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miércoles, 28 de febrero de 2024

¿Quién necesita arquitectos?

Bernard Rudofsky, basándose en una exposición que hizo el MoMA, publicó en el año 1964 un libro titulado Architecture Without Architects que se hizo famoso, y que fue traducido al español como Arquitectura sin arquitectos por la Editorial Universitaria de Buenos Aires en 1973. (Cuánto tenemos que agradecerles a las editoriales hispanoamericanas todos los lectores en español, y sobre todo los españoles).

La exposición y el libro consiguiente eran un canto a la arquitectura vernácula, espontánea, tan diferente a la que hacemos los arquitectos que puede decirse que no es la misma disciplina. No solo los métodos son distintos. Lo son la concepción, la necesidad, el planteamiento, la finalidad, todo.

Aquí quizá sea pertinente una acotación: Creo que toda arquitectura tiene arquitecto; otra cosa es que este tenga o no tenga título académico. En toda obra de construcción hay alguien -una o varias personas- que decide, que piensa, que diseña, que estima costes y que adquiere responsabilidades. Si esa obra de construcción goza de alguna de las cualidades que la hacen acreedora de ser llamada "arquitectura", entonces a esas personas que la han pensado se les ha de llamar "arquitectos" o "arquitectas".

viernes, 11 de octubre de 2019

Joderse la vida

Quiero contar hoy una historia que me ha conmocionado. A veces el trabajo de arquitecto consiste en meterse (o que le metan) en asuntos que a uno no le importan, y en enterarse de cosas de las que no debería haberse enterado.
Desde que la he conocido estoy queriendo contarla, pero por otra parte debo ser discreto, así que he ocultado, disimulado o cambiado los datos y circunstancias que diré a continuación. Pero el sentido general de este cuento es real, dolorosamente real. Y muy frecuente.

Dibujo de Chumy Chúmez

Un agente inmobiliario de un pueblo no muy lejano del mío da conmigo de rebote, por contactos comunes, y me llama para que vaya a ver y medir una casa y le haga un certificado de eficiencia energética, otro descriptivo y otro de georreferenciación que le ha pedido el notario para hacer la escritura de compraventa. Pero tengo que ir corriendo. Tiene que ser "para ayer".

Ya. Lo de siempre. Lleva semanas con la operación, pidiendo certificados en el ayuntamiento, certificado catastral y nota simple en el registro y ahora, un día o dos antes de la firma, el notario le dice que necesita todo eso.

Me encanta ser una especie de arquitecto de urgencia y resolver el papeleo en un pispás. Y me encantaría más si me pagaran en consecuencia. No, al notario no le regatean. Al registrador tampoco. Pero a mí sí. Lo normal.

Cojo el coche y me presento en la inmobiliaria con mis cacharritos de medir. Me dan las llaves y también la carpeta con todo el expediente, para que vea los datos de la propiedad y todo lo que necesite. Muy bien.

Auxiliado por la aplicación del teléfono llego hasta el casoplón. Aparco y lo miro desde fuera. Tiene toda la pinta de ser una buena bazofia. La parcela es grande, pero con la casa enorme y aislada en medio apenas queda un inútil pasillo de terreno libre alrededor. Todo ese resto de parcela está solado. Hay una palmera en un rincón, cuyas raíces han levantado y roto las baldosas circundantes y cuyas ramas amenazan un alero.

A la enorme casa le sale un bulto semicilíndrico por el oeste y otro por el sur, y un prisma semioctogonal por el norte. La fachada este, por el contrario, es plana y ciega, como si el proyecto previera inicialmente su adosamiento por ese lado, o como si el arquitecto hubiera aprovechado y reutilizado otro anterior. Los dos cilindros tienen una hilerita de ventanas cada uno, pero sus cargaderos son rectos, con chapa metálica vista que forma un polígono que se da de patadas con la curva de los ladrillos vistos, dejando todo tipo de pegotes residuales. Lo mismo pasa con los vierteaguas, también rectos. El mirador semioctogonal tiene ventanas en los centros de sus caras, que por estar en plano quedan mejor resueltas que las de los semicilindros, pero entre unas y otras hay machones de ladrillo visto que perpetran las aristas del octógono con alevosía, pues quedan rotas en líneas irregulares y desconchadas mediante corte de radial.

Todo ello da (de nuevo) la imagen de quieroynopuedo y de Manoletesinosabestorearpaquétemetes. Ganas de chapucear intentando aparentar un grandeur paleto.

Entro y es peor. Una casa con los ciento ochenta y un metros cuadrados construidos en planta baja peor aprovechados de la historia. (Tan mal aprovechados que necesita otros sesenta y cinco en planta primera, igual de tontos).
A todo lo largo de la planta baja, por el centro, discurre un pasillo de 1,80 m de anchura, con puertas a derecha e izquierda. (Demasiados metros cuadrados para nada). La cocina, muy larga, rectangular terminada en un ábside semicircular (uno de los semicilindros que asoman al exterior), tiene más de treinta metros cuadrados, pero es de isla en el centro y a lo largo que le deja pocos espacios aprovechables alrededor. Es decir, con esa superficie enorme apenas tiene una encimera de sesenta centímetros en el centro. Al pasar para medir el ábside me doy con la campana extractora en la cabeza, y más tarde, al salir, me pego un golpe en la cadera con un pico del extremo de la encimera. Seguramente yo soy especialmente torpe, pero la puñetera isla me ha dado dos trompadas en diez minutos. No quiero ni pensar cuáles serían mis lesiones cronificadas si yo viviera en esa casa.

