sábado, 21 de diciembre de 2013

Feliz Navidad (ahora sí)

La anterior entrada de este blog ha tenido un número inusitado de visitas y de comentarios. Suele ocurrir cuando me da llorona, y bien que lo siento. Se ve que estamos todos un poco blandengues y estas salidas de pata de banco nos tocan la fibra sensible.
Bueno, vale. Nunca hemos sido llorones. Nunca hay ningún motivo para serlo.
A veces uno se cabrea y necesita dar un puñetazo en algún sitio (las mesas suelen venir muy bien para esto), pero una vez dado lo único que queda es un intenso dolor en la mano y nada más.
Así que conviene cambiar el chip lo antes posible.
Muchas gracias a todos por vuestros comentarios, y por sentiros identificados con lo que escribí. Se suele decir que el mal de muchos es un consuelo para tontos, pero qué queréis que os diga: Que debo de ser muy tonto, porque me consuela no estar solo y sentir que vamos todos juntos enfrentándonos a problemas similares.
Me siento muy querido y apoyado por los compañeros arquitectos, pero permitidme que me dirija especialmente a mis amigos Carlos y Francis, porque no lo son. No padecen los problemas que dije y, sin embargo, siguen visitando este blog y me dan ánimos y apoyo en todo momento.
Ya. Ya lo sé. Ya sé que soy muy querido, y eso es lo único que merece la pena.
Todos somos muy queridos. Todos tenemos alguien que nos quiere de verdad, y es a estas personas a quienes nos debemos y a quienes tenemos que desearles una muy FELIZ NAVIDAD.
Yo aprovecho para desearos a todos los lectores de este blog una muy feliz Navidad de todo corazón y con mis mejores sentimientos. (El otro día, enfangado en mis lamentos, no lo hice. Soy un grosero y un maleducado).
En vez de poner un consabido villancico, hoy quiero presentaros una estupenda obrita de jazz titulada ALGUIEN ME QUIERE, que me parece muy apropiada para la ocasión.
Podemos apreciar lo buen pianista que fue Nat King Cole (el de "muguer, si pueres chú con Dios hablar..." y "ansietat, de tenerete en mis brazos...") y, una vez más, al grandísimo saxo tenor Lester Young, orgullo del saxofonismo jazzístico, pura elegancia y serenidad.
El batería, Buddy Rich, en un plano más discreto y de menos lucimiento, está estupendo.
En resumen: Vaya tres patas para un banco.
Espero que os guste:


He traído de Youtube una lista de reproducción que tiene como primera pista esta de la que hablo, pero después vienen más que no tienen desperdicio, así que si os animáis...

Se la dedico especialmente a Carlos, que me ha dicho n veces que no aprecia el jazz; vamos, que no puede con él. Pero el mensaje está por encima del estilo y del género, ¿no?

Ah, ¿que no lo está?. Vaaaaale. Vamos con unos villancicos más convencionales. (Qué pesadito te pones, Carlos).
Para todos vosotros, con mis mejores deseos, FELIZ NAVIDAD Y UN PRÓSPERO, EXUBERANTE, EXCITANTE, PLETÓRICO, FASCINANTE, LOGARÍTMICO, EXOGÁMICO, POLIMORFO, ANACREÓNTICO, TRIGONOMÉTRICO, PARANOICO-CRÍTICO, ARQUITECTÓNICO, NUMISMÁTICO, FILATÉLICO, PANÓPTICO, DISLÉXICO Y PELIAGUDO AÑO 2014.





Pero si pasáis de todo esto y pensáis que es la misma cursilería de todos los años, y sólo os entran ganas de matar personas, entonces este vídeo os puede ayudar y dar ideas: 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Feliz Navidad y tal

Sin darme cuenta me ha pillado la cena de Nochebuena. Falta solo una semana y se nos viene encima, con la compleja logística que todo ello requiere.
Y, como mi alma y mi corazón están en este blog, en cuanto he caído en la cuenta de la proximidad del evento he venido corriendo para felicitaros las navidades.
Me gustaría felicitar, sobre todo, a los amigos no arquitectos que visitan asiduamente este blog. Todos los que le echáis una ojeada me emocionáis, pero los que no tenéis especial interés por la arquitectura me emocionáis más, porque tenéis la generosidad de interesaros por mis chorradas "sin más".
Por eso os quiero contar algunas cosas que los lectores arquitectos ya conocen de sobra y sufren cada día, pero que tal vez os interesará saber.


Por ejemplo: ¿Sabíais que esta profesión de la arquitectura, que es una de las más hermosas y apasionantes, se está volviendo insoportable? ¿Sabíais que hay una inextricable faramalla de normativa que ya no permite diseñar una casa? ¿Sabíais, por ejemplo, que hay una disposición normativa (CTE-DB-HE) que por mor del ahorro energético obliga a que las habitaciones estén herméticamente cerradas, con carpinterías estancas, mientras que hay otra (CTE-DB-HS) que para que el aire interior sea saludable exige que las habitaciones estén constantemente ventiladas, con agujeros y rejillas en fachada, y es obligatorio cumplir ambas disposiciones a la vez, de modo que hay que gastarse un dineral en poner ventanas estancas y a la vez hay que dejar agujeros?
¿Sabíais que cada Comunidad Autónoma tiene una legislación del suelo diferente?
¿Sabíais que cada municipio tiene una normativa urbanística diferente, y que cada barrio o zona también tiene ordenanzas específicas?
¿Sabíais que cada funcionario de cada sitio, a su vez, tiene criterios de interpretación diferentes sobre cada aspecto de cada normativa, y un arquitecto, por muchos años de experiencia que tenga, se pasa la vida debutando y pagando la novatada?


¿Sabíais que las mejores casas del mundo, las que más nos apasionan y en las que más felices viviríamos, no cumplen prácticamente ninguna norma actual, mientras que con toda la panoplia de normativa que nos acogota hacemos casas cada vez más insulsas y más estúpidas?
¿Sabéis que en el proyecto de una simple casita hay que añadir cada día más anexos (seguridad y salud, estudio de residuos, manual de uso y mantenimiento, control de calidad, manual de protección y emergencia, estudio de eficiencia energética, relación de normativa, justificaciones normativas, etc, etc.) y que cada vez que hacemos un proyecto nuevo nos enteramos de que hay que añadir otro anexo que no conocíamos, y todo ello se convierte en mera burocracia que al final no sirve para nada?
¿Sabéis que mientras la absurda normativa intenta regular hasta la anchura de cada ventana y su porcentaje de apertura, o la rugosidad de cada baldosa, se desregularizan a pasos agigantados, fría y premeditadamente, todas las profesiones y los procesos que intervienen en la construcción de edificios?


¿Sabéis que la inmensa mayoría de los arquitectos veteranos estamos hartos de esta profesión que amamos con locura, mientras que la inmensa mayoría de los arquitectos nuevos se hacen a la idea de que no diseñarán jamás un edificio?
¿Sabéis que en la carrera de arquitectura se nos educa duramente en el arte y en la técnica de diseñar edificios, pero al final quien los acaba diseñando es el cliente o el concejal de turno, porque no se fían de esa supuesta formación del arquitecto, que es altamente sospechosa? ¿Sabéis que todo el mundo ve al arquitecto como "quien causa problemas", mientras que ve al ingeniero como "quien los soluciona"?
¿Por qué hemos consentido esto los arquitectos? ¿Por qué hemos sido cómplices y coautores de este sinsentido?
¿Sabéis que quienes legislan y disponen las miles de normas sobre construcción ni son arquitectos ni escuchan jamás a los arquitectos?


¿Sabéis que desde que se aprobó la Ley Orgánica de la Edificación (LOE) los promotores tienen que suscribir un seguro decenal de daños, y ese seguro no se fía de los arquitectos e impone, aparte, una Oficina de Control Técnico (OCT) que supervisa el proyecto y exige las correcciones que considera oportunas, y después supervisa la obra e impone también sus criterios, pero después si surge un problema o un siniestro la responsabilidad es de los de siempre mientras que ellos escurren el bulto y se van de rositas? (*)
¿Sabéis que también es obligatorio un Estudio Geotécnico antes de hacer un proyecto de un edificio, pero si a la larga hay un problema con la cimentación la responsabilidad es del arquitecto y los del Estudio Geotécnico se van de rositas? (*)
¿Sabéis que nuestro seguro de responsabilidad civil nos cobra durante diez años sobre las obras que ya hicimos y pagamos en su día, y que ni la falta de encargos ni de recursos, ni la jubilación, ni la muerte, nos exime de seguir pagando el seguro? (Cuando morimos, nuestros hijos heredan la responsabilidad civil).
¿Sabéis que con la Hermandad Nacional de Arquitectos (que nos cubre la salud y la pensión a quienes no estamos en la Seguridad Social) pasa algo parecido a lo del seguro, en el sentido de que no contempla el cese de actividad, el paro o la ruina, y hay que seguir pagando inexorablemente?


