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sábado, 22 de octubre de 2016

Javier Carvajal: la lúcida mala leche

A Alfredo Aviñó y a José Javier Quintana,
que aseguran que salieron airosos de las
correcciones de Javier Carvajal.

Yo era de la cátedra de Oiza, y mis mejores amigos de la escuela (Emilio, Paco, Joaquín, Iván...) eran de la de Carvajal. Eran dos mundos irreconciliables. Podéis reíros de los Capuleto y de los Montesco, o de los merengues y culés: Esto sí que era una rivalidad peor que la de West Side Story. Nos mirábamos los unos a los otros por encima del hombro. Nos despreciábamos olímpica y minuciosamente.
¡Bah, los de Oiza!
¡Puaj, los de Carvajal!

Los de Carvajal dibujaban en la escuela; no podían llevarse los dibujos a casa. A mí eso me parecía incomodísimo. Dibujaban en papel caballo, en un formato enorme, pegado al tablero.
El papel caballo es opaco. No se puede calcar en él. Eso les obligaba a dibujarlo todo minuciosamente a lápiz antes de empezar a pasarlo a tinta. Y, naturalmente, toda esa brega previa no podía ensuciar el papel. Recuerdo que usaban una especie de microbolitas de goma que esparcían sobre el papel para que el paralex corriera sin ensuciar. Y también polvos de talco. Las minas de lápiz eran 4H, 5H, qué sé yo.
¿Para qué servía dibujar en papel caballo? Era un sistema de tortura hábilmente diseñado. Era un sádico y sofisticado sistema de dolor. Era un taller medieval de duro y ascético aprendizaje.
Además, los chapones de tinta son muy difíciles de raspar en papel caballo. Lo que en papel vegetal es una pequeña molestia fácilmente reparable, en ese antipático papel supone un desafío muy duro, con altas probabilidades de cagarla después de tantísimas horas de trabajo. Saber raspar era aún más importante que saber dibujar.

Pero lo peor, con todo, era que las interminables horas nocturnas y finisemanales que todos nos pegábamos en casa, en nuestro cuarto, ellos se las pasaban en el aula.
Vivían en una especie de monacato, yendo a la escuela los sábados por la tarde e incluso los domingos para tirar líneas y líneas con un lápiz 5H afilado como un estilete.
También era divertido. Se despedían de sus padres o de sus compañeros de colegio mayor y se disponían a pasar unos cuantos días seguidos en el aula, con los demás monjes, todos locos de estrés.

Carvajal, al menos por esa época, ni tenía grupo de alumnos ni iba mucho por la escuela. No recuerdo con qué periodicidad iba, pero sí que iba periódicamente, y que el día que tocaba su visita era una fiesta. Cada profesor seleccionaba uno o dos proyectos de sus alumnos (los mejores), y todos los seleccionados se mostraban ante el gran maestro, que los corregía (y con ello corregía a sus profesores por la tremenda osadía de haber pretendido que esos eran buenos proyectos).

Javier Carvajal

Los seleccionados lo sabían con varios días de antelación, y temblaban ante la idea de ser juzgados por el monstruo.
Una vez Paco fue uno de los elegidos, y nos pidió a todos sus amigos -incluso a los que estábamos en la cátedra de Oiza- que fuéramos a verle para hacerle sentir arropado.

Aquello fue una masacre.

lunes, 20 de junio de 2016

La secta (II). La ratonera

Svetlana Alilúyeva siempre mantuvo que no sabía por qué había ido a Taliesin, y, en todo caso, no podía entender por qué se había quedado allí más de dos días (se quedó más de dos años), se había casado con Wesley Peters y había tenido una hija.
Pero vamos poco a poco.

Taliesin West, Scottsdale, Arizona.
(Captura de pantalla de www.franklloydwright.org)

De entre los miles de personas que querían conocer a Svetlana, invitarla a sus casas, comer con ella, contarle sus vidas, etc, sobresalió y se impuso Olgivanna Lloyd Wright. Ella la entendía taaannn profundamente, se sentía taaannn próxima a la pobrecita, podía ayudarla taaannnto...
Olgivanna conocía bien la problemática rusa. Se había casado con un arquitecto ruso, del que había tenido una hija rusa llamada también Svetlana. (La pobre había fallecido en accidente hacía unos años). Olgivanna podía ser de nuevo la madre, la mentora, la mejor amiga de esta otra nueva Svetlana, de esta pobre niña desamparada y desorientada (y cargada de dinero).
La mandó llamar mediante una amiga. Le ofreció alojamiento, descanso, comprensión.
Svetlana pensó que podría pasar allí un fin de semana, conocer a Olgivanna y a su feliz comunidad de artistas. (De algún modo, era una comuna cuasi soviética, pero mejor: donde todos trabajaban en común, reían, tocaban instrumentos musicales, cantaban, hacían teatro, se divertían con excursiones y comidas campestres y vivían entre hermosas obras y ante amplios horizontes de paz y de libertad).