Al salón le sale otro semicilindro poco práctico y poco vistoso, pero muy ampuloso y grosero. Las cortinas por dentro tampoco ayudan. Todo es un estorbo. Es una casa llena de trampas e incomodidades. De la misma manera que con el pasillo y con la cocina, voy midiendo y sorprendiéndome de la enormidad de las distancias, que tanto por la forma absurda de la planta como por el amueblamiento insulso, apenas dan cabida a nada. Son tamaños enormes que dan cansancio, pero no espacio.
Por otra parte, el mobiliario, muy nuevo, apenas estrenado, es muy ramplón. Sobre el sofá hay tres cuadros de los de tienda de muebles cutre. No son ya de cacería de ciervo por perros ni de arroyo con casita y montañas al fondo, sino de la siguiente generación de paletería, abstractos, de un estúpido decorativismo hortera y chabacano (donut plateado sobre rectángulo verde, y manchas rojas salpicadas; etcétera), pero que da "otro toque" "más moderno" a los infelices que los compran.

Los dormitorios son más bien pequeños, o, mejor dicho, como el principal tiene semioctógono y los otros dos tienen chaflanes, al final una gran cantidad de metros cuadrados se traducen en poner una cama en un lado, dos mesillas en el cabecero y nada más. (Tienen armarios empotrados, eso sí).

Vamos, que en más de ciento sesenta metros cuadrados útiles hay una cocina, un salón, dos baños y tres dormitorios. Nada más. No han conseguido que toda esa enorme superficie dé nada más de sí.
Por ello necesitaron una planta alta, más pequeña que la baja, con otro salón, otro baño y un despacho. (En este último hay una mesa de oficina, dos sillas y una estantería. En la mesa hay papeles todavía: albaranes ahí dejados hace ya bastantes años, cartas del banco abandonadas como si los dueños hubieran salido corriendo sin tiempo de archivarlas).

Además hay semisótano. Otro enorme despropósito. Es la proyección de la planta baja completa con sus terrazas, pero sin más tabiquería que la que forma un cuarto de caldera, la escalera y un baño en uno de los extremos. En el gran espacio diáfano restante hay varios ambientes mezclados sin orden ni jerarquía. Por una parte, un gimnasio destartalado. Barras de pesas tiradas y desparramadas por el suelo, discos de pesos como de veinte a cincuenta centímetros de diámetro. Muchos. También algunos tubos metálicos que se me antojan bases para montar aparatos encima, que o no se montaron nunca o se sacaron de allí en la huida. También una barra de bar rústica-hortera, de pub de pueblo de los setenta, chapada de piedra irregular y con el canto de escai y gomaespuma y tachuelas doradas. Taburetes ante la barra. Pero todo ello conviviendo con el garaje y estorbándolo: No hay ningún coche, pero viendo la rampa y el portón de acceso, los dos o tres que caben en el garaje no tienen otra opción que acodarse a la barra y pedirse un calimocho. Sigo sin entender tantas exclusiones obligadas (si bebes cerveza con los amigos no puedes meter el coche) en un espacio tan enorme. Ah, y en otra pared, pero no cerca de la barra, sino más bien entre los aparatos de gimnasia, un mural formado por celdillas prefabricadas para alojar botellas de vino.

Lo mido todo (un trabajo bien engorroso y largo) y finalmente me instalo en la mesa del salón para tomar notas del expediente.

Y ahí viene lo peor.

jueves, 2 de agosto de 2018

Buenos edificios detestables

A mi amigo virtual The General (@johnygrey), que
ha propuesto esta discusión y me ha movido a escribir
esta entrada lleno de dudas.

En twitter sigo con entusiasmo a un ingeniero de caminos que se hace llamar The General (@johnygrey), como la obra maestra de Buster Keaton y el nombre de su protagonista. Se dedica a los puentes: profesionalmente a hacerlos y pasionalmente a amarlos y a explicarlos.

Tanto entusiasmo demuestra, tanta pedagogía despliega y tanta sabiduría atesora que para mí es siempre una gozada leerlo. Lo tengo por "amigo virtual" y he tenido más de una jugosa conversación con él. Lo tengo como "amigo" pero ni sé su nombre en este mundo unopuntocero ni qué aspecto tiene. Para mí (y para todo twitter) tiene la cara de Buster Keaton que exhibe en su avatar.

El otro día ha escrito en twitter que lamenta no haber estudiado en la antigua escuela de caminos que está en el parque del Retiro de Madrid, en un bello edificio de ladrillo y en un entorno idílico:


Por el contrario, tuvo que padecer la carrera en este monstruoso comealumnos:


Para él fue una desgracia que la escuela se mudara de aquel lugar tan agradable a este otro tan duro, tan desagradable, y decía: "Y qué queréis que os diga, que tu casa te define y que el edificio no ayuda a transmitirles a los alumnos el amor al Arte y a las Humanidades".

