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viernes, 1 de junio de 2012

La lección de Aldo Rossi

A finales de los años setenta y hasta mediados de los años ochenta del siglo veinte (justo el período en el que estudié arquitectura en la ETSAM), el Movimiento Moderno era ya criticado sin tapujos. En la escuela se hablaba de los modernos y, en general, todavía se les admiraba, pero ya se les había perdido el respeto reverencial y se comentaban abiertamente sus debilidades.
Además de eso, en una serie de silogismos ilógicos, se había llegado más o menos a la conclusión de que si la arquitectura moderna no había logrado la felicidad de la humanidad, entonces era culpable de su infelicidad; si no había conseguido la paz en el mundo, entonces era culpable de las guerras, y si no había obtenido alimentos para todos era la causa de la hambruna en el planeta.
Obviamente, la arquitectura moderna no había resuelto el problema de la ciudad, ni el de la convivencia social, ni ninguno de tipo económico, político o social. ¿Es que era esa su misión? Por supuesto que no, pero los arquitectos modernos se habían ofrecido ingenuamente a ello y habían fracasado. 
Ahora cualquiera se atrevía a decir que El Corbu era un bocazas, un propagandista que no había respetado el entorno, la naturaleza, la ecología. Que Wright era un tío pagado de sí mismo, que había logrado un par de formas espectaculares, pero completamente efectistas y pintorescas, que no servían para nada ni resolvían los verdaderos problemas de planificación y desarrollo del territorio. Que Mies era un artista ensimismado, que solo hacía paralelepípedos perfectos, alejados de la realidad... Vale. De acuerdo. Tenían buena parte de razón. Los arquitectos modernos no eran dioses. ¿Y? ¿Qué íbamos a hacer a partir de entonces? ¿A quién íbamos a seguir?
Y se produjo un fenómeno curiosísimo. Los mismos que habían sido tan acerados críticos, tan penetrantes inquisidores, tan hábiles dialécticos para detectar el mal, a la hora de proponer una solución mostraron esto:


¡Ostras! ¡Pues sí que! Este glorioso truño era la respuesta al fracaso de los arquitectos modernos. Esta era la solución a todos los problemas. ¡Válgame!
Aldo Rossi estaba aquí para salvarnos. Era un teórico, un pensador, un profesor que reflexionaba sobre la trascendencia ética de la arquitectura.
Antes de pensar siquiera en construir algo, había escrito La Arquitectura de la Ciudad, en donde mostraba la sagrada misión de la arquitectura integrada en la ciudad, la importancia del territorio, la de...
Bueno, no sé muy bien de qué iba el libro porque fui incapaz de pasar de la primera página. Yo leo. Soy un lector todoterreno, y no me asusta ningún tocho, pero es que este libro era infumable. Muy mal escrito. Y muy triste. Era un libro sin espíritu, sin garra, sin nada. No pude con él.
Pero había que leerlo. Los profesores de la escuela (de todas las escuelas del mundo) estaban encantados con él. Habían visto la luz y al final sabían la verdad absoluta de la arquitectura. Qué bendición que este gran hombre hubiera escrito una obra tan imprescindible. Este libro era la solución a todo, el ensalmo de la vida.

El mundo entero reaccionó, y exigió al ínclito Aldo Rossi que construyera, que nutriera al planeta de edificios que portaran sus ideales y salvaran (ahora sí) a la humanidad.
Y Aldo complació (o complugo) al mundo con estas maravillas:


¡Dios mío! ¡Qué cosa más triste!

martes, 22 de mayo de 2012

Historia Universal de la Infamia (II)

Se suponía que esto iba a ser un blog sobre teoría y crítica de arquitectura, pero al final tiene más cotilleos que otras cosas. Y es que yo soy muy fan y muy mitómano, y las vidas de mis héroes me interesan incluso más que sus obras. (Creo que sería un estupendo colaborador en la sección de arquitectura de Telecinco, suponiendo que tal cosa pudiera existir algún día).
En mi sórdido recorrido por la ignominia de los más grandes, hoy me toca hablaros de Le Corbusier.
Pero antes os tengo que hablar de Eileen Gray, una decoradora irlandesa, experta en lacados, diseñadora de muebles y de tejidos, y que las escasísimas veces que tuvo que diseñar una casa lo hizo magistralmente, sin despeinarse, con una facilidad pasmosa.