 Taliesin West, Scottsdale, Arizona.
(Captura de pantalla de www.franklloydwright.org)

A Svetlana no le impresionó en absoluto el aspecto de Taliesin. Aunque no le interesara nada la arquitectura, hay que reconocer que aquello es muy "pintoresco" o "sorprendente" para cualquier visitante. Pero parece ser que la hija de Stalin era impermeable a todo eso. Y las veces que se refería a la cabaña donde le tocó vivir hablaba de su pequeñez, de su endeblez y de sus techos bajos. Según ella, diríase que todo aquello era un conjunto de chabolas cutres a más no poder.
(Bueno: Algo de eso hay. Todo el conjunto no deja de ser una especie de campamento, y allí, en el desierto, tiene un aire de precariedad. Pero hay que estar ciego para no ver nada más. Svetlana lo estaba).

Taliesin West, Scottsdale, Arizona.
(Captura de pantalla de www.franklloydwright.org)

Olgivanna la recibió como una madre recibiría a la hija que vuelve del exilio. Ella la comprendía taaannn bieennnn... Fue encantadora. Todos los taliesinitos lo fueron. Hicieron para ella todo lo que sabían hacer: Tocaron música, cantaron, representaron alguna obra teatral, rieron, bailaron... Svetlana cuenta que ni le gustaba esa música, ni ese teatro, ni esa manía de sentarse en el suelo, ni nada. Pero debieron de lavarle el cerebro, o ella lo traía ya lavado de casa, porque se quedó.

Lo que cuento está obtenido de esta novela,
cuya autora ha leído los textos de Svetlana
y ha rastreado su vida.


lunes, 13 de junio de 2016

La secta (I). Censo de personajes

Nota.- La primera parte de la historia que voy a contar ya la conté -admirablemente bien, según dijo el ínclito crítico y académico Don Florián-Nepomuceno Robasiestas Juanjo-Nomepises- en mi novela La hoja desnuda, publicada en 1998 por la demarcación de Toledo del COACM y actualmente en fase de corrección y reedición por Cornac Ediciones. De modo que no me extenderé mucho. Y me remito a la novela. (No os preocupéis: Cuando renazca en esta su segunda vida lo contaré cien veces). Empecemos con el censo de personajes:

1.- El patriarca: Frank Lloyd Wright. Genial arquitecto estadounidense. Nacido según unos en 1867 y según otros (entre quienes me encuentro) en 1869. En agosto de 1928, con 61 -o 59- años de edad, se casó con una joven montenegrina de 29 años. Era su tercer matrimonio, aunque había convivido con cuatro mujeres. (Con una de ellas no había llegado a casarse: Fue asesinada antes).
El gran arquitecto estaba arruinado, y soportaba una de las mayores crisis personales y profesionales de su vida, aunque ya se había repuesto de otras.
No; no estaba en su mejor momento.

Frank Lloyd Wright

2.- La lideresa malona: Olgivanna (nacida Olga Ivanovna Lazovich y casada como Olgivanna Lloyd Wright: No le bastó el "Wright", que adoptó hasta el "Lloyd"). Nacida en 1898. Bailarina en el ballet ruso de Gurdjieff. Tenía 29 años cuando se casó -en agosto de 1928- con Frank Lloyd Wright. (Antes se había casado con otro arquitecto, con quien había tenido a su hija Svetlana).
Esta mujer, con una gran visión (y con una cara de hormigón HA-25/P/20/IIb), convenció a su famoso pero arruinado marido para que montara la secta: The Taliesin Fellowship. Una preciosa hermandad formada por estudiantes de arquitectura y jóvenes arquitectos de todo el mundo que acudirían gozosamente a aprender, a trabajar y a vivir con el gran patriarca. No, no cobrarían nada por su trabajo. Por el contrario, pagarían mil dólares al año (un dineral) para recibir el privilegio de formar parte de la secta. A cambio de ello recibirían una formación integral en arquitectura. ("Integral" quería decir que ordeñarían las vacas, ararían los campos de la bella comunidad... Qué digo comunidad: hermandad. Y se alojarían en los hermosos edificios... que no existían, y que para empezar tendrían que construir ellos mismos).