Me sorprendió esta afirmación en una de las personas que con más lucidez habla de belleza, de arte y de humanidades. Me encanta cuando habla de la belleza de un puente, fundamentada esta en lo bien que trabaja aquel, y con cuánta lucidez explica los porqués de tal forma o de tal detalle, y los aciertos de diseño que impiden malos comportamientos de tal sección, y de todo ello glosa una precisa y lúcida alabanza a la belleza, a la belleza real que yo también defiendo: "La belleza es el resplandor de la verdad". Y todo eso, naturalmente, son Arte y Humanidades. Para mí son el Arte y las Humanidades más elevados.
Salvando la maniquea y falsa caricatura de la oposición entre el arquitecto y el ingeniero, con The General da gusto hablar porque entiende la arquitectura y le gusta, y porque hermana estas dos profesiones en una misma misión.

Por eso me sorprende que diga que le gusta el edificio antiguo, que yo veo como anodino pastiche sin interés alguno (aunque sí: agradable), y que odie el nuevo, que yo veo muy interesante. (Cuando habla de los entornos, de la proximidad al metro y esas cosas sí estoy de acuerdo con él, pero como edificio veo el moderno mucho más eficaz y apropiado).

Le digo que es obra de los arquitectos Luis Laorga y José López Zanón y que es un buen edificio moderno que ganó el concurso en 1963. (Clicando aquí podéis leer un informe).


Me dice: "Te voy a ser sincero: El edificio sumado a su uso (como centro de tortura) es una pesadilla. Y no es acogedor en absoluto para el alumno. Y con este sentir se me hace muy difícil verle las virtudes". Y añade: "Y esto me lleva a una duda que te traslado, a ver qué piensas: ¿Si la mayor parte de los usuarios de un edificio lo detestan, es buen edificio?"

Menuda pregunta. Uf. Es definitiva. No sé qué decir. Pues que no. Claro que no. No puede serlo.

Pero vamos, por el mero placer de debatir, a señalar dos posiciones extremas:

1.- Una de las funciones más importantes de un edificio es satisfacer a sus usuarios, hacerles las cosas agradables, ser limpio con ellos, ser sincero, ayudar a que realicen sus tareas (en este caso dejando entrar bien la luz, estando bien climatizado, siendo cómodo, etcétera). Por lo tanto, si sus usuarios lo detestan es un mal edificio. Sin duda.

2.- Supongamos que el edificio sea bueno y los usuarios no sepan, o no puedan, o no estén en condiciones de apreciarlo. Supongamos que lo odien por lo que no es: por la dificultad de las asignaturas, por la dureza de los profesores, por la falta de compañerismo con los demás alumnos... Yo qué sé. En ese caso los usuarios pueden detestar un buen edificio.

Pero The General me ha demostrado muchas veces su buen criterio y su fino instinto como para liquidar la conversación con una salida apresurada del tipo: "Tú confundes la calidad arquitectónica con la hostilidad de la carrera". Sí, yo podría argumentar que puede haber una cárcel que sea un magnífico ejemplo de arquitectura, pero que no por ello los reclusos van a ser muy felices en ella. Pero parece ser que la cosa no va por ahí.

martes, 21 de noviembre de 2017

Los libros de la tía Felisa

Los arquitectos MVRDV han hecho en Tianjin-Binhai (China) una biblioteca A-LU-CI-NAN-TE.


Siempre he dicho que la arquitectura es espacio, y que el análisis y la valoración de la arquitectura ha de ser la del espacio que configura. En ese sentido esta biblioteca es plausible y admirable. Y con bola.



Es un espacio impresionante, absorbente e hipnótico. Es un espacio de una vez, como el Guggenheim de Nueva York o el Panteón de Roma. Es arquitectura en esencia, es arquitectura de pata negra.
Es una obra magnífica. Estupenda.

sábado, 14 de octubre de 2017

Horno de pan (y 2)

El otro día me supo a poco lo que iba diciendo y me quedé con ganas de más. Por eso titulé la entrada con el número uno y prometí una segunda parte. Pero ahora ya se me ha ido el hilo de lo que iba diciendo.
Además en estos días le han dado un premio al horno de pan y ya se me ha cortado el rollo del todo.

¿Por qué somos así los arquitectos? ¿Por qué admiramos
y premiamos estos edificios que no gustan a la gente?

Sí que me gustaría seguir con mi afán didáctico e insistir un poco (muy por encima) en lo que decía el otro día.

Para empezar, deberíamos intentar comprender las complejas condiciones de partida que tiene este edificio: Está en el borde de una plataforma, ante un vertiginoso desnivel, y además tiene que arrodillarse ante el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, y no solo respetar, sino incluso acoger unos restos arqueológicos. Aparte de su complejo programa (auditorio, museo de tapices, museo de objetos suntuarios, museo de carruajes...) tiene que ser capaz de resolver la esquina más residual de la plaza que queda entre el palacio y la catedral. 


El acceso se hace por arriba, por la plaza, y desde ahí se va bajando, descendiendo por la cornisa famosa.
Ponedle además los camiones de abastecimiento, los recorridos, el transporte, la seguridad, la comodidad de accesos y estancias, etcétera, y tendréis un señor problema.

