo me traje tres mesas, cinco sillas, estanterías, cuatro cajoneras, dos vitrinas, tres ordenadores, el plotter, la fotocopiadora y material de todo tipo. Cosas tan tontas como mi caja de compases desaparecieron. Seguramente fueron al contenedor de basura en un arranque irreflexivo. (También tiramos revistas que ahora echo de menos: Fueron días de desalojar el estudio con desesperación, con saña, y de no saber dónde meter tantas cosas ni, sobre todo, tampoco quererlas).
En la que fue la cajonera de Adeli hay también un escalímetro, una grapadora y alguna cosa similar que no he tocado en estos once años. Y su calculadora.
La encendí y funcionaba. ¡Qué barbaridad de pilas! Apareció el cero y también el simbolito de la memoria. Pulsé la tecla MR y salió en la pantalla el número 675.