Frank y Olgivanna

3.- El bobalicón. William Wesley Peters. Uno de los aprendices más conspicuos de Wright. Era muy competente, y también muy alto, lo que ponía frenético al maestro, que era más bien corto de estatura y diseñaba siempre los techos muy bajos.
-¡Quítate de ahí, Wes, que me rompes la escala!
Y es que ver al bueno de Wes Peters ahí derecho, como un pasmarote, casi rozando el techo con la coronilla, echaba a perder toda la magia.


Wesley Peters

lunes, 8 de febrero de 2016

El gran pulpo

Sabemos que en un oscuro tiempo remoto, cuando Le Corbusier se llamaba Charles Édouard y era suizo, grababa los dorsos de las cajas de los relojes de bolsillo(*). Su maestro de entonces, l'Eplattenier, pintor naturalista que le enseñó historia del arte y le abrió los ojos al mundo exterior, le vaticinó que llegaría a ser arquitecto.
Y llegó a arquitecto, naturalmente. Hizo algunos chalés suizos que, por mucho que Colin Rowe quisiera ver algo en ellos, sólo tienen el interés biográfico de que quien hizo aquello era un joven paleto que quería ser arquitecto y que por entonces se llamaba Charles Édouard y ni soñaba con llegar a ser Le Corbusier algún día.


El joven había recibido una formación muy escasa, pero tenía una inteligencia muy despierta y un instinto certero, y era más listo que los ratones coloraos. Las pillaba al vuelo, y en seguida se dio cuenta de que su tierra natal le ahogaba y de que como arquitecto de pueblo no iba a llegar a nada. Y se fue a París. Quería estar en el ojo del huracán, codearse con lo que fuera que había allí.
Se sumergió con avidez en la vanguardia como se podría haber sumergido en cualquier otra cosa: en lo que hubiera de mayor excelencia. La vanguardia artística era lo más de lo más en una sociedad que era lo más de lo más. Es decir: los más cultos y modernos de entre la gente más culta y más moderna estaban enfrascados en el arte de vanguardia, y él se metió allí de cabeza. Y destacó en ese mundo. Dentro del Movimiento Moderno llegó a ser el más moderno de todos los arquitectos, su sumo pontífice, su capitoste.
Glosar su ingente labor en la vanguardia de la arquitectura rebasa la capacidad de este blog. Sus consecuciones iluminan a la humanidad. Le Corbusier no es sólo uno de los más grandes arquitectos del siglo XX: es uno de los más grandes de toda la Historia de la Humanidad.
Como arquitecto insertado en las vanguardias artísticas del siglo XX su obra icónica, su fetiche, es la Villa Saboya, en Poissy (Francia).



En esa época realizó las obras más canónicas del Movimiento Moderno. Acuñó el famoso eslogan "la casa es una máquina de habitar" y también sus famosos "cinco puntos de la arquitectura".
Sin embargo yo sostengo que la Villa Saboya (como el resto de su obra) no es funcionalista en absoluto. Basta estudiar la planta de la vivienda para apreciar la tosca distribución, las circulaciones confusas y la relación incómoda entre las diferentes piezas. Por otra parte, sistematiza las ventanas sin importar la orientación de cada fachada ni los usos de las distintas piezas. Monta la vivienda sobre pilotes sin demasiada justificación (la del recorrido del coche y el acceso al garaje, con ese parcelón, no me parece suficiente). La remata con un solarium que ni tiene en cuenta el soleamiento ni puede funcionar adecuadamente. (¿Alguien tomó el sol ahí alguna vez?). Y cierra el patio terraza con una falsa fachada que tampoco se justifica ni funcional ni racionalmente.
Pero todo ello tiene una riqueza plástica innegable.
Porque Le Corbusier es, ante todo, un artista plástico.
La escalera de "semicaracol" que arranca desde abajo en un tubo-sacacorchos es fascinante, la doble circulación (innecesaria) en la que desemboca esa escalera da un riquísimo juego de espacios. La salida a la terraza y su recorrido hasta la cubierta es delicioso. La falsa fachada de la terraza enmarca la vista desde dentro hacia el paisaje, y desde fuera cierra el paralelepípedo. Y el muro curvo del solarium es como una vela que hace avanzar al barco varado en la hierba.
Ninguna de esas decisiones es funcionalista ni racionalista. Todas ellas son plásticas; hacen un bellísimo objeto, y, sobre todo, cualifican unos espacios muy apetecibles y excitantes. Porque para Le Corbusier, como para todos los arquitectos verdaderamente grandes, la arquitectura es, antes que nada, espacio.
(Y el espacio ni es "sitio" ni es "volumen", sino muchas otras cosas. Cosas logradas por esa insensata circulación ambigua y confusa, esa disfuncional tumbona de gresite entre el baño y el dormitorio, esa rampa promenadesca y todo lo demás).
Le Corbusier escribía y hablaba de soleamiento, de ventilación, de orientación, de distribución... También hablaba de modulación y seriación...


lunes, 28 de julio de 2014

Isaak Kong

(Esta entrada es para mi amigo Emilio. Sé que le gustará)

(No tengo otro blog de literatura, ni otro de cine. Sólo tengo éste. Así que escribo esta entrada aquí. Esta entrada es tan sólo un borrador. Creo que da para escribir una buena historia).

Una vez hubo un héroe desgraciado que se llamó Isaak Bábel. Era judío, bajito y muy inteligente, y nació en 1894 en el guetto de Odesa. En 1905, en uno de tantos progroms, mataron a su abuelo. Él y el resto de su familia se salvaron porque fueron acogidos, escondidos y protegidos por una caritativa familia cristiana.
Isaak era extraordinariamente inteligente. Tanto que logró entrar en la reducidísima cuota judía para estudiar el bachillerato superior en el instituto. Pero al final se coló con sobornos otro chico y él se quedó fuera.
No se desanimó. En un año, en su casa, se sacó los dos cursos. Estaba listo para entrar en la Universidad de Odesa, pero tampoco le admitieron, por judío. En el Instituto de Comercio de Kiev sí le aceptaron.
Se graduó, y se fue a vivir a San Petersburgo. Como judío tampoco podía ni trasladarse ni establecerse libremente donde quisiera, sino que debía dar parte de todos sus movimientos a las autoridades zaristas, y, suponiendo que le autorizaran a vivir en San Petersburgo, debería hacerlo en el guetto.

Isaak Bábel

Harto de esas condiciones de vida y de esas injusticias, dejó de ser judío. Se puso un nombre falso y ya está. Asunto solucionado de una vez por todas. (Bueno; no del todo: Se vio obligado a vivir escondido en un sótano realquilado; un cuchitril en el que vivía un camarero alcoholizado al que le pagaba un alquiler excesivo).
Bábel escribía frenéticamente, pero ninguna revista le publicaba nada. Entonces conoció al gran Gorki, que literalmente le salvó la vida. Le ayudó muchísimo y consiguió que publicara algunos cuentos, con los que empezó a darse a conocer.
Cansado de las injusticias del régimen zarista para con los judíos, y cansado de su miserable forma de vida, se entregó con pasión a la revolución bolchevique, que le prometía dignidad y libertad.
Y no sólo se unió a los revolucionarios comunistas, sino que se pasó de rosca y se alistó en los cosacos. (Ocultando siempre su condición de judío: Los cosacos odiaban a los judíos).
Tenemos, pues, a un judío, bajito, gafotas e intelectual alistado en los cosacos. (Si a mí me fichara este verano el Real Madrid para que fuera el delantero centro de la próxima temporada no sería más raro).
(Vale: En realidad no fue un soldado en sentido estricto, sino un periodista corresponsal de guerra. Pero estaba adscrito íntimamente a la disciplina de los cosacos, con quienes vivía, y con quienes participaba en todas las actividades cotidianas).
Se incorporó al Primer Ejército de Caballería e invadió Polonia con ellos en 1920.
En el magnífico libro de relatos Caballería Roja cuenta sus aventuras y experiencias en esa guerra polaco-soviética.

Kasimir Malevich, Caballería Roja, 1928-1932
(Este cuadro se ha usado algunas veces -no sé por qué sólo algunas-
para la portada del libro Caballería Roja, de Isaak Bábel)

En uno de esos relatos Bábel cuenta cómo las rudimentarias ametralladoras de los cosacos derriban un avión polaco, y los rusos rojos toman prisionero a su piloto.
El piloto era un aventurero estadounidense, culo de mal asiento. Esa guerra se veía -desde el lado polaco- como una guerra contra los bolcheviques, y muchos jóvenes de países diversos se alistaron a ella en el bando polaco, para luchar contra el comunismo (y para ver mundo y divertirse).
Por supuesto, el piloto capturado se había alistado con nombre falso.
Bábel actúa como intérprete.
Bábel y el piloto: Dos intrusos con nombre falso, ocultos y camuflados en los bandos a los que querían pertenecer, pero en el fondo ajenos a esos bandos, marginados y solitarios. Dos hombres solos en el mundo, que se miran frente a frente y de alguna forma extraña se reconocen.