Obviamente, la cuestión de raíz, la matriz del proyecto, es hacer toda esa organización y toda esa relación de la manera más sencilla y eficaz posible. El problema, ya lo dijimos, es que el horno haga buen pan.
Luego, naturalmente, todo eso tiene que tener una forma, una imagen, una expresión plástica.




La expresión puede (y debe) ser discutible una vez visto el nivel de solución de las condiciones de partida antes dichas. ¿Es un acierto lo de las tiras verticales en fachada? Pues si no dejan pasar una luz uniforme y limpia serán un error, y si sí un acierto.
(A mí me parece, además de por su mera funcionalidad, que esa fachada ofrece una imagen neutra, como un zócalo o pedestal de piedra levemente labrada bajo la catedral).

¿Qué pasa si olvidamos todo esto y nos dejamos llevar solamente por la primera impresión que nos ofrece su fachada? Pues que entramos en el "me gusta" o "no me gusta", que ya vimos que es muy respetable en el interior de la intimidad de cada uno, pero cuando sale de ahí ya no merece especial respeto.
¿Nos gusta más con columnas jónicas? ¿Le ponemos unos arcos? Podríamos hacerlo: Tenemos todo el catálogo de formas arquitectónicas para usarlo según nuestro gusto, nuestro sacrosanto gusto personal. ¿Pero qué ganamos con ello?
(A una tía mía le entusiasmaban los bocadillos de bonito en escabeche bien espolvoreado de azúcar. De verdad. Los gustos personales son así).

Pero no merece la pena seguir intentando buscar ejemplos cuando tenemos uno perfecto justo al lado.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Horno de pan (1)

Esta entrada está dedicada a quien no sepa
ni entienda nada de arquitectura
contemporánea y esté un poco hasta
las narices de tanta mamarrachada.


Hace pocas semanas he asistido a cómo se comparaba el centro Botín de Santander con un calefactor y la iglesia de Marcos de Canaveses con un trastero. El otro día volvió a ocurrir: El Museo de Colecciones Reales de Madrid es un horno de pan.
Es lo de siempre y no merece la pena insistir. Pero como los ciudadanos legos en arquitectura seguirán viendo la contemporánea con hostilidad y desafección, quiero decir una cosa muy básica por si puede ser de algún interés, aun sabiendo que no va a servir de nada y que vamos a seguir igual.

Primero cuento la última batallita. Un periódico pone en twitter la noticia de la inminente apertura del Museo de Colecciones Reales en Madrid con una foto, y un famoso periodista televisivo contesta: "Que ESPANTO de edificio..." (sic). (Parece obvio que se refiere al edificio objeto de la noticia y no al mamotreto que aparece tras él).


Al momento contestan algunos esforzados arquitectos defendiendo el Museo como un gran proyecto arquitectónico y haciendo notar al periodista algunas de las virtudes de ese edificio, así como la necesidad de intentar estudiarlo y entenderlo antes de soltar un exabrupto tan rotundo. La indignación del periodista crece, ahora tanto por el ESPANTO perpetrado en Madrid como por el corporativismo sectario (e incluso agresivo) de unos locos fanáticos.

Se sucede un sabroso cruce de tuits del que pongo una pequeñísima muestra:


Lo de siempre: "Como no he estudiado arquitectura estos fanáticos no me dejan opinar". (Bueno, si a eso vamos tampoco estudió ortografía y nadie le impide escribir).
Observemos que se llama a sí mismo "hereje". O sea, nosotros somos sacerdotes inquisitoriales del retorcido arcano de la arquitectura y no permitimos la más mínima desviación del dogma.
Que conste que el famoso periodista es un vacilón, y que escribía con mucha sorna. Pero dijo (en broma) que temía por su integridad física ante nosotros, y dejó caer muchas exageraciones siempre en la línea de que el fanatismo de los arquitectos no permitía a la gente "normal" expresar sus opiniones.


Naturalmente que puede opinar. Estaría bueno. Todo el mundo puede opinar. Siempre estamos con lo mismo, y esto ya lo he dicho más de una vez. Cada uno es dueño de opinar lo que quiera, pero no todas las opiniones son igual de respetables y además cada uno se retrata con sus opiniones. Quiero decir que todos somos libres de opinar y de manifestar con nuestras opiniones nuestro conocimiento, nuestra sensibilidad, nuestro fanatismo (exacerbado en el caso de los arquitectos). 
En ese sentido le dije:


¿Por qué esos dos artistas sí son incontestables? Os recuerdo que el pintor fue detestado por casi todos durante unos años y al escritor le devolvieron el manuscrito de su obra maestra. Alguien, en varios (muchos) momentos, dijo de cada uno de ellos: "Qué ESPANTO". Sin embargo ya nos hemos acostumbrado a admirarlos y a no poner sus obras en entredicho; ni siquiera las menos buenas.
Pero los arquitectos aún no han alcanzado ese grado de benevolencia ni de comprensión por parte de la gente: Ellos se limitan a hacer un horno de pan.