Cada vez que leáis una reseña sobre Eileen Gray leeréis la palabra "lesbiana" para empezar. (Creo que el enlace que he puesto a la wikipedia es uno de los poquísimos sitios en que no se dice). A mí eso me duele. Yo tardé bastantes años y bastantes libros en enterarme, por casualidad, de que Louis Henry Sullivan era homosexual, pero con Eileen Gray basta que leamos una pequeña nota para que nos lo digan. ¿Por qué? Uno diría que hay alguien que piensa que ser lesbiana equivale a ser un marimacho y, por lo tanto, a una especie de pseudohombre, y que solo así se entiende que pueda haber habido una mujer en el Movimiento Moderno capaz de hacer casas tan buenas como las que hacían los hombres.
No sé. Tal vez haya algo de eso. Armémonos de paciencia, porque aún no hemos empezado a contar las humillaciones y vejaciones que tuvo que soportar esta mujer.
Eileen Gray fue una de las personas más sensibles y más innovadoras en el campo del "diseño total del espacio", entendiendo por tal cosa el mobiliario, la luz, las texturas, los colores, los tejidos... Abarcó un campo en el que los arquitectos del Movimiento Moderno apenas habían reflexionado por entonces, y llegó a logros prodigiosos.
Era un espíritu libre, que no quería estar atada a nadie ni a nada. Nunca quiso casarse, y vivió sucesivas historias de amor que a los pánfilos como Le Corbusier les dejaban estupefactos.
Una de estas historias la tuvo con Jean Badovici, un arquitecto rumano que...
-Espera, espera. ¿No habías dicho que Eileen Gray era lesbiana?
-Sí. Y repito que así lo dicen sus biografías.
-¿Y este Badovici?
-Pues eso, que la Gray debía de ser lesbiana pero menos. De todas formas, no apearéis del burro a quienes tienen ese puntito morboso. Lo más que conceden algunos es que fue "bisexual", que sabe Dios qué pretenden que signifique. Yo preferiría que a la gente se le dejaran sus gónadas y costumbres en paz, pero no puede ser. Telecinquismo puro. Menciono esto porque me parece fundamental para entender una parte de la obsesión del Corbu.
Sigamos: Jean Badovici era arquitecto de formación, pero sobre todo era crítico, y editor de la importantísima revista L'Architecture Vivante; y era amigo de Le Corbusier, de quien había publicado muchas obras.
Eileen y Jean estaban muy enamorados. Se construyeron una estupenda casa en la costa azul para vivir en ella su amor. La casa fue diseñada por ambos, aunque al parecer lo fue principalmente por Eileen, y Jean se limitó a poner la "profesión", solucionando detalles técnicos. Desde luego, tanto la elección del lugar como las ideas principales de la configuración de la casa, y todo el acondicionamiento interior fueron obra exclusiva de Eileen. (También fue ella quien costeó la obra).
A la casa la llamaron E.1027, que parece un nombre muy técnico y muy frío, pero que esconde el anagrama de sus iniciales. (E de Eileen, 10 de la letra J = Jean, 2 de la letra B = Badovici, y 7 de la letra G = Gray).

 

La casa fue construida entre 1926 y 1929. Por aquella época, como he dicho, Badovici tenía mucha relación con Le Corbusier, y le invitó varias veces a la casa.
El Corbu se quedó literalmente conmocionado tanto por la casa como por la autora. (Sabía que Badovici no era capaz de hacer eso). Jamás hasta entonces había visto tal integración del diseño de mobiliario, alfombras, tapices y cortinas con la arquitectura moderna en un todo fantástico. Por otra parte, el emplazamiento era de ensueño, las vistas magníficas, y la sensación de estar en esa casa era de alegría, de luz, de espacio, de amor, de felicidad en suma.
Por otra parte, Le Corbusier era un paleto, y nunca había conocido a una mujer como Eileen. (Yo juraría que no se enamoró de ella, pero sí que le obsesionó, incluso le debió de dar algo de miedo).
El caso es que Le Corbusier se hacía invitar a esa casa a menudo, e insinuaba que tal pared quedaría muy bien con uno de sus murales. Esas insinuaciones ponían frenética a Eileen, que había pensado cada detalle de la casa y que la quería justo como era, sin necesidad de que nadie viniera a meterle mano ni a pintarrajear.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Aprendiendo (poco) de Las Vegas

En el año 1966 el arquitecto americano Robert Venturi publicó un libro fundamental: Complejidad y Contradicción en la Arquitectura. Es un libro de lectura obligatoria, lucidísimo y necesario a más no poder.
Critica con gran inteligencia la Arquitectura Moderna, y es, pues, uno de los primeros pilares (incluso fundacionales) de la postmodernidad arquitectónica.
La famosísima sentencia de Mies van der Rohe "less is more" ("menos es más") es corregida por Venturi en este libro cambiando sólo una letra: "less is bore" ("menos es aburrido"). Un hábil juego de palabras que refleja su forma de ver el problema arquitectónico, y que nos abre los ojos a la opulencia, a la acumulación formal, a la combinación de registros y de tonalidades, a la exuberancia y a la alegría orgiástica.
El funcionalismo no puede ser el ideal. El funcionalismo sólo cree en la racionalidad, en que los edificios respondan al programa, en que sean limpios y nítidos, en que no alojen más que frío cálculo. La gente necesita otras cosas más estimulantes, otras dimensiones por encima de las meramente racionales.
A la austeridad y a la claridad modernas, Venturi opone la complejidad y la contradicción. Y tiene razón. Las cosas importantes de la vida son complejas y se contradicen. La vida misma es compleja y contradictoria, y la gran arquitectura tiene que tener factores de complejidad y de contradicción.
Chapó.
Estoy esbozando muy por encima la caricatura de su libro, pero os recomiendo de verdad que lo leáis, aunque ya tenga cuarenta y cinco años de edad. Sigue estando vigente, y es de una finura y de una inteligencia notables. De verdad que merece la pena, repito.
Lo único malo de este libro es que al final tiene unos infaustos ejemplos de obras de Venturi. Y, cuando uno se ha ido convenciendo durante todos los capítulos de que estaba ante una obra seria, la obra de un hombre inteligentísimo, al final ve con horror la sarta de mamarrachadas que este hombre puede construir siguiendo su evangelio.