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domingo, 11 de septiembre de 2011

Once de septiembre

Hoy se cumplen diez años, y no quiero hablar de cosas que no entiendo ni de odios que no quiero sentir.
Hoy solamente quiero hablar de arquitectura.
Las Torres Gemelas de Nueva York no eran edificios de un diseño exquisito ni tenían una gracia especial. Vamos, eran muy sosas. En la escuela nadie las defendía. Todos estábamos fascinados por el Empire y, sobre todo, por el Chrysler. Habíamos comentado en clase la famosa ilustración en que ambos rascacielos están en la cama, en la portada del Delirious New York, no sabíamos si "antes de", "después de" o "incapaces de". (Los veíamos algo flaccidos y desganados. El 'delicadísimo' detalle de incluir el zeppelin de Goodyear como preservativo desinflado y desanimado parecía anular la hipótesis del "antes de",  pero a mi juicio reforzaba la del "incapaces de").
Obviamente, el hombre era el Empire, y la mujer el Chrysler.
Y, también obviamente, nosotros éramos tan inteligentes y tan ingeniosos, y tan listos...
Las Torres Gemelas, por el contrario, eran sosotas. No tenían mucho valor arquitectónico que dijéramos.
Pero tenían dos cualidades muy importantes: Eran muy grandes y eran iguales.
La dualidad operaba una especie de fascinación o de hipnosis. Y la enorme altura no digamos.
Tal vez su diseño no fuera de una inspiración brillante, pero estaban perfectamente integradas en el skyline de Manhattan, y lo lideraban y caracterizaban.
Además, eran bastante sencillas en su diseño. Sabedoras de que con su estatura llamaban la atención de todo el mundo, habían prescindido de acicalamientos superfluos.