¿Podéis entender que por más vocación que tengamos y por más enamorados que estemos de nuestra profesión estemos más que hartos y con ganas de mandarlo todo a la mierda?
¿Nos creeréis si os decimos que la arquitectura ya no merece la pena, que se ha convertido en una profesión inviable e impracticable?
¿Me creeríais si os digo que con la supresión de las tarifas de honorarios y con la caída en picado del prestigio y de la fuerza de los Colegios de Arquitectos, nos encontramos desamparados y ya no sabemos cuánto más rebajar nuestros honorarios ni en qué condiciones realizar nuestro trabajo? ¿Sabéis que la competencia desleal ha hecho que los arquitectos dejemos de ser compañeros y nos hayamos convertido en enemigos y en caníbales?
¿Sabéis que, a pesar de todo, estamos orgullosos de ser arquitectos?
Vaya una mierda.

Ah, bueno; sí. Feliz Navidad y tal.


(*) Esas afirmaciones las hago con el conocimiento de un montón de casos concretos. Pero no digo que sea así siempre. Es posible que alguna vez algún juez haya hecho el esfuerzo de entender algo. No digo yo que no. Pero suelen estar muy ocupados y aburridos, y se suelen quitar de encima estos marrones con gran agilidad.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La cabañita y la higiene sexual

El otro día vi en el blog de stepien y barno una reseña sobre el famosísimo cabanon de Le Corbusier, que a su vez enviaba a una entrada del blog de arqui-ideas sobre aquella curiosa obra.
Estupendo. Y aquí llego yo para decir que ya está bien de tanto cabanon y de tanto cabanon.
Vale, tiene el encanto y la sabiduría de la sencillez. Es una obra limpia, optimista y muy agradable. Pero a los estudiantes de arquitectura os propongo que en uno de los ejercicios que os ponga vuestro profesor de proyectos hagáis este alzado:


Ya veréis qué risa. Menuda notaza os va a poner.
Si los profesores no supieran que ese diseño es del grandísimo Le Corbusier le suspenderían sin remisión, pero como es del maestro hay que babear y arrodillarse.

Cucú. Me asomo por la ventana.
¡Celébritiiiiiiiis!

Esto es lo más importante de la cabaña: El personaje que está dentro,
los dibujos de la pared, la presencia del genio.

Sin él, sin su presencia, ¿qué queda?

El gran poeta y editor Carlos Barral desestimó el manuscrito de Cien años de soledad de García Márquez. Le pareció una novela confusa y floja. ¿Por qué cometió un error tan garrafal un editor tan fino, tan culto y tan inteligente? Yo creo que por un solo motivo: porque no pudo prever que esa novela Cien años de soledad iba a acabar siendo Cien años de soledad, ni que su autor, aquel Gabriel García Márquez, iba a terminar siendo Gabriel García Márquez.
Nosotros jamás podremos leer esa novela como la leyó Carlos Barral, porque para nosotros ya es Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, desde antes de empezar a leer la primera página.
Con el cabanon pasa lo mismo: Antes de mirarlo con cuidado ya sabemos que es de Le Corbusier, pero si fuera de un autor desconocido no le haríamos ningún caso.


Pero, aparte de la fascinación que produce saber que el autor es un personaje muy importante, la cabaña no tiene mucho que ver con la novela: La cabaña es una obrita muy muy menor, mientras que la novela es uno de los pilares de la historia de la literatura.
Más que con Cien años de soledad, yo al cabanon le buscaría un paralelismo con la higiene sexual.

lunes, 2 de diciembre de 2013

De nuevo en veredes

Comienzo una nueva etapa en veredes publicando un artículo-comentario (clicad aquí) sobre una fantástica fotografía.

New Shoes, Gerald Waller, Viena, 1946

No me negaréis que es una foto extraordinaria, que evoca una historia y un mundo.
He contado parte de los sentimientos que me inspira, pero creo que es una foto abierta a que todos evoquéis sentimientos, pensamientos y recuerdos personales. (Es lo que tienen las buenas fotografías).

Empieza así una nueva etapa como comentarista "a mi bola" de fotos.
Como buen glosador, intentaré llevarme el agua a mi molino siempre que pueda. Espero que os interese y os guste. (Y que en veredes queden contentos con mis comentarios).


Muchas gracias a veredes por seguir contando conmigo y confiando en mí.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Gallinas en Seseña (y II)

No lo dije en la primera parte, pero creo que es obvio que este relato
se lo dedico a Juan Carlos Castillo Ochandiano (por supuesto) y
(también por supuesto) a Juan Daniel Fullaondo, in memoriam.

Ya conté que pasé esa noche inquieto. Por la mañana fue una gran alegría recibir en mi pueblo a tanta gente querida: Juan Daniel Fullaondo y su mujer, Paloma; Maite MuñozJuan Carlos Castillo y su mujer, Blanca; Darío Gazapo y Conchita Lapayese (no sé si ya estaban casados o aún eran novios); Diego Fullaondo (hijo de Juan Daniel y Paloma), que por entonces estudiaba arquitectura, y unos compañeros suyos de clase a quienes yo no conocía. No recuerdo cuántos eran; digamos cuatro o cinco.
O sea, que, con los mencionados más mi mujer y yo, los miembros del nuevo grupo vanguardista sin nombre éramos catorce o quince.
Cuando entramos en la nave vimos el ruedo vacío. Las gallinas estaban por ahí, campando a su gusto. Se habían escapado todas del minirredil que con tanto entusiasmo (él) y tanto escepticismo (yo) habíamos construido Juan Carlos (él) y yo (yo). Esa vaga sensación de "ya te lo decía" no me tranquilizó en absoluto.
Bueno. Al menos no se habían escapado de la nave.
Sin guión previo, sin plan alguno, sin criterio de ninguna clase, cada uno hizo lo que traía pensado de casa o lo que se le acababa de ocurrir, y con lo que pretendía sorprender, o experimentar, o qué sé yo.
Alguien (¿Juan Carlos?) puso en la pared un póster de Beuys con el coyote, con un innegable afán de ligar ambas experiencias: la de Nueva York y la de Seseña, como si ésta fuera una especie de continuación de aquélla.
Uno de los amigos de Diego, tranquilamente, como si tal cosa, se puso unas gafas de buceo y se echó una manta de cuadros al hombro.

En primer plano, a la derecha, yo con una cámara de fotos. ¿Dónde están las fotos que hice?
En el centro de la imagen, el pasmoso hombre rana de secano.
Al fondo, a la izquierda, el inútil ruedo de papel.
Fila de ventanas abiertas por las que las gallinas (aves de vuelo muy corto, ciertamente) no habían escapado.
Foto cortesía de Juan Carlos Castillo.

No sé qué pasaba. Cada uno hacía la tontería que se le ocurría. Algunos hacíamos fotos (no conservo ninguna), e incluso vídeos.
Uno toreaba a una gallina, otro conversaba con otra, otro perseguía a otra más, otro se encerraba audazmente con dos en el ruedo de papel... Juan Carlos persistía en su propósito de hipnotizar a una. Darío quería pintar a una con un espray que afortunadamente no funcionó.
Juan Daniel se reía. Disfrutaba como un niño ante la algarabía, y, sobre todo, ante las ocurrencias estúpidas pero divertidas de tanta gente joven a la que él siempre -tan disparatadamente generoso- le había supuesto algún tipo de talento.

En primer plano Juan Carlos Castillo, en uno de sus numerosos e infructuosos intentos 
de hipnotizar a una gallina. (Siempre se ha sabido que la gallina seseñera es muy suya, y muy dura de hipnotizar).
Al fondo Juan Daniel Fullaondo, fumando y riéndose ante algo que le está contando Maite Muñoz.
Foto cortesía de Juan Carlos Castillo.

Estuvimos no sé cuánto tiempo. Tal vez dos horas. Hicimos el ganso (hoy diríamos que interactuamos con las gallinas), y finalmente llegó la hora de comer.
¿Qué hacíamos con las gallinas? Me las habían regalado. No podía (no debía) devolverlas. Tampoco las quería nadie para adoptarlas y llevárselas a Madrid. Y tampoco las podíamos dejar en la nave. Me la habían prestado sin ellas y yo la quería devolver tal cual.
Por cierto, ¿quitamos el póster de Beuys o se quedó puesto?. Veintiún años después de aquello me acaba de asaltar esa duda.
Lo recogimos todo (el ruedo de papel) y dejamos a las gallinas en libertad. ¡Pitas, pitas, pitas! ¡Eh! ¡Eh! En fila india se alejaron de la nave por el prao, hacia el arroyo, y desaparecieron en lontananza.
Juan Daniel las miró alejarse y suspiró.
-Qué bien me lo he pasado. No os podéis imaginar cuánto había deseado todo esto.
A mí me pareció exagerado, pero verdaderamente se le veía feliz. Me alegré. Yo, que no le había visto mayor interés a todo eso, me quedé muy impresionado y muy emocionado al ver a mi maestro tan lleno de alegría. Indudablemente, había merecido la pena.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Gallinas en Seseña (I)

Me cuesta mucho escribir esta entrada, porque, aunque estuve en primera fila y no me perdí detalle, no terminé de entender todo lo que pasó. Me ha costado años comprender que todo el secreto consistía en que no había nada que comprender; que la cosa era así, y es así, y fue así; y punto.
Pero ahora, al tratar de contarlo, necesito ordenar las ideas, y no sé qué ideas ordenar.

