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domingo, 10 de abril de 2016

Un arquitecto en el diván (y II)

Jesús Federico -el arquitecto- estaba muy contento: "Hemos venido a jugar". Pidió la siguiente cartulina con deseo, casi con necesidad.
Afrodisio -el psicoanalista- se la enseñó.
-La octava:




-Demasiado simétrica para Richard Meier, pero me recuerda mucho algunos conjuntos suyos, como el de las oficinas de Siemens en Múnich, o el de la Renault en Boulogne-Billancourt. No es que se parezcan mucho, pero me recuerda cómo se organizan y relacionan los distintos cuerpos.

-La novena:




-Es como uno de los bocetos de Giovanni Michelucci de los años ochenta. Concretamente uno de sus establecimientos termales.

-Y la décima -dijo Afrodisio resoplando.




-Esto es más informe, más difuso. Se parece a los estudios de flujos y movimientos de los visitantes que hicieron Alison y Peter Smithson para la exposición que montaron en la Tate de Londres. Organigramas, esquemas... Muy años sesenta, ya me entiendes.

sábado, 9 de abril de 2016

Un arquitecto en el diván (I)

A Javier Molowny, por la idea y por la
interpretación de la primera lámina.

Jesús Federico Momparnás Gómez de Borrelia, arquitecto municipal de Gerindote (Toledo), llevaba semanas inquieto. No sabía qué le pasaba. No comía bien, apenas dormía, estaba triste y no podía trabajar, ni leer, ni hacer nada.
Pensó en el estrés, en un trastorno de ansiedad, incluso en una incipiente depresión. Al principio creyó que se le pasaría por sí solo, que sería capaz de superarlo con un poco de voluntad. Pero cada vez estaba peor.
Finalmente se decidió (cuánto le costaba) a acudir a la consulta de Afrodisio Pernambuco-Ligero Sáenz de Soslayo, un psicólogo clínico y psicoanalista de quien le había hablado muy bien su cuñado Manolín (no el cuñado del arquitecto, sino el del psicoanalista).
Afrodisio le escuchó atentamente en las cuatro primeras citas. Le preguntaba con inteligencia y le dejaba que se explayase. Cada vez, al salir de la consulta Jesús Federico se encontraba mejor, pero esa sensación duraba pocas horas y en seguida volvía la negrura.
En la quinta consulta Afrodisio le propuso a Jesús Federico que se sometiera al test de Rorschach. En principio parecía un poco fuerte; era como matar moscas a cañonazos. Se solía emplear para diagnosticar trastornos de la personalidad, pero el psicoanalista estimó que tal vez arrojara luz sobre el problema.
Le explicó lo que tenía que hacer: estar tranquilo y decir qué le sugería cada imagen que le iba a mostrar. Tenía que hablar con toda libertad, sin vergüenza ni freno; lo que se le viniera a la mente.
Al arquitecto le gustaba ese tipo de cosas. No era tímido, y le distraía jugar y experimentar. Había oído hablar del test, pero no lo había hecho nunca. Ni siquiera había mirado atentamente hasta entonces las famosas diez imágenes. Si acaso, de refilón y de pasada, siempre había pensado que las manchas parecían mariposas.
-¿Estás preparado?
-Sí. Adelante.
Afrodisio le pasó la primera tarjeta:


-¿Qué ves ahí? ¿Qué te parece que representa?
-Hmmm... Veamos... ¡Ondiá! ¡Las vetas del ónice del Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe!
El psicólogo no sabía qué era el pabellón ni quién era Mies. El arquitecto se lo explicó brevemente, e incluso le señaló cómo las formas de las manchas equivalían a las de las placas de ónice del muro central.

-Muy bien. Pues vamos con la segunda:


-Esta ya me cuesta más. Veamos... El vacío central es la propuesta de Le Corbusier para el concurso del Palacio de los Soviets. El caso es que lo puedo ver en planta, pero también en sección. Es curioso.
Y se extendió en detalles sobre el gran arco, las rampas y las pasarelas.

-A ver. La tercera:


-Cada vez son más difíciles. A ver... No veo nada. Nada. Ah, bueno: La sección del estadio grande de Tokio, de Kenzo Tange.
Y, como antes, contento por haberlo visto, se lo explicó a Afrodisio; esta vez juntando las manos, cruzando los dedos y abriéndolos. Vamos: muy satisfecho.