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sábado, 23 de octubre de 2021

Madre de Dios

A David García-Asenjo y a todos los
que tienen su constructiva paciencia.


He visto en twitter este clip de vídeo (clicad aquí) y después este otro (aquí) y me he quedado bastante desazonado.

Por si no se ven los enlaces que acabo de poner, o se pierden, os cuento lo que dicen:

Un simpático presentador de televisión (de la televisión pública del estado español, que gozosa y orgullosamente sostenemos con nuestros impuestos), ataviado de camisa cocheada de colores y de sonrisa irresistible, guapo y potente él, pone una foto de un edificio estrafalario -una iglesia- y se escandaliza con sus alegres contertulios de semejante insulto a la inteligencia y a la sensibilidad humanas.

Y, como debe ser en todo programa televisivo desenfadado que se precie, hay un descojone cruzado, total, exuberante, ante semejante despropósito.

Primer clip:

-Vamos a Francia. Atentos a esta "capillita" de territorio francés. El arquitecto dijo: "Yo quiero diseñar algo que no haya diseñado nadie", y, oye, ha triunfado, porque nadie ha diseñado algo tan feo como eso.

Así dice el presentador, y su gallinero cacarea de risas y de comentarios sobreabundantes. (Uno protesta tímidamente y dice que no es feo, pero se queda solo). Se escuchan risas.

El líder, crecidito, añade:

-Yo creo que el cura cuando (no entiendo el verbo, porque le pisan) la iglesia dijo: "Al arquitecto esto no se lo perdona Dios ni con sesenta padrenuestros ni con ochenta avemarías".

Segundo clip:

-...el arquitecto que ha hecho esto, porque Madre de Dios.

viernes, 5 de enero de 2018

Summers y Shakespeare

Yo no sé si los más jóvenes conoceréis a Manuel Summers. Bueno, los más jóvenes no conoceréis ni a su hijo David, el de Hombres G. Pero para eso me tenéis a mí. Yo os lo cuento.
Manuel Summers fue un humorista irlandés-sevillano. Hacía películas y chistes gráficos, y también salía en tertulias radiofónicas y televisivas hablando de todo un poco (vamos, de política) con ese tonito de señorito-andaluz-simpático-derechista-facha-gracioso que hemos visto y seguimos viendo en unos cuantos personajes muy populares.

A mí me caía bien. Tenía humor, y todo el que tiene sentido del humor me cae bien.

Yo lo traigo hoy aquí como cineasta -tal vez su vocación primera y más auténtica y, con todos los éxitos que tuvo, fracasada- porque los arquitectos trabajamos por encargo y para los gustos de nuestros clientes, y a menudo nos debatimos entre lo que creemos que es bueno y tiene calidad y lo que nos piden que hagamos. Porque sí: Abundan los clientes que no quieren buena arquitectura. Eso hay que reconocerlo. Y en eso Manuel Summers me sirve de guía por lo que diré ahora.

En el año 1963, a sus veintiocho años de edad, dirigió su primera película: Del rosa al amarillo. La vi hace mucho tiempo y me produjo una muy extraña sensación. Eran dos historias de amor: una entre dos adolescentes casi niños y la otra entre dos ancianos.

Fotograma de la película Del rosa al amarillo.

No la recuerdo demasiado bien, pero sí que me acuerdo aún de toda la cursilería de esas dos historias y de una sorda sensación de fracaso, de ridículo, de melancolía y de dolor. Las sensaciones son duraderas porque creo que estaban muy bien armadas y contadas. La película no era una maravilla, pero sí una opera prima más que interesante y prometedora, que tenía eso tan difícil: una visión propia, una manera personal de ver las cosas y de contarlas. Prometía muchas cosas buenas para un futuro.

A esa película la siguió el año siguiente La niña de luto, otra película que recuerdo y que también me acongoja y me desasosiega. Trata de una chica que no puede ver a su novio porque va empalmando una serie de lutos rigurosísimos que les amargan la juventud y la vida a ella y a él.