sábado, 14 de enero de 2017

Y coda

Ayer mismo escribí una entrada en este blog con un tono sarcástico y seguramente más estúpido de lo aconsejable, pero es que, comprendedme, ya estaba cansado de mesarme los cabellos, de indignarme, de rabiar y de gritar. ¿Para qué? ¿Qué más da todo?
El caso es que, como imaginaba, lo que escribí en tono de burla mucha gente lo piensa en serio.
Varios periódicos han dado la noticia de la ignominia, y, como todos ellos en sus ediciones digitales tienen abierta la posibilidad de que cualquier lector pueda opinar, aquello se ha puesto perdidito de opiniones.
Opiniones indignadas porque a los arquitectos nos gusten mierdas como la felizmente derribada y no nos gusten las casas buenas y bonitas de verdad como la que se está terminando de construir. Siempre lo mismo. No basta ya con la ignorancia, sino que hay un cabreo exaltado, un odio a quienes hemos consagrado nuestra vida a la arquitectura, porque actuamos como si conociéramos un arcano que a ellos les estuviera vedado y por ello nos sintiéramos superiores. (Y, por supuesto, no piensan hacer nada por estudiar, por escuchar, por aprender...)
-¡A mí ningún chulo me va a decir lo que está bien y lo que está mal!
Bueno, pues yo voy a osar decir un par de cosas.
Ya he dicho varias veces que todo es opinable, y que todo el mundo tiene derecho a opinar, pero que no todas las opiniones son respetables.
Esto en otros campos se entiende muy bien: Yo, que no sé exactamente por dónde queda el hígado, ni siquiera aproximadamente por dónde el páncreas, ni para qué sirven, puedo criticar la desobstrucción del colédoco que le han hecho a mi tío Recesvinto, puedo hablar -con un palillo entre los dientes- de la disparatada pancreatectomía parcial que le han practicado a mi colega Triboniano y puedo incluso proclamar que lo que tenían que haber hecho ambos era dejarse de médicos y tomar mucho zumo de limón. El zumo de limón es buenísimo. Y la homeopatía.
Pues sí. Pues estas cosas se dicen y ya está. Y no pasa nada. Todos sabemos de todo y todos opinamos de todo.
Lejos de mí pedir, sugerir siquiera, que quien no sepa no opine. Tan sólo opino -opinar es libre, ya digo- que quien opina de algo sin tener ni idea, sin haberse parado a pensar sobre ello, sin tener ninguna referencia ni ningún criterio salvo el de la ciencia infusa, es un bocachancla y un mascachapas. Pero, claro, esto es sólo una opinión mía.

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, o chorro,
generoso o estafador.
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.

martes, 16 de agosto de 2016

Maldita arquitectura

En 1957 una central lechera le encargó al arquitecto Alejandro de la Sota un complejo industrial destinado al tratamiento y embotellado de leche de vaca y a la elaboración de productos lácteos derivados. Se ubicaba en una gran parcela a las afueras de Madrid, al norte de la ciudad. Parecía un buen encargo, una cosa razonable, pero el maldito arquitecto, el muy cabrito, les hizo una obra maestra.


En 1965 una empresa farmacéutica le encargó al arquitecto Miguel Fisac un edificio en las afueras de Madrid, en la carretera de Barcelona, para alojar allí su producción, su almacenamiento, y sus dependencias administrativas. Pero el maldito arquitecto, el muy cabrito, les hizo una obra maestra.


Maldita arquitectura: Con los años (las décadas) esas parcelas que estaban alejadas del cogollo de la metrópoli fueron absorbidas por él (y se revalorizaron una barbaridad). Además, las empresas cambiaron -e incluso quebraron-, y aquellas obras maestras de la arquitectura española cambiaron de dueño y se quedaron sin uso efectivo. Para colmo de males, la normativa urbanística daba ahora mucho más aprovechamiento del que aquellos solares tenían entonces, y una "operación inmobiliaria" era una tentación irresistible.

De esta manera, teníamos ahí, tirados y maltrechos, unos complejos arquitectónicos fascinantes, pero ya obsoletos, en desuso, y cuyos dueños sólo aspiraban a derribar para poder aprovechar -legítimamente- las expectativas de lucro que les daba la normativa urbanística y las nuevas condiciones del mercado inmobiliario.
Ah, pero eso era una barbaridad. Todos los arquitectos de España y todos los no-arquitectos amantes de la arquitectura moderna (estos últimos se dice que pasaban de diez personas) se levantaron como un solo hombre y gritaron: "La Pagoda se queda", "La CLESA se queda".

Qué emocionante. Aún hoy, recordándolo, se me ponen los pelos como destornilladores.

Al final la pagoda no pudo ser salvada, y ante la consternación de todo el mundo fue derribada casi con chulería y provocación. No así el otro complejo industrial, que por ahora parece que se va a salvar. (Ya veremos).

¿Pero os imagináis qué habría pasado si las dos empresas hubieran encargado sus respectivos complejos industriales y administrativos a un arquitecto mediocre, a un José Ramón Hernández cualquiera? Pues que se habrían construido los anodinos edificios, se habrían utilizado mientras hubieran sido útiles, se habrían reformado, ampliado o modificado a voluntad cuando hubiera sido preciso y, llegado el caso, al finalizar su vida útil, se habrían derribado sin darle dos cuartos al pregonero. Y aquí paz y después gloria.
Ah, pero eran puñeteras obras maestras de la arquitectura.

lunes, 9 de junio de 2014

Arquitectura y colostomía

El otro día, hablando de lo de siempre, de si la arquitectura es un arte, de si patatín, de si patatán, pensé por enésima vez en el daño que se ha hecho a la arquitectura tomándola por arte. O, mejor dicho, por una de las "bellas artes".
Arte es. Claro que sí. Pero no un arte sublime, bella, meliflua, bonita, espiritual, etecé, etecé, etecé. Esto le ha hecho mucho daño, y ha sido y sigue siendo la principal causa de que haya tan mala arquitectura por todas partes.
Toda la vida se ha hablado del arte de la medicina, del arte del derecho, del arte de la guerra o del arte de amar. En ese sentido sí hay que hablar del arte de la arquitectura, y del de la ingeniería. En el sentido de "cosa hecha por el ser humano" y "cosa hecha con habilidad". Arti-ficio, arti-ficial, arte-facto. Se trata de la magnífica arte de hacer un martillo, un teléfono o una colostomía.


Para empezar, si la gente se planteara los edificios y las intervenciones urbanas como se plantean las intervenciones en el colon, todos seríamos mucho más responsables respecto a la arquitectura, al tejido urbano, a su economía y a su funcionalidad, y los entornos en los que vivimos serían mucho más orgánicos, agradables, limpios y placenteros. (Y también más hermosos, precisamente porque nadie se plantearía su supuesta hermosura como condición).
Un cirujano no cose por estética, pero si hace un buen trabajo dejará una cicatriz limpia y "bella".
La absurda idiotez de que los edificios tienen que ser "bellos" y el absurdo cacao mental que tenemos todos con lo que es "bello" y lo que no lo es hacen que la casi totalidad de los edificios que nos rodean sean un insulto a nuestra inteligencia y, por lo tanto, a nuestra sensibilidad.

-La operación ha sido un éxito. Le hemos extraído el tramo de colon afectado y le hemos rematado con una sutura con hilo rojo intenso, haciendo un gracioso zigzag sobre su vientre que realza el relieve de su ombligo.
-¿Pero harán biopsia de lo que me han quitado?
-Casi que no. Como nos ha quedado una cicatriz tan bonita... Aunque si quiere se la hacemos.
-No, no. ¿Para qué? Si no luce nada.
-Lo que sí vamos a hacerle es implantarle un segundo ombligo de PVC, que hace muy gracioso.
-Ah, sí. Muy bien.

No es broma. Así se toman muchas decisiones arquitectónicas. Así en muchos aleros se ponen canecillos de madera, que son supuestos extremos de unas viguetas de madera que no existen, pero "hacen bonito". Así la infausta "Puerta de Europa" (ja, ja y ja) de la Plaza Castilla de Madrid consiste en dos torres chaparretas e inclinadas porque sí. Así vemos puentes supuestamente sujetos por unos supuestos tensores de acero que en realidad son mero adorno.
Y así cualquier arquitecto mediano (como yo), aceptable profesional (como yo), capaz (como yo) de hacer unos chalés adosados agradables y cómodos, se ve sometido e impelido, al final del proceso, a "hacerlos bonitos". ¿Por qué? ¿Para qué?
Hace tiempo le hice tres casas a un cliente. Discutimos mucho con la disposición de los espacios, la forma de entrar, el acceso directo desde el salón a los dormitorios, etc. Era una parcela con una pendiente muy fuerte y con unas vistas muy buenas hacia abajo. Fue un gran cliente, que me obligó a mejorar el diseño y la funcionalidad de las viviendas.
Pero llegamos a un punto que yo consideré "punto final". Le dibujé unas perspectivas y se las enseñé muy satisfecho. Él las miró también muy satisfecho y me dijo: "Me gusta. Ha quedado muy bien. Ahora vamos con la estética".
Yo pensaba que mis diseños desnudos eran el punto final, pero para él eran el punto de partida de la segunda fase, que era la realmente importante.
Lo que ya importa menos es que para él esa segunda fase consistiese en añadir aquí y allá un arco de ladrillo, un balcón con barandilla de forja o una balaustrada de hormigón. Para los arquitectos lo que hay que añadir es un paño de acero cortén, una barandilla de barras horizontales de acero (inoxidable o pintado de blanco) o unas ventanas enrasadas a fachada, sin persianas.
Pues tan caprichoso, tan gratuito (y tan feísimo) es lo uno como lo otro. Es un debate sobre qué elementos postizos y absurdos me gustan a mí y que elementos postizos y absurdos le gustan a mi cliente.
Los elementos puestos sin ton ni son (el acero cortén puede producuir una textura muy agresiva y funciona muy mal térmicamente, las barandillas de barras horizontales son escalables por los niños, y las ventanas enrasadas a fachada sin persiana son terribles en climas calurosos) no pueden producir hermosura. Sería una hermosura falaz, criminal, contraria a la verdad y a la bondad. Algo así no puede ser hermoso. La belleza no puede ser el resultado de un crimen. (De un crimen contra la inteligencia y el buen hacer).
Y, desde luego, lo que no es hermoso ni ético es buscar la hermosura per se.
El cirujano no busca la estética ni le interesa lo más mínimo. Intentará que quede la cicatriz más pequeña y más limpia posible, pero porque eso es la señal de un buen trabajo, tiene menos riesgo de infección y es menos agresiva para el paciente. Y, por lo tanto, el resultado será hermoso.

No creo que sea tan difícil de entender.
Defiendo apasionadamente la belleza de la arquitectura (que sólo se puede dar si la arquitectura es buena), como defiendo la belleza de un teléfono móvil, de una gubia, de un carro de varas, de un pozo de alcantarillado, de una grapadora, de una botella, de un mapa, de un helicóptero o de una colostomía.

Si están bien hechos son buenos. Si son buenos son bellos. Tan bellos que incluso soportan sin demasiada merma algún "toquecito" final.

(Si te ha gustado esta entrada hazme la caridad de clicar el botoncito g+1 que puedes ver aquí debajo. Muchas gracias).

domingo, 20 de abril de 2014

Doble (o triple) indignación

La estación del AVE de Toledo es incomprensible.
Cuando se pensó crear un AVE directo Madrid-Toledo parecía lo más lógico crear una nueva estación, pero en seguida prevaleció la idea de usar la de toda la vida, la de Cercanías (que de paso fueron suprimidas).
Ya me parece inconcebible que en su momento se construyera una estación de ferrocarril neomudéjar, que es tanto como si la Estación Espacial Mir se diseñara con papel embreado y estructura de madera de pino.
Lo mismito. (Volvemos a lo de siempre: En las ingenierías esos caprichos tontos no se pueden permitir porque las cosas tienen que funcionar, mientras que en la arquitectura da lo mismo).
Y todavía tienen la desfachatez de utilizar para la propaganda institucional imágenes tan terribles como ésta:


Yo ahí veo una máquina pasmosa que quiere correr, que sirve a su tiempo y que es útil a sus pasajeros, y me invade una innegable envidia por los ingenieros que han hecho posible esa "cosa". Y detrás veo una castaña pilonga que no se entera de nada, que no sirve para nada y que proclama la paletez de algo absurdo, antihistórico (porque lo histórico es ser de su tiempo, no perpetrar una falsificación ridícula) y antifuncional, y siento una también innegable vergüenza ajena (y en parte propia) por los arquitectos que han hecho posible esa otra "cosa".
En estos días, para colmo, el andén está lleno de carteles sobre eso de El Greco, y uno no puede por menos que retroceder esos cuatro siglos que hoy le celebran, e imaginárselo en esta terrible ciudad de este terrible reino, como un pulpo en un garaje.
La gente, como de costumbre, encantada: Haciéndose fotos en el cutrísimo vestíbulo, recargado, pringoso, absurdo. Lleno de azulejos y de arcos lobulados.


El pasmo y la indignación me dejaron petrificado, y cuando quise sacar el móvil, desbloquearlo, seleccionar la cámara, etc, para plasmar ese momento de veneración colectiva, casi todos se habían ido. Apenas quedaban éstos, a quienes no es que saque desenfocados por delicadeza, sino por pura torpeza.


Aproveché para reproducir la foto que había visto
hacer a una viajera arrobada (ya que no me había dado
tiempo a fotografiarla a ella fotografiando esto).

Los turistas, transidos de emoción ante Toledo desde el primer momento en que ponen el pie en la ciudad, son absolutamente incapaces de distinguir lo verdadero de lo falso, las obras de valor de las más repugnantes falsificaciones. Y toda la subcultura kitsch del consumo rápido, de la admiración desproporcionada y facilona y del daigualochoqueochenta perpetúa esta estúpida situación. Todavía en Toledo es muy arriesgado (y en casi todos los casos es ilegal) pretender hacer una honrada arquitectura moderna. Y, sin embargo, estos pastelitos de merengue con sirope de fresa y chocolate tienen el aplauso y la bendición de todo el mundo, empezando por los poderes públicos y terminando por la población y por el turisteo.
(Parezco un apóstol de la arquitectura moderna de principios del S. XX. Señores y señoras: Que llevamos década y media del S. XXI y aquí todo sigue igual. Que este discurso que digo tiene más de un siglo. Que esto mío es ya perogrullismo puro).


Una de las infraestructuras de las que más orgullosos se sienten todos por aquí, el AVE Madrid-Toledo, te deja tirado a varios kilómetros del casco histórico. Hay dos líneas de autobús, que no coinciden en absoluto con los horarios del tren y que son completamente insuficientes para absorber a todo el público que llega. Así que es casi obligatorio tomar un taxi (en horas punta también son insuficientes), que espera en la bonita fachada neomudéjar, sin protección alguna de la lluvia (hoy incipiente) y, sobre todo, de ese agradable calorcillo que hace en Toledo en los meses de verano.
Vamos, dicho en román paladino: Ante ese vómito de ladrillos no hay una puta sombra donde esperar a los pasajeros. Eso en Toledo y en julio puede producir casos que aboquen a urgencia hospitalaria.

Ah, otra cosilla sin importancia: De esa batería de puertas que veis en la fachada sólo es practicable la del extremo derecho. Las otras cuatro están condenadas. También es interesante el espectáculo cuando llega un tren lleno de ganad...pasajeros y tienen todos que amontonarse para pasar por esa única puerta.
(¿Cómo que si miento? Mirad los macetones por el interior de las puertas en la segunda foto de esta secuencia de horrores).

Pero esa no es mi única indignación.

domingo, 16 de octubre de 2011

Dos ejemplos, dos ideologías arquitectónicas

Siempre estamos con lo mismo:

modernidad / postmodernidad
funcionalismo / metáfora
racionalismo / poesía.

Esto ya aburre, ¿verdad?. Menudo tostón.
Bueno; aburriría si de vez en cuando, en las tontas horas de conducción, no aparecieran inesperadamente algunas joyas. (Joyas que debería prohibir la Dirección General de Tráfico, porque producen súbitos ataques de placer que podrían provocar accidentes).
(Por cierto: las fotos me las ha proporcionado una fuente que, como comprenderá la Meretérica, mantendré en el más riguroso economato).
El primer ejemplo está en la entrada de Aranjuez (Madrid), viniendo desde Madrid por la carretera antigua, a mano derecha.
(Si clicáis la foto, se ampliará y podréis ver los sorprendentes detalles).
Es una casa muy sencilla y muy agradable, diseñada con gusto y limpieza.
Obviamente, el dueño ha necesitado un poco más de altura, probablemente para crear un altillo. Ha analizado racionalmente sus necesidades programáticas y las ha resuelto directa y perentoriamente. Funcionalismo puro, sin concesiones a la "estética", sin tonterías. No se ha molestado en quitar la moldura que señala el anterior perfil del hastial. (Bueno, por no molestarse no se ha molestado ni en pintar su obra).
Soy un racionalista convencido, un funcionalista confeso, y por lo tanto no sé qué afear en esta intervención. Si acaso, se me ocurre la ya mítica observación que le hace la Juani a la Cristal en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?: "Solo tienes sensibilidad en el shosho". Pues sí; hay gente que tiene la sensibilidad ahí mismo. ¿Pero qué es la sensibilidad? ¿Ya estamos con chorradas? ¿Es que vamos a volver a hablar de "la belleza"?
No. No me lo puedo tolerar a mí mismo. Siempre he estado convencido de que una máquina de afeitar es hermosa porque funciona bien, y de que no hacía falta más para "embellecerla". Es más: los intentos de embellecimiento siempre desembocan en la chabacanería y en el kitsch.
Pues entonces esta ampliación es estupenda, y arquitectónicamente irreprochable. Y no sé decir nada malo de ella.
Una última foto antes de que desaparezca detrás del árbol:
Por cierto: ¿Por qué nos parece tan hermoso un árbol? Porque funciona. Porque es un organismo habilísimo. Pues la casa de detrás también funciona ahora mejor que antes. (Supongo; no la conozco por dentro. Pero me imagino que si no fuera así no se habrían gastado el dinero en hacer eso).
Me reafirmo en que toda "chabolización" de un edificio se hace siempre en aras de la funcionalidad. La chabola es la "máquina de habitar" en su estado puro.

jueves, 17 de febrero de 2011

La verdadera arquitectura funcional

Creo que soy un funcionalista (más o menos), porque siempre he pensado que las cosas diseñadas para que funcionen bien son por ende hermosas.
(Eso mismo pensaba Fisac, que una tarde en la escuela nos contó que las mujeres hermosas lo eran porque "funcionaban" bien, y nos explicó diversos problemas de salud de las muy chatas, o muy narigonas, etc).
Bueno, pues cada vez estoy más convencido de que todo eso no es cierto. La arquitectura funcional que tanto amamos es más plástica que funcional. Mies no es funcional en absoluto (hace auditorios paralelepipédicos, sin importarle la acústica, iguales a museos, aulas o fábricas). Corbu tampoco (siempre le importa más la plástica que la función).
Yo pensaba que las máquinas de afeitar eran bellas (que lo son) porque eran funcionales (que lo son), pero ahora reparo en que los bordes de goma rugosa, dispuestos funcionalmente para que la afeitadora no se resbale de la mano, hacen hexágonos, rombos, olas, espirales, círculos, etc, totalmente caprichosos, pensados para ser bellos, y también tienen bellas combinaciones de colores. La idea es que funcionen, y luego la belleza es una propina añadida. Me parece muy bien, pero entonces no es verdad mi anterior creencia (y la de Fisac) de que sólo por funcionar bien ya se es bello. (El propio Fisac hizo algunos edificios muy bellos, y algunas vigas muy poco funcionales).
Creo que la verdadera arquitectura funcional es el "aquí te pillo, aquí te mato" de resolver los problemas de uso que se plantean a cada momento: Se me cuela la gente por aquí; solución: tapo este paso. Me entra agua por aquí; solución: lo cubro. Necesito más sitio; solución: cojo más. Necesito más altura aquí; solución: subo el tejado. Cada decisión resuelve un problema concreto, y la solución no mira estéticas ni demás chorradas. Funcionalismo puro:

La arquitectura funcional se experimenta continuamente, y se adapta a las nuevas necesidades de cada día. Nada de cocinas funcionales donde al final no puedo ni abrir una sandía gorda: Tabla y cuchillo. Y así todo.