Los cosacos están a punto de matarlo allí mismo, pero, por lo que les cuenta Bábel, parece que el piloto puede tener cierto interés y tal vez merezca la pena que lo interroguen. Lo retienen pues. El prisionero se les escapa. Lo vuelven a capturar. Finalmente es condenado a trabajos forzados en el tendido del ferrocarril, pero a los nueve meses consigue escapar definitivamente, atraviesa descalzo la infinita tierra helada, escondido como polizón en trenes de carga, y finalmente alcanza la frontera de Letonia.

Dejemos aquí al piloto huido y sigamos a Bábel.
Isaak Bábel tiene por fin la esperada y merecida fama. Goza de un lugar de honor entre los escritores soviéticos, y también es traducido a muchos idiomas y conocido en todo el mundo.
Bábel se entrega al ideal soviético, pero su estilo crudo y realista (y verdadero) no gustan a las autoridades, que pretenden que la literatura soviética sea romántica y edulcorada (y mentirosa).
Tenemos la misma historia que ya conocíamos en arquitectos: El artista que cree con entusiasmo en la revolución enfrentado a políticos y burócratas a quienes su obra no sólo no les gusta, sino que la consideran opuesta e incluso enemiga del ideal revolucionario.
A partir de ahí, el consabido y horrible episodio: El círculo de Stalin sospecha (sin el menor fundamento) del escritor: espía, traidor, criminal... Le detienen el 10 de abril de 1939, le torturan, le interrogan, le torturan, le interrogan, le torturan... y le fusilan el 15 de mayo.

Un artista oprimido por el régimen zarista, que vio en los bolcheviques su salvación y la de su país. Ya conocemos esa historia. (Bábel muere con cuarenta y cinco años, sin haber conocido nunca un mundo en el que poder vivir en paz).

(En 1954 el gobierno de la URSS reconoció que Bábel no había cometido ningún crimen ni ningún acto punible, ni había espiado ni nada, sino que siempre había amado sinceramente la revolución bolchevique. Rehabilitaron su memoria y sus obras pudieron volver a leerse).

sábado, 23 de marzo de 2013

Sobre la originalidad en arquitectura

Hace unas semanas, la inagotable biblioteca de imágenes de Javier Echepare nos propuso este proyecto de Nikolai Ladovsky:


Inmediatamente nos recordó a todos otro mucho más famoso, ¿verdad?. Desde luego, cuando Javier puso esa imagen la respuesta fue inmediata. Vamos, que cualquiera lo ve:


(En mi caso, además, da la casualidad de que tengo este último dibujo en póster, enmarcado justo a mi derecha, así que lo veo mientras escribo esto).

Ladovsky fue un arquitecto soviético; uno de tantos juguetes rotos de aquella esperanza revolucionaria de la arquitectura, truncada y traicionada por los vencedores burócratas y neoclásicos de la revolución. Fue profesor del VKhUTEMAS entre 1920 y 1932, "neoclásico a la fuerza", como todos, a partir de 1932 por orden de Stalin y suicidado en 1941.
(Vaya parrafito denso que acabo de escribir. En él cabe una novela. Algún día habrá que escribirla, pero por ahora dejo ese tema y voy al que quería tocar hoy).

No sé si Frank Lloyd Wright podría alegar casualidad. Visitó la Unión Soviética en junio de 1937, y conoció a varios arquitectos y sus obras. Es muy probable que allí tuviera noticia del proyecto de Ladovsky. Si fue así, debió de impresionarle, porque él mismo llevaba años obsesionado con la idea del "zigurat".
 

Este es un proyecto de 1925, que combina un parking con un planetario (lo normal).
Cuando, años después, Solomon R. Guggenheim le encargó su museo, Wright desempolvó aquel parking y volvió a enroscar una rampa.



La idea era la misma que la del parking: La rampa para acceder con los coches era ahora para que los vistantes circularan contemplando la exposición. Las zonas para aparcamiento eran ahora para las obras de arte. Y el espacio central para el planetario era ahora un espacio de lujo, de regalo.
La idea no terminaba de cuajar, y Wright probaba otras opciones.



En alguno de esos tanteos probó de nuevo la hélice cónica, pero esta vez con el vértice haca abajo.

¡Eureka! A cada vuelta ascendente de la rampa el espacio se ensanchaba. El vacío central se hacía antigravitatorio y producía una especie de vértigo inverso: vértigo hacia arriba. Por otra parte, todo el cacharro tenía un aire inestable y una gran fuerza plástica. ¿Pudo tener algo que ver el dibujo de Ladovsky? Yo creo que, si Wright lo vio en 1937, no hay ninguna duda.