El joven Manuel Summers hizo alguna otra película muy estimable y sí: ganaba algún premio que otro, tenía buenas críticas, pero no terminaba de triunfar.

Vio que esas historias sensibles y sutiles no triunfaban e intentó dar los brochazos algo más gordos. En 1971 dirigió Adiós, cigüeña, adiós y con ella sí dio el pelotazo. Los jóvenes no os lo podéis imaginar, pero en aquella época (yo tenía once años) no existía educación sexual de ningún tipo, y todo era secreto y misterioso hasta unos niveles inconcebibles.
Pero a lo que iba: Se salió de la línea de humor negro dentro de un neorrealismo sórdido y se abrió a lo comercial, tocando un tema muy goloso. Fue tal el éxito que a los dos años hizo una inesperada y estúpida segunda parte: El niño es nuestro, que también funcionó muy bien y le dio más fama y más dinero.
En 1982, ya despendolado, hizo To er mundo é güeno, una película a base de bromas con cámara oculta a gente que pasaba por allí. Y la lio tan gorda que en ese mismo año hizo una segunda parte: To er mundo é... mejó. (Total, era tan fácil...). Y como el éxito seguía, volvió en 1985 con la tercera: To er mundo é demasiao.

Por si esto no fuera ya una barbaridad que sonrojaría a cualquiera (pero Manolo Summers no se sonrojaba), en 1987 y en 1988 dirigió sendos bodrios para el grupo musical de su hijo, los Hombres G. Los engendros se titularon como dos de las canciones del grupo: Sufre, mamón y Suéltate el pelo. No fueron ni mejores ni peores que tantas otras horribles películas de circunstancias hechas con el piloto automático para que el grupo de moda del momento cante sus canciones y alegre a sus fans; todo ello barnizado con una excusa argumental tan imbécil que haría meterse en un agujero a un mono de Gibraltar. Fueron éxitos comerciales que, como todos los de esa ralea, algún espíritu piadoso debería destruir. (Sobre todo por el bien de los músicos protagonistas de tales atrocidades y de los actores de carácter que salen siempre de relleno pisoteando su talento y su oficio).

Las dos primeras películas, Del rosa al amarillo y La niña de luto, no son obras maestras, pero sí son dos prometedores tanteos primerizos, que auguran lo que podría haber sido una digna carrera cinematográfica que tal vez en la madurez sí nos hubiera dado alguna película ya muy buena. Porque, como he dicho, creo que había madera para ello.
Pero de los buenos tanteos primerizos no se vive, y ya se vio que los premios en festivales y las críticas positivas no daban para nada.

Los arquitectos trabajamos por encargo. Nuestras obras tienen que ser comerciales porque tienen que complacer a quienes las encargan.
Y siempre estamos con lo mismo: ¿El cliente es el que manda? ¿Se le debe complacer siempre? ¿Qué hacer cuando el cliente es refractario y hostil a la calidad arquitectónica? ¿Puede haber una arquitectura que sea comercial y buena? ¿Está reñido lo comercial con la calidad artística?
Sabemos que no. Cientos de grandísimas películas, novelas, obras de teatro, piezas musicales y... y de todo nos lo confirman. Y todo eso certifica que hay mucho público culto e inteligente que valora las obras comerciales bien hechas.
Pues sí, pero que nos lo digan a los arquitectos de chalet adosado o de apartamento playero, y que se lo digan a Summers, que no tuvo la suerte de que sus obras mejores gustaran tanto como las peores. Yo pienso mucho en Summers. No es que yo tenga ni mucho menos su talento; qué más quisiera yo; es que me impresiona cómo un creador es capaz de dar la vuelta, tragarse los mocos y buscar otros caminos cuando el suyo inicial no le lleva a buen fin. Yo respeto mucho esa decisión. De verdad. (De hecho, salvando todas las distancias, es lo que llevo haciendo toda mi vida. Y creo que todos lo hacemos en mayor o menor medida).