Contábamos con estos antecedentes o puntos de partida:

1.- El espíritu de las gallinas, que sufrí al comenzar la carrera y del que escribí hace poco.
2.- Tauromaquias e interacciones diversas entre artista y animal.
3.- Oteiza y su elogio al avestruz (en oposición al toro).
4.- Otra vez Oteiza, y el moneador andino.
5.- Mi amigo y compañero Juan Carlos Castillo Ochandiano y su tesis sobre la prehistoria (en la que aparecen animales totémicos y mágicos).
6.- Juan Daniel Fullaondo, mi maestro y el de Juan Carlos Castillo. Su obsesión por un gesto conceptual y metafísico.
7.- Joseph Beuys, y su happening Coyote (que, naturalmente, desconocíamos minuciosamente, y fue Juan Daniel Fullaondo quien nos lo explicó).

Joseph Beuys, Coyote 
Galería René Block, Nueva York, 1974

8.- Instrucciones para hipnotizar una gallina.
9.- Recomendaciones para domesticar un avestruz.

Menudo lío. A ver cómo explico esto. Bueno, no; qué narices. No lo explico.

Juan Daniel Fullaondo llevaba mucho tiempo queriendo hacer un homenaje a Beuys. Pero quería que fuera algo colectivo: una acción de GRUPO. (Además, si éramos varios alguno podría salvarse). Teníamos que encerrarnos con un coyote. Pero a ver quién encontraba un coyote. No: Teníamos que encerrarnos con un meta-coyote, con un ultra-coyote. Juan Carlos Castillo, obsesionado con las cuevas prehistóricas, decía de encerrarnos con un oso. ¡Sí, hombre! O, en su defecto, con monos (el famoso moneador andino precolombino de Jorge Oteiza), con toros o con leones. Muy bien, machote. Naturalmente.

En algún momento salió a colación el avestruz de Oteiza, y, cómo no, las recomendaciones para domesticar un avestruz, de Gabino Alejandro Carriedo; y de ahí, sin solución de continuidad, diversas habilidades de ilusionista de pueblo hipnotizando una gallina. Juan Carlos dijo que él sabía hipnotizar una gallina: Había que trazar una línea con tiza en el suelo y ahí se quedaba clavado el animalito.
Risas y más risas, semanas de risas. Fullaondo leyendo poemas sobre gallinas o avestruces (al fin y al cabo un avestruz viene a ser una gallina grande) publicados en Nueva Forma, Juan Carlos depurando su técnica de hipnosis (en un solitario y concienzudo toreo de salón, sin bicho) y yo asumiendo que el proyecto iba tomando forma de verdad y no me iba a poder escaquear.

Consideramos que nuestra integridad física era vital para el desarrollo de todo el potencial artístico del GRUPO y no podíamos (NO DEBÍAMOS) morir en nuestra primera actuación (SE LO DEBÍAMOS A LA HUMANIDAD), así que descartamos definitivamente coyotes, osos, monos, toros, leones e incluso avestruces, y, con una encomiable modestia que iba a caracterizar ya todos nuestros actos artísticos, elegimos la gallina.
Y decidimos (decidieron) que yo, que vivía en Seseña (Toledo), tenía mucha mayor facilidad que ellos para alquilar, comprar o robar una nave más o menos abandonada y unas cuantas gallinas más o menos sanas.
No, si ya sabía yo que mucho jijijí jajajá, pero al final me tocaba a mí la china.

martes, 5 de noviembre de 2013

Consumidores y consumistas

Ahora que se nos cae la política, que se nos cae la ideología, que se nos cae la cultura, la fe, la estructura... todo, la única certeza que nos queda es que vivimos en una sociedad de consumo y que el consumismo sigue siendo el rey de todo.
No nos damos cuenta, pero nosotros, que ya no somos (o apenas somos) ciudadanos, lo que sí somos es consumidores, que al parecer vale mucho más.
Los consumidores mandamos, y lo hacemos con un poder absoluto. No tenemos que dar cuentas a nadie. Somos soberanos por nuestro capricho, porque sí, porque nos da la gana.
No tenemos que justificar nada, ni explicar nada, ni tener razón. Somos los amos y podemos comportarnos, si queremos, como niños caprichosos. Podemos ser políticamente incorrectos, injustos, lo que queramos. Puedo dejar de comprar un champú porque no me gusta la cancioncilla de fondo del anuncio, y puedo comprar un modelo de zapatilla porque me encanta esa chica que la anuncia. Sí; ya lo sé: Los publicistas saben todo eso y nos manipulan. Ya. Pero démosle la vuelta a la idea.
En los albores de la publicidad se anunciaban las propiedades del producto anunciado. ¡Pardillos! ¿Veis ahora que algún anuncio explique cómo es lo que anuncia?
Just do it. La chispa de la vida. Be water, my friend. I'm lovin' it.
Pues por eso mismo. Saben que consumimos a ciegas, sí, pero también que consumimos a capricho, y temen que nuestro capricho les traicione y les deje con el culo al aire.

Dejemos esa idea ahí, fermentando o madurando, y mientras tanto veamos este fragmento de la planta sótano de un edificio de viviendas. Está sacado de un folleto de una oficina inmobiliaria. Es decir: Es así como pretenden vendernos un piso. Aparece el plano del piso y, al lado, el del sótano con la plaza de aparcamiento y el trastero que le corresponden.
No es un ejemplo especialmente torpe ni especialmente siniestro. Es bastante convencional. Es lo que hay.
¿Podéis mirar durante unos segundos la rampa y la plaza en cuestión? ¿Y el pilar? ¿Podéis imaginaros aparcando ahí?


Pues la gente lo compraba en un pispás en "los buenos tiempos". Siempre he pensado que muchos prestaban más atención a la compra de unos pantalones que a la de su casa.
La gente iba a las oficinas de ventas de las urbanizaciones los sábados o los domingos, cuando no había tráfico en la carretera, y se creían ciegamente lo que se les decía: que ese bloque de pisos en el Km 65 estaba a 15 minutos de Madrid. (Juro que lo he visto en una publicidad inmobiliaria de unos pisos de Ocaña (Toledo): a 15 minutos de Madrid. Ni en el Air Force One). Y se dejaban engañar sabiendo que les estaban engañando.
-A ver: ¿Usted de dónde viene?
-De Madrid.
-¿Y cuánto ha tardado?
-Una hora y cuarto, pero porque era domingo. Seguro que un miércoles a las siete y media de la mañana sí que tardo esos quince minutos.

El resto de su vida en un atasco. Ojos ciegos. Tampoco parecían darse cuenta de las enormes naves industriales que tenían justo enfrente, y que, por ser domingo, estaban cerradas y silenciosas.
De verdad: Un pantalón se lo prueban primero, y miran un par de ellos en un par de tiendas. Pero un chalet no. Ni un piso. El piso a que se refiere el dibujo de arriba ni lo enseño. ¿Para qué? También es muy "convencional". Lo que hay. Lo que se lleva.
(Por cierto: Tiene "cocina americana". Sigo sin saber lo que es eso. Yo he visto en la tele las cocinas de Bill Cosby, del Príncipe de Bel Air, de Las Chicas de Oro, de Los Simpsons, de Padre de Familia, de Dos Hombres y Medio, de Modern Family... ¿Qué es eso de "cocina americana"? Sheldon Cooper y Leonard Hofstadter la tienen integrada en el salón, sí, pero amplia y cómoda, no una especie de minibarra contra la pared y pegada al sofá).
El del edificio que estoy diciendo es un solar en el que hubo una casa "de pueblo" de dos plantas y patio trasero. Una casa. Una sola casa. Se derribó y ahora hay un edificio con sótano, tres plantas y "bajo cubierta", con un total de siete apartamentos. Siete.
Parece mentira que cumpla la normativa sobre pendientes de rampa, radios de giro, dimensiones de la plaza... e incluso parece mentira que los servicios técnicos del ayuntamiento respectivo dieran su informe favorable y los concejales pelaran cigalas a costa de esta promoción. Parece mentira. Pero lo que más mentira parece es que alguien la comprara. Lo más increíble de todo es que estuviéramos todos tan locos que compráramos ese tipo de cosas.

domingo, 27 de octubre de 2013

El espíritu de las gallinas

Dedicado a mis "amigos virtuales" de twitter Laureano Albaladejo (@LaureanoArqui),
 Cristina Barrón (@CristinArquitec) y Stepien y Barnó (@stepienybarno),
que me pidieron que explicara con más detalle lo del espíritu de las gallinas.

En el primer curso de arquitectura de la ETSAM, que para mí fue el de 1977-78, había una asignatura (para mí maldita) que se llamaba "Análisis de Formas", y cuyo catedrático era Javier Seguí. (La otra catedrática de la asignatura -creo que vino algo después, pero no lo recuerdo bien- era Helena Iglesias, que la enfocaba de una manera totalmente diferente y exigía habilidades y aptitudes prácticamente opuestas a las que pedía la primera cátedra: Esto es una señal más de la esquizofrenia propia de esta maldita carrera que tanto amamos, pero esto será tema de otra entrada. Hoy no toca).
Javier Seguí y sus profesores seguramente habrían sido excelentes en los últimos cursos de carrera o en el doctorado (alguno de ellos imparte ahora cursos de doctorado y, por lo que me cuentan, es muy bueno), pero en primer curso eran sencillamente terroríficos. Yo tenía diecisiete años. No era más tonto de lo normal, pero tampoco más espabilado. No entendía nada. Había creído infundadamente durante el bachillerato que sabía dibujar (al menos me gustaba mucho y me aplicaba bastante), pero aquí estaba completamente perdido. En el colegio dibujaba laminitas A4 sobre el pupitre, y aquí había que dibujar en A1, en caballete. En el colegio dibujaba con la mano y la muñeca, y aquí había que dibujar con el brazo entero, e incluso con la espalda, con las caderas, con todo. El gesto era importante para afrontar dibujos en un formato para mí tan grande y desbordante, en el que no había trabajado nunca y en el que me perdía.
Pero los profesores, en vez de ayudar con consejos técnicos o con el ejemplo (ay, el ejemplo), nos soltaban discursos teóricos y filosóficos sobre la forma, la expresión, la misión de la representación, la evocación, etc.
Nos recomendaron leer Punto y línea sobre el plano, de un tal Kandinski, a quien no había oído nombrar en mi vida. Empecé a leerlo y no entendí nada.
Me sentía muy angustiado.
El curso empezaba con temas de expresión libre, manchas abstractas, masas de color, etc. Todo ello, como digo, cargado de profundo contenido ideológico-teórico absolutamente indigerible.
Cada día era un susto nuevo. Una vez trajeron unas cuantas gallinas en jaulas que repartieron por el suelo del aula.
Abrieron las jaulas y soltaron las gallinas. ¡Hala! ¡A dibujar!
Recuerdo especialmente la cantidad de excrementos que soltaban. Seguramente estaban estresadas. No lo sé. (Yo sí que estaba estresado y excrementicio).
El caso es que, como pude, intenté dibujarlas. Me quedaban unas líneas insípidas, bastante rígidas, torpes.
Para colmo los profesores nos decían que no teníamos que dibujar las gallinas, sino su espíritu.

Gallina. Apunte de Van Gogh. 1890

¿Eh? ¿Qué era eso del espíritu de las gallinas?
-No dibujéis su forma exterior, su mera apariencia. Id más allá. Penetrad en ellas. Captad su espíritu.
¡Mierda de gallina! ¿Era eso? ¿Era ese su espíritu?
Querían decirnos (creo; aún no estoy seguro) que no dibujáramos las gallinas académica y melifluamente, sino que intentáramos captar su estructura, su movimiento, algo que nos sugirieran... Yo qué sé.
Querían que ante el estímulo visual provocado por una gallina plasmáramos unas manchas que fueran la gallina. Ah, claro, muy sencillo.
Se trataba, supongo o intuyo, de dibujar las gallinas con fuerza y con expresión. Ah, y fantásticamente bien. Si dibujabas de maravilla estabas aprobado. (El truquismo consistía en no terminar los dibujos, sino dejarlos como desenfocados, movidos. Importaba la impronta de la gallina sobre el papel, no un dibujo relamido. Vamos, eso creo).
Nosotros, como no entendíamos nada, trazábamos líneas horizontales sobre el papel, hacíamos curvas muy gestuales (preferentemente con una espátula embadurnada en témpera), e intentábamos construir un discurso incoherente y vacío sobre algo de lo que no teníamos la más mínima noción.
Los profesores eran tan incomprensibles en sus elogios como en sus denuestos. A veces parecía (sólo parecía) que estaban ensalzando los dibujos de un compañero, y, como no veíamos en ellos nada especial ni ningún motivo claro de aplauso, ni teníamos referencia alguna, ni criterio, ni nada, nos quedábamos con las hojas del rábano: "Mira, mira: Dibuja en papel gris, y no en papel blanco como nosotros". "Utiliza carboncillo y barra conté". "Hace trazos muy largos". Etc. Intentábamos hacer eso mismo, pero nos ponían a caldo. Nada.
Otro día vino un grupo rockero y tocó en clase. Había que pintar la música. Recuerdo que hice un dibujo un poco psicodélico que mostraba como dos cataratas de trazos de colores, y les gustó a los profesores.
Otra semana tocó pintar el miedo. No nos centrábamos y los profesores nos animaban a sentir miedo y plasmarlo. Yo miedo sí que sentía, naturalmente, pero no sabía cómo conducirlo hacia el papel. Por aferrarme a algo ya experimentado, volví a pintar una cosa muy parecida a las dos cataratas de colores que les habían gustado, pero ahora fueron consideradas una mierda. ¡Vaya por Dios!
Fueron meses muy malos.

viernes, 18 de octubre de 2013

Los discípulos

El 11 de enero de 1863 Giuseppe Verdi llegó a Madrid para ver su ópera La Forza del Destino en el Teatro Real.
Se quedó bastantes días y vio la ópera varias veces.
Se alojaba cerca del Teatro Real, y así, además de a ver la obra, le dio tiempo a conocer el ambiente del entorno, el mundillo que se formaba en el barrio con motivo de las representaciones y bajo su influencia.

Maestro Verdi
Jean Laurent, Madrid, 1863

A ese entorno acudían, como ahora, estudiantes del conservatorio, músicos callejeros, mendigos, vendedores de flores y de dulces, etc, buscando unas monedas de los selectos espectadores de la ópera.
Verdi, con su alma de bohemio y su espíritu de buhonero callejero, se complacía curioseando por allí.
Un día vio a un organillero y se quedó unos minutos escuchándole y, sobre todo, viéndole. Un buen organillero madrileño era un espectáculo digno de ver: Su traje de chulapón, su donaire, su alegre giro de manivela rematado con el codo a la remanguillé... Alguien debió de decirle al organillero quién era el insigne extranjero que le estaba viendo y escuchando, porque exageró sus contoneos y su pose de desplante chulesco, ladeó aún más la gorra y moviendo la cadera como en una finta giró la manivela con el codo aún más aparatosamente.
El gran músico (me refiero al italiano) se acercó finalmente a él y le dijo:
-Potrebbe suonare un po 'più piano?
-¿Eh?
-Piu piano. Piu lento.
Y el italiano acompasaba el tono de voz con un suave movimiento de sus manos para que el madrileño le entendiera.
Finalmente el organillero redujo la velocidad y dejó que la música fluyera más despacio.
Verdi sonrió y le dijo:
-Perfetto. Molto bene.
Y se besó las puntas de sus dedos, indicándole mímicamente lo bien que estaba ahora su interpretación musical.
Echó unas monedas en el platillo y se fue de allí.
Por supuesto que el organillero siguió yendo al Teatro Real durante el resto de su vida. Pero a partir de entonces el organillo exhibía un cartel con su nombre y, debajo de éste, la indicación:

DISCÍPULO DE DON JOSÉ VERDI

miércoles, 2 de octubre de 2013

Piezas sobrantes

(A Nuki Nuk, que tiene el corazón limpio,
y que, desde luego, no sobra).

Con todo lo que nos está pasando en estos años parece que se está imponiendo el designio de "búscate la vida", que es, dicho así, una de las cosas más bordes, desagradables y egoístas que se pueden decir.
Pero parece que ya todos lo asumimos y lo aceptamos y a nadie nos sorprende que nos lo digan.
Vale, busquémonos la vida: Quien tenga talento que se reinvente. Quien tenga suerte que triunfe. Quien tenga picardía que se aproveche. Quien tenga fuerza que apriete.
Y quien no tenga nada de eso, que se joda. O que se muera.
Estupendo. Después de unos veinte milenios de historia hemos redescubierto la ley de la selva. Qué maravilla. Qué gran avance de la civilización y de la humanidad. Qué extraordinario logro.
El gran filósofo Marx dijo: "La Humanidad, partiendo de la nada y con su solo esfuerzo, ha alcanzado las más altas cotas de miseria". Pues eso. Así estamos. Vaya historia ejemplar.

Búscate la vida.

Vale. ¿Y qué pasa con los perdedores? Los perdedores manchan. Últimamente lo leo y escucho más en inglés: loosers. Se conoce que esa "o" larga, esa "uu" pronunciada poniendo la boca como el culo, los hace aún más perdedores: luuusers.
Los perdedores son piezas sobrantes, desechos, bazofia.

Así, esta sociedad humana que una vez soñó con que los "triunfadores" apartaran una parte de sus ganancias, de sus logros, de sus conquistas, para que los "perdedores" la pudieran disfrutar también (al menos parcialmente), y que imaginó una humanidad solidaria, ha quebrado. Ahora vivimos en un sálvese quien pueda y en un maricón el último que parece que se han adueñado de nuestro horizonte para siempre.
Ya no es que no encuentres trabajo ni consigas los medios para sobrevivir. Es que pierdes (te hacen perder) tu propia estima, el respeto por ti mismo, el amor propio. Eres un loooooooser. (Pronúnciese ahora haciendo esa oooooo como cuando los concursantes de la tele pierden el premio: Ooooooooh).

Además de esta sensación extraña hacia los perdedores en general, hacia todos nosotros en definitiva, con motivo de mi anterior entrada he recibido bastantes comentarios, tanto en este blog como en facebook y en twitter, de muchos compañeros derrotados, de perdedores, de aplazados, de outsiders.

Para todos ellos, para todos vosotros, para todos nosotros, os hablaré hoy de dos personajes especiales. Es cierto que hago trampa, una trampa muy gorda. Porque os voy a presentar a dos "piezas sobrantes" a las que se les da una higa de todo esto, a dos personas a las que les da igual el triunfo o la derrota, el éxito o el fracaso.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Proyecto Fin de Carrera: Una opinión

Hay distintas formas de terminar una carrera universitaria. Algunas se terminan cuando se aprueba la última asignatura pendiente. ¿Algunas? Deberían ser todas, ¿no? Pues no: En algún momento a alguien debió de ocurrírsele que echar a la buchaca el último aprobado no era suficiente. ¿Por qué? No lo sé, pero el único motivo que se me ocurre es el del lucimiento personal, la celebración, la fiesta, la alegría, salir por la puerta grande vitoreado por los profesores, abrazarse a los catedráticos, saludar con la manita, encender la traca de fin de fiesta y pirarse. Si no es por eso, no le veo ningún sentido.
Uno aprueba su última asignatura (que ni siquiera tiene por qué ser del último curso; hay alguna asignatura-garrapata que se lleva colgando -no digo de dónde- durante años) y ya. Ya está. Ya debería estar. Pues no. Es necesario hacer una fiesta para celebrarlo.
De acuerdo: Como fiesta lo admito. Si es para hacer una fiesta me parece bien; pero para otra cosa no.


En muchas carreras se hace una tesis (que se suele llamar "tesina" para distinguirla de la tesis doctoral) y en otras (las técnicas) se hace un proyecto.
Es un proyecto con el que uno demuestra que ya sabe. Es el "mira, mamá, sin manos" del niño en bici ante su madre aterrorizada. Es (debería ser) un paseo militar, un desfile, un pasacalle. (Con banda de música y todo).
Eso debería ser nuestro PFC: Un miramamásinmanos, una exhibición, una fiesta, con nuestras madres (o en su caso nuestros tutores del proyecto) aplaudiendo y vitoreando.
El alumno, en ese momento trascendente, sonreiría con legítimo orgullo, saludaría a los asistentes y saldría al mundo exterior armado de valor y de confianza.


Hace una pila de años el PFC venía a ser eso: un trámite, una gestión que se daba por aprobada de antemano, y cuyo único incentivo era obtener alguna distinción: un sobresaliente, una matrícula de honor... tal vez el premio extraordinario... ¿Que no se conseguía? Bueno, pues se conformaba uno con su aprobado o su notable y se iba a casa tan tranquilo con su título de arquitecto (u orden supletoria) bajo el brazo.
Pero últimamente, por lo que me dicen, el PFC es un verdadero trago, una cuesta arriba muy dura, una prueba que ríete tú de las de Indiana Jones.
Yo sostengo que todo alumno que presente el PFC completo, con todo lo que le han pedido, debe ser aprobado por definición y por imperativo legal.
El tutor supervisa el proyecto, y si éste está incompleto, o alguna de sus partes ha sido hecha con desidia o con prisa, entonces debe exigirle al alumno que lo complete. Pero una vez que lo ha hecho y el tutor lo da por terminado y lo presenta, ¿qué más se requiere? Nada en absoluto. Ya está, y sólo falta saber si el alumno sale de la plaza (de una bendita vez) con ovación, vuelta al ruedo, orejas o rabo.
Vamos a ver: Imaginaos la increíble historia del alumno que ha aprobado Proyectos I, Proyectos II, Proyectos III... (¿cuántos hay ahora?) y que recibe del Tribunal del PFC la dura crítica de que no ha resuelto claramente, con la jerarquía adecuada, el espacio de entrada (por ejemplo). ¿Entonces cómo es que aprobó Proyectos I, Proyectos II, Proyectos III... (y los que sean)?
En ese caso, yo creo que si el tribunal del PFC necesita suspender a alguien para sentirse gonadalmente fuerte, al único que debe suspender es al tutor, y expulsarle.
El alumno ha estado durante meses mostrándole a su tutor los croquis del proyecto, recibiendo sus correcciones y modificándolos. Si no estaba bien resuelto el espacio de entrada el tutor ha tenido meses para decírselo.
Corrección a corrección los croquis se van perfeccionando, el proyecto va determinándose. La conclusión es (debe ser) un trabajo brillante. Y, si no es brillante, al menos será aseado y digno.
Me refiero, naturalmente, al alumno que se toma el PFC en serio y se lo curra. Porque si no es así, el tutor no le autorizará a presentarlo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Arquitectura y Caos

Acabo de leer una buena frase de Rem Koolhaas en el blog de Cosas de Arquitectos. El titular dice: "La arquitectura por definición es una aventura caótica". La frase completa no la copio para que así les hagáis una visita a estos chicos, que lo merecen, (Clicad aquí: Frasecica).
Hacer arquitectura es coordinar aspectos que en principio no son coordinables, y es dar cancha a muchas solicitaciones diversas.
Estoy de acuerdo con lo que dice Koolhaas, sólo que yo utilizaría como conclusión (y titular) prácticamente la contraria: La arquitectura es una aventura que siempre lucha contra el caos.
¿Que pierde? Vale, también nosotros, todos, nos pasamos la vida luchando contra la muerte y al final perdemos. La vida es una enfermedad mortal, y la arquitectura es una aventura caótica que acaba naufragando en el caos. Sí, de acuerdo. Pero es un naufragio extraordinario, fruto de la convicción de que se puede y se debe luchar.


Eso es lo que le da gracia y sentido a la aventura. Sentimos trágica, unamunianamente, la vida. Tenemos miedo a morir, a desaparecer sin dejar nada, a dejar de ser. Pero por eso mismo nos aferramos a la vida y la disfrutamos. Si no muriéramos nunca no tendría sentido nada; todo sería un aburrimiento.
Por el mismo motivo, si nuestro mundo fuera un ente ordenado no habría por qué hacer arquitectura, ya que nos vendría todo dado, y cualquier chabolo (o cualquier montón de trastos) colocado y dispuesto de cualquier manera sería armonioso y bello, útil y funcional, y sus proporciones, dimensiones y características varias serían siempre gratas.
Pero no es así. La entropía es una puñetera. (Es una puñetera y al mismo tiempo una estimuladora y una entusiasmadora. Es la que nos hace saltar de la cama todas las mañanas y lanzarnos a la lucha diaria).
El Otro poema de los dones, de Jorge Luis Borges, comienza así:

Gracias quiero dar al divino
laberinto de los efectos y de las causas
por la diversidad de las criaturas
que forman este singular universo,
por la razón, que no cesará de soñar
con un plano del laberinto,
[...]

El universo es un inextricable (y divino) laberinto de causas y efectos, pero el ser humano jamás renunciará a soñar con un plano del laberinto, y a trabajar duramente para dibujarlo.
Tal vez en muchos siglos sólo sea capaz de cartografiar un par de giros o recodos, pero no se desanimará ante el ingente trabajo que le queda, sino que celebrará haber reconocido esos dos giros, y estará siempre dispuesto a descifrar el siguiente, aunque le lleve otro milenio.
Esa es la condición humana.
En arquitectura, no sólo una obra tiene que luchar contra mil dificultades, y no triunfa nunca completamente y casi nunca parcialmente, sino que las pocas veces que sale más o menos airosa se levanta en medio de un entorno hostil. (¿Cuántas veces hemos ido en peregrinación a ver una obra mítica y nos la hemos encontrado casi tapada por un concesionario de coches o por un restaurante de comida rápida, que los fotógrafos de arquitectura evitan hábilmente?). Ya no es que no podamos hacer una buena obra de arquitectura: Es que no podemos cambiar el mundo.
Y sin embargo seguimos.
He puesto antes un enlace al concepto "entropía" de la wikipedia, y me ha sorprendido (y agradado especialmente) que la palabra proceda del griego "evolución" o "transformación". Yo ya sabía que era una medida del desorden, y que era una energía que no produce trabajo, una energía inútil, una gaita. Y además significa la irreversibilidad de los procesos y, en definitiva, la tragedia de la vida (El Sentimiento Trágico de la Vida). Pero lo que no me esperaba (pero, por lo demás, es obvio) es que eso mismo fuera la evolución o la transformación.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Cuando todo se hunde

Me propongo no hablar de cosas tristes en este blog. Principalmente porque eso no sirve para nada; ni siquiera para desahogarse.
Llorar es bueno, incluso higiénico, pero quejarse de todo es de nenazas, o de futbolistas.
Además, ¿qué voy a decir? Todos lo sabemos. ¿Para qué insistir?
Así que no entraré a ese trapo.
La vida es muy injusta, naturalmente que sí. Eso ya lo aprendí de niño con los programas de Félix Rodríguez de la Fuente. La parejita de lirones caretos estaba tan contenta preparando su madriguera y acopiando comida para el invierno y de repente llegaba el buitre leonado y ¡zasca! No hay derecho. Esto no debería ser así. Justo cuando les habías cogido cariño a los lirones, no me fastidies.
Todo es así de cruel. Es la vida.
Los arquitectos hemos tenido mucho trabajo y mucha prosperidad hace unos años, y de repente se terminó todo. No es que hayamos bajado un cincuenta, un sesenta, un setenta por ciento. Es que ha hecho pum y nos hemos quedado a dos velas. Y los últimos trabajos que hicimos ni los cobramos ni los cobraremos nunca, pero tenemos que seguir pagando, y pagando, y pagando.
Bueno, esto es así.
Ya está. Se acabó.
Claro. Y qué le vamos a hacer. Además de esto mucha gente padece enfermedades injustísimas y toda suerte de desgracias que no merecen. ¿Por qué? Así ha sido siempre, pero ahora parece que es más. Todo es más gris, más triste, más injusto, y todo colabora a que estemos con un desánimo y un pesimismo terribles, que tiñen todos los aspectos y nos amargan aún más nuestra vida.


No se puede decir nada. No tengo derecho a decir nada más, ni siquiera a intentar quitarle hierro a todo esto, porque lo tiene. Tiene muchísimo hierro.
Personas que no sólo no pueden ganarse la vida, no pueden subsistir, sino que, sobre todo, se sienten inútiles, se sienten fracasadas, se sienten incompetentes, torpes, tontas, fallidas, estúpidas, ignorantes. ¡No! ¡Eso sí que no!
Gente que se pone a estudiar inglés, o informática, o lo que sea, porque necesita decirse a sí misma que la culpa no es suya. ¡Pues claro que no es culpa suya! ¡Estaría bueno! Gente válida, que sabía (y sabe) calcular una estructura de hormigón, que sabía (y sabe) vender un piso, alquilar una plaza de garaje, preparar un contrato de compraventa, hacer unas maestras en un paño, montar la ferralla de una viga o clavar una estaca para un replanteo. Y ahora resulta que no saben nada. Hay que reinventarse. Hay que reconvertirse, nos dicen.
Os lo advierto: No me digáis que tengo que reinventarme. Si apreciáis vuestra integridad física no me lo digáis. Pues claro que nos estamos reinventando todos, a cada momento y a la fuerza, aceptando trabajos y haciendo chorradas que jamás habríamos sospechado, dando más vueltas que un tonto, gastando gasolina para nada, de acá para allá, llamando mil veces para ver si nos pagan al menos una parte de las facturas que nos deben (y pasando más vergüenza que nuestros deudores, y no cobrando ni un chavo de nadie), yendo a cursillos chorras que organizan los colegios, las escuelas, los institutos y los viveros de empresa, haciéndonos emprendedores quienes siempre lo hemos sido, que nos hemos pasado la vida ahí, en el ruedo, esperando al toro a portagayola sin más armas que un lápiz, un escalímetro y una calculadora, y que jamás hemos tenido miedo a ningún miura ni a ningún vitorino. Lo que pasa es que se acabaron los toros y ahora nos toca torear garrapatas y mosquitos, que no sólo es más difícil, sino que además, hagas lo que hagas y por más que trabajes y sufras, no se pueden torear, ni puedes conseguir de ellos ninguna oreja ni ningún rabo.
Estamos acostumbrados a darnos cabezazos contra un muro, pero ya no encontramos ni el muro para abrirnos la cabeza. Por favor, una buena pared para estampar en ella la sesera. No pedimos más.
Siempre estamos diciendo que estudiamos una carrera difícil, muy exigente, pero apasionante, y que hemos ejercido una profesión no menos difícil, no menos exigente y no menos apasionante. Ahora, sin embargo, sentimos que vivimos una época muy dificil y muy exigente, pero nada apasionante, y nos hemos desapasionado completamente. Se nos han caído todos los palos del sombrajo y nos hemos dado cuenta de que no hay nada.
Y sin embargo...


jueves, 5 de septiembre de 2013

Capricho filatélico nº 2

El otro día, a cuenta del sello de Alvar Aalto que había mostrado anteriormente, escribí una entrada filatélica sobre una obra suya, el Finlandia Talo, rareza o capricho que justifiqué porque estábamos en agosto, y en agosto todo vale.
Pero también dije que haría otra para cerrar el tema Aalto, y no lo hice.
Como agosto ha terminado hace nada, y estamos en pleno despiste septembreño, me acojo a ello para publicar ahora esa entrada, otra vez atípica. Espero que la acojáis como un nuevo capricho, como una curiosidad simpática (y, en todo caso, con mucha paciencia).
Por terminar de mostrar lo que conozco de Alvar Aalto en la filatelia (aparte de matasellos y otros), os comento que en 1978 Finlandia emitió una serie (dentro de la anual de Europa) dedicada a arquitectura local. Tenía dos sellos:


El primero, de una corona, mostraba el Sanatorio de Paimio, de Alvar Aalto, y lo mostraba como ejemplo del funcionalismo. El segundo, de 1,20 coronas, era un ejemplo del romanticismo nacional, y muestra el museo Hvitträsk, que al documentarme para este post me he enterado de que es obra de tres arquitectos, uno de ellos Eliel Saarinen.
Pero volvamos a Alvar Aalto: Aparte de su retrato en la fecha de su muerte, y de un interés desaforado por su Palacio de Congresos en Helsinki (por su interés político, como vimos, que no arquitectónico), vemos ahora este Sanatorio de Paimio, también uno sobre diseño finlandés (compratiendo hojita bloque con otros compatriotas), con sus famosos vasos de vidrio ondulado,


y poco más.
¿Poco más?
Sí, muy poco. Un solo edificio más. Pero muy curioso filatélicamente hablando.

Hacia 1960 a los gobiernos de los países nórdicos se les ocurrió regalarle a Islandia un edificio: Un pequeño centro de congresos con biblioteca, cafetería y lugar de reunión, dedicado a los países nórdicos, a su historia y a su cultura.
El edificio se llamó "Casa del Norte". Alvar Aalto hizo el proyecto entre 1962 y 1963, y la obra se realizó entre 1965 y 1968.

Es una obrita menor, una cosilla sin importancia, que a Alvar Aalto le sale solamente perfecta. (Me río yo de los que llaman "películas menores" a algunas de Alfred Hitchcock, de Billy Wilder o de John Ford. Vale: No serán sus obras maestras, pero a ver quién es el guapo que las hace así de "anodinas" y "torpes").

La Casa del Norte, como hemos dicho, tiene salas de reuniones, una sala mayor para congresos, una librería sobre temas nórdicos y una cafetería.









En fin, ya digo: una "obra menor".

No es de sus obras más notorias, pero el gobierno islandés quedó muy agradecido con el regalo de los gobiernos de los países amigos. Tanto que, entre otras cosas, el 26 de junio de 1973 emitió una serie de dos sellos, de 9 y 10 coronas:


Bueno, muy variados no son, pero a mí me parecen muy hermosos: El elegante alzado del edificio de Alvar Aalto recortándose contra un cielo en el que se insinúa la aurora boreal.


domingo, 25 de agosto de 2013

Ocasiones perdidas

(Dedicado a Joan Carles Sánchez)

El mes pasado, el compañero Joan Carles Sánchez, como consecuencia de unos comentarios que hicimos en twitter sobre la humildad y la sencillez de trato de los grandes maestros, me sugirió que le dedicara una entrada de este blog a Alejandro de la Sota; no tanto para exponer un discurso académico como para contar mis vivencias personales con el genio.
Pues bien: No tuve vivencias personales con él. No lo conocí.


Alejandro de la Sota fue profesor de la Escuela de Madrid durante un breve período, que terminó en 1971 (si no estoy mal informado), y yo empecé la carrera en septiembre de 1977.
Es cierto que fue más de una vez a la escuela, llamado por algún profesor amigo, a dar alguna charla, pero la mayoría de estudiantes éramos tan bobos que no veíamos más allá de nuestras narices. Estábamos tan agobiados con nuestras asignaturas que si una figura de esas no iba a tu clase, llamado por tu profesor, para que tú hicieras algún ejercicio sobre lo que contara, no te afectaba. No era cosa tuya y no tenía nada que ver contigo.
Por ejemplo, una tarde Miguel Fisac vino a mi clase de Análisis II, y le escuchamos unos veinte alumnos. Nada más. Tuve la suerte de que me tocó, y nunca olvidaré lo que nos contó (ya lo he escrito en parte en este blog, y lo seguiré contando porque soy muy repetitivo). Pero los de la clase de al lado (y de todas las demás) se lo perdieron, como me lo habría perdido yo si él hubiera ido a hablar a la clase de al lado (o a cualquier otra).
A otra clase, la de un amigo mío, vino Pablo Palazuelo, que les contó que había empezado a estudiar arquitectura, pero que lo dejó. Lo dijo tímidamente; sólo le faltó añadir: "Yo no soy tan inteligente como ustedes". Y les habló de cuestiones que él tenía muy presentes en su pintura, y cómo entendía la escultura. Y, por lo visto, con esa seriedad que tenía y esa mirada tan acerada, fue muy amable y muy cariñoso con todos ellos. Los alumnos de esa clase tenían que hacer un trabajo sobre las esculturas de Palazuelo que se estaban exponiendo entonces en Madrid. Como yo no era de ese grupo y no tenía que hacer ese trabajo, pues no fui a la charla. Me la ahorré. (Dios, qué listo era).
Muchos años después (también lo he contado ya), en el curso en que fui profesor, José Antonio Corrales tuvo la amabilidad y la generosidad de venir a clase para explicar el Pabellón de Bruselas. Le escucharon mis alumnos, y no todos. Tampoco hubo una afluencia masiva de otras clases. (Creo recordar que vino un alumno que no era del grupo. Lo mismo fueron dos).
El compañero de Corrales y coautor del citado pabellón, Molezún, fue también profesor de la escuela de Madrid, y tampoco asistí a ninguna de sus clases (aunque afortunadamente sí le escuché en el Johnny). Ahí no tengo excusa: Fue profesor en los años en los que yo estudiaba allí. Él iba por la mañana, yo por la tarde... Excusas imperdonables.
Repito: Estábamos demasiado agobiados con nuestras clases como para ir a otras, sobre todo en los primeros cursos. Ahora lo recuerdo con rabia: Tantas ocasiones perdidas; tantos hombres de talento pasando a mi lado, y yo sin darme cuenta.

jueves, 15 de agosto de 2013

El bailón solitario

(Dedicado a Javier Ibarrola)
(Dedicado también a Ana Moreno, experta en De Stijl y seguidora de este blog)

El otro día mi colega y amigo virtual Javier Ibarrola colgó en Facebook esta magnífica foto:


Es el pintor Piet Mondrian con su cuadro Broadway Boogie Woogie.
Me pareció una foto fascinante y la comenté con entusasmo. (Entusiasmo que aún me dura, y me da fuerza para acometer esta entrada).
Creo que la foto plasma plásticamente una vida entera (a punto de terminar: Mondrian murió al año siguiente de terminar este cuadro).
Le veo como fue siempre: serio, preciso, solitario. Adivino que lleva corbata (no se le ve, pero quiero verla) y que pinta con la meticulosidad de un colibrí, sin mancharse. La bata sólo tiene manchas en la zona del abdomen, entiendo que de mover los cuadros y de apoyarse en el borde inferior del caballete, pero apenas hay otras (dos muy pequeñas en la manga izquierda).
Sujeta un cigarrillo entero y, al parecer, apagado, e inclina levemente el cráneo hacia adelante, para mostrarnos su nítida calva.
Los zapatos están bien lustrados y dan una impresión de limpieza y cuidado, como toda su persona y toda su obra.
Contaré dos o tres datos muy brevemente. Se podría decir mucho más, e incluso hay quien lo hace, pero este no es el lugar adecuado para ello.
Tan sólo evocaré a Theo van Doesburg y a Piet Mondrian (con otros, pero estos dos fueron los pilares) fundando el movimiento De Stijl y juramentándose para respetar la abstracción y la pureza perfectas con varios principios inamovibles: La planitud de la pintura (no sugerir relieve ni modelado, sino potenciar su realidad plana); las rectas verticales y horizontales, en ángulo recto (con todo el simbolismo aplicable a la vertical y a la horizontal); los colores primarios (rojo, amarillo y azul) y los no-colores (blanco-gris-negro).
Todos empezaron a cumplir esos principios con aplicación, pero era una disciplina insoportable.
El culo inquieto de van Doesburg le hizo militar, mientras lideraba De Stijl, en todos los bandos enemigos, utilizando varios seudónimos simultáneos.
Pero es que van Doesburg, aparte de lo que hiciera clandestina y traidoramente en otros grupos y movimientos, en el mismo De Stijl comenzó a pintar con morados, marrones, verdes caquis... Algo insufrible para Mondrian, que tenía en su estudio un jarrón con tulipanes cuyos tallos pintaba meticulosamente de blanco para no ver el verde, y cerraba las contraventanas para no ver los árboles.
Y, todavía más: ¡Van Doesburg se permitió inclinar las líneas!
Por no hablar de los demás: Cada uno a su manera habían ido violando todos y cada uno de los principios sagrados de De Stijl. Pero Mondrian siguió, años y años, décadas y décadas, pintando cuadros que manifestaban su planitud, que tenían líneas verticales y horizontales y que sólo usaban los colores puros reglamentarios.
Cuando van Doesburg inclinó las líneas y las masas de color Mondrian dio esta delicadísima, elaboradísima, sutilísima respuesta:


Giraba cuarenta y cinco grados todo el Universo, pero en él sus líneas seguían siendo la vertical y la horizontal. Y los colores... Nada de esos morados, pardos, castaños que habían engatusado a su ex amigo. Nada de corrupciones. ¿Colores puros? Pues más puros todavía.
(Mencionemos de paso que al gran arquitecto Dudok el municipio de Hilversum le había provisto de una pequeña cantidad de dinero para que amueblara y decorara el edificio del Ayuntamiento con lo que mejor le pareciese, y compró este cuadrito. Que conste para los que dicen que Dudok no estaba al día de la vanguardia).
Nos quedamos con esa imagen: Todos los artistas de De Stijl saltándose a la torera las rígidas normas cada vez que les venía bien, y Mondrian solitario, meticuloso, disciplinado, pintando una y otra vez cuadros completamente ortodoxos. Había dado su palabra, y la cumplía todos y cada uno de los días de su vida.


jueves, 8 de agosto de 2013

Capricho filatélico nº 1 (licencia agosteña)

En mi entrada anterior, para hacer notar cuánto apreciaban los finlandeses a Alvar Aalto, puse un sello de correos y un billete de banco. Son dos elementos que los estados utilizan habitualmente, además de para su fin principal, para hacer propaganda de sus países, de su cultura, de su historia.
El hecho de que un personaje aparezca en un sello o en un billete de su país es una especie de certificado de inmortalidad.
Por eso puse esa imagen, pero como en twitter me entretengo a menudo buscando sellos conmemorativos (#Arquisellos, que suelen ser respuesta a las efemérides arquitectónicas que cada día nos muestra nuestro amigo @alfavino), algunos han querido ver en esa entrada un atisbo de artículo "arquisellístico", y me llaman por teléfono a todas horas, me envían e-mails, golpean la puerta de mi casa, me amenazan, me ofrecen sobornos, etc., para que dedique una entrada a estos #Arquisellos.
No les haré caso del todo (aunque me juegue la vida con ello), sino que voy a hacer una somera reflexión y luego pondré unos ejemplos. Tómese como capricho veraniego y permítaseme por una vez. (Bueno, serán dos).

Lo primero que se me ocurre señalar al respecto es que coleccionar sellos de arquitectura moderna tiene un serio problema, y es que quien decide los motivos a emitir ni suele ser amante de la arquitectura moderna, ni suele tener mucha idea sobre ella, ni se deja asesorar.
Por ejemplo, y sin salir de España, que yo sepa no existe ni un solo sello sobre los primeros modernos (Aizpurua, Labayen, Illescas, Lacasa, Sánchez Arcas, García Mercadal, Arniches, Feduchi, Sert, Torres Clavé, etc, etc,), ni sobre los segundos (Gutiérrez Soto, Cabrero, etc), ni sobre Miguel Fisac, Alejandro de la Sota, José Antonio Corrales, Ramón Vázquez Molezún, Fernando Higueras, Antonio Miró...

Pero ya llevan seis sellos sobre Calatrava.

(Y, sí, afortunadamente sí hay sellos sobre Oíza, Carvajal, Moneo, Miralles, Tuñón y Mansilla, por ejemplo; aunque creo que el de Carvajal fue por chiripa, pero bienvenido sea).

Pero esto no es sólo propio de España, sino de todos los países. Los grandes grandísimos, los gaudíes, lecorbusieres, franklloydwrights, mies, gropius... sí tienen sello, pero ni se hacen con coherencia ni con lógica.
Venga. Ya está. Ya me he quejado.

Ahora voy con la segunda observación, que es más simpática. Y es que a veces un edificio, por su uso, por su trascendencia política o social, es profusamente reflejado en los sellos, independientemente de su valor arquitectónico, ya que lo que celebran aquéllos es la proclamación de una constitución, una conferencia internacional, una cumbre histórica o unas jornadas sobre el cáncer; y a veces sale el edificio donde se han celebrado, y a veces hasta es un gran edificio.

Ese es, precisamente, el caso del que comenté el otro día: El Finlandia Talo.
En él se celebró la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa en el año 1975, y las consecuencias filatélicas fueron considerables. Pongo unos ejemplos que espero que os causen curiosidad. Tomadlo como un post ligero, veraniego y semivacacional. (Post, naturalmente, dedicado al mencionado amigo @alfavino, y a @angel_neoars, y por extensión a @DGArquitecto, @quadraturaarq, @TodoEfemerides, @AGUA_architects,  y a todos los demás que se suman alguna vez al grupo de arquiselleros de twitter).

(Releo esto el día 11 de mayo de 2015 y añado a @AmasUArquitecto, que se incorporó después pero se ha convertido en el alma de este grupo pro-filatélico, y quien más #Arquisellos aporta).

Abrimos boca con unas viñetas sin valor postal.
La primera, una hojita bloque de Hungría, de 1973. Los cuatro sellos de las esquinas sí tienen valor postal y pueden franquear cartas, pero los dos de en medio son meras viñetas. Una es nuestro Helsinki Talo. ¿Y la otra? (No lo digo).


Lo mismo pasa con esta hojita de Rumanía: Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, 1973. Ginebra y Helsinki. Hay cuatro sellos con valor postal y dos viñetas sin él, que muestran las dos sedes.


Llega por fin el año 1975 y se celebra en el Finlandia Talo la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, y es motivo de celebración postal por varios países:

La U.R.S.S.

Finlandia, la anfitriona.

Checoslovaquia. 1976. Hojita bloque con dos sellos con
valor postal, en los que se ve el Finlandia Talo al fondo.

A los cinco años, en 1980, se vuelve a celebrar la Conferencia, esta vez en Madrid. Hungría tiene varias hojas conmemorativas, en las que sale el Palacio de Congresos de Madrid, pero tiene esta en la que recuerda también las sedes de las conferencias anteriores:

Hungría. 1980. El sello tiene valor postal, pero los motivos arquitectónicos se quedan fuera.

Pero aquí no acaba todo. Los países del este quedaron tan encantados con la Conferencia de Helsinki que la vuelven a homenajear al cabo de 10 años.

Checoslovaquia. 1985. 10º Aniv. Conferencia de Helsinki.
Hoja bloque con cuatro sellos, pero el edificio se queda fuera,
en la hojita, como decoración, junto con otros motivos.

Rumanía, 1985. 10º Aniv. Conferencia de Helsinki.
El sello muestra una familia "ejemplar". El Finlandia Talo se queda fuera.
(como las sedes de Belgrado 1977, y Madrid 1980)

U.R.S.S. 1985. Esta sí: Un sello con el edificio.

Y Hungría, la de las magníficas hojitas, esta vez sí que saca
el Finlandia Talo como protagonista. 1985.

Pero es que a los quince años, la U.R.S.S., la más contumaz, emite otro sello conmemorativo.

U.R.S.S. 1990. 15º Aniv. de la Conferencia de Helsinki.

Bueno, pues ya veis lo que ha dado de sí este edificio en el mundo filatélico.
Termino con una curiosidad: Los matasellos tienen también interés filatélico, y hay algunos muy curiosos.
En 1992, la recién creada República de Moldavia accedió a las Naciones Unidas y a la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE). Y lo celebró con una serie de (dos) sellos, y con matasellos muy chulo:

República de Moldavia. 1992. Sobre y Matasellos conmemorativo
de su entrada en el C.S.C.E. Primer día de circulación.

Bueno, con esto ya vale de capricho. (Perdonadme la fricada). Pero, ahora que lo pienso, Alvar Aalto tiene otra buena anécdota filatélica con otro de sus edificios. Y agosto apenas está empezando, y yo sigo con espíritu friki-veraniego. Así que voy preparando nueva entrada.


(Si te ha gustado o te ha causado cierto interés o cierta curiosidad esta salida de tono, te agradecería que clicaras en el botoncito g+1).

lunes, 5 de agosto de 2013

El mejor escribano...

Finlandia, ese país que nos sugiere eficiencia, solvencia, educación, alto nivel de vida y un montón de cosas buenas, tiene un altísimo "nivel general" en su población, pero no tiene demasiados personajes geniales en su historia. (Tampoco son muchos habitantes ni tienen mucho tiempo). Así, a bote pronto, los dos más altos que se me vienen a la mente son el arquitecto Alvar Aalto y el músico Jean Sibelius.
Y, naturalmente, el país está orgullosísimo de ellos.
A Aalto le dedicaron un sello de ochenta céntimos de marco en 1976, el año de su muerte,


 y diez años después, en 1986, el billete de 50 marcos.


Curiosamente, en ambos homenajes aparece el mismo edificio. Entre toda la obra de Aalto, extensa y magnífica, se eligió en las dos ocasiones el Finlandia Talo (que, por lo que veo en los libros, se debe de traducir al castellano como Finlandia Hall), en Helsinki. Es un fantástico palacio de congresos con sala de conciertos, que se ubica a las orillas del Lago Töölö y forma parte de un ambicioso plan urbanístico del propio Aalto para un nuevo centro urbano de la capital.

Alvar Aalto es un arquitecto que se caracteriza por su atención constante y sabia a los materiales, por el respeto con que los trataba y por la adecuación de éstos a la idea del proyecto y, sobre todo, al clima.
Tanto le preocupaba al arquitecto cómo se comportarían los distintos materiales ante el feroz clima finlandés, que en su refugio-casita de campo en Muuratsalo tenía un amplio muestrario de todos ellos, para estudiar su comportamiento y, llegado el caso, sufrir sus consecuencias en carne propia antes de usarlos para otros.



Ladrillos de distintas clases, piezas de arcilla cocida, vitrificada, esmaltada, maderas tratadas de esta o aquella manera... Estudiaba en su propia casa los comportamientos de los distintos materiales y los problemas que daban. Probaba entonces nuevas soluciones y los volvía a ensayar.
A esto yo lo llamo honradez. (Y más ahora, que hay tanta idea genialoide y tanta ocurrencia irresponsable de los estrellitas vanidosos).

Pero, mirad por dónde, en el Finlandia Talo el honrado arquitecto, el hombre responsable, tuvo un momento de debilidad y sucumbió. Aquel edificio tan grande, tan importante, tan plástico, tenía que tener una imagen pura, luminosa... ¡Blanca! ¡Resplandeciente!






Contra la idea que tenemos todos de una Finlandia oscura, este edificio es la luz.
Alvar Aalto lo chapó completamente de mármol blanco de Carrara, que le impresionó mucho cuando visitó Italia.
(Si ya decía él, con razón, que no debía mirar edificios de otros lugares y épocas, porque le influían mucho. Pero qué le vamos a hacer. Hasta el mejor escribano echa un borrón).

Efectivamente, ese mármol le da al edificio una calidad extraordinaria, y un color y una textura que merecen la pena... Que merecen la pena de que el chapado se vaya a la porra periódicamente.