Y en el otro extremo de Summers (y en esa misma línea) veo a Shakespeare.

jueves, 2 de febrero de 2012

Por si (no) te gusta el jazz

Como continuación del post sobre Robert Krier (y de tantos otros), surge la eterna pregunta: ¿Por qué a la gente no le gusta la arquitectura moderna?
Es una cuestión sin respuesta, porque tiene demasiadas respuestas.
Yo creo que al ciudadano común no le gusta la arquitectura moderna, ni la literatura moderna, ni la música moderna... etc. Hay una primera y fácil lectura: El ciudadano común no tiene cultura suficiente. (Decimos esto y nos quedamos tan tranquilos. Y podemos añadir: "El que quiera saber más, que estudie").
Vale. Muy bien. Pero no es verdad. Ni la gente es tonta ni es inculta. Hay gente inculta; claro que sí; pero a la mayoría de los cultos tampoco les gusta la arquitectura moderna. Además, hay que tener en cuenta que la gente de otras épocas, mucho más inculta que la de ahora, siempre ha entendido el arte de su tiempo. Shakespeare, antes que nada, era empresario teatral, y su máximo objetivo era llenar The Globe. Y lo llenaba. Y la gente, la mayoría analfabeta, entendía perfectamente ese lenguaje y esa dinámica teatral. Aquí pasaba lo mismo: Lope, Calderón, Tirso y compañía arrasaban, y a Cervantes le hicieron no solo innumerables ediciones piratas de su Quijote, sino que hasta escribieron una segunda parte apócrifa y canalla. Porque era un best-seller.
Nos sorprende que en otras épocas un público muy poco cultivado supiera apreciar el arte de su época, mientras que ahora una ciudadanía infinitamente más culta y más preparada no entienda el arte contemporáneo, que en cierto modo es mucho más complejo y contradictorio que el de "antes", pero también en cierto modo es mucho más sencillo y simple.
¿Qué explicación tiene esto? No lo sé. Si lo supiera estaría dando conferencias y publicando libros. Se me ocurre que en tiempos pasados la estructura narrativa era unívoca, nítida, clara. El lenguaje era muy elaborado, muy desarrollado, pero dentro de la línea que se esperaba de él. Ahora el lenguaje es más sencillo, más alapatalallana, pero no por ello es más comprensible. Porque su estructura es más contradictoria.
Supongamos que en los Siglos de Oro (por ejemplo) la gente llana, la gente inculta, hablara en un color verde desvaído, sucio, y la alta literatura hablara en un color verde brillante. Digamos que la gente no sabía hablar así, como veía que se hablaba en el arte, pero lo entendía y lo tomaba como modelo y referencia, e incluso como meta ideal.
Supongamos ahora que en los albores de la modernidad la gente, bastante más culta ya, hubiera aprendido a hablar en un color verde mucho más definido. Pero el arte le decía cosas en rojo oscuro.
Y ahora, cuando ya entendemos la vanguardia, cuando todos hablamos en un color verde ya muy bueno, y estamos dispuestos a medio entender el rojo oscuro e incluso el amarillo limón, el arte nos habla en milímetros, o en Si bemol mayor, o en grados centígrados.
Y encima nos regañan porque no entendemos. Y con la lengua fuera intentamos ponernos al día, pero el horizonte es inalcanzable: Está siempre igual de lejano hagamos lo que hagamos.
Se le quitan a uno las ganas. (Y además leemos a unos cuantos pedantes, como el tío borde ese de Arquitectamos locos?, haciéndose los interesantes con su blablablá y poniéndonos de medio atontados para arriba).
Ha habido un tremendo cambio de paradigma, y lo sigue habiendo. Estamos en el cambio. Los valores son otros, lo sacrosanto se disuelve, los códigos se transforman. No hay forma de establecer puntos de referencia, ni criterios seguros. De esto hablaremos más veces.
He dicho que no tengo la explicación del enigma, pero hay algunos ejemplos en los que veo cosas (que no sé interpretar). Uno de ellos es la música de jazz. (Esta entrada, como su título indica, iba sobre una obra de jazz, pero me he alargado tanto en la introducción que ya casi tengo que terminar. No me gusta escribir entradas muy largas).
Vamos a lo principal, y rapiditos: